Andar y ver

03, oct 2012

Hobsbawm y Judt se retratan

Hobjudt
Hobs

A la muerte Eric Hobsbawm, he vuelto a los
retratos que se hicieron, frente a frente, Tony Judt y el gran historiador marxista.
Retrato de un historiador por otro, elogio y crítica de un intelectual a otro,
esbozo moral de un habitante del siglo XX al otro. Podría verse en ellos a dos
gigantes que representan la rica y compleja tradición de la izquierda
británica: dos versiones del impulso justiciero que surge del marxismo para
apartarse de él o para ser siempre fiel a su fuente. Es Hobsbawm quien detecta
la fibra esencial que los une. “Ambos supimos que el siglo XX sólo puede ser
comprendido integralmente por aquellos que se hacen historiadores porque han
vivido a través de él; ambos compartimos una pasión básica: la política como
clave para nuestras verdades y para nuestros mitos.” La historia no fue para
ellos una disciplina, fue la pasión en la que se encontraron.

Hobsbawm escribe de Tony Judt al publicarse como
libro póstumo, la conversación con Timothy Snyder en la que repasa en
conversación el curso de su siglo xx. El libro fue uno de los testamentos que
pudo dejar mientras peleaba con una enfermedad brutal. Hobsbawm, desde luego no
trafica emocionalmente con su juicio sobre el colega. Es elogioso sin dejar de
ser severo. El libro póstum de Judt simplemente no es un gran libro. No podría
serlo por las condiciones en que fue compuesto. Pero es, de cualquier modo la
obra admirable de un historiador de fuste: un modelo para la razón civilizada
donde el pensador es capaz de examinar sus certezas y advertir la forma en que
su vida ha sido hecha y deshecha por su tiempo. A Hobsbawm no le atraen los
primeros trabajos académicos de Judt sobre el socialismo en la provincia
francesa. Dedicarse a la cartografía de la izquierda francesa le parece un
empeño universitario tal vez erudito pero a fin de cuentas trivial. El
comunista no sentirá un interés por Francia tras la Revolución. A ese país
crecientemente marginal se le negó un Lenin y lo desposeyeron del Napoleón que
tuvo. Francia, desde entonces, se alojó en el reino de Asterix

Hobsbawm admiró la ambición monumental de Posguerra, el inmenso libro de Judt. Se trataba de una obra de plenitud
intelectual que finalmente lo situaba como un historiador reconocido. Pero
Judt, más que encontrar el equilibrio del historiador ponderado, buscaba a toda
costa ganar el argumento. El polemista de talento y mecha corta fue alejándose de
la academia para encontrar emoción en el debate público. Ahí fue donde Hobsbawm
lo vio intoxicarse con las toxinas liberales de Furet o Aron. Su vida pública,
concluye Hobsbawm terminó adormilado con los cuentos de hadas de una revolución
de terciopelo que fue, más bien, una revolución entre comillas.

Judt había escrito un ensayo extenso sobre
Hobsbawm cuando éste publicó sus memorias. La fascinación  que Judt sintió por el explorador de las
tradiciones inventadas fue inmensa. No solamente lo supo todo, sino que lo
sabía decir bien. Hobsbawm fue un maestro de la prosa inglesa.  Y sin embargo, una verdad elemental y
profundísima se le resistió: la aberración del comunismo. El personaje seduce a
Judt por ser el lado opuesto de los personajes a quienes tanto admiró: aquellos
desencantados que reconocieron que su dios había fallado y decidieron remar
contra sí mismos.

El Hobsbawm que Judt logra retratar es un
enamorado del orden y de la jerarquía. Un mandarín inseguro que no se atrevió a
confrontarse. ¿Cómo es que esta inteligencia excepcional no abandonó el barco
ante la evidencia del monstruo en el que se convirtió su 1917? El temor a
encontrarse en mala compañía no es signo de pureza política, escribió Koestler.
Es, más bien, falta de confianza en uno mismo. Ese temor a quedar cerca de los
excomunistas a los que aborreció hasta el último de sus días, lo llevó a
aferrarse a lo indefendible, dice Judt.

El terco mandarín y el boxeador encandilado.

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05, sep 2012

Lo ridículo y lo sublime

Valkyrie

Cuando Charles Rosen escuchó
Debussy por primera vez, reaccionó de inmediato: “debería haber una ley que
prohibiera esto.” Tenía siete años. Desde los cuatro años tocaba el piano, no
porque fuera un prodigio sino porque, como dice él, para tocar el piano, hay
que empezar temprano. Si uno quiere caminar por la cuerda floja, hay que comenzar
desde el principio. Unos años después grabaría los Estudios de Debussy. Se tardó un poco, pero llegó a apreciar al
compositor impresionista. A Charles Rosen, intérprete y crítico, le gusta citar
una línea de Goethe: “El primer contacto con cualquiera de las excelsitudes de
la vida o del arte, conlleva un dolor que surge de esa sensación de
inferioridad del espectador. Sólo en un periodo posterior, cuando lo absorbemos
a nuestra cultura, cuando nos apropiamos todo lo que nuestra capacidad nos
permite, aprendemos a amarlo y a valorarlo. La mediocridad, por la otra parte,
puede darnos placeres directos; no lastima nuestra vanidad, premiándonos con la
idea de que somos tan buenos como cualquiera. … Aprendemos sólo de los libros
que no podemos juzgar.”

Charles Rosen, a quien el
presidente Obama le otorgó la Medalla de las Humanidades a principios de este
año, no se ha dedicado solamente a tocar el piano sino a explicarlo. Desde que
descubrió unas notas absurdas publicadas para acompañar las piezas de sus
primeros discos, escribe los textos que acompañan sus grabaciones y sus
conciertos. Este año apareció la más reciente compilación de sus ensayos de
música y literatura: La libertad y las
artes
, se titula. En el anhelo artístico reside la paradoja de la libertad:
el arte subvierte los significados sin dejar de acatar ciertas convenciones. Rosen
retoma la pregunta que Lichtenberg anotó en una libreta personal: ¿por qué las
palabras habrían de tener un significado fijo? ¿Por qué no habrían de capturar
la fluidez de las experiencias, la mutación del mundo? La primera tiranía que
padecemos es la del lenguaje, dice Rosen. Esa constricción del sentido es la
primera restricción. Las redes del significado nos atrapan. El humor, la
poesía, el arte son escapes de esa jaula. El arte nos regala nuevos
significados. De ahí su carácter subversivo, inevitablemente corruptor,
peligroso.

