Lunes

04, Dic 2018

Nueva política

Es una nueva política. Hemos hablado mucho de los números del cambio. La cantidad de votos, los porcentajes, los asientos del congreso, la recomposición del mapa nacional. Todo eso importa, por supuesto, e importa mucho. Es la base institucional de un poder que ha nacido sin antagonistas. Es la primera vez en nuestra historia en que tenemos a un presidente democráticamente legítimo e imponente. La negociación con las oposiciones ha dejado de ser necesaria. Si la nueva coalición mayoritaria actúa coordinadamente, podrá hacer, rehacer y deshacer las leyes que le dé la gana. Podrá rearmar, a su gusto, las instituciones autónomas. Podrá, con un mínimo esfuerzo, cambiar la constitución.

Pero, tal vez, lo más relevante del cambio está en otro lado. No en el ámbito formal de las instituciones sino en el modo de entender y ejercer el poder. En los hilos de la persuasión y en los calderos de la movilización política. Si estamos frente a una nueva política no es porque las viejas instituciones hospeden ahora a una nueva clase gobernante. Es que ese grupo entiende de manera radicalmente distinta la mecánica del poder, el sentido de la representación, el sitio del conflicto y los atributos del liderazgo. Ocupar las instituciones es apenas una forma (y, por cierto, no la más relevante) de ejercer el poder.

Es cierto que la “parafernalia del poder” le incomoda al presidente López Obrador. Lo constatamos nuevamente este sábado: hablar en la plaza pública le es infinitamente más grato que hablar desde la tribuna del Congreso, así sea un Congreso cuya mayoría le es, no sólo afín, sino devota. La sospecha del orden institucional lo ha acompañado siempre. No ha desaparecido. Si desconfía de las instituciones es porque las ve como corruptoras de la voluntad del pueblo. La voz auténtica del pueblo es la que responde a su llamado. Por eso se anuncia, como en tiempos del cardenismo, una intensa política de movilizaciones. Convocar, desde el poder, al respaldo del poder. Mostrar músculo en el espacio público para aviso de los opositores. La política de López Obrador no tiene como propósito la rotativa del Diario Oficial. La imagen que tiene del cambio histórico, ese sueño de gloria que lo anima supone una activación de lo popular. Es poner en movimiento una militancia del entusiasmo. En la formación de las lealtades se medirá, en buena medida, su éxito.

No hay fervor político sin antagonismos. La nueva política es, a todas luces, una política de enemistad. Es una constante activación de rivalidades. Nadie podría decir que se trata de una brecha inventada por la retórica de un hombre. El abismo es, en realidad, la constitución de México. Pero su uso político nos convierte en un país de irreconciliables, renuncia al entendimiento entre los polos y asume que la misión de la política es derrotar—si no es que aniquilar—al otro. Frente a nosotros se agrupan los herederos de los malos de siempre, esos conservadores que son pura hipocresía, esos mimados que no quieren perder privilegios. En ese escenario, no hay otro deber para la política que organizar la batalla contra el antipueblo.

La política también cambia de ambición y de ritmo. La nueva política no es política de reformas. El gradualismo es, para el presidente de México, mala palabra. Nunca se ha quedado corto para acentuar la dimensión épica de su proyecto. Insiste en sugerir que está naciendo un nuevo país con una auténtica democracia, una economía incluyente, una sociedad solidaria y una nueva moralidad pública. Sus propuestas acentúan el filo con el que pretende cortar el pasado. Habla insistentemente de la prisa con la que asume la encomienda. En seis años, gobernar doce. Hay momentos, cree él, en que las sociedades logran desprenderse del pasado. Rechaza por eso el reformismo, como si fuera simple maquillaje, el engaño de esos cambios que nada cambian. Escuchamos así la restauración de la retórica revolucionaria. Nada, o casi nada es importante cuidar del pasado. Hay que barrer con él.

La política mexicana tiene nuevas sedes, otra tracción, tensiones de distinta naturaleza, otras prioridades, otro ritmo, un vocabulario diferente. Debemos hacer esfuerzos por entender esas novedades porque sólo de comprensión puede surgir una estrategia frente a ella. ¨

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27, Nov 2018

Elogio

La crítica de la política suele dar la espalda a uno de los placeres de la crítica literaria o de la crítica de arte. No se ejercita en el elogio. Es infrecuente en nuestro medio que se festeje la trayectoria de un personaje público. Conocemos, sí, el cebollazo: ese enaltecimiento desmedido e interesado de los personajes poderosos. Alabanzas desde la pleitesía, no desde el juicio independiente. Hoy, cuando está por concluir el encargo del ministro José Ramón Cossío, es debido intentarlo porque no solamente representa una carrera judicial ejemplar sino porque encarna una tradición de digno servicio público que solamente ignoraríamos en nuestro perjuicio.

Muchas vocaciones coinciden en la de José Ramón Cossío. Un jurista que llega a la cumbre del Estado. Un maestro empeñado en rehacer el entendimiento y la enseñanza del derecho. Un tutor de generaciones. Un hombre de la transición: el protagonista discreto de un cambio histórico. Un atentísimo observador del mundo que no se entrega a las cegueras profesionales. Un curioso que se adentra en todas las disciplinas y que, de cada una de ellas, obtiene aprendizajes. Un intelectual que razona en público sobre los mil asuntos que nos conciernen. Un inagotable germinador de proyectos intelectuales.

Cossío debe ser reconocido como uno de los arquitectos del pluralismo democrático que, con todos sus defectos, se asentó en el país. Lo es por razón doble. Primero porque hizo la crítica del fundamento constitucional del autoritarismo y porque abrió espacio, desde la Suprema Corte de Justicia, a una nueva convivencia política. Su aporte debe ser aquilatado porque encarna otra transición. No la visible de las elecciones y la representación política, No la ruidosa transición de la alternancia, sino la transición que da asiento al pluralismo, que fortifica y ensancha derechos a través de la intervención judicial.

Antes de ocupar silla en la Suprema Corte de Justicia, José Ramón Cossío examinaba una faceta ignorada del autoritarismo. Conocíamos de los trucos electorales, se hablaba del hiperpresidencialismo y de la manipulación corporativa. Se denunciaba el fraude electoral, los abusos del ejecutivo, la ausencia de libertades. Cossío nos abrió los ojos al advertir que la retórica constitucional no era irrelevante para el funcionamiento de esta maquinaria de arbitrariedades. Su juicio era severo: los abogados mexicanos habían contribuido, con su ciencia y su mansedumbre, a la legitimación del autoritarismo. Trivializaron esa ley que decían idolatrar. Con su crítica, Cossío encabezaba una subversión intelectual al exigir lo obvio: que el poder se sujete a la norma.

El juez siguió la pista abierta por el académico. En 2003 se integró a un tribunal que se aprestaba al cambio. La argumentación de Cossío en ese espacio (muchas veces solitaria) fue un extraordinario aporte de lucidez. Nadie puede poner en duda su contribución a una lectura liberal e igualitaria de la Constitución mexicana. El juez constitucional es un equilibrista que ha de plantarse frente a un mundo marcado por el conflicto. Cuidar el orden constitucional es ejercitarse en ponderaciones. Así lo entendía desde que asumió la responsabilidad como ministro. Se trataba, ni más ni menos, que de ir redefiniendo los contornos del poder y los derechos. Escabroso trazo. La convivencia pluralista es una travesía en el conflicto porque nuestros ideales no son armónicos sino, con frecuencia, rivales. Toca al juez ponderar, en cada caso, normas y valores.

