Ideas

10, mar 2008

Rawls y el beisbol

BaseballOwen Fiss ha rescatado una carta de John Rawls en la que defiende la muy norteamericana certeza de que el beisbol es el mejor de los juegos del mundo. El teórico de la justicia encuentra en el juego del bat y la manopla una expresión de la imparcialidad tan cara para él. El terreno es un equilibrio perfecto que permite el prodigio de las jugadas; el juego no premia una ventaja corporal específica. El chaparro y el gordito pueden ser grandes jugadores de beisbol. El juego exprime todo el cuerpo y exige todos los talentos: rapidez y precisión; brazos y piernas. El beisbol es también transparente: todas las jugadas son visibles, no como el futbol americano basado en el ocultamiento de la pelota. Que no se anote con la pelota dispersa la atención dramática del  juego: la bola no monopliza el juego. Y el tiempo, agrega Rawls, no se agota en el beisbol: siempre hay tiempo para quien va abajo.

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04, mar 2008

Orwell

Arcadi Espada cuelga en su blog el prólogo que preparó para Matar a un elefante y otros escritos, publicado recientemente por Turner y el Fondo. Me parece convincente su idea de la política y el periodismo como dispositivos eufemísticos.

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04, mar 2008

El arte de la migraña

MigraaHace un par de semanas, Oliver Sacks publicó un artículo en el New York Times sobre las imágenes que observaba cuando lo invadía la migraña. Alucinaciones geométricas que capturan secuencias intrincadas. El neurólogo que ha dedicado un libro al tema se pregunta si los mosaicos de la Alhambra, las grecas de Mitla o los tapetes persas expresan esa necesidad de comunicar una vivencia primigenia. ¿Serán esas secuencias una ciencia innata, la elemental pista de belleza?

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04, mar 2008

La burla de Sokal

Invito a la conversación que ha suscitado la entrada sobre Sokal y el deber de tomar las pruebas en serio. El intercambio entre Adrían Romero y Aurelio Asiain revive el debate sobre la legitimidad de la burla como instrumento crítico. Recupero un apunte de hace unos años:

Sokal_hoax Tengo frente a mi un ejemplar de la revista que inició la burla legendaria. La revista Social Text con una  portada negra que anuncia una edición consagrada a las “guerras de la ciencia.” Esla edición de primavera – verano de 1996, una edición doble. El último artículo es firmado por un profesor de física de la Universidad de Nueva York y lleva por título “Transgrediento las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica.” El artículo de Sokal era una bomba envuelta como  argumento. Más que una explosión, una trompetilla. Camuflado en un caballo académico, el científico se colaba al territorio de los estudios culturales para exhibir su charlatanería. Sokal arremedaba la palabrería, la jerga, el sonsonete de un discurso académico que no pasaba la más elemental prueba de la lógica. El procedimiento era un sencillo método de cuatro pasos: amontonar citas de personajes venerados, hilvanar frases largas, enredadas y confusas para, finalmente, adoptar conclusiones agradables. “En la gravedad cuántica, como veremos, la diversidad del tiempo y del espacio cesa de existir como una realidad física objetiva; la geometría se vuelve relacional y contextual; y las categorías conceptuales fundacionales de la ciencia tradicional—entre ellas, la existencia misma—devienen problemáticas y relativas. Esta revolución conceptual, como argumentaré, tiene implicaciones profundas para el contenido de una futura ciencia posmoderna y liberadora.” ¡Salud!

Unas semanas después que el caballo de troya había entrado a la ciudadela de la academia posmoderna, Sokal salió al aire. En un artículo publicado en otra revista gritó a los cuatro vientos: los he exhibido, son ustedes unos farsantes. Están dispuestos a dignificar como seria cualquier frase que rinda homenaje a sus cantaletas y respalde sus prejuicios. La broma, por supuesto, indignó a quienes recibieron el pastelazo y fue celebrada a carcajada abierta por muchos otros.

Para seguir la discusión, valdría leer el ensayo de Steven Weinberg que publicó Vuelta unos meses después.

