Arte

12, ago 2015

Glass: un retrato de Philip en doce partes

Aquí la segunda parte.

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30, jul 2015

Klimt: la última voluntad de Adele:

Gracias a Ana Schwarz.

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27, jul 2015

Paul Klee, el pintor violinista

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07, jul 2015

Akademgorodok, de Pablo Ortiz Monasterio

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En 1957 la ciencia soviética colocaba en órbita el primer Sputnik. Unos meses después, el proyecto Vanguard de los Estados Unidos, que tenía el mismo propósito de colocar en órbita una luna mecánica, fracasaba estrepitosamente. El proyectil que habría de despegar de Cabo Cañaveral no se elevó ni un centímetro. Unos segundos después de la ignición, se desplomó para desintegrarse entre las llamas. El contraste entre los lanzamientos marcaría la historia y, sobre todo, la mitología de la Guerra Fría. La Unión Soviética se adelantaba en la carrera hacia el futuro. El planeta parecía estrecho para la patria del proletariado, dispuesta ya a conquistar el espacio. Un par de años después del lanzamiento del satélite, Nikita Jruschov le advertía al vicepresidente Nixon que pronto el comunismo triunfaría en todos los ámbitos de la vida: desde los viajes espaciales hasta los refrigeradores. Es interesante ver el famoso debate entre el premier soviético y el político californiano conocido precisamente como el “debate de la cocina”: Jruschov llevaba a la polémica el programa espacial; Nixon presumía la televisión a color que estaba registrando la discusión. La ingeniería era el verdadero coliseo de la competencia histórica: la confianza de cada régimen no se expresaba como seguridad en su filosofía o en sus valores; no era una apuesta por el vigor de su economía, era confianza en su ciencia, en su técnica. Fe en los ingenieros.

De esa afirmación proviene el empeño de levantar, en el corazón de Siberia, un monasterio de técnicos, una ciudad para la ciencia: Akademgorodok. En el proyecto de su creador, el matemático Mikhail Lavrentiev, puede percibirse un eco medieval, universitario: apartar la inteligencia de la presión de lo cotidiano, amurallar la investigación para que florezca sin obstrucciones. Para habitar Utopía habría que levantar, primero, este paraíso de los científicos. Lejos de Moscú y de Leningrado, el frío siberiano cobijaría las mentes más brillantes del imperio soviético, permitiéndoles una entrega a la ciencia sin preocupaciones materiales y (por lo menos en principio) sin presiones políticas. “En breve –se decía en la fundación del campus– Siberia será la capital mundial del conocimiento científico.” Decenas de institutos, cerca de 30,000 científicos girando alrededor de laboratorios, pizarrones y bibliotecas. La ciudad universitaria no padeció las estrecheces del entorno. La chequera de Jruschov no tenía límites cuando se trataba de pulir su joya. Diseñado para mostrar el poder del experimento soviético, terminó descubriendo su fragilidad. La ciudad, efectivamente, le abrió espacios a la discusión, a la crítica, a la libertad. Ahí trabajó Andréi Sájarov, investigando desde los átomos hasta los quarks. Su trayecto científico es emblema de una evolución intelectual que es, en realidad, una transformación moral: de las bombas al pacifismo. Ahí abogó, ante Brézhnev, por los disidentes y sufrió las consecuencias del atrevimiento. Ahí escribió su ensayo “Progreso, coexistencia pacífica y libertad intelectual”, donde pide la salvación del socialismo poniendo fin a la dictadura de partido. La libertad para obtener y compartir información, la libertad para debatir sin miedo, la libertad frente al prejuicio y los dictados del poder eran vitales para la sobrevivencia de la humanidad. En su centro de economía, disciplina que algunos creen científica, los profesores Aganbegián y Zaslávskaya advirtieron que la comprensión de la realidad económica de la urss exigía apartarse de la ortodoxia marxista. Sus tesis tendrían un efecto definitivo en la perestroika. Gorbachov traería de Siberia a sus principales asesores económicos.

El artículo completo puede leerse aquí.

