Lunes

06, oct 2014

El teatro y la negociación

La escenificación de Bucareli fue impecable: una discreta tensión dramática cubrió sus distintos actos. Los actores caminaban al borde del peligro. Los espectadores contemplaban lo inédito. El protagonista de la historia manejó ejemplarmente las tiranteces del tiempo y, mientras se encumbraba, daba muestras de humildad. Sin duda, la mejor pieza teatral de la política mexicana reciente. Lo llamo teatro reconociendo su dimensión dramática y su capacidad persuasiva. Y lo llamo así por advertir sus fingimientos esenciales. La escenificación de Bucareli no es ejemplo de un gobierno negociador, sino de un gobierno astuto que sabe convertir una crisis en una plataforma de legitimación.

Un gobierno negocia cuando entrelaza sus razones a las de otros; cuando renuncia a una medida concreta para cuidar el rumbo general de su política, cuando acopla una idea ajena a la propia. Un gobierno negocia cuando es capaz de defender sus argumentos al tiempo que atiende los argumentos contrarios. Nada de eso vimos en el espectáculo de Bucareli. Para disolver un movimiento, un político acepta todo sin esgrimir un solo argumento. El elogio de la multitud basta. Por eso el espectáculo reciente puede convertirse en un ejemplo perverso. La negociación es lo contrario de la cerrazón, sí. También lo es de la dejadez. A decir verdad, salir a la plaza a decirle que sí no es un acto particularmente valeroso. Sumarse al coro no será nunca un acto de arrojo. Pero independientemente de eso, debe decirse que no es cívicamente edificante entregar una cabeza a la multitud para conseguir su aplauso.

El artículo completo puede leerse aquí.

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29, sep 2014

Ejecuciones extrajudiciales

En noviembre de 2011 Catalina Pérez Correa, Carlos Silva Forné y Rodrigo Gutiérrez Rivas publicaron un artículo en nexos sobre los usos de la fuerza pública en operativos contra el crimen organizado. Los académicos del CIDE y de la UNAM advertían una significativa desproporción en los enfrentamientos. Se entiende que todo choque entre las fuerzas del Estado y los criminales supone el riesgo de muerte pero, cuando las muertes de un lado no tienen correspondencia razonable con las muertes del otro o cuando el número de civiles heridos es mucho menor que el número de muertos, podemos encontramos con evidencia de un abuso de autoridad. Los hallazgos de aquel estudio son contundentes. Hay buenas razones para pensar que la fuerza pública no enfrenta para llevar a la justicia sino para liquidar.

Analizando información pública, la investigación muestra, en primer lugar, que el número de fallecidos de las fuerzas públicas es casi ocho veces menor que el de los presuntos delincuentes. “En los enfrentamientos en que exclusivamente participó la Policía Federal murieron 1.4 presuntos delincuentes por cada policía federal muerto. (…) La tasa se eleva notoriamente si consideramos los enfrentamientos en que participó solamente el Ejército (13.8) o la Marina (34.5)” ¿No retratan estas cifras una estrategia política que se desentiende de lleno de los derechos humanos? Los autores de aquel reporte advierten. por otro lado, que existe un desnivel injustificable entre los heridos y los muertos que resultan de los enfrentamientos. Mientras los policías y los militares terminan con más heridos que muertos, es más probable que los presuntos delincuentes terminen muertos antes que heridos. Ése es el “índice de letalidad” que constituye un serio indicio de abuso. Vayamos a las cifras. Cuando la policía federal enfrentó sola a los criminales murieron 2.6 presuntos delincuentes por cada herido. Cuando actuó el ejército los muertos suben a 9 y cuando actúa la Marina llega hasta 17 por cada herido.

El artículo completo puede leerse aquí.

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08, sep 2014

Eficacia, cuento y símbolo

Hay tres novedades importantes en el gobierno de Enrique Peña Nieto. Son su orgullo pero dejan entrever, al mismo tiempo, su reto central; muestran su capacidad de distanciarse del pasado inmediato, afirman un claro perfil de capacidad política pero también sus rasgos más inquietantes. En menos de dos años, el gobierno ha logrado tres cosas: entenderse con el Congreso para producir reformas relevantes, contar un buen cuento de sí mismo y producir un emblema de su visión. Triángulo notable: las reformas que fincan un prestigio de eficacia; la narración que explica su sentido y el símbolo que lo hace visible.