En la conversación democrática deben participar distintas voces, distintos tiempos, distintas representaciones. En ese intercambio, la palabra de la Corte no puede disolverse en un coro, así sea el más popular. La suya no es la voz de la plaza o del parlamento, esa voz que apela a la mayoría. Tampoco es la voz de la técnica que pretende dictar la única solución correcta. La voz que emerge del último tribunal es la voz de los derechos, la voz de las cautelas. Una voz, como la de Cossío, a un tiempo audaz y prudente. Creativa y memoriosa.

Al terminar el encargo de José Ramón Cossío en la Suprema Corte es justo celebrar su contribución al entendimiento del derecho, al asentamiento de la democracia constitucional, a la expansión de los derechos y al debate público. Y es justo celebrar que su cátedra continuará sin toga.

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20, Nov 2018

Algunas señales

El presidente electo más activo de la historia reciente ha ido mostrando sus cartas. El marco de su gobierno está trazado. Su estrategia parece clara. Sus apuestas y sus debilidades también. Sus críticos han renovado las razones de la desconfianza en semanas recientes, pero, a decir verdad, sigue montado en una firme popularidad. Los votantes que lo apoyaron en julio no le han dado la espalda. Están dispuestos a perdonar algunos errores y a premiar el cambio, aunque sea en los símbolos solamente. Las encuestas muestran lo que era predecible: tras la victoria, su base de apoyo se ha ensanchado. Debemos partir de ese dato: López Obrador despierta una enorme esperanza en el país. Estos meses, sin embargo, no han sido buen preparativo para que su gobierno cumpla con las expectativas. Varias señales son inquietantes.

El equipo arranca débil. A muchos sorprendió el tempranísimo anuncio del gabinete. Arrancaba apenas la campaña y López Obrador ya repartía puestos. Acostumbrados a conocer al equipo a la víspera de la toma de posesión, conocimos a sus colaboradores desde hace meses. El anuncio fue electoralmente eficaz: dio confianza a muchos que vieron en los colaboradores sensatez y moderación. Nadie podría decir que dominaran los extremistas. El equipo era una selección de moderados. Estos meses de exposición pública, sin embargo, los deja lastimados. Las diferencias entre ellos son visibles, sus insuficiencias también. No se advierte conducción política desde la secretaría de gobernación. No hay diálogo estrecho con los partidos ni siquiera con el que respalda al presidente. Defensora de causas nobles, impulsora de reformas encomiables, la futura secretaria de gobernación empieza ser vista como muda espectadora de cambios sustanciales en la política nacional. Si en el gabinete no hay una firme columna política, tampoco la hay económica. El secretario de hacienda no aprobó su primer examen. Ante la turbulencia reciente, el futuro secretario, reaccionó tardía y débilmente. Ningún efecto tranquilizador tuvieron sus palabras. No podemos imaginarlo inyectando confianza en momentos de crisis. El secretario de comunicaciones se ha exhibido públicamente como un embustero, un burócrata dispuesto a manipular la información para acomodarla a los designios del jefe. El equipo que en tiempos de campaña podía ser visto como una plomada de moderación, hoy es motivo de intranquilidad. No es un equipo que trabaje en conjunto, ni que tenga una visión común. No han despuntado ahí funcionarios capaces de encarar con realismo las ocurrencias del jefe ni quien le haya presentado el cuadro de las consecuencias. El primer gabinete de López Obrador es un gabinete herido y apocado.

La campaña será permanente. López Obrador no seguirá el libreto presidencial. El político rebelde no se convertirá súbitamente a la ortodoxia. Seguirá pensando la política como un épico combate de símbolos y no como administración de lo ordinario. En el aplauso, en la concentración masiva estará su energía y su brújula. Los indicadores que hemos considerado como medidores del éxito y del fracaso serán motivo de burla. Los mercados ladran, luego avanzamos. Nos regañan los expertos: sigamos por ahí. Seguramente tendrá como aliado la torpeza de sus adversarios, columpiándose como han estado entre la estridencia y la sumisión. Es probable que tropiece en algún momento con el consenso, pero la constante será la batalla: el ataque a sus críticos y la convocatoria a los leales para escenificar la batalla de la historia.

¿Será eficaz la mayoría? El futuro presidente tendrá legitimidad, popularidad y poder. Su partido tiene mayoría y enfrenta antagonistas en crisis.  No parece obvio, sin embargo, que logre el embonar todas las piezas que le son leales para construir un gobierno eficaz y para proyectar mensajes de certidumbre. Las señales de las semanas recientes son francamente preocupantes. Morena no trabaja como partido gobernante. La existencia de una mayoría no garantiza en sí misma coordinación, ni eficacia. Lo más delicado es seguramente el ámbito administrativo, que parece estar totalmente ausente de las consideraciones del nuevo gobierno. Es que la política no es para el lopezobradorismo gestión sino épica. Pero poca gloria espera a un gobierno incapaz de administrar las rutinas.

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13, Nov 2018

De pataletas y servidumbres

El pueblo es sabio y tiene un instinto certero, dijo Andrés Manuel López Obrador repitiéndose una vez más. En esta ocasión celebraba la consulta que los suyos organizaron para darle la razón. El pueblo es listísimo y tiene la fortuna de que su amado líder traza pistas de aeropuerto sobre las rodillas. Nadie antes lo había considerado posible, pero una visita del presidente electo bastó para alumbrar una nueva avenida que permitirá el aterrizaje de miles de aviones. Lo más preocupante de ese video que muestra a un político súbitamente convertido en perito en aeronáutica son los hombres que lo acompañan. Silenciosamente asienten la ocurrencia como si fuera una genialidad. Ahí, a su lado, el embustero que manipuló la información de un dictamen técnico para hacer pasar como atractiva la opción favorecida por el jefe. Ahí también el contratista que López Obrador considera uno de los mejores ingenieros del mundo. Debe serlo. ¿Quién soy yo para dudar de las credenciales profesionales de un hombre que declara con tranquilidad que los aviones se repelen? Lo que ha interiorizado bien el ingeniero Riobóo es el código del Cuarto Nacimiento: quien discrepe de su juicio es un berrinchudo que patea mientras se ahoga. No importa que el crítico sea una autoridad internacional. Discrepar es patalear.

Tal vez porque coinciden con el vocero oficioso del nuevo régimen, hay empresarios que se pliegan al nuevo poder. Se aprestan a olvidar todo lo que haya que olvidar para entenderse con él. Fue revelador el penoso video que el Consejo Mexicano de Negocios produjo unos días después de la elección para unirse a la cargada. Los grandes empresarios modernizaban por youtube las peores ceremonias de la cortesanía priista. A decir verdad, la actuación de los empresarios no era del todo convincente, pero de dientes para afuera llenaban de elogios al nuevo mandamás, le ofrecían apoyo, celebraban la sabiduría de la elección. El organismo empresarial se cetemizaba velozmente en busca del like presidencial. Se ofrecía al nuevo gobierno como apresurándose a borrar una larga historia de diferencias. El desacuerdo se minimizaba. Ahora resultaba que coincidían en lo esencial. Unos días después vimos una escena que superaba en indecencia a la previa. El patriarca de los empresarios salía exultante de una reunión con López Obrador. Presumía un libro del presidente electo como una quinceañera presume el autógrafo de su ídolo. Por supuesto, se desentendía del contenido del libro para mostrar el retrato del ungido en la portada. ¡Treinta millones de votos!, repetía, como si el dato convirtiera en infalible al futuro presidente. ¡Treinta millones de votos! No nos queda otro camino que el sometimiento.

