Andar y ver

25, Nov 2020

Verdad / Mentira

Al pensar en los juegos del artista Stefan Brüggeman con el lenguaje –neones, grafitis, esténciles, entradas de diccionario–, advierto la fisonomía de un lenguaje incomprensible. Despedazamientos de la verdad, mutilaciones del sentido. El desgajamiento de la palabra, las capas sobrepuestas de la voz provocan fascinación, perplejidad, sospecha. Octavio Paz habló en algún momento del lenguaje como un árbol calcinado. Las palabras: puentes, pero también jaulas, pozos. En uno de sus poemas más tempranos miraba ya la palabra como el principio de la exactitud y la confusión:

herida y fuente: espejo;
espejo y resplandor;
resplandor y puñal

Las intervenciones de Brüggemann, arte y crítica en un mismo gesto, llevan ese cuestionamiento a la grafía misma del lenguaje. Palpar el cuerpo deforme de la palabra, ver el centellante brillo de las letras, escarbar en la orografía de los dichos, atrapar apenas el último tramo de un parlamento. Arqueología de voces: la portentosa ruina del lenguaje. Miro en las pinturas doradas de Bruggeman un eco de Mathias Goeritz, pero advierto pronto que la contemplación de esos lienzos perturba: el oro no es revelación, es ocultamiento de un mensaje, no es un dispositivo que conduzca a la elevación sino artilugio que muestra que el sentido ha sido sepultado con brillos. La pátina de oro no es aquí halo de dioses, corona de reyes o diente de fantoches, es humus, tierra, tiempo.

Una hoja se planta con dos caras. Al filo de esa vieja herida sin cicatriz, al borde de nuestro norte y de su sur, por encima del pasadizo secreto que conecta los submundos de México y Estados Unidos, se eleva un manifiesto de dos sílabas. Truth / Lie. Letreros de bienvenida al presente. La verdad le cuida las espaldas a la mentira. El zumbido eléctrico del neón, su brillo intermitente muestra en el letrero gigantesco el fundamento de nuestro quebranto: la incrustación de la una en la otra. No se ha impuesto la mentira, se infiltrado en la verdad. Hemos perdido la malla que permitía apartar los engaños del discurso permisible. Hemos convertido al farsante y al patán en héroes de la autenticidad.

La pieza de Tijuana insinúa movimiento: el observador imagina el giro de los significados porque entiende verdad y mentira como fichas intercambiables. Nuestro trato con la realidad es un volado: ¿caerá la moneda en águila o sol?, ¿será verdad o mentira? ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Esa indiferencia ha sido devastadora. Lo más grave no es que las mentiras se impongan sobre la verdad, sino que las fronteras entre una y otra se diluyen.

El espacio de la publicidad proyecta en líneas fluorescentes el mensaje del poder. ¿Es el mercader o el dictador quien nos habla? Campañas para la temporada otoño invierno: Seducir es engañar. El odio nos une. Somos inocentes, sólo aquellos son culpables de todo. El azul, blanco y rojo de las letras enormes captura las coartadas de la tribu. El nacionalismo es indiferencia a la verdad, dijo George Orwell. Para qué perder el tiempo buscando explicaciones a lo que pasa si la verdad tiene un propietario caprichoso. Cedámosle a él el instructivo del juicio. El nacionalismo es el sello que cancela la curiosidad por lo distinto, es proscripción de la duda que puede ser tenida por deslealtad; es orgullo de las farsas si es que son las nuestras. La letra Arial de doble línea que se despliega en el anuncio, tiesa, esquelética, helada es marcial. Será que así se muestra de mejor manera que más que exploraciones, las letras de las dos palabras contienen una orden. El poder, sea de gobierno o de empresa, impone verdad. La realidad no se descubre, se decreta. El doblez del signo es una denuncia, una burla, un juego. Dime desde dónde miras y te diré qué crees.

 

Fragmento del texto para el proyecto público Truth / Lie, de Stefan Brüggemann en Tijuana. El texto completo puede leerse aquí .

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11, Nov 2020

¿En qué pensábamos?

¿En qué andábamos pensando?, se pregunta Carlos Lozada desde el título de su libro más reciente. Se refiere a era Trump que parece que finalmente llega a su fin. ¿Cómo entender estos cuatro años? ¿Qué dice este tiempo de la democracia, de la sociedad, de las emociones públicas, de la ansiedad contemporánea? El crítico del Washington Post tomó la radiografía de una época que pretende encontrar su propio sentido. Más de 150 libros de todas las perspectivas y todos los enfoques. Los estantes de esta “historia de lo inmediato” incluyen crónicas de la pobreza rural, manifiestos de resistencia política, trabajos sobre género e identidad, advertencias de extremismo político, alabanzas del genio empeñado en recuperar la grandeza de los Estados Unidos, profecías sobre el destino democrático, crónicas sobre el manicomio que ha sido la Casa Blanca.

El arco temático e ideológico de este recorrido es extraordinario. Crónica, ensayo, piezas académicas, reportajes, meditaciones filosóficas. Los politólogos discuten sobre la agonía de la democracia liberal. Los críticos literarios se lamentan por el sitio de la verdad en el espacio público. Los filósofos se cuestionan sobre las tensiones entre ciudadanía e identidad. Los sociólogos y los antropólogos retratan el nuevo rostro de la miseria y de la exclusión. Los activistas usan la imprenta para organizar la resistencia. Los reporteros se infiltran en las reuniones del poder para retratar el caos.

Mi preocupación, dice Lozada “no es saber cómo llegamos aquí, sino cómo pensamos ahora.” El ejercicio es valiosísimo. Esa biblioteca urgente conforma un mosaico de perspectivas, enfoques, talantes que son brújula en el presente y serán testimonio de un tiempo para los historiadores del futuro. Para descubrir las pistas del presente, Lozada ha formado una lista de lecturas esenciales. Libros que arrojan luz a un tiempo ardiente y confuso. Quien quiera entender este tramo de la historia de los Estados Unidos y quiera asomarse a la sombra que de ahí se proyectó al mundo, se servirá enormemente de esta valiosísima guía bibliográfica.

Está, por supuesto, el libro Hillbily Elegy, el testimonio de JD Vance sobre el nuevo rostro de la pobreza en Estados Unidos. Está también el panfleto de Timothy Snyder sobre los peligros del populismo autoritario y la mirada de Masha Gessen sobre el peligro de un nuevo régimen totalitario. Un apartado importante es el que se le dedica a los delatores que salieron de la órbita trompeana para denunciar el delirio del comandante en jefe y los reportajes como los de Woodward que logran adentrarse en las reuniones de gabinete y explorar los caprichos presidenciales.

