Andar y ver

22, ene 2014

El número π de la felicidad

Hace un par de años, Nick Brown, un estudiante entrado en años, tomaba un curso de Psicología positiva en la Universidad del Este de Londres y vio que el profesor mostraba una gráfica que identificaba las coordenadas emocionales de la felicidad. El esquema capturaba la relación de emociones positivas y negativas y las procesaba de acuerdo a un complejo modelo de la teoría del caos. En esa hermosa representación gráfica que parece una mariposa estaba el secreto del florecimiento personal, enseñaba el profesor en su clase. Al parecer, la vida tenía, como meta, un número.

Una cifra aparecía como el π de la felicidad. 2.9013 era el coeficiente crítico. Si una persona, un grupo, una sociedad alcanza 2.9013 de emociones positivas por cada emoción negativa, florecerá. Así. Todo resuelto en esa fantástica cifra. Por encima de ella, disfrutamos de la vida, gozamos del mundo, somos creativos, nos sentimos dichosos. Si estamos debajo de esa línea, la pasamos fatal. Brown escuchó la exposición de su profesor y se sorprendió de la extraña lógica del argumento: la dicha tiene un punto de inflexión, un momento de cristalización objetiva. Le intrigó, sobre todo, que se presentara una cifra crítica. ¿Cuál era la ecuación que la fundaba? Descubrió que el número mágico tenía prestigio y que se le tomaba por confiable. Provenía de un artículo académico publicado en una revista respetada y era citado en cientos de publicaciones universitarias. El artículo se titulaba “El efecto positivo y la dinámica compleja del florecimiento humano.” Lo firmaban Barbara Fredrickson, una connotada profesora de psicología y Marcial Losada, un asesor empresarial. De ese paper se desprendió Positividad, un libro de Fredrickson que divulgó el “hallazgo.” Desde la portada, el libro presume el número mágico. Con seguridad, la autora afirma ahí que, como el agua se congela a los 0 grados, la felicidad comienza con el coeficiente 2.9013.

Las ciencias humanas habían descubierto una fórmula prodigiosa. El punto exacto que separa a los felices de los desdichados. Un número que anuncia el instante en que la experiencia humana puede abrirse como flor. A Brown no le molestaba la cursilería de la psicología positiva, sino su pretensión de escudarse en una cifra incontrovertible. Encontró así al aliado ideal. Le escribió un correo a Alan Sokal, famoso exhibidor de farsantes con doctorado. Sokal desató una tormenta en 1996 cuando envió un artículo ostentosamente absurdo a la revista Social Text para mostrar las “imposturas intelectuales” que dominaban el territorio de los estudios culturales. Social Text le abrió las puertas a ese caballo de Troya para ser exhibido poco después como difusor de la charlatanería. El mensaje fue clarísimo: en ciertos círculos académicos, se publicará cualquier cosa con tal de que 1) suene progresista, 2) esté mal escrito y 3)  se cite a los autores venerados.

Con la ayuda de Sokal y Harris Friedman, un psicólogo que dudaba de la exquisita cifra, Nick Brown demostró que el número del florecimiento era una ocurrencia, que no representaba absolutamente nada. En un documento ácido publicado por American Psychologist (la misma revista que publicó la farsa original)  mostraron que la cifra de la felicidad está manchado con mil confusiones, errores matemáticos elementales y gravísimas ambigüedades conceptuales. No es que, simplemente se haya demostrado un error: se exhibió, nuevamente una impostura. Pretender darle a los ungüentos de la autoayuda, certificado científico.

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01, ene 2014

Blue Jasmine

Directed By Woody Allen

No hay película de Woody Allen que me decepcione. Algunas me maravillan, otras simplemente me divierten. Por supuesto que su producción es dispareja. Ha filmado películas regulares, películas buenas y películas geniales. No podría ser de otra manera, si durante cuatro décadas ha escrito y dirigido una cinta por año. Pero aún la menos lograda, la más floja de ellas es disfrutable, agradecible. Desde el momento en que se apaga la luz se anuncia el mundo de Allen: el jazz más clásico y los créditos en blanca letra Windsor alargada sobre un fondo negro. Escuchar esa música, reconocer esa tipografía es sonreír al entrar a la casa de un viejo amigo en donde uno reconoce personas, muebles, adornos entrañables. Que los chistes del amigo sean los de siempre, que sus anécdotas, que sus quejas sean las habituales no es fastidioso sino encantador. Ningún director de cine ha logrado generar esa sensación de familiaridad como lo ha hecho Woody Allen.

Blue Jasmine es la mejor película de Allen en muchos años. En esta cinta, el director regresa a Nueva York, su barrio, pero descubre la desigualdad. El psicoanalista se vuelve sociólogo. La película no es otro autorretrato de una élite en el aire sino el cuadro de una élite enfrentada a la penuria que ella misma ha provocado. No puede dejar de verse esta película como la más política de su filmografía: una denuncia de los Madoffs y del país con desigualdad tercermundista. Cuenta la historia de una mujer que se desploma, que se desintegra. No es solamente el cuento de su caída sino más bien, el retrato de su vacío. Vivió a todo lujo en Nueva York de la fortuna de un estafador, empeñada en no ver lo evidente: sus mentiras, sus crímenes, sus engaños. Se vio obligada a refugiarse en San Francisco, con su hermana a la que esnobea constantemente. Jasmine es falsa desde su nombre. La bautizaron Jeanette pero le pareció vulgar y cambió nombre, como si comprara el vestido de un nuevo diseñador.

Con maestría, Allen teje la historia columpiándose entre tiempos y lugares: de Nueva York a San Francisco, de la engañosa prosperidad a la desdicha disfrazada. La actuación de Cate Blanchet como Jasmine es extraordinaria. La actriz logra encarnar a una escultura de elegancia que, en el fondo, es una mujer de arena. Una mujer tan partida en la cúspide como en el abismo. Maniática e insufrible, Jasmine no es nunca ridícula. La actuación de Blanchet le imprime una complejidad al personaje que lo hace cercanísimo. Hay quien ha visto crueldad en este retrato del desmoronamiento. En su comentario para el New York Review of Books, Francine Prose describió la película como una experiencia insoportable: asistir, entre risas del público, al ahogamiento de una mujer. Una cinta snuff en donde una mujer es golpeada, torturada y humillada. No la veo así. No me parece que la película de Woody Allen sea abusiva sino, por el contrario, me parece una cinta particularmente sensible. Jasmine, como otros personajes del director, es un ser humano que encuentra intolerable el mundo, que no logra insertarse en él y que ha tenido que refugiarse en la irrealidad. El naufragio de Jasmine, más que acercamiento a sus delirios, su adicción al vodka y al Xanax, su mitomanía autodestructiva es una constatación de la soledad más profunda. Le habla al aire, no toca el piso, no toca a nadie.