Aquel video de servidumbre empresarial anticipaba una actitud política. En lugar de defender un espacio de autonomía, amistarse, a cualquier costo, con el nuevo gobierno. Lejos de asumir una responsabilidad cívica desde la plataforma que ofrece el liderazgo económico, someterse anticipadamente. Así lo hemos constatado con el nuevo aeropuerto. Ningún empresario pretende activar mecanismos legales por la cancelación de Texcoco. ¿Para qué hacerlo si ya se les ha garantizado la obra en el aeropuerto sustituto? ¿Por qué protestar, si el silencio puede ser tan rentable? La oferta de separar al poder político del poder económico se concreta en un curioso baile: primero se polariza políticamente una discusión para seleccionar, después, a los beneficiarios. Tras una consulta pública, una negociación a puerta cerrada. Ese es el espectáculo que hemos contemplado recientemente. Ni asomo de interés por limpiar de corrupción la obra pública que hace poco se describía como el gran símbolo de la podredumbre neoliberal. De lo que se trata es de marcar los proyectos con el sello del nuevo régimen y crear beneficiarios que deban lealtad a otra estructura. Se trata, pues, de fundar la pejeburguesía. Hay empresarios que ven con buenos ojos esa oferta y empiezan a acomodarse. Deponer los desacuerdos para obtener el certificado de confiabilidad y, con él, los negocios de la Cuarta Fundación.

Desde luego, no corresponde a los empresarios reparar las insuficiencias del sistema de partidos. Mal haría en imaginarse como sede de la oposición, pero la defensa de su espacio de autonomía, es una causa pública.

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06, Nov 2018

El rito de la destrucción

El poder elige sus rituales. Emite su mensaje con ceremonias. Quien se imagina como el Cuarto Padre de la Patria ha elegido la destrucción como el símbolo de su poder. Ha resuelto abandonar una importante obra en curso para plantar su autoridad frente al pasado y para mostrar su poder frente a sus adversarios. No soy adorno, dijo, festejando la demolición. La primera señal de su mandato es un aviso: convertirá en polvo lo que se le dé la gana. Dirá que obedece al pueblo. Por eso la consulta y los anuncios sobre el aeropuerto son, más que una decisión, una ceremonia. La puesta en escena de un nuevo entendimiento de la política.

Sabemos que las solemnidades del Congreso le son fastidiosas. Era necesaria otra ceremonia para inaugurarse. Eligió un emblema de la política como trituradora de símbolos. Aunque se pretenda hazañosa, ésta es la visión más pedestre de la política, la más infantil. El niño se descubre poderoso cuando rompe su juguete. Es solo entonces que se siente dueño de algo. Al ver el muñeco hecho pedazos sonríe satisfecho porque sabe que él ha provocado el destrozo. El primer poder: ser autor de la ruina. El niño se emociona al descubrir que puede alterar la realidad. El poder más elemental, el más primitivo es ese: destrozar. Andrés Manuel López Obrador ha elegido esa ceremonia para inaugurarse como presidente. Invocó al pueblo sabio con una consulta risible y activó de nuevo el antagonismo. Así, encarnando al pueblo en su batalla, dictó su primera orden: abandónese.

Algún capítulo de Elias Canetti podría registrar una ceremonia tan rica en alusiones como la que hemos presenciado en estos días. Un rito de algún reino donde, para iniciar el mando era necesario un incendio. El Nuevo Jefe debía incinerar las joyas del Viejo. Solo así el mundo reconocería que había nuevo mandamás. Todos los vecinos se reunían para contemplar el espectáculo. Su presencia en la ceremonia los convertía en creadores del fuego que habría de consumir los símbolos más preciados del viejo jefe. Con una hoguera debía inaugurarse el nuevo día. Por las llamas pasaban monumentos, palacios, ciudades enteras. Todo lo que el Viejo Jefe hubiera levantado tendría que ser convertido en ceniza para que el nuevo mando asumiera forma. El humo alejaba a los malos espíritus. Pasado por las llamas, el viejo reino quedaba convertido en un tapete de escombros que el Nuevo Jefe pisaría al terminar la ceremonia. Destruido el símbolo, amanecía. Nuevo poder, nuevo tiempo.

El senador Germán Martínez intentó una defensa de esta ceremonia. Me detengo en ella. A juicio del expanista, la dignidad de la política ha triunfado sobre la mezquindad de la economía. Pero, ¿qué política defiende el senador? La política del desplante, no la política de la responsabilidad. La política que hace alarde de arrojo pero que olvida el elemental llamado de la prudencia. En la destemplada voz del senador no se escucha el furor del converso sino, más bien, el patetismo del oportunista. Por eso defiende sin convicción una política que es puro ademán. El calderonista sabe bien que abandonar el nuevo aeropuerto no combate la corrupción, la consolida. No hay tampoco en la decisión un esfuerzo por cuidar los recursos públicos, sino un derroche imperdonable. Millones para pagar nada. ¿Preocupación por la ecología? El legislador sabe bien que ni siquiera hay estudios del impacto que la nueva obra tendría en el medio ambiente. Defiende así una política que, por su respaldo popular, no necesita ofrecer argumentos. El voto como coartada del capricho.

Una línea del discurso del futuro director del IMSS me parece relevante. La debilidad de los argumentos técnicos del nuevo gobierno le parece, en el fondo, su máxima virtud. Siendo una decisión política resulta inapelable. No hagan cuentas, no ofrezcan estudios, no presenten dictámenes: acaten la voluntad del poder. No es la técnica un valor fundamental del nuevo gobierno, advirtió. Martínez le escupe al fundador del PAN quien defendió el sentido ético del rigor. El rechazo a la técnica por repudio a la tecnocracia es voluntad de ignorancia. Desconocer el vínculo entre el instrumento y la consecuencia nos llevará a cosechar lo contrario de lo que deseamos. No digan, por favor, que esa ceguera voluntaria es la política. Eso tiene otro nombre: demagogia.

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30, Oct 2018

Golpismo fifí

El presidente electo ofrece disculpas por anticipado. Acto seguido avisa que persistirá en el insulto. Lo escuchamos en una entrevista improvisada sentado en la ventanilla de la fila de emergencia que frecuenta. Seguiré describiendo a la prensa que me cuestiona como prensa fifí, dice. Lo siento mucho, pero no tengo alternativa. Tengo que llamarlos como lo que son. En seguida, el presidente electo expone las razones del insulto. Los fifís de hoy son herederos de los golpistas que contribuyeron a la caída y muerte de Francisco I. Madero.  ¡Eso es lo que piensa el presidente electo! La crítica es golpismo. El cuestionamiento al poder que despunta es, en realidad, deslealtad democrática.

El paralelo que traza entre sus críticos y la decena trágica es preocupante. Es una nueva cápsula de su entendimiento del debate público. Importa citarlo en extenso para juzgar si mi interpretación es excesiva. El presidente electo brinda lecciones de historia como advertencias para el presente. “Si ustedes revisan la historia, los que le hicieron más daño al movimiento revolucionario maderista, fueron los fifí. Ayudaron a los golpistas, y hubo una prensa—en ese entonces—,   El Debate y otros periódicos que se dedicaron a denostar al presidente Madero. Bueno, esa prensa y los fifís, quemaron la casa de la familia Madero. Cuando detienen al hermano de Francisco I. Madero y asesinan cobardemente a Gustavo A. Madero, los fifís hacen caravanas con sus carros y festejan. Y luego esa prensa siempre apostó a apoyar la militarización, el golpe de Estado, y tiene que ver mucho con el conservadurismo, venían del régimen porfirista, eran serviles, era una prensa sometida y cuando triunfa el momento revolucionario, triunfa Madero, él garantiza libertades plenas, y se portaron muy mal, no sólo con Madero, sino el país, le hicieron mucho daño a México, fueron los que atizaron el fuego para que se volviese cruenta la revolución mexicana y se perdieran muchas vidas humanas. Entonces, lo del fifi viene de eso, para darle una ubicación histórica, entonces eso si se los voy a seguir diciendo, porque son herederos de ese pensamiento y desde el proceder.”

