Ciudad

18, jul 2016

Civitas Ludens. La ciudad y los juguetes de Noguchi

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Nos aburrimos en la ciudad, escribió Ivan Chtcheglov en un manifiesto de 1953. El filósofo que prestó ideas a la Internacional Situacionista y que soñó volar la torre Eiffel, antes de ser encerrado en un hospital psiquiátrico, quería una ciudad para el placer y la devoción. Haciéndola una inmensa fábrica, le hemos arrancado toda poesía, todo gozo, todo juego. Ya no le construimos templos al sol. Circulamos con prisa por calles desalmadas, habitamos edificaciones sin mito. Para una civilización mecánica, una arquitectura frígida. “Dejémosle el estilo de Monsieur Le Corbusier a él mismo. Un estilo apropiado a las fábricas y los hospitales que, sin duda, lo sería eventualmente para las prisiones. (¿No construye ya iglesias?) La represión psicológica que domina a este individuo –cuyo rostro es tan horrible como su concepción del mundo– lo mueve a someter a la gente bajo innobles masas de concreto reforzado […] Su influjo cretinizador es gigantesco. Una maqueta de Le Corbusier es la única imagen que me sugiere inmediatamente la idea del suicidio. Está destruyendo los últimos resquicios del gozo. Y de amor, pasión, libertad.” Chtcheglov veía en el urbanismo contemporáneo una conspiración contra la naturaleza y la imaginación. Sedentarismo que rompía la conexión del hombre con el cosmos: la luz eléctrica niega los misterios del atardecer, los climas artificiales rechazan el reloj de las estaciones. Atada a sus cimientos, la ciudad castiga el movimiento. Para el amigo de Guy Debord, los sueños de De Chirico eran el mejor trazo de un urbanismo abierto a los misterios de la contemplación.

No imagino a Isamu Noguchi celebrando la invectiva de Chtcheglov contra Le Corbusier pero creo que le habría maravillado ese sueño de una ciudad movediza, regida por el azar y las mudanzas. La polis como un laberinto para el arte y el juego. El parque, el jardín –no el palacio ni la iglesia–, convertidos en el núcleo de cualquier barrio. Noguchi quiso insertar su arte en la ciudad por esa vía: el juguete público. Transformar el paisaje de la ciudad no por lo que sus habitantes pueden ver sino por lo que pueden hacer. Escalar el arte, deslizarse o columpiarse en él; sumergirse, esconderse ahí.

El artículo completo puede leerse aquí…

 

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11, feb 2013

La ciudad de México en 1628

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Vista aquí.

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13, jun 2012

La Ciudad de México en Time-lapse

Corto dirigido por Luis Mandoki y Mariana Rodríguez. En esta nota de Fernando Reséndiz para Arquine, pueden verse los documentales de Berlín, Nueva, York, Barcelona, Chicago y otras ciudades.

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02, nov 2009

Topes

Topes

Desde hace algunas semanas Julio Trujillo colabora en el diario La razón. En su artículo del sábado pasado habla de uno de los protagonistas de la ciudad: el tope.

Los topes son el punto cero de la civilización. Son embriones de
muros, y nada hay más indignante que esos límites concretos levantados
ante el fracaso de la política, es decir: de la conversación. Un tope
es el polo opuesto a la conversación, es un grito, una interjección
(diría que es un ladrido, pero el símil sería indigno para los perros).
Un tope es tan burdo, tan básico, que cualquier adjetivo le queda
grande (incluso “burdo” y “básico”). Un tope es un tope es un tope. Un
tope es un puñetazo en la cara.

Según mi experiencia, las ciudades mexicanas (algunas) son los
únicos lugares del mundo que basan su vialidad en la imposición del
tope. Si un español lee este texto, probablemente no lo entienda porque
esa acepción de “tope” no ha entrado ni a su vocabulario ni a su vida.
Pero mi experiencia es limitada. Habrá otras ciudades que manifiesten
su fracaso civil con un relieve de chipotes. Auch: el tope es la
vulgaridad del horizonte. Es la interrupción por antonomasia. Es el
odiado telefonazo inoportuno. Es el puño infame que tocó en la puerta
de Coleridge cuando éste transcribía el sueño de un poema perfecto, del
cual sólo alcanzó a registrar un fragmento. Sí, los topes nos
fragmentan, nos obligan a desplazarnos en añicos: son el asma de la
urbe.

