Ideas

03, dic 2017

Poesía por otros medios

La prosa es la continuación de la poesía por otros medios. Lo decía Joseph Brodsky pensando en los ensayos de Marina Tsvietáieva pero no se quedaba en su ejemplo. La prosa es, históricamente, derivación del canto poético. En el principio fue la poesía. La maestra, la fuente de todas las literaturas. Habría que advertir que, en asuntos de arte, el disidente ruso no era un demócrata. Miraba los otros géneros por debajo del hombro. En el trono de las letras se sentaba, sin competencia alguna, el poeta. Debajo de él, los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas. La poesía no es un entretenimiento, dijo alguna vez. No es siquiera un arte. “La poesía es nuestra finalidad como especie. Si lo que nos distingue del resto del reino animal es el habla, entonces la poesía como la forma superior del habla es nuestra diferencia genética”. No había forma de equiparar el genio de la poesía con los prosaicos oficios de la novela. Y, sin embargo, bien sabía Brodsky que cuando el poeta incursionaba en la prosa podía elevarla hasta sus alturas.

¿Qué le enseña la poesía al ensayo?, preguntaba Brodsky. El poeta tiene una báscula que nadie más tiene. Sólo él sabe que cada palabra tiene un peso único, que cada sílaba tiene una voz irrepetible. El poeta le ordena también al prosista omitir lo obvio y cuidarse de los peligros de la grandilocuencia. Lo invita siempre a rendir tributo a la música. El oído es el órgano de la escritura. Brodsky tenía claro que el trato no era recíproco. La prosa muy poco tiene que enseñarle a los poetas. Tal vez un buen novelista puede invitarnos a prestar atención al lenguaje común, a registrar las palabras de la calle. Pero en realidad la lección auténtica está en otro lado. Un poeta puede sacar más provecho escuchando un cuarteto de Haydn que leyendo Dostoievski.

El artículo completo en nexos de diciembre.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
22, nov 2017

El liberalismo que fue y el que será

En la introducción al volumen que preparó sobre la teoría política francesa contemporánea, Mark Lilla denunciaba el provincianismo intelectual de los estadounidenses. El mundo anglófono había insertado un abismo para separarse del “continente”. El profesor sospechaba que la razón de este nacionalismo filosófico era una especie de encierro liberal. En aquel prólogo que Letras Libres publicó en noviembre del 2000, Lilla se abría, por una parte, a la diversidad de las tradiciones liberales y pedía, por la otra, confrontar las razones del antiliberalismo. Quería terminar con lo que describió como una guerra fría en la filosofía política. En los ensayos que ha escrito desde entonces se ha dedicado precisamente a eso. Siguiendo la ruta trazada por Isaiah Berlin, ha pensado en las seducciones del antiliberalismo usando con frecuencia el retrato biográfico para ilustrarlas. En Pensadores temerarios abordó el magnetismo que el poder absoluto ha ejercido sobre los intelectuales. En El Dios que no nació defiende la provechosa oscuridad de la política moderna: esa decisión de Occidente de mantener su política a salvo de la revelación. Si el experimento funciona tendrá que basarse solamente en nuestra lucidez. En La mente naufragada examina los atractivos del radicalismo reaccionario. Cápsulas biográficas que permiten a Lilla polemizar con Foucault y con Schmitt; con Leo Strauss y con Derrida. Estampas que restituyen el sentido y el poder de las ideas. Vidas con ideas; ideas vivas.

En su ensayo más reciente puede leerse al mismo polemista liberal dispuesto a encarar al adversario. En el libro que podría traducirse como El liberalismo que fue y el que será: después de la política de la identidad, publicado este año por Harper se percibe, sin embargo, un tono distinto. Lilla no habla ya de la historia de las ideas políticas y su remoto influjo, sino del discurso público de hoy, de la estrategia intelectual de los partidos, de las tácticas de comunicación de los políticos. Desde luego, en todas sus contribuciones se advierte la persuasión de que las ideas cuentan, de que la imagen que nos formamos de la historia y del conflicto, de la ley y de la justicia importa para configurar la experiencia política. Pero en este alegato hay un sentido de urgencia que no aparece en sus bosquejos biográficos. También, habría que decirlo, cierta torpeza en abordar las complejidades de lo inmediato.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de noviembre.

