25, Mar 2021

Puntos suspensivos

Quiso el anonimato. Lograr que su obra se integrara a la ciudad, que se vaciara en ella y que perdiera registro de su autoría. Quiso ser un iluminador románico, un tlacuilo que escribiera pintando en amate. Quiso ser también el gato de Paul Klee. Vicente Rojo lo contaba en su discurso de ingreso al Colegio Nacional. En 1918, al terminar la guerra, Klee regresaba a casa. Para celebrar la paz tomó el violín y junto a su mujer que se sentaba frente al piano, tocaron sonatas de Bach y de Mozart. El auditorio lo formaban Félix Klee, el hijo de la pareja, y el “enorme gato Fritzi.” La escena le servía a Rojo para dejar constancia de su admiración por Klee, de la intimidad entre música y pintura y de la envidia por el pintor que sabía tocar el violín. “¡Qué no hubiera dado yo por ser el gato Fritzi.”

Artista de los signos, Vicente Rojo se identificó también con los puntos suspensivos, esa marca de tres puntos que insinúa, que sugiere, que deja el enunciado sin cierre. Así tituló las escenas de su autorretrato. Puntos suspensivos. Es justo de pronto dejar la oración incompleta; hacer silencio para dejar el sentido en suspenso, para detenerse ante el temor o la vacilación. La vacilación se dirige al futuro, pero también se entierra en el pasado. ¿Será que la emoción imprecisa, la sensación sin nombre anteceda los tres puntos? En el diseño editorial, en la escultura y en el lienzo, esos tres puntos del misterio.

Sus diseños seducían por el brillo de sus evocaciones. Puso la claridad de su trazo al servicio del asombro. Capturó así nuestra imaginación estética con cientos de portadas, con el trazo de diarios y revistas, con carteles y logotipos que integran el paisaje de nuestra memoria más entrañable. Nadie hizo tanto por el diseño gráfico en México como Vicente Rojo. Portadas que son una invitación que no delata. En Cien años de soledad, en Las batallas en el desierto, o en El ogro filantrópico, la puerta de entrada se cuela en todas las letras de la obra.

Pintar para él era transcribir el dictado de las preguntas. Escuchar la interrogación y formularla mil veces. ¿Cuántas tes caben en una misma te? ¿Qué diana encontrará el dardo? ¿Qué advertencias hay en la señal? ¿Qué voz pronuncia la letra imposible? ¿Qué mapas traza el estallido de ese monte de lava? Terca exploración de un vocabulario esencial. Sabio desprendimiento de lo superfluo. Punto, raya, círculo y triángulo conforman un universo contenido e inagotable. La diagonal de las lluvias, el indicio de las flechas, la copa del volcán, la indescifrable tipografía. Las geometrías de Vicente Rojo levitan y se conectan con el centro de la tierra; son abstracción pedregosa, juguete y retablo; tolvanera y pentagrama. Por ahí pueden verse los átomos de Seurat y la metafísica de Malevich, las costras de Dubuffet y los brochazos de Tàpies. Y creo que se insinúa también, entre lava y diluvios, el cuerpo de un país como el que José Emilio Pacheco encontró en tres volcanes suyos:

Dicen que dice la verdad el nuevo mapa:
en la visión del satélite
éste es México sin engaño.

Pero no veo
sino montañas como cicatrices.
México sepultado por sus volcanes y nacido de ellos.

Entre tanta aridez muy pocas manchas de agua.
Entre tanto desierto bosques en llamas.
entre tanta desolación una esperanza:
la victoria de los dos mares.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook

Deja un comentario