El arte tendrá sus convenciones
pero se espera que las rompa, que las burle y, al hacerlo, nos sorprenda. Ese
es el privilegio del artista. Celebramos que el creador se aparte de las
convenciones que gobiernan su oficio. Esperamos originalidad, sorpresa, provocación.
Y. cuando la encontramos en el arte, nos ofendemos.

Un ensayo sobre la ópera que
escribe a partir de la publicación de un diccionario especializado captura su
inteligencia irónica y erudita. La ópera, dice, Rosen, es la más prestigiosa de
las formas musicales. Es también la más absurda, la más irracional. Ningún
diccionario, advierte, podría tratar con el sinsentido de la ópera. Ahí no debe
esperarse racionalidad alguna porque al género lo gobierna un código lunático
al que todos los involucrados se someten con docilidad. Valdría reconocer que
no ha sido una forma artística particularmente respetable: barullo de fondo
mientras los apostadores juegan a las cartas; espectáculo donde sopranos
inmensas personifican tuberculosas moribundas. “El ideal de la ópera, escribe,
la forma en que perfila una visión de lo sublime, no puede separarse de su elemento
grotescamente físico.” De todas las artes, continúa el pianista, la música es
la más habilidosa para escapar los filtros del significado. En la ópera, “la
música no nos llega a través de las palabras: las palabras llegan a través de
la música.” La musicalidad se beneficia aquí del intenso contraste con la
fisicalidad. Los cuerpos gordos y sudorosos que la producen suelen contrastar
con la exquisita delicadeza de la música. “El fundamento de la ópera, concluye,
aparece como la oposición entre el ideal musical de la pureza y la cruda
realidad, el vestuario bobo, la trama ridícula, la penosa decoración que se
necesitan para producirla: pero la música esconde en sí misma una realidad tan
brusca, igualmente física.” 

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08, ago 2012

Ser crítico

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Robert Hughes ya había visto a la muerte. La vio sentada frente a un escritorio, como si fuera un banquero. Ningún gesto. Sólo la boca abierta, un túnel negro como el que pintaron los antiguos cristianos. El banquero esperaba que me dejara ir, que entrara a su garganta oscura, recuerda en sus memorias. La invitación me pareció abominable, me llenó de odio al no ser. No era miedo. Era, más bien una apasionada repulsión por la nada en que se convertiría. En ese momento me di cuenta de que no hay nada después de la vida: el único sentido de la vida es la vida afirmándose tercamente contra el vacío y la trivialidad. Esta vez el banquero no lo soltó. Robert Hughes es nada.

Fue porque fue crítico. Así lo dijo en el título shakespeareano de uno de sus libros. No pidas halagos, le dice Yago a Desdemona. Que nada soy si no soy crítico. La crítica no fue un oficio, una ocupación, una fuente de ingresos: fue la condición de su existencia, esa que con pasión resiste la nada y su vecino: lo trivial. “Adoro el espectáculo de la habilidad”, decía. Su vida fue el homenaje a la expresión artística y la ruda impugnación de los farsantes. Era, con orgullo, un elitista cultural. La desigualdad en las artes no hace daño a nadie. La democracia no tiene nada que hacer en esos dominios donde debe preferirse lo bueno a lo malo, la elocuencia al cuchicheo, la plenitud de la conciencia a la conciencia adormecida. La torpeza estética era para él una forma de tiranía manufacturada. El siglo XX dio pocos enemigos de ese despotismo tan briosos y elocuentes como Robert Hughes.

Su pasión no podía ser transigente. En sus crónicas publicadas en Time y en muchas otras revistas hay una deliciosa rudeza. Su reseña a las memorias de Julian Schnabel pertenece a las antología universal del veneno. “La vida no examinada, dijo Sócrates, no merece ser vivida. Las memorias de Julian Schnabel, tal y como son, nos recuerdan que lo opuesto también es cierto. Una vida no vivida no merece ser examinada.” Cuando preparó el documental sobre el arte del siglo XX para la BBC, celebraba un genio que se agotaba a golpe de subastas. En los últimos episodios de El impacto de lo nuevo se advierte su pesimismo sobre el futuro del arte y el efecto devastador del dinero. Poco de lo nuevo le interesó. A pesar de estar convencido de que en el arte no hay progreso, describió la decadencia. Al visitar al coleccionista Alberto Mugrabi y contemplar una escultura de Damien Hirst se preguntó: “¿No es un milagro lo que tanto dinero y tan poco talento pueden producir? Simplemente extraordinario. Cuando veo algo como esto me doy cuenta de que buena parte del arte—no todo, gracias a Dios, pero mucho—se ha vuelto simplemente un tipo de juego repulsivo para la autopromoción de los ricos e ignorantes.” Pero su admiración era también prodigiosa. Supo comunicar el embeleso estético, las capas de sentido que contiene una obra maestra, los desafíos que nos lanza el artista, las maravillas de la ciudad, el significado que el arte nunca impone pero que siempre insinúa.

Lo dice con espléndida elocuencia en El impacto de lo nuevo:  el arte, el verdadero, busca siempre iluminar la totalidad de la experiencia humana, hacerla comprensible. Comunicarnos la gloria y la miseria de la vida sin acudir al argumento. Romper la brecha entre tú y todo lo que no eres tú. El camino del sentimiento al sentido. El arte de la crítica pertenece al mismo dominio. Como custodio de una ambición humana, su prosa aspiró a esa comunicación.

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11, jul 2012

Kessler en México

Kessler - DiaryLlegué a los diarios del conde Harry Kessler (Journey into the Abyss. The Diaries of Count Harry Kessler 1880-1918, Alfred A. Knopf, 2011) por la recomendación entusiasta de Alex Ross en el New Yorker. Se trata del voluminoso registro de un “diplomático imposiblemente refinado que vivió de 1868 a 1937 sin que transcurriera para él un solo día inelegante.” Una mañana cae en el estudio de Monet, cena alguna noche con Degas, le presta dinero a Rilke, discute sobre diseño aeronáutico con el conde Zeppelin, le da a Hugo von Hofmannsthal y a Richard Strauss la idea de “El caballero de la rosa”, acude al estreno de “La consagración de la primavera” y se regresa en el taxi con Cocteau y con Nijinsky, viaja en barco con Rodin. Amigo de la hermana de Nietzsche, la visitó cuando cuidaba al hermano demente. En la mirada del filósofo perdido veía una lealtad conmovedora y un inútil anhelo intelectual: un enorme y noble perro. Cuando Nietzsche murió, Kessler ayudó en los funerales. Después de las ceremonias, apartó la sábana que lo cubría en su ataúd. “Los ojos profundamente hundidos se habían abierto de nuevo.”