Empecemos con las reformas. Peña Nieto supo mover al Congreso. Formó las coaliciones necesarias para transformar lo que parecía intocable. Forjó una llave que (por torpeza del Ejecutivo o cerrazón de las oposiciones) se le negó a Zedillo (en su segunda tramo), a Fox y a Calderón. Imposible negar el mérito de tejer con discreción y paciencia los acuerdos—sí, palaciegos—que hicieron posibles tan importantes reformas normativas. El gobierno estuvo dispuesto a aceptar la coautoría de sus reformas; no acudió a la negociación con textos cerrados ni ha renegado de la aportación de sus interlocutores. Y lo que logró es, sin duda, notable. Para empezar, un nueva plataforma para la educación, las telecomunicaciones y la energía. Eficacia es la palabra que se repite una y otra vez: conseguir lo propuesto.

En la aclamación de la eficacia hay, sin embargo, un curioso entendimiento de la política: una fe en la norma que no deja de ser llamativa. Como si cambiar las leyes fuera cambiar las cosas; como si el estreno de la plataforma constitucional o legal implicara, en sí misma la obtención del resultado. Poner las reformas “en acción”, como repite tercamente el presidente no es sacar la paleta de la bolsa y empezar a saborearla. Algo sabemos ya del abismo que separa la ley de la realidad. El diseño del cambio recibe naturalmente críticas de los enterados pero, independientemente de la calidad de las reformas, el asunto crucial es su realización—no su concepción. Por supuesto que el trazo importa pero, aún imaginando que los cambios jurídicos hubieran sido perfectos, queda tiempo para que transformen realidad. Lo que viene es seguramente más complejo que lo que pasó. No ha tenido el Estado mexicano un reto institucional tan complejo como el que la reforma energética le pone enfrente. El desenlace de esta reforma está lejos de ser claro. Pongamos el elogio a la eficacia en el sitio que ahora le corresponde: eficacia legislativa. (más…)

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01, sep 2014

Barbarie liberal

Hace una semana murió en Barcelona uno de los editores más admirables de nuestro tiempo. Jaume Vallcorba fundó Acantilado, una editorial perfecta. Sus títulos caminan entre el ensayo y la poesía, la historia y la estética. Cambian de siglo y de cultura, como si nada. El editor no solamente selecciona: alumbra, cuida, reúne. El libro encuentra su lugar en el espacio gracias al editor. Por el peso del papel, la tipografía, el aire y el color de las páginas, la imagen de su cubierta, el libro puede leerse mejor. No: se lee como debe leerse. “Editar, dijo Vallcorba en una especie de testamento intelectual, ha sido para mí, desde el principio, proponer a unos amigos que no conocía una lectura que pensaba que les podía gustar, estimular y enriquecer.” En la edición se mezclan los gustos y los rigores del intelectual, los detalles prácticos del artesano, los ánimos del comerciante. Gracias al editor, los libros dialogan con el lector pero también con otros libros de la misma colección. Internet, lejos de ser, como piensan los ingenuos, el paraíso de la cultura a disposición de todos, puede ser una amenaza: sin marco de selección, sin criterio crítico, sin invitaciones autorizadas, la conversación misma de la cultura sería imposible. “Lo infinito de Internet, como cualquier otro infinito material sin límites, se asemeja peligrosamente al desierto. A un desierto estéril. Es tarea del editor rescatarlo y darle un marco.”