El mapa que dibuja Lozada permitirá identificar la intensidad de las polémicas contemporáneas, la seducción de un personaje a un tiempo abominable y representativo, las distintas fibras de la conversación y el malentendido de nuestros días. El catálogo de novedades de Lozada se convierte en algo más: termómetro de una cultura.

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28, Oct 2020

La chispa de las lluvias

megustaleer - El origen eléctrico de todas las lluvias - Alejandro García Abreu

“Ningún escritor sensato cree en las entrevistas,” escribió Enrique Vila-Matas, en un artículo sobre el género que publicó hace casi diez años en El país. Como las preguntas que hacen los periodistas son casi siempre las mismas, la única manera que tiene el escritor para no morir de aburrición en los interrogatorios es inventar siempre una respuesta distinta a la misma pregunta. Por eso pedía que no se tomara muy en serio el género. Citaba a John Updike quien advertía ahí un fraude inevitable: en una entrevista uno dice algo de más o algo de menos a lo que quiere decir. Sugería algo más: el escritor que se deja entrevistar traiciona su propio oficio. Deja su terreno, que es el de la escritura, y se convierte en un charlatán cualquiera. Lo que el escritor dice está en sus novelas, en sus relatos, en sus poemas. De esa desconfianza viene aquella admirable carta-poema de José Emilio Pacheco a George B. Moore para negarle una entrevista: “importa el texto y no el autor del texto”, le dice. Nada tengo que agregar a lo que escribo:

Si le gustaron mis versos
¿qué más da que sean míos / de otros / de nadie?
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.

Y sin embargo, la entrevista, cuando escapa de la trivialidad periodística, es un admirable género literario. La obra de Borges, por ejemplo, no está completa sin esos diálogos que capturan la chispa de sus reflejos, su humor, su erudición perfectamente metabolizada. Como bien dice Alejandro García Abreu, para ser literatura, la entrevista  debe encontrar “un equilibrio de perspicacia e imaginación entre las partes, un gesto de complicidad, a la vez que deviene en un reto. Cuando el entrevistador sobrepasa los estándares del mero periodismo logra que el entrevistado ensaye oralmente, que elabore un texto inmediato.” Esa literatura que ha ido cultivando García Abreu durante años es recogida en su libro más reciente: El origen eléctrico de todas las lluvias. El libro publicado por Taurus salió de la imprenta en los días más severos del encierro. Quizá por ello no tuvo la recepción que merecía en las librerías ni en la crítica. Se trata de una colección de entrevistas que el crítico ha hecho durante una década con escritores, pensadores y artistas como Roberto Calasso, Jorge Edwards, Emmanuel Carrére, Claudio Magris, Norman Manea, Charles Simic o Monika Zgustova.

Salvador Pániker, el brillante dietarista catalán que publicó un par de libros de conversaciones, formuló una tesis que se conoce como el “teorema de Pániker”: “Todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales del entrevistador”. Algo así dice Claudio Magris en el prólogo de la compilación: quien cuenta en la entrevista es el que plantea las preguntas. Frente a una pregunta insignificante, no hay quien pueda dar respuesta con sentido.

En las entrevistas de García Abreu se trazan líneas de una crítica instantánea y una autobiografía intelectual. La compenetración del crítico con la obra del interlocutor le permite adentrarse a la médula, estimulando en el creador una reflexión fresca y muchas veces aguda, sobre el brote de la intuición creativa, las diálogos ocultos, el vínculo íntimo entre una obra y la siguiente. La admiración del crítico le permite detectar la pasión esencial del creador. No encontraremos aquí una charla informal, espontánea, azarosa sino el despliegue de una estrategia sesudamente preparada por el cazador. El libro celebra la fricción de las inteligencias en la conversación. De ahí el título que proviene de una línea de Vila-Matas en Marienbad eléctrico: conjugar la serenidad y rayo repentino: viajar “al origen eléctrico de todas las lluvias.”

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14, Oct 2020

La venganza de las circunstancias

En “El jardín”, un poema que podría ser sobre la primera pareja, Louise Glück mira a un hombre y a una mujer plantando chícharos como nadie lo había hecho antes. Después de soltar las semillas, ella lo acaricia en la hierba delgada con los dedos humedecidos por la lluvia. Y en ese instante, el anticipo:

incluso aquí, incluso al principio del amor
la mano de ella, al abandonar su cara
traza una imagen de despedida

y ambos se sienten
libres de ignorar
esa tristeza.

Para Louise Glück, la poeta norteamericana que ha recibido el nuevo Nobel de literatura, escribir es buscarle sentido al dolor, una manera de darle forma a la devastación.

“¿Por qué amar lo que has de perder?”, pregunta en un poema extenso. “Porque no hay nada más que amar,” responde directamente. Ninguna experiencia debe malgastarse. Algo debe salir de ella. Por eso ha dicho que es una venganza contra las circunstancias. Venganza contra el dolor, la pérdida, el infortunio. Si le encuentras sentido al dolor, te habrás impuesto un poco a él. Vivimos una cultura que se debate entre el culto fascista al optimismo y la pornografía del sufrimiento. Su poesía rechaza esas dos fugas: la pérdida se rinde ante el arte. El poema nos rescata de una oscuridad sin forma: una puerta, detrás del sufrimiento.

No conoció a su hermana. Nació después de su muerte, pero su ausencia la marcó desde el primer día. Sufrió lo que ella misma ha descrito como la “tragedia de la anorexia”. Se ofreció al hambre para quitarse a su madre de encima y convertirse en un alma pura. Empeñada en deshacerse de la carne, estuvo al borde de la muerte. Lo describe en “Dedicación al hambre”, un poema lacerante. En el sacrificio de la estorbosa carne se busca la misma pureza a la que aspira quien acomoda palabras entendiendo que la muerte es, estrictamente, la secuela.

El psicoanálisis, ha contado, le enseñó a pensar, a ejercitar la duda, a examinar el reflejo de sus palabras, sus evasiones. Ese fue su verdadero taller literario. Esos años de inmersión, le permitieron “transformar la parálisis, esa forma extrema de duda, en visión.” En su poema más reciente, “Noche virtuosa, noche fiel,” que ha traducido admirablemente Pura López Colomé, describe esa luz entre la niebla:

Memorias sueltas
partes de una memoria más amplia.
Puntos de claridad entre la bruma,
intermitentes,
como un faro cuya única tarea
fuera emitir una señal.
Pero en realidad, ¿qué sentido tiene un faro?
Éste es el norte, dice.
No:  soy tu puerto de abrigo.