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18, dic 2013

John Tavener

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La música fue lo primero de lo que fui consciente, escribió John Tavener. No recuerdo un solo momento en mi vida en el que no haya habido música. La primera influencia musical la recibí de los elementos: yo imitaba el sonido de la lluvia, del viento, de los truenos en el piano de la casa y mi abuelo me escuchaba. Tavener nació en enero de 1944, varios siglos después de su tiempo. Murió en noviembre pasado. No pertenezco a esta Era, dijo en varias ocasiones. Habría preferido vivir en Bizancio, en la antigua Grecia, en la Edad Media, en algún tiempo, o en algún lugar donde el arte es vehículo, no negocio.

“Mucha de la música moderna, dijo, se empeña en la construcción de rompecabezas. No pido, desde luego, que los compositores modernos no piensen en nada más que en música. Pero desde mi perspectiva, su música es una idolatría de los sistemas, los procedimientos y las notas. Si la verdad interior no es revelada en nuestra música, es falsa. Una cosa es seguir una inclinación espiritual y otra suponer que la idolatría del ‘arte’ es algún tipo de realización espiritual.” Creía que su música, más que composición, era transcripción de un dictado. Si Dios es el creador de todo, ha compuesto también mi música. Una búsqueda de esa música que existe en el cosmos, esa música a la que el hombre se ha vuelto sordo. El pecado de la música moderna fue olvidar la pureza del rezo para abrazar el sentimiento personal. La Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, era para él la glorificación del ego humano. Humanismo hermético, es decir, soberbio: una pieza clausurada a lo sagrado. “Odio el progreso, odio el desarrollo, odio en todo la evolución pero, sobre todo, en la música.” Su propósito era remar contra esa arrogancia moderna. Reinstalar la devoción en el arte. El único propósito de la música es glorificar a Dios. Al final de sus días, Tavener cambió de opinión. Descubrió al Beethoven tardío: el de los últimos cuartetos. Los cuartetos nacen de la trascendencia del sufrimiento, dijo. El dolor produjo en Beethoven una música extática, reverente.

Su única ambición fue capturar la voz de Dios. Si tanta música en nuestro tiempo nos dirige al infierno, ¿por qué no intentar que nos conduzca al paraíso? Toda su vida fue una búsqueda religiosa, musical. No dejó de buscar. Nació en el presbiterianismo, lo atrajo la poesía y la teología católica, descubrió después los ritos y los sonidos de la iglesia ortodoxa griega, se maravilló con los nombres del Corán, se acercó al chamanismo y al hinduismo. En sus partituras se fue abriendo el espacio para el corno tibetano y el harmonio hindú.

No le faltaron críticos: lo llamaron populista, elemental. Llegaron a rebajarlo como compositor new age. Tuvo la desgracia, en efecto, de ser enormemente popular. Fue admirado por los Beatles y el príncipe inglés. Musicalizó el funeral de Diana y ha sido escuchado en muchas películas. “El velo protector,” recogiendo textos de muchas tradiciones religiosas, es uno de los discos clásicos mejor vendidos de todos los tiempos. Han dicho que su música es música simple para gente simple. Tavener no recibe el comentario como insulto. Adoro la sencillez, respondió. La voz que quiere capturar es, en realidad, la voz de la inocencia. Es una voz cristalina, contemplativa y femenina.

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04, dic 2013

Britten y Auden

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Una de las relaciones artísticas más complejas del siglo XX inglés fue la relación entre Benjamin Britten y W. H. Auden. Las cúspides de la música y la poesía inglesa se admiraron mutuamente, colaboraron por un periodo breve, dejando una marca permanente en la obra del otro. Terminaron peleados. Auden era mayor que Britten, era un hombre arrojado, seguro; una inteligencia intimidante. Britten era músico prodigioso, tímido e  inseguro. “Lo que me impactó de Britten, el compositor, dijo Auden, fue su extraordinaria sensibilidad musical, en relación con el idioma inglés… puede ponerle música a los textos sin distorsión alguna.” Auden ciertamente admiraba el oído de Britten pero despreciaba su debilidad, su naturaleza infantil, su fragilidad emocional.

Durante un tiempo, Britten vivió bajo la influencia del poeta pero terminó rompiendo con él. Lo consideraba abusivo y falso. Un hombre enmascarado. Poco antes de la ruptura, el poeta le escribió al compositor: “Sabes, querido Bengy, siempre estás tentado a hacer cosas demasiado fáciles para ti. Te construyes un nido cálido de amor (desde luego, cuando lo encuentras, te parece un poco sofocante) haciéndote el niñito amable y talentoso. Si has de desarrollar tu carácter, creo que tendrás que sufrir y hacer que otros sufran, de una manera en que es totalmente extraña para ti en este momento y que van en contra de todo valor consciente que tienes. Tendrás que decir lo que nunca has tenido el derecho de decir.” Auden era intransigente: el talento musical estaba secuestrado por el comedimiento de un niño bien portado. Veía demasiada disciplina en Britten, demasiada contención, demasiado pudor. La belleza surge del equilibrio perfecto entre el orden y el caos, le escribió. “La bondad y la belleza, le decía en la carta, son el resultado del equilibrio perfecto entre el Orden y el Caos, Bohemia y Convencion Burguesa; el caos bohemio termina en un desquiciado revoltijo de retazos hermosos; la convención burguesa termina en una multitud de cadáveres insensibles.” A Britten le tocaba enlazar las dos puntas del caos y la armonía.

Trabajaron juntos en varios proyectos. El último consistió en la musicalización de un poema que Auden le había regalado a Britten. Nacido el 22 de noviembre de hace cien años, el día de Santa Cecilia, Auden le dedicó Himno a Santa Cecilia. La santa es música pura: mujer que no crece ni proyecta sombra; santa que no yerra, que no pertenece a nadie. A ella, a a la música y a Britten, el poeta les pide descaro en el himno, audacia: vida. Viste tu tribulación como una rosa, concluye el poema.

Su ópera más exitosa, Peter Grimes se estrenaría cinco años después de la ruptura con Auden pero refleja precisamente eso que el poeta le pedía a su música: asumir el desamparo, reconocer el tormento, habitar la sensación del oprimido, romper con las engaños de la convención. El pacifista del Réquiem de la guerra es, en esta ópera, el valiente denunciante de le opresión de clase y la discriminación sexual. Objetor de consciencia, el musico padeció el acoso y el hostigamiento. Entrar a los Estados Unidos era un suplicio porque el FBI lo tenía fichado como sospechoso. Pacifista en tiempos de guerra, homosexual en una sociedad homofóbico, Britten conoció del estigma. Peter Grimes es la encarnación del marginado y el pueblo de pescadores una Fuenteovejuna perversa: es la cohesión del rencor contra el distinto.