Las reflexiones de Vallcorba sobre la pasión de editar vienen a cuento por la celebración de los 80 años del Fondo de Cultura Económica, una institución crucial de nuestra cultura. Si, por una parte, el Fondo corre el peligro de convertirse en Notimex, hay quien, en el otro extremo, sugiere su desaparición para no estorbarle al mercado. Eso lo ha planteado Leo Zuckermann recientemente (“¿Se justifica la existencia del Fondo de Cultura Económica?”, Excélsior, 28 de agosto de 2014). Para el columnista, la editorial ya no tiene sentido. Si era útil en 1934, hoy debe dejarse morir para que obre sus prodigios la mano invisible. Pinta un retrato maravilloso de la industria editorial contemporánea: todo se puede publicar, todos pueden publicar, todos tienen acceso a todo. Incluso dice que toda ciudad mexicana tiene su librería. La ingenuidad de Zuckermann es conmovedora. La tecnología nos convertirá a todos en ciudadanos de la república de las letras. Los escritores encontrarán prensa, las editoriales florecerán, los lectores leerán la letra que buscan. (más…)

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26, ago 2014

Respuesta de José Carreño Carlón (con comentarios al margen)

José Carreño Carlón ha respondido a mi artículo de ayer. Reforma la publica hoy en la página 11. La leo con estas notas al margen. Pronto enviaré al periódico una carta.

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25, ago 2014

Conversación a modo

Se entiende que el gobierno defienda su gestión, que argumente el sentido de los cambios que ha impulsado, que llame al respaldo. Se aprecia que finalmente haya un esfuerzo de comunicación pública, tras el encierro de las negociaciones palaciegas. Lamentable que, para hacerlo atropelle a una institución de cultura tan importante para México como el Fondo de Cultura Económica. Sin vínculo con la misión de la editorial, la entrevista constituyó, estrictamente, una violación de su Estatuto Orgánico. El Fondo de Cultura Económica no es un órgano periodístico ni merece trato de agencia de relaciones públicas de la Presidencia. Lejos de ser una conversación a fondo, la editorial organizó una conversación a modo. Uno de los momentos más penosos en la historia de esa casa. Una institución pública de cultura convertida en plataforma publicitaria de la Presidencia. La estructura del programa exhibió, en primer lugar, una perversión de nuestra vida pública que no puede considerarse normal. Un funcionario público conduce un programa televisivo para entrevistar… a su jefe. Los temas que se plantean para guiar la conversación son… los que convienen al jefe y se plantean con la elogiosa etiqueta de sus promotores: Las Reformas Estructurales. ¿El crimen, la inseguridad, la falta de crecimiento? Temas fastidiosos que podrían molestar al Señorpresidente que tan generosamente abre las puertas de Palacio Nacional. El tema único son “Las Reformas” y los periodistas invitados para interrogar al jefe coinciden en lo fundamental con ellas. En un lance de atrevimiento, el director del Fondo de Cultura Económica osó plantear lo que él consideró una “provocación”. Si a alguno de ustedes les hubieran dicho que Peña Nieto conseguiría en 20 meses todo lo que se propuso, ¿lo habrían creído? ¿Provocación? No: piropo. Y los piropos al jefe merecen otro nombre: adulación.

Esa es la mancha que deja el evento. El Fondo de Cultura Económica, una institución capital de nuestra cultura, ofreciendo tribuna al servilismo más obsceno, levantando murallas a lo discutible, masticando las superficialidades del columnismo cotidiano.

Algo aportó esa entrevista: una confesión. Para el presidente la corrupción es un molestia menor, un hábito cultural. Es un fenómeno mundial. Está en la misma naturaleza humana, insistió. Luego soltó su convicción profunda y firme: la corrupción es un fenómeno cultural. La corrupción, “es un tema, yo insisto, de orden cultural.” En una intervención muy oportuna y clara, León Krauze discrepó: la corrupción no radica en nuestro modo de ser, sino en un régimen político fincado, como dijo Zaid, en la propiedad privada de las funciones públicas. Ubicar la corrupción en el espacio de las costumbres es abdicar a combatirlo institucionalmente, es confiar en la intervención de los siglos, disculpar los abusos con excusas antropológicas. La confesión presidencial es en extremo preocupante. Que siga pensando a estas alturas que la corrupción es un tema “de orden cultural” significa que la corrupción existe porque “así somos.” Hacer trampa está en nuestra naturaleza histórica. Peña Nieto apuesta a una solución: ¡la reforma educativa! Tenemos que fomentar valores, principios. No será con mecanismos persecutorios que podremos cambiar nuestra cultura. El argumento del presidente será lamentable pero no es incongruente: si se cree que la corrupción es un hábito cultural, habrá que esperar que dentro de dos o tres generaciones empiecen a cambiar los valores de los mexicanos. (más…)

