Arte

18, oct 2017

Job con faldas

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En una de las primeras anotaciones en su diario, Marina Tsvietáieva describe su día. Escribe desde una buhardilla moscovita y cree que es el 10 de noviembre de 1919. No lo sabe bien. “Desde que todos viven según el nuevo estilo, nunca sé qué fecha es.” La poeta pierde el registro del calendario pero lleva contabilidad de su desgracia y también de las alegrías inesperadas. La revolución que un día imaginaba como la esperanza de vida la ha sumido en la pobreza más terrible. Su penuria, sin embargo, no tiene color político. Quizá lo más sorprendente de sus Diarios de la Revolución de 1917 es el modo en que aborda el cataclismo histórico. El miedo, el hambre, la persecución, la muerte aparecen como señales trágicas de lo humano, no como impuestos de una tiranía. Cortando leña, buscando el pan, cuidando el fuego Tsvietáieva permanece al margen de los ejércitos. En 1920 escribe:

De izquierdas como de derechas
Surcos ensangrentados
Y cada herida:
¡Mamá!
Y yo, enajenada,
Sólo oigo eso,
Tripas—en las tripas:
¡Mamá!
Todos tendidos juntos—
Nadie podría separarlos.

Mirad: un soldado.
¿Dónde está el nuestro? ¿Dónde el suyo?
Era blanco—es rojo:
La sangre lo ha enrojecido
Era rojo—es blanco:
La muerte lo ha emblanquecido.

La poeta escapa de la dictadura de la política al tocar lo esencialmente humano. Aún en los momentos en que la política impone con mayor fiereza su imperio, toca un dolor que es indiferente a la historia. Admirable lección en el siglo de los fanáticos: el sufrimiento no tiene patria, ni idea, ni causa; no sirve a utopía alguna, no redime. En la poesía no hay denuncia, hay testimonio.

Mi desgracia, dijo la poeta de la tragedia, es que no hay nada en el mundo que me resulte exterior: “todo es corazón y destino.” Por eso todo en su poesía es ruptura, abismo, fin. Ruptura: un muro de siete letras y tras de él, el vacío. El “Poema del fin,” captura el acontecimiento del desamor.

El beso de corcho en los labios,
mudo,
como quien besa la mano
a una dama anciana o a un muerto.

Aprieta el puño—un pez muerto—
el pañuelo. –¿Nos vamos?
–¿A dónde? Elige: precipiocio, bala, veneno…
La muerte—en claro.

La tragedia es mujer, recuerda Brodksy, en el sobrecogedor recuerdo de Tsvietáieva, donde la encumbra como la cima poética del siglo XX. Nada menos. Su literatura captura la experiencia de un dolor específicamente femenino. Un Job con faldas, la llama. Por eso Tsvietáieva llegó a dictarle una orden al supremo: “Dios, no juzgues. Tú nunca fuiste mujer en esta tierra.”

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22, jul 2017

Warhol y el fascismo de la banalidad

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Que vivimos tiempos warholianos se ha dicho desde hace tiempo. Idólatras de la mercancía, devotos de la fama, buscamos ser el publicista perfecto para la marca que somos. Todos seremos famosos durante quince minutos, profetizó Warhol para jugar después con su pronóstico. ¿Será que dentro de quince minutos todos seremos famosos? ¿O que quince serán las personas famosas en el futuro? Nadie se atrevería a cuestionar el influjo de Warhol en la escena del arte de nuestro tiempo. Sus imágenes y sus imitadores están por todas partes. Pero no solamente se percibe su presencia en las galerías y en los museos. Warhol está en el punk y en las revistas que glorifican a los famosos, en los likes de Facebook y en los reality shows, en la autopromoción como forma de vida, en las epidemias de imágenes, personajes, escándalos. Y en la política, el warholismo reina sin adversarios.

Con la convicción de convocar a un profeta de nuestro tiempo, el Museo Jumex se ha entregado al artista de Pittsburgh. En el magnífico espacio de Chipperfield pueden contemplarse las imágenes que han formado el tapiz de nuestro paisaje. Ahí están los colores elementales, los mosaicos de repeticiones, los retablos de famosos, sus chillantes piezas decorativas, sus fallidas estampas de la tortura. Las serigrafías que juegan con los matices de rostros y de flores y que se han convertido en lugar común de nuestra cultura visual. Ahí están sus Jackies y sus Maos; sus autorretratos, sus choques y sus sillas eléctricas. Vale advertir que el visitante no se podrá sacar una selfi delante del azulejo de Marilyns o frente a la pareja de Elvis. Los Warhol son, naturalmente, marca registrada. Tal vez sea frustrante para algunos no encontrarse con las cajas de detergente en las que Arthur Danto identificó el cadáver del arte.

