13, Ago 2012

Robert Hughes y lo público

9788433913814Robert Hughes murió la semana pasada. Los diarios del mundo dieron cuenta del deceso de uno de los críticos de arte más importantes de las últimas décadas. El historiador australiano fue un hombre admirado y pero también temido por la inclemencia de sus juicios. Fue intransigente porque la materia de sus entusiasmos era, para él, asunto serio. Hablar del lenguaje del arte no era divagar sobre los decorados de la época. Muy por el contrario, era nombrar la aspiración humana de comunicación sensible. Hablar de cuadros y de edificios era para él un modo de interrogarse sobre la creatividad individual y la circunstancia histórica; comprender el vínculo entre el instante y lo perpetuo.

Creer que la noticia de su muerte pertenece solamente a las páginas culturales es aceptar el encierro que asfixia nuestra vida pública. Pensar la política como si ésta fuera un dominio hermético. Hughes fue un portentoso crítico cultural que, por la concentración de su mirada, por su erudición y por el vigor polémico de su estilo tiene mucho que decirle a la política. No, por supuesto, porque supiera la ruta para escapar de la crisis económica mundial o porque hubiera ideado un mecanismo de representación eficiente que renovara las instituciones del pluralismo. Nada de eso estaba en su brújula ni en su vocabulario. Pero ese exquisito biógrafo de ciudades, ese lector atentísimo de colores y formas era un hombre extraordinariamente dotado para palpar los achaques de nuestro tiempo. Valdría escuchar su inteligencia de escepticismo ácido, su ironía tan liberal como conservadora.

Robert Hughes amó el arte de los Estados Unidos. A la épica de la expresión norteamericana dedicó un libro monumental. Estaba convencido de que no se había reconocido la inmensa contribución de los norteamericanos al arte universal en el siglo XX. Al mismo tiempo, el australiano no escondía su desprecio por ese imperio decadente. “Una sociedad, dijo, obsesionada con todo tipo de terapias que desconfía de la política formal; que se muestra escéptica ante la autoridad y cede fácilmente a la superstición; cuyo lenguaje político está corroído por la falsa piedad y el eufemismo.” Hughes denunció con elocuencia el recurso al victimismo que se ha apoderado de la sociedad moderna. No vivimos una lucha por el poder sino una carrera por el sufrimiento inocente. El lamento se ha convertido en el centro del discurso público. La queja asigna poder automáticamente, aunque, dice Hughes, ese poder no vaya más allá del soborno emocional y la culpabilidad colectiva. La cultura de la queja, así tituló su ensayo de 1993, no aspira a soluciones: quiere terapia; no busca cura, anhela el consuelo. El arte y la política se empeñan en tratarnos como menores de edad.

El crítico no se ahorraba calificativos para describir la impostura artística. A los famosos que vendían sus ocurrencias por millones los trató como lo que eran: estafadores de ignorantes que no saben cómo gastar su fortuna. Con la misma furia atacó a los biempensantes, a la progresía que confiaba en transformar la realidad a través de una revolución… de palabras. Lo políticamente correcto, esa afición por la palabra inofensiva no le parecía una conquista justiciera sino la victoria de un nuevo puritanismo. Limpiar el lenguaje de cualquier contaminación racial o sexista. Purificar la cultura para remover cualquier presencia inapropiada. Reescribir los cuentos para niños y emprender una censura liberadora en bibliotecas y librerías. En el feminismo encontró una vertiente represiva que se empeñaba en ridiculizarse: hace poco tiempo, registra en su libro, consiguió que una reproducción de La maja desnuda se retirara de un salón de la Universidad de Pensilvania. La consideraban ofensiva. No se detuvo solamente en la crítica a esa izquierda: usó el mismo veneno para burlarse de la ignorancia y las supersticiones de la derecha norteamericana. A la corrección política de la izquierda correspondía una corrección patriótica de la derecha. Su pleito fue con la queja infértil que no se transforma en crítica, con la queja convertida en coartada de la pose.

No fue un demócrata en cuestiones artísticas pero, desde su elitismo, defendió una idea de lo público que es indispensable en una democracia. Escribió para televisión y produjo con la BBC series extraordinarias sobre el arte moderno. Conoció las posibilidades del medio, pero fue muy consciente de sus amenazas. Veía a la pantalla chica como un enemigo de la conversación pública. La televisión atrofia la capacidad para disfrutar un argumento complejo, para apreciar la importancia del detalle, para construir memoria. ¿Qué democracia puede alojar una cultura sin respeto por lo complejo, sin paciencia para el pormenor, sin idea de historia? La (mala) televisión inserta el libreto de la telenovela en el presente político: buenos contra malos; monstruos contra ángeles: absolutismo moral. En ese clima no hay democracia que funcione. Robert Hughes sabía que la polarización era adictiva y que es la quiebra del diálogo pluralista. 

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5 Comentarios

  1. Gromigo61 dice:

    Me parece estupendo que Silva Herzog Márquez haga esta maravillosa labor de antena y tome nota de lo significó este crítico del modernismo y post-modernismo en las artes visuales. Robert Hughes, como bien lo consigna JSHM, poseía una sagacidad para la crítica de ciertas tendencias en la sociedad moderna que no tienen los profesionales de las ciencias o disciplinas sociales. De ahí que tuviera en la mira el fenómeno de lo políticamente correcto y de la obsesión terapéutica y predicadora del mundo anglosajón que ya se ha vuelto divisa universal: una tonada que ahora todos siguen y una música que todos bailan. Tengo la sospecha que la victimización y en general lo políticamente correcto son un legado de un cristianismo expulsado por la puerta que regresa por la ventana del baño y que nadie se atreve ya a nombrarlo como tal. El Cristianismo feminizó la sensibilidad del paganismo, atemperando su crueldad o, al menos, haciéndola más problemática, pero para contrapesar dicha feminización condenó la sexualidad pagana y sus incursiones en la homosexualidad: asimismo impuso la dominación de la mujer dentro de su militancia. La consecuencia no intentada fue crear un sacerdocio imán de individuos que no resolvieron bien su homosexualidad y simbólicamente insertos en el seno de la madre iglesia con la que se tiene de por vida un cordón umbilical. Como parte de ese mismo impulso el cristianismo crea esa idea imposible –entre otras de sus imposibilidades- de la mujer no sexuada en la noción de una virgen madre. Curiosamente las feministas persiguen algo de esa misma idea con su neo-puritanismo/neo-victorianismo implícito pero desde luego sin la fuerza de una imagen sacra, símbolo de contradicción que al menos crea la ilusión de trascender su contradicción. El cristianismo se está extinguiendo y, al mismo tiempo, entra en una fase de mutaciones dejando en claro que su progenie no será muy agradable que digamos.

  2. FMGARZAM dice:

    ¿Me pregunto si cuando se muere alguien como Hughes se va muriendo la verdad?

  3. Mae’r erthygl hon yn bwydo fy enaid! Diolch i chi am rannu.

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  5. En los ultimos anos me gusta mucho el arte y en el arte me gustan varias tipos de arte.
    La pintura, la escritura,la sculptura y otros tipos del arte.
    Un arte es algo maraviloso, personal y muy abierto.

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