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18, ago 2014

El sometimiento

Resulta imposible cerrar los ojos, ignorar lo que se ha visto en la pantalla. Los videos que hemos observado recientemente retratan la rendición de la sociedad mexicana, el sometimiento de su política, la pleitesía de sus autoridades, la naturalización de lo aberrante.

Una mujer que gobierna un municipio michoacano se entrevista con un representante del crimen organizado. Desbaratada emocionalmente, implora comprensión. Un familiar ha sido asesinado recientemente. El crimen le extraña porque ha cumplido puntualmente su acuerdo con los delincuentes. “No he faltado,” le dice. “Yo me sentía segura con ustedes pero algo falló. Si yo fallé, díganmelo.” La voz se corta mientras las manos de quien representa a la Empresa, la consuelan. La presidenta municipal reitera que se siente segura con ellos. Ha recibido protección y expresa gratitud por el trato. Por eso no entiende lo que pasó y pide una explicación. La Empresa trasmite su pesar por la desgracia y le manifiesta su apoyo para continuar su carrera política y convertirla en diputada. “Tiene usted un buen corazón,” le dice el emisario del crimen. La entrevista tiene otro propósito: extraer de la funcionaria la pista para detectar al culpable e imponer la sanción. Criminales que consuelan a políticos lastimados por el delito y se ofrecen a reparar el daño.

Segunda película imborrable. Los familiares de un hombre recientemente fallecido comparecen ante el jefe principal de la mafia michoacana. El capo conoce el caso, ha hablado previamente con los herederos, sabe los nombres de algunos y ha sido enterado del patrimonio que ha quedado sin dueño. El video registra, como en acta notarial, los compromisos que cada uno asume. Tal propiedad para el hermano, tanto dinero para la hermana, tales inmuebles para la viuda. Cada uno de los involucrados da su palabra frente al capo y su camarógrafo. En lugar de gastos notariales, en lugar de impuestos, los herederos ofrecen una cantidad a la Empresa. Criminales que ofician como fedatarios, que cobran impuestos como el fisco, que fungen como mediadores y garantes de la tranquilidad pública. (más…)

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11, ago 2014

Un reformismo a prueba

Hoy se promulgarán las leyes en materia energética. No hay duda de que se trata del mayor éxito de la administración de Enrique Peña Nieto. Su gobierno parece haberse diseñado para llegar precisamente a este festejo: lograr la reforma imposible. Así se veía apenas hace unos meses. Un cambio económicamente urgente y políticamente inviable. La reforma más necesaria y la más espinosa. El diagnóstico de las élites era coincidente: la modificación del régimen energético era el gran pendiente del proceso iniciado hace casi treinta años. Transformar el estatuto del petróleo era visto como algo tan decisivo como inviable. Económicamente indispensable, políticamente imposible. Quedan, desde luego, muchos capítulos pendientes para hacer realidad los propósitos del cambio. Lo que conocemos como la “implementación” de la reforma encierra seguramente más retos que el cambio de las reglas constitucionales y legales. Pero el hecho mismo de que se haya podido modificar el marco normativo de la energía en México es un acontecimiento histórico. Podremos diferir al evaluar las bondades, miserias o peligros del cambio pero creo que es imposible negar su profundidad.

