28, jun 2017

Las hijas de Abril

Por tercera ocasión, Michel Franco regresa del Festival de Cannes con trofeos y elogios de la crítica. “Las hijas de Abril”, su película más reciente, ha recibido el premio del jurado en la sección “Una cierta mirada.” Acaba de ser estrenada en México. Es una película notable que confirma, precisamente, la constancia de su ojo. La filmografía de Franco es una persistencia por explorar el universo subcutáneo, por contemplar la complejidad que apenas emerge al gesto y que permanece casi siempre muda.

El silencio puede ser el gran hilo de las relaciones humanas. Más que parlamentos, miramientos. El duelo que agobia a los protagonistas de “Después de Lucía” es un dolor sin palabras, una experiencia común e incomunicable. El genio del director radica precisamente ahí, en la capacidad de mostrar esa intimidad hermética. El enigma de la vida no puede ser resuelto. El arte del asombro no esclarece. Los personajes de Michel Franco son tan incapaces para entender los resortes de su existencia como lo somos nosotros, al verlos en la pantalla. El enfermero que acompaña las últimas horas de los enfermos es un hombre roto. ¿Por qué? No lo sabemos. Él tampoco. ¿A dónde lo lleva su fractura? No lo podemos imaginar.

“Las hijas de Abril” es el retrato de tres mujeres. Una niña a punto de ser madre; su hermana sumergida en una densa depresión y una abuela que se resiste a envejecer. Abril, interpretada magistralmente por Emma Suárez, ha regresado a Puerto Vallarta para acompañar a su hija en el parto. La vida que aparece cimbra ese tenso equilibrio de las distancias y los silencios. No sabemos cuándo se separaron ni por qué. Escuchamos solamente a Valeria preguntarle a su madre: “¿cuánto tiempo te vas a quedar?” Quiero ayudarte, le responde Abril. En ese intercambio se abre un abismo. Es un abismo que apenas se insinúa. El frágil triángulo femenino se manifiesta y no se explica. Es un pozo impenetrable. En esa sutileza de lo que no es declarado está la riqueza del cine de Michel Franco.

La cámara en la nuca de los actores, el micrófono atento a la respiración, la mirada puesta en las rutinas. Los rotros casi siempre inexpresivos, la conversación casi siempre insustancial. Pistas de las ocultaciones que nos forman y nos destruyen, de los hábitos que nos salvan y nos pierden. Si no se escucha música en las películas de Franco es porque no hay trampa en ellas. La manipulación de los cineastas se cuela normalmente por el oído. Se oprime un botón y se provoca la lágrima en el espectador, se apachurra otro y se acelera el ritmo cardiaco de la sala. No hay artilugio en las cintas de Michel ranco. El silencio es la banda sonora de su filmografía porque su cine no pretende dirigirnos. No es un discurso que emita un juicio sobre los personajes, que condene o elogie. El director no nos impone un veredicto porque no lo emite. Hacerlo es imposible cuando se aborda el universo de las emociones. El cine de Franco es un atisbo de lo oculto. Su ojo retrata el enredo de emociones que han permanecido enterradas por años y que de pronto estallan, ese pasado que es siempre misterio, esa complejidad que no tiene raíz primaria.

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2 Comentarios

  1. Victoria Canney dice:

    Excelente artículo. No lo pudo haber explicado mejor.

  2. Luis Herrera dice:

    Estimado Jesús, leí con atención este texto tuyo sobre la última película de Franco. Yo la vi también hace ya varias semanas, y no obstante, sentía la necesidad de escribir esto dada mi profunda disconformidad con lo que tú expresas sobre la misma, con lo que tú encontraste en ella.
    Evidentemente, se trata solo de compartir subjetividades, sentires personalísimos, y comparto aquí los míos. Debo decir que la película de Franco fue para mí una de esas experiencias en las que me esfuerzo por dilucidar si me hallo, de veras, ante una genialidad, o más bien, ante algo que raya en una tomadura de pelo –si bien, muy premiada-, y en lo personal, me decanté por lo segundo.
    Aquello que más hallé imposible de asimilar es lo siguiente: el personaje de la madre (me refiero siempre a la que llega de visita), antes que develar una “complejidad muda”, es más bien una construcción de caracteres, conductas, reacciones y léxicos completamente incoherentes entre sí, inconexos unos de otros, con saltos tan abismales de una escena a otra que, antes que describir a un personaje de honda complejidad, puede terminar por provocar risas –como me pasó-.
    Si uno observa el desarrollo de dicho personaje, en el comienzo, la recepción que tiene de las hijas es una bastante normal, la que cualquier hijo le daría a su madre tras un lapso sin verse, hay alegría y cariño ahí. Pero la transformación que va teniendo es tan radical que me parece difícil encontrarla creíble, y por tanto, obstaculiza que se logre empatizar de alguna manera con una trama tan absurda.
    La decisión de ese mismo personaje con respecto al recién nacido, aunque sorpresiva, puede no ser aún delirante, pero lo que viene después sí lo es. Quizá sea aún creíble para algunos el giro que toma con el amante (bastante chafa en mi opinión, un recurso muy barato que, supongo, buscaba inyectarle complejidad, aunque artificial y exprés), pero lo que viene al final con la reacción que tiene en la cafetería es propio de un delincuente.
    ¿Cómo se puede empatizar, o imaginar el intercambio de emociones y sentimientos, con un personaje que al inicio se le recibe como a una madre cualquiera, y luego va dando giros tan delirantes que terminan por volverlo un criminal?
    Pues eso.

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