¿Qué pasó con los anuncios rojos que decían sencillamente “ALTO”?
Murieron por indiferencia: hoy son los fósiles de otra época. ¿Qué pasó
con la dignidad de los semáforos? Los semáforos son los predicadores de
las esquinas, y todos comparten el mismo discurso, la misma
perseverante letanía: no, sí, cuidado. Son moralistas que antes
imponían respeto porque su fe se basaba en el dogma del orden, es decir
en la “colocación de las cosas en el lugar que les corresponde”. Toda
ciudad es un organismo, un conjunto de órganos y de las leyes con que
se rige. Los semáforos son, o eran, el asta bandera de la más evidente realpolitik.
Son el lenguaje que nos inventamos —trinitario y cromático, bello en su
sabia simplicidad— para funcionar sin estridencia. Idealmente, en una
ciudad se tejen miles de diálogos mudos y simultáneos gracias a los
semáforos: pase usted, gracias, ahora usted, gracias, cuidado, ahora
sí, ahora no. Pero dimos un manotazo en la mesa y nos levantamos,
rompimos el diálogo y erigimos el tope.

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28, oct 2009

La bicicleta en la ciudad

Byrne diaries David Byrne es un tiburón que no puede quedarse quieto. A la caza permanente de canciones, ritmos, esculturas, intervenciones y hasta presentaciones de powerpoint, canta, bailotea, produce discos, esculpe, hace instalaciones sonoras, publica en blog un diario extraordinario. La exuberancia de su música es apenas muestra de su apetito artístico. En sus discos se asoman sus contagiosas capturas: el funk y el minimalismo clásico, los ritmos africanos, el gospel, la música electrónica y el chachachá. Sus letras son sueños que adquieren sentido en otra gravedad. Eficaz escritura automática cuyo sentido no es siempre claro. Vena abierta de palabras brincadoras. En una charanga de su primer disco tras la separación de los Talking Heads, se cantaba a sí mismo caminando gozosamente como un edificio. ¿Cómo trotarán los rascacielos?

No es raro que un hombre tan renuente al reposo haya escogido la bicicleta para trasladarse. Desde hace treinta años David Byrne se mueve en Nueva York en su bicicleta. Cuando viaja por el mundo para dar un concierto, para grabar un disco, para armar una instalación, empaca una bicicleta portátil. Procura siempre tener tiempo para perderse. Al montarse en su bicicleta, Byrne se sienta pero no está quieto. Se transporta sin dejar de pasear. Un libro reciente recoge sus aventuras sobre pedales (Bicycle Diaries, Viking, 2009). El invento que elogia es una máquina que no nos arrebata nuestra condición de animales, esto es: seres que se mueven por impulso propio. Cuando las piernas pedalean, avanza la cinta del mundo y se activan las palpitaciones. Se puede ver así la película desde un ventanal con ritmo. Piernas y sangre al compás de la ciudad. Más rápido que la caminata, más lento que una moto, la bicicleta resulta el gran mirador de lo urbano. Los coches aplastan las ciudades y las cercenan con viaductos taponados. Sus conductores cierran los ojos a sus habitantes, se encierran en su cápsula y se vuelven sordos a sus rumores. El ciclista, en cambio, es el habitante atento.

Los diarios de bicicleta de David Byrne son postales urbanas llenas de color y música. Notas sueltas sobre barrios, edificios, galerías, bares, calles, banquetas, monumentos, prostíbulos, puentes, casas, parques. Bocetos ágiles de los habitantes de estos rincones. Denver desolado; Berlin escondiendo la sordidez en su fanatismo de orden; suburbios que veneran el mall, arquitecturas desalmadas; manantiales de creatividad. El artista medita sobre la censura, la memoria, los estereotipos, la violencia. Apuntes sobre el arte y la música en de cada vecindario visitado. Las estampas bicicleteras son también un alegato discreto por la ciudad. Sabe bien que el concreto, el vidrio y la piedra (para invocar otra canción suya) nos esculpen. Las calles, los barrios, los árboles en las aceras, las glorietas nos dan forma. Byrne disfruta los muchos sabores de lo urbano: el anonimato que permiten las grandes concentraciones y la intimidad de ciertos barrios. El trazo caminable y cierto desorden excitante, aún el peligro que acelera la sangre. Ciudades vivas, sensibles, en movimiento. Observar una ciudad, involucrarse en ella es uno de los grandes gozos de la vida. Es parte, dice Byrne, de lo que significa ser humano.

