02, Jun 2014

Una tumba en Arundel

Philip Larkin

Lado a lado, los rostros borrosos,
en piedra yacen el conde y la condesa,
sus dignos hábitos apenas visibles
como una armadura unida, el pliegue rígido
y un tenue indicio del absurdo:
los perritos echados a sus pies.

Esta sencillez del prebarroco
apenas seduce a la mirada, hasta
que se topa con el guantelete del conde,
vacío, todavía sujeto en el otro; y uno
ve, con tierna y súbita emoción, que
su mano, retraída, sostiene la de ella.

Nunca pensaron yacer por tanto tiempo.
Tal fidelidad en la efigie
era sólo un detalle que verían los amigos;
la dulce gracia comisionada a un escultor
que se pierde al prolongar,
en torno a la base, los nombres en latín.

Nunca supusieron cuán pronto
en su supino viaje estacionario
el aire se tornaría daño silencioso,
y no admitiría a los viejos inquilinos;
cuán pronto las miradas, una tras otra,
comienzan a mirar, no a leer. Con rigidez

persistieron, unidos, a lo largo y ancho
del tiempo. Sin fecha, cayó la nieve. Cada verano,
la luz llenó el vitral. El trino brillante
de una parvada salpicó el mismo
terreno repleto de huesos. Y por los senderos
llegó infinidad de gente, diferente,

deslavando su identidad.
Ahora, indefensos en el hueco de
una edad sin heráldica, un canal
de humo en lentas madejas suspendido
sobre los vestigios de su historia,
sólo queda una actitud.

El tiempo los ha transformado en
falsedad. La fidelidad de piedra
que apenas se propusieron se ha convertido
en su blasón final y corrobora que
nuestro casi instinto es casi cierto:
lo que sobrevivirá de nosotros es el amor.

Traducción de Nair Maria Anaya Ferreira

ArundelTomb2-20091112-235119

Compartir en Twitter Compartir en Facebook

Deja un comentario