Arte

04, Nov 2015

William Blake y la aterradora honestidad

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En un ensayo de 1921, T. S. Eliot nombró la marca esencial en el arte de William Blake: honestidad. Una honestidad, agregaba de inmediato, que resultaba aterradora en un tiempo demasiado miedoso para ser honesto. Contra su franqueza conspiraba el mundo entero. La poesía de Blake es desagradable como lo es la gran poesía, decía Eliot: a través de un admirable proceso de simplificación exhibe la enfermedad esencial y también la vitalidad del alma humana. Acceder a sus revelaciones no es, sin embargo, cosa sencilla. Fiel a su llamado, concibió una mitología personalísima y compleja. Recientemente se ha publicado una guía valiosa para pasear en ese universo de símbolos. Se trata de El amanecer de la eternidad. El mundo imaginativo de William Blake, de Leo Damrosch editado este año por la Universidad de Yale. El título viene de un poema que Blake nunca publicó y que logra condensar su ambición artística y filosófica:

Ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarcar el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Quien sujeta una alegría
Destruye la alada vida;
Quien besa al júbilo en su vuelo
Vive en el amanecer de la eternidad.

Damrosch siguió meticulosamente los pasos de Tocqueville por los Estados Unidos y ha retratado, en brillantes biografías, a Rousseau y a Swift. Este libro sobre Blake no es propiamente una biografía. Es un manual de lectura. El visionario que enlaza la poesía y la acuarela con la filosofía nos invita a abrir nuesta imaginación al “trueno del pensamiento y a las llamas del deseo feroz.” Pasearse en esa tormenta es una aventura peligrosa. Por eso es tan útil la orientación de Damrosch. Su intención es hacer, más que un libro sobre Blake, un libro con Blake. El ejercicio de colaboración supone una mirada tan atenta a sus imágenes como a sus letras. Trazo y frase de una sabiduría visual. El crítico sigue los sueños, las visiones, los delirios del genio. Mitos de inocencia y aprendizaje, de las pasiones y la razón, de Dios y la revolución, de la naturaleza y la ciudad.

Como bien dijo Bataille, Blake será, ante todo, el supremo cantor a la alegría de los sentidos. La sensualidad reina por encima de la razón; los deleites sobre las culpas. “Quien desea y no actúa procrea pestes.” Por eso nos llama a reconciliarnos con el infierno. Aterradora honestidad: acoger el impulso, la desmesura, la pasión. Blake ve a Dios en la altivez del pavorreal, en la lujuria del chivo, en la cólera del león, en la desnudez de la mujer. Es una fe contra cualquier sacerdocio. “Igual que la oruga elige las hojas más agraciadas para depositar sus huevos, así el sacerdote dejará caer su maldición en los goces más hermosos.” Restituir a las deidades que animaban todos los ojetos del mundo. Aquellos dioses con formas de montañas, de ríos, de árboles y nubes que los templos expulsaron para imponer su código de pecados. Tal vez lo que pide Blake es muy sencillo: beber cerveza en la iglesia.

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21, Oct 2015

El Guggenheim para ti solito…

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20, Oct 2015

Camisa

Robert Pinsky

La espalda, el canesú, la tela. Costuras ocultas,
las puntadas casi invisibles a lo largo del cuello
dadas en un taller clandestino por coreanos o malayos

chismeando mientras toman el té y los tallarines en su descanso
o hablando de dinero o de política mientras uno de ellos ajustaba
esta sisa con su borde planchado a la banda

del puño que me abotono en la muñeca. El planchador, el cortador,
el escurridor, el rodillo. La aguja, el sindicato,
el pedal, la bobina. El protocolo. El fuego infame

en la Fábrica Triangle en mil novecientos once.
Ciento cuarenta y seis murieron entre las llamas
en la novena planta, sin extintores, sin salidas de incendio–

El testigo del edificio de enfrente
que viera cómo un hombre joven ayudó a salir a una muchacha
al alféizar de la ventana, luego la levantó

por encima de la pared de mampostería y la dejó caer.
Y luego a otra. Como si las estuviera ayudando
a subir a un tranvía, y no a la eternidad.