Si es debido reconocer el éxito de la administración al lograr su meta más cara, habrá también que evaluar sus méritos y sus consecuencias a la luz de sus altísimas aspiraciones. El rasero de la reforma es muy alto. Es que en la reforma energética no se ha visto simplemente un cambio al sector, una estrategia para modernizar la industria petrolera o eléctrica, para introducir competencia y atraer inversión. En la reforma que hoy cristaliza en numerosos cambios legislativos se ha querido ver el acto que logrará la liberación de todo el potencial de nuestra economía. Muchas voces coincidieron al ubicar en el estancamiento normativo del petróleo la razón principal de la falta de energía, la discontinuidad y la mediocridad del crecimiento. Abandonar el tabú del petróleo era indispensable para alcanzar finalmente las posibilidades de nuestro desarrollo. La reforma energética era la reforma reina. (más…)

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04, ago 2014

Foco fundido

La popularidad del alcalde de la ciudad de México es una de las más bajas que se hayan registrado en la breve historia de la democracia capitalina. La encuesta más reciente del diario Reforma lo registra claramente: una mayoría firme repudia su gestión. No es que esté librando batallas riesgosas y enfrente enemigos de peso. No hay tampoco una campaña de poderosos en su contra que pudiera mencionarse para explicar la caída de su popularidad. El jefe de gobierno es impopular porque, en una gestión tan complicada como la del Distrito Federal, ha sido incapaz de imprimir un sello de identidad a su mando. Sus dos antecesores, cada uno a su modo, pudo pudieron definir, en estilo y decisión, un mensaje claro para la ciudad y para la izquierda. Se trataba de dos versiones de un ambicioso proyecto reformista. Era clara la diferencia entre la política capitalina y la política federal. Frente a Fox y Calderón, los alcaldes del Distrito Federal destacaban por contraste. La ciudad de México se convirtió así, naturalmente, en faro de la izquierda nacional: un foco que alumbraba un proyecto amplio y atractivo. Un hierro magnético que ayudaba a clarificar las disyuntivas de la nación.

Nadie puede decir hoy que la gestión de Miguel Ángel Mancera sea modelo para la izquierda del país. No contrasta con el gobierno de Peña Nieto porque la gestión capitalina es incolora. No pinta el gobierno capitalino. Carece de personalidad, de un discurso medianamente coherente, de un sentido mínimo de dirección. Gobernando la ciudad que atrae la atención del país, no tiene nada que decirle a México. Ese imán de interés pudo proyectar a los alcaldes del Distrito Federal al resto del país porque algo tenían que decir sobre las prioridades de la política pública, sobre el sentido de la comunicación política, sobre la reforma de lo público. En el escenario político más cordial de los últimos lustros, el alcalde la ciudad de México no ha acertado a decirle nada a los capitalinos y mucho menos a quienes viven lejos de la Ciudad de México.  No existe en su gobierno la pasión justiciera de López Obrador ni la convicción de modernidad incluyente de Marcelo Ebrard. El gobierno de Mancera: una burocracia sin misión. No hemos visto, siquiera, lo que se esperaba de este policía con suerte: una ciudad segura. El antiguo procurador no ha logrado, como alcalde, preservar la relativa tranquilidad de la ciudad de México. (más…)

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28, jul 2014

Salvaje filantropía

En la extraordinaria crónica de lo que León Krauze encontró al visitar La Gran Familia veo una estampa que dice mucho. Tras el operativo policiaco que puso al hospicio en el centro de la atención nacional, una mujer regresa al albergue buscando a su hija. Sola, sin capacidad para cuidarla, la entregó hace años al DIF del Estado de México. La institución del Estado mexicano tampoco tuvo capacidad para cuidarla y la cedió a un establecimiento privado, en Zamora, Michoacán. Los encargados del DIF incluso le sugirieron a la madre que cediera la tutela de su niña para que pudiera enderezar el camino y que no la buscara hasta que cumpliera 18 años. Lo hizo entonces, cuando su hija había alcanzado la mayoría de edad pero no le dieron ninguna información. No la pudo ver. No la ha vuelto a ver. Una madre en condición desesperada acude al Estado mexicano demandando ayuda en la crianza de su hija. El Estado mexicano se deshace de la niña de inmediato y se desentiende del cuidado solicitado.