 

El artículo completo puede leerse en Letras libres de julio.

 

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29, may 2017

Roberto Rébora y la maldita perspectiva

Materia y discurso de fe; Roberto Rebora Giorgio Vasari vio en la perspectiva la maldición que habría de condenar a Paolo Uccello a la mediocridad. Habría sido el más gracioso, el más imaginativo de nuestros genios si no hubiera sido presa de ese embrujo. Si hubiera trabajado en serio en las figuras y formas que aparecen en sus cuadros, no se habría perdido en los detalles de la perspectiva. Pero esa disposición de las formas en el espacio, ese diálogo de las distancias lo cautivó a tal punto que volvió estéril el talento. A la maldita perspectiva le atribuye Vasari también la soledad, la melancolía, la pobreza de Pablo el Pájaro. Advierto en la pintura de Roberto Rébora una obsesión paralela. Una exploración de las dimensiones pero, sobre todo, una reflexión sobre los vínculos entre los cuerpos. La perspectiva escudriña la relación de los objetos en el espacio. La relación entre los hombres y las cosas, entre el hombre y el hombre, entre el hombre y las emociones, la partícula y el todo. En las habitaciones de un cuarto de hotel, en el cruce de los caminos, en una esquina, las mujeres que retrata están solas. Arte de la soledad. Así sea en la maraña de los coches y edificios, sus personajes están solos. Estampas que narran la desolación de la culpa, del arrepentimiento, del deseo, de la cavilación. Cuadros que son historias detenidas. La elocuencia del instante emocional. El vacío es uno de los personajes constantes en la pintura de Rébora. Muros que imponen su corpulencia física como peso del absoluto. Entre el paredón y nosotros, hombres y mujeres (sobre todo mujeres) que nos dan la espalda. Figuras cabizbajas, encorvadas. La ansiedad está en la figura, no en el rostro. Como en las esculturas de Henry Moore, es la flexión de los volúmenes la que transmite ánima.   El artículo completo, en Letras libres…

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25, oct 2016

La mujer que fue un museo

El día que Hitler entró a Noruega, Peggy Guggenheim entraba al estudio de Léger para comprarle un cuadro por mil dólares. Poco después, mientras los alemanes marchaban hacia París, regateaba con Brâncuși para hacerse de uno de sus maravillosos pájaros. Las lágrimas se le escurrían al escultor al despedirse de la pieza. Guggenheim se había propuesto comprar una obra de arte cada día. Los artistas huían de la ciudad mientras ella sacaba la chequera. No eran días fáciles para ella tampoco. Corría peligro. Pudo haber terminado en un campo de concentración. Logró formar una de las mejores colecciones de arte del siglo XX. Tal vez debería estar entre los grandes héroes del arte moderno. Sin su intervención y su cuidado obras cruciales del surrealismo y la abstracción habrían sido robadas o incineradas en las piras del arte degenerado. Cuando le quedó claro que su colección no estaba a salvo en su apartamento parisino le buscó refugio. Léger sugirió acercarse al Louvre para que le permitiera usar el escondite donde resguardaba sus tesoros. Los directores le cerraron las puertas. Las obras les parecieron indignas de su protección. Lo que no consideraron merecedor de su cuidado fueron obras de Kandinski, Klee, Picabia, Miró, Ernst, De Chirico, Dalí, Magritte, Mondrian, Giacometti, Arp. Este desaire del museo puede parecer hoy una insensatez monstruosa, pero no era del todo extraño que en 1940 se dudara de su valor artístico. Las obras eran demasiado modernas; su mérito, dudoso. Ella decidió empacarlas junto con vajillas y sábanas y llevarlas en barco a Estados Unidos.

En estas estampas de transacciones bajo acoso puede verse un ansia por el arte que reta la prudencia. El arrojo, la temeridad de una coleccionista que no se detiene ante los riesgos. Una manía que es una forma de la adicción. También se aprecia una fe en los artistas que procuró, su convicción de que esos lienzos, esas formas, esos juegos eran la voz de un siglo. Una intuición del futuro anida en los afanes del coleccionista. Guggenheim no buscaba simplemente adornos para sus mansiones, joyas para decorar sus fiestas, lienzos para impresionar a los invitados. Creía que su sitio en el mundo, el sentido de su vida estaba ahí, en el cuidado del genio contemporáneo. También es cierto que en el furor adquisitivo se asoma al igual la sombra de un vacío. En la necesidad de llenarse con la creatividad de otros se advierte un hueco profundo, una carencia primordial.

