Ideas

06, Nov 2018

La calca y el pellizco

Graham Sutherland, el admirable pintor inglés, llegó tarde al retrato. El primero que hizo fue de Somerset Maugham. Le advirtió que se trataba de un experimento. El cuadro resultó potentísimo. Frente a su modelo, el vanguardista pensaba en dos formas de entender el arte en el que incursionaba: fidelidad o juicio. Registrar lo que uno tiene delante de sí o evaluar lo que se tiene en frente. El verdadero retratista logra las dos cosas: es fiel porque es punzante. Sutherland supo mejor que nadie lo que dolía el pellizco de la tela. Simon Schama cuenta la historia en su fascinante historia del retrato británico. La fama que pronto adquirió Sutherland como retratista llevó al Parlamento a considerarlo para una encomienda extraordinaria. Los parlamentarios querían ofrecerle un regalo a Winston Churchill que cumplía 80 años y pensaron en un retrato del primer ministro para que viviera por siempre en las galerías de Westminster. El retratista sería Sutherland. Posaría para él durante varios días. Fue, al parecer, un modelo incómodo. No estaba quieto. Hablaba demasiado. El mayor trabajo lo hizo el pintor en su estudio, con base en una serie de fotografías que le tomó. Al ver su retrato Churchill se mostró indignado. Le pareció espantoso. Llegó a escribirle al pintor que no creía correcto que se exhibiera públicamente. A pesar de ello, el parlamento lo mostró en el homenaje. El lienzo se descubriría en la ceremonia pública que trasmitía en vivo la BBC. Al recorrerse la cortina y admirarse el enorme cuadro, Churchill solamente acertó a decir: este retrato es un ejemplo notable del arte moderno. El mensaje era claro. El óleo era moderno porque era horripilante. La galería estalló en una carcajada. El pintor era humillado públicamente. El hombre de poder se vengaba de su retratista. Correría por parte de su esposa la venganza del retrato. Lo escondió en la bodega de su casa, pero poco después decidió destruirlo. Pasaría por el fuego para que no quedara rastro de la ofensiva tela.

El artículo completo puede leerse en nexos.

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05, Oct 2018

Música a la vida

En una de las páginas de su Cuaderno amarillo Salvador Pániker, el meditador hindocatalán muerto hace poco más de un año, hace la crónica de las celebraciones por los 25 años de la editorial Anagrama. Brindis, fotos, encuentros con escritores famosos. Abrazos, saludos a Enzensberger, conversación con el alcalde, intercambio de cortesías con los colegas. Pániker, entonces de 67 años, describe lo guapa que está NV, lo sexy que encuentra a MJV. Ha bebido algunas copas de cava y “tiende a la verdad”. Hacia el final de la noche, Carmen Ros le sonríe y le dice: “Sin discusión eres el más guapo de la fiesta”. Pániker responde: “Caray, Carmen, si sólo soy un anciano que conserva el falo en buen estado”.

La anécdota capta la sustancia de la que están hechos sus admirables dietarios: una crónica que es alarde y también confesión. Una mezcla de relato de sociales, meditación filosófica y desfile de seducciones. Sus diarios están muy lejos de ser anotaciones de una agenda. Son, como bien dice José Antonio Marina, una “novela con cláusula de verdad”. Así deben leerse: como la cautivadora historia de un hombre culto que envejece y sujeta el presente con todas las pinzas de su vitalidad. Autonovela de un filósofo coqueto y vanidoso intrigado por los misterios de la trascendencia y del cuerpo. “¿La próstata? La próstata bien, gracias”. Lo mejor de la obra de Pániker no está en sus ensayos retroprogresivos sino en esas páginas salpicadas de trivialidad y sabiduría. La complejidad de Edgar Morin expone de manera más clara el proyecto obsesivo de Pániker por conciliarlo todo: ciencia y filosofía, Oriente y Occidente, tú y yo. Es en el registro del día a día, en la lectura del diario, en el encuentro amoroso, en los distanciamientos y nostalgias, en los achaques, en los sabores de la comida de hoy, en las sorpresas y repeticiones de la política donde aparece la lucidez filosófica. Lucidez que puede venir de la vela de Montaigne: un vivir sin miedo, a la intemperie. Pero, sobre todo, una claridad que abreva de la experiencia. “Días de sexo y comunicación, mucho sexo y mucha comunicación, clarificación de equívocos, querer la verdad, decir la verdad, asomarse a los confines del placer, el indispensable toque romántico sobre un fondo no menos indispensable de realismo. Ella está mucho más guapa, tostada por el sol del sur, abierta y desinhibida”.

