25, ene 2016

Heaney y la autoridad de la poesía

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Seamus Heaney, Obra reunida, traducción e introducción de Pura López Colomé,
México, Trilce/Conaculta/UANL, 2015, 556 pp.

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En una entrevista publicada en The Paris Review, Seamus Heaney hablaba del contenido político de la poesía de Auden. “¿Será demasiado elaborado decir que Auden fue un poeta cívico antes que un poeta político?” La distinción era certera. Auden habló con la voz de la calle, la voz del día. Sus poemas tienen fecha. Heaney apreciaba al hombre preocupado por su tiempo que no cayó en el alegato del panfleto o la alabanza. No podría decirse lo mismo de Heaney. Como Auden, es también un poeta con hondo valor político. Pero el sentido de su compromiso es muy distinto porque viene de otro ámbito. No es un poeta de la ciudad. Tampoco podría decirse que es, propiamente, un poeta del campo. Situado en el universo de la infancia y el territorio del mito proyecta una voz muy distinta: la de la autoridad poética.

Relación compleja la de la política y la poesía. Ya lo decía Paz: la política envenenó a los mejores hombres del siglo XX: los engañó, los humilló, los enloqueció, los envileció. ¿Cómo ha de hablar el poeta de su tiempo, de los dramas de su historia? Seamus Heaney (Derry, Irlanda del Norte, 1939-Dublín, 2013) no se desentiende de la violencia del presente, del conflicto, de la pasión que ciega y mata. Tampoco elige uno de los bandos en pugna. Su poesía es rechazo simultáneo de la indiferencia y de la idolatría. Su palabra se inserta en el presente para ofrecer sentido, para defender la belleza, para ennoblecer la lengua común, para nombrar los horrores, para iluminar esperanza. Su sentido de responsabilidad poética lo coloca en un sitio equidistante del diletantismo y la militancia. Su autoridad no se eleva por los cielos sino, por el contrario, se entierra. La suya es la autoridad del suelo, de la tierra, de la lengua. No es extraño que su colección poética más extensa lleve ese nombre: suelo abierto. Lo supo desde los poemas de Muerte de un naturalista: su pluma no es surco de tinta, es hendidura en la tierra. Escribir es cavar, escombrar, sembrar, sepultar, exhumar. Autoridad de la tierra, del suelo generoso. El abrazo que nos envolverá hasta el fin de los tiempos.

Durante los años setenta, tiempos de violencia, de quemantes disyuntivas en Irlanda del Norte, una línea de Shakespeare rondaba su cabeza. Venía del soneto 65: frente al devastador imperio del tiempo que todo lo carcome, ¿cómo podría la belleza exponer sus argumentos? ¿Cómo podría hacerlo si su energía tiene la flacidez de una flor? Tal vez la obra de Heaney es el anhelo de contestar esa pregunta: defender la belleza sin rehuir las afrentas del horror. Hacer de la poesía un testimonio de la esperanza. La poesía como energía reparadora: “la imaginación que obliga a retroceder a la opresiva realidad”.

El artículo completo puede leerse aquí.

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