Ese personaje que W. H. Auden consideró “uno de los hombres más cosmopolitas que jamás haya vivido” en el planeta visitó México en un par de ocasiones. En sus diarios se recogen sus impresiones sobre las ciudades, la naturaleza, la vida, el arte, la política en el México de finales del siglo XIX. Ahí da cuenta del día en que vio al general Porfirio Díaz, elegante e imponente en una ceremonia en Puebla. Su espanto por la suciedad de Veracruz, su admiración por el Popocatépetl y la luz del valle de México, la poca atracción que sentía por las mexicanas. Pero el visitante no podía desprenderse de su retina estética. No era un sociólogo que retratara costumbres, ni un naturista que clasificara plantas y bichos: era un esteta que sólo podía entender la vida en clave artística. Nabokov llegó a decir que Kessler trataba a las obras de arte como si fueran sus hermanas: seres vivos pertenecientes a su especie. En las páginas que dedica a sus días mexicanos, el país le parece un fascinante laboratorio de cultura.

Al comentar la sorprendente cantidad de iglesias que encontraba en cada pueblo mexicano, no se espantaba con las muestras de fanatismo, tampoco le conmovía la devoción: advertía en los creyentes mexicanos una chispa estética peculiar: el impulso expresivo del católico. Al ver el rostro de los hombres y las mujeres que llenaban los templos, Kessler encontraba la expresión de Rembrandt. “El católico se gasta todo su entusiasmo ético en un instante en la iglesia”. En cambio, el protestante distribuyen su fe a lo largo del día. Mientras el protestante hace de la religión la base moral de su existencia, para el católico es un impulso artístico. Más que consuelo espiritual, los católicos mexicanos le parecen almas en busca de consuelo estético.

La ciudad de México es vista por el melómano como una "sinfonía de color y polvo." No es ciego a la pobreza, pero lo que registra no es la penuria económica, sino la belleza que la resiste. La pobreza mexicana no es sobrevivencia biológica. Aún en la miseria, en el hambre aparece  un apetito por lo antiutilitario, un afán de lujo: joyas y telas exquisitas en las chozas más pobres de México. Alivios estéticos a la pobreza. Hasta los utensilios ordinarios tienen en México formas encantadoras. La vida de los indios podrá parecer económicamente miserable pero es estéticamente fecunda. El mestizaje es para Kessler una fusión de empeños culturales: el de los pueblos originales y el de los españoles. De haberse hundido Europa, Mesoamérica habría dado los artistas, los filósofos, los místicos que justifican la existencia del género humano. Los españoles, por su parte, establecieron una colonia artística en la que nunca pensaron los ingleses. Dos apetitos de expresión forman a México.

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27, jun 2012

Rousseau contra el teatro… y el voto

Mañana se celebra el cumpleaños 300 de Jean Jacques Rousseau, más que un filósofo y un autor, un temperamento, un tono. No descubrió nada pero lo inflamó todo, dijo de él Madame de Staël. En sus festejos se recordará al demócrata y al enemigo de la modernidad, al romántico antiliberal, al revolucionario, al escritor confesional, al crítico de la música, al misántropo que componía himnos a la naturaleza y a la humanidad. Valdría hoy, a unos días de las elecciones, rescatar al vehemente crítico del teatro, porque en su denuncia se encerraba su repudio al voto.

En marzo de 1758, Rousseau le escribió una carta pública a D’Alambert. Respondía a su texto sobre “Ginebra” publicado en la Enciclopedia donde proponía el establecimiento de un teatro en la ciudad. La propuesta le pareció una aberración al moralista. Asumiendo el papel de defensor de la patria reaccionó con un texto donde muestra la perdición que se asoma en el espectáculo dramático. El teatro parecerá un entretenimiento inocente pero implica una degradación inaceptable de las costumbres. Ninguna ciudad que aspire a la virtud consentiría esa diversión inmoral. El teatro convierte la mentira en prestigiosa, el engaño en trivialidad, la falsedad en pasatiempo. El teatro convierte la mentira en actividad profesional. La virtud no puede transigir: exige trasparencia absoluta. Los dobleces del teatro le resultan repulsivo, inaceptables. ¿Cuál es el talento de un actor?, pregunta Rousseau: el talento de aparentar, la capacidad para fingir: “apasionarse a sangre fía, decir otra cosa de lo que se piensa tan naturalmente como si se pensase realmente, olvidar el lugar propio a fuerza de ocupar el lugar de otro? En la actuación hay una prostitución que no puede resultarnos indiferente: el actor pone en venta su persona, se entrega en representación por dinero. Pocos oficios tan indignos, remata Rousseau, como el de simular la vida de otro, fingir las emociones de otro, decir palabras en las que uno no cree.

Si Ginebra ha de ser una ciudad para la virtud debe prohibir esas zonas rojas a las que asistimos con benevolencia, como si fueran pasatiempos moralmente intrascendentes. Debería levantar foros para el debate público, espacios a los que los ciudadanos acudieran para decir su voz, para compartir sus ideas, para defender sus convicciones. Contra el teatro, el republicano pedía proscenio para la oratoria cívica.

La aversión que Rousseau sentía por los actores era sólo comparable con la que sentía por los diputados y era, p, para él expresión de la misma lacra: las farsas de la modernidad. El diputado es, como el actor, un fingidor profesional. Se dedica a representar un papel, a encarnar falsamente lo que no es. Un diputado se dice representante de un distrito, de un estado, de un pueblo pero no lo es, no lo puede ser. Cuando habla, nos dice que expresa la voz de otros, la voz de su comunidad. Nos dice que lleva a la política la voluntad del pueblo. Se pretende un simple trasmisor de las instrucciones de sus electores cuando en realidad defiende sus propios intereses. No es casualidad que el teatro y el parlamento sean espacios de la representación: se trata de hacer presente lo que en realidad no existe. Zonas de tolerancia para la mentira. El actor no es Hamlet, el diputado no es el pueblo. Por eso, de la misma manera que rechazaba el teatro como un espectáculo moralmente degradante, rechazaba el voto que instauraba la mentira colosal de la representación. 

Una buena manera de recordar a Rousseau sería ir al teatro y a votar.

 

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30, may 2012

Josep Pla y las escuelas

Pla - humor honesto y vago

Los candidatos a la presidencia empiezan a alcanzar el acuerdo de que los niños deben estar más tiempo en la escuela. Escuelas con horarios más largos, donde los niños coman y regresen por la tarde, a casa. Si ya es de noche, mejor. Se defiende la propuesta con muchos argumentos y alusión a distintas experiencias en el mundo: los niños tendrán más tiempo para aprender, las madres podrán trabajar la jornada completa, los estudiantes tendrán tiempo para el deporte, las artes y otras asignaturas maltratadas en la brevedad de la jornada educativa. Aunque se aporten muchos documentos de política pública para fundamentar el cambio en los horarios de las escuelas mexicanas, puede encontrarse una razón más profunda para ese empeño de prolongar la reclusión escolar. Habría que ver, en primer lugar, por qué tenemos escuelas. Se lo preguntaba precisamente Josep Pla en un articulito que vale la pena comentar.