El artículo completo puede leerse en nexos…

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17, Jul 2018

La conferencia de Timothy Garton Ash

Puede escucharse aquí:

Puede verse aquí pero el video pero esta versión se come los primeros minutos de la conferencia …

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04, Jul 2018

Montaigne y los letraheridos

Montaigne sabía que era posible volverse docto e idiota por la misma ruta. Saberlo todo sin entender nada; haber leído todos los libros sin comprender un párrafo. La lectura es inservible o dañina si no metaboliza en experiencia. “¿De qué sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?”. El saber de los otros es inservible hasta que se integra plenamente a nuestro organismo. Lo confiesa Montaigne: lo que sé de Séneca lo pude haber aprendido de mí mismo si tan sólo me habría ejercitado en el empeño. No hay saber que no esté, en semilla, en nosotros mismos.

Por eso nos fascinan los Ensayos: nada nos dicen que no hayamos podido advertir confusamente en nosotros. Nada ahí que no hayamos vivido, pensado, sentido. Los Ensayos nos tutean acariciando lo que entrevemos en nuestras inclinaciones naturales, en el trato con otros, en el sentido de nuestros temores y disfrutes. De ahí que el género sea, ante todo, escritura antiprofesoral. Montaigne habrá escrito desde una torre pero no nos mira desde arriba. No es el profesor que dicta la lección. No aspira a la autoridad de un venerable, no pretende orden ni coherencia en lo que expone, jamás se imagina poseedor de una verdad que ha de ser memorizada. La única instructora en la que confía Montaigne es en la vida misma.

El artículo completo puede leerse en Nexos de este mes…

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18, Jun 2018

Sobre un volcán

El  27 de enero de 1848 el diputado Alexis de Tocqueville tomó la tribuna de la Asamblea para dirigir un mensaje urgente a Francia. Veía una profundísima crisis moral que terminaría por cambiar la historia. Lo que temía desde su viaje a Estados Unidos se volvía una amenaza palpable. Sentía la formación de una energía popular en condiciones de desbordar el baluarte de los derechos. Reconocía la legitimidad de la indignación pero temía las consecuencias del encono. No olfateaba una revolución política sino una auténtica revolución social. Advertía que la democracia liberal, ese compuesto tan delicado, esa frágil mezcla que estudió en el nuevo continente, se escindía. Esto no es un simple cambio de gobierno, se aproxima un sacudimiento telúrico. Hablaba un observador convertido en político. Hablaba también un político que no dejaba de meditar sobre la “fisonomía indecisa” del presente. Se detenía en los orígenes del furor y no dudaba en identificar la causa histórica. Más allá de las personalidades en pugna y de las dificultades del momento, había una causa que hermanaba esta revolución naciente con todas las previas. Era más política que económica y más moral que política. “Cuando trato de ver, en los diferentes tiempos, en las diferentes épocas, en los diferentes pueblos, cuál ha sido la causa eficiente que ha provocado la ruina de las clases que gobernaban, veo perfectamente tal acontecimiento, tal hombre, tal causa accidental o superficial, pero podéis creer que la causa real, la causa eficiente que hace que los hombres pierdan el poder es que se han hecho indignos de ejercerlo”. Los cambios abruptos de la política, los grandes saltos de la historia no se originan en la miserias sino en el agravio. Las revoluciones no son súbitos estallidos justicieros, son efecto del poder vuelto indecencia.

Si la monarquía cayó, dice el moralista, fue porque, al aparecer la rebelión, estaba ya podrida. Nadie puede dudar de que conservaba fuerza y riqueza. Nadie ha negado el apoyo que tenía en las costumbres y en las creencias más antiguas. Era imponente… y se convirtió en polvo. ¿Por qué? Para responder su pregunta, Tocqueville no busca en las tablas de impuestos y de gastos del Estado. No trata de identificar el genio del revolucionario que rehizo la historia a su medida, ni se empeña en ubicar el error catastrófico. Es la corrupción lo que hace insostenible cualquier arreglo de gobierno. La corrupción carcome lo elemental. “Por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, la clase que entonces gobernaba se volvió indigna e incapaz de gobernar”.