Si les digo fifís es porque, en realidad, quiero llamarlos golpistas. Esa es la advertencia del presidente electo en un arranque de sinceridad. Hay periodistas que se portan bien y periodistas que se portan muy mal. Hay periodistas que merecen besitos y otros a los que no queda más alternativa que describirlos como cómplices de la dictadura. Quienes me cuestionan, quienes dudan de las maravillas de la Cuarta Transformación, quienes critican las decisiones que se están tomando, quienes denuncian los efectos de las políticas que se pondrán en marcha muy pronto, conspiran contra la democracia. No son mis enemigos, son los enemigos del pueblo. Son, en realidad, descendientes directos de quienes conspiraron contra Madero. No hay aquí ambigüedad alguna en las palabras del presidente electo. El argumento es delirante, pero claro: si me criticas, en realidad sueñas con el magnicidio.

El presidente electo defiende, y con razón, su derecho a polemizar. Sería, en efecto, benéfico escucharlo debatir. Nadie quiere un presidente amordazado. Lamentablemente, lo que escuchamos de su boca no son argumentos que desbaraten el fundamento de otros argumentos sino algo muy distinto: un intento de destruir moralmente a sus críticos. Huertistas, los fifís. Quien advertía hace unos días por los probables costos de la consulta recibió de inmediato la feroz invectiva del presidente electo. Ningún alma limpia puede dudar de él. Quienes lo critican, quienes anticipan costos y perjuicios son personajes deshonestos. Vendidos. El futuro presidente se asume así como difamador en jefe. Mis críticos lo son porque han sido comprados por los enemigos del cambio verdadero.  Muy delgado resultó el barniz conciliatorio del presidente electo. Al primer raspón desaparece.

Advierto que el reflejo de la descalificación, esa imaginación que lo lleva a dividir el mundo en patriotas y traidores me preocupa menos por lo que pueda influir en la prensa que por lo que pueda provocar en su gobierno. ¿Cuál puede ser el espacio de razonabilidad bajo el imperio de la ideología? ¿Quién se atrevería a confrontarlo con malas noticias? ¿Quién osaría reconocer ante él un error de cálculo? Un fanático de sí mismo prefiere ser engañado a ser contrariado.

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16, Oct 2018

Esto no es populismo

Cuando en abril del 2016 se votó en el Congreso brasileño por la destitución de la presidenta Dilma Roussef, el diputado Jair Bolsonaro dedicó su voto al coronel que la torturó cuando tenía 19 años. En esa hora solemne, el militar convertido en político quiso dejar en claro la fuente su inspiración. El coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, muerto en 2015, fue responsabilizado de la tortura, desaparición y muerte de cientos de disidentes en tiempos de la dictadura. Con su voto, el legislador le rendía un homenaje. Esa devoción por el torturador es reveladora. El ideal de quien se convertirá muy probablemente en presidente de Brasil no es la democratización de la democracia, no es la inclusión popular, no es la lucha contra las élites, es la militarización de la sociedad.

La prensa insiste en describirlo como un populista de derecha. No lo es, es un fascista y es importante hacer el distingo. Populistas y fascistas coinciden en su rechazo al dispositivo liberal pero, mientras el populista propone medidas y símbolos de inclusión popular para corregir los vicios del elitismo, el fascista propone la violencia como mecanismo para terminar con la cobardía liberal y su siniestra tolerancia. La violencia ocupa el núcleo del discurso de Bolsonaro. Para evitar la homosexualidad, hay que golpear a los hijos que muestran esas peligrosas tendencias. Hay que aplicar ejemplarmente la pena de muerte. Y revivir el edificante espectáculo del fusilamiento. Bolsonaro lo ha dicho: hay que fusilar a los opositores del Partido del Trabajo, hay que fusilar a los delincuentes, hay que fusilar a los inmorales. Los héroes matan, ha declarado su compañero de fórmula, El matadero es la fantasía política del fascismo.

Bolsonaro se ha percatado que en nuestro tiempo no hay nada más eficaz que la defensa enfática de lo aberrante. Decir con soltura las peores barbaridades garantiza atención de los medios, sean viejos o nuevos. Conlleva además una extraña bendición: el patán presume que es el único auténtico entre la legión de los hipócritas. Dice las cosas tal cual, expresa sus puntos de vista sin hacer concesiones a lo políticamente correcto. El discurso del brasileño es sorprendentemente agresivo, incluso para los niveles de violencia retórica de nuestros tiempos. La agresión es para él la expresión natural de una masculinidad resuelta. Con su voz grita el orgullo del macho. Padre de cuatro hijos y una hija, declaró hace poco en un evento en Río de Janeiro que engendró a la niña en un penoso momento de debilidad. Por eso no puede decirse que su antifeminismo o que su homofobia sean rasgos secundarios de su personalidad. El fascismo tiene un fuerte componente sexual. Transfiere la voluntad de poder a los dominios de la sexualidad, como dijo Umberto Eco en un viejo artículo sobre el fascismo eterno. El fascismo expresa una masculinidad predadora.

Bolsonaro busca una revolución del orden. El ejército ha de ejercer el poder nuevamente como símbolo de jerarquía, eficacia y patriotismo. “El periodo militar fue un tiempo de gloria para Brasil, declaró Bolsonaro. Los criminales eran criminales; el que trabajaba era recompensado y, hasta en el futbol pasábamos menos vergüenzas.” Pero la dictadura en la que sueña el fascista brasileño es una dictadura más enérgica, más decidida, más letal. Una dictadura que no tenga los miedos de la previa: que no solo torture sino que también mate. No hay aquí la ilusión de un gobierno del hombre común que se hace cargo de su destino, como pregonan los populistas. Lo que hay aquí es el mito de la mano dura. El mito de la eficacia militar… y tecnocrática. La restauración que imagina Bolsonario pretende restablecer el antiguo matrimonio entre la dictadura y los economistas ultraliberales.

La crisis de las democracias liberales ha alimentado a sus adversarios. Mal haríamos colocando a todos en el mismo saco. Siendo complejo el reto que nos lanza el populismo, debemos reconocer que es muy distinto el que provoca el nuevo fascismo: un polo que propone la militarización, el rechazo a los derechos humanos y la politización del machismo. El modelo político de Bolsonaro no es la política corrosiva de Trump o Berlusconi, dos populistas de derecha. Su modelo es la política criminal de Duterte.

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08, Oct 2018

Discreción y austeridad

El moralismo de la nueva administración apuesta al recato, no al castigo. El presidente electo lo ha dicho en muchas ocasiones: no tiene la menor intención de examinar el pasado ni deseo de aplicar la fuerza de la ley contra quienes hayan cometido tropelías. Por algún extraño reflejo asocia el castigo con la venganza. Encarcelar corruptos y violentos es visto como un desahogo contraproducente. Por eso rechaza esa vía. Imagina la asunción del poder como una navaja que cortará el tiempo. El amanecer del 1º de diciembre será el primer segundo de la Cuarta Invención de México. Terminará un modelo económico, un arreglo político y la indecencia.

Esta última terminará con la austeridad gubernamental y la discreción de los funcionarios públicos. El compromiso es terminar con el derroche y la ostentación. Dispendios que en nada ayudan a la gente; alardes que ofenden. La promesa de cambio no se detiene en el escrupuloso manejo de los recursos públicos. Exige también un tipo de conducta en la órbita de lo privado. Si algo nos ha ofrecido el nuevo gobierno es que se conducirá con sensibilidad, prudencia y modestia. Un cercano asesor del presidente electo ha fallado precisamente por eso. Todos tenemos el derecho de usar nuestro dinero como nos plazca. Pero quien se dispone a asumir una responsabilidad pública debe ser congruente con la promesa que simboliza.

