31, Jul 2011

La vida alcanza

Eliseo Alberto
En el blog de Rafael Rojas puede leerse el estupendo prólogo que Rubén Cortés escribió para La vida alcanza la recopilación de los textos que Eliseo Alberto fue publicando en Milenio. De ahí, esta anécdota que bien lo retrata: 

En una ocasión, Lichi había llegado al aeropuerto de la Ciudad de México para tomar un avión a Italia. Pero la empleada del mostrador de la aerolínea le informó que no podía volar porque el boleto estaba a nombre de Eliseo Alberto y el que aparecía en el pasaporte que él le acababa de entregar era Eliseo Alberto de Diego García-Marruz.

—Muy bien. Muchas gracias —respondió Lichi y se dispuso a marcharse.

—Oiga, pero ¿se va así nomás? ¡Así nomás! —exclamó la mujer, sorprendida ante la única persona del mundo que no insistía en subir a un avión.

—Usted dice que no puedo viajar. Le agradezco mucho —insistió Lichi con su voz apagada de asmático sin asma. Otro, habría increpado a la empleada, llamado al gerente
de la línea aérea o se habría puesto a reclamar sus derechos. Yo, por ejemplo, podría haberle apretado el cuello. Hombre, ¡Italia! Comerme una verdadera pizza Margarita en la tratoría Al Fontanone, del Trastevere, o extraviarme entre las 8 serpenteantes y oscuras callejuelas de Capri, para hallarme de pronto delante de un patio con emparrados de uvas aterciopeladas y salpicado de tomates rojos, con sábanas blancas tendidas al sol argentado del Mediterráneo. Sin embargo, Lichi dio vuelta y se alejó del mostrador hasta que la mujer, atónita, corrió a buscarlo, vencida ante el sometimiento de aquel hombre extraño. En sus dos décadas de operaria del aeropuerto jamás había conocido a alguien que aceptara con mansedumbre su descarga de rigor burocrático.

—Disculpe mi actitud, señor. Puede usted pasar. Por favor —le rogó. Sólo entonces, el mejor novelista cubano del exilio, Premio Alfaguara de 1998 y autor de Informe contra mí mismo, accedió, muy a su pesar, a avanzar a la sala de espera y disponerse a volar doce horas sobre el Océano Atlántico.

¿Por qué Eliseo Alberto había admitido, sin más, el argumento de la empleada? ¿Por disciplina social? ¿Porque tenía miedo a volar en avión? ¿Porque no quería viajar a Italia? Nada de eso. Sólo era una persona para quien toda la gloria del mundo cabía en un grano de maíz, el legado martiano que había mamado en Villaberta, su casa de profunda raigambre cubana en Arroyo Naranjo, en las afueras de La Habana, la misma donde su tío abuelo Eliseo conversaba con el generalísimo Máximo Gómez, quien llegaba hasta allí, ya muy anciano, atravesando a caballo los potreros, desde su residencia en la Quinta de Los Molinos. Y porque había escogido un mundo propio donde vivir, un entorno alejado de los cabildeos políticos de Cuba y Miami, de las cofradías culturales y de los compadreos literarios… un universo transparente como un vaso de agua fresca y que resultaba el único en el que se sentía feliz. Porque todo lo que deseaba aquella tarde brumosa de la Ciudad de México era regresar a su departamento de la sureña colonia Del Valle, frente al Parque Hundido, para continuar una escena justo donde la había dejado para irse a Europa: Luna, su perrita cocker spaniel, dormida sobre sus costillas y él sesteando en un sofá después de dar cuenta de un tamal en cazuela con manteca de puerco, que había cocinado ese día para el pintor Pedro Luis Rodríguez Peyi, el musicólogo Carlitos Olivares, su hija María José y para mí.

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