El artículo completo puede leerse en nexos de junio…

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03, Abr 2018

En busca del ronquido

La escritura es un estorbo para el orador, decía, con cierta tristeza, Alexis de Tocqueville. Lo había descubierto al tomar la tribuna como diputado y darse cuenta que no provocaba efecto alguno en la asamblea. No es que le faltaran aplausos. Sus colegas lo elogiaban: reconocían que en sus discursos había miga: ideas, buen juicio, atrevimiento, lucidez de visionario. La más aguda inteligencia política discurriendo sobre las convulsiones del día: ¡Dormimos sobre un volcán!, advertía. Pero los aplausos que le tributaban eran fríos. Sus palabras no eran resorte para las piernas. Tocqueville se daba cuenta: su voz era emocionalmente impotente. Por eso registró en sus cuadernos que nada hay tan distinto a un buen discurso que un buen capítulo. Escritura y oratoria: profesiones enemigas.

Nadie en estas tierras ha visto tan claro ese abismo de expresiones como Julio Torri quien dedicó precisamente un ensayito a comparar al artista con el orador. Torri era un cultivador de pizcas, un admirador de la página no escrita, un amante del ingenio estéril. “Soy el más estéril de tus amigos”, le confiesa —o más bien, le presume— a Alfonso Reyes en una carta. Llamaba a los escritores a librarse de la presión de los marchantes y acariciar esa obra que se proyecta y no se ejecuta, deleitarse con los libros que “nacieron en una noche de insomnio y murieron al día siguiente con el primer albor”. A los hombres callados les recomendaba escribir un prólogo bajo la condición de que no escriban el libro. De ese cariño por la brevedad se nutren sus ensayos cortos. “El ensayo corto ahuyenta de nosotros la tentación de agotar el tema, de decirlo desatentadamente todo de una vez”. Idea ligera: evocación: “Mientras menos acentuada sea la pauta que se impone a la corriente loca de nuestros pensamientos, más rica y de más vivos colores será la visión que urdan nuestras facultades imaginativas”.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes

 

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02, Mar 2018

La simpatía del misántropo

Lo vaticinó él mismo: iría muriendo de arriba abajo. Primero la cabeza, después el resto. Una mañana, caminando con un grupo de amigos, Jonathan Swift le dijo al poeta Edward Young mientras se detenía, fijo como estatua, ante un viejo olmo: “seré como ese árbol, iré muriendo desde arriba”. Empezaba a perder la memoria y anticipaba su demencia. Sus últimos poemas condensan la ferocidad de su misantropía. En uno de ellos imagina el día del Juicio. Dios, fastidiado con su criatura, se despide de ella con desprecio. El todopoderoso se siente aliviado y no se toma la molestia, siquiera, de pronunciar el veredicto. En otro que titula “El lugar de los malditos”, hace catálogo de los oficios condenables: malditos poetas, malditos críticos, malditos pillos, malditos senadores sobornados, malditas prostitutas esclavizadas, malditos abogados y jueces, malditos caballeros y galanes, malditos espías y mentirosos, malditos villanos, malditos curas y consejeros. “Soy la sombra de una sombra de una sombra, etc., etc., etc.”, le confesaba a un amigo. Tan terrible fue la descomposición de su cabeza que empezaba a descuidar la ortografía.

El retratista de nuestra locura terminaría loco. Había cultivado bien su amargura. Estaba convencido de que la felicidad consistía en estar bien engañado. Es feliz quien acepta la mentira plácidamente. Sabía que no podía disfrutar de esa alegría. Era incapaz de voltear la cara e ignorar la estupidez, la superstición, la arbitrariedad, la necedad. Podía, eso sí, reírse de ellas. Lo hacía torciendo las palabras: diciendo algo para comunicar otra cosa. El genio de la ironía compartía una receta para cocinar niños como solución a la pobreza de Irlanda. Con buenos cálculos, impecables silogismos y los condimentos adecuados se puede preparar un guiso delicioso que sea, al mismo tiempo, socialmente benéfico. Si somos tratados como bestias, por qué no mejor ser apreciados como una delicia gastronómica.

El artículo completo puede leerse en el número de marzo de nexos.

