28, Oct 2009

La bicicleta en la ciudad

Byrne diaries David Byrne es un tiburón que no puede quedarse quieto. A la caza permanente de canciones, ritmos, esculturas, intervenciones y hasta presentaciones de powerpoint, canta, bailotea, produce discos, esculpe, hace instalaciones sonoras, publica en blog un diario extraordinario. La exuberancia de su música es apenas muestra de su apetito artístico. En sus discos se asoman sus contagiosas capturas: el funk y el minimalismo clásico, los ritmos africanos, el gospel, la música electrónica y el chachachá. Sus letras son sueños que adquieren sentido en otra gravedad. Eficaz escritura automática cuyo sentido no es siempre claro. Vena abierta de palabras brincadoras. En una charanga de su primer disco tras la separación de los Talking Heads, se cantaba a sí mismo caminando gozosamente como un edificio. ¿Cómo trotarán los rascacielos?

No es raro que un hombre tan renuente al reposo haya escogido la bicicleta para trasladarse. Desde hace treinta años David Byrne se mueve en Nueva York en su bicicleta. Cuando viaja por el mundo para dar un concierto, para grabar un disco, para armar una instalación, empaca una bicicleta portátil. Procura siempre tener tiempo para perderse. Al montarse en su bicicleta, Byrne se sienta pero no está quieto. Se transporta sin dejar de pasear. Un libro reciente recoge sus aventuras sobre pedales (Bicycle Diaries, Viking, 2009). El invento que elogia es una máquina que no nos arrebata nuestra condición de animales, esto es: seres que se mueven por impulso propio. Cuando las piernas pedalean, avanza la cinta del mundo y se activan las palpitaciones. Se puede ver así la película desde un ventanal con ritmo. Piernas y sangre al compás de la ciudad. Más rápido que la caminata, más lento que una moto, la bicicleta resulta el gran mirador de lo urbano. Los coches aplastan las ciudades y las cercenan con viaductos taponados. Sus conductores cierran los ojos a sus habitantes, se encierran en su cápsula y se vuelven sordos a sus rumores. El ciclista, en cambio, es el habitante atento.

Los diarios de bicicleta de David Byrne son postales urbanas llenas de color y música. Notas sueltas sobre barrios, edificios, galerías, bares, calles, banquetas, monumentos, prostíbulos, puentes, casas, parques. Bocetos ágiles de los habitantes de estos rincones. Denver desolado; Berlin escondiendo la sordidez en su fanatismo de orden; suburbios que veneran el mall, arquitecturas desalmadas; manantiales de creatividad. El artista medita sobre la censura, la memoria, los estereotipos, la violencia. Apuntes sobre el arte y la música en de cada vecindario visitado. Las estampas bicicleteras son también un alegato discreto por la ciudad. Sabe bien que el concreto, el vidrio y la piedra (para invocar otra canción suya) nos esculpen. Las calles, los barrios, los árboles en las aceras, las glorietas nos dan forma. Byrne disfruta los muchos sabores de lo urbano: el anonimato que permiten las grandes concentraciones y la intimidad de ciertos barrios. El trazo caminable y cierto desorden excitante, aún el peligro que acelera la sangre. Ciudades vivas, sensibles, en movimiento. Observar una ciudad, involucrarse en ella es uno de los grandes gozos de la vida. Es parte, dice Byrne, de lo que significa ser humano.

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7 Comentarios

  1. Manuel Vargas dice:

    Son los ojos, no los pedales. Sin ellos la introspección sobre dos ruedas, al ritmo de las piernas, no existe.
    El ciclista es atento sólo si así lo desea. Y si el clima es permisible. Un chubasco sobre la cara, un viento gélido o un sol extenuante, arruinan fácilmente la idílica trayectoria.
    Pero no cabe duda. La bicicleta devuelve el título de propiedad de la ciudad a sus habitantes.
    Algunas ligas:
    http://www.copenhagenize.com/
    http://www.copenhagencyclechic.com/
    http://www.guardian.co.uk/environment/series/bike-blog

  2. Para algunos las adversidades sobre ruedas pueden ser catastróficas, aquellas mencionadas como un viento gélido o un sol extenuante. Pero con un breve cambio en la mentalidad podemos dejar estas penurias detrás, tal vez todavía en la parrilla de la bici, pero detrás y disfrutarlas como los niños cuando los retas en una carrera por una pendiente.
    En la ciudad de México, nada mejor que pasear sobre eje central una noche lluviosa en el nuevo carril confinado para las «cero emisiones» y tener inesperadamente del lado izquierdo la hermosa vista de Bellas Artes iluminado.
    O en Guadalajara subir con una actitud retadora la avenida Avila Camacho para culminar la adversidad con los Arcos de Zapopan.
    Subir a Real de 14 parado en pedales bajo el sol intenso del desierto potosino durante algunas horas, y después de todo eso vislumbrar el pueblo perdido en la montaña es de las experiencias mas hermosas que un visitante con el apoyo de un motor no lograra apreciar.
    Se pudiera pensar que el clima pudiera arruinar la idílica trayectoria, pero solo afectan las ganas inicales, una vez sobre la bici, son pocas las cosas que arruinan el paseo. Nuestra condición animal es maleable segun las condiciones, sin embargo la condición «humana», aquella que no acepta adversidades, aquella que tiene miedo al afuera, esa no es maleable y esa es la que arruina la idílica trayectoria.

  3. Manuel Vargas dice:

    Alonso,
    Estoy de acuerdo. Esa condición animal a la que te refieres ignora fácilmente las condiciones del clima.
    Estás listo para la bicicleta en climas extremos; Escandinavia, por ejemplo.
    Ahora, si lograra deshacerme de mi condición humana…

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