Ideas

10, oct 2017

El caldo y la cazuela. Apunte sobre la posverdad

En 1996, el filósofo Xavier Rubert de Ventós ensayaba con una ética de mínimos. Publicaba aquel año un manifiesto que buscaba afilar la moral hasta limpiarla de todos sus sobrantes. Argumentaba que las doctrinas éticas solían fallar por exceso. Por eso se proponía talar sus excedentes. El ensayista catalán comprimía la virtud hasta dejarla en los huesos. No es que propusiera una ética débil, acomodaticia. Por el contrario, depurándola hasta lo esencial, llamaba a la única vida que vale la pena vivir: la vida inauténtica.

Aquella Ética sin atributos (Anagrama) desembocaba en una propuesta práctica: una política sin atributos. Pensando en el ámbito público, llamaba igualmente al abandono de las fantasías morales. Convocaba a desprender de la democracia cualquier pretensión de sublimidad. Cultivar una política sin amor, sin Estado, sin revolución… y sin verdad. Sin verdad porque a su entender la raíz de toda política democrática es la convención. La democracia nace del atrevimiento de imaginar y convenir un orden artificial. No nace de la verdad sino de la conciliación de propósitos diversos. La certeza que importa es la del compromiso, no la de los hechos. La democracia es representación, es teatro—a fin de cuentas: ficción. Eso que Rubert de Ventós celebra era lo que tanto aborrecía Rousseau del voto y los parlamentos: la mentira de la voluntad transferida, la farsa del parlamento como encarnación de la voluntad popular.

La ficción democrática, sin embargo, reclama asideros. ¿Podríamos habitar realmente esa política sin verdad?

El artículo completo puede leerse en el número de octubre de la Revista de la Universidad de México.

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06, oct 2017

El cristal roto

En su poema “A manera de canción”, William Carlos Williams dejó estas líneas:

Que la culebra aguarde
bajo el yerbal
y la escritura sea
de palabras, lentas rápidas, prontas
al ataque, quietas en la espera,
insomnes.

–por la metáfora reconciliar
gente y piedras.
Componer. (No ideas:
cosas.) ¡Inventa!
Saxífraga es mi flor y abre
rocas.

No ideas but in things, había escrito el poeta entre los parántesis. No hay ideas más que en las cosas. Sólo en la materia reside la idea. Si no son palpables, si  no pueden sujetarse en la mano, si no huelen, si no tienen peso, no son. En la abstracción se disipa la idea, en la materia vive. La poesía es una fábrica de objetos, una máquina que da plomo a la imaginación. Productora de imágenes, comprime la complejidad para darle la simplicidad de una silla. Sólo en las cosas que la poesía inventa hay ideas, dice Williams. Y el ensayo es un cristal roto. Octavio Paz, de quien he tomado la traducción que abre esta nota, celebró los ensayos de ese médico que escribía entre consultas. “Irradiaciones de su poesía,” llama a estos ejercicios que merecen muchos más lectores de los que ha recibido. En su ensayo tanto como en su poesía, las palabras libran una lucha contra la abstracción. Son imágenes, no símbolos. Cuando dice que las palabras son ostiones, llegan al paladar, las olemos. Al abrirlas, sus navajas nos hieren los dedos.

En su escritura no hay barda que separe prosa de verso. Primavera y todo lo demás es un libro que medita sobre la imaginación, una colección de poemas cortos, un juego de tipografías, un manifiesto artístico, una mirada al presente. Poemas intercalados con prosa: improvisaciones. Un abrazo a la vida. Los reportes médicos fueron su mejor lección literaria. Aprovechando los paréntesis de su consultorio, escribiendo en papeles sueltos, daba forma a las palabras que aparecían en su tinta. Los poemas son la puntuación del ensayo. Los ensayos, una reescritura del poema. El flujo espontáneo de sus letras hace de la imaginación el único realismo posible. Escribir no es ver lo que no existe. La obra escapa del plagio cuando inventa, cuando escapa del mundo, cuando crea otra naturaleza. El arte por eso no bautiza: crea. El portento de la imaginación sirve para apreciar el mundo que la realidad apenas insinúa. La imaginación es una fuerza, una energía sobre la naturaleza. No hay retrato. El arte aparece cuando crea un nuevo objeto, dice Williams. A crear o a destruir está llamada la imaginación: si no es arte, lo advierte ese poeta que tradujo Quevedo, sería crimen.

El artículo completo puede leerse en nexos de octubre.

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02, oct 2017

Manual de resistencia

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Entre los libros que se han publicado en los meses recientes para entender el fenómeno Trump resalta uno breve y provocador. Un éxito de ventas que, al parecer, suele comprarse por docena en Estados Unidos para regalar a los amigos. Un libro cuya urgencia es demostrada por el hecho de que hay quien compra ejemplares para dejarlos en el parque o en el metro, como regalo a un compatriota desconocido. Me refiero al manual de resistencia que ha escrito Timothy Snyder. El título (Sobre la tiranía) evoca un viejo ensayo de Leo Strauss. La de Strauss era una reflexión a partir de un olvidado diálogo de Jenofonte que examinaba la etimología del término y la posible legitimidad que podría alcanzar un tirano. Para los lectores de ese libro publicado en 1948, el ensayo era una sorprendente fuga de la experiencia reciente. El filósofo guardaba silencio sobre Hitler, recién derrotado, y sobre Stalin, en pleno poder. Esclareciendo conceptos y moralejas, Strauss huía del presente. El panfleto de Snyder es todo lo contrario. En lugar de perderse en sutilezas etimológicas, sin preocuparse mucho por la precisión confronta la urgencia. Se trata, en efecto, de un instructivo para demócratas ante la amenaza del fascismo.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de septiembre.

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07, sep 2017

Salvaciones

A principios de 1912 José Ortega y Gasset concibe una serie de ensayos que habrían de distribuirse por suscripciones. Sería el primer libro del filósofo y sería bautizado al final del día como Meditaciones del Quijote. Durante algún tiempo jugó con otro título. En lugar de meditaciones: salvaciones. La expresión se cuela a las primeras páginas del libro, en el aviso que dirige a su lector. Estos ensayos, advierte, no son informes de hechos ni resúmenes de ideas, “son más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado “salvaciones”. Eso es el ensayo para el pensador de “alma dispersa” que era Ortega: una apuesta por la salvación.

No era, por supuesto, el tropiezo místico de un ateo bien sellado. Era la mejor expresión de su viva idea del sitio donde fundía escritura y filosofía. El ensayo era vía para extraer el jugo del mundo… y compartirlo. Ortega exponía con claridad la ruta de esas salvaciones: “dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones”. Dirigir a cada una de las criaturas del mundo todos los rayos de la inteligencia. Aclarar la tierra y comprenderla.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes…

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14, ago 2017

Gotas de lucidez

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Reclamaba Fernando Savater a sus musas el no haberle concedido el don aforístico. Disfrutaba enormemente de las breverías pero reconocía su torpeza en el manejo de esos dardos. Para escribir aforismos, decía, hace falta fervor por la concisión, un “saber empaquetar con elegancia la lucidez”. Pero era necesario algo más: el poder contentarse con una sola perspectiva. Ahí es donde naufragaba el afán aforístico de Savater: el filósofo podría abreviar pero no sabría cómo sacrificar el argumento; el profesor lograba la miniatura pero no la simplificación que oculta el ángulo opuesto. En la captura de la esencia, no en la brevedad, está la esencia del aforismo.

El aforismo no es un simple logro de la síntesis. Es una decantación de esencias. Bien decía Nicolás Gómez Dávila que hay dos maneras de escribir. Una es pausada y meticulosa, otra breve y elíptica. El sabio colombiano sabía de lo que hablaba. Sus Escolios son seguramente la mejor muestra de la inteligencia aforística en nuestro idioma. “Escribir de la primera manera es hundirse con delicia en el tema, penetrar en él deliberadamente, abandonarse sin resistencia a sus meandros y renunciar a adueñarse para que el tema bien nos posea. Aquí convienen la lentitud y la calma; aquí conviene morar en cada idea, durar en la contemplación de cada principio, instalarse perezosamente en cada consecuencia. Las transiciones son, aquí, de una soberana importancia, pues es este ante todo un arte del contexto de la idea, de sus orígenes, sus penumbras, sus nexos y sus silenciosos remansos. Así escriben Peguy o Proust, así sería posible una gran meditación metafísica.


El artículo completo puede leerse en nexos de agosto.

 

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22, jul 2017

El panfleto frente al temperamento ramical

Por escurridizo, el ensayo es inapresable. Quien pretende sujetarlo sólo acierta a fijar todo lo que no es. Un género entre negaciones: no es ciencia ni ficción. No es aforismo ni tratado. No es pura constatación de hechos ni libre fantasía. Ni dardo ni bulto. Pero, más que una literatura de ideas, más que una taza de la escritura, el ensayo es tono: una forma de escuchar la inteligencia. Por ello valdría recurrir a otro contraste para perfilar su identidad. Me refiero al panfleto, ese ademán de la vehemencia.

George Orwell sentía una extraña fascinación por los panfletos. Le atraía su impacto, le repugnaba su estilo. Eran hojas que anunciaban una profecía, que esparcían un rumor, que llamaban a la insurrección, que lloraban el fin del mundo. Los coleccionaba como quien acumula corcholatas, con la persuasión de atesorar un inventario de desechos. Llegó a acumular más de dos mil 700 documentos que hoy cuida la Biblioteca Británica. No elogiaba sus posesiones. Advertía que su tesoro era basura astrológica y política; basura totalitaria y militarista, basura paranoica y supersticiosa. Despojos que eran, a su juicio, retratos de una sociedad consagrada a la mentira siempre que fuera impetuosa; un sociedad deseosa de escapatorias y renuente a la complejidad. Veía una impostada pasión en todos los panfletos pero en muy pocos detectaba auténtica vitalidad literaria. En los panfletos fascistoides o anarquistas, en los panfletos católicos o socialdemócratas escaseaba la imaginación, la inventiva. Unos llamaban a la revolución y otros a la represión de los sediciosos; unos alababan a Dios y otros lo maldecían pero todos se arremedaban en sus exclamaciones. En los panfletos George Orwell ubicaba, tal vez, el sonsonete ideológico que siempre quiso evitar.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes..

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28, jun 2017

Emilio Rabasa y el cuchicheo

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Emilio Rabasa ha sido el más grande constitucionalista de la historia de México. La Constitución y la dictadura es la pieza de reflexión constitucional más aguda, más profunda y más elocuente de esa pobre tradición intelectual. Hombre que sabía de historia y de leyes, al decir de Cosío Villegas, Rabasa entendió la mecánica y la simbología de la Constitución. Sin asomo de sentimentalismo, denunció esa treta de nuestra retórica legalista que consiste en alabar la ley para incumplirla. Gran conocedor de la tradición anglosajona como demostró Alonso Lujambio, describió las fallas de nuestra ingeniería política. Tomarse la ley en serio era dejar los rituales que sirven para legitimar al poder y entenderla como una técnica que lo limita.

La Constitución y la dictadura es una advertencia al nuevo régimen. No es una crítica a los gobiernos liberales que a su juicio se vieron forzados a romper con la ley para sobrevivir, sino un aviso a los revolucionarios. Bien sabía que garantizar el sufragio efectivo no era suficiente para darle estabilidad al país. Si el nuevo Estado no se construía con sólidos y prácticos fundamentos legales, seguiríamos atrapados en el círculo de la anarquía y el despotismo.

 

El artículo completo puede leerse en Letras libres de junio.

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06, jun 2017

La imaginación populista

José Antonio Aguilar Rivera cree que confundo las cosas al hablar de populismos. Que exagero la crisis de representatividad de las democracias contemporáneas y que empleo una brocha demasiado gruesa para retratar los desafíos liberales. En su panóptico del mes pasado sugiere que el problema para comprender el reto de estos días no es la ceguera liberal sino el astigmatismo: la incapacidad de apreciar con claridad el contorno de las cosas. Puede ser.

Estoy de acuerdo con José Antonio Aguilar cuando advierte que la razón populista es el polo opuesto a la razón liberal. Así valdría entender al populismo y al liberalismo como códigos que permiten descifrar el mundo a su modo. Cristales que imponen un color a la realidad. Populismo y liberalismo se ubican en los extremos del entendimiento contemporáneo. Por ello precisamente, vale la pena asomarse a las dos imaginaciones. Una echa luz sobre la otra. No es necesario adoptar la receta populista ni apropiarse de sus fantasías para apreciar los argumentos de su diagnóstico. El populismo nos ofrece una oportunidad de ver la otra cara del proyecto liberal. Valdría aprovecharla.

 

El artículo completo, en nexos de este mes…

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01, may 2017

El consuelo de la ficción

El hombre es hijo de su imaginación. Nuestra sobrevivencia no es resultado de nuestra capacidad para inventar armas o escudos sino de nuestra disposición a creer en lo indemostrable. No está en la corpulencia de nuestros genes ni en la disposición anatómica del cerebro y de los brazos. Está en nuestra afición a la fábula. Imaginar y hacer creer. La historia de la humanidad que Yuval Noah Harari ha propuesto descansa en esa hipótesis: la palabra es la clave de nuestra identidad en el planeta. No es que seamos la única especie que transmite información sobre el mundo, los únicos que descifran mensajes de sus congéneres. Hasta los seres más elementales comunican la presencia de alimento y advierten la aparición de amenazas. Lo que nos eleva en la selva es la ficción. Nombramos lo que no existe. Con asombroso detalle describimos lo imposible. Nos deleitamos en leyendas y fantasías. Las hazañas de la humanidad son producto de esa disposición a creer. Nuestras atrocidades lo son también. Las catedrales y las masacres necesitan el estímulo de la fantasía. Un chimpancé nunca me entregaría un plátano si yo le ofrezco el paraíso de los plátanos infinitos en la otra vida. El homo sapiens es, en realidad, homo credulus.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes…

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02, feb 2017

La nobleza de la crueldad

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Mi abuelo cometió un terrible error al venir a Estados Unidos. Siempre he vivido en el país equivocado, decía H. L. Mencken. Para Borges el periodista norteamericano era tan admirable como irrepetible. Imposible exportar la figura de un crítico dedicado al arte de vituperar al país propio. Cuando le preguntaron por qué vivía ahí, en un país del que tanto se burlaba, respondió con otra pregunta: ¿por qué la gente va a los zoológicos? Estados Unidos era, en efecto, el paraíso del burlón. Solía hablar de las raíces alemanas de su familia pero fue un personaje esencialmente americano. “Por sus virtudes y por sus no en pocas ocasiones colosales defectos, Mencken —dice Christopher Domínguez— es uno de los ejemplos más característicos del genio de los Estados Unidos: audaz, pragmático, inventivo, ingenuo, filisteo, oportuno y oportunista”.

No es extraño encontrar en nuestra prensa alguna frase suya como condimento, pero es poco leído. Reportero infatigable, tenía la precisión del aforista. “Un cínico es el hombre que, al ver una rosa, busca el ataúd”. Si fue el crítico más poderoso de su tiempo fue porque no aspiró a la popularidad, porque despreció la influencia. Era despiadado, temible, implacable. El “Sacro Terror de Baltimore”, lo llamó Walter Lipmann. Mencken sabía que su obituario estaba listo en los archivos de la redacción del Sun, como buitre en espera de su muerte. A quien lo había redactado le hizo solamente una sugerencia: agrégale que, a medida en que fui envejeciendo, me fui haciendo más malo. Escribió que una carcajada puede más que mil silogismos. Era la risotada de quien ha perdido toda ilusión.

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero. 

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03, ene 2017

El encierro del lamento

Quiso reinventar el mundo pero no salió del espejo. Imaginó el pacto de la fraternidad, llamó a refundar la escuela, exigió la clausura de los teatros y el abandono del pentagrama. Soñó con la recuperación de la inocencia. Le cantó, como nadie, a la libertad. Cada empresa intelectual era, sin embargo, más que un proyecto, una confesión. No escribo libros, dijo, pinto autorretratos. Cada párrafo de Jean Jacques Rousseau, no importa si denuncia tiranos o maldice las artes, es una melodía que refleja su imagen o, más bien, su sufrimiento. El dolor era el salvoconducto de su escritura. El suplicio, fuente de su autoridad. La soledad del perseguido era, para él, origen de escritura auténtica. Fue un romántico intratable.

Rousseau envidió la gloria de los mártires. Por eso hizo arte de la queja, por eso fue un exhibicionista del sufrimiento. No temió mostrarse. Se deleitaba en las ofensas que había sufrido. Ostentó sus tormentos como el rico presume sus joyas. Luciendo sus heridas, caminó por el mundo creyéndose el primer hombre honesto en el planeta. Más que sumergirse en sus defectos, lloraba la incomprensión, la malevolencia de los otros. En alguna carta daba cuenta del refugio de su esperanza: ser juzgado por todo lo que había soportado. No creo que exista algo tan bello como sufrir por la verdad, llegó a decir. Sus Confesiones son el itinerario de sus desgracias. La primera, por supuesto: nacer. Existir fue para él, un pecado. La vida, una culpa. “Le costé la vida a mi madre; mi nacimiento fue la primera de mis desdichas”. Así se presentaba frente al confesor que lo leería.

El artículo completo puede leerse aquí…

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02, dic 2016

Tirones de Unamuno

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Miguel de Unamuno se reconocía antipático. Hacía gala, tal vez, de serlo. Sabía bien que su escritura incomodaba. “La simpatía se cobra muchas veces a costa de la autoridad y del respeto”, decía. No escribía para ofrecer alivio sino lo contrario: el desconsuelo. Quiso provocar ideas sabiendo que es lo que menos busca un lector. Quien lee no quiere que se le impongan dudas, que lo invadan ideas. El lector quiere, casi siempre, corroborar lo que ya sabe, confirmar sus prejuicios, recibir halagos del escritor. Cuando lee el periódico lo hace, en realidad, para no enterarse. Toma el diario en el desayuno para matar el rato, para confirmar que hay pillos, que llovió anoche, que se dictan nuevas leyes. Lo que menos quiere es que la lectura fastidie su rutina. Al lector, como a todo el mundo, le molesta que lo contraríen, que lo desvíen de su camino. Por eso el lector suele preferir al escritor simpático: agradable, complaciente, lisonjero, inofensivo.

Toda idea, cuando es nueva, duele. Se abre espacio desgarrando el tejido de nuestras creencias. “La rotura de una asociación de ideas, escribe el filósofo, es como la rotura de una asociación de células corpóreas y puede producir desde una ligera molestia hasta un agudísimo dolor”. Desprenderse de una idea es sufrir el duelo de una vieja compañía, sentir la ausencia de un ser amado. Unamuno entendía su misión intelectual —espiritual debería decirse, tal vez— como la del escritor que se empeña en romper los entendimientos más arraigados. Un proveedor de dolencias. Sus ensayos no son cirugía: extracción preparada con anestesia y ejecutada con la precisión milimétrica del bisturí. Son algo muy distinto: tirones. En ocasiones, sugiere, hay que desgarrar el músculo, arrancar los tejidos, quemar la piel. Ahorrarse el dolor es esquivar la lección.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de diciembre.

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01, nov 2016

Las dos espaldas del ensayo

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“En el año de Cristo de 1571, a la edad de 38, en la víspera de su aniversario, durante las calendas de marzo, Michel de Montaigne, ya desde tiempo atrás cansado de la esclavitud de la corte y de los empleos públicos, se refugió, todavía en pleno vigor, en el seno de las musas, para encontrar ahí la calma y la entera seguridad, para pasar el resto de los días que le queden por vivir”. Es el propio Montaigne quien coloca solemnemente la inscripción en su castillo. Se trata del recordatorio de una determinación vital. La decisión de cumplir los votos de paseante.

En la dedicación a su obra se encuentra una resistencia a las seducciones de la hazaña, a las ilusiones del héroe. Una sólida convicción antiépica. La actividad política, la intervención en la vida pública es una esclavitud que rechaza enfáticamente. El escritor desoye el llamado de la responsabilidad, rompe con el hábito de la influencia para refugiarse en su torre. Ante las convulsiones de su tiempo opta por el retiro. El paseo, la conversación, la lectura y la escritura habrán de llenar sus días. Los ensayos que escribe pueden leerse así como una apuesta por la impotencia. “No puedo llevar el registro de mi vida por mis acciones”, escribe pensando en la vanidad. No vive en la actividad sino en la cavilación. Sólo con mis fantasías, sugiere, podrá delinearse mi biografía. La aportación que quiere hacerle a su siglo es el ocio: “en una época en la que hacer el mal es tan común, limitarse a hacer algo inútil es casi loable”. No es injusta por eso la denuncia del ensayo como expresión inservible, una forma de la cobardía, de la indecisión, de la indolencia. Puede ser cierto: desde su nacimiento le ha dado la espalda a la acción.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de noviembre.

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04, oct 2016

El Vitruvio espiritual de Alfonso Reyes

Ilustración de Adrián Pérez

Ilustración de Adrián Pérez

*

El poeta puede verlo todo en cada cosa. Nada es sólo lo que es. Y bien visto, es todo lo demás… hasta su opuesto. En el poema el ser se desparrama en significados. El universo en cada partícula de polvo. Así lo muestra William Blake en sus Augurios de la inocencia:

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Cuando una publicación bogotana preguntó a Alfonso Reyes su regla filosófica, el ensayista dudó responder. Imposible sintetizar las cuerdas contradictorias de su entendimiento, las líneas incompletas de su orientación intelectual. La simpleza de la pregunta periodística, sin embargo, lo sedujo: ¿cuál sería, en efecto, el principio filosófico que mayor influencia espiritual había tenido en su vida? Se dispuso entonces a bosquejar una respuesta. El escritor no acudió a sus clásicos para encontrar respuesta. Si se atrevió a delinear una imagen de su doctrina vital en una notita a la que tituló “ Anatomía espiritual” fue porque se miró al espejo. Su filosofía quedaba revelada en su cuerpo. Todo hombre, sacando lección de su cuerpo, podría descubrir su escuela, su ideario. El apunte de Reyes es apenas un bosquejo. Una cruda relación de ideas descosidas. Este comentario es más extenso que su nota.

El artículo completo puede leerse en el número de octubre de nexos.

 

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23, sep 2016

Fábricas del sinsentido


No es fácil ser conservador, se quejaba Roger Scruton en un artículo de hace un par de años en The Guardian. El conservador carga la fama de estúpido que le colgó alguna vez John Stuart Mill. Los conservadores, aceptaba Scruton, no estamos acostumbrados a pensar mucho. Pero no por las razones que imaginaba Mill, sino porque estamos convencidos de que el buen gobierno no debe ajustarse a una elaborada y compleja teoría de la justicia o de la igualdad sino que ha de acomodarse a la circunstancia. Para un conservador la política supone, ante todo, adhesión a la comunidad, a la historia, a la identidad. Como Burke, Scruton no defiende la quietud sino la adaptación, la reforma. En todo caso, ve la abstracción política con enorme sospecha.

Negados para la fantasía utópica, los conservadores del siglo XVIII usaron su inteligencia y su ironía para oponerse a la impecable racionalidad que, a su juicio, rompía el sagrado hilo del tiempo. Burke no atacaba la falta de lógica de los jacobinos sino el exceso de lógica. La nueva izquierda a la que denuncia Roger Scruton en su libro no es ya hija de la Enciclopedia sino su enemiga. De ahí que la acusación principal no sea que la fría mecánica de la razón se desentiende de la historia sino que la nobleza de la causa esconde pura charlatanería.

Desde el título el autor advierte que su libro ha de leerse como una provocación: Tontos, tramposos y agitadores. En realidad no es un libro nuevo sino la reedición de un volumen que publicó hace más de treinta años. La osadía provocó un pequeño revuelo en el mundo intelectual británico y terminó con la carrera académica de Scruton. El hombre de derecha era un enemigo intolerable de las causas nobles y no merecía tribuna en una universidad. Hoy Scruton desempolva ese viejo libro y lo pone en circulación quitando algunos capítulos y agregándole apartados sobre Lacan, Badiou y Žižek.

El artículo completo puede leerse aquí.

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