Una tercera antes de que él la soltara le puso los brazos
alrededor del cuello y lo besó. Entonces él la sostuvo
en el espacio y la dejó caer. Casi al mismo tiempo

salió él mismo al alféizar, su chaqueta flameó
y ondeó sobre la camisa mientras bajaba,
se llenaron de aire las perneras de sus pantalones grises–

Como la “camisa chillona que se hincha” del lunático de Hart Crane.
Maravilloso cómo el estampado combina perfectamente
a lo ancho de la solapa y sobre los remates gemelos de las

esquinas de los dos bolsillos, como una rima estricta
o un acorde mayor. Estampados, telas escocesas, cuadros,
pata de gallo, cuadros Tattersall, cuadros de Madrás. Los tartanes de los clanes

inventados por los propietarios de los molinos inspirados por el engaño de Ossian,
para controlar a sus salvajes trabajadores escoceses, amansados
por la heráldica inventada: MacGregor,

Bailey, MacMartin. La falda escocesa, concebida para que los trabajadores
la llevaran entre el polvoriento traqueteo de los telares.
Tejedores, cardadores, hilanderos. El cargador,

el estibador, el peón. El sembrador, el recolector, la clasificadora
sudando en su máquina sobre un lecho de algodón
como esclavos con turbantes de percal sudados en los campos:

George Herbert, tu descendiente es una Dama
Negra de Carolina del Sur, su nombre es Irma
y ella inspeccionó mi camisa. Su color y forma

y tacto y su olor limpio nos convencieron
a ella y a mí. Consideramos su precio y su calidad
hasta los botones de hueso falso,

los ojales, la talla, la entretela, las letras
impresas en negro en la tirilla y los faldones. La hechura,
la etiqueta, el trabajo, el color, el tono. La camisa.

Traducción de Inmaculada Pérez Parra,
publicada en Letras libres, agosto de 2013

Aquí puede encontrarse una «visualización» del poema producida por el Nantucket Poetry Project:

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19, Oct 2015

Hitchcock en Kubrick

Visto en openculture

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19, Oct 2015

Marina Tsvetaeva: yo no soy una poeta rusa

Yo no soy una poeta rusa y me siento siempre desconcertada cuando me consideran tal o me llaman de tal modo. Te conviertes en poeta (¡si acaso es posible convertirse en él, si no se es – de nacimiento!), para no ser francés, ruso y demás, para ser – todos. En otras palabras: eres poeta porque no eres francés. La nacionalidad es in y ex-clusión. Orfeo hace estallar la nacionalidad o ensancha sus fronteras a tal punto que todos (pasados y presentes) son incluidos en ella. ¡Orfeo no puede ser alemán! ¡Ni ruso!

En Cartas del verano 1926, de Boris Pasternak, Marina Tsvetaeva, Rainer Maria Rilke, Editorial minúscula, 2012traducción de Selma Ancira.

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14, Oct 2015

Brendel tocando el Andantino de Schubert

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14, Oct 2015

Copla

Pedro Lastra

Dolor de no ver juntos
lo que ves en tus sueños

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07, Oct 2015

Leonard Bernstein presenta a Yo-Yo Ma con Kennedy

Vía 

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30, Sep 2015

Ser humano

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28, Sep 2015

Palabras sin música, de Philip Glass

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No hay muchos compositores de música clásica contemporánea de los cuales pudieran hacerse chistes como los que se hacen con Philip Glass.

Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass

La broma se la han gastado al propio músico. Cuando estrenó su Música en doce partes, una pieza que llega a durar cuatro horas, un amigo suyo le dijo: “Es preciosa. Me encantaría saber cómo van a sonar las siguientes once.” Poco después del estreno de Einstein on the beach se publicó una caricatura en The New Yorker. Unos exploradores en África asustados por los tambores de los aborígenes: “tambores golpeando incesantemente –dicen–, ¿será una nueva composición de Philip Glass?”. El compositor insistirá, por supuesto, que su música no es repetición sino variación, la sutil mudanza de los sonidos que emergen de la reiteración. Enjambre de variaciones. Otro era el juicio de John Cage: cada vez que escuchaba una pieza de Philip Glass, le decía: “Demasiadas notas, Philip. Demasiadas notas.” Una nota, se sabe, ya le parecía un exceso.