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20, nov 2013

Calidez y lucidez

Leo el libro que Xavier Guzmán Urbiola publicó hace unos pocos meses sobre Guillermo Tovar de Teresa y confirmo la presencia del genio. El libro no toca la vida de un historiador brillante, los trabajos de un escritor con gracia: no traza la biografía de un erudito. No es el inmenso archivo de su memoria, su enciclopedia activa y vibrante lo que vale. Es otra cosa: genio. Michel Tournier contrastó esos dones. El hombre de talento es un artista que sabe gustar. Pinta, escribe, esculpe, baila… y agrada. Por eso el hombre de talento “corre el riesgo de actuar a la escucha y al dictado de la masa.” El impulso del hombre de genio es otro. “El hombre de genio crea sin preocuparse por el público.” Por eso suele nadar en contra de la corriente. Su tiempo no puede ser el presente, la popularidad no es su recompensa. Si el presente lo ignora, el futuro, es suyo.

El talento se dispone a ese soborno del reconocimiento, mientras el genio camina sin solicitar aplausos. Guillermo Tovar de Teresa recordaba un aforismo de Bergamín que bien lo retrata: “El buen torero, escribía en su Birlibirloque es el que está siempre lejos del toro, pero en su sitio, que es lo más peligroso para él. Por eso torea siempre de espaldas al público (no es efectista, sino expresivo); porque, aunque la plaza sea redonda, el público lo tiene siempre detrás: delante está el toro.” Enfrentar el toro es darle la espalda al público. Sólo respeta al público quien lo ignora. De ahí su sitio en la cultura mexicana de estos tiempos, tan propensa al coro y a la solidaridad de mafia. Guillermo Tovar fue un tono único en la conversación cultural de México. Sabio, más que culto; entendedor de lo importante, más que erudito, pudo evadir las urgencias del presente para hablar de lo imperecedero.

La palabra México adquiere en el trabajo de Guillermo Tovar otra dimensión. No es la grandilocuencia de los constructores de la nación desde el Estado; no es la de los moralistas que aspiran a cultivar civilización: es el escrito íntimo de un hijo de México. Como Edmundo O’Gorman, Guillermo Tovar sabía que la historia es un acto de amor. Su idea se encuentra con claridad en este párrafo que cito en extenso porque lo dice todo:

En mi concepto, la historia es esa reflexión elucidatoria de los hechos pasados y presentes, concebida como pensamiento comprensivo, como conjunto de representaciones e ideas, relacionadas con los signos cronológicos, de conceptos entendidos como representaciones comprensivas. (…) No es la visión mecánica de la historia politécnica, que la realiza distanciada del placer, como un conjunto de textos que no se gozan: una doctrina que sólo sirve para manipular. La visión moral de la historia corresonde a una introspección. Debe ser una representación comprensiva, lo que equivale a encontrar sus dos aspectos: la simpatía y el entendimiento. Calidez y lucidez. Simpatía determinada por los afectos y las imágenes y entendimiento regido por el intelecto y por la función valoradora de la razón. La visión lúcida es la conciencia y su mejor fruto es la libertad. La historia debe ser bella, respondiéndole satisfactoriamente al sentimiento; verdadera para los fines del pensamiento y buena para el sentido de la actividad. La historia (…) puede ser algo más que una explicación útil o una herramienta; puede ser disfrutable y reveladora, para ser el motivo del amor a sí mismo y a los demás, por el mayor conocimiento de las esencias propias, amor que en su perseverancia orienta  la felicidad.

Viendo al toro, dándole la espalda al público, la obra de Tovar de Teresa está regada en una multitud de prólogos de libros inmenos de escasísima circulación, libros inencontrables, notas y textos dispersos en mil sitios. Nos corresponde recopilar esta obra dispersa y difundirla para mostrar esa cálida lucidez.

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06, nov 2013

Camus, articulista

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En una carta a su esposo en mayo de 1952, Hannah Arendt escribió: Camus “es el mejor hombre ahora en Francia. Le saca una cabeza al resto de los intelectuales.” El primero de los intelectuales. Arendt no celebraba al filósofo, sino al hombre que piensa responsablemente en público; admiraba al escritor lúcido y elocuente; al moralista que sabe confrontar al auditorio, al hombre de ideas que no se fuga del mundo.

“Para ser hombre hay que negarse a ser Dios”, escribió en su ensayo capital. Él se niega a ser un dios desde su escritura, hecha de asombro, desconcierto e inconformismo: expuesta perplejidad. En su prosa no se advierte el anhelo de convertir al lector a su credo. No pontifica ni regaña: piensa, disiente, explora. Su prosa, como su filosofía, toca sus límites, reconoce su ignorancia, asume el riesgo. Camus no intenta suplantar el absurdo de la vida con la razón inclemente. Esa es su rebelión. Si es cierto que invita a pensar en Sísifo feliz, su búsqueda es otra. Más que la felicidad, lo suyo es búsqueda de dignidad. En el abrazo del sinsentido hay una esperanza: ser hombres … y serlo con otros. Ya pocos dirán que El hombre rebelde es el libro desordenado de un filósofo mediocre, como dijeron sus primeros críticos. Es, sin duda, uno de los picos de la reflexión política del siglo XX, uno de los ensayos más brillantes de la inteligencia moral de—sí, todavía—nuestro tiempo.

Se ha hablado en estos días del filósofo, del dramaturgo, del ensayista. Debería hablarse también del articulista, del pensador que se expresa en los diarios, reaccionando a los eventos del día. “Hay que encontrar cierto tono” escribe en un artículo publicado en Combat, de septiembre de 1944. Si el articulista no encuentra ese tono, su observación se desmorona. El hombre que denunció los crímenes de razón sabía mejor que nadie que las ideas pueden convertirse en puños: eso son las convicciones. Razón sellada, martillo de palabras satisfechas. La convicción política es tan hermética, tan peligrosa como cualquier otra fe. Camus no padeció convicciones. A Francis Ponge, hombre de certeza marxista, le dijo “Yo me encuentro a medio camino, menos feliz que todos ustedes, armado sólo con mi buena voluntad y un gran deseo de no hacer trampa.” Qué bien puesto: deseo de no hacer trampa.