La ensayista Francine Prose (Nueva York, 1947) ha escrito recientemente una rica biografía de la coleccionista. La publicó el año pasado la Universidad de Yale en su colección “Vidas judías” y Turner la acaba de editar en español, traducida por Julio Fajardo Herrero. Es imposible abordar la vida de Peggy Guggenheim sin recurrir a su principal fuente: el chisme. Imposible recorrerla sin hacer inventario de mil nombres famosos que se cruzaron por su vida. Su biografía está llena de infidencias y exhibiciones, de alardes y secretos. Una vida hecha de tragedia y vanidad. Antes de haber cumplido los cuarenta, Peggy Guggenheim había sufrido la muerte de su padre en el Titanic, la muerte de su hermana Benita, dando a luz; la muerte de sus sobrinos pequeños al caer misteriosamente del balcón de un edificio cuando estaban al cuidado de su hermana Hazel. El sexo y el arte parecen haber sido los asideros de una vida plagada de pérdidas. Sus memorias, ridiculizadas por muchos como literatura de tabloide, también recibieron elogios: una Casanova del siglo XX. ¿Cuántos maridos ha tenido?, le preguntaron alguna vez. Ella respondió con otra pregunta: ¿míos o de las otras? Los suyos, hay que decir, fueron especialmente violentos y humillantes.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de octubre.

 

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21, sep 2016

Arquitectura de la bahía

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El arquitecto renacentista Leon Battista Alberti vio la ciudad como una casa y a la casa como una ciudad. La única diferencia entre ellas era la escala: la ciudad era una casa enorme, la casa, una ciudad pequeñita. La ciudad y la casa, cada una con su espacio para lo público y lo íntimo, para el alimento y la distracción, para la fiesta y el silencio. Parques y jardines, restoranes y comedores, bodegas y cajones, calles y pasillos. Nuestro vocabulario apenas distingue los ámbitos. Pero la correspondencia entre estos aposentos va más allá de las medidas. No hay casa que no esculpa, de algún modo, la ciudad. No hay ciudad que no perfore, por algún hueco, la casa. Por eso la arquitectura, siendo resguardo de intimidad, es, de las artes, la más pública. Nadie lo entendió mejor entre nosotros, que Teodoro González de León.

La casa se abre a la ciudad en su arquitectura. Lo privado se oxigena de lo público. No hay forma de pensar o de hacer arquitectura que no sea pensar y hacer ciudad. Hasta la habitación para el más solitario residente, traza en su fachada los contornos del pueblo. Nuestra ciudad tendrá la puntuación de González de León hasta el fin de sus tiempos. Sus casas, sus torres, sus museos, sus teatros son brújula y remanso. Un paréntesis de orden en el caos.

Teodoro González de León no dejó de experimentar jamás. Sus pesados volúmenes hieráticos se izaron para adquirir transparencia. Su línea conoció la curva. Lo que nunca dejó de incorporar a sus proyectos fue el vacío. Como el músico trabaja con silencios, el arquitecto exalta el vacío. En el vacío de sus patios está contenido su genio. Ahí se expresa, en primer lugar, la vitalidad de una tradición. La incorporación creativa de las más antiguas referencias. No es retórica, es su lenguaje. Imposible dejar de reconocer en sus composiciones esa huella del pasado colonial o prehispánico. Imposible desconocer el atrevimiento de sus reinvenciones. Él, desde luego, habría rechazado este carácter evocativo. No buscaba celebrar la tradición, vivía en él, como vivía la tradición en los colores de Tamayo. En esas plazas está también su apuesta de sentido: el patio reina. Ahí está la hospitalidad que integra, comunica, ventila, armoniza. En el patio puede reconocerse también su apuesta cívica. El patio es la horizontalidad que permite el encuentro y rompe jerarquías. Son la plaza y el patio los espacios que ofrecen en lo público y en lo privado, sitio para el encuentro. Afirmar estos espacios de encuentro en tiempos de codicia inmobiliaria, defender la alegoría en la guerra de los voraces es una de las más elocuentes apuestas de convivencia que se han plantado en el país.

