03, Dic 2018

La casa de Auden

Si podemos reunirnos frente al pavo en Navidad es porque hay mesa, porque hay techo. Porque hay cocina y alacena. Al prepararse para la noche de Acción de gracias, W. H. Auden pensaba en la arquitectura, en los recovecos de su casa, en sus atmósferas, su luz, su calidez. Es posible invitar a alguien a cenar porque hay un lugar reservado al W.C.  El arquitecto hace realidad un anhelo esencial: crear un espacio común y al mismo tiempo, delimitar un claustro. Un sitio para todos los días y para las fechas de guardar. Un espacio para ti y un espacio para nosotros. En “Acción de gracias por un hábitat”, un poema que escribió en la primavera de 1962, Auden reflexionaba sobre el gozo de la posada. La historia de la humanidad y los secretos de lo más íntimo se entrecruzan en las habitaciones de su casa. En las escaleras y en mi cocina está Notre Dame; en el cuarto de visitas y en mi recámara aparece la sombra de Stonehedge y el blanco de la Acrópolis. En el planeta hay, por supuesto, otras especies arquitectónicas. Abejas, hormigas, pájaros edifican con tierra, con ramas, con cera. Tejen redes maravillosas, esculpen colmenas de admirable simetría, extienden complejísimos laberintos subterráneos. Pero somos, al parecer, la única especie que imprime trascendencia a sus refugios: levantamos recintos para vivir, pero también para morir. Abrigos contra la lluvia y templos para el culto. Deseosa como es de permanencia, la arquitectura nos recuerda mortales. La arquitectura, dice Auden, no es techo, es recordatorio de que necesitamos vivir como si existiera otra vida. La idea esencial de la arquitectura es esa: si acaso…

Auden describe su estudio: la caverna del significado. Una cueva para la soledad, una cápsula que mantiene el mundo a lo lejos, un lugar que convierte el silencio en el instrumento más precioso. Tal vez pensar no sea salir de la cueva, sino dejarse envolver por una gruta. Contemplar ahí las sombras, descifrarlas. El recorrido sigue. El poeta nombra la bodega, ese albergue de lo necesario, y el ático que colecciona desechos. En un sitio nos resistimos a la degeneración de las cosas y combatimos la podredumbre. En otro acumulamos desperdicios. Somos coleccionistas de basura y alimento, de sustento y decorado. El poeta se detiene en el baño y en su trono: esa butaca que todos visitan y que sirvió de asiento a aquel personaje de Rodin ha sido, seguramente, la fuente de las más admirables hazañas. ¡Cuánto se ha pensado ahí! Y la regadera, un edén del canto. Habla, por supuesto, de la sala que es una invitación a la amistad. La más suntuosa de las habitaciones permanece vacía y callada durante buena parte del año porque se prepara a recibirte. Auden mira su recámara y ve una mano que acaricia nuestra desnudez.

El artículo completo puede leerse en nexos de diciembre.

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