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30, Sep 2020

Wagnerismo

Hace un poco más de diez años Alex Ross, crítico del New Yorker, publicó una historia sonora del siglo XX. El ruido eterno escuchaba las reverberaciones culturales y políticas de la música que por alguna razón seguimos llamando clásica. Ahora acaba de publicar otro trabajo monumental que aún no tiene traducción al español. Se trata de Wagnerismo. Arte y política a la sombra de la música.

Ross ha integrado una verdadera enciclopedia del universo de Richard Wagner. Más que un análisis de sus composiciones y de sus manifiestos, el libro sigue la pista de su influjo: un libro sobre la influencia de un músico en quienes no lo son. No la música, su eco. Ross advierte que el ascendiente musical de Wagner es importante, pero no extraordinario. No fue mayor al de Monteverdi, Bach o Beethoven. Pero el impacto que tuvo la obra y el personaje en las artes vecinas, el peso que tuvo en la cultura y en la política no tiene comparación. No hay tal cosa como bachismo. Ross sugiere que ningún artista en la historia ha tenido el embrujo de Wagner. Nadie ha hechizado como él la poesía, la arquitectura, la novela, la filosofía, la política.

El embrujo del que habla Ross es, ante todo, ambiguo. El monstruo, sugiere, susurra un secreto distinto al oído de cada oyente. Es cierto que Wagner no solamente escribió para el pentagrama y que quiso construir también una filosofía musical, para dejar en claro su utopía artística. Pero, como bien se detalla en este trabajo colosal, su pauta seduce las causas más contradictorias. La contradicción estaba, tal vez, dentro del mismo personaje. ¿Un genio despreciable? Así lo pensaba Auden. Creía que era el artista más grande que ha vivido jamás, y al mismo tiempo, una mierda absoluta.

Alex Ross recorre meticulosa y casi obsesivamente las huellas que dejó Wagner en la literatura y en el pensamiento; en edificios y en la historia misma. Wagner parece la presencia inescapable: de la poesía de los simbolistas a los helicópteros de Francis Ford Coppola en Apocalipsis. Del belicismo teutón a los monitos de Walt Disney. Ross no se queda con el impacto que su mitología tuvo en Adolfo Hitler, su admirador más siniestro, pinta el vastísimo universo de su seducción. Baudelaire le escribió alguna vez al compositor que su música lo reintegraba. “Me has devuelto a mí mismo,” le dijo en una carta. Tal vez esa inmersión la provocó en muchas audiencias, en muchas culturas: identificación personal y fantasía colectiva. Leyenda medieval para algunos, frontera del mundo para otros; origen y destino, patria y alma.

Nietzsche dijo que no había escapatoria. Uno tiene que ser wagneriano. Sugería que la fuerza del compositor nos llevaba irremediablemente a lo más profundo, lo más temible, lo más íntimo. Woody Allen advertía, quizá por eso mismo, que había que tener mucho cuidado. Cuando él oía Wagner más de lo prudente sentía la urgencia de invadir Polonia. Lo cierto es que la imaginación que enciende su música puede ser melodía de los ideales más contradictorios: la fraternidad y el genocidio; el racismo y el abrazo a los desamparados. Ross identifica así al Wagner comunista y al Wagner nazi, al Wagner feminista y al Wagner gay.

El libro de Alex Ross es, a fin de cuentas, una celebración de la manumisión del arte. La creación que adquiere vida propia. Una criatura que no obedece instrucciones. La música de Wagner no está atada a Wagner. La creación de un racista furioso puede alentar la causa de los derechos civiles y el orgullo negro. Existe, en efecto, lo que Ross identifica como “afrowagnerismo.” Por esa misma insumisión del arte, Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, pudo encontrar inspiración en el arte de un antisemita. El único descanso que tomaba el padre espiritual del estado de Israel, mientras escribía El estado judío, era para ir a la ópera a ver Tannhäuser. Al escucharla avivaba su fe. Sólo en las tardes en que no había función, cayó en la duda.

*

 

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16, Sep 2020

Nuestra enfermedad

 Tony Judt murió con la tristeza de saber que logramos el propósito en el que nos empeñamos tercamente: desentendernos el pasado reciente. Nos decidimos olvidar las lecciones del siglo XX. Así empezamos el XXI, como si la historia reciente fuera un estorbo. Una de sus últimas empresas intelectuales fue conversar con su colega Timothy Snyder y repasar justamente esa centuria. Judt, quien ya no podía escribir por la parálisis que lo inmobilizaba progresivamente, podía todavía comunicarse con su joven colega y hablar de las guerras y las persecuciones, las disputas intelectuales, las desgarraduras, las grandes alianzas, las conquistas de la convivencia. Desde esa conversación he visto a Snyder como el continuador de la obra de Judt. Su panfleto antitrumpiano es precisamente un rescate de las lecciones de ese siglo olvidado. Para enfrentar a los fascistas había que cuidar las reglas, defender la verdad, involucrarse en política, cuidar la palabra. En aquel librito de Snyder no solamente se escuchaba a Judt sino también el eco de sus influencias más profundas: Arendt, Orwell, Camus, Kolakowski.

Snyder ha publicado en estos días un libro tan breve y tan potente como el anterior. No es solamente un manifiesto, sino también un diario personal, la crónica personalísima de un hombre que se acerca a la muerte. A finales del año, mientras daba alguna conferencia sobre la acechanza de los tiranos en el mundo, cayó enfermo. Durante semanas fue de una ambulancia a otra, de la sala de emergencias a terapia intensiva, del coma a la convalecencia. Pudo haber muerto y de esa experiencia ha escrito un libro valiosísimo sobre la tragedia sanitaria de nuestra era. Nuestra enfermedad: lecciones sobre la libertad desde un diario de hospital, sería la traducción del libro que acaba de publicar.

Si su panfleto contra la tiranía abordaba las amenazas políticas a la libertad: la corrupción de las instituciones, la perversión del debate público, la muerte de la verdad, en este texto aborda las amenazas sanitarias a la democracia: la desigualdad en el acceso y en el trato, la mercantilización de los tratamientos, los engaños. La enfermedad nos resta libertad; la falta de libertad nos enferma. La inmersión en los hospitales, dice Snyder, me ha permitido pensar de manera más profunda sobre los desafíos de la libertad en nuestro tiempo.