Pensar en sus edificios más emblemáticos nos conduce directamente a la contemplación de lo no edificado. En sus patios se expresa su esperanza de que la arquitectura se impregne de azar y facilite las hermandades: comunicación entre personas y encuentro con el arte. Si algo le entusiasmaba de proyecto del Manacar que dejó inconcluso era que el mural de Carlos Mérida que se había rescatado, se vería desde la calle. La recuperación del Auditorio Nacional da la bienvenida a la ciudad. El teatro se baña en las aguas de su avenida más hermosa. La piedra da la bienvenida a la intemperie. La arquitectura pensada como la bahía de la ciudad. Con el binomio de la plaza exterior y el patio interior juega en muchos proyectos. Está los trazos generosos de sus mejores trabajos: en el Infonavit y en El Colegio de México, en el Museo Tamayo y en el MUAC. Hacia fuera, los brazos extendidos, hacia dentro, la mano abierta.

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15, ago 2016

El presentimiento de El Bosco

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En un dibujo cargado de alegorías, El Bosco trazó las siluetas de un paisaje estrecho. Un árbol seco sirve al descanso de un búho y un zorro. Sobre el tronco hueco vuelan y reposan los pájaros. Detrás del tallo, una arboleda viva y tupida. Entre los árboles llenos de hojas, un par de orejas gigantes; frente al árbol pelón, ojos como piedras sueltas. Es innecesario el nombre del dibujo: “El campo tiene ojos, el bosque tiene oídos.” En efecto: la naturaleza de El Bosco se puebla de órganos humanos mientras el hombre se hace pájaro, piedra, rama. A la imagen, el artista agrega una leyenda: “Del espíritu mezquino es propio emplear solo estereotipos y nunca ideas propias.” Sus imágenes no pueden ser más que suyas. No calca el mundo porque enreda sus reinos. ¿Habrá usado el pincel alguien tan libre de ese lugar común que tomamos por realidad? ¿Alguien que haya logrado, como él, la polinización universal: flores injertadas en bestias, hombres dando forma a los montes, cebollas que acogen oratorios. Paradisiaca o demoniaca anulación de las especies. La imaginación de ese “creador de demonios” rompe la dictadura de los géneros y su manía clasificatoria. ¿Habrá alguna pintura más rica en asociaciones insospechadas, en mezclas delirantes? ¿Será el suyo, libérrimo imperio de la hibridez, el dominio de lo indescifrable, de aquello que, al escapar del tópico, se resiste a lo razonable?

¿Qué vemos? Brochetas de ranas, víboras y humanos, gigantescos rodillos de espinas perforando cuerpos, diablos con panza de hoguera, un demonio con patas de gallina en la frente, doctos escarabajos con anteojos, un puercoespín violando a un hombre en el campo, un espantoso pájaro patinador con sombrero de embudo invertido del que brota una rama, de la que cuelga, a su vez, una pelota. Su pico pincha una inscripción indescifrable. La capa lleva un símbolo ominoso. Una pareja se toca amorosamente dentro de un gota de agua. Debajo de ella, el bulbo de una flor sirve de casa o de nave. Su cara se asoma por un pequeño tubo transparente al que ha trepado un ratón. Hay personas sin tallo: cabezas a las piernas atadas. Hay árboles que son madonas y a la vez capullos. Hay cuerpos que son montañas, jinetes que cabalgan sobre peces voladores. Los culos son blanco de las flechas, floreros, lienzos de una partitura. La vegetación es una catedral habitable. La frontera de lo humano, lo natural y lo fantástico se borra. Miniaturas que sólo al más atento se revelan.

El artículo completo puede leerse aquí

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18, jul 2016

Civitas Ludens. La ciudad y los juguetes de Noguchi

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Nos aburrimos en la ciudad, escribió Ivan Chtcheglov en un manifiesto de 1953. El filósofo que prestó ideas a la Internacional Situacionista y que soñó volar la torre Eiffel, antes de ser encerrado en un hospital psiquiátrico, quería una ciudad para el placer y la devoción. Haciéndola una inmensa fábrica, le hemos arrancado toda poesía, todo gozo, todo juego. Ya no le construimos templos al sol. Circulamos con prisa por calles desalmadas, habitamos edificaciones sin mito. Para una civilización mecánica, una arquitectura frígida. “Dejémosle el estilo de Monsieur Le Corbusier a él mismo. Un estilo apropiado a las fábricas y los hospitales que, sin duda, lo sería eventualmente para las prisiones. (¿No construye ya iglesias?) La represión psicológica que domina a este individuo –cuyo rostro es tan horrible como su concepción del mundo– lo mueve a someter a la gente bajo innobles masas de concreto reforzado […] Su influjo cretinizador es gigantesco. Una maqueta de Le Corbusier es la única imagen que me sugiere inmediatamente la idea del suicidio. Está destruyendo los últimos resquicios del gozo. Y de amor, pasión, libertad.” Chtcheglov veía en el urbanismo contemporáneo una conspiración contra la naturaleza y la imaginación. Sedentarismo que rompía la conexión del hombre con el cosmos: la luz eléctrica niega los misterios del atardecer, los climas artificiales rechazan el reloj de las estaciones. Atada a sus cimientos, la ciudad castiga el movimiento. Para el amigo de Guy Debord, los sueños de De Chirico eran el mejor trazo de un urbanismo abierto a los misterios de la contemplación.