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18, jun 2015

Tierra mojada

Ramón López Velarde

Tierra mojada de las tardes líquidas
en que la lluvia cuchichea
y en que se reblandecen las señoritas, bajo
el redoble del agua en la azotea…

Tierra mojada de las tardes olfativas
en que un afán misántropo remonta las lascivas
soledades del éter, y en ellas se desposa
con la ulterior paloma de Noé;
mientras se obstina el tableteo
del rayo, por la nube cenagosa…

Tarde mojada, de hálitos labriegos,
en la cual reconozco estar hecho de barro,
porque en sus llantos veraniegos,
bajo el auspicio de la media luz,
el alma se licúa sobre los clavos
de su cruz…

Tardes en que el teléfono pregunta
por consabidas náyades arteras,
que salen del baño al amor
a volcar en el lecho las fatuas cabelleras
y a balbucir, con alevosía y con ventaja,
húmedos y anhelantes monosílabos,
según que la llovizna acosa las vidrieras…

Tardes como una alcoba submarina
con su lecho y su tina;
tardes en que envejece una doncella
ante el brasero exhausto de su casa,
esperando a un galán que le lleve una brasa;
tardes en que descienden
los ángeles, a arar surcos derechos
en edificantes barbechos;
tardes de rogativa y de cirio pascual;
tardes en que el chubasco
me induce a enardecer a cada una
de las doncellas frígidas con la brasa oportuna;
tardes en que, oxidada
la voluntad, me siento
acólito del alcanfor,
un poco pez espada
y un poco San Isidro Labrador….

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26, may 2015

Mathias Goeritz: el hartazgo de la razón

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En 1954 corrió el rumor de que Mathias Goeritz había sido nombrado museógrafo de la Universidad Nacional. Ante la posibilidad de que ocupara esa oficina, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros le escribieron una carta al rector Nabor Carrillo para advertirle del despropósito. El periódico Excélsior la hizo pública. Los comisarios de la identidad consideraban inadmisible el nombramiento. El “individuo llamado Mathias Goeritz” era un “simple simulador, carente en absoluto del más mínimo talento y preparación para el ejercicio del arte del que se presenta como profesional. No es autor sino de lamentables caricaturas de lo que toma como modelo para fabricar ‘arte’ de la más vil calidad comercial ‘a la moda’ con el propósito de sorprender a los nuevos ricos aprendices de ‘snobs’ incapaces de distinguir la calidad de lo que adquieren o elogian. Individuo que representa, en suma, todo aquello que es contrario a la alta tradición y desarrollo del arte de México y su cultura nacional”. El nombramiento era inadmisible, un insulto para el arte y, por supuesto, para el pueblo de México. La intimidación tuvo éxito. La Universidad declaró pronto que el individuo había tenido un encargo provisional. Para alivio de los muralistas, el simulador no había sido nombrado “para nada”.

En su requerimiento al rector, Rivera y Siqueiros hablan de la “repugnancia” que sienten por el trabajo de Goeritz. El artista venido del mar Báltico componía en una clave que les resultaba absolutamente indescifrable. Si lo tachan de farsante es porque no tienen ojos para su obra. Podían combatir el arte reaccionario, la decoración burguesa pero la expresión de Goeritz escapaba de las categorías de su guerra. Goeritz no interrogaba el vocabulario del arte sino su fundamento, su tiempo. Los comandantes del arte revolucionario mexicano estaban frente a un neoprehistórico. Un paleolítico que se sentía bastante primitivo frente al hombre que dejó marcada la huella roja de su mano abierta junto con un punto rojo en una cueva.

 

El artículo completo puede leerse aquí…

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20, may 2015

La sal de la Tierra

Los libros de Sebastião Salgado no llevan pie de foto, no los necesitan. Al principio o al final de su trabajo sobre las migraciones o de su arqueología de la era industrial podrá encontrarse una indicación sencilla que revela el origen de las imágenes. Las fotografías no necesitan, por supuesto, explicación. Salgado invita a abrir el ojo para contemplar la aventura de los hombres y las bestias. Ver el humo, las cordilleras, los rostros no humanos, el acero de las máquinas. Sombras y chispas; miradas, callos, arrugas. De pronto, muy de vez en cuando, una sonrisa. Las proezas del planeta. A eso invita el fotógrafo: a leer, sin palabras, al mundo. A pesar de ser un reportero social, sus imágenes proponen un acercamiento a la realidad fuera de la ruta de las explicaciones. Al ver, tocar el mundo.