 

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
06, nov 2017

Ignacio Padilla: ensayísta cuéntico

Ignacio Padilla no ocultó en ningún momento sus predilecciones literarias. Se describió muchas veces como un contador de cuentos. En el estrecho territorio del relato breve se sintió a sus anchas. El cuento era para él, la madre de toda su literatura. De pronto el cuento se desbordaba para convertirse en novela; a veces los personajes volaban como ideas y aparecía un ensayo, a veces la voz pedía telón y nacía una obra de teatro.

En la ceñidura del cuento, Ignacio Padilla sentía “la neurosis del artista, el afán de perfección”. Un taller que se afana inútilmente en la pieza perfecta.

En el cuento, todavía, rebusco un arrecife para descansar mi escrúpulo y mis últimos despojos de fe en lo perfecto imposible. En el cuento el niño que soy juega a que tiene un mapa en la mano, tierra firme bajo los pies, el cuerpo ceñido por una camisa de fuerza que podría mantenerme salvo de mis propios arañazos. Acudo todavía al cuento porque me acobarda a veces el abismo de la novela, ese vértigo que en el fondo me atrae, porque después de todo es el abismo del mundo descascarado que me tocó en suerte o en desgracia habitar. Con el cuento me refugio, me regalo una caja que imagino suficiente para no dejar de creer en una utopía de perfección que no es ni ha sido nunca viable; con el cuento me doy un contenedor para que mi materia no se desparrame y pueda yo pulirla hasta el cansancio, ingenuo, quijotesco otra vez, ignorante de que el diamante demasiado pulido no será más luminoso sino cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a un grano de arena en el que nada consigue reflejarse, como no sea otro grano de arena: un invisible átomo de silencio que no puede ya decir nada de los hombres ni del tiempo que habitan.

El cuento, seguía explorando(se) Padilla, sobrevive en nuestro siglo como un “rey viejo, fantasmal y providente” que se aparece de vez en vez para que el hijo no se olvide de él y para vengar a quienes quisieron su muerte. Lo coronó en varias ocasiones como el rey secreto de la narrativa. Se identificaba con los respiros literarios de los que hablaba Ricardo Piglia: entre la escritura de un cuento y otro, descanso escribiendo alguna novela. Entre cuento y cuento, Ignacio Padilla fue dejando una notable colección de ensayos que merecen, como sus relatos breves, celebración.

El artículo completo puede leerse en el número de noviembre Este país.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
02, nov 2017

De la soledad a la soledad

George Orwell no era todavía George Orwell y ya se sabía escritor. Tendría cinco años, era un niño solitario y tenía claro que quería dedicarse a escribir libros. Se inventaba historias, conversaba con personajes imaginarios. Durante algunos años trató de negar el impulso pero no podía negar que en la escritura estaba su naturaleza. Dejar de escribir era un atentado contra sí mismo.

No era popular en el colegio. Casi no conocía a su padre y vivía en una prisión a la que llamaban escuela. Su crónica de aquellos días es un cuento de horror al que puso, con impecable tino irónico, el título de “Qué alegrías aquellas”. La reclusión del niño parece anticipo del totalitarismo que describiría en su novela clásica: crueldad, humillación, aislamientos prolongados, castigos terribles. Eric Blair se hacía pipí en la cama. El pecado merecía el azote de los mayores. Por las noches, antes de dormir, el niño de ocho años imploraba a Dios que le ayudara a no mojar la cama. A veces amanecía seco, pero a veces, al despertar, descubría las sabanas empapadas. Los tutores lo tundían a palos y lo exhibían públicamente: este muchachito, decía la directora a los visitantes, se orina todas las noches en la cama. Alguna vez los azotes partieron en dos la fusta con la que lo disciplinaban. Entre el dolor y la vergüenza el recluso pensaba que hacerse pipí en la cama estaba mal pero él no podía hacer nada. Cometo pecados sin desearlo; cometo pecados que más que cometer, me suceden. Esa fue la gran lección de la infancia de George Orwell: vivimos en un mundo en el que es imposible ser bueno.

El artículo completo puede leerse en nexos de noviembre.

 

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
10, oct 2017

El caldo y la cazuela. Apunte sobre la posverdad

En 1996, el filósofo Xavier Rubert de Ventós ensayaba con una ética de mínimos. Publicaba aquel año un manifiesto que buscaba afilar la moral hasta limpiarla de todos sus sobrantes. Argumentaba que las doctrinas éticas solían fallar por exceso. Por eso se proponía talar sus excedentes. El ensayista catalán comprimía la virtud hasta dejarla en los huesos. No es que propusiera una ética débil, acomodaticia. Por el contrario, depurándola hasta lo esencial, llamaba a la única vida que vale la pena vivir: la vida inauténtica.