En la crítica al desplante del colaborador—más a la publicidad de la boda que a su fastuosidad—se muestran las divisiones de México. Por una parte, la crítica es un reflejo saludable que pudo percibirse en amplios sectores de la opinión pública, incluso en simpatizantes cercanos del movimiento lopezobradorista. Es la simple exigencia de que se cumpla con lo prometido. El reclamo de mantener el sentido del cambio. Es decepción frente a una temprana separación del compromiso. Los críticos entienden bien que la boda es un acto privado y que no se usaron recursos públicos para los adornos o el menú. Pero se trató de un alarde que imaginábamos propio de la política rechazada por los electores. Por otra parte, en la crítica a este escandalillo se ha revelado otra pulsión. No una exigencia de modestia, sino la rabia por el ascenso de los otros. El elitismo más pedestre se dio permiso en estos días para mostrar su indignación ante los arribistas. Salvador Camarena lo apuntó certeramente en el artículo que publicó en El financiero el pasado 5 de octubre. Su lectura es indispensable: A nosotros y a nadie más nos pertenecen las portadas rosas. Las hemos heredado. Nosotros merecemos esas páginas en donde mostramos nuestros viajes y nuestros trapos, nuestros brindis y nuestros postres. Ustedes habrán ganado el poder, pero sepan bien que no tienen derecho al lujo. Ése es solo nuestro.

La austeridad es un deber, pero puede ser también una trampa. La discreción es un compromiso, pero puede alimentar la demagogia. No tengo duda de que cuidar los recursos públicos, afanarse para que no se pierdan en lo inútil, que no se desvíen de su propósito, que se administren escrupulosamente es el principal deber del servidor público. Pero, en todo caso, debe encontrarse el punto de equilibro entre la austeridad y la eficiencia. Es fiel al compromiso de austeridad el que la renacida Secretaría de Seguridad Pública no reciba un aumento en el presupuesto destinado a esas tareas. ¿Es sensato? Segar la burocracia con machete significará, desde luego, un ahorro: ¿nos dará una buena administración?

Y también hemos de cuidar que la discreción pública no alimente la vanidad de la modestia. La circunspección de Andrés Manuel López Obrador es la roca de su prestigio. Hoy, que se dispone a ocupar las dos jefaturas, debe pensarse en las condiciones que le permitan cumplir de mejor manera su responsabilidad y, sobre todo, en las medidas que se requieren para garantizar su seguridad. La tranquilidad del país depende de ella. Cuidar al presidente no es fantochería y lo es menos en las condiciones del país. Decir que el pueblo bueno lo cuida no es una simple inocentada demagógica. Es una irresponsabilidad gigantesca.

Que haya austeridad y discreción, sí. Pero que también haya eficacia y seguridad.

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01, Oct 2018

Mayoría enmarañada

La responsabilidad de ser mayoría es gobernar, pero también es gobernarse. Podría decirse que lo segundo es requisito de lo primero. Imposible conducir una administración reformista, imposible realizar los cambios históricos que se pretenden si no se logra una coordinación eficaz del polo gobernante. Ese es uno de los retos más complejos de la nueva mayoría. Poner en sintonía las muchas fibras de una alianza tan heterogénea como la que consiguió la victoria no será cosa sencilla. Ya hemos visto muestras de esa dificultad. Las señales que se han emitido tras la elección han sido confusas y contradictorias. Las tensiones en el equipo del presidente electo son más que visibles. La desorganización en el espacio parlamentario resulta preocupante.

Los electores votaron decididamente para constituir una nueva mayoría. Quisieron una presidencia respaldada por una fuerza afín en el Congreso. Un triunfo formidable de Morena. Millones de votos para su candidato, amplísima victoria sobre sus competidores, triunfos en todos los rincones del país, mayoría en las cámaras. El poder de hacer la ley sin la obligación de negociar con las oposiciones. La reforma constitucional al alcance de la mano. Se ha dicho muchas veces, pero no debemos olvidarlo: el 1º de julio fuimos testigos de la victoria más clara desde que las elecciones cuentan. Pero hay que tenerlo claro: no se despejaron con esa orden electoral las incógnitas sobre la capacidad del futuro gobierno.

En julio ganó, por supuesto, Andrés Manuel López Obrador. Pero ganó también un partido que, a pesar de su descomunal victoria, no ha terminado de cuajar. Morena sigue siendo una incógnita. Un portentoso movimiento político, una intensa emoción pública y, apenas, una institución. Nació de uno de los saltos más intrépidos de la historia política reciente. Cuando López Obrador rompió con el PRD parecía brincar al vacío. Al final del día, su audacia enviaría al abismo a los tres partidos tradicionales. Morena nació también del pragmatismo más atrevido o, tal vez, del más cínico. Todos los ambiciosos tendrían un espacio ahí. Todas las agendas serían incorporadas. Derecha e izquierda; probidad y pillería bienvenidas. Si se atienden sus documentos básicos, no es fácil ubicarlo en las coordenadas de las ideologías tradicionales. Morena se describe como un partido de izquierda que sueña con la refundación nacional y, al mismo tiempo, es una organización nostálgica que anhela el retorno a los bellos tiempos del preneoliberalismo. Pero, más que en sus declaraciones, el enigma de Morena está en el abanico de sus respaldos. ¿Qué pueden tener en común los dirigentes que han trepado a ese barco en los últimos meses? Hace poco estaban en el PRI, en el PAN, en el PRD. Hoy se llenan la boca con la épica de la Cuarta Transformación. Ahí se encuentran ahora quienes se formaron con Calderón y con Salinas; quienes apostaron por Fox y quienes lo hicieron por Cárdenas. Algunos celebraban hace muy poco el Pacto por México, otros lo denunciaban como la gran traición. Unos provienen del conservadurismo más rancio, otros se formaron en lo peor del autoritarismo priista. Muchos son fieles a una izquierda nacionalista, otros son, simplemente, los decepcionados de la transición. Hay ahí quienes apuestan a la ruptura y al nuevo comienzo, otros desean simplemente decencia en el gobierno.

Absurdo pensar en la intrascendencia de tanto oportunismo. Es cierto que Morena se convirtió en la plataforma de las reconciliaciones políticas. Como tal, fue una coalición electoral exitosísima. No hay duda de ello, pero, ¿lo será como coalición gobernante? Esa es una de las incógnitas del futuro inmediato. Por lo pronto, en el plano legislativo, Morena ha dado sus primeros pasos como una mayoría enmarañada. En la Cámara de Diputados hemos visto a una mayoría torpe, impulsiva, descoordinada. Una mayoría errática que no logra los entendimientos elementales y que no se vincula eficazmente con el equipo del presidente electo. Lo cierto es que Morena no actúa como una organización de ciega disciplina. La complejísima heterogeneidad de ese movimiento irrumpe con arrebatos, sin encontrar mecanismos eficaces de actuación. La mayoría ha de gobernar. ¿Podrá gobernarse?

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18, Sep 2018

La pista y las agujetas

Los aprietos de la decisión han dejado de estar en el puente entre los poderes. Ahí ya no habrá obstáculos. Los votantes decidieron poner la legislatura al servicio del presidente. Intuyo que su coalición será menos dócil de lo que algunos suponen, pero, al final del día, trabajará para el proyecto del presidente. Así lo quisieron los electores. Los aprietos de la política presidencial estarán en otra parte.

En primer lugar, en la forma misma en que el presidente electo analiza la información y toma decisiones. Es cierto que el tono del presidente electo es muy distinto al del candidato en campaña. Naturalmente, en esta nueva etapa, se le escucha conciliador, prudente. Pero sigue siendo quien es: un hombre que cree en su instinto por encima de cualquier otra cosa. Una inversión importante puede anunciarse sin contar con los estudios técnicos que la justifiquen. El símbolo de la obra basta. La reorganización administrativa más radical de la historia de México (dispersar el gobierno federal a lo largo de todo el territorio nacional) puede lanzarse al aire sin analizar seriamente sus consecuencias o sus costos, y sin considerar las lecciones de experiencias semejantes. En el reflejo del candidato había una capacidad para conectar con las emociones del electorado. Confiar ciegamente en los instintos del presidente puede ser una ruta al desastre.