La Gran Familia encierra una novela inverosímil. Un relato que tiene en el centro a un personaje complejo y fascinante; una historia que podría ser un fragmento representativo de nuestro tiempo. Tal vez, un descripción condensada de Michoacán en donde se cruzan la generosidad y la doblez moral, las transformaciones políticas y la corrupción social que ha generado una atmósfera criminal. Es también una reiteración del tema de México: el fracaso del Estado. Nuestra instancia común desatiende sus responsabilidades más elementales. Es incapaz de castigar delincuentes, de aplicar sus propias reglas, de cuidar a los más vulnerables y supervisar la gestión privada de la asistencia social. (más…)

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21, jul 2014

Niños

El ensayista francés Pascal Bruckner publicó hace veinte años un ensayo al que puso por título La tentación de la inocencia. Anagrama lo tradujo pocos meses después. Se trataba de un argumento sobre la infantilización del mundo. El hombre corría hacia su infantilización. La cultura contemporánea de los países ricos en Occidente se empeñaba en proteger al individuo, en cubrir su cuerpo de colchones para que ninguna fricción lo lastimara. El niño era el nuevo Dios porque el capricho se había vuelto sagrado, porque la cultura se empeña en mimarnos y en evitarnos el fastidio de hacernos responsables. Al hablar de la infantilización del mundo, el escritor asumía que el resguardo afectivo era condición innegable de los primeros años de la vida. Guarecer con cariño, mantener al niño al margen de los peligros circundantes, librarlo de las cargas de la adultez son marcas irrenunciables de nuestra  civilización. Bruckner se oponía a la prolongación excesiva de ese estatuto protector. Que el adulto sea tratado como adulto.

Que el niño sea tratado como niño era el argumento implícito. Abro el periódico y veo el retrato opuesto: estampas de una niñez sin infancia. Bruckner hablaba de una adultez irresponsable y sobreprotegida. Lo que vemos es lo contrario: una niñez descobijada y agredida; una infancia abortada por una barbarie de insensibilidad. Niños expuestos en todas partes a la violencia y al abuso. Niños sin protección, niños lanzados a todas las crueldades del mundo, niños tratados como si no requirieran de un abrigo especial. Blancos del odio, víctimas de la guerra. Migrantes solitarios en busca de una salvación que no llega. Niños que viajan miles de kilómetros, atraviesan el peligro y tocan el infierno para encontrar una puerta cerrada. Niños sofocados en los albergues que debían cuidarlos. Niños que no juegan ni estudian porque trabajan sin haber alcanzado su estatura. Niños sicarios. Niños que matan para ganar unos pesos. (más…)

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21, jul 2014

La estridencia

¿Cómo puede abrirse camino la crítica cuando la discusión pública es combate de extremos? ¿De qué manera podríamos acercarnos a la comprensión en ausencia de asideros elementales de objetividad? En asuntos complejos—y todos los asuntos públicos son complejos—no hay forma de hacerse de una idea propia si no se logra escapar de las simplificaciones de los interesados. Damos por descontada la parcialidad de activistas y políticos, las inclinaciones naturales de los afectados por una decisión. El problema surge cuando a esa motivada intensidad no la acompañan perspectivas serenas e informadas que aporten equilibrio. Quienes piensen por los atajos de la identidad tendrán suficiente con la controversia de polos y estarán cómodos ubicando su tribuna. La simpatía o la repulsión bastarán para colgarse de una idea ajena. Si soy militante de un partido, esperaré la línea de mi dirigencia para adherirme a su juicio. Si sigo a un caudillo, no tengo más tarea que seguirlo. Tal vez la hostilidad es un recurso más frecuente para evadir el juicio político. Aborrezco a ese partido a tal punto que cualquier causa que abrace es, para mí, sospechosa y repulsiva. Todo lo que promueva el poderoso aquel será detestable para mí.

