09, Dic 2020

Loa a la tierra

De pronto, Byung Chul-Han, el filósofo alemán de origen coreano, se convirtió en el filósofo omnipresente. De un día para otro aparecían referencias a su trabajo por todos lados para explicar la coyuntura. Podían leerse en la prensa sus artículos sobre la pandemia y sobre el eros, mientras su libritos compactos, claros y profundos llegaban a las mesas de novedades. El deseo, el poder, el entretenimiento, las redes, la masa, la ansiedad de nuestros días eran esclarecidos a través de esos ensayos que se columpiaban entre el rigor académico y la introspección más íntima. De la vida de Han se sabe poco. Rehúye las cámaras y los micrófonos. Se sabe que nació en Seúl y que, en su país natal, estudió metalurgia. A los 26 años dejó Corea y la ingeniería para establecerse en Alemania y estudiar literatura y teología. Escribió su tesis sobre Heidegger sin contaminarse de ilegibilidad.

Hace un par de años, Han publicó Loa a la tierra, un ensayo sobre el jardín que tradujo, como buena parte de su obra, la editorial Herder. Tras los larguísimos meses del encierro, el librito refresca su sentido. Sostiene el filósofo que el jardín no es solamente un espacio de contemplación, sino una labor, una meditación, un gozo, un descanso, una devoción. Si hubo creación de algún dios, leo entre las letras de Han, fue para que hubiera juego: felicidad inútil, suspensión de las urgencias, sorpresa que alegra.

El trabajo de la jardinería ha sido una meditación para mí, dice Han. Una forma de escapar de esa tiranía de urgencias y réditos, el encuentro con otro tiempo, con otros tiempos. El giro y la vuelta del mundo se viven ahí de manera distinta. Cada hoja sigue su propio minutero. Quien cultiva sabe escuchar el tiempo de su semilla. “El tiempo del jardín es un tiempo de lo distinto.” Es un tiempo que observamos, pero del que no podemos disponer. En cada planta hay una conciencia propia del tiempo. De ahí la lección de humildad: nadie puede acelerar las estaciones.

La mano del jardinero es una mano amorosa, dice Han. Una mano paciente que toca “lo que todavía no existe.” El jardín es un espacio metafísico, el lugar del esplendor y de la muerte. Será, tal vez, el sitio palpable de la resurrección. De esa rama seca brotará en unos meses, una suave rama verde. Y de ahí la raíz, las hojas, las flores. Nada de eso nos es, a nosotros, posible. Nuestro curso es irreversible. Nuestro camino a la muerte no tiene vuelta. Cada día estamos más cerca de la nada. Pero las orquídeas saben lo que es derrotar a la muerte. El jardín es, por eso, un lugar de milagros cotidianos.

El jardín es también al reino de los elementos. Un regreso a la sensatez elemental: nos rigen la luz y el cielo; el sol, la humedad y la tierra. Necesitamos del cuidado. El jardinero percibe el curso del año con su cuerpo. Nota la luz que se adelgaza en invierno y anticipa con la nariz los brotes de primavera. Frente a los abismos de las teclas y las pantallas, el jardín es intimidad de lodo y hierba. El jardín, dice el filósofo, “me devuelve la realidad, incluso la corporalidad, que hoy cada vez se pierde más en el mundo digital bien temperado.” En este mundo del zoom y del uatsap no hay olor, no hay fricción. No hay cuerpo. El jardín es la sensualidad, la materialidad viva.

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3 Comentarios

  1. Javier dice:

    Muy bueno!!!

  2. Carmen Buenfil dice:

    La verdad de la jardinera, que goza o sufre con su labor en el jardín. Una forma clara de dar y recibir amor.

  3. Elena Maldonado dice:

    Amo la naturaleza y un jardín en casa, es un pequeño paraíso para compartir la belleza y la buena compañía de flores, plantas, aves, abejas, mariposas… y el agradable olor a tierra mojada.

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