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03, mar 2008

Alan Sokal regresa

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Alan Sokal, el genial provocador que exhibió la charlatanería académica en aquel famoso experimento publicado en la revista Social Text, vuelve a la carga para denunciar el cobijo político de los absurdos científicos. Comenta Sokal que un asesor de Bush le dijo en algún momento: somos imperio y, cuando actuamos, producimos nuestra propia realidad. Bush se convenció de que las evidencias eran irrelevantes para la suprema potencia–y así le ha ido. Concluye Sokal: "Todos–conservadores y liberales, creyentes y ateos–vivimos en el mismo mundo, querámoslo o no. La política pública tiene que fundarse en la evidencia prueba más sólida disponible sobre ese mundo. En una sociedad libre, cada persona tendrá derecho de creer cualquier tontería que le parezca, pero el resto de nostros, debe prestar atención solamente a las opiniones fundadas en evidencias pruebas." (Gracias a AA)

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27, feb 2008

Reyes y la cordialidad

Fuente_alfonso_reyesSi el ensayo es el género de la cordialidad, Alfonso Reyes sigue siendo nuestro máximo ensayista. En sus paseos se encuentra esa hospitalidad que es el sello de la identidad ensayística. Sus artículos no dictan cátedra, no sermonean, tampoco riñen. Ofrendas de amistad. El conversador continúa la palabra de otros, acompaña, ayuda. Para el temperamento literario, escribió en algún lado, escribir es respirar. No es respiración por ser simple espontaneidad fisiológica, sino por ser un lavado del ánimo: la combustión de los rencores, transformación de la inquina venenosa en oxigenada divergencia.

El ensayo es el hijo caprichoso de una cultura abierta, dijo Reyes al describirlo memorablemente como “el centauro de los géneros.” Mestizaje del arte y la ciencia, en el ensayo hay de todo y cabe todo. Caben todos, agregaría. Si Montaigne abrió el espejo de sus cuadernos para que cupieran todos los Montaignes que él era, la prosa de Reyes es la calle por la que puede caminar todo mundo. Cuando el regiomontano ingresa al terreno de la polémica no incurre en la burla ni le tienta la posibilidad de descuartizar al otro con un párrafo intransigente. Por el contrario, rehuye el imán de simplificación y rechaza las incitaciones de los extremos. La honestidad del escritor le impide pensar como si las cosas tuvieran solamente una cara.

Los académicos insisten en verlo en falta: no aparece su obra cumbre, no publicó ese libro indispensable, no aportó el texto canónico. No era el especialista nutrido en las fuentes originales, no hablaba griego, escribía de oídas. Absurdas críticas para el ensayista. Lo importante de la prosa de Reyes es la carretilla, no el bulto de los ladrillos que transporta, ha respondido bien Gabriel Zaid: “Un inspector de centauros difícilmente entenderá el juego, si cree que el centauro es un hombre a caballo; si cree que el caballo es simplemente un medio de transporte. El ensayo es arte y ciencia, pero su ciencia principal no está en el contenido acarreado, sino en la carretilla; no es la del profesor (aunque la aproveche, la ilumine o le abra caminos): su ciencia es la del artista que sabe experimentar, combinar, buscar, imaginar, construir, criticar lo que quiere decir, antes de saberlo.”

Alfonso_reyes_mexico Ya se ha dicho que la obra de Reyes ha encontrado enemigo en sus obras completas, kilos de papel tapiado. A su rescate ha venido una legión de antologías que dan muestra de su genio. La más reciente es la colección Capilla Alfonsina editada por el Fondo de Cultura y coordinada por Carlos Fuentes. Libritos que recogen el arco de sus curiosidades y pasiones. Hasta el momento han aparecido tres volúmenes: México, con un estupendo prólogo de Carlos Monsiváis, América, introducido por David Brading y Teoría literaria, comentado por Julio Ortega. Las tres pequeñas compilaciones rescatan la vivacidad de una pluma crucial de nuestro siglo XX. En su liviandad, cada libro acentúa el aire y la claridad de una escritura que no debe sepultarse en un mausoleo de pasta dura.

El ensayo de Reyes expresa una victoria sobre el odio. Un hombre que se recuerda mutilado tras el sacrificio de su padre (“una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo”) se reconstituye a través de una escritura sin rabia ni codicia. Su ensayo puede leerse como el mejor contraveneno del odio que insisten en inyectarnos. No lo redacta ninguna manía, ninguna pose ostentosa, ninguna misión vengadora, ninguna cruzada de iluminado. No escribe contra otros: conversa con muchos. Su obra es una apuesta por la convivencia en un país desgarrado por la barbarie. “Tomar partido es lo peor que podemos hacer,” escribe en su “Discurso por Virgilio.” La discordia es el error.

