24, sep 2013

Lucidez y desesperanza

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Octavio Paz vio en Álvaro Mutis los extremos esenciales del poeta: “Necesidad de decirlo todo y conciencia de que nada se dice.” En Los trabajos perdidos puede leerse un poema que registra esas dos puntas. Una celebración del conocimiento inútil que es la poesía:

Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche

Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía

En la historia vio el caos: corrosión terca, decadencia imparable, obstinada pudrición, monotonía de la especie cainita. Estaba convencido de que el hombre era incapaz de hacerse el bien.  El infierno existe, repetía a Jean Cocteau: es la historia. La historia no preserva, no camina: carcome. El tiempo de la humanidad es inclemente, como el trópico: todo lo deshace, todo lo destruye, todo lo devasta. No hay refrigerador que cuide las frutas. El lodo lo devora todo.

En 1965 Álvaro Mutis dictó una conferencia sobre la desesperanza en la Casa del Lago que es buena pista para entender el tono de su escritura. Habló entonces de Axel Heyst, personaje de Conrad que encarga esa clarividencia. “Heyst forma parte de esa dolorosa familia de los lúcidos que han desechado la acción, de los que conociendo hasta sus más remotas y desastrosas consecuencias el resultado de intervenir en los hechos y pasiones de los hombres, se niegan a hacerlo, no se prestan al juego y dejan que el destino o como quiera llamársele, juegue a su antojo bajo el sol implacable o las estrelladas noches sin término en los trópicos.” Pero el desesperanzado no es un derrotado. Afirma la vida y se abre, como nadie, a sus infrecuentes bendiciones. El desesperanzado ama, juega, conversa con sus amigos sin resistir las celadas del destino. Sabe que, sólo participando con lucidez en lo irresistible, puede encontrar el sabor de la existencia, la presencia del ser que le obsequia vida.

La desesperanza es lucidez, dice Mutis. La lucidez desesperanza. Pero también es soledad, incomunicabilidad, atisbo de muerte. Casi imposible abrazar a un desesperanzado. Es que la desesperanza se instala en el primer hueso, en un lugar anterior a la palabra. El desesperanzado no se ilusiona con sueños pero bien que tiene abiertas las rendijas de la percepción. Podría decirse que en él hay una esperanza de otra naturaleza. No es la salvación, la felicidad, la gloria, ninguna utopía. Es el brevísimo entusiasmo, el gozo inmediato, la dicha efímera que mantienen al hombre con deseos de respirar. Si oyes correr el agua en las acequias, escribe Mutis en un poema, si tienes suerte y preservas ese instante, si tienes algún día la paciencia del guijarro debes saber que habrán de llamarte:

Toda la ardua armonía del mundo
es probable que entonces te sea revelada,
pero sólo por esa vez.
¿Sabrás, acaso, descifrarla en el rumor del agua
que se evade sin remedio y para siempre?

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