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08, Feb 2018

La caza del adjetivo

Estos papeles me sirven para aprender a escribir, decía Josep Pla de su Cuaderno gris. “No para aprender a escribir bien, sino simplemente para aprender a escribir”. El dietario era el verdadero maestro del escritor catalán porque, antes que cualquier otra cosa, lo ejercitaba en el arte del adjetivo. La gimnasia de su diario lo obligaba a calibrar cotidianamente la textura de una voz, los gestos de la mano, las arrugas en la camisa. Darle la bienvenida a un fenómeno en la página es atreverse a calificarlo. Pla salía a la calle con esa tarea en mente: apreciar el arco de sus colores, la promiscuidad de sus aromas, el flujo de los paseantes. Encontrar el matiz que reconoce la singularidad de cada ola en el mar.

En una nota del 17 de agosto de 1919 se retrata el cazador de adjetivos. Josep Pla está en las playas de Canadel y registra el desenlace de una breve tempestad eléctrica:

A las seis de la tarde ha parado el viento. El mar ha entrado en una inmovilidad total, en un silencio oleoso. Del lado del poniente, el cielo ha tomado una lividez amarillenta que ha puesto sobre las cosas inmediatas un color de yema de huevo. En un momento determinado se ha oído un trueno, sordo y lejano, continuado, que ha durado casi dos minutos seguidos. Un ruido ondulado, que parecía que no se debía acabar nunca. Después un relámpago rápido, nervioso, frenético, que ha creado como un resplandor de luz verdosa en la vaguedad muy cernida del cielo del poniente. Ha vuelto a sonar, de inmediato, otro trueno seguido, no tan largo, de un volumen menor. Otro relámpago de menor intensidad y otro más reducido. Otro trueno sin forma, como un ruido que huye y se desvanece. El cielo ha ido perdiendo la lividez, el color de yema de huevo ha ido desapareciendo y, de repente, todo ha vuelto al color de la hora que era. Mientras tanto han caído cuatro gotas justas, gruesas que han hecho una burbuja sobre el polvo de la calle. Ha venido una racha de aire un poco más fino y fresco. Después, nada.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero.

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04, Ene 2018

La conspiración de la fealdad

La sorpresa, más que el plan, define el futuro. Por eso sólo con preguntas podemos abordarlo, sabiendo que cualquier respuesta preludia el desengaño.

Es de la ciudad de la que me atrevo a hablar. De esa “madre que nos engendra y nos devora, que nos inventa y nos olvida”. Ahí está el enigma del futuro mexicano. En el enjambre de autobuses, teatros, callejones y plazas están los otros y está también, como escribió Octavio Paz en su poema, “un yo a la deriva”. Aquí, en la ciudad, la abstracción de lo político y los fantasmas de la historia se hacen palpables: es el mercado y el parque; es el reposo y el tráfico, el encuentro y el refugio.

Para imaginar la ciudad de poco sirven las coordenadas habituales. Tengo la impresión de que los dilemas políticos nos engañan en este ámbito. Nos presentan disyuntivas que conducen al mismo embotellamiento y subrayan diferencias que poco cuentan en la banqueta. Imaginamos lo que viene dependiendo de una votación. Creemos que en las disyuntivas electorales, en las opciones ideológicas, en el contraste de las personalidades está la clave del mañana. Unos confían en la perseverancia, otros anhelan el tijeretazo con el pasado. Unos describen al adversario como populista, otros ven la calamidad en la tecnocracia. Con eso nos tienta la temporada: dramatizar el peso del voto para imaginar que la felicidad o la miseria cuelgan de una suma o de eso que llaman, con grandilocuencia, “proyecto de nación”.

Yo encuentro, al salir a la calle, una disputa por la ciudad que en poco se corresponde con ese cuento de las ideologías en pugna. Un valor discreto y esencial, pensado habitualmente como apolítico, está en el núcleo de esa batalla. Se le tildará de melancólico y aún de aristocrático pero es un valor republicano esencial. Más que económico o político es un valor estético. Ahí es donde encuentro pregunta pertinente al futuro mexicano. ¿Seguirá expandiéndose el dominio de la fealdad? ¿Continuará avanzando lo horripilante de la mano de la corrupción y el desprecio a lo común? ¿Seguirán aliadas la codicia y la demagogia para corroer decididamente la tela de la ciudad? Esa es, sin duda alguna, una marca de nuestro pasado reciente: el avance generalizado e irresistible de lo feo. Obra pública que agrede y que nos arrincona; construcciones privadas que ofenden, la terca extorsión de lo indómito.