El articulista conocía los peligros del oficio. La crítica puede adoptar de pronto los modos del juez, del maestro de escuela o del profesor de moral. “De este oficio, a la jactancia o a la tontería no hay más que un paso.” Sí: el articulista camina entre la pedantería y la estupidez. ¿Cómo escapar de ese peligro? Por la ironía, responde de inmediato. La única salvación es preservar el sentido de lo relativo. El escritor no siempre tiene respuestas. A veces sólo puede aportar silencio. “Cuando la palabra puede conducir a la eliminación despiadada de la vida de otras personas, el silencio no es una actitud negativa”

Adam Gopnik ha identificado la clave del periodismo de Camus: Los editorialistas pueden parecer los más insípidos integrantes de la clase escribidora. Dedicados a compactar los lugares comunes de su tiempo trabajan con lo inmediato para denunciar sin pizca de imaginación. “La buena escritura editorial—dice Gopnik—tiene menos que ver con ganar una discusión y más con decirle a los tuyos cómo se deben escuchar cuando estén discutiendo. En verdad, es una especie de dirección musical: el escritor trata de marcar el compás, encontrar el tono de la nota. No es “di esto”, es “suena así” lo que enseñan los grandes editorialistas.”

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23, oct 2013

Isaiah Berlin recuerda México

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En 1945, mientras Isaiah Berlin trabajaba como agregado en la embajada británica en Washington, fue invitado por el embajador norteamericano en México para pasar unos días en el país. Berlin estaba enfermo y aceptó la invitación porque creía que le caería bien el clima templado. El historiador estuvo un par de días en la ciudad de México y un poco más de una semana en Cuernavaca. El recuerdo de esa breve estancia lo acompañaría de por vida. No eran ciertamente memorias dulces que evocara con nostalgia, eran recuerdos perseverantes de un horror.

No se conservan cartas escritas en México pero sí un par de mensajes en los que recuerda sus desventurada visita. México horrorizó al liberal. En el segundo tomo de sus cartas se publicó una carta dirigida a la esposa del embajador Morrow en la que le agradecía aquella invitación. Tras las fórmulas de la gratitud, Berlin le confiaba su incomodidad. México le parecía un país cruel y sangriento al que nunca querría regresar. Le impactó el arte mexicano pero sólo por el barbarismo de su imaginación. Diego Rivera, el muralista, le habrá parecido un romántico de la atrocidad. Me aterró la mirada de los mexicanos, confesaba. Jamás me podría sentir tranquilo con ellos.

Recientemente se ha publicado el tercer tomo de las cartas de Berlin. Como los volúmenes anteriores, se trata de una edición impecable de Henry Hardy, el hombre que se ha dedicado a rescatar de baules y cajones la obra de este escritor reticente. Este volumen, significativamente titulado Construyendo, cubre las cartas escritas entre 1960 y 1975: de la presidencia de Kennedy al ascenso de Margaret Thatcher. Un periodo particularmente fértil en el trabajo de Berlin. Conferencias por todo el mundo; ensayos sobre Herzen, Vico y Maquiavelo, programas en la BBC, participación en  el comité directivo de la ópera de Covent Garden. En este segundo volumen se incluye una segunda carta sobre México, dirigida en esta ocasión a una de sus mejores amigas, la socióloga Jean Floud.

Al enterarse que Floud daría unas conferencias en El Colegio de México en verano de 1968, le advirtió que encontraría un país pavoroso. Berlin se compadece de su amiga y  no le esconde su impresión de ese país salvaje. “México. Estuve muy aterrado,” le escribe Berlin, subrayando el adverbio. México le resultaba incomprensible, no solamente por su violencia sino, sobre todo por esa la celebración de la violencia que aparece en todos los rincones. Veinte años después de haber vivido unos días en Cuernavaca, el recuerdo de la barbarie mexicana seguía fresco. Llegaron a su mente las imágenes de la violencia enaltecida por el arte. “Esos murales empapados en sangre—sangre en todos lados,” le cuenta a Floud. Berlin entiende la lección de Rivera: la historia de este país es una sucesión de sacrificios y masacres. Los personajes pueden cambiar pero el libreto mexicano es la tediosa repetición de la muerte. Aztecas o conquistadores, indígenas o españoles, liberales o revolucionarios: degolladores y degollados.

Este no era sitio para Berlin. El campo mexicano le era del todo extraño: remoto, extranjero: “D. H Lawrencesco.” Sí, reconoce Berlin, el tequila está bien, pero el sólo recuerdo de un hombre escupiendo fuego en la calle le horripilaba. Al recordar México, Berlin volvió a ver el rostro de indígenas impávidos, inertes mirando el cielo sin parpadear. Hombres petrificados. Demasiado tiesos, dice. Inhumanos. México, concluye Berlin, no es país para liberales de concha suave—como yo.

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09, oct 2013

Breaking Bad y las peras de San Agustín

Breaking Bad, la serie de Vince Gillian que acaba proyectar su último episodio, narra la transformación de un mediocre en un malo. Una fábula del Mal a la que se le arrebató la moraleja. El éxito de la serie ha estado acompañado por apuntes de distintos vuelos sobre el significado de esa fascinante mudanza moral. La serie llevó a Enrique Vila-Matas a pensar en Rousseau. Walter White, el infeliz profesor de química convertido en el exitoso cocinero de metanfetaminas, recorría el mismo camino que el paseante sentimental—pero en sentido contrario.

Andrew Sullivan interpreta la perversidad de Walter White como maquiavélica. White es, para él, una especie de príncipe de Alburquerque que abandona la moral tradicional para conquistar un imperio. Un príncipe nuevo que no sigue las reglas convencionales e impone su voluntad. Sullivan, un estudioso serio de la teoría política, cree que Breaking Bad debe emplearse en clase para explicar la idea del honor y de la virtud en Maquiavelo. Estoy totalmente en desacuerdo. La idea del mal de Breaking Bad es radicalmente distinta a la que se dibuja en El príncipe, esa joya del pensamiento político occidental que este año cumple 500 años. Breaking Bad no retrata el mal que se trasmuta en bien cuando se pasa por el matraz del Estado, no es el mal que engendra el bien, ese mal que, por sus efectos, redime. Es que la aventura del químico con cáncer no es la de un maleante menor que se transforma en el gran capo y forma un reino (como el de Milton Jiménez en El cartel de los sapos, si seguimos hablando de series de televisión), sino la de un solitario que encuentra vida en la transgresión, un hombre que acumula millones, sólo para esconderlos en barriles. Walter White ganó dinero pero no talló poder. Descendió a los infiernos pero no se mudó de casa. Nunca vivió en una mansión repleta de sirvientes.; apenas llegó a comprarse un coche… y, en realidad, no lo disfrutó.

