17, Jun 2015

Simic, el lunático

Charles Simic acaba de publicar El lunático, la cosecha de los poemas que ha diseminado en las páginas del New Yorker, Slate, Paris Review y otras publicaciones. El poema que da título al libro describe la terquedad de lo imposible: un copo de nieve que cae mil veces en un tarde y vuelve a caer por la noche, nada más para ver qué se siente. Su poesía será eso: constancia de lo absurdo, perseverancia de la ilusión a pesar de los horrores de la experiencia.

Simic sigue escribiendo poesía. Hace tiempo su madre, ya muy vieja, le preguntaba si seguía escribiendo poemas. Ella tenía, desde luego, la esperanza de escuchar que su hijo había madurado y que ya no perdía el tiempo con esas distracciones de juventud. Helen, la madre de Simic, movió la cabeza al escuchar la respuesta, apenada por la incurable manía del hijo. Algunos creen que es absurdo que un hombre de setenta años siga escribieno poemas, escribió él. Como si un viejo saliera con una chica de secundaria y patinara con ella por las noches. Simic entiende su tenacidad como producto de su pasión por el ajedrez. Brevísimas partidas de inteligencia e imaginación, sus poemas dependen, como ha dicho él mismo, de que la palabra justa o la imagen exacta aparezcan en el momento preciso. La secuencia lo es todo. El final es decisivo: ha de tener la inevitabilidad y la sorpresa de un jaque mate.

En su nuevo libro, Simic muestra el arte de su ajedrez. La sorpresa oculta en lo cotidiano se convierte en clave de nuestros extremos. Historia y biografía comprimidas en los objetos de uso diario, en los rituales de la naturaleza, en las monotonías del vecindario. El humor y la tragedia, la crueldad y la ternura, los cuerpos y los fantasmas, el horror y el placer. Las cosas que nos rodean—un plato de sopa, la hoja de un árbol, un espejo, el delantal de un carnicero—adquieren vida en la poesía Simic como densas afirmaciones de nuestra experiencia. Poesía sombría y radiante. El contrapunto radical. ¿Dónde más podríamos ver a Venus bañándose con cucarachas? En la poesia de este serbio de New Hampshire el esplendor de una mañana es tal que haría sonreir a un fusilado frente al pelotón. La plenitud de primavera que nos regala los gozos de un peluquero lavándole el pelo a Cameron Diaz.

Mi tema es el alma, escribe Simic en uno de los últimos poemas de este poemario. Asunto difícil porque el alma es invisible, silenciosa y frecuentemente ausente. Hasta cuando se muestra en los ojos de un niño o en un perro sin casa, me hacen falta las palabras, dice. El diccionario del poeta es siempre incompleto. ¿Qué palabra nombra los juegos de esa luz que corretea la oscuridad en los pasillos?

Simic observa su vejez, compra flores para el funeral de hoy y el que vendrá mañana. Habla por las noches con la muerte. A ser cuidadosos nos llama. El poeta sabe que no hay mucho de qué hablar. Más se podría decir de la mosca muerta en el vidrio o de esa máquina de escribir que hace años nadie toca. Es la deliciosa y angustiante nada de existir. La memoria en la mente del viejo es una provocadora que tienta y nunca cumple. El nombre de una mujer amada aparece y se resbala por el precipicio de la lengua. El espejo le recuerda esos ojos que ya no existen. Ojos que celebraban el presente, ojos que sabían que todo lo que había fuera de ese instante era una mentira. El poeta terco es el rey de los insomnes, el estudiante de techos y puertas cerradas, la mosca que escapa de la cabeza de un loco. Un hombre que, a la mitad de la noche se levanta de la cama como un petardo sobresaltado por el pensamiento de su muerte.

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