 

El artículo completo puede leerse en la edición de aniversario de nexos.

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03, Dic 2017

Poesía por otros medios

La prosa es la continuación de la poesía por otros medios. Lo decía Joseph Brodsky pensando en los ensayos de Marina Tsvietáieva pero no se quedaba en su ejemplo. La prosa es, históricamente, derivación del canto poético. En el principio fue la poesía. La maestra, la fuente de todas las literaturas. Habría que advertir que, en asuntos de arte, el disidente ruso no era un demócrata. Miraba los otros géneros por debajo del hombro. En el trono de las letras se sentaba, sin competencia alguna, el poeta. Debajo de él, los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas. La poesía no es un entretenimiento, dijo alguna vez. No es siquiera un arte. “La poesía es nuestra finalidad como especie. Si lo que nos distingue del resto del reino animal es el habla, entonces la poesía como la forma superior del habla es nuestra diferencia genética”. No había forma de equiparar el genio de la poesía con los prosaicos oficios de la novela. Y, sin embargo, bien sabía Brodsky que cuando el poeta incursionaba en la prosa podía elevarla hasta sus alturas.

¿Qué le enseña la poesía al ensayo?, preguntaba Brodsky. El poeta tiene una báscula que nadie más tiene. Sólo él sabe que cada palabra tiene un peso único, que cada sílaba tiene una voz irrepetible. El poeta le ordena también al prosista omitir lo obvio y cuidarse de los peligros de la grandilocuencia. Lo invita siempre a rendir tributo a la música. El oído es el órgano de la escritura. Brodsky tenía claro que el trato no era recíproco. La prosa muy poco tiene que enseñarle a los poetas. Tal vez un buen novelista puede invitarnos a prestar atención al lenguaje común, a registrar las palabras de la calle. Pero en realidad la lección auténtica está en otro lado. Un poeta puede sacar más provecho escuchando un cuarteto de Haydn que leyendo Dostoievski.

El artículo completo en nexos de diciembre.

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22, Nov 2017

El liberalismo que fue y el que será

En la introducción al volumen que preparó sobre la teoría política francesa contemporánea, Mark Lilla denunciaba el provincianismo intelectual de los estadounidenses. El mundo anglófono había insertado un abismo para separarse del “continente”. El profesor sospechaba que la razón de este nacionalismo filosófico era una especie de encierro liberal. En aquel prólogo que Letras Libres publicó en noviembre del 2000, Lilla se abría, por una parte, a la diversidad de las tradiciones liberales y pedía, por la otra, confrontar las razones del antiliberalismo. Quería terminar con lo que describió como una guerra fría en la filosofía política. En los ensayos que ha escrito desde entonces se ha dedicado precisamente a eso. Siguiendo la ruta trazada por Isaiah Berlin, ha pensado en las seducciones del antiliberalismo usando con frecuencia el retrato biográfico para ilustrarlas. En Pensadores temerarios abordó el magnetismo que el poder absoluto ha ejercido sobre los intelectuales. En El Dios que no nació defiende la provechosa oscuridad de la política moderna: esa decisión de Occidente de mantener su política a salvo de la revelación. Si el experimento funciona tendrá que basarse solamente en nuestra lucidez. En La mente naufragada examina los atractivos del radicalismo reaccionario. Cápsulas biográficas que permiten a Lilla polemizar con Foucault y con Schmitt; con Leo Strauss y con Derrida. Estampas que restituyen el sentido y el poder de las ideas. Vidas con ideas; ideas vivas.

En su ensayo más reciente puede leerse al mismo polemista liberal dispuesto a encarar al adversario. En el libro que podría traducirse como El liberalismo que fue y el que será: después de la política de la identidad, publicado este año por Harper se percibe, sin embargo, un tono distinto. Lilla no habla ya de la historia de las ideas políticas y su remoto influjo, sino del discurso público de hoy, de la estrategia intelectual de los partidos, de las tácticas de comunicación de los políticos. Desde luego, en todas sus contribuciones se advierte la persuasión de que las ideas cuentan, de que la imagen que nos formamos de la historia y del conflicto, de la ley y de la justicia importa para configurar la experiencia política. Pero en este alegato hay un sentido de urgencia que no aparece en sus bosquejos biográficos. También, habría que decirlo, cierta torpeza en abordar las complejidades de lo inmediato.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de noviembre.