Aunque enfatiza que su manifiesto es una denuncia dirigida al desastre sanitario de los Estados Unidos, no podemos dejar de sentirnos identificados con lo que describe. Siguiendo la pista de Judt sobre la gran hazaña de bienestar que emergió de la posguerra, el historiador de Yale advierte, contra el dogmatismo libertario, que “los derechos individuales requieren un esfuerzo colectivo.” El historiador de las peores atrocidades del siglo, el hombre que ha recabado miles de testimonios del holocausto y ha documentado los horrores del gulag, no dejaba de ver sombras de esa inhumanidad en el mercado de la salud. Si no hay un proyecto de exterminio, hay una losa de indiferencia que nos exhibe moralmente enfermos y que, al tiempo que salva a unos, condena a la muerte a muchos otros.

Si la libertad es individualidad, necesita solidaridad. “Ninguno de nosotros es libre sin ayuda.”

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02, Sep 2020

La orquesta sin batuta

A lo largo de este año desquiciado han surgido un buen número de expresiones culturales. Desde el encierro, teatro en casa, recitales por vía remota, lecturas y presentaciones trasmitidas por facebook, una catarata de diarios, diálogos a distancia. Está, por ejemplo, esa serie de cortos de netflix que se llama “Hecho en casa”, que es francamente menor. Tiene gracia, si acaso, el corto de Sorrentino en el que juega con figuritas del papa y de la reina de Inglaterra y es brillante el corto del chileno Pablo Larraín. Pero la serie es notable porque revela la precariedad de las condiciones y las limitaciones de la imaginación. Por el momento, nada memorable.

Tal vez por eso resalta la Orquesta imposible de Alondra de la Parra que se dio a conocer hace una semana. No es un concierto caserito proyectado por los mosaicos de zoom, sino una producción impecable. La orquesta que toca el Danzón número 2 de Arturo Márquez no se escuda en la bondad de las intenciones y las incomodidades del confinamiento para esconder improvisación y esas fallas de señal con las que nos hemos acostumbrado a vivir. Se trata de un producto redondo en concepción, convocatoria y realización. Una versión nueva y fresca de la pieza, un desfile de talentos de la interpretación, una coreografía asombrosa, brillante fotografía y edición.

Es interesante la elección de la pieza de Márquez. El danzón, que Alondra de la Parra conoce íntimamente, es seguramente una de las piezas del repertorio mexicano contemporáneo más reconocibles. Una pieza que tal vez empieza a correr riesgos de sobreexposición. Pero en la interpretación de esta orquesta quimérica encuentra nuevo cuerpo. Nace del piano de la propia directora que da a los primeros acordes un acento particularmente melancólico. Una voz solitaria que pronto entra en diálogo con el saxofón de Paquito de Rivera para alcanzar una sensualidad única. No el clarinete de la versión original, sino un saxofón que le imprime otra energía: un aire jazzístico que lo acerca a Gershwin, y lo aleja de Moncayo. La notable fotografía, la edición perfecta dan a este encuentro de músicos, coreógrafos, diseñadores y técnicos una intimidad extraordinaria.

La Orquesta imposible solo habría sido posible en el 2020. Solo este año demencial liberó las agendas de los creadores, les dio tiempo para reunirse a distancia y artefactos para hacer bailar la música desde los rincones más apartados del planeta. Escucho la pieza que Alondra de la Parra dirigió sin batuta y percibo en él la otra cuerda del año. 2020 no debe ser solamente el año del virus. Por lo menos para los mexicanos tiene que ser también el año de las mujeres. Nos lo recuerda el danzón con sutileza y elegancia. El vestido de la bailarina Elisa Carrillo es una flor de jacaranda que recuerda las protestas de las mujeres en marzo. El grito de un domingo y el silencio de aquel lunes. La artista no necesita decir nada más. La cadencia del danzón envuelve y abraza. La melodía solitaria y melancólica de los compases iniciales encuentra pronto el jolgorio.

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19, Ago 2020

Biden y Arendt

El 25 de mayo de 1975, Tom Wicker, columnista del New York Times publicó un artículo que tituló “La mentira y la imagen”. Era una reflexión sobre el bicentenario de los Estados Unidos a partir de una ponencia de Hannah Arendt en Boston. La ponencia a la que se refería Wicker sería publicada unas semanas después en The New York Review of Books. Sería una de las últimas publicaciones de Arendt quien moriría a fines de ese año. La ubico porque en estos días en que el Partido Demócrata escoge a su candidato a la presidencia, ha salido a la luz pública que Joe Biden, al leer el artículo de Wicker, envió una carta a la profesora de la New School for Social Research, pidiéndole el texto que leyó en Boston. He leído que su ponencia fue extraordinaria. Como miembro del comité de Relaciones Exteriores del Senado, le suplico me mande una copia.

Es entendible el interés del joven senador de Delaware. Wicker advertía que era imposible ser justo con el ensayo de Arendt. La profesora miraba las urgencias del día con la inteligencia de los siglos. El macartismo, la derrota en Vietnam, Nixon, las mentiras del poder vistas a la luz del humanismo civico. Arendt, a los ojos del columnista, urgía verdad. Cuando los hechos llegan a casa, lo menos que podemos hacer es recibirlos y darles la bienvenida. “La grandeza de esta república decía Arendt, fue reconocer lo mejor y lo peor en los seres humanos en aras de la libertad.”

No sé si Hannah Arendt haya respondido a la petición del político. Tampoco hay evidencia de que Biden haya leído la conferencia. Lo que resulta fascinante es la anticipación del texto que Biden quería leer. Arendt no celebraba el bicentenario como si pudiera ser una fiesta de congruencia nacional. Por el contrario, advertía una traición y un peligro. Lo que la teórica del totalitarismo había padecido en Alemania y que había estudiado en Rusia estaba más cerca de lo imaginado. La mentira en la que se basaba el despotismo se imponía, por otra vía, en Estados Unidos. Arendt se adentraba en la mentira imperante. Una república bicentenaria se entregaba a la imagen para desentenderse de la realidad. La más profunda observadora del totalitarismo encontraba afinidad entre el estalinismo y el presente. Estados Unidos no era la república inmune. Por el contrario, parece compartir destino trágico con las sociedades que han sido presa del despotismo totalitario. No se aterroriza en la mentira oficial, pero impone una farsa. Los intelectuales, lejos de buscar la verdad, se aferran a una teoría. No van en busca de los hechos porque se ha impuesto el desprecio por la realidad. El totalitarismo está mucho más cerca de lo que imaginamos. No es la tragedia distante sino la amenaza inminente.