No hay monotonía en las memorias que ha publicado Glass recientemente. Palabras sin música es el título, un recorrido caprichoso de recuerdos que es, ante todo, un desfile de la gratitud. El músico se rinde ante el misterio de la composición pero reconoce puntualmente el camino de su aprendizaje. Desde la clases de flauta que sus padres financian con esfuerzo hasta las enseñanzas de su guía en París, la sabiduría de sus gurús, la tradición que absorbe de Ravi Shankar. Poetas y escultores, yoguis, amantes, pintores, dramaturgos, escenógrafos. Viajes, colores, atmósferas, ciudades. En su autorretrato, Glass no esculpe un homenaje a su genio. No es el prodigio que brilla desde niño sino un artista de poros abiertos favorecido por su entorno. Su música es el mejor testimonio de la fertilidad de los contagios: colaboración con intérpretes, aprendizaje de otras civilizaciones, aparición de la ciencia en el arte. Poesía, dramaturgia, danza, escultura, crítica política entrelazadas en las notas de sus partituras.

El artículo completo puede leerse aquí

 

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23, Sep 2015

Cuarenta poemas de Ida Vitale

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23, Sep 2015

El extraviado dios de Ida Vitale

“Las palabras son nómadas; la mala poesía las vuelve sedentarias.” Ida Vitale expone así su idea de la poesía en Léxico de afinidades, su caprichoso diccionario personal. No es tarea de la poesía ponerle casa el lenguaje. Su afán es soltar las palabras, dejarlas correr. Las palabras son un “halo sin centro.” Buscamos siempre algo y es la palabra, no la uña, quien escarba: “Abrir palabra por palabra el páramo, abrirnos y mirar la significante abertura.”·

Vitale, quien ha ganado en estos meses recientes el premio Alfonso Reyes y el Reina Sofía, ha mostrado la volátil precisión de la poesía:

Expectantes palabras,
fabulosas en sí,
promesas de sentidos posibles,
airosas,
aéreas,
airadas,
ariadnas.

Un breve error
las vuelve ornamentales.
Su indescriptible exactitud
nos borra.

Memoria, cuaderno de aforismos, poemario salpicado de prosa, el vocabulario que por primera vez publicara Vuelta en 1994 y que ahora puede leerse con el sello del Fondo de Cultura Económica, se rinde ante el dios del azar. Nada más arbitrario que enlazar ideas por la letra que las abre. Brincar del ajedrez al ajo. Merodeo, modelo, monólogo. Piedras, poesía, progreso. Afinidades misteriosas. No es casual, dice ella en un poema, lo que ocurre por azar. Es el trazo de la geometría celeste. Llamamos fortuna al fracaso de nuestra imaginación.

Ambulando entre animales y plantas, fantasmas y plazas, amistades y lecturas, el abecedario sugiere eso: la secreta afinidad de todas las criaturas. La preclara inocencia del alfabeto. Se trata, a fin de cuentas, de un testimonio del revoltivo que nos circunda. Los reinos se mezclan para fastidio de los catalogadores. El azar es un dios extraviado y no se esconde solamente en la catástrofe. A veces, escribe en su poema “Trampas”, se asoma en la alegría. Las líneas de Lucrecio que Vitale escoge como epígrafe de su diccionario son perfectas.

… como una barredura de cosas
esparcidas al azar
el bellísimo cosmos…

Afortunadamente, escribe Vitale, el mundo es difícilmente clasificable. La poesía aparece como el esfuerzo de un orden, así sea el más frágil. En “Reunión”, uno de sus poemas emblemáticos, la poesía aparece como un susurro, una leve disonancia:

Érase un bosque de palabras,
una emboscada lluvia de palabras,
una vociferante o tácita
convención de palabras,
un musgo delicioso susurrante,
un estrépito tenue, un oral arcoíris
de posibles oh leves leves disonancias leves,
érase el pro y el contra,
el sí y el no,
multiplicados árboles
con una voz en cada una de sus hojas.