Aquella Ética sin atributos (Anagrama) desembocaba en una propuesta práctica: una política sin atributos. Pensando en el ámbito público, llamaba igualmente al abandono de las fantasías morales. Convocaba a desprender de la democracia cualquier pretensión de sublimidad. Cultivar una política sin amor, sin Estado, sin revolución… y sin verdad. Sin verdad porque a su entender la raíz de toda política democrática es la convención. La democracia nace del atrevimiento de imaginar y convenir un orden artificial. No nace de la verdad sino de la conciliación de propósitos diversos. La certeza que importa es la del compromiso, no la de los hechos. La democracia es representación, es teatro—a fin de cuentas: ficción. Eso que Rubert de Ventós celebra era lo que tanto aborrecía Rousseau del voto y los parlamentos: la mentira de la voluntad transferida, la farsa del parlamento como encarnación de la voluntad popular.

La ficción democrática, sin embargo, reclama asideros. ¿Podríamos habitar realmente esa política sin verdad?

El artículo completo puede leerse en el número de octubre de la Revista de la Universidad de México.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
06, oct 2017

El cristal roto

En su poema “A manera de canción”, William Carlos Williams dejó estas líneas:

Que la culebra aguarde
bajo el yerbal
y la escritura sea
de palabras, lentas rápidas, prontas
al ataque, quietas en la espera,
insomnes.

–por la metáfora reconciliar
gente y piedras.
Componer. (No ideas:
cosas.) ¡Inventa!
Saxífraga es mi flor y abre
rocas.

No ideas but in things, había escrito el poeta entre los parántesis. No hay ideas más que en las cosas. Sólo en la materia reside la idea. Si no son palpables, si  no pueden sujetarse en la mano, si no huelen, si no tienen peso, no son. En la abstracción se disipa la idea, en la materia vive. La poesía es una fábrica de objetos, una máquina que da plomo a la imaginación. Productora de imágenes, comprime la complejidad para darle la simplicidad de una silla. Sólo en las cosas que la poesía inventa hay ideas, dice Williams. Y el ensayo es un cristal roto. Octavio Paz, de quien he tomado la traducción que abre esta nota, celebró los ensayos de ese médico que escribía entre consultas. “Irradiaciones de su poesía,” llama a estos ejercicios que merecen muchos más lectores de los que ha recibido. En su ensayo tanto como en su poesía, las palabras libran una lucha contra la abstracción. Son imágenes, no símbolos. Cuando dice que las palabras son ostiones, llegan al paladar, las olemos. Al abrirlas, sus navajas nos hieren los dedos.

En su escritura no hay barda que separe prosa de verso. Primavera y todo lo demás es un libro que medita sobre la imaginación, una colección de poemas cortos, un juego de tipografías, un manifiesto artístico, una mirada al presente. Poemas intercalados con prosa: improvisaciones. Un abrazo a la vida. Los reportes médicos fueron su mejor lección literaria. Aprovechando los paréntesis de su consultorio, escribiendo en papeles sueltos, daba forma a las palabras que aparecían en su tinta. Los poemas son la puntuación del ensayo. Los ensayos, una reescritura del poema. El flujo espontáneo de sus letras hace de la imaginación el único realismo posible. Escribir no es ver lo que no existe. La obra escapa del plagio cuando inventa, cuando escapa del mundo, cuando crea otra naturaleza. El arte por eso no bautiza: crea. El portento de la imaginación sirve para apreciar el mundo que la realidad apenas insinúa. La imaginación es una fuerza, una energía sobre la naturaleza. No hay retrato. El arte aparece cuando crea un nuevo objeto, dice Williams. A crear o a destruir está llamada la imaginación: si no es arte, lo advierte ese poeta que tradujo Quevedo, sería crimen.