 

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06, Nov 2017

Ignacio Padilla: ensayísta cuéntico

Ignacio Padilla no ocultó en ningún momento sus predilecciones literarias. Se describió muchas veces como un contador de cuentos. En el estrecho territorio del relato breve se sintió a sus anchas. El cuento era para él, la madre de toda su literatura. De pronto el cuento se desbordaba para convertirse en novela; a veces los personajes volaban como ideas y aparecía un ensayo, a veces la voz pedía telón y nacía una obra de teatro.

En la ceñidura del cuento, Ignacio Padilla sentía “la neurosis del artista, el afán de perfección”. Un taller que se afana inútilmente en la pieza perfecta.

En el cuento, todavía, rebusco un arrecife para descansar mi escrúpulo y mis últimos despojos de fe en lo perfecto imposible. En el cuento el niño que soy juega a que tiene un mapa en la mano, tierra firme bajo los pies, el cuerpo ceñido por una camisa de fuerza que podría mantenerme salvo de mis propios arañazos. Acudo todavía al cuento porque me acobarda a veces el abismo de la novela, ese vértigo que en el fondo me atrae, porque después de todo es el abismo del mundo descascarado que me tocó en suerte o en desgracia habitar. Con el cuento me refugio, me regalo una caja que imagino suficiente para no dejar de creer en una utopía de perfección que no es ni ha sido nunca viable; con el cuento me doy un contenedor para que mi materia no se desparrame y pueda yo pulirla hasta el cansancio, ingenuo, quijotesco otra vez, ignorante de que el diamante demasiado pulido no será más luminoso sino cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a un grano de arena en el que nada consigue reflejarse, como no sea otro grano de arena: un invisible átomo de silencio que no puede ya decir nada de los hombres ni del tiempo que habitan.

El cuento, seguía explorando(se) Padilla, sobrevive en nuestro siglo como un “rey viejo, fantasmal y providente” que se aparece de vez en vez para que el hijo no se olvide de él y para vengar a quienes quisieron su muerte. Lo coronó en varias ocasiones como el rey secreto de la narrativa. Se identificaba con los respiros literarios de los que hablaba Ricardo Piglia: entre la escritura de un cuento y otro, descanso escribiendo alguna novela. Entre cuento y cuento, Ignacio Padilla fue dejando una notable colección de ensayos que merecen, como sus relatos breves, celebración.

El artículo completo puede leerse en el número de noviembre Este país.

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02, Nov 2017

De la soledad a la soledad

George Orwell no era todavía George Orwell y ya se sabía escritor. Tendría cinco años, era un niño solitario y tenía claro que quería dedicarse a escribir libros. Se inventaba historias, conversaba con personajes imaginarios. Durante algunos años trató de negar el impulso pero no podía negar que en la escritura estaba su naturaleza. Dejar de escribir era un atentado contra sí mismo.

No era popular en el colegio. Casi no conocía a su padre y vivía en una prisión a la que llamaban escuela. Su crónica de aquellos días es un cuento de horror al que puso, con impecable tino irónico, el título de “Qué alegrías aquellas”. La reclusión del niño parece anticipo del totalitarismo que describiría en su novela clásica: crueldad, humillación, aislamientos prolongados, castigos terribles. Eric Blair se hacía pipí en la cama. El pecado merecía el azote de los mayores. Por las noches, antes de dormir, el niño de ocho años imploraba a Dios que le ayudara a no mojar la cama. A veces amanecía seco, pero a veces, al despertar, descubría las sabanas empapadas. Los tutores lo tundían a palos y lo exhibían públicamente: este muchachito, decía la directora a los visitantes, se orina todas las noches en la cama. Alguna vez los azotes partieron en dos la fusta con la que lo disciplinaban. Entre el dolor y la vergüenza el recluso pensaba que hacerse pipí en la cama estaba mal pero él no podía hacer nada. Cometo pecados sin desearlo; cometo pecados que más que cometer, me suceden. Esa fue la gran lección de la infancia de George Orwell: vivimos en un mundo en el que es imposible ser bueno.

El artículo completo puede leerse en nexos de noviembre.

