02, Dic 2013

André Schiffrin

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Murió André Schiffrin, el aristócrata de la edición, como lo llamó Christopher Domínguez:  «La suya es una empresa en defensa de una alta cultura, la editorial, que se convirtió, gracias al mercado y a la democracia, a través del libro de bolsillo, en una de las glorias del siglo XX. Schiffrin ha defendido, el arte de editar, una verdadera e idiosincrática iniciativa privada, contra la banalización de los catálogos y la tendencia a hacer del libro un mero sucedáneo al espectáculo de la comunicación masiva y del periodismo industrial.»

En las páginas finales de La edición sin editores escribió:

Las fuerzas del mercado (…) triunfan hoy más que ninguno de los dos bloques en el pasado, imponen sus miras totalmente más que las antiguas maquinarias de propaganda. Nuestras ciudades están atiborradas de paneles para pegar carteles, la publicidad domina la radio y la televisión, el cine es un modo cada día más eficaz de difusión de la ideología del consumo. La maquinaria internacional de persuasión comercial es más poderosa que todo lo que se hubiera podido imaginar hace unos años.
La batalla también se desarrolla en el terreno del libro, que poco a poco se convierte en un simple apéndice del imperio de los medios, ofreciendo diversión ligera, viejas ideas, y la seguridad de que todo es lo mejor en el mejor de los mundos.  ¿Por qué diablos los que poseen máquinas tan provechosas en el cine y la televisión aceptarían producir, con menos beneficio, libros susceptibles de hacer reflexionar de otra manera, de poner de manifiesto las dificultades? (…) La publicación de un libro no orientado hacia un beneficio inmediato es ya prácticamente imposible en los grandes grupos. El control de la difusión del pensamiento en las sociedades democráticas ha alcanzado un grado que nadie pudo imaginar. El debate público, la discusión abierta, que son parte integrante del ideal democrático, entran en conflicto con la necesidad imperiosa y creciente del beneficio. Lo que se forma en Occidente es el equivalente al samizdat de la era soviética. Por supuesto, hoy los editores independientes no se arriesgan a la prisión ni al exilio. Se les deja el derecho de buscar las fallas que persisten en la armadura del mercado, y persuadir a quienes deseen con sus pequeñas tiradas y su difusión restringida.
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