La escena del capítulo final que imprime sentido a toda la serie es perfecta. (Si no ha visto el último episodio, tal vez es mejor que cambie de página) Walter White regresa a casa para despedirse de Skyler, su esposa. Es el momento de la verdad. El hombre sabe que su muerte es inminente. Ya no tiene sentido la hipocresía de las buenas intenciones, la pose del sacrificio. No, le confiesa: no mentí, no robé, no lastimé, no maté por ustedes, para darle una vida mejor a mi familia. “Lo hice por mí. Me gustó. Era bueno en lo que hacía. Y sentí que estaba realmente… vivo.” Lo hice por mí, dice Walter White. Y no pide perdón. Hice el mal para sentir la vida. Hice el mal para probar la vida. De eso trata Breaking Bad: de la vitalidad del Mal.

Esa no es, en modo alguno, una visión maquiavélica. El príncipe virtuoso de Maquiavelo nunca hace algo para sí, por el simple placer de quebrantar las reglas. Si ha de apartarse del bien es sólo por necesidad, por lo que otros llamarían “razón de Estado.” El mal no puede ser fuente de placer para el príncipe: si acaso, es el dictado de su responsabilidad histórica. El príncipe debe aprender a no ser bueno porque necesita salvar la barca común, no porque disfrute la infracción. El Mal de Breaking Bad no es el mal provechoso de Maquiavelo: es el Mal de la voluntad de San Agustín. En sus Confesiones, San Agustín recuerda un robo que cometió siendo muy joven. Había un peral con frutas muy poco apetitosas, no tenía hambre pero estaba con unos amigos y, juntos, sintieron el impulso de robarlas. ¿Para qué? Para tirárselas a los cerdos. Mi maldad no tuvo más causa que la maldad, escribe. Robar me era grato porque era prohibido. “No era gozar de aquello lo que yo apetecía en el hurto, sino el hurto y el pecado mismo.”

¿No es ésa la confesión de Walter White? El Mal es su propia recompensa.

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24, sep 2013

Lucidez y desesperanza

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Octavio Paz vio en Álvaro Mutis los extremos esenciales del poeta: “Necesidad de decirlo todo y conciencia de que nada se dice.” En Los trabajos perdidos puede leerse un poema que registra esas dos puntas. Una celebración del conocimiento inútil que es la poesía:

Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche

Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía

En la historia vio el caos: corrosión terca, decadencia imparable, obstinada pudrición, monotonía de la especie cainita. Estaba convencido de que el hombre era incapaz de hacerse el bien.  El infierno existe, repetía a Jean Cocteau: es la historia. La historia no preserva, no camina: carcome. El tiempo de la humanidad es inclemente, como el trópico: todo lo deshace, todo lo destruye, todo lo devasta. No hay refrigerador que cuide las frutas. El lodo lo devora todo.

En 1965 Álvaro Mutis dictó una conferencia sobre la desesperanza en la Casa del Lago que es buena pista para entender el tono de su escritura. Habló entonces de Axel Heyst, personaje de Conrad que encarga esa clarividencia. “Heyst forma parte de esa dolorosa familia de los lúcidos que han desechado la acción, de los que conociendo hasta sus más remotas y desastrosas consecuencias el resultado de intervenir en los hechos y pasiones de los hombres, se niegan a hacerlo, no se prestan al juego y dejan que el destino o como quiera llamársele, juegue a su antojo bajo el sol implacable o las estrelladas noches sin término en los trópicos.” Pero el desesperanzado no es un derrotado. Afirma la vida y se abre, como nadie, a sus infrecuentes bendiciones. El desesperanzado ama, juega, conversa con sus amigos sin resistir las celadas del destino. Sabe que, sólo participando con lucidez en lo irresistible, puede encontrar el sabor de la existencia, la presencia del ser que le obsequia vida.

La desesperanza es lucidez, dice Mutis. La lucidez desesperanza. Pero también es soledad, incomunicabilidad, atisbo de muerte. Casi imposible abrazar a un desesperanzado. Es que la desesperanza se instala en el primer hueso, en un lugar anterior a la palabra. El desesperanzado no se ilusiona con sueños pero bien que tiene abiertas las rendijas de la percepción. Podría decirse que en él hay una esperanza de otra naturaleza. No es la salvación, la felicidad, la gloria, ninguna utopía. Es el brevísimo entusiasmo, el gozo inmediato, la dicha efímera que mantienen al hombre con deseos de respirar. Si oyes correr el agua en las acequias, escribe Mutis en un poema, si tienes suerte y preservas ese instante, si tienes algún día la paciencia del guijarro debes saber que habrán de llamarte:

Toda la ardua armonía del mundo
es probable que entonces te sea revelada,
pero sólo por esa vez.
¿Sabrás, acaso, descifrarla en el rumor del agua
que se evade sin remedio y para siempre?

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28, ago 2013

Hannah Arendt

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En el Festival de cine alemán se estrenó en México la película de Margarethe von Trotta sobre Hannah Arendt. Más que una cinta biográfica, se trata del acercamiento al episodio más polémico de su vida: su famoso reportaje sobre el criminal nazi al que describió, para sorpresa e indignación de muchos, no como un monstruo, sino como un mediocre. Adolf Eichmann, el responsable de la transportación de los judíos a los campos de concentración, no era el demonio que se pudiera anticipar. Arendt, quien para 1963 era ya una filósofa connotada y admirada por tus trabajos de teoría política y, sobre todo, por su obra sobre los orígenes del totalitarismo, pidió al New Yorker que la enviara como corresponsal al juicio de Eichmann en Jerusalén. Quería ser testigo de ese proceso y sobre todo, entender el mecanismo totalitario operando en uno de sus ejecutores.

Arendt escribió un reportaje filosófico que provocó una tormenta pública que la película ha vuelto a agitar. Al verlo sentado en el banquillo de los acusados, la profesora de la New School no encontró por ningún lado al personaje diabólico sino a un hombre más bien tonto y aburrido: un tipo normal. El genocida no era un demonio sino un pobre diablo, un hombre normal al que simplemente le había sido extirpado el músculo de pensar. Arendt e sorprendió con la pequeñez del sujeto. Eichmann hablaba siempre con clichés, nunca encontraba una elocución original para expresarse. Su discurso, en apariencia razonado y culto, era una colección de lugares comunes. Fue así como Arendt encontró la fórmula: Eichmann encarnaba para la consciencia moderna la banalidad del mal. El mal que nos amenaza no es monstruoso sino humano, demasiado humano diría alguien. Eichmann era un burócrata que seguía instrucciones pero no era simplemente un autómata que acatara las reglas del exterminio, era una persona que había perdido capacidad de juicio moral.