En ese texto que sería después recogido en Responsabilidad y juicio, un libro que en español publicó Paidós, se atreve a la comparación. Estados Unidos no es la excepción. En la tierra de Jefferson bien puede imponerse el totalitarismo tras la máscara del mercado. No imaginaba campos de concentración. No eran necesarios. Como Tocqueville, sabía que el individualismo democrático era buen terreno para la anulación de la ciudadanía. El texto que interesaba a Biden habrá sido una de la últimas apariciones públicas de Arendt. Es una profecía brutal, no solamente porque anticipa el declive histórico de los Estados Unidos, sino también porque ubica la mentira como el núcleo de la nueva vida pública. Evadir la realidad, maquillar los hechos inconvenientes, fabricar fantasías convincentes se ha convertido en una forma de vida. Esa mentira que imaginábamos constitutiva del orden totalitario, se ha instaurado como principio rector de nuestra vida pública. La opinión pública, lejos de ser muralla de decencia, será cómplice de las atrocidades más abominables.

Tal vez lo que aquel Biden buscaba en la pieza de Hannah Arendt era un aviso de lo que vemos hoy: que no es necesario el terror para imponer la mentira como el principio de la vida pública, que no hacen falta campos de concentración para corroer el nervio cívico y que el encierro de las imágenes puede destrozar la vida pública. Ojalá Biden lea hoy la conferencia que buscó hace casi medio siglo.

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05, Ago 2020

La resurrección de los ecos

Se ha hablado mucho en estos días de la antigua catedral bizantina de Estambul. El templo se construyó en 537 y durante casi mil años fue la iglesia cristiana más grande mundo. En 1453, cuando la ciudad fue ocupada por el imperio otomano, se convirtió en mezquita. Entonces se levantaron los minaretes que enmarcan la estructura. Y se ocultaron los símbolos cristianos de las cúpulas y paredes. Permaneció como mezquita hasta 1934, año en que Kemal Ataturk, el fundador de la Turquía moderna, decidió convertirlo en museo. Los mosaicos ortodoxos reaparecieron al lado de la caligrafía musulmana en símbolo de una nacionalidad abierta que recoge todas las capas de su propio pasado.

Hace unos días, el gobierno de Erdogan decidió clausurar el museo para convertir nuevamente al templo de la sagrada sabiduría en mezquita. La controversia ha sido intensa. Para el novelista turco Orhan Pamuk, la decisión del gobierno representa un atentado a la república secular fundada por Ataturk. Un golpe simbólico pero mortal al basamento laico de la democracia. Ece Temelkuran, la periodista que publicó hace un año su instructivo de siete lecciones para perder un país, reaccionó con la misma indignación: la medida es una forma extrema de rehacer el paisaje de la historia, de la ciudad, de la república para servir al relato de la identidad. Por lo pronto, puede decirse que la reapertura de la mezquita ha logrado la ansiada polarización. Los simpatizantes del presidente turco la entienden como una recuperación de la dignidad; sus críticos como una especie de expulsión del espacio público.

Ha sido a propósito de esta polémica que el New York Times dio a conocer hace unos días un proyecto científico y artístico que me parece fascinante. Basserra Pentcheva, profesora de estudios clásicos de la Universidad de Stanford, se ha dedicado desde hace años al estudio de Hagia Sophia y ha explorado, sobre todo, las dimensiones sensoriales que estimulaba ese templo. La joya de la arquitectura bizantina es una imagen de lo divino que se vivía a través de la luz y las sombras; del canto y sus ecos. La iglesia puede escucharse como un gigantesco instrumento por donde se advierte la presencia de Dios. El coro, dice la clasicista, llenaba el interior acuáticamente: ondas que se propagan, rebotan y disipan entre domos, columnas y paredes. El gran tesoro de Santa Sofía, su sabiduría más profunda, sugiere Pentcheva es ser vasija de una sonoridad mística.

Con un grupo de ingenieros y programadores, la historiadora se ha esmerado en reconstruir la arqueología acústica del lugar. Más que acomodar las piedras de un templo milenario, restituir los temblores del sonido, rescatar el timbre de las voces en juego con el templo. Para recuperar esos ecos, los técnicos poncharon un globo en el lugar en donde habría estado el coro y midieron con precisión los rumores que desencadenó el estallido. De esa manera, el equipo técnico pudo capturar la vivacidad sonora de ese gigantesco cántaro de mármol y oro y levantar una réplica de esa arquitectura que se escucha. Haciendo uso de ese modelo acústico, el grupo vocal Capella Romana que se especializa en los cantos bizantinos grabó un disco de las voces perdidas de Hagia Sophia, a miles de kilómetros de Estambul. El resultado es sobrecogedor. La “aurealización” sumerge al cuerpo de quien escucha en un mar de reverberaciones. Es esa la experiencia de la divinidad que surge de Santa Sofía, dice Pentcheva: voz que resuena y que envuelve, como agua.

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22, Jul 2020

Nox

Acostado es una caja, pero si se levanta parece una lápida. Así lo describe la propia creadora: una lápida. Nox, el cuaderno que Anne Carson hizo a la muerte de su hermano es un epitafio en forma de libro. Un abanico hecho de poemas, citas, fotografías, papeles manchados, timbres postales, garabatos, párrafos tijereteados. Este libro puede ser una de las mejores puertas de entrada al universo poético de Carson, quien hace unas semanas ganó el Premio Princesa de Asturias. El mundo de la poeta canadiense es una recámara de imágenes, voces antiguas, brillos y ecos. Papeles del día, recibos, fotos, flores que van secándose. Ensayos y divagaciones, exploraciones filológicas, lecturas. Una arqueología de lo más íntimo que se ilumina con destellos de poesía. Una vasija rota envuelta en hiedra. Nox es más que escritura: piezas que unaa doliente recaba para sujetar de algún modo lo que se ha ido.

