Ideas

02, feb 2017

La nobleza de la crueldad

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Mi abuelo cometió un terrible error al venir a Estados Unidos. Siempre he vivido en el país equivocado, decía H. L. Mencken. Para Borges el periodista norteamericano era tan admirable como irrepetible. Imposible exportar la figura de un crítico dedicado al arte de vituperar al país propio. Cuando le preguntaron por qué vivía ahí, en un país del que tanto se burlaba, respondió con otra pregunta: ¿por qué la gente va a los zoológicos? Estados Unidos era, en efecto, el paraíso del burlón. Solía hablar de las raíces alemanas de su familia pero fue un personaje esencialmente americano. “Por sus virtudes y por sus no en pocas ocasiones colosales defectos, Mencken —dice Christopher Domínguez— es uno de los ejemplos más característicos del genio de los Estados Unidos: audaz, pragmático, inventivo, ingenuo, filisteo, oportuno y oportunista”.

No es extraño encontrar en nuestra prensa alguna frase suya como condimento, pero es poco leído. Reportero infatigable, tenía la precisión del aforista. “Un cínico es el hombre que, al ver una rosa, busca el ataúd”. Si fue el crítico más poderoso de su tiempo fue porque no aspiró a la popularidad, porque despreció la influencia. Era despiadado, temible, implacable. El “Sacro Terror de Baltimore”, lo llamó Walter Lipmann. Mencken sabía que su obituario estaba listo en los archivos de la redacción del Sun, como buitre en espera de su muerte. A quien lo había redactado le hizo solamente una sugerencia: agrégale que, a medida en que fui envejeciendo, me fui haciendo más malo. Escribió que una carcajada puede más que mil silogismos. Era la risotada de quien ha perdido toda ilusión.

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero. 

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03, ene 2017

El encierro del lamento

Quiso reinventar el mundo pero no salió del espejo. Imaginó el pacto de la fraternidad, llamó a refundar la escuela, exigió la clausura de los teatros y el abandono del pentagrama. Soñó con la recuperación de la inocencia. Le cantó, como nadie, a la libertad. Cada empresa intelectual era, sin embargo, más que un proyecto, una confesión. No escribo libros, dijo, pinto autorretratos. Cada párrafo de Jean Jacques Rousseau, no importa si denuncia tiranos o maldice las artes, es una melodía que refleja su imagen o, más bien, su sufrimiento. El dolor era el salvoconducto de su escritura. El suplicio, fuente de su autoridad. La soledad del perseguido era, para él, origen de escritura auténtica. Fue un romántico intratable.

Rousseau envidió la gloria de los mártires. Por eso hizo arte de la queja, por eso fue un exhibicionista del sufrimiento. No temió mostrarse. Se deleitaba en las ofensas que había sufrido. Ostentó sus tormentos como el rico presume sus joyas. Luciendo sus heridas, caminó por el mundo creyéndose el primer hombre honesto en el planeta. Más que sumergirse en sus defectos, lloraba la incomprensión, la malevolencia de los otros. En alguna carta daba cuenta del refugio de su esperanza: ser juzgado por todo lo que había soportado. No creo que exista algo tan bello como sufrir por la verdad, llegó a decir. Sus Confesiones son el itinerario de sus desgracias. La primera, por supuesto: nacer. Existir fue para él, un pecado. La vida, una culpa. “Le costé la vida a mi madre; mi nacimiento fue la primera de mis desdichas”. Así se presentaba frente al confesor que lo leería.

El artículo completo puede leerse aquí…

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02, dic 2016

Tirones de Unamuno

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Miguel de Unamuno se reconocía antipático. Hacía gala, tal vez, de serlo. Sabía bien que su escritura incomodaba. “La simpatía se cobra muchas veces a costa de la autoridad y del respeto”, decía. No escribía para ofrecer alivio sino lo contrario: el desconsuelo. Quiso provocar ideas sabiendo que es lo que menos busca un lector. Quien lee no quiere que se le impongan dudas, que lo invadan ideas. El lector quiere, casi siempre, corroborar lo que ya sabe, confirmar sus prejuicios, recibir halagos del escritor. Cuando lee el periódico lo hace, en realidad, para no enterarse. Toma el diario en el desayuno para matar el rato, para confirmar que hay pillos, que llovió anoche, que se dictan nuevas leyes. Lo que menos quiere es que la lectura fastidie su rutina. Al lector, como a todo el mundo, le molesta que lo contraríen, que lo desvíen de su camino. Por eso el lector suele preferir al escritor simpático: agradable, complaciente, lisonjero, inofensivo.