El hombre que venera su olfato desprecia el trabajo de las instituciones independientes, de los órganos constitucionales autónomos, de eso que llama con desprecio la “llamada sociedad civil.” Su reacción ante las acusaciones a Rosario Robles es reveladora. Que medios y entidades sociales que considera adversas a su causa hayan hecho público el presunto desvío de la secretaria lo lleva a descalificar de plano la denuncia como un circo, una simulación. El presidente electo parece no percatarse que las denuncias se fundamentan en reportes oficiales de la Auditoría Superior de la Federación y que, con su declaración, obstruye a las propias dependencias a su cargo. Habrá que acostumbrarse, es cierto, a un presidente dispuesto a la polémica. No me preocupa que discrepe públicamente de sus críticos. Pero, ¿queremos un presidente que siga estigmatizando a las instituciones constitucionales que mantienen autonomía y que realizan un trabajo profesional? No creo que sea saludable para la democracia ni útil a su gobierno.

Las complicaciones del futuro gobierno estarán, sobre todo, en la órbita administrativa. La épica de la reinvención nacional confrontará un reto que poco tiene que ver con su grandilocuencia retórica: la gestión pública. Si efectivamente se abre un nuevo capítulo en la historia de México tendrá que superar esa prueba. El peligro, decía Claudio Lomnitz en un artículo del mes pasado en nexos, es que el gobierno de López Obrador gaste su enorme bono de legitimidad en infiernitos. En lugar de concentrarse en lo esencial, perder foco. Si una dependencia debe coordinar una mudanza titánica, difícilmente podrá dedicarse a lo suyo. De distracciones administrativas puede morir la Cuarta Transformación.

¿Es el equipo que ha nombrado el presidente electo, el equipo idóneo para el logro de los objetivos que el propio presidente electo ha trazado? Lo dudo. En primer lugar, la misma oficina presidencial ha quedado marcada por un ostentoso conflicto de interés. La presencia del Alfonso Romo en la oficina del presidente—que el propio empresario reconocía como inviable por el amplísimo abanico de sus negocios—mancha a una administración que pretende ser ejemplo de rectitud. El resto del equipo responde claramente a la orden de cambio. No podían integrarse al nuevo gobierno, los mismos que han ocupado las oficinas públicas en los últimos veinte años. Será el relevo más radical en el gobierno del que tengamos memoria. Se asoman, por ello mismo, serios problemas de coordinación y un empinado proceso de aprendizaje. Es entendible. Lo preocupante es que, bajo el rechazo a la arrogancia tecnocrática subyace un desprecio a la técnica, a la experiencia, a la preparación y a la contemporaneidad.

Que los partidos se hayan convertido en espectadores no despeja el camino de la futuro administración. Las dificultades estarán dentro. El corredor tiene la pista libre pero las agujetas desamarradas.

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20, Ago 2018

La felicidad del PAN

Es difícil exagerar el desastre electoral del PAN en la elección reciente. En una jornada retrocedió décadas. El peor resultado desde que hay elecciones competidas en el país. El candidato del PAN logró el segundo lugar, pero quedó treinta puntos debajo de López Obrador. Lo peor no fue lo que le sucedió en esa pista sino en las legislativas. La voz del PAN quedó severamente debilitada. En el Congreso tendrá una representación mínima. En la Cámara de Diputados, Acción Nacional tendrá menos representantes que los que tuvo en 86, cuando creció la cámara para incluir a 200 legisladores plurinominales. En el Senado, tendrá menor presencia que la que tuvo tras la elección del 97. Aún podría decirse que esas dos derrotas palidecen frente a la tercera, la más profunda, la más compleja. Acción Nacional perdió en estas elecciones su identidad. Un partido molido por los votos y extraviado.

La derrota panista es, en un sentido, más penosa que la del PRI. El PRI no tenía posibilidades de competir en esta elección. Hizo lo que pudo. Su desprestigio lo anulaba irremediablemente. En cambio, la batalla del PAN no estaba perdida de antemano. Acción Nacional carga hoy el peso de haberse marginado de una elección en la que pudo haber participado con éxito o, por lo menos, con dignidad. Ocupaba el lugar ideal para enfrentarse al partido en el gobierno. Llegó a tener una candidata situada por encima del dirigente de MORENA. Cínicamente, los dirigentes del PAN usan la goliza que recibieron como excusa. Nadie habría podido evitar la debacle. Esto era inevitable, dicen. MORENA era imparable. Nada podíamos hacer. El argumento es inaceptable. No puede pensarse la responsabilidad política sin imaginar lo que pudo haber sido. Si Acción Nacional hubiera resuelto democráticamente sus diferencias internas, si hubiera sido capaz de construir una candidatura creíble en una competencia abierta, si la izquierda hubiera presentado más de un candidato, el cuento de la elección del 2018 habría sido muy distinto. Y aún en el caso de que López Obrador se hubiera impuesto finalmente, habríamos tenido un partido entero en la oposición. Los estrategas de la derrota deben asumir su responsabilidad.

La derrota del PAN estuvo en el olvido del PAN. No creo, por supuesto, que ese extravío sea reciente. La crisis panista es tan vieja como la victoria del 2000. Desde entonces, el PAN no sabe qué lugar ocupar en el escenario nacional: ¿oposición a su gobierno, como lo fue con Fox?, ¿instrumento del presidente, como fue con Calderón?, ¿aliado del PRI, como lo fue con Peña Nieto? En cada ocasión, un partido subordinado, sin ideas propias, sin liderazgos auténticos.

Frente a la crisis que desata la catástrofe de julio, se pensaría que las alarmas del principal partido de oposición se habrían activado de inmediato. Se pensaría que, por elemental sentido de responsabilidad, los dirigentes que condujeron al desastre se hicieran a un lado para facilitar la renovación. Uno se imaginaría en ese espacio tan importante de la política mexicana un debate franco que analizara las razones del fracaso y que ofreciera pistas para el cambio. Nada de eso. Su reunión reciente parecía un festejo. El peor resultado de la historia reciente y el panismo oficial feliz. El antiguo candidato recibido como héroe. Porras, aplausos y apapachos. Sobre la elección reciente, apenas se escucharon críticas superficiales en las que nadie asume responsabilidad alguna. El anuncio de una comisión y algo más que no merece recordarse. Roberto Gil, panista que ha decidido ver las cosas en su partido desde una butaca distante, describía la actitud de sus compañeros como “negación psicótica”: una incapacidad para captar la realidad. Un trastorno psicótico colectivo, una actitud casi demencial de negar la verdad incómoda. Nada pasó el 1º de julio. Perdimos una elección, hay que seguir haciendo lo mismo… y con los mismos.

La pregunta que queda es si el PAN podrá sobrevivir con este panismo.

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13, Ago 2018

32 maximatos

El terremoto de julio zarandeó todas las relaciones políticas que imaginábamos firmes. Tan enfático fue el deseo de cambio de los electores que muy poco de lo anterior queda en pie. Emerge una nueva presidencia, un nuevo sistema de partidos, una nueva dinámica legislativa. Novedades en las que, sin duda, aparecen sombras del pasado y atisbos de lo inédito. La política regional no podría mantenerse al margen de esa orden de cambio.

