01, dic 2014

El conversador y el polemista

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La palabra no es solamente la voz que entretiene y comunica, el vocablo que transmite información, deseo, recuerdos, órdenes. La palabra es nuestra casa. El lenguaje es una habitación que nos esculpe. Residencia, la palabra moldea, en su voz, nuestra experiencia. Es el puño de una jaula o el aire de un plaza. La filosofía política ha trazado a lo largo de los siglos arquitecturas penitenciarias de la palabra. Ahí está la República de Platón —sin poetas, el Leviatán de Hobbes— sin comediantes, la democracia de Rousseau, sin actores. No hay tiranía que no reconozca el inmenso poder de nombrar y que no trate, en consecuencia, de imponer un lenguaje. Todo despotismo aspira a ser un regimiento de palabras. Fuera el poeta que reinventa el lenguaje; fuera la metáfora que subvierte los significados; fuera los discutidores que riñen; los conversadores que opinan, los comediantes que provocan risa, los dibujantes que ridiculizan. El súbdito demuestra su rendición repitiendo las palabras muertas del poder.

Dos escritores mexicanos han levantado, con palabras, otra arquitectura común. Vivificando nuestro lenguaje nos ofrecen otra república. No me refiero a la república de las letras, a la sociedad de los escritores, a la mafia de los intelectuales, al universo de la letra impresa. Creo que en las páginas, en los poemas, en las notas, en los ensayos de Alfonso Reyes y de Octavio Paz hay un modelo de convivencia, una estancia para el encuentro y la divergencia, una casa del entendimiento y un lugar para la controversia. Algo nos dicen hoy esas construcciones cuando vivimos en casa rota.

El artículo completo puede leerse en Nexos de este mes.

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