Toda idea, cuando es nueva, duele. Se abre espacio desgarrando el tejido de nuestras creencias. “La rotura de una asociación de ideas, escribe el filósofo, es como la rotura de una asociación de células corpóreas y puede producir desde una ligera molestia hasta un agudísimo dolor”. Desprenderse de una idea es sufrir el duelo de una vieja compañía, sentir la ausencia de un ser amado. Unamuno entendía su misión intelectual —espiritual debería decirse, tal vez— como la del escritor que se empeña en romper los entendimientos más arraigados. Un proveedor de dolencias. Sus ensayos no son cirugía: extracción preparada con anestesia y ejecutada con la precisión milimétrica del bisturí. Son algo muy distinto: tirones. En ocasiones, sugiere, hay que desgarrar el músculo, arrancar los tejidos, quemar la piel. Ahorrarse el dolor es esquivar la lección.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de diciembre.

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01, nov 2016

Las dos espaldas del ensayo

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“En el año de Cristo de 1571, a la edad de 38, en la víspera de su aniversario, durante las calendas de marzo, Michel de Montaigne, ya desde tiempo atrás cansado de la esclavitud de la corte y de los empleos públicos, se refugió, todavía en pleno vigor, en el seno de las musas, para encontrar ahí la calma y la entera seguridad, para pasar el resto de los días que le queden por vivir”. Es el propio Montaigne quien coloca solemnemente la inscripción en su castillo. Se trata del recordatorio de una determinación vital. La decisión de cumplir los votos de paseante.

En la dedicación a su obra se encuentra una resistencia a las seducciones de la hazaña, a las ilusiones del héroe. Una sólida convicción antiépica. La actividad política, la intervención en la vida pública es una esclavitud que rechaza enfáticamente. El escritor desoye el llamado de la responsabilidad, rompe con el hábito de la influencia para refugiarse en su torre. Ante las convulsiones de su tiempo opta por el retiro. El paseo, la conversación, la lectura y la escritura habrán de llenar sus días. Los ensayos que escribe pueden leerse así como una apuesta por la impotencia. “No puedo llevar el registro de mi vida por mis acciones”, escribe pensando en la vanidad. No vive en la actividad sino en la cavilación. Sólo con mis fantasías, sugiere, podrá delinearse mi biografía. La aportación que quiere hacerle a su siglo es el ocio: “en una época en la que hacer el mal es tan común, limitarse a hacer algo inútil es casi loable”. No es injusta por eso la denuncia del ensayo como expresión inservible, una forma de la cobardía, de la indecisión, de la indolencia. Puede ser cierto: desde su nacimiento le ha dado la espalda a la acción.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de noviembre.

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04, oct 2016

El Vitruvio espiritual de Alfonso Reyes

Ilustración de Adrián Pérez

Ilustración de Adrián Pérez

*

El poeta puede verlo todo en cada cosa. Nada es sólo lo que es. Y bien visto, es todo lo demás… hasta su opuesto. En el poema el ser se desparrama en significados. El universo en cada partícula de polvo. Así lo muestra William Blake en sus Augurios de la inocencia:

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Cuando una publicación bogotana preguntó a Alfonso Reyes su regla filosófica, el ensayista dudó responder. Imposible sintetizar las cuerdas contradictorias de su entendimiento, las líneas incompletas de su orientación intelectual. La simpleza de la pregunta periodística, sin embargo, lo sedujo: ¿cuál sería, en efecto, el principio filosófico que mayor influencia espiritual había tenido en su vida? Se dispuso entonces a bosquejar una respuesta. El escritor no acudió a sus clásicos para encontrar respuesta. Si se atrevió a delinear una imagen de su doctrina vital en una notita a la que tituló “ Anatomía espiritual” fue porque se miró al espejo. Su filosofía quedaba revelada en su cuerpo. Todo hombre, sacando lección de su cuerpo, podría descubrir su escuela, su ideario. El apunte de Reyes es apenas un bosquejo. Una cruda relación de ideas descosidas. Este comentario es más extenso que su nota.