“La pequeña tragedia del humorista consiste en no poder dar importancia más que a las cosas serias e importantes,” escribe el escritor catalán en las primeras páginas de su Humor honesto y vago (Ediciones Destino, Barcelona, 1942), un librito que he podido conseguir en la fantástica Torre de Lulio, la librería de la Condesa que Agustín Jiménez mantiene desde hace años. En ese pequeño libro se incluye una nota breve sobre las escuelas. No se crea que hay ahí una compleja pedagogía. Lo que se descubre en el ensayito es una meditación simpática y perspicaz de la razón primera para encargarle a otros la educación de los  hijos, en lugar relativamente distante y aislado. Vale una cita larga:

“La historia del origen de las escuelas, dice Pla,  ha de perderse necesariamente en la noche de los tiempos ya que la tendencia de los padres a encerrar a sus hijos, intermitentemente, en lugares remotos, seguros y de escamoteo difícil es antiquísima. Cuando se analiza, con frialdad esa curiosa tendencia, se observa que su móvil es casi inconsciente. En su fondo hay un hecho indubitable: el descubrimiento de que los seres humanos se aman en proporción a la  lejanía en que viven. La proximidad no es generadora de cariño. La proximidad es belicosa y castrense. Cuando no se puede luchar contra el país vecino, se enzarza uno con el ciudadano de la acera de enfrente y si no, con el familiar más asequible. En cambio, la lejanía mantiene el espíritu en un baño casi permanente de delicada ternura, de blando sentimentalismo, de inefable delicuescencia. La lejanía irisa hombres y cosas, las suaviza, las embellece. Las escuelas nacieron de la tendencia separativa que para mantener avivado y cálido el sentimiento del amor se observa entre padres e hijos. Por esto se habla razonablemente cuando se afirma que las escuelas son una prolongación de la familia. Son una tal prolongación que a veces, lo prolongado se pierde de vista.”

Ahí tenemos el impulso original para construir escuelas: lugares que sirven para rescatar el cariño paternal de las trampas de la convivencia cotidiana. Para salvar el amor, crear la distancia. La primera pedagogía habrá sido así, la vigilancia. Una ocupación básicamente carcelaria: guardar niños para que sus padres los vean por la tarde… con gusto. Pero, como andar vigilando niños es una actividad monótona y francamente triste, se le agregó instrucción a la custodia. Entonces se descubrió que el cultivo de la aritmética y el relato de la historia entretenían a los niños: así nació todo.

Pero la educación, remata Pla, tiene también su contrapartida. Se quería alimentar el amor filial manteniendo lejos a los niños y de pronto el niño se aficiona a la astronomía: estaba destinado a ser dentista y presenta síntomas de comerciante de ultramarinos. “Este muchacho, que hubiera sido feliz de haberse podido mantener en un analfabetismo profundo, ha de resultar, pase lo que pase, arquitecto.” Las escuelas pueden ser peligrosísimas…

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02, may 2012

Pina

Pina
“Pina”, la cinta de Wim Wenders sobre la gran coréografa alemana Pina Bausch es la primera cinta que justifica los anteojos que uno tiene que colgarse para ver una película en tercera dimensión. No es que vuelen criaturas fantásticas por la sala, que el viaje intergaláctico sea más realista con los lentes. Es que la elegía a esta mujer dedicada a desentrañar la expresión del cuerpo humano encuentra en esa técnica un vehículo poderosísimo. El hallazgo técnico nos permite admirar el palpable mensaje de los cuerpos y, al mismo tiempo, contemplarlos con la profundidad, el dramatismo del teatro. Hacer palpable el cuerpo y, al mismo tiempo, contemplarlo como alegoría.

Wenders quería filmar una película sobre Pina Bausch desde hacía tiempo. Admiraba su capacidad para entender el diálogo entre el alma y el cuerpo. El cineasta la reconoció pronto como una de las grandes artistas del siglo XX, uno de lo creadores que penetró más hondo en el espíritu humano. “Nadie leyó el lenguaje del cuerpo humano como ella,” ha dicho. El alma que habla por los brazos, las piernas y la cintura.  Recuerdos alojados en cadencias. Pina Bausch le mostró a Wenders el tesoro del cuerpo, la expresividad del movimiento. El director de Paris, Texas conoció su trabajo en contra de su voluntad. No era una persona cercana a la danza pero por casualidad asistió a una función en Venecia que le cambió la vida. No llegaba a entender por qué lo conmovía el baile de Pina hasta las lágrimas pero se daba cuenta de que el encuentro con su arte era esencial. Desde ese momento quiso filmarla y se lo propuso de inmediato, pero no sabía cómo podría hacerle justicia con su cámara. Sentía que el lente levantaba una pared y que era incapaz de captar la corporeidad, la energía del baile. Veinticinco años incubó la idea de filmarla. Cuando vio los adelantos de la tercera dimensión se dio cuenta que tenía ya el instrumento: finalmente podía romper la barrera del cine y registrar la presencia del cuerpo.

Poco antes del inicio de las grabaciones, la coreógrafa murió. El proyecto no se canceló pero cambió radicalmente. Se volvió una ceremonia de dolor fresco. Una especie de documental de cuerpo presente. La cinta no solamente registra el trabajo de la coreógrafa sino su marca en la vida de los bailarines quienes la evocan en su danza y con palabras para rendirle gratitud.

El documental no cuenta ninguna historia pero capta, en sus breves cuentos, las epopeyas de la emoción humana. Lo primordial no requiere palabras: el amor y el deseo, la frustración y la crueldad, la pérdida, la soledad, el dolor. Cuerpos de todas las edades tocando con la piel todos los elementos, viviendo en su movimiento todas las emociones. El cuerpo retoza con agua, es amarrado a una cuerda de perro sin poder escapar, cuelga de otro cuerpo, se desploma como tabla, se enrosca y gesticula, recibe paletazos de tierra, es manoseado y acariciado con ternura. A veces más gesto que baile, su coreografía brota de la vida misma de sus bailarines. La coreógrafa invitaba a cada uno a buscar, a perderse, a zambullirse en su experiencia. Enloquece un poco más, sorpréndeme. No me importa tanto cómo se mueve la gente, decía: me importa lo que los conmueve. 