El artículo completo puede leerse en nexos de octubre.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
02, oct 2017

Manual de resistencia

41qAqGoeRvL._SX353_BO1,204,203,200_

Entre los libros que se han publicado en los meses recientes para entender el fenómeno Trump resalta uno breve y provocador. Un éxito de ventas que, al parecer, suele comprarse por docena en Estados Unidos para regalar a los amigos. Un libro cuya urgencia es demostrada por el hecho de que hay quien compra ejemplares para dejarlos en el parque o en el metro, como regalo a un compatriota desconocido. Me refiero al manual de resistencia que ha escrito Timothy Snyder. El título (Sobre la tiranía) evoca un viejo ensayo de Leo Strauss. La de Strauss era una reflexión a partir de un olvidado diálogo de Jenofonte que examinaba la etimología del término y la posible legitimidad que podría alcanzar un tirano. Para los lectores de ese libro publicado en 1948, el ensayo era una sorprendente fuga de la experiencia reciente. El filósofo guardaba silencio sobre Hitler, recién derrotado, y sobre Stalin, en pleno poder. Esclareciendo conceptos y moralejas, Strauss huía del presente. El panfleto de Snyder es todo lo contrario. En lugar de perderse en sutilezas etimológicas, sin preocuparse mucho por la precisión confronta la urgencia. Se trata, en efecto, de un instructivo para demócratas ante la amenaza del fascismo.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de septiembre.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
07, sep 2017

Salvaciones

A principios de 1912 José Ortega y Gasset concibe una serie de ensayos que habrían de distribuirse por suscripciones. Sería el primer libro del filósofo y sería bautizado al final del día como Meditaciones del Quijote. Durante algún tiempo jugó con otro título. En lugar de meditaciones: salvaciones. La expresión se cuela a las primeras páginas del libro, en el aviso que dirige a su lector. Estos ensayos, advierte, no son informes de hechos ni resúmenes de ideas, “son más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado “salvaciones”. Eso es el ensayo para el pensador de “alma dispersa” que era Ortega: una apuesta por la salvación.

No era, por supuesto, el tropiezo místico de un ateo bien sellado. Era la mejor expresión de su viva idea del sitio donde fundía escritura y filosofía. El ensayo era vía para extraer el jugo del mundo… y compartirlo. Ortega exponía con claridad la ruta de esas salvaciones: “dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones”. Dirigir a cada una de las criaturas del mundo todos los rayos de la inteligencia. Aclarar la tierra y comprenderla.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
14, ago 2017

Gotas de lucidez

9788493724719

Reclamaba Fernando Savater a sus musas el no haberle concedido el don aforístico. Disfrutaba enormemente de las breverías pero reconocía su torpeza en el manejo de esos dardos. Para escribir aforismos, decía, hace falta fervor por la concisión, un “saber empaquetar con elegancia la lucidez”. Pero era necesario algo más: el poder contentarse con una sola perspectiva. Ahí es donde naufragaba el afán aforístico de Savater: el filósofo podría abreviar pero no sabría cómo sacrificar el argumento; el profesor lograba la miniatura pero no la simplificación que oculta el ángulo opuesto. En la captura de la esencia, no en la brevedad, está la esencia del aforismo.

El aforismo no es un simple logro de la síntesis. Es una decantación de esencias. Bien decía Nicolás Gómez Dávila que hay dos maneras de escribir. Una es pausada y meticulosa, otra breve y elíptica. El sabio colombiano sabía de lo que hablaba. Sus Escolios son seguramente la mejor muestra de la inteligencia aforística en nuestro idioma. “Escribir de la primera manera es hundirse con delicia en el tema, penetrar en él deliberadamente, abandonarse sin resistencia a sus meandros y renunciar a adueñarse para que el tema bien nos posea. Aquí convienen la lentitud y la calma; aquí conviene morar en cada idea, durar en la contemplación de cada principio, instalarse perezosamente en cada consecuencia. Las transiciones son, aquí, de una soberana importancia, pues es este ante todo un arte del contexto de la idea, de sus orígenes, sus penumbras, sus nexos y sus silenciosos remansos. Así escriben Peguy o Proust, así sería posible una gran meditación metafísica.


El artículo completo puede leerse en nexos de agosto.

 

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
22, jul 2017

El panfleto frente al temperamento ramical

Por escurridizo, el ensayo es inapresable. Quien pretende sujetarlo sólo acierta a fijar todo lo que no es. Un género entre negaciones: no es ciencia ni ficción. No es aforismo ni tratado. No es pura constatación de hechos ni libre fantasía. Ni dardo ni bulto. Pero, más que una literatura de ideas, más que una taza de la escritura, el ensayo es tono: una forma de escuchar la inteligencia. Por ello valdría recurrir a otro contraste para perfilar su identidad. Me refiero al panfleto, ese ademán de la vehemencia.