El artículo completo puede leerse en el número de octubre de nexos.

 

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23, sep 2016

Fábricas del sinsentido


No es fácil ser conservador, se quejaba Roger Scruton en un artículo de hace un par de años en The Guardian. El conservador carga la fama de estúpido que le colgó alguna vez John Stuart Mill. Los conservadores, aceptaba Scruton, no estamos acostumbrados a pensar mucho. Pero no por las razones que imaginaba Mill, sino porque estamos convencidos de que el buen gobierno no debe ajustarse a una elaborada y compleja teoría de la justicia o de la igualdad sino que ha de acomodarse a la circunstancia. Para un conservador la política supone, ante todo, adhesión a la comunidad, a la historia, a la identidad. Como Burke, Scruton no defiende la quietud sino la adaptación, la reforma. En todo caso, ve la abstracción política con enorme sospecha.

Negados para la fantasía utópica, los conservadores del siglo XVIII usaron su inteligencia y su ironía para oponerse a la impecable racionalidad que, a su juicio, rompía el sagrado hilo del tiempo. Burke no atacaba la falta de lógica de los jacobinos sino el exceso de lógica. La nueva izquierda a la que denuncia Roger Scruton en su libro no es ya hija de la Enciclopedia sino su enemiga. De ahí que la acusación principal no sea que la fría mecánica de la razón se desentiende de la historia sino que la nobleza de la causa esconde pura charlatanería.

Desde el título el autor advierte que su libro ha de leerse como una provocación: Tontos, tramposos y agitadores. En realidad no es un libro nuevo sino la reedición de un volumen que publicó hace más de treinta años. La osadía provocó un pequeño revuelo en el mundo intelectual británico y terminó con la carrera académica de Scruton. El hombre de derecha era un enemigo intolerable de las causas nobles y no merecía tribuna en una universidad. Hoy Scruton desempolva ese viejo libro y lo pone en circulación quitando algunos capítulos y agregándole apartados sobre Lacan, Badiou y Žižek.

El artículo completo puede leerse aquí.

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02, ago 2016

Un ensayo sobre la fuerza

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La fuerza, no el hombre, ocupa el centro de la historia humana. Lo advierte Simone Weil leyendo la Ilíada. Su argumento es que la energía que se impone en nuestras relaciones nos deshumaniza. Sometidos a un imperio físico, somos carne inanimada, cosa. “La fuerza es lo que hace de quienquiera que le esté sometido, una cosa. Cuando se ejerce hasta el extremo, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Había alguien y, un instante después, no hay nadie”.

Ese es el tema del hombre, sostiene la mística excéntrica en su admirable ensayo titulado “La Ilíada o el poema de la fuerza”. Escrito en 1939, el ensayito de apenas una veintena de páginas fue uno de los pocos textos de Weil que vio publicados. Para Weil sólo los Evangelios pueden compararse en penetración al poema homérico. Y es ahí donde mejor se presenta el estremecedor espectáculo de la fuerza. El soldado, el esclavo, el prisionero, el vengador, el poderoso incluso, son títeres de la fuerza. La fuerza nos contrapone pero también nos hermana en la desgracia. Triturados los resortes de su libertad, el ser humano pierde ánimo, alma. Es una masa de carne, de músculos y de nervios. ¿Vive? No lo sabe bien Weil.

El texto completo puede leerse en nexos.

 

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14, jun 2016

Un intercambio sobre la desigualdad

El 28 de marzo publiqué un artículo en Reforma sobre la desigualdad, titulado “El nuevo segregacionismo“. Era en alguna medida (aunque no exclusivamente) un comentario a lo que había sugerido Luis Rubio poco antes en el mismo diario: “la desigualdad no es el problema,” argumentaba desde el título. Un par de semanas después, Rubio siguió con el tema en una nueva colaboración en Reforma: “Pobreza y desigualdad“. Álvaro Rodríguez Tirado ha participado en el intercambio con un comentario que ha publicado la revista Este país. Le respondo ahí mismo. El libro que mencionamos los tres es On Inequality, de Harry Frankfurt.