Cuenta Wenders que hace más de veinte años caminaba por Los Ángeles cuando se topó con la estrujante fotografía de los mineros de Serra Pelada. Nadie que haya visto esas imágenes podría olvidarlas. Grandiosos murales en blanco y negro que muestran el hormiguero de la codicia. Miles de hombres casi desnudos escarbando la tierra para arrebatarle una pepita de oro. Hilos, nudos de hombres que cumplen los dictados de una mecánica implacabale. El director quedó cautivado con la imagen y entró a la galería que mostraba la estampa. Descubría así que el fotógrafo se llamaba Sebastião Salgado y empezaría desde ese momento a admirarlo como uno de los grandes artistas de nuestro tiempo. Un cinematógrafo que captura la epopeya en un clic. Susan Sontag llegó a reprocharle la belleza de sus fotografías. La espectacularidad de sus tomas le resultaba falsa, condescendiente. La ausencia misma del pie de página negaba individualidad a sus personajes. Mientras a los famosos los llamamos por su nombre de pila, a los pobres les negamos apellido. Wenders entiende mejor a Salgado porque advierte la honda empatía de su mirada.

El admirador y el hijo ofrecen ángulos distintos del mismo personaje: uno enfoca al aventurero que viaja por el mundo para comprenderlo; el otro enfoca al padre ausente, al esposo en deuda de una mujer que le abre caminos. A decir verdad, la figura familiar es siempre borrosa. Nunca adquiere forma precisa. Dos o tres referencias que no terminan de desarrollarse para conocer en verdad al padre que viaja hasta las antípodas para alimentar la mirada. Desafortunadamente, el documental cae en la tentación de la coherencia: la vida del artista como viaje que empieza en una pregunta y termina con una respuesta. De la tragedia a la redención de las semillas. Más allá de ese hilo, el pie de foto dispone al fotógrafo ante su trabajo de décadas. El rostro de Salgado reviviendo las circunstancias del instante decisivo aparece y se disuelve de sus fotografías. La voz ilustra la imagen para explicitar una filosofía. Somos parte de la misma familia: exilados, mineros, tortugas, piedras.

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05, may 2015

Julian Barnes: ensayos sobre arte

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Julian Barnes publicará en estos días un libro que reúne sus ensayos sobre arte. Ojo abierto, podría ser la traducción al español. El Guardian publica lo que parece un extracto del libro, tal vez la introducción. El novelista relata su lenta aproximación a la pintura. Su distancia inicial ante la pretenciosa solemnidad con la que le era presentada. Su convicción, posteriormente, de que era una magia que misteriosamente transformaba la vida. Fue deshaciéndose poco a poco de esa noción romántica para conversar con la pintura y encontrar ahí, las pistas de su novela. Es irremediable hablar de arte, dice Barnes. Flaubert pudo haber dicho que ningún arte puede hablar del lenguaje del otro. Braque pensó que el ideal de un pintor era encontrar el silencio del espectador. Pero, si estamos con alguien, tendemos a hablar de la pieza que tenemos delante. “El arte, concluye, no solamente captura y proyecta la emoción de la vida. A veces hace algo más: es esa emoción.”