Cuando Michael murió en Copenhagen, la noticia tardó semanas en llegar a su hermana. Su viuda no tenía su número telefónico. Hacía veinte años que los hermanos no se veían. Habrían hablado por teléfono, si acaso, unas seis veces en todo ese tiempo. Michael había huido de casa en 1978, al parecer, para evitar la cárcel. Su paradero era un misterio. Usaba pasaportes falsos, se inventaba nombres. Vivió en la calle. De repente llegaba a casa de la familia una postal sin dirección de remitente y con un sello de la India o de Francia. Y con separación de años, una llamada breve y absurda.

La primera inscripción del abanico es un poema de Cátulo a su hermano muerto. Vengo a “hablar inútilmente a tu muda ceniza.” El poema en latín mecanografiado por Carson aparece pegado a la hoja. Se perciben en el facsímil las arrugas de un papel delgado y un color amarillento que le viene de una noche sumergido en una taza de té. Las páginas que se despliegan a la izquierda componen un diccionario personal que recoge el vocabulario de la pérdida. Tocar la pérdida es dialogar con el poeta romano, reescribir sus letras. El libro-lápida es, en algún sentido, una versión, un diálogo, una ampliación de la elegía de Cátulo. Después de trabajar durante años en ese poema, dice ella, llegué a la idea de que la traducción es buscar el interruptor en un cuarto oscuro.

Hubiera querido llenar esta elegía con luces de todo tipo. Pero la muerte nos vuelve avaros. No perdamos más tiempo en ello, él está muerto. El amor nada puede cambiar. Las palabras nada pueden añadir.

La poesía de Carson recurre más la yuxtaposición que a la imagen. Costura de muchos paños: la tinta de la carta y la cátedra de la erudita; la voz de un subsuelo milenario y el sonsonete de las pantallas de esta mañana. La elegía a su hermano es la invocación de un desconocido. Doble irrealidad: el vacío de la muerte y la incógnita de la vida. Megan O’Rourke, en su reseña del Newyorker, dice bien que el acordeón de esta elegía explora el significado de no entender.

Anne Carson escribió también un poema al que tituló “Epitafio”. Esta es la versión de Jordi Doce:

Para obtener el sonido toma cuanto no sea el sonido déjalo caer
Por un pozo, escucha.
Luego deja caer el sonido. Escucha la diferencia
Estallar.

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08, Jul 2020

La bicicleta de Julio Torri

En un ensayo sobre Julio Torri, Margo Glantz preguntaba por qué ese artista de la brevedad castigaba la prosa como si estuviera flagelando su cuerpo, como si lo estuviera sometiendo a una dieta cruel. Veía en el cuerpo del aforista un anticipo de su inusual literatura: “El estilo de Torri es como su propio cuerpo, un cuerpo anguloso, delgado, rígidamente detenido en los huesos, en el esqueleto, en aquello que le permite estar en pie, aquello que le proporciona un armazón, la capacidad de ser de cierta manera un cuerpo erguido, sin nada que sobre y quizá, eso sí, con ciertas carencias.”

La marca de ese personaje excéntrico en el panorama de nuestras letras es la renuencia a la letra impresa. Sus obras son, en realidad, más un trabajo de editor que desentierra la página secreta que la del autor que va en busca de la imprenta. Si termina publicando eso que consideraba pedacería y cascajo fue solamente por amistad. Era un escritor rarísimo, dice Guillermo Sheridan: “ejemplarmente desprovisto de vanidad.”

Quizá ese régimen austeridad provenía del impulso del “contradictor sistemático” que fue. El traductor de Pascal sabía que la verdad es equilibrio de contradicciones. Solo en la inteligencia que aquilata el pero está la verdadera sabiduría. No padeció como tantos otros, el deseo de tener razón siempre. Sabía que no hay que exprimir la última gota del limón; que hay que hacer, de la escritura, más insinuación que sentencia. Quiso escapar de la mirada, rechazó la atención del público. Lo dejó dicho en un aforismo que lo retrata: “El gozo irresistible de perderse, de no ser conocido, de huir.”

La levedad, la precisión, la sensación de que sus letras se elevan de un hilo, el silencio apenas distraído remite tal vez a su objeto más entrañable: la bicicleta. ¿Hay otro artefacto que sea, como ése, el equilibrio en la pugna? Julio Torri escribió una declaración de amor a la bicicleta. Agradece que es comprensiva con el solitario, que avanza a nuestro ritmo y no nos impone una velocidad excesiva. Que nos hace flotar, como suspendidos por el aire, que es un riesgo delicioso y que para montarla hay que vencer la amenaza de los coches, de los perros y de los policías. Admiraba su discreción y su silencio. La eficiencia de un transporte libre de la ostentación de los coches y del agresivo trueno de las motos.

Tal parece que el misógino reservaba el amor para su bicicleta. El ciclista se compenetra a tal punto con su máquina que adivina el más insignificante contratiempo. “Un leve chirrido en la biela o en el buje ilustra suficientemente nuestra solícita atención de hombres sensibles, comedidos, bien educados. Sé de quienes han extremado estos miramientos por su máquina, incurriendo en afecciones que sólo suelen despertar seres humanos.”

Margo Glantz conserva una imagen de Julio Torri, feliz montado en su bicicleta. No era común que un profesor de la Facultad de Filosofía llegara a dar clase vestido así, con tenis y gorrita. Tenía “la expresión más feliz y deportista que pueda encontrarse en un hombre tan alejado de la realidad y tan adepto a la vida retirada de la torre de marfil de una biblioteca exquisita.” Trepado en las dos ruedas tocaba la realidad, pero seguía flotando en discreto equilibrio.

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(Tomado de Obras completas, Fondo de Cultura Económica)

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24, Jun 2020

El debate de las estatuas

Hace unos días, una protesta en la ciudad de Bristol en respaldo a las movilizaciones de Blacks Live Matter, se reunió alrededor de la estatua de Edward Colston. Los manifestantes lazaron el cuello del bronce y jalaron de la cuerda hasta tumbarlo. Ya en el piso, lo pintarrajearon y lo arrastraron hasta tirarlo al río. El personaje al que se rendía homenaje como uno de los hijos más sabios y virtuosos de la ciudad fue un negrero. Su gran hazaña fue convertir al puerto de Bristol en la capital inglesa del comercio de esclavos. Dirigió la Compañía Real Africana, empresa que disfrutó del monopolio de ese tráfico. Durante su encargo, la empresa transportó más de ochenta mil esclavos al Caribe y a Norteamérica. Se calcula que, en el viaje, cerca de veinte mil de ellos habrán muerto.