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18, abr 2012

La peregrinación de Leibovitz

Leibovitz - Pilgrimage

A Annie Leibovitz se le conoce, sobre todo, por sus fotografías de ricos y famosos. Imágenes diseñadas para la portada de las revistas. Más que retratos, superproducciones de una película que tiene sólo un solo cuadro. Los cantantes y las actrices que ha retratado son personajes de un teatro inmóvil; drama y comedia comprimidos en un instante. Parece que la cámara de Leibovitz eludiera a las personas y se embelesara con los personajes. Piel cubierta de mil ungüentos. Gruesa crema blanca sobre la cara de Meryl Streep, costras de lodo cubriendo el cuerpo de Sting, una tina de leche en la que se baña Whoopi Goldberg. Pintura de disfraces. Posar para ella es disfrazarse de la marca de sí mismo, representar el papel que ella ha ideado para acentuar el encanto o burlarse de él. Hay mucho dramatismo y humor en sus retratos de famosos. Lo que no aparece es la intimidad.

Pero no todo en la fotografía de Leibovitz es creatividad puesta al servicio de un culto, de un negocio. Ha visto la guerra; ha retratado la agonía y la muerte. Su trabajo más reciente representa, de algún modo, el redescubrimiento de la fotografía, un reencuentro con la cámara, el hallazgo de otra luz, la recuperación de la mirada. Se trata de una serie de fotografías que ha reunido bajo el título de Peregrinación. Hace unos meses apareció como libro publicado por Random House. Después de tantos y tantos clics para la glorificación de una industria, Annie Leibovitz camina hacia los sitios de su devoción: fotografiar de nuevo por el placer de fotografiar. Mirar por la felicidad de abrir los ojos.

La primera idea del libro surgió de la mano de Susan Sontag, con quien soñó un libro en coautoría: El libro de la belleza. El proyecto no era más que un pretexto para viajar a los lugares a los que querían regresar o ver por primera vez. Quería tomar fotos como cuando me conmovía tomar fotos, recuerda Leibovitz. Viajar sin agenda, sin presión: tomar una fotografía por el simple gusto de ver algo. En 2004 murió Sontag, su compañera, y el proyecto se transformó en una búsqueda íntima de lugares, personas, recuerdos. El recorrido estaba marcado por esa ausencia y también por la angustia. Leibovitz se sentía exprimida por abogados y contadores, en riesgo de perder los derechos sobre el trabajo de toda una vida. En la bancarrota inició su peregrinación. El testimonio de esa búsqueda es el mejor trabajo de su carrera. Huyendo de la utilería, armada por primera vez de una cámara digital, Leibovitz logra captar el alma de las cosas. Sí: mesas con más vida que los bíceps de Schwarzenegger.

Aquí no hay puesta en escena, vitrinas para el lucimiento de una estrella a punto de protagonizar la película de la temporada. Leibovitz no impone su narración: se abre al cuento que las cosas cuentan. Más que un recorrido de lugares, la fotógrafa fue al encuentro de hombres y mujeres cuyas vidas la han marcado. Hombres y mujeres, todos muertos, que han dejado una estela sobre el agua. Podemos ver el único vestido de Emily Dickinson que sobrevive. Una tela que fue blanca, botones y encajes. Los árboles que veía Virginia Woolf al escribir; el río donde se ahogó. El jardín de Jefferson; su estudio. Las sábanas que cubrían la cama de Georgia O’Keefe y el sol que sigue  acostándose ahí, todos los días. El marco de la cama de Thoureau. Los valles que retrató Ansel Adams. Leibovitz pinta con su cámara a todos estos personajes, aunque no los veamos en ninguna fotografía. Los retrata al mirar su ropa, sus muebles, sus libros, sus colecciones, sus ventantas. Los retrata, sobre todo, porque ve lo que vieron.

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21, mar 2012

Poesía del pensamiento

Steiner - Poetry of Thought

El nuevo libro de George Steiner explora las complicidades de la filosofía y la literatura, las fricciones de la metáfora y el argumento, las afinidades de la música y la metafísica. La poesía del pensamiento (New Directions, 2011) es un libro que fluye, a pesar de su densa, apretada erudición. Podría parecer apabullante la profusión de referencias, la mezcla de dominios, la evocación de tantos tratados y epigramas en cada línea de cada párrafo. Sin embargo, la meditación de Steiner, siendo la meditación de toda una vida, camina con la naturalidad de un paseante que regresa a sus lugares entrañables.  En cualquier página se pueden encontrar alusiones a Descartes y Galileo, a Lucrecio y Wittgenstein, a Proust y a Hegel. No es alarde, es remembranza de lecturas que se han insertado en la columna vertebral. Ideas, imágenes, melodías que son ya indistinguibles del cuerpo de un lector, citas que son como reflejos.

Desde luego, se trata de un libro exigente. Un feliz arcaísmo que nos cree capaces de la concentración del monasterio. Este no es un libro para aficionados al atajo. Steiner pide a quien sujete su libro el viejo arte de la concentración hecho de soledad y de silencio. Silencio, sobre todo, porque para la comprensión hace falta oído y no pura inteligencia. Las ideas no se entienden solamente, se escuchan; las teorías no se explican, se muestran. Sería muy distinto nuestro mundo si prevaleciera la sordera, si careciéramos de vista. Toda filosofía busca una voz, un tono, un ritmo. Se comunica con metáforas, anhela la contundencia de lo visible. Hasta en la crudeza de la lógica más severa, hay una retórica, un estilo. En toda filosofía hay un pulso trágico, un éxtasis. A veces su puntuación es la carcajada. Somos animales dotados de palabra o, tal vez, los únicos animales dispuestos a esbozar metáforas.

La creatividad de la razón se escabulle del lenguaje técnico. Para Steiner el proyecto de la filosofía analítica está condenado al fracaso. Aunque anhele precisión, no puede más que recurrir a la imagen, al símbolo, a la parábola. Hasta las matemáticas tienen un ritmo, una elocuencia, una elegancia. Metafísica y poesía son frutos del lenguaje, búsquedas de verdad, aspiración de entendimiento. La poesía, dice Steiner, “busca reinventar el lenguaje, renovarlo. La filosofía se esfuerza por hacer rigurosamente transparente al lenguaje, purgarlo de ambigüedades y confusiones.”