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30, abr 2015

Enzensberger conversando con Simic

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30, abr 2015

Nuevo libro de Wislawa Szymborska

Se publica en inglés una nueva antología poética de Wislawa Szymborska. Richard Lourie la comenta en el New York Times. Su escepticismo, su irreverencia, su sed de esa sorpresa de la fresca percepción la convierten en enemiga de cualquier certidumbre tiránica. Es lo mejor de la mente occidental, dice el reseñista: libre, inquieta, cuestionadora: lo opuesto al terrorista que amenaza nuestra civilización. Y aún así, esa poeta interesada en todo lo existe en el planeta se esfuerza por entrar hasta en la mente del terrorista. Aquí su poema sobre la espera del criminal:

La bomba explotará en el bar a las trece veinte.
Ahora apenas son las trece y dieciséis.
Algunos todavía tendrán tiempo de salir.
Otros de entrar.

El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:

Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos está hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.
Ese más abajo tiene suerte y sube a una moto,
y ese más alto entra.

Trece diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo.
Sólo que de repente ese autobús la tapa.

Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.

Trece diecinueve.
Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.

Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba: la bomba explota.

(Traducción de A. Murcia Solano)

 

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28, abr 2015

La farándula de Brian Nissen

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Brian Nissen ha hecho de arqueólogo de sí mismo. La casualidad, ese duende de las exhumaciones felices, lo puso de pronto ante unas cajas viejas y arrumbadas que contenían un montón de dibujos. Los había pintado hace más de cuarenta años y se habían borrado de su memoria. Al preparar su retrospectiva en 2012 para Bellas Artes, los dibujos brotaron del polvo. El pintor desempacó hojas, libretas, cuadros que le parecían ya ajenos. Durante décadas permanecieron enterrados bajo cartones y carpetas de su estudio. Cerca del pintor pero ocultos. Todo ese tiempo estuvieron ahí, sumergidos en el tráfico de todos los días, cerca de los pinceles, el café, las telas y el periódico de ayer. Uno siempre convive con el olvido. Empolvados y amarillentos, aquellos papeles lo pusieron en contacto con una civilización remota y familiar: la suya. El arqueólogo descubrió en los papeles el mapa de una ciudad que no es esa ciudad de México a la que llegó a principios de los sesenta, sino la ciudad que juega en su lápiz. Un universo de símbolos y figuras extrañas pero descifrables. Una vasija de espectáculos e intimidades. Un cuento que se despliega como códice: narración condensada en imagen. Cuerpos y bicicletas, perros y lluvia, juguetes, sandías, pistolas. Ceremonias de la vida diaria.

Desde aquellos dibujos que pueden disfrutarse ahora en un magnífico libro se observa la intuición de su mano. Como ha escrito él mismo, el lápiz se pasea por el papel como sale el perro radiante a explorar la calle, descubriéndola, olfateándola y orinando en la esquina para marcar su huella. El dibujo es un instinto primigenio. Será que el hombre es un animal que dibuja. Un mamífero necesitado de registrar en trazo su paso por la tierra y su mirada del mundo. El hombre siente la necesidad, dice Nissen, de “rendir una cuenta visual, un registro de su presencia: una manifestación palpable de su ser”.

Pero la soltura del trazo es mucho más que instinto: es una naturaleza en la que se funden observación, idea e ironía.

El artículo completo puede leerse aquí

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22, abr 2015

El Pulitzer de música: Anthracite Fields de Julia Wolf

El Premio Pulitzer de música de este año es para Julia Wolf por “Anthracite Fields.” Aquí se puede escuchar un fragmento:

Más de la compositora, aquí.

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19, abr 2015

Las memorias de Philip Glass

Philip Glass ha publicado sus memorias. Muchos comentarios ha generado en los últimos días: Corina Da Fonseca en el NYTimes, Rupert Christiansen en el Telegraph, Richard Fairman en el Financial Times.

Aquí puede escucharse una entrevista con NPR:

Y aquí su conversación con Charlie Rose:

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13, abr 2015

Pixel

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08, abr 2015

Los sonetos de Shakespeare, en cortos…

Ross Williams, del New York Shakespeare Exchange ha ideado una forma de promover los sonetos de Shakespeare: filmar un corto en Nueva York para cada uno de los 154. The Sonnet Project trata de bajar al artista del pedestal y conectarlo con nuestro tiempo y nuestro paisaje. El proyecto tiene una aplicación para móviles.

Aquí puede verse el soneto 17:

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