08, Ago 2018

Semillas de inconformismo

Somos lo que la educación hace de nosotros. Lo dijo Immanuel Kant en un ensayo sobre la pedagogía que publicó en 1803. “El hombre sólo puede ser hombre por la educación. No es nada más que lo que la educación hace de él.” La idea la rescata Emilio Lledó en su libro más reciente. Sobre la educación. La necesidad de la literatura y la vigencia de la filosofía (Taurus, 2018) es una especie de autobiografía en clave pedagógica. Más que como filósofo, el sevillano se ha descrito como un profesor de filosofía. Profesor no por trasmitir conocimiento sino por guiar en la curiosidad, por alentar la imaginación, por cultivar en otros las posibilidades que se extinguen si no se inquietan. “Un maestro no es aquel que explica, con mayor o menor claridad, conceptos estereotipados que siempre se podrán conocer mejor en un buen manual, sino aquel que trasmite en la disciplina que profesa algo de sí mismo, de su personalidad intelectual, de su concepción del mundo y de la ciencia, escribe Lledó en este libro. Ser maestro quiere decir abrir caminos, señalar rutas que el estudiante ha de caminar ya solo con su trabajo personal, animar proyectos, evitar pasos inútiles y, sobre todo, contagiar entusiasmo intelectual.”

Educar es provocar inteligencia. Por ello es necesariamente trasmisión de inconformismo. La rebelión empieza con las palabras: “Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos. Ambas actitudes son, sin embargo, formas de libertad. Y la libertad no admite conformismo alguno.” De ahí viene la necesidad de la literatura como incubadora de indocilidad. La vida es sucesión de hábitos, rutinas, sumisiones. Aceptamos las palabras heredadas, preservamos los ritos, seguimos al rebaño. En cada adhesión hay un sacrificio, un abandono de uno mismo: “conformarse es perder, en parte, la forma propia, para sumirse, liquidarse en la ajena.” La educación se convierte así, en una forma de resistencia contra las máquinas de alienación que pretenden aniquilar el vigor del pensamiento individual, la chispa misma de la libertad.

Lledó encuentra en los libros el “más asombroso principio de libertad y fraternidad.” Quien toma un libro escapa de inmediato de su tiempo y su sitio. Lee un párrafo y piensa otra cosa, vive otra vida, ve otro paisaje. Y en el diálogo con la letra impresa, el lector se descubre a sí mismo. Reconoce su emoción, da nombre a sus pasiones, aclara sus ideas. Sin lectura no podría verse. La perpetua distracción de nuestro tiempo, los juguetes que nos esclavizan, las ambiciones que nos han sido implantadas oscurecen nuestra conciencia. Todo conspira para alimentar el miedo, la rivalidad, el prejuicio, la obsesión. La lectura es luz que permite ver lo que somos, lo que podríamos ser.

Enemigo de lo que llama educación “asignaturesca”, esa que está obsesionada con la memorización de las lecciones y el examen, Lledó entiende que la educación es entrenar para la creatividad. ¿No decía Alfonso Reyes que educar era preparar improvisadores? Por eso Lledó defiende también ese saber inútil de la filosofía. Más que las respuestas, nos suministra interrogantes. Preguntas preferibles a la más enfática de las respuestas. Es precisamente lo insatisfactorio de las respuestas filosóficas lo que hace indispensable a la filosofía. Esas preguntas sin respuesta enriquecen nuestra imaginación, burlándose de la estúpida satisfacción de los dogmáticos. ¨

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