 

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10, Oct 2017

El caldo y la cazuela. Apunte sobre la posverdad

En 1996, el filósofo Xavier Rubert de Ventós ensayaba con una ética de mínimos. Publicaba aquel año un manifiesto que buscaba afilar la moral hasta limpiarla de todos sus sobrantes. Argumentaba que las doctrinas éticas solían fallar por exceso. Por eso se proponía talar sus excedentes. El ensayista catalán comprimía la virtud hasta dejarla en los huesos. No es que propusiera una ética débil, acomodaticia. Por el contrario, depurándola hasta lo esencial, llamaba a la única vida que vale la pena vivir: la vida inauténtica.

Aquella Ética sin atributos (Anagrama) desembocaba en una propuesta práctica: una política sin atributos. Pensando en el ámbito público, llamaba igualmente al abandono de las fantasías morales. Convocaba a desprender de la democracia cualquier pretensión de sublimidad. Cultivar una política sin amor, sin Estado, sin revolución… y sin verdad. Sin verdad porque a su entender la raíz de toda política democrática es la convención. La democracia nace del atrevimiento de imaginar y convenir un orden artificial. No nace de la verdad sino de la conciliación de propósitos diversos. La certeza que importa es la del compromiso, no la de los hechos. La democracia es representación, es teatro—a fin de cuentas: ficción. Eso que Rubert de Ventós celebra era lo que tanto aborrecía Rousseau del voto y los parlamentos: la mentira de la voluntad transferida, la farsa del parlamento como encarnación de la voluntad popular.

La ficción democrática, sin embargo, reclama asideros. ¿Podríamos habitar realmente esa política sin verdad?

El artículo completo puede leerse en el número de octubre de la Revista de la Universidad de México.

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06, Oct 2017

El cristal roto

En su poema “A manera de canción”, William Carlos Williams dejó estas líneas:

Que la culebra aguarde
bajo el yerbal
y la escritura sea
de palabras, lentas rápidas, prontas
al ataque, quietas en la espera,
insomnes.

–por la metáfora reconciliar
gente y piedras.
Componer. (No ideas:
cosas.) ¡Inventa!
Saxífraga es mi flor y abre
rocas.

No ideas but in things, había escrito el poeta entre los parántesis. No hay ideas más que en las cosas. Sólo en la materia reside la idea. Si no son palpables, si  no pueden sujetarse en la mano, si no huelen, si no tienen peso, no son. En la abstracción se disipa la idea, en la materia vive. La poesía es una fábrica de objetos, una máquina que da plomo a la imaginación. Productora de imágenes, comprime la complejidad para darle la simplicidad de una silla. Sólo en las cosas que la poesía inventa hay ideas, dice Williams. Y el ensayo es un cristal roto. Octavio Paz, de quien he tomado la traducción que abre esta nota, celebró los ensayos de ese médico que escribía entre consultas. “Irradiaciones de su poesía,” llama a estos ejercicios que merecen muchos más lectores de los que ha recibido. En su ensayo tanto como en su poesía, las palabras libran una lucha contra la abstracción. Son imágenes, no símbolos. Cuando dice que las palabras son ostiones, llegan al paladar, las olemos. Al abrirlas, sus navajas nos hieren los dedos.

En su escritura no hay barda que separe prosa de verso. Primavera y todo lo demás es un libro que medita sobre la imaginación, una colección de poemas cortos, un juego de tipografías, un manifiesto artístico, una mirada al presente. Poemas intercalados con prosa: improvisaciones. Un abrazo a la vida. Los reportes médicos fueron su mejor lección literaria. Aprovechando los paréntesis de su consultorio, escribiendo en papeles sueltos, daba forma a las palabras que aparecían en su tinta. Los poemas son la puntuación del ensayo. Los ensayos, una reescritura del poema. El flujo espontáneo de sus letras hace de la imaginación el único realismo posible. Escribir no es ver lo que no existe. La obra escapa del plagio cuando inventa, cuando escapa del mundo, cuando crea otra naturaleza. El arte por eso no bautiza: crea. El portento de la imaginación sirve para apreciar el mundo que la realidad apenas insinúa. La imaginación es una fuerza, una energía sobre la naturaleza. No hay retrato. El arte aparece cuando crea un nuevo objeto, dice Williams. A crear o a destruir está llamada la imaginación: si no es arte, lo advierte ese poeta que tradujo Quevedo, sería crimen.

El artículo completo puede leerse en nexos de octubre.

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