24, ago 2011

Milosz: la arena del reloj

En 1954 Czeslaw Milosz, quien este año cumpliría el siglo, escribió un poema en prosa. Describe ahí un encuentro fugaz en una estación de metro en París. Una mujer deja al poeta sin habla. El polaco ve el rostro de una mujer y queda paralizado. ¿Qué podría hacer?, se pregunta. Con frustración confiesa las debilidades de su mirada, las flaquezas de la condición humana: no podemos devorar los objetos en la emoción de un instante. No vemos más que jeroglíficos. Apenas el atisbo de algo, de alguien: la insinuación de un hombro, el paso de una nariz que camina pegada a un cuerpo con prisa entre una estación y otra. ¿Por qué carecemos de una vista potente? La realidad se nos escurre y, sin embargo, ante el rostro de esa mujer, el poeta puede celebrar una conquista: “yo soy, ella es.” El hallazgo merece celebración: que griten las trompetas, convoquen a mil marchas, brinquen. “Ella es.” Todo resbala y de pronto, el milagro de ser. A la siguiente estación, Ella salió del tren. “Yo me quedé atrás con la inmensidad de las cosas que existen. Una esponja que sufre porque no puede empaparse; un río que sufre porque el reflejo de las nubes y los árboles no es nube ni árbol.”

El asombro, la conciencia de fugacidad, la esperanza y la frustración de una escritura que pelea contra el caos y la nada, la fe en la poesía. Ese rostro que deja sin palabras a Milosz es el misterio que merece respeto. “Si el hombre no se percatara de la naturaleza efímera de su existencia, y de todo lo humano, no sería hombre.” El arte escapa de la rutina sedante para dejarse seducir por el paso del tiempo. Al poeta lo embrujan los pasos del reloj, como el cascabel de la víbora seduce al conejo.

Para este hombre que fue testigo de dos totalitarismos el gran enemigo del hombre es… la generalización. En sus memorias, en sus ensayos, en su poesía—sobre todo en su poesía, se libra este combate contra la generalización y el silencio. Pronunciar lo existente es celebrar su vida; callar es lanzar el mundo a la inexistencia. Adam Zagajewski encuentra una vocación religiosa en su poesía: dar nombre, atrapar el mundo es glorificarlo. En Encuentro, Milosz escribe:

Estuvimos paseando a través de los campos
en un vagón al amanecer.
Una herida rosa roja en la oscuridad.

Y de pronto una liebre atravesó la carretera.
Uno de nosotros la señaló con la mano.
Eso fue hace tiempos. Hoy ninguno de ellos está vivo,
Ni la liebre, ni el hombre que hizo el ademán.

Oh, amor mío, ¿dónde están ellos, a dónde han ido?
El destello de una mano, la línea de un movimiento,
el susurro de los guijarros.
Pregunto no con tristeza, sino con asombro.

Después de todo, Milosz estaba convencido de que la poesía, trepada al lomo del unicornio y hablando a través del eco de las montañas, era una aliada del bien. La poesía era también para él un compromiso cívico, una batalla contra la indiferencia que invita al asesinato. Si no salva, la poesía es la canción de los borrachos antes de ser degollados.

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4 Comentarios

  1. Rosa Moreno dice:

    Ve, me gustaría mucho que también publicaras poemas del tío, Oscar Milosz, gran poeta.

  2. noel olivares dice:

    Magnífico poema y magnífico comentario. La poesía nos salva y también es el último canto del hombre ante su extinción.

  3. Torando dice:

    La realidad se nos escurre y, sin embargo, ante el rostro de esa mujer, el poeta puede celebrar una conquista: “yo soy, ella es.”

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