La película logra capturar los desafíos de la inteligencia. Hannah Arendt se propuso comprender, no buscaba consolar. No pretendía halagar a sus lectores, alimentar sus prejuicios. Aceptaba que sus ideas podrían ser hirientes pero eso no la detenía para decir lo que tenía que decir. En ella había una seguridad que muchos consideraban arrogancia pero que no lo era. Era una confianza en sus ideas que no dependía del aplauso o la celebración de los otros, pero que tampoco se encerraba en sí misma. Arendt revisaba y reconsideraba lo que había escrito antes y no dejaba de cuestionarse. La cinta celebra la entereza intelectual, el temple del pensamiento, la dignidad de las ideas… y también la dolorosa soledad de la honradez.

Pero hay algo que no funciona en la cinta. La selección de los actores, la dirección misma obstaculizan la narración. Si la Hannah jovencísima de la película es un retrato perfecto de la muchacha brillante que quedó prendida de Heidegger, la actuación de Barbara Sukowa como la profesora Arendt no alcanza la complejidad del personaje. Cualquiera que se haya asomado a alguno de los videos de Hannah Arendt que flotan en la red se dará cuenta de la distancia. No me refiero al muy obvio contraste fisico entre la actriz y su personaje. Me refiero a algo más profundo, más importante. La actriz no respira el aire de Arendt, no encuentra su ritmo, no alcanza esa voz gruesa, rasposa y a la vez dulce que conocemos a través de las entrevistas. La cinta de von Trotta no alcanza la sutileza necesaria para mostrar la gestación de las ideas y la hostilidad de los prejuicios. Escena tras escena, la directora parece advertirle burdamente al espectador que contempla a una filósofa pensando. Las otras actuaciones son peores: personajes afectados que se extraviaron de un mal musical de Broadway.

Con todo, Hannah Arendt es una versión cuidada y fidedigna de un episodio emblemático de la lucha ideológica del siglo XX.

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14, ago 2013

El mundo bajo los párpados

Parpados

El sueño ha sido visto como inmersión en lo recóndito, irrupción de lo negado, involuntaria revelación de lo que la razón sofoca. El misterioso acceso al laberinto más profundo de cada quién. Pero el sueño no se encapsula en la celda del individuo: se vierte a la vida común y se enreda en la historia. Así lo muestra el editor Jacobo Siruela en un bellísimo ensayo publicado hace un par de años por Atalanta, su nuevo sello. La pista la encuentra en una nota escrita en uno de los cuadernos de G. C. Lichtenberg: “toda nuestra historia es únicamente la de los hombres despiertos; nadie ha pensado en una historia de los hombres que duermen.” En efecto, nadie ha emprendido la tarea de escribir la historia de los sueños. Eso: la reconstrucción de la historicidad de los sueños.

Siruela se ha puesto a escribir ese libro para insertar el universo onírico en la historia de la cultura. El mundo bajo los párpados no es una historia lineal, una cronología de sueños famosos. Se trata de una historia, como él mismo la llama, “transversal y literaria”, donde se encuentran historia y filosofía; mito y ciencia. Los sueños pueden convertirse en “materia de la historia”, como ya había notado George Steiner. Con frecuencia escapan de la esfera privada para configurar los códigos sociales, pueden tener el poder de decidir una batalla, abren una ruta para para ensanchar la razón o consagran un ámbito para sus terapias.  Cada siglo tiene sus sueños; cada cultura, una fórmula para descifrar sus mensajes, para contemplar a sus dioses con los ojos cerrados. No sueño mi sueño: sueño el nuestro. “El sueño, escribe Siruela, no es únicamente un fenómeno espontáneo y privado de la mente, forma también parte de la experiencia más vasta de la historia cultural humana.” Si fuésemos capaces de hacer el compendio de nuestros sueños, dibujaríamos el mapa más revelador y el más preciso de nuestro tiempo. Como demostró la periodista Charlotte Beradt, al recopilar esa historia del Tercer Reich, ni en sueños Hitler dejaba en paz a los alemanes. La historia merece, pues, una nueva categoría: la onírica.

Pero la trayectoria onírica es doble: la historia se filtra al sueño, pero el sueño también fecunda la historia. Un niño inglés se atrevió una mañana a contarle a su maestra el sueño que acababa de tener. Lo habían nombrado rey de Inglaterra. El sueño le pareció inaceptable a la instructora que procedió a azotarlo. Nalgadas por soñar lo impensable. El niño se llamaba Oliver Cromwell. Los historiadores de lo diurno creerán que sueños de este tipo son anécdotas curiosas. Nada más. Arrogancias de la razón moderna que se niega a aceptar otras casualidades.

Los sueños pueden ser premonición pero también se ofrecen como guía, como orden, como llave que abre la puerta que no se ve durante el día. Todo lo que hacemos está marcado por nuestros sueños, esas “efímeras pompas de vida” donde la imaginación juega con la memoria. Cualquier actividad humana registra la influencia de los mensajes oníricos. El arte, la guerra, la ciencia, la religión serían otra cosa sin esas seducciones de la noche. Tiene razón Siruela: nuestra cultura extrovertida sigue dándole la espalda a las visiones nocturnas.

Sin detenerse en los tópicos vulgares o psicoanalíticos,  Siruela se hace preguntas inusuales. ¿Qué sucede con el tiempo cuando soñamos? ¿A dónde vamos cuando soñamos? ¿Cómo entra la historia a los sueños, cómo se insertan en ella? El mundo bajo los párpados, un ensayo tan riguroso como elegante, entiende la imaginación (no sólo la nocturna) como una pieza constitutiva de la historia. No un escape de la realidad, el hallazgo de una más profunda.

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31, jul 2013

El neurólogo y el poeta

Oliver Sacks, el famoso neurólogo que escribió sobre un hombre que confundió a su mujer con un sombrero, el doctor que ha meditado sobre las alucinaciones, el autismo, la nostalgia y las relaciones entre la música y el cerebro cumplió 80 años hace unos días. Lo festejó celebrando las bondades de la vejez en un artículo que publicó el New York Times y que luego tradujo El país. Sacks no se queja de las décadas que se acumulan. Despojarse de la juventud es adquirir sentido, perspectiva, es sentir el tiempo en los huesos. En su artículo, Sacks recordaba a su amigo W. H. Auden, quien presumía que cumpliría esos mismos 80 años para largarse después. No lo logró: el poeta murió a los 67 pero sigue apareciéndosele a Sacks por las noches. Auden fue, sin duda, una de las presencias más importantes en la vida del autor de Despertares y, a juzgar por los sueños, lo sigue siendo.