El ensayo de Steiner es una invitación a escuchar el concierto de la filosofía, a contemplar su pinacoteca. A Marx, por ejemplo, hay que leerlo ya, sin los prejuicios del siglo XX, como el inmenso escritor que fue. Apreciar su pasión literaria, escuchar las muchas voces que aparecen en su ópera, dejarse llevar por su virtuosismo dramático. La arquitectura gramatical del Manifiesto, el compás de su argumento narrativo, la convicción profética, la vehemencia de su tono no tienen paralelo en la historia de la humanidad. Valdría leer al periodista inspirado y torrencial que fue y, sobre todo, la “volcánica” capacidad para arremeter contra sus enemigos. En Marx está Rabelais y se anuncia Celine, se escucha a Víctor Hugo, a Shakespeare y a Dickens. Su filosofía es una epopeya, una aventura trágica donde la razón pretende transfigurarse en acto. Las ideas, dijo Marx, no existen fuera del lenguaje. Y pocos han creído en la fuerza del lenguaje, es decir, en la fuerza de la filosofía como Marx. El pensamiento como un rayo que podrá convertirnos en hombres. La literatura se ha dedicado a explicarnos el mundo. Ahora podrá cambiarlo. 

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07, mar 2012

La política en objetos

38331Hace unos años el Museo Británico seleccionó piezas de su colección para contar la historia del mundo o, más bien, una historia del mundo. El proyecto buscaba describir culturas y civilizaciones a través de cien objetos. Piezas de arte, armas, utensilios, telas, monedas, estatuas, juguetes, muebles. Un relato de recorría dos millones de años en las cosas que ha inventado el hombre para pelearse, para adorar a sus dioses, para ubicarse en el espacio, para comunicarse, para intentar derrotar a la muerte. La colección del Museo Británico mostraba que los objetos condensaban siglos, materializan ideas, le dan forma al temor o la esperanza.

El MODO, el museo del objeto (del objeto), ha tratado precisamente de mostrarnos las historias que encierran las cosas. Ahora presenta una exhibición interesante sobre la propaganda política del siglo XX en México. Aretes para promover la candidatura de Madero, botellas de refresco con la imagen de Ernesto Zedillo, abanicos con el logotipo del PRI, botones de todos los colores, cerillos donde se afirma “Usted decide: comunismo o cristianismo”, costales, paquetes de semillas, gorros, camisetas, plumas y lápices, boletos de camión cortesía del candidato, placas de coche con el nombre de Luis Echeverría.

La colección es un resumen veloz del siglo XX, un vistazo a la política mexicana a través del diseño. Resulta interesante ver la profusión de chácharas en los tiempos de la hegemonía priista. ¿Por qué tal necesidad del recuerdito? ¿Para qué tanto empeño en regalar cosas con el lema del candidato cuando el puesto no estaba realmente en disputa? Los objetos nos recuerdan que las elecciones en el México anterior a la competencia no eran los eventos que decidían quién gobernaría pero eran, sin embargo, momentos políticamente importantes. Rituales de la legitimación que servían al PRI para reiterar sus credenciales históricas y alimentar una idea de futuro. En muchos de los objetos que se muestran en la exposición se percibe una tarea pedagógica. En la campaña no se ofrece un proyecto para contrastarlo con otro en busca del voto. Más que una campaña electoral parecen a veces campañas educativas. La campaña socializa un mensaje político y reitera el cuento de la historia oficial. El candidato priista más que definirse ideológicamente, insiste en presentarse como heredero: la historia continúa de la mano del tapado. En un cartel de la campaña de 1976, significativamente, una campaña sin adversarios para el PRI, el candidato López Portillo muestra a los grandes estadistas de la historia universal. La propaganda política como escuela de civismo; el candidato como profesor de teoría del Estado.

Los objetos de la exposición son curiosos pero su diseño suele ser torpe, carente de creatividad de imaginación. Los logotipos apenas crean una identidad. Supongo que no hay espacio para filosofías complejas en la grafía de una corcholata, una camiseta o un sombrero. Pero en esos objetos útiles, en esas cosas que empleamos a diario y que los políticos nos obsequian (aunque nosotros pagamos) podría haberse reflejado una idea, un estilo, una voluntad de comunicación, un gesto imaginativo. No se encuentra ahí en la imagen gráfica de los partidos y los candidatos, en los lemas acuñados, en el diseño de los objetos. De hecho, la mayor parte de las cosas adquieren naturaleza propagandística por un barniz. La exposición retrata bien que la imaginación, la creatividad han estado ausente de la política mexicana durante demasiado tiempo. 

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22, feb 2012

De turistas, economistas y otros bichos

Julián MezaSólo a los turistas detestaba Julián Meza tanto como a los economistas. Tal vez eran dos especies del mismo bicho. Unos se perdían de las maravillas del viaje por traer el ojo tapado por una cámara de fotos y seguir con prisa puntual las estaciones de una rutina. Los otros creían que la única ventana al mundo era su pizarrón. En la economía veía una prepotencia incuantificable, una ignorancia infinita. Los economistas eran predicadores de un sermón sospechoso: “Si la existencia del planeta dependiera exclusivamente de la economía hace unos diez mil años que habría sido clausurado, puesto en venta y comprado por un venusino privatizador.” Su invectiva encontró blanco en los economistas de los que se burló a placer en diccionarios, ensayos, crónicas y otras diatribas. No lo hizo desde lo lejos, sino en su convento: el ITAM, monasterio entregado al cultivo de eso que llamaba neoteología. Lo hizo ahí remarcando su vocación de marginal.

Fue ahí, en este templo de la técnica, donde insistió en reivindicar los poderes de la literatura. Se burlaba de esa escolástica con numeritos pero también de quienes creen que la política puede estudiarse científicamente. En el primer número de la revista Estudios que dirigió durante muchos años, reivindicó la penetración de la imaginación literaria; la ventaja de la metáfora sobre la fórmula. La literatura ve lo que la ciencia ignora: observa la sociedad con mayor detenimiento que la sociología; entiende los límites del pensamiento mejor de lo que lo puede hacer la filosofía; descifra mejor el misterio de los sueños que el psicoanálisis. El amor a la literatura correspondía a su odio por el fanatismo y la tontería. Hablando de Macbeth, el ensayista ubicaba la voluntad de poder en la cazuela de las brujas, ahí donde se junta lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. La explicación de la imaginación literaria resulta, a fin de cuentas, la “ausencia de explicación.”

No tropezó jamás con la mesura. Nunca sintió la tentación del equilibrio. Su prosa muerde y bromea pero con idéntica desmesura, admira y elogia. Y así va formándose un curioso equilibrio de intensidades: su odio a los lugares comunes era sólo comparable a su reverencia ante el genio. El desprecio a los ídolos del momento no era menos intenso que su homenaje a la luz del Mediterráneo. Antipatías y cariños que brotan del mismo impulso vital de quien se afirma, con la palabra, en el mundo.