George Orwell sentía una extraña fascinación por los panfletos. Le atraía su impacto, le repugnaba su estilo. Eran hojas que anunciaban una profecía, que esparcían un rumor, que llamaban a la insurrección, que lloraban el fin del mundo. Los coleccionaba como quien acumula corcholatas, con la persuasión de atesorar un inventario de desechos. Llegó a acumular más de dos mil 700 documentos que hoy cuida la Biblioteca Británica. No elogiaba sus posesiones. Advertía que su tesoro era basura astrológica y política; basura totalitaria y militarista, basura paranoica y supersticiosa. Despojos que eran, a su juicio, retratos de una sociedad consagrada a la mentira siempre que fuera impetuosa; un sociedad deseosa de escapatorias y renuente a la complejidad. Veía una impostada pasión en todos los panfletos pero en muy pocos detectaba auténtica vitalidad literaria. En los panfletos fascistoides o anarquistas, en los panfletos católicos o socialdemócratas escaseaba la imaginación, la inventiva. Unos llamaban a la revolución y otros a la represión de los sediciosos; unos alababan a Dios y otros lo maldecían pero todos se arremedaban en sus exclamaciones. En los panfletos George Orwell ubicaba, tal vez, el sonsonete ideológico que siempre quiso evitar.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes..

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
28, jun 2017

Emilio Rabasa y el cuchicheo

FM10503

Emilio Rabasa ha sido el más grande constitucionalista de la historia de México. La Constitución y la dictadura es la pieza de reflexión constitucional más aguda, más profunda y más elocuente de esa pobre tradición intelectual. Hombre que sabía de historia y de leyes, al decir de Cosío Villegas, Rabasa entendió la mecánica y la simbología de la Constitución. Sin asomo de sentimentalismo, denunció esa treta de nuestra retórica legalista que consiste en alabar la ley para incumplirla. Gran conocedor de la tradición anglosajona como demostró Alonso Lujambio, describió las fallas de nuestra ingeniería política. Tomarse la ley en serio era dejar los rituales que sirven para legitimar al poder y entenderla como una técnica que lo limita.

La Constitución y la dictadura es una advertencia al nuevo régimen. No es una crítica a los gobiernos liberales que a su juicio se vieron forzados a romper con la ley para sobrevivir, sino un aviso a los revolucionarios. Bien sabía que garantizar el sufragio efectivo no era suficiente para darle estabilidad al país. Si el nuevo Estado no se construía con sólidos y prácticos fundamentos legales, seguiríamos atrapados en el círculo de la anarquía y el despotismo.

 

El artículo completo puede leerse en Letras libres de junio.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
06, jun 2017

La imaginación populista

José Antonio Aguilar Rivera cree que confundo las cosas al hablar de populismos. Que exagero la crisis de representatividad de las democracias contemporáneas y que empleo una brocha demasiado gruesa para retratar los desafíos liberales. En su panóptico del mes pasado sugiere que el problema para comprender el reto de estos días no es la ceguera liberal sino el astigmatismo: la incapacidad de apreciar con claridad el contorno de las cosas. Puede ser.

Estoy de acuerdo con José Antonio Aguilar cuando advierte que la razón populista es el polo opuesto a la razón liberal. Así valdría entender al populismo y al liberalismo como códigos que permiten descifrar el mundo a su modo. Cristales que imponen un color a la realidad. Populismo y liberalismo se ubican en los extremos del entendimiento contemporáneo. Por ello precisamente, vale la pena asomarse a las dos imaginaciones. Una echa luz sobre la otra. No es necesario adoptar la receta populista ni apropiarse de sus fantasías para apreciar los argumentos de su diagnóstico. El populismo nos ofrece una oportunidad de ver la otra cara del proyecto liberal. Valdría aprovecharla.