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02, may 2016

Kertész, el ojo que se ve

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Cuando Imre Kertész preparaba notas para su discurso en Estocolmo recibió una carta del director del memorial de Buchenwald, el campo de concentración donde lo encerraron de adolescente. Le enviaba, naturalmente, felicitaciones por haber ganado el Premio Nobel y le adjuntaba un documento. Era el reporte de los presos del 18 de febrero de 1945. En la columna de los “decrementos”, es decir, de las muertes, aparece el registro del prisionero número 64,921, Imre Kertész, obrero nacido en 1927. Dos datos falsos: el año de su nacimiento y el oficio. Cuando llegó a Buchenwald se agregó dos años para no ser clasificado como niño y se describió como obrero para parecerle útil a sus captores. Había, desde luego, otro dato falso: su muerte. Tal vez esas mentiras sean la razón de mi vida, dijo: morí para vivir, y tal vez aquella muerte sea mi verdadera historia.

Técnicas de la sobrevivencia: inventarse otra vida y otra muerte. Si la cinta de Spielberg sobre Schindler le resultaba una cursilería insoportable, La vida es bella, la película de Benigni, le parecía impecable. No por la ambientación sino por captar el espíritu de una tragedia que se esconde en chistes de bufón. Aquel encierro sólo podía sobrepasarse con la fuga de la imaginación. Incomprensible como realidad, el campo de concentración sólo puede entenderse (y vivirse) como literatura. El protagonista de Sin destino adivina una forma de evadir la prisión y la locura. “Es un hecho demostrado que nuestra imaginación permanece libre incluso en condiciones de privación de libertad. […] Lo había oído decir, y ahora también puedo dar fe de ello: es verdad que las paredes de la cárcel no pueden poner límites a nuestra imaginación”.

 

El artículo completo puede leerse aquí

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07, abr 2016

Vita activa. Un nuevo documental sobre Hannah Arendt

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06, abr 2016

Camus: la locura de la sinceridad

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16, mar 2016

Malkovich lee la Caverna de Platón

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22, feb 2016

Lejos de la hagiografía

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José Ortega y Gasset fue a buscar en Mirabeau el retrato de su opuesto. El ensayo que le dedicó es un fascinante ejercicio de introspección en negativo. Mirabeau era para él “cima del tipo humano más opuesto al que yo pertenezco”. Entendiendo el arquetipo del político, el filósofo podría comprenderse mejor, no por afinidad espiritual sino, precisamente, por contraste. El hombre de poder es descrito así, como el antiintelectual. Quien actúa desde el Estado no tiene célula emparentable con quien piensa desde su escritorio. Uno vive en la acción, el otro la rehúye. Uno pone las ideas entre el deseo y su acto, el otro es torrente de impulsos que no se distrae con sueños. Dos tipos humanos incompatibles: ocupados y preocupados; políticos e intelectuales. Ortega no solamente niega la fábula de una criatura que acople a las dos bestias: un intelectual-político es como un pez con melena. El filósofo descarta incluso la posibilidad de que el político tenga realmente vida. Volcado a la acción, el político se vacía. No tiene vida interior y carece de personalidad. Sus obras la absorben. Por eso, concluye, ese personaje incapaz de escuchar el rumor de su intimidad, no puede ser interesante.

Jesús Reyes Heroles rechazó aquella disyuntiva porque lo negaba. No aceptaba la imposición del dilema: ser político no podía representar la cancelación de la curiosidad, la sumisión del pensamiento, la entrega del escrúpulo. Se sabía miembro de un especie rara pero ilustre. Pertenecía al linaje de los políticos de ideas, intelectuales que habían aceptado el llamado de la acción. En sus libros exploró la mutación de las ideas en actos, en su actividad política demostró los beneficios prácticos de la reflexión.

No es extraño que el personaje se haya convertido en leyenda. El único ideólogo del régimen, el padre de la transición, el inventor de legitimidades. Un anticuario práctico, un hombre que entendía los códigos del palacio sin ignorar las exigencias de la palabra pública. Un espontáneo aforista, un rebelde comedido. El mito se alimenta de frases memorables y anécdotas jugosas. Don Jesús. Federico Reyes Heroles (ciudad de México, 1955) nada en su memoria para evocar al personaje público, pero sobre todo, para tocar a la persona. A treinta años de la muerte de su padre, ha escrito Orfandad, una entrañable novela sin pizca de ficción.

El artículo completo puede leerse en Letras libres.

 

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28, ene 2016

¿Son calvos los hoyos negros?

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09, nov 2015

Ciudad de México

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