No imagino a Isamu Noguchi celebrando la invectiva de Chtcheglov contra Le Corbusier pero creo que le habría maravillado ese sueño de una ciudad movediza, regida por el azar y las mudanzas. La polis como un laberinto para el arte y el juego. El parque, el jardín –no el palacio ni la iglesia–, convertidos en el núcleo de cualquier barrio. Noguchi quiso insertar su arte en la ciudad por esa vía: el juguete público. Transformar el paisaje de la ciudad no por lo que sus habitantes pueden ver sino por lo que pueden hacer. Escalar el arte, deslizarse o columpiarse en él; sumergirse, esconderse ahí.

El artículo completo puede leerse aquí…

 

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15, jun 2016

Ceremonia del entusiasmo

El Colegio Nacional celebró el viernes pasado los noventa años de Teodoro González de León. Reunió a colegas suyos, a admiradores de su obra que hablaron de su trabajo a lo largo de las décadas. En dos mesas se escucharon elogios al lenguaje de sus edificios, a las ideas detrás de sus plazas, a su noción de la ciudad, a su exploración de materiales y de formas. Al tomar la palabra al final del evento, el patriarca de nuestra arquitectura agradeció el pastel y compartió sus entusiasmos. No discurrió, como podría imaginarse en una ocasión como esa, sobre la filosofía de su arquitectura, sus grandes logros, sus piezas más entrañables. No desarrolló sus propuestas para la ciudad, no trató de hacer síntesis de su trayecto artístico. No dirigió un mensaje grandilocuente a los jóvenes arquitectos. Habló del gozo de su viaje más reciente. Compartió su la emoción de reencontrarse con su maestro y de redescubrir una ciudad que no había entendido del todo. Una bellísima ceremonia del entusiasmo.

Gracias a Miquel Adriá, quien prepara un documental sobre él, volvió hace unos días a París y a Marsella para reencontrarse con las obras en la que trabajó muy joven con Le Corbusier. González de León volvió al departamento de su maestro para reconocer el lugar donde colocaba los libros, revivir las tardes en las que comían en una mesa de mármol. Vio de nuevo la cama donde dormía Le Corbusier. Una cama, recuerda, incómodamente alta. Había que esforzarse para treparla. Era, sin embargo, la posición exacta asomarse por la ventana y ver el bosque al despertar.

Evocó entonces su viaje a San Petersburgo donde lo encontró su cumpleaños. Ahí pasó siete días esplendorosos que le permitieron reconsiderar sus primeras impresiones de la ciudad. Quienes lo oímos en el antiguo convento de la Esperanza tuvimos el privilegio de escuchar una cátedra viva sobre la historia de la ciudad y sus creadores, sobre sus edificios antiguos y construcciones recientes, sobre el hormiguero de su industria naval, sobre las líneas de su croquis. La soberbia complejidad de su manufactura urbana. Escuchamos, sobre todo, un conmovedor homenaje a Carlo Rossi, el arquitecto al que San Petersburgo debe sus espacios más admirables.

Teodoro González de León no solamente piensa formas; piensa en formas. La arquitectura no es su lenguaje, es su inteligencia. Sabiduría del trazo y los volúmenes. Al hablar esculpe con las manos las formas que recuerda o imagina. Extiende con los dedos una avenida, traza un pasillo con el índice, alarga con las mano el tallo de una torre, envuelve como a una pelota las plazas, acaricia las curvas, pellizca los detalles. El hombre del cumpleaños colocó en el centro de su festejo a su maestro Le Corbusier y a Rossi, urbanista de perfección neoclásica. Recién desempacado del viaje, González de León seguía deslumbrado por la capacidad del arquitecto ruso para integrar el río a la ciudad, su habilidad para reordenar lo existente, su visión para levantar edificios impecables. En ninguna parte del mundo un arquitecto ha dejado un legado tan importante en su ciudad como Rossi la dejó en San Petersburgo. No es el creador de la ciudad porque las ciudades no son nunca, no pueden ser, dictados de una sola voluntad. Lo ha dicho González de León: el azar es el gran constructor y destructor de las ciudades. Pero Rossi, advierte el creador de tantísimos faros en la ciudad de México, es es padre de los mejores espacios de San Petersburgo. Se hace ciudad, se salva ciudad a pedazos.

El hombre que festejaba sus noventa dijo entonces: aquí se me acabó. Eso es lo que quería decir. Mi nuevo viaje me cambió totalmente la visión que tenía de San Petersburgo. Ahora entiendo lo que antes no había registrado bien. “Vi unas cosas que había visto mal. Lo tengo que corregir.” El arquitecto celebra la vida festejando el hallazgo de su error. Y la tarea que tiene por delante…

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03, jun 2016

El ensayista como cartero

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George Steiner presenta su nuevo libro como una serie de fragmentos “un poco carbonizados.” Líneas rescatadas de un viejo incendio, cuyo sentido pretende descifrar. Un breve cuento aparece como epígrafe. Habla el crítico de una vieja biblioteca privada que fue desenterrada hace poco en una villa italiana. Poco queda legible de ese archivo en ruinas. Apenas unos trozos de pergamino que adquieren, gracias al tiempo y al fuego, gravedad de aforismo. “La evidencia lingüística y su tenor de discusión indican que proviene del siglo II D.C. Algunos académicos sugieren que el autor es Epicarno de Agra. Sin embargo, casi nada sabemos de este moralista y elocuente orador (si es que eso fue). Por otro lado, la condición del papiro y su tono de disertación hacen que, en varias partes, la tarea de descifrarlo se apoye en conjeturas.”

El lector que, ante todo, es Steiner, se siente llamado a inventar escombros de bibliotecas y a leer libros que no existen para ponerse a pensar. El crítico fantasea con las ruinas de un pensamiento primigenio para darse a la tarea de encontrarles sentido. Dos palabras de un personaje imaginario pueden ser suficientes para desenrollar la inteligencia: “Amiga Muerte”. ¿A dónde apunta, de dónde viene esta inscripción? ¿Cuál es la exigencia de este misterio? A partir de esa decena de letras, el erudito reflexiona sobre la vejez y la última libertad, la que supone decidir el fin. El imperio de nuestros científicos ha sido capaz de prolongar la vida pero apenas ha conseguido simular las “repugnantes” miserias de la vejez. “La vista y el oído se debilitan. La orina chorrea. Las extremidades se vuelven rígidas y duelen. Las dentaduras se tambalean en bocas malolientes y salivantes. Incluso con la lamentable seguridad de un bastón o de un andador, las escaleras se convierten en el enemigo. Las noches se vuelven huecas por la incontinencia y por las vejigas estériles. Pero las debilidades del cuerpo no son nada comparadas con la devastación de la mente.” ¿Cómo puede pensarse que ante este cuadro la muerte sea amenaza? Entregarse a ella parece la única esperanza sensata. ¿Qué le sugiere aquella pareja de palabras sobre la amistosa muerte? Que en la elección de la muerta se juega más que nuestra dignidad. Ser persona es ser libre de vivir y de morir. Amiga muerte: aquel par de palabras es el manantial del pensamiento.

El artículo completo puede leerse aquí…

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23, may 2016

Tenacidad del explorador. Las maquetas de Teodoro González de León

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La ciudad es el verdadero museo de la arquitectura. Es ahí donde se muestra a plenitud, donde luce como narración y como signo, como cuento y exclamación. ¿Qué se exhibe cuando se presenta una muestra de arquitectura hecha de planos, dibujos, maquetas? La idea, el juego, la búsqueda del volumen. El pensamiento en gestación de su forma.

El Museo de la Ciudad de México presenta en estos días una exposición de maquetas de Teodoro González de León que es una buena manera de acercarse a una de las grandes mentes de nuestra cultura. Un paseo por “Teodorópolis”, dice Miquel Adrià en un texto que acompaña la muestra. Chinampas que levitan en un patio. Cuadras flotantes que contienen las ideas que han poblado la Ciudad de México y otros espacios. Las islas invitan al recorrido. La escala, por supuesto, no permite que el espectador sea envuelto por la enormidad de los edificios ni que reciba el impacto de sus materiales pero convoca al movimiento, esa experiencia del tiempo que complementa las tres dimensiones quietas. El edificio –y su modelo– se despliegan. A crear “paseos arquitectónicos” invitaba Le Corbusier, su maestro. La magnífica ciudad de un arquitecto, el riquísimo trayecto de su creación intelectual y plástica, los íconos arquitectónicos de nuestro tiempo abiertos al paseo alrededor de un patio.