 

El artículo completo, en nexos de este mes…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, may 2017

El consuelo de la ficción

El hombre es hijo de su imaginación. Nuestra sobrevivencia no es resultado de nuestra capacidad para inventar armas o escudos sino de nuestra disposición a creer en lo indemostrable. No está en la corpulencia de nuestros genes ni en la disposición anatómica del cerebro y de los brazos. Está en nuestra afición a la fábula. Imaginar y hacer creer. La historia de la humanidad que Yuval Noah Harari ha propuesto descansa en esa hipótesis: la palabra es la clave de nuestra identidad en el planeta. No es que seamos la única especie que transmite información sobre el mundo, los únicos que descifran mensajes de sus congéneres. Hasta los seres más elementales comunican la presencia de alimento y advierten la aparición de amenazas. Lo que nos eleva en la selva es la ficción. Nombramos lo que no existe. Con asombroso detalle describimos lo imposible. Nos deleitamos en leyendas y fantasías. Las hazañas de la humanidad son producto de esa disposición a creer. Nuestras atrocidades lo son también. Las catedrales y las masacres necesitan el estímulo de la fantasía. Un chimpancé nunca me entregaría un plátano si yo le ofrezco el paraíso de los plátanos infinitos en la otra vida. El homo sapiens es, en realidad, homo credulus.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
02, feb 2017

La nobleza de la crueldad

mencken1

Mi abuelo cometió un terrible error al venir a Estados Unidos. Siempre he vivido en el país equivocado, decía H. L. Mencken. Para Borges el periodista norteamericano era tan admirable como irrepetible. Imposible exportar la figura de un crítico dedicado al arte de vituperar al país propio. Cuando le preguntaron por qué vivía ahí, en un país del que tanto se burlaba, respondió con otra pregunta: ¿por qué la gente va a los zoológicos? Estados Unidos era, en efecto, el paraíso del burlón. Solía hablar de las raíces alemanas de su familia pero fue un personaje esencialmente americano. “Por sus virtudes y por sus no en pocas ocasiones colosales defectos, Mencken —dice Christopher Domínguez— es uno de los ejemplos más característicos del genio de los Estados Unidos: audaz, pragmático, inventivo, ingenuo, filisteo, oportuno y oportunista”.

No es extraño encontrar en nuestra prensa alguna frase suya como condimento, pero es poco leído. Reportero infatigable, tenía la precisión del aforista. “Un cínico es el hombre que, al ver una rosa, busca el ataúd”. Si fue el crítico más poderoso de su tiempo fue porque no aspiró a la popularidad, porque despreció la influencia. Era despiadado, temible, implacable. El “Sacro Terror de Baltimore”, lo llamó Walter Lipmann. Mencken sabía que su obituario estaba listo en los archivos de la redacción del Sun, como buitre en espera de su muerte. A quien lo había redactado le hizo solamente una sugerencia: agrégale que, a medida en que fui envejeciendo, me fui haciendo más malo. Escribió que una carcajada puede más que mil silogismos. Era la risotada de quien ha perdido toda ilusión.

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero. 

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
03, ene 2017

El encierro del lamento

Quiso reinventar el mundo pero no salió del espejo. Imaginó el pacto de la fraternidad, llamó a refundar la escuela, exigió la clausura de los teatros y el abandono del pentagrama. Soñó con la recuperación de la inocencia. Le cantó, como nadie, a la libertad. Cada empresa intelectual era, sin embargo, más que un proyecto, una confesión. No escribo libros, dijo, pinto autorretratos. Cada párrafo de Jean Jacques Rousseau, no importa si denuncia tiranos o maldice las artes, es una melodía que refleja su imagen o, más bien, su sufrimiento. El dolor era el salvoconducto de su escritura. El suplicio, fuente de su autoridad. La soledad del perseguido era, para él, origen de escritura auténtica. Fue un romántico intratable.

Rousseau envidió la gloria de los mártires. Por eso hizo arte de la queja, por eso fue un exhibicionista del sufrimiento. No temió mostrarse. Se deleitaba en las ofensas que había sufrido. Ostentó sus tormentos como el rico presume sus joyas. Luciendo sus heridas, caminó por el mundo creyéndose el primer hombre honesto en el planeta. Más que sumergirse en sus defectos, lloraba la incomprensión, la malevolencia de los otros. En alguna carta daba cuenta del refugio de su esperanza: ser juzgado por todo lo que había soportado. No creo que exista algo tan bello como sufrir por la verdad, llegó a decir. Sus Confesiones son el itinerario de sus desgracias. La primera, por supuesto: nacer. Existir fue para él, un pecado. La vida, una culpa. “Le costé la vida a mi madre; mi nacimiento fue la primera de mis desdichas”. Así se presentaba frente al confesor que lo leería.

El artículo completo puede leerse aquí…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook