Ensayo

12, Jul 2010

La crisis de México, de Daniel Cosío Villegas

Daniel Cosio Villegas 

En noviembre de 1946 México parecía entrar en el camino de una modernidad propia. Un abogado estaba a punto de relevar al último general que ocupaba la presidencia. Las leyes remplazarían a los balazos; el pavimento al polvo; el tractor a la yunta. En esas semanas de contagioso optimismo oficial, Daniel Cosío Villegas ponía punto final a un ensayo escrito contra la corriente. A su juicio, no había motivos para la celebración: México vivía una profunda crisis histórica. No es que hubiera problemas en tal o cual ámbito: la nación misma estaba en riesgo. La revolución había perdido rumbo, y con ella se extraviaba México.

Cosío Villegas veía en la revolución mexicana una revolución liberal, una revolución socialista y una revolución nacionalista. Pensaba que la conciliación de esos valores era, más que posible, necesaria. Para el historiador, la revolución mexicana buscó la democracia de los votos y de los controles; quiso justicia a través de la intervención benefactora del gobierno y se empeñó en fundar el orgullo nacional. Los tres emblemas de estas luchas eran Francisco I. Madero, Emiliano Zapata y Diego Rivera. Lograr el relevo pacífico de los gobernantes; afirmar los derechos de la mayoría; exaltar lo propio. En algunas propuestas podría asomarse el candor, pero cada una de ellas correspondía a las necesidades profundas del país. La revolución no era un movimiento intelectual, una nueva coacción de las élites: era una explosión de autenticidad. El país trazaba sus metas y eran sus propios hijos, hombres que brotaban del suelo mexicano, quienes dirigían sus empeños.

El ensayo, publicado por primera vez en Cuadernos Americanos en marzo de 1947, albergaba todo un universo crítico en semilla. Unas cuantas páginas que pasaban revista a la historia, a la política, a la economía, a la sociedad y a la cultura del México del medio siglo. Enrique Krauze lo ha considerado “el ensayo político más importante” del siglo xx mexicano y puede tener razón. En La crisis de México se conjugan la mirada del historiador y los cálculos del economista; la prudencia del liberal y las urgencias del justiciero. Un texto diáfano y sencillo que no deja de ser profundo; una pieza combativa que no simplifica; un amplio arco de reflexiones que no pierde filo en la aproximación al detalle.

Si Cosío Villegas se identificaba con las tres revoluciones, criticaba con severidad los escasos logros de, por lo menos, dos de ellas.

El texto completo está por acá

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15, Jun 2010

Jorge Edwards sobre el ensayo

Gracias a Luis Alfonso Gómez encuentro el artículo que Jorge Edwards publica hoy en El país. El escritor chileno examina la naturaleza del ensayo y traza unas líneas de la vida de Montaigne. El artículo se titula "La serpiente de san Miguel," evocando el aire y la tierra del género.

El ensayo es el género literario de la libertad. Nosotros hemos
tenido ensayistas y todavía los tenemos, pero son autores que no siempre
comprenden la esencia, la naturaleza propia del género que cultivan. A
veces pontifican, dictaminan, se emborrachan de citas librescas, nos
castigan.

El ensayo, en cambio, es amable, libre, cercano a la
naturaleza. Huye de la pedantería y del dogmatismo. Desconfía de
cualquier especie de jerga, de sistema cerrado de signos, y busca el
lenguaje de la calle, de las regiones, de artesanos y campesinos.
Representa una reacción rápida, intuitiva, frente a temas del presente, y
se mueve entre diferentes puntos de vista, salta del uno al otro, pero
siempre con amabilidad, y sin miedo de incurrir en la contradicción.

Montaigne
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20, Jun 2009

La revolución de twitter

Twitter iran La revolución no está siendo televisada. Se enciende y se trasmite en twitter. Algo así dice Timothy Garton Ash en su artículo más reciente

Sobre ese mismo tema, resulta interesante este videoensayo sobre los blogs en Irán:

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22, Abr 2009

El príncipe del gusto

Torrentius - naturaleza muerta2 

En un poema sobre el arte como refugio ético, el gran poeta polaco Zbigniew Herbert escribió:

Nuestros ojos y nuestros oídos rechazaron la obediencia
los príncipes de nuestros sentidos orgullosamente escogieron el exilio.

Será que la dignidad no brota de la osamenta del carácter ni del pecho valiente. Para el poeta polaco, el humilde sentido del gusto daba origen al decoro en tiempos indecentes. Así que la estética podría ser útil, el fundamento de una política o más bien, de una moral. La huida del poeta lo condujo a otras tierras y a otros tiempos que pudieran ofrecerle refugio en el arte. Ahí, en la pintura de los grandes maestros aparecían reglas sin amenazas, verdades sin padrinazgos, testimonios llanos. Lienzos lisos como espejos.

Los ensayos de Herbert son crónicas de esa peregrinación. Naturaleza muerta con brida. Ensayos y apócrifos publicado por El acantilado es su cuaderno holandés. Cuenta Adam Zagajewski que Herbert, un hombre bajito de semblante tranquilo y facciones juveniles, recorría museos equipado de una libreta blanca. Podía pasar toda una mañana, todo un día frente a un cuadro dibujando lo que veía. La pintura y la escritura se hilvanaban en esos blocs. El lápiz trazando figuras y zurciendo letras. El poeta no ocultó nunca su nostalgia por la pintura de antes, por el sitio anterior de la pintura. De los artistas se podía saber muy poco, pero no se ponía en duda el sitio del arte en la ciudad. Un mundo sin cuadros les habría sido impensable. “Los maestros antiguos, sin excepción, podrían repetir las palabras de Racine: ‘Trabajamos para agradar al público’, es decir, creían en el sentido de su trabajo, en la posibilidad de comprensión de las personas. Afirmaban la realidad visible con inspirada escrupulosidad y con la seriedad de los niños, como si de ello dependiera el orden del universo, la rotación de las estrellas, la estabilidad de la bóveda celeste. Bendita sea esa ingenuidad.”

Cuadros y artistas, telas y navieros, tulipanes, niebla y lluvia aparecen en esta colección de ensayos y fábulas. El título subraya con buena razón el texto central. El poeta visita el Museo Real de Ámsterdam. Un cuadro lo llama, le hace señas, le muestra un misterio que lo atrapa. En la portada del libro aparece el cuadro: “Naturaleza muerta con brida.” Un par de jarrones, una copa, una pipa, una hoja con notas musicales, un texto. Un fondo enigmático: “negro, profundo como un precipicio y a la vez plano como un espejo, tangible y a punto de perderse en las perspectivas del infinito. La tapa transparente de un abismo.” Del pintor, apenas el nombre: Torrentius. Herbert describe el hechizo de ese cuadro, la fascinación que le provoca un artista enigmático que funde en su nombre artístico el fuego y el agua.

Todo lo que Herbert descubre de Torrentius es material para la leyenda. Guapo y ostentoso, era visto como un libertino que pervertía mujeres y descreía de Dios. Decía que él no pintaba sus cuadros. Que colocaba las pinturas cerca de la tela y, al tocar música, los colores se mezclaban coloreando el lienzo. Su vida escandalizó a la república burguesa y hartó su tolerancia. Fue torturado, encarcelado, desterrado. Estuvo a punto de morir en la hoguera. Solo se conserva ese cuadro abismal que será siempre un misterio. Una alegoría, quizá, de la libertad que sólo en el arte vive.

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13, Abr 2009

Literatura y veneno

Veneno 

Gracias a acantilado veo el ensayo de Claudio Magris sobre la invectiva literaria que publica este mes la revista colombiana Malpensante.

Este vulgar y faccioso desconocimiento del otro –que tan a menudo desfigura perversamente la boca de escritores que en otras ocasiones han sido capaces de proferir grandes palabras llenas de humanidad– se justifica a veces por la necesidad que tendrían los artistas de afirmar su propia visión y representación del mundo. Para lograrlo recurren a la negación de otras visiones y representaciones, distintas o contrarias a las suyas, que podrían oponerse a ellas y ponerlas en dificultad o por lo menos en discusión. Una gran obra clásica y armoniosa puede poner en crisis al autor de una gran obra fragmentaria y desacralizante, poner en duda su legitimidad e impulsarlo por lo tanto a rechazar de un modo sectario ese clasicismo, del mismo modo que puede suceder lo inverso. En un caso así, el juicio sale desequilibrado, pero al ser unilateral se entiende que proviene de un sufrimiento, de la necesidad de proteger una exigencia creativa, lo que no justifica ese juicio, pero lo explica y le confiere cierta dignidad humana. Conrad o Hamsun se equivocan, por supuesto, al condenar a Dostoievski y a Ibsen, pero uno entiende por qué sentían la necesidad de hacerlo.

Platón sabía que solo la divina manía del arte expresa la esencia de la vida y de la verdad vivida, pero expulsaba a los poetas de su República ideal. Aquella condena es injusta, potencialmente totalitaria y debe rechazarse, pero no sobra tenerla siempre en cuenta, con la verdad que contiene, aunque esté distorsionada. La poesía no está obligada a subordinar la existencia a su significado más alto, que la trasciende, como lo hace la filosofía. La manía –recuerda Livio Garzanti en su estupendo Amar a Platón– “produce sueños que la razón, cuando se despierta, debe interpretar”. La poesía está llamada a decir la verdad de la existencia, por cerril, imperfecta o cruel que sea; a expresar el contradictorio corazón del hombre, en el que coexisten la magnanimidad con la bajeza, la vanidad y la maldad. El arte ilumina a fondo estas contradicciones y para hacerlo está obligado –o naturalmente inclinado– a ensimismarse con ellas, incluso con las peores; a mimar esa realidad mundana que para Platón es ya mímesis engañosa de la verdad, de la cual por lo tanto la poesía es mímesis al cuadrado. Doblemente falaz, entonces, pero también necesaria para la verdad, porque es reveladora de ese mundo de sombras que el hombre ve en la caverna platónica y que aunque sean solamente sombras ilusorias, son también, en cuanto tales, compañeras de toda la existencia humana. El mismo yo poético se siente incierto como una sombra.
 
Google me advierte que el mismo texto había sido traducido por Confabulario hace tres años…
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24, Feb 2009

Más de Huntington

Huntington2 He recogido por aquí y por acá textos que se han publicado recientemente sobre Samuel Huntington. Aparecen ahora un par de ensayos valiosos para quien quiera reconstruir la contribución del profesor de Harvard a la ciencia política. El primero es de Eric Kaufmann y aparece en la revista inglesa Prospect: pocos grandes pensadores han sido tan controversiales y tan impopulares entre sus colegas como lo fue Huntington. Una rareza intelectual: demasiado estatista para ser libertario; demasiado nacionalista para ser liberal; demasiado realista para ser conservador. El segundo es un ensayo aún inédito de Jane S. Jacquette y Abraham F Lowenthal preparado para la revista Politica Externa de Brazil que es, hasta la fecha la reconstrucción más detallada y equilibrada que conozco de las contribuciones de Huntington. El autor del Choque de las civilizaciones fue en el fondo un realista que entiende que las acciones de altas miras pueden llegar a tener graves consecuencias morales. Entendió los peligros de la política pero también su promesa y supo escapar de los lugares comunes de izquierdas y derechas

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11, Feb 2009

El buen odiador

Hazlitt2 Adicto al café fuerte, aficionado al box, irritable e impetuoso, William Hazlitt fue un buen odiador, para seguir su propia fórmula. “Buen odiador.” La expresión aparece en varios ensayos suyos. La usa para describir algún personaje de Shakespeare o para nombrar las limitaciones de un político. Refiriéndose a un parlamentario, decía que le faltaba calor, esa vehemencia sagrada que es indispensable para conquistar la tribuna. No tiene el nervio, no tiene el ímpetu. “No odia bien,” dice. El buen odiador no era para él solamente el que era bueno para odiar, sino quien odiaba para bien. Un auténtico patriota, agregaba en otra parte, debía ser un buen odiador. El admirador de la Revolución Francesa tenía un buen catálogo de tirrias: la injusticia, el prejuicio, servidumbre, el fanatismo, la pedantería, la superstición.

Al odio dedicó Hazlitt su ensayo más conocido: El placer de odiar. La naturaleza no era para él una sinfonía dulce y armónica, era el martilleo de las enemistades. La columna de la vida se sostenía en sus oposiciones: sin el viento contrario, el esqueleto del hombre se volvería flácido, sin consistencia: una rama tendida al piso. La aversión apasionada, la descarga de los contrastes despabilaba al bulto que podemos ser. El puro placer pronto se vuelve insípido y anhela variedad. El dolor, por el contrario, siendo agridulce nunca empalaga. De ahí su invitación a la polémica: cuando algo deja de ser controvertido, deja de ser interesante. Cuando alguien deja de discutir, se deja morir. Una extraña fraternidad en la discordia se asoma en sus ensayos. El verdadero combatiente es quien mejor conoce a su adversario. No habrá mejor retratista del enemigo que el boxeador que examina a su rival desde la esquina contraria. Los puñetazos, si son certeros, son pinceladas de un retrato justo.

“Lector: ¿has visto una pelea? Si no lo has hecho, hay un placer que te espera.” La prosa del narrador describe la emoción del espectador ante este brutal rito de golpes. El jacobino no rehuía el conflicto. A contracorriente enseñaba él mismo los nudillos de su inteligencia crítica, mientras sus contemporáneos levantaban el meñique al tomar la taza del té. No pretendía en ningún momento contemporizar con la política del día. Peleaba sin ignorar que la hormona del odio era tóxica. El odio se cuela a la fe para atizar el fanatismo y la persecución; transforma el patriotismo en ánimo de exterminio y hace de la virtud sermoneo inquisitorial. De ahí el calificativo que aplica al odiador. Si no hay más remedio que odiar lo abominable, hay que odiar bien.

Hazlitt estaba lejos de ser un misántropo. Disparaba veneno pero no se alimentaba de él. Puede encontrarse, en su malevolencia, una vitalidad contagiosa, una energía que por alguna razón conforta. Tiraba dardos a sus enemigos, mientras aconsejaba a su hijo aprender latín, francés y a bailar. Sobre todo, aprender a bailar. Destrozaba reputaciones sin perder el tiempo cuidando la suya. Un radical condenado por las hipocresías de su tiempo que se atrevía a cantar al amor ilícito. Hazlitt se resistió a admitir que la sabiduría política equivale a la complacencia. Lo notable en esta pasión beligerante es su grandeza. Hazlitt fue un admirador de sus adversarios. Sintió devoción por un hombre que representaba todo lo que políticamente aborrecía. Edmund Burke, el gran crítico del radicalismo revolucionario, defendía, en efecto, la moral de la tradición, la inteligencia del prejuicio, la nobleza de la jerarquía. Hazlitt, convencido de las bondades de la promesa revolucionaria, no dejó nunca de leer y discutir con el conservador. Escribía en su ensayo sobre los libros viejos, que era raro entender a un adversario, pero era más infrecuente admirarlo. El conoció y admiró a Burke, su contrincante intelectual. El autor lo deslumbró pero sus ideas nunca lo “contagiaron.” El buen odiador rebate el argumento principal de Burke sin desconocer que el camino hacia la conclusión está sembrado de cien verdades parciales y que el estilo, la fuerza, la inteligencia de su adversario llevan el sello del genio. Hazlitt sabía que polemizar era, en realidad, una manera de convivir.

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13, Ene 2009

Jacoby sobre BHL

BHL-2 Russell Jacoby pinta un elocuente retrato de Bernard-Henri Lévy, el narcisista que, a juicio de Perry Anderson, cambió la república de las letras por la anti-república de los medios. Al reseñar su ensayo sobre la izquierda en tiempos oscuros y recorrer las estaciones del personaje, Jacoby no pasa por alto la magnitud de su egolatría, pero reconoce la terca defensa que BHL hecho de la universalidad de los derechos.

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22, Oct 2008

Nobleza de espíritu

Nobleza En enero de 1934, al negarse a jurar lealtad al régimen fascista, Leone Ginzburg perdió su cátedra en la Universidad de Turín. Declarado persona non grata, es forzado a recoger sus pertenencias del despacho. Al empacar sus libros y sus cosas, recibió a un sacerdote que lo increpó crípticamente: “Nosotros jamás se lo perdonaremos.” Ginzburg no entendía la afrenta. ¿Quiénes somos ‘nosotros’ y qué es lo que no pueden perdonarme?-Nosotros, contesta el cura, somos “gente que comprendemos que la máxima sabiduría de la vida radica en adaptarse, y lo que no le perdonamos es que usted se niegue a aceptar esa verdad.” La indocilidad del escritor permanece hasta los últimos días. Su última señal de vida, una carta a su esposa y a sus hijos es una invitación a la terquedad, a la audacia, a la valentía. “Sé valiente,” escribe como un último aliento. Esa valentía socrática es el arrojo de buscar sabiduría en un mundo que premia la ignorancia, de distinguir el bien del mal en tiempos que se empeñan en negar la moral y de buscar la verdad, aunque las mentiras sean más cómodas. A eso llama Rob Riemen nobleza de espíritu.

La expresión la adopta de Thomas Mann, su héroe intelectual. Y mucho de valentía se requiere ahora para juntar en el título de un libro dos palabras como nobleza y espíritu. Al acercarse al libro parecería que encontramos un elogio a la caballería del alma o una loa al gentilhombre del corazón. No es tal cosa: es una defensa urgente de la cultura en un tiempo en que imperan el lucro, la farsa y el fanatismo.

MannEl centro del ensayo es Mann, su convicción de que sólo la razón y la tolerancia pueden proteger al hombre de la barbarie acechante. La política no puede salvarnos. Dejada a su suerte, terminaría aniquilándonos. La democracia bárbara ahogaría el discernimiento, desdeñaría la dignidad humana, olvidaría la virtud y la responsabilidad. Sólo la cultura, el arte, la religión puede cuidarnos de las idolatrías. También invita Riemen a ser cuidadosos con las ilusiones: “El arte, la belleza y los relatos sólo contribuyen a liberar al alma humana de la angustia y el odio, acompañando al hombre en su trayectoria vital. El arte no es poder, sino consuelo; no es que nos haga creer que la vida es buena, lo cual sería una mentira, sino que comparte nuestras dudas y nuestros sentimientos.”

El ensayo de Riemen sorprende por su teatralidad. Un notable talento narrativo permite al autor viajar por siglos y ciudades para hilvanar, más que argumentos, conversaciones. Diálogos personales y universales; documentados e imaginarios que ilustran intemporales dilemas filosóficos. No hay mejor manera de defender la civilización que el rescate de los hombres que piensan, de las circunstancias que constriñen, de los valores que se contraponen en un momento específico. El punto de partida del libro, adecuadamente llamado “Preludio,” es un recuerdo personal que tiene la fuerza de una alegoría. Los personajes son, además del propio Riemen, Elisabeth Mann Borgese, hija de Thomas Mann y Joseph Goodman, un pianista solitario, brillante y difuso. Apenas un par de encuentros que revelan la profundidad de una relación entre Mann y Goodman. Décadas de intensa y honda afinidad. La cena en el River Café de Manhattan no puede escapar el humo de las torres derribadas que todavía se siente sobre la ciudad. Ante el fanatismo de los suicidas, despunta una controversia sobre el mal. Los tres conversadores coinciden en un punto: el mal existe. ¿Qué hacer? El viejo y frágil pianista ofrece una solución. “Tengo la respuesta,” dice enfático. Al pronunciar estas palabras, despejó la mesa, sacó una carpeta y mostró una partitura. Era una cantata sinfónica para solo, coro y orquesta. Se titulaba justamente “Nobleza de espíritu” y ponía música a palabras de Walt Whitman. Para el desconocido compositor, las hojas de hierba eran la realización de la libertad: la vida es lo que el poema anuncia: búsqueda de verdad, amor, belleza, bondad y libertad. Esa es la nobleza del espíritu. Lo único que puede salvarnos de la barbarie.

Dos meses después de la cena, Joseph Goodman murió. Poco antes de sufrir un infarto cerebral destruyó los borradores de la cantata.

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14, Ago 2008

Nuevo libro de Zaid

Zaid_fameGracias a Javier Aranda, me entero de la publicación del nuevo libro de Gabriel Zaid: The Secret of Fame: the literary encounter in an age of distraction . En Letraslibres Zaid ha entregado adelantos de esta reflexión sobre la fama que, como libro, aparece primero en inglés. En la edición de enero del 2005 escribía:

Desearse a sí mismo como objeto es abdicar como sujeto. Es alejarse de la vida real hacia la vida representada en imágenes de plenitud. Aunque haya tesón para lograrlo, y hasta un proyecto planificado, no suele haber mucha conciencia de que la supuesta plenitud es una degradación. Las implicaciones reales no se ven hasta que es demasiado tarde. Ser famoso consiste en ser tratado como objeto.

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13, Ago 2008

Vivirse

Zweig_montaigneStefan Zweig preparó todos los detalles de su muerte. El veneno, las despedidas, el destino de su cuerpo. En una de sus cartas finales escribió: “El mundo de mi lengua madre ha desaparecido y Europa, mi lugar espiritual, se destruye a sí misma. Mis fuerzas están agotadas por largos años de peregrinación sin patria. Así, juzgo mejor poner fin a tiempo. Saludo a mis amigos. Ojalá ellos vivan el amanecer tras la larga noche. Yo estoy demasiado impaciente y parto solo”. Su adiós no fue esa alicaída nota, ni la sobredosis de Varonal que tomó junto con su esposa, ni las instrucciones para su propio entierro. Su despedida fue el más dulce de sus escritos: un retrato de Montaigne, quien había elogiado la belleza de la muerte voluntaria. “La vida depende de la voluntad de los otros; la muerte de la nuestra”.

En los últimos meses de su vida, convencido de que el nazismo conquistaría el mundo, Stefan Zweig se entregó a la lectura de Montaigne y a la composición de un retrato del padre del ensayo. El impaciente dejó inconcluso el perfil y nunca llegó a verlo enmarcado por la imprenta. El ojo atento percibe el carácter truncado del cuadro. Al lienzo le falta el toque final. Algún botón no está coloreado, la oreja es borrosa. Pero el cuadro tiene la pincelada del retrato profundo, ese que capta en unos cuantos trazos el pulso único del pintor y la mirada del modelo. El inacabado ensayo de Zweig tendrá un par de párrafos incompletos y algunas citas imprecisas pero captura, vivo, el líquido medular de Montaigne y el anhelo más profundo de Zweig.

Montaigne les exige vida a sus lectores. Quien no haya vivido la desilusión, el engaño, las tentaciones del poder será incapaz de apreciar el valor de Montaigne. Zweig mismo llegó demasiado pronto a sus ensayos. Al leerlo a los veinte años, reconocía al gran escritor, al personaje interesante, al observador perspicaz, pero no encontraba en él algo que lo entusiasmara. Sus temas le parecían arcaicos, su estilo flojo, su francés avejentado. Nada que prendiera el fervor de un joven al amanecer del siglo XX. Pero las amarguras que traería ese siglo, darían nuevo sentido a las palabras de Montaigne en la piel del novelista. Los horrores hermanan. Todas las víctimas de la atrocidad son contemporáneas: la misma invasión del odio; las mismas invitaciones a la indignidad, idénticas cruzadas de intolerancia, el mismo fanatismo que asesina con alarde. Es ahí donde la vida de Montaigne enciende el cuerpo de Zweig. Sí: la vida y no sólo la escritura. La escritura es apenas una muestra de su admirable empeño por vivir. No soy escritor de libros, decía Montaigne: “mi tarea consiste en dar forma a mi vida. Es mi único oficio, mi única vocación.”

Ese esculpir la vida propia es el destello al que Zweig se aferra en sus últimos días. Una vida libre de vanidades y convicciones, libre de miedos y también de ilusiones; libre de fanatismos, estereotipos y absolutos. Rechazando el “coro vocinglero de los posesos y los asesinos” crea, entre su torre y su caballo, una patria. Sabe que no puede haber seguridad en la política, ni en la ciencia, ni en la iglesia. Pero se tiene a sí mismo. Por eso se empeña en mantenerse libre, en preservar la razón, en cuidar su humanidad frente al embate de las bestias. Y así se observa, se examina, se critica, se interroga. Su torre es islote en un mar demencial. Sus preguntas, sus caminatas, sus divagaciones, sus espejos, las vigas de su biblioteca, el tesoro de sus libros, son la entrega a su gran obra: seguir siendo él mismo. Ya lo decía en su ensayo sobre la soledad: “La cosa más importante del mundo es saber ser dueño de uno mismo.”

La vida puede ser la terquedad de las células o el caprichoso vagabundeo de un artista. Vivir depende de la voluntad de otros, vivirse de la propia.

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04, Jun 2008

Nuevo libro de Bruckner

 

Bruckner_flaco_3Se presenta el nuevo libro de Pascal Bruckner, un alegato sobre la paralizante (mala) conciencia europea. Los europeos retratados como «funcionarios del pecado original.» la violencia de unos es compensada por las culpas de otros: «Del mismo modo que hay predicadores del odio en el islamismo radical, también hay predicadores de la vergüenza en nuestras democracias, sobre todo entre las élites pensantes, y su proselitismo no es menor».

La tiranía de la penitencia. Ensayo sobre el masoquismo occidental es publicado por Ariel.

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29, Abr 2008

El siglo olvidado

Judt_reappraisals

Tony Judt recoge en un nuevo libro diversos ensayos y retratos sobre el siglo que nos hemos apresurado en olvidar. Reappraisals es el título. Desde ahí anuncia el argumento central. Tras la guerra fría llegó un optimismo iluso que proclamaba novedades en abundancia. Si la historia había llegado a su fin parecían innecesarios los recuerdos. Olvidamos por proyecto, no por amnesia. El historiador se pregunta si hemos aprendido algo. Concluye que, en lugar de huir del siglo XX, habría que regresar a él para aprender de nuevo lo elemental. Por ejemplo, que la guerra degrada a los ganadores tanto como a los perdedores.

El libro de Judt ha recibido mucha atención crítica. John Gray celebra al historiador heterodoxo: «un pensador liberal dedicado de desmitificar las ilusiones liberales.» El Economist es menos entusiasta: sus punzadas son certeras pero el paisaje que pinta del siglo es nebuloso. Tim Rutten en el Los Angeles Times apunta que el libro es como su autor: «fascinante, edificante y frustrante.»

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10, Abr 2008

William Hazlitt

HazlittHace 175 años nació William Hazlitt, uno de los más brillantes ensayistas ingleses de todos los tiempos. Apenas se han traducido unas cuantas cosas suyas al español. Entre ellas, "Del espíritu de controversia" que Aurelio Asiain trajo al español y publicó en Vuelta en 1992. Pocos textos tan pertinentes para estos días como esa defensa de la discusión. No conozco traducción de un ensayo luminoso sobre el servilismo titulado "Sobre la conexión entre los tragasapos y los tiranos." Aquí me atrevo a ofrecer una versión de su línea central:

El hombre es un animal que traga sapos. La admiración del poder en otros es tan natural al hombre como el apetito de poder; éste lo hace un tirano; aquella un esclavo. La corona dorada no sólo enorgullece a quien se la coloca en la cabeza; deslumbra también al miserable encadenado en una mazmorra; y si pudiera liberarse de sus grilletes, se desentendería de los desgraciados que ha dejado atrás para tener una oportunidad de admirar esos espejitos relumbrantes en alguna ceremonia anual. El esclavo, sin ninguna esperanza ni consuelo, se aferra a ese destello de la ostentación real que insulta su miseria y su desesperación. Desde los ojos vacíos del hambre contempla la insolente soberbia y el lujo que la ocasiona y abraza con más fuerza sus cadenas, porque no tiene nada más.

Una buena antología de los ensayos de Hazlitt es esta selección preparada por John Cook.

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27, Feb 2008

Reyes y la cordialidad

Fuente_alfonso_reyesSi el ensayo es el género de la cordialidad, Alfonso Reyes sigue siendo nuestro máximo ensayista. En sus paseos se encuentra esa hospitalidad que es el sello de la identidad ensayística. Sus artículos no dictan cátedra, no sermonean, tampoco riñen. Ofrendas de amistad. El conversador continúa la palabra de otros, acompaña, ayuda. Para el temperamento literario, escribió en algún lado, escribir es respirar. No es respiración por ser simple espontaneidad fisiológica, sino por ser un lavado del ánimo: la combustión de los rencores, transformación de la inquina venenosa en oxigenada divergencia.

El ensayo es el hijo caprichoso de una cultura abierta, dijo Reyes al describirlo memorablemente como “el centauro de los géneros.” Mestizaje del arte y la ciencia, en el ensayo hay de todo y cabe todo. Caben todos, agregaría. Si Montaigne abrió el espejo de sus cuadernos para que cupieran todos los Montaignes que él era, la prosa de Reyes es la calle por la que puede caminar todo mundo. Cuando el regiomontano ingresa al terreno de la polémica no incurre en la burla ni le tienta la posibilidad de descuartizar al otro con un párrafo intransigente. Por el contrario, rehuye el imán de simplificación y rechaza las incitaciones de los extremos. La honestidad del escritor le impide pensar como si las cosas tuvieran solamente una cara.

Los académicos insisten en verlo en falta: no aparece su obra cumbre, no publicó ese libro indispensable, no aportó el texto canónico. No era el especialista nutrido en las fuentes originales, no hablaba griego, escribía de oídas. Absurdas críticas para el ensayista. Lo importante de la prosa de Reyes es la carretilla, no el bulto de los ladrillos que transporta, ha respondido bien Gabriel Zaid: “Un inspector de centauros difícilmente entenderá el juego, si cree que el centauro es un hombre a caballo; si cree que el caballo es simplemente un medio de transporte. El ensayo es arte y ciencia, pero su ciencia principal no está en el contenido acarreado, sino en la carretilla; no es la del profesor (aunque la aproveche, la ilumine o le abra caminos): su ciencia es la del artista que sabe experimentar, combinar, buscar, imaginar, construir, criticar lo que quiere decir, antes de saberlo.”

Alfonso_reyes_mexico Ya se ha dicho que la obra de Reyes ha encontrado enemigo en sus obras completas, kilos de papel tapiado. A su rescate ha venido una legión de antologías que dan muestra de su genio. La más reciente es la colección Capilla Alfonsina editada por el Fondo de Cultura y coordinada por Carlos Fuentes. Libritos que recogen el arco de sus curiosidades y pasiones. Hasta el momento han aparecido tres volúmenes: México, con un estupendo prólogo de Carlos Monsiváis, América, introducido por David Brading y Teoría literaria, comentado por Julio Ortega. Las tres pequeñas compilaciones rescatan la vivacidad de una pluma crucial de nuestro siglo XX. En su liviandad, cada libro acentúa el aire y la claridad de una escritura que no debe sepultarse en un mausoleo de pasta dura.

El ensayo de Reyes expresa una victoria sobre el odio. Un hombre que se recuerda mutilado tras el sacrificio de su padre (“una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo”) se reconstituye a través de una escritura sin rabia ni codicia. Su ensayo puede leerse como el mejor contraveneno del odio que insisten en inyectarnos. No lo redacta ninguna manía, ninguna pose ostentosa, ninguna misión vengadora, ninguna cruzada de iluminado. No escribe contra otros: conversa con muchos. Su obra es una apuesta por la convivencia en un país desgarrado por la barbarie. “Tomar partido es lo peor que podemos hacer,” escribe en su “Discurso por Virgilio.” La discordia es el error.

Cioran escribió que el drama de Alemania era no haber tenido un Montaigne. El nuestro es mayor: lo tuvimos y no lo leemos.

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