02, Dic 2013

La edición sin editores

la edición sin editores

En un artículo de 1972, Umberto Eco parodiaba la severidad de los editores imaginando su respuesta a algunos manuscritos famosos. Ante la recepción de un grueso manuscrito que no revela la identidad del autor y que se titula La biblia, el editor imaginario de Eco razona los motivos por los que la obra no debe ser publicada íntegramente. Las primeras páginas son estupendas. Tienen todo lo que un lector moderno quiere en un buena historia: mucho sexo (incluyendo adulterio, sodomía, incesto) y una buena cantidad de asesinatos, guerras y masacres. Pero los capítulos finales son lentos, cuando no francamente aburridos. Habría que publicar solamente los primeros cinco episodios del libro y sugerir un nuevo título: ¿qué tal Los fugitivos del Mar Rojo? El proceso de Kafka es un buen librito, con aires a Hitchcock, dictamina el lector. Pero hay que trabajarlo un poco más. Hay muchas cosas que no son claras: ¿en dónde se desarrolla la acción?, ¿por qué han procesado al protagonista? Hay que aclarar estas cosas, suplica el editor al remitente del manuscrito. Necesitamos hechos, datos, información clara para que el lector siga con interés el thriller. En busca del tiempo perdido, podría publicarse solamente si el autor permite una severa reparación: acortar las frases interminables, ventilar la lectura con la apertura de párrafos y corregir la puntuación. Solamente si el autor acepta estos remiendos, el manuscrito sería publicable. Si no los acepta, que se olvide de su libro.

La parodia de Eco captura la miopía de quien convierte convertir en libro un paquete de hojas mecanografiadas. La leyenda del editor se columpia entre esta imagen del ciego que no logra apreciar los tesoros que toca y la del creador que, como ha dicho Gabriel Zaid, logra la hazaña de colocar un libro en medio de una conversación. No un reproductor de letras, sino un partero que contribuye a dar luz a las ideas que avivan a una civilización. El  libro de André Schiffrin, La edición sin editor (publicada aquí por Editorial Era), es un retrato de esos dos personajes: el artesano que lucha por sobrevivir los zarpazos de una industria inclemente y el mercader que edita libros como quien multiplica tornillos.

De sangre le viene a Schiffrin la pasión editorial. Su padre fue en Francia el fundador de La Pléiade, la legendaria casa que publicó a los grandes de la literatura universal. Huyendo del fascismo, la familia llegó a Nueva York para seguir su trabajo editorial. André se acercó muy joven a Pantheon Books, una pequeña editora que logró publicar autores desconocidos, sobre todo autores negados por el macartismo: Hobsbawm, Sartre, Foucault, Duras. El catálogo de Pantheon fue convirtiéndose en uno de los más ricos acervos de la cultura norteamericana, particularmente en su ribera liberal. Se entendía que los libros no reportarían una ganancia de inmediato. Si esos hubieran sido los criterios, ninguno de los libros que editaba Pantheon habría sido editado. Mis criterios para publicar un libro eran sencillos, escribe Schiffrin: textos que oxigenaran la vida intelectual de los Estados Unidos, voces que expresaran las opiniones reprimidas durante un tiempo de intolerancia.

El mundo editorial de los sesentas fue extinguiéndose poco a poco. La edición sin editores es la memoria de esta catástrofe. Las editoras independientes fueron engullidas poco a poco por inmensos consorcios de comunicación. El caso que Schiffrin relata desde dentro de Pantheon es emblemático. Pantheon es adquirida por Random House, luego RCA, la cadena de discos, radio y televisión compra Random. Más tarde, el grupo Newhouse adquiere RCA y finalmente, el gigante alemán Bertelsman se apropia de un inmenso archipiélago de editoriales, estaciones de radio, revistas y disqueras. El arte de quien es capaz de pescar la voz necesaria en el concierto de la cultura, el oficio de quien sabe reconocer la semilla del genio, la labor de quien ayuda a parir un libro resulta triturado por las urgencias del emporio.

El lamento de Schiffrin es más que una queja al desalmado reino del mercado. Es una advertencia sobre los peligros de una lógica de retribución inmediata. Cada libro ha de reportar velozmente una ganancia a la editorial; los hombres famosos han de convertirse en autores; los figurones de la política y del espectáculo deben recibir adelantos millonarios para asegurar su contratación; los títulos publicados deben promover los intereses económicos de los editores. Ese es el nuevo código imperante. Schiffrin relata, por ejemplo, los encuentros con Alberto Vitale, el banquero que llegó a dirigir Random House. El hombre no tenía la menor idea de quiénes eran nuestros más preciados autores y dirigía de inmediato la vista a la parte derecha de la hoja, ahí donde se insertaba la columna de las cifras. Sólo después de ver cuántos libros había vendido una obra, se le ocurría consultar el título.

En el mundo del libro, advierte, ha empezado a instaurarse una censura del mercado: si un libro no vende un cierto número de ejemplares en un año, no debe ser publicado. “Lo que se busca es el autor conocido, el tema de éxito y los nuevos talentos o los puntos de vista originales difícilmente encuentran lugar en las grandes editoriales.” Schiaffrin recuerda a un editor alemán que muestra la aberración de estos cálculos: “Si los libros de tiradas pequeñas desaparecen queda comprometido el porvenir. El primer libro de Kafka tiró 800 ejemplares, y el de Brecht 600. ¿Qué habría pasado si alguien hubiera decidido que no valía la pena publicarlos?” Nuestra conversación se habría desecado.

(Publicado en Reforma el 10 de septiembre de 2003)

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