Apenas unas horas después de que la estatua fue derribada, Vanessa Kisuule, poeta de Bristol, escribió un poema que puede verse en youtube. Qué facil fue derribarte. Los victoriosos imaginan la historia estática e inodora, pero es una amante de poco fiar. La sorpresa de la escritora es la ligereza de la estatua al caer. Cuántas veces pasé por tu pedestal y contemplé esa pesada amenaza de metal y mármol. Pero cuando caíste, un pedazo se desprendió de ti… y dentro, nada. Puro aire. Todo este tiempo, estuviste hueco.

La escena de Bristol se ha repetido en muchos lados y amenaza con repetirse muchas veces más. En Estados Unidos se han tirado efigies de Jefferson, de Colón, de Fray Junípero. En Londres, la estatua de Churchill frente al Parlamento está resguardada por policías después de que la placa del pedestal fue grafiteada para decir “Churchill fue un racista.” La pregunta que brinca de inmediato es: si juzgamos a todos los personajes de la estatuaria pública de acuerdo al juicio ético contemporáneo, ¿cuántas pasarían la prueba? ¿Tendríamos que tumbar, en la Ciudad de México, por ejemplo, la estatua de Gandhi, un líder que expresó un profundo desprecio por los africanos?

Simon Schama, un historiador tan agudo para el relato del pasado como para la apreciación del arte, nos recuerda que las monumentos no son historia, sino que su opuesto. “La historia es argumento; las estatuas no permiten ninguno.” Tirar estatuas no es borrar la historia, dice. Los monumentos, enseñoreándose en nuestras plazas públicas, cancelan el debate al reclamarnos reverencia. Los bronces, que aspiran a la perpetuidad, son irremediablemente vulnerables a los cambios en la sensibilidad pública. Es natural que nuestra sana intolerancia a los horrores del pasado transforme el paisaje urbano. Así ha sido siempre. Mary Beard, en un artículo que ha traducido oportunamente Letras Libres, nos recuerda las muchas formas en que los romanos trataban las estatuas de quienes ya no querían honrar. Las destruían, las derribaban para ser pisoteadas, las tiraban al río como se hizo hace unas semanas en Bristol. Pero también las reciclaban imaginativamente. A una escultura ecuestre se le podía cambiar la cabeza del héroe barbado para honrar al héroe del momento y no tirar a la basura el caballo. Se decapita simbólicamente al héroe antipático y se embona el busto de quien tiene el favor del presente. También, de manear más austera, se podía cambiar la placa de la escultura de un dios para celebrar a otro. Después de todo, nadie reclamaría al escultor por el poco parecido con el original.

¿Tirarlas al río? ¿Llevarlas al bosque? ¿Dejar que la hierba de la ciudad las envuelva? ¿Dejar que la caca de los pájaros las cubra? ¿Apilarlas en un museo? Tal vez la mejor propuesta para el trato de las estatuas incómodas es la que ha hecho Banksy, el artista anónimo. Darle otro sentido al homenaje. Sacar la estatua de Colston del río, ponerla de nuevo en su pedestal y comisionar una intervención que registre el derribo del esclavista. Celebrar la protesta.

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10, Jun 2020

La máquina, el número y la vida

México obsequia a la ONU cuadro de Manuel Felguérez

Manuel Felguérez estuvo enamorado de la inteligencia de los círculos y los triángulos; de la belleza de los desechos, de la imaginación de las máquinas. Porque sabía que el arte muere cuando el artista se repite, buscó siempre. Se mantuvo en guardia para seguir creando y no convertirse en “artesano de sí mismo.” Pero en esa búsqueda se desplazó siempre en el vasto territorio de la abstracción. Desde que su escultura se liberó de las alusiones al cuerpo humano, siguió experimentando en el arte que cierra los ojos para mirar las formas sin modelo. Huyendo de la retórica nacionalista, encontró refugio en la abstracción. Una de sus últimas obras públicas, el enorme mural que México regaló a Naciones Unidas, resume tal vez su filosofía de la abstracción. El inmenso lienzo es el remate del pasillo de las banderas que conduce al salón plenario de la Asamblea General. Su título es una fecha: 2030. Se trata de una arena de oros, salpicaduras negras y atisbos de blanco. Frente al nacionalismo que apela a las parcialidades enemigas, frente al tatuaje de los agravios ancestrales, el mensaje de un arte sin fábulas. La superación de las identidades. El color y la forma, la densidad y la ligereza; la hondura y la levedad. El cálculo de la razón y la libertad de lo azaroso. Ahí se encuentra el mensaje sin palabras. Al no decir nada concreto, decía Juan García Ponce, la abstracción de Felguérez habla un lenguaje comprensible para cualquiera. No alimenta nuestro prejuicio, lo disuelve. Por eso, a través de sus tintas, formas y texturas, invita al silencio.

Fue un estudioso de escarabajos, de esqueletos y de caracoles. Un admirador, pues, del equilibrio. Esa es, tal vez, la batalla de toda su obra: la conquista del equilibrio. Digo batalla porque en esos términos describió su pasión creativa. El lienzo, la pieza escultórica, el mural son, de algún modo, campos de una batalla íntima que se resuelve en trazos, transparencias, goteos. Será eso lo que les otorga de inmediato la espesura del tiempo. Rastros de una obsesiva refutación. Corregir mil veces el tono, aligerar la oquedad con algún rizo, sujetar con hilos lo que se dispara al aire. En la abstracción de Felguérez hay poco gesto y mucho cálculo: la fricción del hallazgo y del remiendo.

La obra de Felguérez se mueve entre el envase y el desbordamiento. Colores encapsulados y formas escurridizas. La contención y el chapoteo. Apenas en diciembre pasado, para celebrar sus noventa años, el MUAC inauguró su exposición “Trayectorias.” Se muestran ahí tres exploraciones. La primera es industrial, la segunda geométrica y la tercera, orgánica. Estos fueron sus tres dominios. En el primer tiempo el artista auscultó el poder estético de lo mecánico. Los motores de las fábricas, las piezas de los coches, la pedacería de la industria encuentra en sus murales otro sentido: un arte de la máquina. El segundo tiempo es un examen del espacio. El pintor escucha la música de los números, la armonía de los cuerpos esenciales, el diálogo de los colores. Triángulos, círculos rectángulos suspendidos en el tiempo: el arte de la exactitud. El tercer momento de Felguérez es el hallazgo de la vida. Entre el caos de las hendiduras y discontinuidades, aparece una prodigalidad celular. Las frialdades cerebrales de las tuercas y el cuadrado perfecto, son ahora partes de un caos vivo, en sorprendente equilibrio. La máquina, el número y la vida.