Auden fue una especie de mentor para Sacks. Reseñó con entusiasmo Migraña, su primer libro. Quien se interese la relación entre el cuerpo y la mente, encontrará tan fascinante este libro como lo he encontrado yo. Era la primera vez que el doctor se sentía verdaderamente reconocido. Pero Auden no fue una presencia meramente encomiástica, fue un acicate intelectual, una guía. Debes salir de lo clínico: arriésgate a la metáfora, al mito, le aconsejó. Poco antes de morir, legó a ver el manuscrito de Despertares. Es una pieza maestra, le dijo en su último encuentro.

Tras leer un libro suyo, Auden le dedicó un poema, “Hablando conmigo mismo:”

Siempre me ha sorprendido qué poco Te conozco.
Tus costas y salientes los conozco, pues ahí yo gobierno,
pero lo que sucede tierra adentro, los rituales, los códigos sociales,
tus torrentes, salados y sombríos, siguen siendo un enigma:
lo que creo se basa sólo en rumores médicos.

Nuestro matrimonio es un drama; no un guión donde
lo no expresado no se piensa: en nuestra escena,
aquello que no puedo articular Tú lo pronuncias
en actos cuya raison-d’être no entiendo. ¿A qué evacuar fluidos
cuando me aflijo o dilatar Tus labios cuando me alegro?

Mientras Auden vivió en Nueva York, tomaban el té frecuentemente. El tiempo era perfecto: a las cuatro de la tarde, después de un día de trabajo y poco antes de una noche consagrada a la bebida. Habrán conversado de enfermedades, de pacientes, de tratamientos. Hijo de médico, Auden admiraba las artes curativas: no la ciencia médica sino ese “arte de seducir a la naturaleza”. Aborrecía por ello la arrogancia de los ingenieros de la medicina. Sólo puedo confiar, decía, del médico con el que he chismeado y bebido antes de que sus instrumentos de metal me toquen. Habrán hablado de aquello que más los acercaba: la música. En aquella reseña de Migraña y en una carta personal, Auden citaba un aforismo de Novalis: “Toda enfermedad es un problema musical, y cada cura es una solución musical.” Totalmente de acuerdo con Novalis, le respondió Sacks: ese es mi sentido de la medicina. Mis diagnósticos son auditivos: registran una discordancia o la peculiaridad de alguna armonía.

Pero en aquellas tardes en el departamento del East Village, Sacks y Auden también solían permanecer callados. Sacks recuerda a Auden como un hombre dotado de una de las más extrañas y hermosas cualidades: era una persona con la que se podía estar en silencio, durante mucho tiempo. Uno podía estar con él durante horas, tomando una cerveza, una copa de vino, alrededor de la chimenea sin decir nada, sin sentir la necesidad de decir nada. “Comunicarse sin hablar, absorbiendo la presencia del otro silenciosamente y la callada, elocuente presencia del ahora.”

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19, jul 2013

Tony Soprano

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Nadie como Tony Soprano. Ningún personaje del cine ha encontrado la profundidad, la complejidad, la intensidad del mafioso de New Jersey. ¿Qué personaje puede comparársele en el pico de sus furias, en el foso de sus angustias? ¿A cuál podríamos decir que lo conocemos como lo conocimos a él: en bata recogiendo el periódico, visitando todos los días el refrigerador, rompiendo un teléfono en un ataque de rabia, asaltado recurrentemente por la ansiedad, lidiando con las peores traiciones, volando entre sueños y pesadillas, enamorado y furioso. A Tony Soprano lo conocimos como el mafioso protector y despiadado, como el déspota sin frenos, el hombre irritable que rompía a golpes e insultos. Pero lo pudimos conocer también como un hombre perseguido por fantasmas, inseguro y frágil. Algunos han dicho que James Gandolfini no era particularmente versátil como actor. Se olvidan del arco de las emociones que extrajo de un solo personaje. Con Tony Soprano, el actor lo recorrió todo.

Los Sopranos habrá inaugurado una era de la televisión. Tal vez con ella se inicia el desplazamiento del mejor cine a la pantalla de la casa. Pero no es solamente la extraordinaria producción, la dirección impecable, el ritmo siempre intenso y al mismo tiempo respirable de sus escenas, esas actuaciones consumadas que hacen persona a cada personaje. En Los Sopranos se encuentra ese genio compartido (profesionalismo le llaman algunos) que produce los milagros de la cinematografía. Pero hay algo más, algo que no conseguiría el mejor de los largometrajes. La legendaria serie de HBO le abrió un nuevo lienzo al cine. No le faltaba épica al cine; le faltaba el día a día que hace humana la aventura. Nunca como ahora puede percibirse el contrapunto de la batalla espeluznante o grandiosa y la pesadumbre del despertar; los arrebatos públicos y visibles que sostienen el dominio y las las acometidas de la angustia inconfesable. Los sopranos no tenía que sujetarse al aguante de quien se sienta en una butaca del cine. Un par de horas, tal vez un poco más, desde la primera escena hasta la secuencia de los créditos.

Los Sopranos estrenaron tela. La trama de la narración parece liberarse así de las evocaciones, de las metáforas, de las alusiones que insertan el gajo del cuento en su contexto. Nada de esas “conversaciones rituales” de las que hablaba Ibargüengoitia que sirven para explicar en tres minutos la desgracia de la familia en una inverosímil conversación de café. Si no es necesario el flashback es porque retenemos en la memoria la historia de cada uno de los personajes, el flujo de acercamientos y distancia, si hemos palpado la tensión de la lealtad a lo largo del tiempo, la lenta transformación de los vínculos humanos. Ocho años de drama en ocho años de cine. El crecimiento, la maduración, el envejecimiento de los personajes no es truco del maquillaje, es obra del tiempo. El poder de este cine radica, tal vez, en el hecho de que su tiempo es idéntico al nuestro: no es el tiempo comprimido que condensa décadas en un par de horas sino el reloj que compartimos con los personajes.

Nadie como Tony Soprano ha mostrado que la violencia es un alivio del miedo. El temido mafioso podrá imponer su voluntad a grito y puño pero vive siempre en el precipicio. Su casa, su matrimonio, su familia, su imperio están siempre al borde del abismo. Sus ojos lo decían todo: estallaban en cólera pero también se derretían, no en dulzura, sino en el más profundo desasosiego. Si ha desaparecido James Galdolfini, Tony Soprano pestañea en el misterio, mientras suena “Don’t Stop Believing”.