Ya nunca más díríase,
el silencio.

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17, Sep 2015

El Macbeth de Justin Kurzel

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09, Sep 2015

La serenidad de Kahn

Vía @TALLER_Arq

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09, Sep 2015

A crear y a callar

amisa narrativa contem.

Antes de recibir el Premio Nobel, Wislawa Szymborska había concedido apenas unas cuantas entrevistas. Lo hacía de mala gana. No estoy hecha para ellas, decía: “El poeta ha de callar.” La voz para los poemas y para el té, para la página y la conversación familiar. Nunca para el micrófono. Si el poeta habla, ha de hacerlo a través de su poesía. Lo decía curiosamente en una entrevista y recordaba a Goethe: el poeta puede saber lo que quiso escribir pero ignora lo que ha escrito. No tiene por ello título para pronunciarse sobre su trabajo. Una amiga suya de la infancia decía que era imposible hablar con ella de poesía. Al salir el tema se ponía a platicar de pastelitos. Esa habría sido su divisa: a crear y a callar.

Hablamos demasiado. En nuestra época, dijo la poeta polaca, todo nos empuja a hablar: la radio, los periódicos, la televisión, los micrófonos, las grabadoras. Inventos para almacenar saliva. Hasta hace poco, “la Tierra se deslizaba por el universo en relativo silencio.” Ahora todo es ruido, ostentación, alharaca. En nuestra conversación con las plantas, la palabra la tienen ellas, que no hablan.

La biografía que se ha publicado recientemente de Szymborska es una celebración de su timidez, de su discreción, de su modestia. No es un monumento a la visionaria, sino un collage delicado como los que regalaba a sus amigos en cumpleaños: ilustraciones hechas de recortes de revistas y periódicos; frases que insertan ironía a una imagen. La han escrito Anna Bikont y Joanna Szczesna empleando el mismo cariño que Szymborka mostraba con tijeras y pegamento. El título viene de una línea de su instructivo para escribir un currículo.

La concisión y selección de los hechos es obligatoria.
Los paisajes deben convertirse en direcciones
Y dudosos recuerdos en fechas inmóviles.
De todos los amores, basta con el matrimonial,
Y en cuanto a los hijos, sólo con los nacidos.

(…)

Escribe como si nunca hubieras hablado contigo mismo
Y siempre te hubieras visto desde lejos.
Ignora perros, gatos y pájaros,
Trastos y recuerdos, amigos y sueños

Trastos y recuerdos, publicado por Pre-textos permite ese acercamiento íntimo. La memoria es borrosa, los amores fluidos, la militancia breve pero aleccionadora: una biografía más doméstica que literaria. Con buena razón el poeta Julian Przyboś le diagnosticó miopía: sólo es capaz de ver las cosas pequeñitas cuando las ve muy de cerca mientras las cosas grandes y lejanas le resultan invisibles. Escribió de la muerte de un escarabajo, de la caída de un mantel, del duelo de los gatos. La vida es tejida con palabras de amigos y lectores y, en alguna distracción, de ella misma. Sin mojigatería, atesoraba el recato. Exhibirse empobrece. “Al contrario de la moda actual, no creo que todos los momentos vividos en común sirvan para mercadear con ellos. Algunos son de mi propiedad sólo a medias. Además, sigo convencida de que los recuerdos que tengo de los otros todavía no han alcanzado su forma definitiva. A menudo converso con ellos mentalmente, y en estas conversaciones se plantean nuevas preguntas y respuestas.” Se disculpaba por estar chapada a la antigua. O a lo mejor resulta que soy vanguardista, agregaba: “¿y si en épocas venideras la moda de desnudarse públicamente fuera cosa del pasado?”

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