Cioran escribió que el drama de Alemania era no haber tenido un Montaigne. El nuestro es mayor: lo tuvimos y no lo leemos.

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18, feb 2008

Libertad de comercio

Ebay Ebay lleva la libertad a nuevos territorios.

¿Quién da más?

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16, feb 2008

¿Qué es un buen libro?

Alberto Manguel intenta una respuesta:

Con azoramiento, con regocijo, con gratitud, leemos de pronto en cierto párrafo, en cierta línea, la confesión de nuestros secretos más guardados, de nuestros deseos más ocultos, de nuestras intuiciones más indecibles. Allí, entre las cubiertas de ese volumen que el azar (por así llamar a ese bibliotecario sagaz y perseverante) ha puesto en nuestras manos, estamos nosotros, singularmente, retratados en letras de fuego. Clásico, best seller, volumen desconocido hallado por casualidad, olvidado compañero de infancia o amigo de un amigo que pensó que nos gustaría leerlo, el libro bueno, el buen libro, en el sentido más profundo que podemos dar al término, es aquel que es bueno para ese lector único que todos somos, en medio de otros lectores únicos que comparten nuestra misteriosa devoción.

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07, feb 2008

Lo racional y lo razonable

Savater aborda la moda intelectual de pensarlo todo desde la biología evolutiva. De acuerdo a esta perspectiva, sólo tiene sentido el abordar asuntos éticos desde sus fundamentos biológicos o sus principios neurológicos. Responde Savater:

Aquí como en otras ocasiones, vuelve a comprobarse que el mayor peligro de las vanguardias es adelantarse tanto a su propio bando que acaban pasándose al enemigo. Porque nada contribuye tanto a reforzar la creciente marea oscurantista de quienes sostienen que sin religión no puede haber moral como descalificar cualquier reflexión ética por suponerla un subproducto inconfeso de la mentalidad religiosa. (…)

Los descubrimientos científicos de la psicología evolutiva, la neurología o la antropología nos ayudan sin lugar a dudas a mejorar nuestra comprensión de la conducta humana y su motivación, pero no pueden monopolizar ni mucho menos sustituir la reflexión propiamente ética sobre valores e ideales. Lo que cuenta hoy para nosotros al intentar responder a la pregunta “¿cómo vivir?” no es rememorar con fatalismo las estrategias evolutivas que nos ayudaron a sobrevivir en la Edad de Piedra sino precisar y potenciar aquellas otras que nos permitieron salir de ella. En dos palabras: es preciso no confundir lo racional con lo razonable. Lo racional busca conocer las cosas para saber como podemos arreglárnoslas mejor con ellas, mientras que lo razonable intenta comunicarse con los sujetos para arbitrar junto con ellos el mejor modo de convivir humanamente. Todo lo racional es científico, pero la mayor parte de lo razonable ni es ni puede serlo: no es lo mismo tratar con aquello que sólo tiene propiedades que con quienes tienen proyectos e intenciones. El discurso reflexivo de lo razonable se basa en lo estricta y científicamente racional, pero también en lo que aportan de razonable las tradiciones religiosas, poéticas, filosóficas, jurídicas, políticas, estéticas, etcétera. Sólo los bárbaros, es decir los profetas integristas, pretenden darlas por nulas y no avenidas en nombre de alguna verdad incontrovertible y aplastante, revelada por Dios o por la ciencia. Y ese discurso razonable, por el que abogaron John Rawls y el mejor Habermas entre tantos otros, sigue siendo hoy en la era posmoderna más imprescindible que nunca para valorar las nuevas realidades de la genética, de la tecnología, de la sociedad de la hiperinformación, así como las más recientes demandas sociales y los derechos individuales hasta ahora inéditos.