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03, jul 2013

Elogio de la impuntualidad

Gentileza de reyes, alma de los negocios, la puntualidad ha sido elogiada como la virtud elemental, la fórmula básica del respeto, el ingrediente indispensable de la cordialidad. La puntualidad, decía Adam Smith, pone la palabra a prueba. Por eso el escocés admiraba a los holandeses: la formalidad de su trato se reflejaba en su compromiso con el reloj. Puntualidad y honestidad eran casi sinónimos. Eran, además, la moneda necesaria de la sociabilidad mercantil: llegar a tiempo era cumplir el primer contrato. El apetito de ganancia y la necesidad de colaborar se abrazaban en la cita puntual. Por eso al economista le parecían despreciables los políticos: no destacan por su puntualidad, ni por su probidad. Lo primero era, naturalmente, indicio suficiente de lo segundo.

Leszek Kolakowski no compartía esa adoración por el tiempo disciplinario. El filósofo que defendió la inconsistencia, encontró en la impuntualidad una guía moral. Podría decirse que el impuntual es el soberbio que sólo respeta su propio tiempo. Más
aún, que su ofensa, más que una simple descortesía, es un crimen. El impuntual es el ladrón de lo más valioso que tenemos, lo único que nunca podremos recuperar: el tiempo. En 1961 el pensador publicó en Polonia un ensayo juguetón titulado precisamente “Elogio de la impuntualidad.” En la nueva antología de sus ensayos que ha seleccionado y traducido al inglés su hija Agnieszka, aparece por primera vez en idioma que entiendo. Tal vez valga apuntar su argumento para no volver a echarle la culpa al tráfico por llegar 40 minutos después a la comida. Llegué a la hora de los postres pero dame las gracias por la profunda lección moral que te he regalado.

La impuntualidad bendice al individuo y a la sociedad. Naturalmente, si todas las personas fueran impuntuales todo el tiempo, la convivencia sería difícil, pero la impuntualidad esporádica puede ser muy benéfica. En primer lugar, la impuntualidad nos invita a pensar lógicamente y a reconocer las implicaciones de nuestra complexión psicológica. Si nuestras expectativas sobre el comportamiento futuro de la gente fueran cumplidas siempre, llegaríamos a una conclusión de infalibilidad. Si acordarmos que nos veríamos a las 6:00, nos veremos a las 6:00. Kolakowski imagina como una pesadilla el que el dentista nos recibiera siempre a tiempo, el que las bodas empezaran a la hora de la invitación, que todos los amigos llegaran a la fiesta a la hora acordada. El absolutismo de la puntualidad iría debilitando nuestras protecciones contra la decepción. La puntualidad absoluta sería una peligrosa burbuja de perfección que nos impediría madurar. El habitante del planeta de la puntualidad indefectible es intelectualmente indolente y moralmente vulnerable. La impuntualidad es la primera vacuna contra el desencanto.

Ahí está el segundo obsequio del impuntual. Quien llega tarde nos muestra que la conexión entre nuestra consciencia y nuestro comportamiento es compleja. Kolakowski no fustiga al moroso, no lo increpa con lecciones sobre el respeto al tiempo de los otros y el insulto del plantar a alguien por horas. El fiósofo admite que el otro, probablemente, quiso llegar a la hora y no lo logró. Distracción, imprevisión, pereza, mala suerte: muchas pueden ser las razones de la tardanza. A veces, ni siquiera nosotros comprendemos por qué llegamos tarde. Ahí está la lección de la impuntualidad: en ella aparecen, en forma molesta y ofensiva, la libertad y el azar. Somos impuntuales porque no somos manecillas de un reloj suizo.

Kolakowski

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19, jun 2013

El improbable optimista

José María Pérez Gay ha descrito su encuentro sorpresivo con el poeta Paul Celan. Un invierno despiadado golpeaba la ciudad de Berlín en 1967. Las actividades en la Universidad Libre de Berlín, donde estudiaba Pérez Gay, se suspendieron. Sin embargo, un legendario profesor de literatura invitó a sus alumnos a conocer a un autor, quien asistiría a su seminario para leer sus poemas. Apenas una decena de estudiantes llegó al encuentro con Celan, quien entonces tendría unos cuarenta y siete años. “Su voz temblaba y sus párpados infatigables parecían gobernar los textos, sus ojos regían palabra y ritmo, narración inolvidable y estilo preciso.” El joven estudiante mexicano quedó deslumbrado por el personaje. En su palabra había una “ternura próxima al dolor.”

Un poema de Celan hizo cambiar de opinión de Theodor W. Adorno quien dijo que, después de Auschwitz no era posible ya escribir poesía. Escribir un poema después del holocausto sería un acto de barbarie. Pero al leer “Fuga de muerte” de Celan rectificó: “La perpetuación del sufrimiento tiene tanto derecho a expresarse como el torturado a gritar; tal vez por eso haya sido falso decir que, después de Auschwitz, ya no es posible escribir poemas.”

Un hombre juega con serpientes
Grita toquen más dulce la muerte
la muerte es un maestro de Alemania
y grita toquen más oscuro los violines
luego ascienden al aire
convertidos en humo
sólo entonces tienen una tumba en las nubes
donde no están encogidos

En 1975, cinco años después del suicidio de Celan, José María Pérez Gay empezó a traducir su poesía. Hay una edición de la UAM que contiene sus versiones. En esos poemas pardos y complejos puede encontrarse una clave para comprender la obra delcmáximo germanófilo mexicano: ese abismo del horror en el que abrevó para extraer la iluminación filosófica y literaria. “El cardo sin luz, escribe Celan,

con que lo oscuro
agracia a los suyos
desde lejos
para quedar inolvidado.

En sus retratos, en sus ensayos, en sus reflexiones filosóficas se nombra el abismo del siglo XX, esa abominación que hizo de las ideas apologías de muerte y con la ciencia construyó eficaces instrumentos de exterminio. El príncipe y sus guerrilleros, ese extraordinario ensayo sobre el delirio ideológico que condujo a la destrucción de Camboya muestra lo que para Pérez Gay era el deber de recordar, el compromiso de nombrar el horror, la demencia de la utopía empeñada en el exterminio de miles de seres humanos, la incineración del conocimiento, la destrucción de todo lo edificado. Pérez Gay no cierra los ojos al horror de la muerte pero logra rescatar las razones de
vida. En la literatura y la filosofía, en la terca vocación de comprender y juzgar, de narrar, de pintar, de cantar encontró el sin embargo a nuestra perversidad congénita. La literatura, dijo, “es la zona más acogedora de la existencia.” Agregaría que, para él, al lado de la creación literaria, la filosofía fue compañera indispensable. Si en la literatura encontró hospitalidad, en la filosofía halló la zona más estimulante de la existencia. Esa pareja nutrió el “improbable optimismo” de Pérez Gay. La oscuridad no puede ocultar la esperanza de la civilización. Palabras limpias, ideas claras. El secreto del encuentro, diría Celan.

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