04, May 2011

Un místico turbulento

Gonzalo RojasEn la nota que sirve de prólogo a una de sus antologías, Gonzalo Rojas describe un ataque de asfixia que lo atrapó por la madrugada empujándolo a la muerte. Él, que no había hecho otra cosa que adorar el aire desde que fue cortado de su madre, sentía que la vida se le escapaba, dejándolo seco, vacío, atrapado en sí mismo, en el no-aire. "Me moría, adiós vieja fragua: un minuto y soy piedra para siempre, oh voz, única voz. Hasta que vino alguien—tiene que haber sido alguna hermosa—y me dijo: después. Por ahora, mortal mío, respira, respira.” El aire como sinónimo de vida y de poesía. Para vivir, beber aire; para escribir, remar en él. Gonzalo Rojas le abre y le cierra las cortinas al cráneo, ventila el esqueleto, besa por dentro el hueso de la locura.

Un aire, un aire, un aire,
un aire,
un aire nuevo:
                no para respirarlo
                sino para vivirlo.

El aliento del aire es el ritmo del verso, del cuerpo, del mundo. Por eso hay que leer su poesía como él sugiere: respiradamente. Se recuerda su curiosa superstición o, tal vez, su rito. La ceremonia de su escritura le exigía una prueba a la suerte. Lanzaba un cuchillo a la mesa de madera. Sólo si se clavaba en la tabla, se sentaba a escribir. En el zumbido de ese cuchillo vibraban los espíritus de Ovidio y de Huidobro; de Celan y Safo; los sueños del surrealismo y la dicción del Siglo de Oro. Mil tradiciones fundidas en su desconcertante sintaxis. Más que la lealtad a los pasados, era la audacia lo que lo condujo a la apropiación de esas voces. Su pensamiento es soplo, descarga súbita, sorpresiva que penetra la verdad por aproximación. Escribir poesía es un pensar desrazonando. Rondar el mundo con "la certeza de no alcanzar a decir lo que quiero decir."

    Y cuando escribas no mires lo que escribas, piensa en el sol
    que arde y no ve y lame el Mundo con un agua
    de zafiro para que el ser
    sea y durmamos en el asombro
    sin el cual no hay tabla donde fluir, no hay pensamiento
    ni encantamiento de muchachas
    frescas desde la antigüedad de las orquídeas de donde
    vinieron las sílabas que saben más que la música, más, mucho más que el parto.

Acostumbraba Rojas a hablar con su cuerpo. Los poetas son raros como los grandes amantes, decía. No bastan los sueños: "hay que tener también testículos duros." La clave de su sistema poético, dijo Enrique Lihn es el cruce de lo animal y lo sagrado. El placer y Dios; el paraíso y los muslos; lo lascivo y lo venerable. Al final, todo existe "para que el hombre vuelva a su morada."

    Dame otra vez tu cuerpo, sus racimos oscuros para que de ellos mane
    la luz, deja que muerda tus estrellas, tus nubes olorosas,
    único cielo que conozco, permíteme
    recorrerte y tocarte como un nuevo David todas las cuerdas,
    para que el mismo Dios vaya con mi semilla
    como un latido múltiple por tus venas preciosas
    y te estalle en los pechos de mármol y destruya
    tu armónica cintura, mi cítara, y te baje a la belleza
    de la vida mortal.

Místico turbulento. Con esa fórmula se definió él mismo.

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