El lector que fue sabía muy bien que el hombre no es el sujeto racional de las fantasías filosóficas. Es muy poco razonable, decía su amigo, Edgar Morin, creerle al griego que dijo que éramos criaturas racionales. ¿Homo sapiens? En realidad, la demencia es lo nuestro. Somos locos que en su delirio hacen la guerra y se enamoran. Si se quiere entender al mundo hay que comprender la fuerza soberana de la imbecilidad, esa fuerza omnipotente, ubicua y democrática. “Aun cuando parece ser sólo Uno, el imbécil siempre suma dos.” Julián Meza no lanzaba el dardo a los demás: sabía bien que traemos la imbecilidad colgada como sombra. Pero hay de imbéciles a imbéciles, decía. La más imbécil de las imbecilidades es la que se niega, la que muy seria se rechaza. La más peligrosa tontería es la que se satura de certezas, de teorías, de misiones, de fórmulas, de consignas. Esa es la imbecilidad que amenaza…y cumple. Pero el optimista que en el fondo sí fue creía que podía haber una solución. No lo afirmaba con rotundidad sino como posibilidad, es decir, con esperanza. “Tal vez la haya,” escribió: “rebelarnos contra la mentira, interrogarnos sobre todo, confesar nuestra propia debilidad. Tal vez así puedan tener algún sentido estas palabras de Rilke, concluía Julián Meza: “Lo que finalmente nos salva es no tener abrigo.” 

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08, feb 2012

Wislawa Szymborska

Szymborska (1)Fotografía de Alberto Cristofari

Wislawa Szymborska levanta la cabeza y ve las nubes. Cosas extrañas, caprichosas, indiferentes. Flotarán por lo alto pero no son siquiera testigos de lo que sucede abajo porque les falta la elemental tenacidad del curioso. Una nube es, en una milésima de segundo, otra nube. Viéndolas tan distantes, tan caprichosas, descubre parentesco en las piedras que, como nosotros, tienen los pies sobre la tierra.

Wislawa Szymborska toma una piedra y habla con ella. Soy curiosa, le dice: quiero entrar en ti. Sin hablar, la piedra la rechaza. Soy de piedra, le dice la piedra. Aún pulverizada soy hermética: no tengo puertas ni músculos para la risa. No entrarás en mí, repite la piedra ante la insistencia: te falta la sabiduría de quien es parte: ningún sentido sustituye a la humildad de quien se admite fragmento.

Wislawa Szymborska abre la mano a una gota de agua que cae del cielo. En la gota está el Ganges y también el Nilo, la humedad en los bigotes de una foca y el líquido de una vieja vasija china. En esa gota, todo el mundo y todos los tiempos: alguien que se ahogó y quien fue bautizado. En una gota de lluvia, siente que el mundo la toca, delicadamente.

Wislawa Szymborska camina y encuentra un escarabajo muerto. Un horror moderado que no le provoca tristeza. Parece que al bicho nunca le sucedió algo importante. Su fantasma no nos espantará por la noche. Lo que cuenta es sólo lo que se acerca a nuestra vida: sólo nuestra muerte goza de primacía.

Wislawa Szymborska platica con sus plantas. Tiene nombres para ellas: arce, cardo, narciso, brezo, enebro, muérdago, nomeolvides pero ellas no le han puesto nombre a quien las riega. Quisiera explicarles qué se siente tener ojos y no raíces, pero ellas no le  preguntan nada a quien es tan nadie.

Wislawa Szymborska no sabe qué es la poesía. Sabe que a unos les gusta pero a la mayoría no. A los que les gusta, les gusta como una buena sopa de fideos o una bufanda. No sabe lo que es la poesía pero se aferra a ella como un pasamanos. La poesía es, tal vez, la posibilidad de hacer perdurar: la alegre venganza de una mano que morirá.

Wislawa Szymborska ve una fotografía del 11 de septiembre. Hombres que se lanzan al vacío. Escapan de la muerte arrojándose a ella. Estampas que congelan el último instante de una vida. Sólo puedo hacer dos cosas por ellos, dice: describir su vuelo y no decir la última palabra.

Wislawa Szymborska escudriña palabras. Al decir Futuro, la primera sílaba es ya pasado; al decir Silencio, lo mata; al pronunciar Nada inventa algo que no cabe en la no-existencia. Todo es una palabra impertinente y vanidosa que debería llevar siempre la advertencia de las comillas. Cree que abraza, reúne, recoge y tiene pero es un jirón del caos.

Wislawa Szymborska se asombra. Todo lo escribe entre el paréntesis del quizá y del no sé. No sabe por qué está aquí y no en otro lado, por qué viste una piel y no una cáscara. No sabe por qué está sola y con ella misma. Sólo en el escenario descubre de qué trata su obra. Si algo sabe es que la vida se vive al instante. Nunca un miércoles ha sido ensayo de jueves.

Wislawa Szymborska habrá sonreído cuando escribió

No sé si para otros,  
para mí esto es del todo suficiente  
para ser feliz e infeliz:

Un rincón modesto,
en el que las estrellas den las buenas noches         
y hacia el que parpadeen    
sin mayor significado.

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31, ene 2012

Entre lo bello y lo atractivo

De un artículo de Savater: 

¿Cuál es la diferencia entre un rostro bello y uno realmente atractivo? Pues que el bello omite los defectos y el atractivo los tiene, pero irresistibles. La perfección que respeta todas las normas clásicas merece el encomio gélido del museo, pero cuando la imperfección acierta nos la queremos llevar a casa y vivir con ella y para ella. Se hace admirar lo que cumple las pautas y se hace amar lo que las desafía. Y eso en todos los campos, eróticos o artísticos. Hasta en política…

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25, ene 2012

Posar para Freud

Freud - admiradora secreta foto
Fotografía de John Riddy

En la edición de Vanity Fair que circula ahora, la que lleva fecha de febrero de 2012, puede encontrarse un artículo interesante firmado por David Kamp sobre el mundo de Lucian Freud. El ensayo retrata a un pintor que insistía no competir con su arte. El artista, decía, sólo debe aparecer en su obra, como Dios es visible sólo por la naturaleza. Es difícil tomarle la palabra. Freud no fue solamente un artista, fue un personaje, un hechicero, una fuerza magnética.

El crítico australiano Sebastian Smeee, un escritor que pertenecía al círculo de amistades de Freud, nunca dejó de sentir miedo al estar a solas con él. Había afecto pero nunca desapareció el temor a ser subyugado por sus ojos. Estar con él, dice, era sentir la carga de un vivo riesgo emocional. El peligro de caer de su gracia y ser expulsado de su reino. No es que fuera grosero o agresivo. De hecho, solía ser amable y afectuoso, pero la severidad de su mirada parecía darle un poder infinito. Un poder al mismo tiempo atractivo y repelente; seductor y abominable. La leyenda de Freud tiene un territorio: el estudio donde sentaba a sus modelos para ser examinados durante larguísimas horas, largas semanas, muchos meses.