La muestra es apenas una pizca del prolífico trabajo de González de León. Se incluyen obras representativas de su trayecto creativo, es decir, de su búsqueda. Estaciones de un recorrido artístico: unas cincuenta maquetas que dan muestra de casi setenta años de incesante producción. No todas las esculturas que ahí flotan son, por cierto, edificaciones logradas. Un buen número de modelos representan edificios que, por un motivo u otro, no llegaron a la cimentación. Su inclusión queda justificada plenamente en este paisaje a escala porque ilustra (tanto como las realizaciones) la fascinante indagación de las formas y volúmenes.

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03, may 2016

Morton Feldman: Triadic Memories

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24, abr 2016

Metinides: coleccionista de horrores

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Le decían el Niño porque empezó a trabajar cuando cursaba todavía la primaria. Su padre, un comerciante de origen griego, le había regalado una cámara alemana. No la estrenó retratando a su mascota o fijando la imagen de su familia o de sus juguetes. Lo que atrapó el ojo de Enrique Metinides desde el primer momento fueron las tragedias de la ciudad. Choques automovilísticos, incendios, crímenes. Sus fotos eran el remedo de las películas de gángsters que veía en el cine. No le atraían los superhéroes ni los vaqueros sino los ladrones, los mafiosos, los heridos, los policías. Iba a la escuela en el turno de la tarde y podía dedicar la mañana a buscar la desgracia de la noche anterior. Cuando un periodista gráfico lo vio tomando fotos de un coche destrozado, le ofreció trabajo. Publicaron su primera fotografía cuando tenía doce años. Era un decapitado. Durante medio siglo fue el amo de la nota roja. Por décadas, portada y contraportada de La Prensa fueron, cotidianamente, suyas.

Imposible cerrar los ojos ante lo siniestro. Decía William Hazlitt en su famoso ensayo sobre los placeres del odio que las desgracias públicas eran bienes públicos. Notaba desde entonces que no había sección más jugosa en un periódico que la de los crímenes y accidentes. Todo el pueblo corre para ver un incendio. Y no es que huya para salvarse, sino que se apresura para admirar la furia de las llamas. Cuando el fuego se extingue, no es fácil que la gente oculte la frustración que siente por el fin del espectáculo. Lo único intolerable, decía, es el tedio. La intensidad de la tragedia nos enciende.

 

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07, mar 2016

Harnoncourt: La pasión según San Juan

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10, feb 2016

Respira… sigue respirando

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Hay una escena hermosísima como tantas otras en The revenant, que de alguna manera captura el sentido de la película. No es la del oso, ni la del segundo parto. Tampoco la de la de los flechazos o alguna persecución trepidante. Hugh Glass, el sobreviviente, ha superado alguna prueba terrible y camina sobre un río congelado. La cámara sobrevuela al personaje y muestra la ondulación por debajo del hielo. Una alfombra de agua viva bajo un bloque de hielo transparente. Por momentos parece que el hombre camina sobre al agua. Sobre el líquido que fluye, una dura costra de hielo. La película es eso: un constante equilibrio de elementos, una rítmica sucesión de contrastes.

Un hombre carga su cadáver por el invierno más inclemente. Más que sobrevivir, renace. La película de Alejandro González Iñarritu podría ser una más de muchas películas olvidables. Es otra historia de entereza, una metáfora de la fundación de un país, épica de la venganza, una orgía de violencia, un himno al esplendor y la crueldad de la naturaleza, alegoría de una ruta espiritual, otro western de sangre y muerte, balas y flechas. Es todo eso pero lo es de forma extraordinaria. Lo es, seguramente, porque es el trabajo de un cineasta en pleno dominio de su lenguaje. En condiciones extraordinariamente adversas, el director ejerce el control absoluto de su mundo. No vemos actores actuando frente a una cortina verde. El director fue de un extremo a otro del planeta para cazar la luz del invierno. El bosque se rinde a su libreto o, quizá sea al revés. Una ambición desmedida y un talento que le alcanza el paso.

