26, Ene 2011

Francesca Woodman

Woodman A

Hace treinta años Francesca Woodman se arrojó de un edificio en Nueva York para perder la vida. Entonces muy pocos sabían quién era. La policía no la reconoció porque no cargaba ninguna credencial y su rostro había quedado desfigurado. Pasaron días hasta que sus padres dieron con su cuerpo. Gracias a la ropa supieron que era su hija. Tenía 22 años y estudiaba fotografía. Apenas llegó a exponer en alguna galería universitaria y publicar un libro de escasa circulación. Hoy su trabajo es reconocido mundialmente. Varias galerías inglesas muestran sus fotos, mientras el Museo de Arte Moderno de San Francisco prepara una gran retrospectiva de su breve carrera. En Nueva York se estrenó hace poco un documental sobre la artista y su familia.

La cinta, dirigida por C. Scott Willis se equivoca, a mi juicio, al fijar la atención en el entorno familiar de Francesca y titularse The Woodmans. El documental se esfuerza por subrayar el mérito artístico de sus padres y de su hermano y de sugerir una afectuosa rivalidad entre ellos que termina con la perturbadora absorción que el padre hace del genio de su hija. Falla también porque coloca el suicidio en el centro de una obra extraordinaria, sin ofrecer, naturalmente, una clave que explique el salto al vacío. Me perdonarán los miembros de la familia y el director, pero en esta cinta se observa que el artista es uno solo. Y es enorme. Por eso la verdadera fuerza de la cinta no se encuentra en la narración del director, ni en los recuerdos de los parientes, ni siquiera en las palabras de la fotógrafa, sino en sus fotografías. Y tampoco está en la tragedia de su muerte el valor de su imaginación visual.

Podría pensarse que todas sus fotografías son autorretratos. No aparece en todas pero es la figura central de cada una de ellas. Las modelos que retrató, cuerpos, y pechos sin rostro, podrían ser ella misma. Durante ocho años Francesca Woodman fotografió cientos de autorretratos sin rostro: imágenes de sí misma como cuerpo inaprensible. Su cabeza es el lugar donde nace el pelo, no el nacimiento de una mirada. Una vida marcada por la soledad y el frío. Piernas y telas en cuartos vacíos; pieles y tapices que se desprenden, víboras ante el lienzo de una espalda, el movimiento que es materia transformada en aire. El blanco y negro que emplea en casi todas sus fotos da a cada imagen un aire decimonónico, victoriano. Resulta difícil dejar de ver las imágenes de Francesca Woodman como anticipos de su final. En todas parece que la vida se escurre, que las fronteras entre lo vivo y lo inerte se disipan, que la carne vuela y se vuelve aire. Un cuerpo elusivo. Un cuerpo que se finge sábana, que se adhiere al yeso, que burla al espejo y rompe la caja.

Cuadros como puentes a otro territorio: espejos traspasados, paredes y pieles que se descarapelan, cuerpos que se filtran entre los muros. Nada encuentra foco. En una fotografía, la ve uno contemplando su propia ausencia. La huella de su cuerpo marca un suelo de talco. Sus piernas son los únicos testigos de lo que ella fue. En otra, el cuerpo se anuda con las raíces de un árbol, a la orilla de un río. Su pelo fluye, transformado en agua. Sólo el ojo atento descubre que, tras el tronco grueso y viejo, sobre el pasto bien podado que lo rodea, se levantan discretamente unas lápidas. Ser río y raíz en cementerio.

Woodman B

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3 Comentarios

  1. mariana dice:

    qde sorprendida por sus fotografias muy buenas….

  2. Itzel dice:

    Interesante el comentario, aunque siento que pudo explayarse un poco más y ahondar en ciertos puntos.
    ¿En dónde se podría conseguir el documental?
    Saludos,

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