Se prepara una ocupación federal como no habíamos visto en décadas. Se ha resuelto la creación de jefaturas políticas en cada uno de los estados que pondrá en jaque el poder de los gobernadores. Más que embajadores serán procónsules: delegados del poder central que ejercerán tanto o más poder que quienes formalmente gobiernan. Por decisión del presidente electo se habrá formado en cada una de las entidades federativas una diarquía: dos poderes en un solo territorio. Uno tendrá el respaldo económico y político de un presidente de fuerza inusitada. Será el embudo por el que pasarán todos los apoyos del gobierno federal, dispensará todas las ayudas, será el único trasmisor de las peticiones locales. La atención pública del estado se desplazará naturalmente del palacio del ejecutivo local a la oficina del Jefe Político. El gobernador quedará, de inmediato, eclipsado por la aparición de este superdelegado presidencial. Conservará, naturalmente sus facultades y permanecerá en la misma oficina pero muy pronto será ridiculizado por la prensa. Los eventos del gobernador no despertarán interés. Los actores políticos harán fila para ser recibidos por el Jefe Político. Muy pronto aparecerá la burla. Será gobernador entre comillas. El personaje del poder verdadero mandará en frente.

Andrés Manuel López Obrador ha diseñado 32 maximatos. Lo ha hecho introduciendo una lógica particularmente perversa. Todos los procónsules que ha convocado son miembros de su partido. Todos son militantes destacados de Morena. Esa es la credencial que ha contado para convertirse en Delegado del Gran Poder. No ha importado la vocación económica del estado para escoger al representante idóneo, no se ha buscado empatar la experiencia profesional con los desafíos peculiares de la entidad. Lo que importa es la militancia. La ambición electoral en cada uno de ellos es obvia, inocultable. Se dedicarán a cultivar lealtades y a formar partido. ¿Es aceptable ese criterio como lógica de reclutamiento administrativo? ¿No conocemos bien cuáles son los capítulos siguientes de ese cuento?

Con el sometimiento de los poderes locales, el presidente López Obrador no solamente fortalecerá su poder, sino que habrá instaurado un principio de confusión y de irresponsabilidad muy peligroso para la marcha de la gestión pública. ¿Quién rendirá cuentas cuando las cosas vayan mal? Habrá dado también un golpe severísimo al sistema federal al someter a las autoridades electas al imperio de un delegado que solamente responde al presidente de la república. Ya hicimos el experimento. Durante este sexenio se ocuparon las instituciones de Michoacán a través de un comisionado federal con amplios poderes y abundantes recursos. Fue un desastre. Hoy se busca repetir ese experimento en todos y cada uno de los estados. Si el anuncio de López Obrador no ha causado un escándalo es porque no hay defensores del federalismo. No puede haberlos. ¿Quién asomaría la cara para defender la satrapía de nuestros gobernadores? Solamente el gobernador electo de Jalisco ha alzado la voz para denunciar la amenaza. Los grandes escándalos de los últimos años han incubado ahí, en la licencia de las autonomías. No hay duda: urge modificar el arreglo federal pero no parece que la opción lopezobradorista vaya en el camino correcto.

Es importante denunciar también la reacción de quienes en los gobiernos locales se resisten a aceptar la derrota. Imponen nombramientos transexenales que pretenden mantenerlos a salvo de cualquier rendición de cuentas. Debilitan, como en Sonora, a la legislatura y congelan el texto de la constitución para que la nueva mayoría no ejerza a plenitud sus responsabilidades constitucionales. Los perdedores tienen también una responsabilidad. Aceptar que los votantes decidieron el castigo, gobernar desde la minoría.¨

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08, Ago 2018

Arrogancia en la victoria

La contundencia de la victoria de Andrés Manuel López Obrador no lo coloca por encima del cuestionamiento. La legitimidad es un título para ejercer el poder, no un certificado de infalibilidad. Mucho menos una orden de aquiescencia. La crítica a quienes se preparan para asumir el poder no se alimenta necesariamente de la nostalgia ni es un alegato para la preservación de las cosas. Quienes nos critican no han entendido el veredicto de las urnas. No han aceptado la derrota dicen, como si fuera nuestro deber callarnos la boca y celebrar todo lo que provenga de los ganadores. Siempre habrá más de un camino para el cambio. Advertir incongruencias, anticipar costos o percibir retrocesos en los anuncios del presidente electo no significa, en modo alguno, respaldar lo que se ha hecho recientemente. La crítica de López Obrador no es elogio a Peña Nieto. Criticar a los futuros funcionarios no es celebrar a los que hoy tenemos.

El voto confiere poder pero no otorga razón. La discusión pública no termina con el voto. ¿Se ha vuelto una buena idea la redacción de una “constitución moral” por el hecho de que Andrés Manuel López Obrador ganó la elección? La idea de un constituyente que perfile una guía para la plenitud me parece no solamente absurda sino amenazante y creo inaceptable que en un Estado laico se pretenda codificar la moral abriendo el espacio para que líderes religiosos decreten el bien con el respaldo de las instituciones públicas. La política debe mantenerse al margen de cualquier tipo de cruzada espiritual. La suerte del alma no es asunto para la política. Quienes se preocupen por ella deben buscar consejo en otra parte. Que millones de mexicanos hayan votado por Morena no modifica ni en un ápice mi convicción. ¿Debemos suponer que las propuestas del candidato se han convertido en irrebatibles por el caudal de votos que recibió? De ninguna manera. El voto es un permiso, no una comprobación.

Quiero decir que no es antidemocrático criticar al poder democrático. Decirlo parecería innecesario pero es urgente expresarlo hoy cuando se escuchan tantas voces que sugieren que la discrepancia es una forma de deslealtad; que oponerse a las iniciativas del futuro gobierno es casi como oponerse a la victoria que le dieron los votos. Muchas y contradictorias habrán sido las razones de quienes votaron por López Obrador. Muchas y contradictorias fueron las propuestas del propio López Obrador. De la elección no deriva la obligación de implementar un programa concreto. La única instrucción que surge del voto es que a él le corresponde ocupar la presidencia de la república y ejercer las facultades que corresponden al encargo. Las elecciones no revelan el sentido correcto de la historia.

Uno de los peligros que encierra una victoria tan contundente como la de julio es el fomentar la arrogancia de los triunfadores. Tratar con infinito desdén a esos críticos que, a su juicio, fueron vapuleados por los electores. Creer que la votación implica respaldo a cualquier cosa que diga o proponga el nuevo grupo gobernante. Suponer que los votos son una celebración de todas las propuestas de campaña. Confiar en que la gente mantendrá su respaldo.

Hay muchas señales inquietantes y deben ser señaladas. Apunto una que es muy grave y ostensible. Proviene de una arrogancia que se cree inmune a la crítica. López Obrador parece entender el conflicto de interés tan mal como lo hizo Peña Nieto. Piensa que, si él no se beneficia directamente, puede invitar a quien quiera a colaborar con él, sin tomar en cuenta que con ello altera el juego de las inversiones y las ganancias. El presidente electo ha anunciado que un empresario prominente será su jefe de gabinete. Como si fuera un acto inocente, en estos días, el presidente electo visitó una empresa de su futuro colaborador anunciando una asociación para la siembra de miles de árboles. La nobleza de la causa no puede esconder la aberración. Lo notable es que el futuro presidente ni siquiera se percataba del escándalo de su anuncio. A unos días de recibir la constancia de su triunfo, el presidente electo publicitaba la empresa de un colaborador y anticipaba proyectos con su gobierno. ¿Así piensa separar el poder político del poder económico?

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27, Jul 2018

El símbolo y la consecuencia

La política no puede darse el lujo de renunciar a los símbolos. Los necesita para convocar adhesión, para hacer comprensible el sentido a su acción, para articular un relato persuasivo y medianamente coherente. Requiere de símbolos también para ocultar lo insoportable. Por eso se empeña en la ceremonia, en los mensajes, en la cuidada envoltura de las decisiones. La política es representación, es decir, puesta en escena. Pero no hay política que viva de signos solamente. Será teatro pero es más que teatro. La política es decisión y toda decisión política provoca efectos. Alguien gana y alguien pierde. La política empieza a contar cuando seduce la imaginación pero adquiere seriedad cuando se hace cargo de sus consecuencias.