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22, sep 2009

La ciudad perfecta

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Leszek Kolakowski decía que le gustaría vivir en un pequeño pueblo con lago y montaña, en la esquina de Champs Elysées y Madison Avenue. Su casa ideal estaría en un barrio imposible. David Byrne expone ahora su idea de la ciudad perfecta. El compositor, cantante, artista conceptual, ciclista ha publicado sus diarios de bicicleta. La bicicleta, dice, es el medio perfecto para percatarse del ritmo de una ciudad. La bicicleta muestra lo que el coche oculta. En un extracto del diario, ha hecho una ensalada, a la manera de Kolakowski, donde ha mezclado las maravillas de distintas ciudades. Su imposible ciudad necesita el tamaño para alojar el anonimato, cierto caos para hacerla excitante, espacios públicos y camellones para el paseo pero también densidad y apretujones. Una ciudad sensible y en constante mudanza.

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15, jun 2009

La transformación de París

Paris is building El número de ayer del semanario del New York Times se dedica a la arquitectura. Entre otros artículos, aparece éste de Nicolai Ouroussouff sobre la invitación de Sarkozy a un grupo de arquitectos para transformar la capital francesa. Aquí, pueden verse imágenes de las propuestas.

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18, jul 2008

índice de caminabilidad

WalkingfeetUn registro necesario para apreciar la calidad de una ciudad o de un barrio: el índice de caminabilidad.

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26, jun 2008

De arquitectos y ciudades

El New York Times publica un artículo de Robin Pogrebin sobre la relación entre la arquitectura y la tiranía. En alguna nota previa había comentado el libro de Deyan Sudjic sobre la fascinación de los autócratas con el arte de los planos y los volúmenes. Pogrebin analiza los dilemas éticos a los que se enfrentan los arquitectos: ¿debo diseñar una iglesia si no creo?, ¿es válido aceptar la comisión de un autócrata? El arquitecto Peter Eisenman resalta la libertad que paradójicamente le ofrece el tirano al diseñador: Mientras más centralizado sea el poder, el arquitecto está menos obligado a hacer concesiones.

OrquideoramaMiquel Adriá escribe en Babelia sobre la prodigiosa regeneración de Medellín. El urbanismo ha recuperado para sus habitantes la ciudad que había sido secuestrada por los sicarios. "Arquitectura de autor y trabajo con las comunidades, que habitualmente corren por sendas distintas, han ido de la mano."

Y en una entrevista en Reforma, Enrique Norten no ve todo perdido para la Ciudad de México. El Distrito Federal puede regenerarse si crece hacia arriba y forma espacio público. 

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13, jun 2008

Monumento a la democracia

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Unos se inspiran en el Ché Guevara para rendir homenaje a la democracia; los otros pretenden ensalzar nuestra barbarie como riqueza “intangible.”

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10, jun 2008

Más de las banquetas

“El estado de las banquetas mexicanas es el retrato involuntario de un país donde lo público va después de lo político y lo político puede desentenderse de lo público.” Lo apunta Héctor Aguilar Camín–gracias por el piropo–recogiendo distintas reflexiones sobre nuestras aceras inquietas: “Sobre la profundiad de las banquetas” 1, 2, 3, 4 y 5.

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08, jun 2008

Banquetas y democracia

El número más reciente de la revista dominical del New York Times se dedica a la arquitectura. Se incluye una entrevista al exalcalde de Bogotá Enrique Peñalosa, quien hace una defensa de las banquetas como el paréntesis urbano de la equidad. "Al construir una buena banqueta estás construyendo democracia. Una banqueta es un símbolo de igualdad."

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