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05, feb 2008

La imposibilidad de la crítica en México

El fin de semana Confabulario publicó un estupendo ensayo de Armando González Torres, autor de una amable invitación al exterminio de los intelectuales, sobre la imposible crítica en México. De ahí:

La politización de la literatura generó durante buena parte del siglo XX, una frecuente propensión a fragmentar el universo literario mexicano en estancos rivales; a convertir los debates literarios en controversias políticas y a construir un canon dual, en constante pugna. En efecto, durante buena parte del siglo, la crítica y el ensayo fueron identificados como géneros edificantes, que debían aportar a la patria no sólo un canon, sino un instrumento de ingeniería de las conciencias. Así, en el plano literario las discusiones entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre arte comprometido y arte puro ocuparon muchas décadas de saliva y tinta. Quizás pueda hablarse, hacia los años 50, de un breve interregno, para que después del 68 la escena literaria y cultural se polarizara de nuevo y la pugna ideológica volviera a trasladarse de modo evidente al campo de la cultura. En estos años de enfrentamientos (el primer Plural vs. La cultura en México, Vuelta vs. Nexos), la élite literaria se dividió en bandos y en gustos casi corporativos (literatura fácil vs. literatura difícil, crónica vs. ensayo) que representaban una escisión estética y política más amplia. Por supuesto, pueden recogerse algunas obras y momentos críticos excepcionales, pero el medio ambiente en general desfavorecía la pluralidad y dificultaba el diálogo literario. Si bien, merced al desgaste de algunos debates y a la consolidación de cuadros especializados, en los últimos años la vida cultural se ha despolitizado, la crítica se ha visto sometida a nuevas presiones, ahora provenientes de los intereses comerciales.

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02, feb 2008

Tres libros sobre Fox

Foxcar En semanas y meses recientes se han publicado tres contribuciones importantes para examinar lo que pasó entre el año 2000 y el 2006. Tres testimonios, tres alegatos, tres crónicas que tratan de desentrañar lo sucedido: un relato firmado por el propio presidente Fox; el recuento de sus principales batallas, según el registro de dos colaboradores cercanos, y la crónica de esos años a partir de una revisión meticulosa de información periodística. La triple reseña está en hojaporhoja. De ahí tijereteo mi comentario sobre el libro "de" Fox:

Nadie que haya vivido en México puede sentirse decepcionado de La revolución de la esperanza, pero resulta difícil no sentirse ofendido. En el recuento de sus años como presidente de México, Vicente Fox no tuvo el cuidado de dirigirse al país que gobernó para reflexionar sobre su gestión, sobre aquellos que considera sus éxitos y los desafíos que ve hacia adelante. Fox firma un libro perceptiblemente tecleado por otro sin buscar siquiera la adaptación a México. Como ha recordado Fernando Escalante en su estupendo libro sobre los libros, en la nueva industria editorial se puede ser autor sin saber escribir. Es el caso de Fox. Su ghostwriter ha maquilado un texto con todas las fórmulas de los libros de famosos, sean políticos cantantes, o adolescentes con problemas de adicción: enternecedores recuerdos de infancia; anécdotas de sus encuentros con otros famosos; confesiones sentimentales y un aderezo de frases citables. El libro es insultante. Fox tuvo una voz en el discurso público mexicano. Hoy está de moda menospreciarlo hasta la burla. Pero era su voz, su tono, su estilo. Era desparpajado y ocurrente, muchas veces pendenciero. Pero también era auténtico, sencillo y, sobre todo, antisolemne. Esa voz no se escucha en este libro dizque escrito por Fox.

De ahí que nos enteremos, gracias a una atenta aclaración, que Los Pinos es “La Casa Blanca de México” y que pretenda vincular en cada párrafo lo que sucede en México con alguna película de Hollywood, con algún político de Washington o algún fragmento de la historia estadounidense. La mala traducción del libro original tiene resultados desastrosos: las muletillas y frases hechas que son comunes en Estados Unidos viajan muy mal al español. Repleto de anglicismos y referido abiertamente al público estadounidense, el libro muestra a un Fox que pretende retratarse como un revolucionario en la liga de Havel, Mandela o Martin Luther King. Describe al México previo a su esperanzada revolución como un típico país latinoamericano, gobernado por el típico dictador latinoamericano y saqueado por los típicos ladrones latinoamericanos. Fox se hace describir como un americano que ha querido vivir el sueño de América. .