La discusión pública mexicana se ha habituado a esa forma de rehuir el examen de nuestros asuntos. En efecto, en la medida en que suelen exponerse públicamente sólo las versiones de los extremos y se nos invita a decidir entre el blanco y el negro, renunciamos a la báscula de la ponderación. Aplaudir o abuchear: esas parecen ser las únicas tareas posibles de la ciudadanía ante un debate como el de la reforma de las telecomunicaciones en México. A celebrar o a maldecir. Hay varios elementos que han hecho de esa controversia política un ejemplo de nuestra torpeza analítica. En ese debate se enredan las más intensas antipatías del país, las expectativas más desbordadas de refundación nacional y una materia técnicamente oscura. El deseo de someter a los villanos, la retórica de una modernidad liberada de sus obstáculos y un vocabulario que excluye a la mayoría. (más…)

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07, jul 2014

Arnaldo Córdova

Acusaron alguna vez a Arnaldo Córdova de un pecado gravísimo: ser estatólatra. El académico michoacano se confesó culpable si es que esa manía era en realidad un reconocimiento de su preocupación por las formas históricas del poder político y la conformación del Estado como un organismo que conquista cierta independencia de los grupos sociales, imponiéndose sobre la sociedad. El Estado fue, en efecto, el centro de las preocupaciones del intelectual. Estudió a Maquiavelo, a Kant, a Marx y otros estudiosos del poder político. Narró la formación del poder en México y dibujó una compleja cartografía de nuestras ideas políticas.

Como buen lector de Maquiavelo, creyó que el entendimiento de lo político no era simple observación del poder sino participación en la historia. Conocimiento, crítica y militancia eran hilos de la misma fibra. Si buceó en las ideas de la Revolución Mexicana fue porque las creyó vivas, relevantes, pertinentes. Si trató de comprender la política de masas del cardenismo fue porque vio en ella, a un tiempo, la base popular y autoritaria de un régimen. Si se acercó a Marx y a Kant fue porque creyó que era indispensable buscar conciliación entre igualdad y la libertad. Si examinó la institucionalización del presidencialismo fue porque ubicó en la omnipotencia del Ejecutivo la clave del autoritarismo mexicano.

Córdova entendió la Revolución Mexicana como partera del gran protagonista del siglo XX: el Estado. El fruto de la Revolución fue eminentemente político: un nuevo modo de organizar el poder que implicaba la inserción de las masas y una monstruosa concentración del poder. Un leviatán consensual y autoritario. El primer Doctor en Ciencia Política de la UNAM aportó complejidad al examen del Estado mexicano. Sus trabajos tienen una rica base documental y una sólido fundamento teórico. Quien se acercó a los debates de la Revolución no era propiamente un historiador sino un lector de los clásicos de la filosofía política que quería hablarle al presente. De ahí el nomenclatura de su mapa. Detrás del estudio del discurso político se advierte la vida de los conceptos: democracia, legitimidad, ciudadanía, institucionalidad, populismo. (más…)

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30, jun 2014

Legitimidad y conflicto de interés

Los escándalos van y vienen. Se cobran su víctima y desaparecen. No suele aprenderse mucho de ellos; no parecen ser inhibidores eficaces del atropello. Alimentan el morbo, permiten el desahogo de la rabia y poco más. Los problemas quedan. Por eso no tiene mucho sentido detenerse en el escándalo y sus protagonistas. Lo que permanece con nosotros es un grave vicio de nuestra vida pública: la utilización de la función pública para la ventaja privada. Tan imbricada entre nosotros es esa confusión que, a quienes se pilla en abierta transgresión, se dicen sorprendidos por la queja: también soy abogado y puedo representar a quien sea; soy empresario y pienso en los negocios que pueden abrirse en el país para generar empleo. Es irrelevante que sea funcionario público, no importa que sea legislador. El ladrón que es sorprendido hurtando suele negar los hechos; quien es descubierto en abierto conflicto de interés se indigna por la acusación.

El conflicto de intereses, particularmente en la órbita legislativa, tiene un efecto corrosivo que es necesario atender: la legitimidad misma de la tarea queda en entredicho cuando los legisladores actúan como delegados de su propio interés o como agentes de fuerzas económicas. Desde luego, la representación absorbe los intereses diversos de una sociedad, expresa directa o indirectamente la voluntad de los grupos políticos, de centrales sindicales  o sectores empresariales pero no puede ser simple traslado del interés parcial a la vida pública. La democracia se alimenta de la expectativa de transformar esos intereses en política común. Un parlamento es moderno precisamente cuando rompe con ese vínculo medieval que hacía de los representantes simples mensajeros que portaban la instrucción de sus patrones. Tener legisladores al servicio de su propia ambición empresarial o entregados a un patrocinador es romper el principio democrático elemental: el Congreso como foro deliberante de lo público.