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27, May 2020

De museos

“El museo puede ser una casa, un templo o una fábrica en quiebra,” escribe Sergio Raúl Arroyo en Un lugar bajo el sol, el libro que recoge sus apuntes sobre arte y espacio público. El museo también puede ser un parque de juegos, un salón de clase, un teatro, un laboratorio, el sillón de una terapia, una bodega de recuerdos, un espacio para el consuelo o la perturbación. Un altar, un jarrón que rompe en mil pedazos, el relato de la vanidad estatal y la intimidad de obsesiones personales. Es sitio para la contemplación y la agitación. Una caja de curiosidades que despierta asociaciones, un espacio que fija y disuelve sentido.

En estos tiempos en que viven, a juicio de Cuauhtémoc Medina, una especie de coma inducido, los museos de todo el mundo abren sus galerías a los clics de internet, proponen recorridos virtuales, van a la caza de materiales que documenten para el futuro la experiencia del confinamiento planetario. Pero nada puede remplazar la presencia de los visitantes cotidianos. Y el panorama que contemplan para el futuro cercano no es nada tranquilizador. El pasado 18 de mayo, fecha en que se celebra el Día internacional de los museos, la Unesco dio a conocer un estudio que advertía que cerca un 13% de los museos que han tenido que suspender sus actividades normales durante la pandemia, no volverán a abrir sus puertas. Es necesario echarle una mano a estas instituciones que promueven el acceso a la cultura, ha dicho el Director general de ese organismo internacional. Muy pocos museos en el mundo podrán sobrevivir por sí mismos.

La crisis en México es especialmente grave. Nuestro extraordinario abanico de museos no solamente enfrenta la ausencia de sus visitantes cotidianos sino la enfática desatención gubernamental. Más allá de los proyectos predilectos que llevan el sello de la administración, no hay consideración alguna por la suerte de esos espacios. Por eso resulta tan oportuno y atendible el llamado del Frente Promuseos. Es urgente, como han planteado estos profesionales en una carta al presidente López Obrador, un programa de rescate y apoyo a los museos del país. El riesgo que corremos con el olvido (si no es que la hostilidad) gubernamental es inmenso. El país puede perder en esta crisis un patrimonio valiosísimo que ha construido a lo largo de muchas generaciones y que nutre la memoria y la imaginación del país. Lo que pide Promuseos es un plan de emergencia cultural. Si se impone la inflexibilidad del nuevo dogma franciscano veremos en pocos meses el angostamiento de nuestra sensibilidad, de nuestra memoria, de nuestra imaginación. También en este terreno es tiempo de abandonar los caprichos y concentrarse en lo vital. Es mucho lo que el país puede perder sin consentimos la extinción de nuestros gabinetes de curiosidad.

Cuidar a los museos es ayudar a tejer y a destejer comunidad; a celebrar la creación y estimular su crítica. El país se mira en sus museos y ahí también se desconoce. Alimenta su orgullo y también su rabia. Al recorrer sus galerías, el visitante puede deleitarse en la belleza y también confrontar el horror. Cuánta falta hace esa pólvora contra la indiferencia.

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13, May 2020

Joan Margarit

La ceremonia del Premio Cervantes de este año se canceló por la razón que todos padecemos. El poeta catalán Joan Margarit debía recogerlo en la Universidad de Alcalá de Henares el pasado 23 de abril. No hay fecha aún para la ceremonia. No tenemos que esperar a la fiesta para hablar de él y su escritura. El año pasado, al recibir el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana dijo algo que parece pensado para esta hora: “La poesía y la música son quizá las principales herramientas de consuelo de las que el ser humano dispone en su soledad.” Y enseguida, hermanaba sus dos oficios, arquitectura y poesía, como espacios de socorro: “La seguridad de la casa no está tan lejos de la seguridad del alma.”

El estructurista compara la exactitud de esas labores de lo esencial. Al edificio no puede faltarle un solo ladrillo, una viga. Si la quitáramos, se vendría abajo. Lo mismo puede decirse del poema: si se elimina una sola palabra y no pasa nada, es que no era un poema. El poema existe cuando resulta imposible arrancarle una sola de sus piezas. Pero no es solo la exactitud lo que acerca al poeta con el arquitecto. Es el levantar o nombrar nuestra residencia. Eso resulta su poesía: el espacio que nos guarece o, más bien, que nos consuela.

En su elegía para el arquitecto Roderch de Sentmenat registraba los deberes de la arquitectura: placentera al huésped de paso, nunca estorbosa. “La casa debe ser virtuosa y humilde. Ni independiente ni vana. Ni original ni suntuosa.” Un juego de humildad y osadía. Osadía al escribir, humildad antes y después de hacerlo. Dos artes que han de cuidarse de los antifaces de la belleza. En su poema a Venecia nos previene:

¿Sientes cómo anida, detrás de las fachadas
de los palacios, la vulgaridad?
No seamos, amor, supervivientes.
Que no nos duerma el sueño de los mármoles
y los ladrillos rosa que aparecen
bajo lienzos de estuco desplomado.
Que no vuelva a engañarnos la belleza:
esa raya de moho parece haber salido
del pincel de Bellini al perfilar,
con densos verde oliva, canales estancados
como si fuesen venas de un dios muerto.
Los palacios son máscaras que dicen:
¿Qué son, sin los desastres, la vida y los poemas?

En uno de los terribles retratos de su padre, recuerda que le repetía con desprecio que los poemas no sirven para nada, que sólo el dinero protege del frío de la edad,

Pero en cambio ignoraba
que lo que nos protege es el poema,
que se debe buscar la poesía
por hospitales y juzgados.
Que más tarde
ya acabará también por hablar de la amada.

Poesía solitaria, poesía de pérdidas. El amor que retrata es aquel que ha perdido el mañana. Soy un caracol en concha extraña, dice en algún lugar. La coraza que le resulta ajena es, quizá, el presente. Joan Margarit es por eso un poeta de lo irrecuperable. En su dolorosísimo poemario a la muerte de su hija Joana escribe que lo más parecido a una certeza es que no volverá a verla. “El abismo que nos separa es el abismo del nunca más.” El esfuerzo de la poesía, sostiene en el epílogo de Cálculo de estructuras, es poder vivir con la máxima verdad que podemos soportar: “una línea defensiva contra el terror del mundo.” Es la piel del agua y el rugido de la bestia.

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