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01, feb 2008

La contienda de los espectros

(Según Steve Brodner)

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30, ene 2008

La plaga de la equidad

DiccionarioAhora resulta que el crítico debe ser un IFE de la literatura. Reclaman a Christopher Domínguez el tratar a los escritores según el capricho de su gusto, de esconder la galería de sus afectos en la pompa de un diccionario crítico, de olvidos y maltratos imperdonables. Víctor Manuel Mendiola puede tener razón en cuestionar el título de la antología de Domínguez pero no alcanzo a entender los motivos para exigirle al ejercicio crítico la exactitud del censo. Guillermo Samperio ha pedido a la directora del Fondo de Cultura que retire de circulación esta obra nociva. Yo sólo creo que hay que leerla sabiendo que no es un canon imperativo, sino lo que el propio autor anuncia: una antología personal. Entiendo que, al compilarla, el crítico es tan libre de escoger y ponderar a sus autores, como el novelista a sus personajes.

El ¿diccionario? se presenta mañana jueves en la librería Rosario Castellanos.

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29, ene 2008

Preguntas

KolakowskiHa dicho Lezsek Kolakowski que un filósofo que no se ha sentido, por lo menos alguna vez en su vida, un charlatán, no merece ser leído. Una mente tan estrecha, incapaz de tomar distancia de sí misma, no puede ser tomada en serio. Para pensar hondo hay que reírse a boca abierta—y empezzar en la cita con el espejo. Sólo el humor nos salva del malhumorado y sentencioso dogmatismo.

El filósofo polaco ha publicado recientemente una amorosa introducción a la filosofía, en donde se percibe esta inteligencia alerta e irónica. Más que recuento o celebración de teorías, se trata de una gozosa apreciación del ánimo que la alienta. No es, por ello, una cronología de descubrimientos, sino un collar de interrogantes. El libro, que aún no aparece en español, lleva título leibnitziano: ¿Por qué existe algo, en lugar de nada? 23 preguntas de grandes filósofos (Basic Books, 2007). Como sugiere el nombre, este librito de 223 páginas no quiere ser un manual condensado de la disciplina, sino un acercamiento a sus preguntas esenciales y al esfuerzo por responderlas. Los 23 ensayos breves son 23 anillos: preguntas que desembocan en preguntas. Enigmas del mundo, del conocimiento, del bien, de la fe, del poder o del deseo que sugieren más misterios.

Si bien puede advertirse en el sabio polaco una dulce sensibilidad religiosa, ésta no lo conduce a la ruta devocional. No cree, como Leo Strauss por ejemplo, que cualquier expositor de los clásicos es un torpe aprendiz que apenas roza la infinita sabiduría que se oculta entre los jeroglíficos de su escritura. Para el devoto, exponer las ideas de un genio es practicar una ceremonia de revelación. En Kolakowski, por el contrario, la admiración no está peleada con el tuteo y la consecuente réplica. El gran estudioso de Marx y Pascal no se queda con la palabra en la boca. En este recorrido invita a sus clásicos a conversar con él, alrededor de un vaso de vodka. Lejos de ser un simple expositor de ideas ajenas, es un conversador que descifra e inquiere. En este libro recupera así las preguntas centrales de Platón y Descartes; de Kant y Schopenhauer con extraordinaria gracia y delicadeza. La sencillez del recuento preserva la fineza de la percepción y el juicio, sin dejar de anotar las insuficiencias o los agujeros de su visión. Cada concepto es pulido para mostrarlo como joya de la inteligencia. Pero Kolakowski mantiene en todo momento distancia de aquella tentación reverencial. No pinta logros sino retos. Será que las cúspides del pensamiento filosófico no son de mármol, sino arenosas.

Una pregunta crucial no se responde nunca. Vive porque fecunda otras preguntas. La vitalidad de la filosofía radica entonces en su carácter irremediablemente inconcluso. Si tiene sentido leer y releer a San Agustín no es por el hecho de que resuelva nuestros problemas sino porque los nombra. Por el territorio de la filosofía no desfilan autoridades, esas fuentes de convicción que se colocan por encima del examen, sino curiosos. El polaco sabe bien que la reverencia de los académicos no está desligada del dogmatismo. Ese es quizá, el gran mensaje de Kolakowski en éste y otros libros. El amor a la verdad es incompatible con cualquier cartucho de certezas. Si la filosofía ambiciona autoridad, se derrota. Tiene razón: ¿sólo a preguntar nos enseña la filosofía?

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