26, Ago 2015

Un vivero para curiosos

9786074111781

En los años sesenta, Václav Havel escribió un poema visual que tituló ‘Filosofía.’ No tenía una sola palabra, ni una sola letra. El poema era el cuadro de un regimiento de signos de admiración golpeados con el martillo de una máquina de escribir. Una parfecta formación de líneas marciales que no se atreven a doblarse. En una hilera inferior, escondida entre columnas enfáticas, se arquea un signo de interrogación. La vida, sugería el disidente checo, está en esa curva que interroga, en el arco inconforme que se abre paso frente a las órdenes. En esa sabiduría del escéptico se ha cultivado Alberto Manguel. En la literatura ha visto la ventana que le permite escapar del dogma y la certeza. Su nuevo libro, titulado Curiosidad. Una historia natural, que Almadía ha puesto en español, explora esta disposición soberbia y humilde y a la vez de entender la vida.

Como en todos sus libros, la escritura de Manguel es homenaje a sus lecturas. Entiende que leer no es recibir sino crear: la más imaginativa de las actividades humanas. Hablar de la vida y del mundo es, para él, hablar de libros. Si Borges imaginó el paraíso como una biblioteca, Manguel, su lazarillo, vive la vida como lectura. En uno de los últimos capítulos, por ejemplo, anticipa la muerte y se consuela sabiendo que no hay novela interminable. No quisiera vivir por siempre porque todos los libros tienen un punto final. El relato de mi vida tendrá que cerrar para no convertirse en balbuceo incoherente. Un sacerdote vasco, dedicado apicultor le contó que las abejas reconocían la generosidad de sus cuidadores que dejan algo de miel en la colmena. También le dijo que, cuando un apicultor muere, alguien debe avisarle a las abejas que su protecor se ha ido para siempre. “Desde entonces, escribe Manguel, siempre he deseado que, cuando yo muera, alguien haga lo mismo y le diga a mis libros que ya no volveré.” Preciosa imagen del lector como un apicultor generoso que bebe la miel de su biblioteca sin secar nunca la colmena.

Su historia natural se estructura con preguntas: ¿Qué es la curiosidad?, ¿Quién soy?, ¿Dónde está nuestro lugar?, ¿Qué es verdadero?, ¿Qué viene después? Cada pregunta abre con párrafos autobiográficos: recuerdos de su infancia en Tel Aviv; de su relación con los animales y las armas; de Borges; de sus viajes, sus colegios, su familia. La escritura de Manguel, ha de decirse, es a ratos luminosa pero en tramos es densa, extenuante. Sus divagaciones eruditas pierden en ocasiones el foco de la pregunta que explora. El aventurero cargla la biblioteca en su mochila y en ocasiones, temo decirlo, lo aplasta. Dante es su guía. El lector poco inclinado a los superlativos encuentra en la Comedia la obra más grandiosa jamás escrita en la historia de la humanidad. El libro pesca ideas en Homero y en el Talmud, en los clásicos persas, en Brodksy y en los teólogos más recónditos pero regresa una y otra vez a Dante.

Manguel se recuerda en uno de los capítulos como un niño de 9 años que se pierde en el camino a casa. Al salir de la escuela se distrae por algún motivo, toma un camino distinto al habitual y empieza a descubrir parques, calles, tiendas que nunca había visto. El extravío lo maravilla: ese espacio desconocido es el terreno de la aventura, de la curiosidad. Al reencontrar la ruta conocida, llega a su casa. Una decepción. A perdernos nos invita Manguel en este libro. Frente a la escuela contemporánea que pretende trasmitir respuestas, Manguel quiere un vivero para los curiosos.

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