La tensión entre el símbolo y la consecuencia se percibe con claridad en las señales del grupo que se prepara para asumir el poder en diciembre. ¿Representar el cambio o producirlo? Desde luego, la disyuntiva, así planteada, es absurda: hay que cambiar y mostrar el cambio; hay que hacer y significar. Como decía arriba, la política ha de atender el símbolo y la consecuencia. Pero, ¿no es claro que estamos ante el peligro de que el cambio sea sacrificado en el altar de su representación simbólica? El teatro aplastando al instrumento. Cuando se escucha a los voceros del próximo gobierno, cuando se oye al presidente electo da la impresión de que, efectivamente, se cree que importa más la señal que se trasmite que el efecto que se provocará con la decisión. Fe en el símbolo como productor automático de consecuencias virtuosas. La idea de que el cambio en las señales basta; que la novedad del emblema demuestra la autenticidad de la transformación.

Desde sus tiempos como alcalde de la Ciudad de México y en su larga marcha en la oposición, Andrés Manuel López Obrador ha sido talentoso en el manejo de los símbolos. Ha proyectado un mensaje simple, persuasivo y, finalmente, exitoso. Logró colocarse como el crítico tenaz de un arreglo político y de una ideología económica. Diestro como pocos en la producción de señales públicas, logró identificarse con una política austera y sensible que lo situó en el lado opuesto del derroche y la arrogancia. Hoy que se perfila para asumir la jefatura del gobierno, esos símbolos no bastan para producir los efectos que promete. A la elocuencia del símbolo hay que agregarle sentido de responsabilidad: hacerse cargo de los efectos de la acción. El futuro presidente de México parece haberse convencido de que el cambio es, ante todo, simbólico. Romper con el orden visual del antiguo régimen, separarse de las representaciones habituales, disociarse de los viejos artefactos, romper con las ceremonias rutinarias, abandonar las antiguas residencias del poder. Dicen que Napoleón alguna vez dijo que mandar era gobernar la mirada. El Estado aparece de esta manera como un productor de lo visible, un escenógrafo de lo público. En ello parece coincidir el futuro presidente de México, preocupado como está por la producción de imágenes y símbolos de cambio, descuidado como se muestra en la anticipación de las consecuencias de su dirección de escena.

Pensemos, por ejemplo, en la austeridad, uno de los llamados más atractivos del futuro gobierno porque coincide con una enfática exigencia pública. Que el gobierno nos cueste menos. Que termine el derroche, que acabe el dispendio. El símbolo de la austeridad es, claramente la reducción de los salarios de la alta burocracia. La decisión es, desde luego, recibida con entusiasmo por la gente. Pocas decisiones tan populares como esa. Pero… ¿es compatible ese gesto de ahorro con el gigantesco derroche que significaría la dispersión del gobierno federal? ¿Hay algo más ofensivo que el desaprovechamiento de los recursos que ya tiene la administración? ¿Cuánto ha invertido el país en la infraestructura de la Secretaría de Salud, de la SEP, de Pemex? Todo al basurero porque habrá que escenificar la bienaventurada siembra de la nueva burocracia nacional. Bien caro nos puede salir el teatro de la austeridad. Las refinerías, esos templos del nuevo nacionalismo económico pueden resultar terriblemente dispendiosos. El símbolo desentendiéndose de las consecuencias.

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23, Jul 2018

El patrimonialismo del cartujo

Sigue dibujándose el cambio más profundo y más acelarado de la política mexicana del que tengamos memoria. El sistema de partidos está hecho añicos y se va conformando un poder hegemónico capaz de dictar la ley y tal vez de rehacer la constitución sin tener que negociar con adversarios. Pero ahí no termina el cambio. Tan importante como la ruptura del arreglo tripartita es la sacudida que se anuncia en la estructura burocrática y la amenaza que pende sobre nuestro precario sistema federal.

Algo he hablado del cambio en los partidos y espero hablar pronto del cambio en el sistema federal. Aquí me gustaría intentar una interpretación del cambio administrativo. Se anunciaba ya en los discursos del candidato presidencial. El gobierno no estaba del lado del pueblo porque estaba desconectado del pueblo. La alta burocracia ha vivido en una burbuja de privilegios y lujos. Puede advertirse una sensata sensibilidad republicana en esta crítica de López Obrador pero sus propuestas pueden resultar peor medicina que la enfermedad. Por lo pronto, no se anuncia una transición tersa en el ámbito de la administración. No es para menos. El futuro presidente anuncia una draconiana reducción del salario de los altos funcionarios y la cancelación de prestaciones relevantes. Al mismo tiempo, declara que el 70% de los trabajadores de confianza son desechables. Y, al mismo tiempo, ha decidido la mudanza obligatoria de miles de servidores públicos que, apartir de diciembre, tendrán que rehacer su vida en otra ciudad si es que quieren conservar su trabajo.

Se ha hablado de las efectos de esta fricción y de estos anuncios. Me gustaría detenerme en el proceso de toma de decisiones. La dispersión del gobierno puede ser uno de los cambios más radicales en la historia reciente de la administración pública federal. Sacar secretarías y dependencias de la capital es un asunto extraordinariamente complejo y costoso. Dudo que el cambio produzca las bondades prometidas y, por el contrario, imagino la mudanza como una distracción mayúscula para un gobierno cargado de proyectos y exigencias. Un derroche que desaprovecharía un patrimonio de generaciones. De llevarse a cabo la reubicación, las secretarías tendrían que prestar tanta atención al traslado como a los asuntos de su despacho. Complejo asunto, sin duda, pero lo relevante aquí es examinar cómo llega la futura administración a la persuasión de que se trata de una buena idea. Es sencillo: se escucha al caudillo y se ponen en práctica sus deseos. A fin de cuentas es su gobierno. La convicción del futuro presidente basta. No hace falta nada más. La SEP a Puebla, Comunicaciones a San Luis, Pemex a  Ciudad del Carmen. Él y sólo él clavó los alfileres en el mapa. ¿Para qué perder el tiempo con nimiedades prospectivas? ¿Para qué arrastrar el lápiz analizando el costo de la ocurrencia si ésta es, en realidad, una iluminación?

Detrás del llamado a la austeridad se revela una convicción patrimonialiasta que no puede ser anticipo de  buena gestión. El presidente decide qué hacer con la casa presidencial como si ésta le perteneciera. El presidente decide vender el avión presidencial sin examinar si esa operación es una forma razonable de cuidar los recursos comunes o, más bien, un despilfarro. El presidente decide a dónde enviar las oficinas públicas como si fueran piezas de su ajedrez. Estamos en presencia de un nuevo experimento patrimonialista. Por sus primeros gestos, López Obrador se acerca a la administración pública como un hacendado se relaciona con sus peones. Puede tronar los dedos y reducirles el salario. Puede deshacerse de ellos si le da la gana. Puede cambiarles el horario del trabajo de un día para otro sin que importe mucho lo que dice la ley. Moviendo un dedo ordenará a sus criados que empaquen sus cosas y se trasladen a la otra punta del país. Si rompen sus familias, si pierden oportunidades de educación para sus hijos, si las mujeres tienen una desventaja adicional, si el cambio significa una merma económica para el servidor público le tiene sin cuidado. El peón debe, ante todo, demostrar su lealtad. Aunque se dé ínfulas de cartujo, López Obrador ejerce un liderazgo patrimonialista que, seguramente, terminará siendo una nueva fuente de derroche, ineficiencia y corrupción.

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