David Hockney posó para él. La experiencia le resultó fascinante. Le sorprendió la lentitud del retratista. Lo pintó en un lienzo pequeño, pero tardó más de 120 horas en terminar el cuadro. Freud se tomaba su tiempo y hablaba. Durante todo ese tiempo, hablaron de todo, de sus vidas, de amigos comunes, de chismes. Le importaba que su modelo hablara para registrar los movimientos de su cara, capturar la expresión, la vida. Los ojos del pintor no se quedaban en su órbita, taladraban al modelo. Su mirada te atravesaba, dice Hockney. “Podías darte cuenta de que estaba trabajando en una parte de tu cara, en el cachete izquierdo u en otra parte porque sus ojos se clavaban en esa zona y te perforaban.”

Martin Gayford publicó un ensayo sobre la experiencia. La recuerda como una visita al dentista—pero mucho más intensa. Freud pintaba discutiendo consigo mismo. Murmuraba la riña de sus trazos: el retrato era el rastro de una batalla. Fricción de las facciones; las muchas expresiones de un rostro combatiendo entre el pincel y la tela. Cuando se concentraba, recuerda Gayford, se daba instrucciones a sí mismo: “Así” “No, no, no lo creo.” “Un poco más de amarillo” “Menos café.” Un proceso vigorosamente deliberativo, concluye.

Alexi Williams-Wynn, una estudiante de escultura, le envió en 2004 una carta de admiración. Freud le respondió de inmediato invitándola a tomarse un té. Posó luego para él y se volvieron amantes. Hay un retrato extraordinario que la pinta sentada desnuda, abrazando la pierna del viejo pintor en el estudio. El cuadro enmarcó el amor. Fueron amantes el tiempo que Freud tardó en pintar el cuadro. Cuando terminó el cuadro se acabó la relación. El egoísmo, entendió ella, es necesario para el arte verdadero. Jeremy King, un crítico que también posó para él, coincide. Freud me enseñó que el egoísmo es honestidad: “éste soy. Esto es lo que me gusta hacer. Si lo aceptas puedes entrar en mi vida pero no trates de convertirme en lo que no soy.”

El imperio de su egoísmo subordinó todo a la pintura. Sus catorce hijos sufrieron su distancia, su desapego. La única forma de no odiarlo era entenderlo y sólo lo entendieron, sólo lo conocieron y algunos lo llegaron a querer al posar para él.

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03, ene 2012

La serenidad frente al caos

Simic - LevineEn 1972 la revista de poesía Crazy Horse entrevistaba a Charles Simic, un poeta de 34 años. El reportero empezaba con la misma pregunta que le hacía a sus entrevistados para poner el mantel de la conversación: ¿Me podría usted hacer un esbozo de su vida? La respuesta de Simic fue cortante: “No. Aborrezco las biografías.” Lo que importa de un poeta debe estar en sus poemas. Lo demás es chisme. Resulta interesante que el afanoso memorialista rechazara tan contundentemente la biografía. Su respuesta no eludía el recuerdo sino la cápsula que comprime una vida, la síntesis, el orden, tal vez, la cronología de su propia existencia. Pero nada está tan vivo en la obra de este poeta esencial de nuestro tiempo como su propia memoria: los recuerdos de su infancia, las voces de su familia, su insomnio, el tatuaje de sus pesadillas, las conversaciones antiguas, los sabores que no abandonan el paladar.

Simic no podría haberse despojado de sus recuerdos. Cuando tenía tres años, una bomba cayó en el edificio que estaba frente al suyo, en un barrio de Belgrado. No voló en columpios ni en resbaladillas. Jugaba en las ruinas de la ciudad. Si había una casa derruida que conservaba una escalera en pie, él y sus amigos lo convertían en el parque más divertido. Casi treinta años después de los bombardeos en Belgrado, Simic conoció casualmente a un hombre que lo había bombardeado. En un encuentro literario en San Francisco, Simic le comentó a un poeta norteamericano que regresaba de un viaje por Belgrado. Conozco muy bien esa ciudad, le comentó, dibujándole un mapa de la ciudad en el mantel. ¿Cuánto tiempo ha pasado ahí que la conoce usted tan bien?, le preguntó Simic. Nunca la he pisado, le contestó. Sólo la he bombardeado unas cuantas veces. Asombrado, Simic le reveló que en aquel entonces él vivía ahí, que lo había bombardeado. El hombre quedó conmovido y no dejaba de pedir disculpas. Simic restó importancia al asunto. Richard Hugo, ese piloto que se convertiría en poeta, le escribiría tiempo después un poema continuando su disculpa.

Simic suelta ahí el recuerdo y pasa a otra cosa. Los eventos más terribles son evocados con extraordinaria ligereza y sabiduría. En su poesía, lo trivial se entremezcla con lo más profundo. “Esto es lo que es la gran poesía: una magnífica serenidad frente al rostro del caos. Lo suficientemente sabia como para fingirse tonta.” Sus primeros editores protestaban por sus bichos y sus cucharas, pero él sabía, con William Carlos Williams, que las ideas sólo están en las cosas.

A Rafael Vargas debemos la mejor compilación de sus ensayos disponible en nuestra lengua. La editorial Cal y arena acaba de publicar El flautista en el pozo. Ensayos escogidos 1972-2003. La base de la compilación de Vargas parece ser Una mosca en la sopa, el soberbio libro de memorias que Simic publicó en 2003. A las memorias se le han agregado impecables ensayos sobre poesía escritos a lo largo de tres décadas. El flautista se puede leer así como uno de los cuadernos que Simic carga por todos lados. Una libreta sin mucho orden donde aparecen el aforismo, la crónica, el ensayo y el poema. La argolla que mantiene unidas todas las hojas de esta carpeta es, sin duda, la poesía. ¿Cuál es su vecindario? ¿Cuáles son sus vínculos con el tiempo, con el pensamiento? Mi tema, dice, es “la poesía en tiempos de locura.” Un lenguaje que no expulsa a la historia y se aferra al empeño de comprender.

Encuentro en Simic que la poesía auténtica acaricia la misma tela de la música: lo inefable. “La tarea de la poesía es encontrar maneras de señalar a través del lenguaje lo que no podemos poner en palabras.” Pero este lenguaje fastidia, incomoda. Tal vez sus pellizcos provean el mayor placer. “Lo mejor acerca de la poesía es que molesta mucho a los maestros, predicadores y dictadores, y a todos los demás nos alegra.”

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