La ambición del artista radica también en la confianza para reinventarse. Hay, por supuesto, perceptibles líneas de continuidad en la filmografía de González Iñárritu pero difícilmente podría encontrarse mayor contraste que el que existe entre sus últimas dos cintas. Birdman es una ratonera en los sótanos de la urbe, el laberinto de la vanidad. The Revenant es la inmensidad de la naturaleza, el desamparo. Una se regodea en su retórica, la otra es elocuente en la mudez. Un suicida y un sobreviviente. Como en todas las escenas de su cine: extremos vitales.

The Revenant es una película sobre el drama de respirar: “mientras puedas jalar aire, pelea,” le dice el protagonista a su hijo. “Respira… sigue respirando.” La película misma es aire que entra y sale de la nariz. Se escucha desde la primera escena ese ahínco respiratorio. El espectador se instala dentro de los pulmones de los personajes. Con el ir y venir del aire se escribe la puntuación de la película. El mundo brutal de los hombres encuentra respiro en la impasible serenidad, la aterradora indiferencia de la naturaleza. La pantalla se llena de amenazas para descargarse después en escenas de quietud. El genio de Lubezki da vida a esta cinematografía respiratoria. Después de perder el aliento al sentir en carne propia el caos del acoso y la muerte que acecha, el remanso de la naturaleza. Los hombres huyen y se cazan: los árboles se columpian. Los hombres se traicionan, la nieve cae. Los hombres odian, las piedras, los ríos, los animales se prestan de cuna.

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25, ene 2016

Heaney y la autoridad de la poesía

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Seamus Heaney, Obra reunida, traducción e introducción de Pura López Colomé,
México, Trilce/Conaculta/UANL, 2015, 556 pp.

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En una entrevista publicada en The Paris Review, Seamus Heaney hablaba del contenido político de la poesía de Auden. “¿Será demasiado elaborado decir que Auden fue un poeta cívico antes que un poeta político?” La distinción era certera. Auden habló con la voz de la calle, la voz del día. Sus poemas tienen fecha. Heaney apreciaba al hombre preocupado por su tiempo que no cayó en el alegato del panfleto o la alabanza. No podría decirse lo mismo de Heaney. Como Auden, es también un poeta con hondo valor político. Pero el sentido de su compromiso es muy distinto porque viene de otro ámbito. No es un poeta de la ciudad. Tampoco podría decirse que es, propiamente, un poeta del campo. Situado en el universo de la infancia y el territorio del mito proyecta una voz muy distinta: la de la autoridad poética.

Relación compleja la de la política y la poesía. Ya lo decía Paz: la política envenenó a los mejores hombres del siglo XX: los engañó, los humilló, los enloqueció, los envileció. ¿Cómo ha de hablar el poeta de su tiempo, de los dramas de su historia? Seamus Heaney (Derry, Irlanda del Norte, 1939-Dublín, 2013) no se desentiende de la violencia del presente, del conflicto, de la pasión que ciega y mata. Tampoco elige uno de los bandos en pugna. Su poesía es rechazo simultáneo de la indiferencia y de la idolatría. Su palabra se inserta en el presente para ofrecer sentido, para defender la belleza, para ennoblecer la lengua común, para nombrar los horrores, para iluminar esperanza. Su sentido de responsabilidad poética lo coloca en un sitio equidistante del diletantismo y la militancia. Su autoridad no se eleva por los cielos sino, por el contrario, se entierra. La suya es la autoridad del suelo, de la tierra, de la lengua. No es extraño que su colección poética más extensa lleve ese nombre: suelo abierto. Lo supo desde los poemas de Muerte de un naturalista: su pluma no es surco de tinta, es hendidura en la tierra. Escribir es cavar, escombrar, sembrar, sepultar, exhumar. Autoridad de la tierra, del suelo generoso. El abrazo que nos envolverá hasta el fin de los tiempos.

Durante los años setenta, tiempos de violencia, de quemantes disyuntivas en Irlanda del Norte, una línea de Shakespeare rondaba su cabeza. Venía del soneto 65: frente al devastador imperio del tiempo que todo lo carcome, ¿cómo podría la belleza exponer sus argumentos? ¿Cómo podría hacerlo si su energía tiene la flacidez de una flor? Tal vez la obra de Heaney es el anhelo de contestar esa pregunta: defender la belleza sin rehuir las afrentas del horror. Hacer de la poesía un testimonio de la esperanza. La poesía como energía reparadora: “la imaginación que obliga a retroceder a la opresiva realidad”.

El artículo completo puede leerse aquí.

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