Quiero decir que la legitimidad de la representación política no depende solamente de la fuente electoral sino también del desempeño de los representantes como agentes del interés común. No hay, desde luego, una sola vía para llegar a ese interés; no existe tampoco una ruta única para acceder a él. Se trata, por supuesto, de una noción ambigua y disputable. ¿Qué propuesta de las que se debaten en un Congreso es la que, auténticamente defiende el interés común? Nadie puede decirlo de antemano. Es imposible suprimir la controversia sobre el contenido específico de nuestras normas pero es fácil detectar qué condiciones pervierten el juicio de los legisladores. Empecemos diciendo que es inadmisible que un legislador intervenga en la discusión de una ley mientras hace cálculos de inversión que dependen de esa ley. (más…)

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23, jun 2014

De homofobia y estupidez

En Lo marginal en el centro, su extraordinario ensayo sobre Salvador Novo, Carlos Monsiváis recuerda una anécdota del cronista relatada por Elías Nandino. Vale citarla:

En una ocasión Xavier Villaurrutia y yo pasamos por Novo al edificio de la Secretaría de Educación, para irnos juntos a comer. A Salvador y a mí se nos ofreció ir al baño. En una de las paredes, alguien había puesto: “Salvador Novo es joto.” Él leyó eso, sacó un lapicero y comenzó a hacer una lista: “Narciso Bassols es joto,” El tesorero de la SEP es puto,” “el Secretario es marica.” Llenó media pared con los nombres de muchos funcionarios. Cuando salió le pregunté con sorpresa:

–¿Por qué hiciste esto?

–¡Ay! Pues porque así borran más pronto.

Lejos de indignarse con el insulto, Salvador Novo se burla de él. No borró su nombre de la pared del baño: arremedó el procedimiento de sus agresores para exhibirlos. Al infantilismo del insulto corresponde una reacción paralela. Monsiváis coincide con el relator: “Desde joven Novo se puso más allá del bien y del mal, de tal manera que decir que él era maricón no era decir nada.” La reacción de Salvador Novo es ejemplar: lejos de borrar la ofensa y denunciar el estigma, se apropia del epíteto para mostrar la estupidez anónima. Lo que los otros señalaban como señal de oprobio, el escritor asume como pose de orgullo. Trajes, anillos, gestos, dicción que exageran el estereotipo del maricón. Volverse sátira para escupirle al mundo sus prejuicios. Novo acomete su sexualidad, dice Monsiváis, como si fuera una empresa revolucionaria. Nada como un espejo que exhiba la idiotez tumultuaria frente a sí misma. Al imbécil que le lanzó un plátano desde la tribuna del estadio para llamarlo chango, Dani Alves le respondió perfectamente: lo tomó del piso, abrió la cáscara, le dio un mordisco y siguió jugando. Todos somos changos.

La tentación frente a la homofobia es acudir al Estado para que éste reparta castigos a los ordinarios. Que se prohíban gritos, que se reglamenten chistes, que se castigue a los odiadores. Hacer del poder público (o de los organismos internacionales), policías del lenguaje, custodios del respeto, promotores de un lenguaje aséptico. Me sigue pareciendo mala estrategia. Pensar en la reglamentación de nuestro vocabulario es parte de la idolatría política de la modernidad. El Estado como artífice del respeto. El gobierno como árbitro del lenguaje. Esa confianza en la capacidad de la coerción para transformar todo espacio común en escuela cívica es paralela al descrédito de lo público, a la desconfianza que sentimos por la respuesta de la cultura, de la imaginación, de la crítica. Que no resulte sensato castigar el prejuicio no significa que no haya nada que hacer frente a él. El repulsivo grito que México ha exportado a Brasil merecería esa respuesta: exhibición.

La expresión homófoba es un derecho como lo es la estupidez. Sí: somos libres de escoger nuestra forma de ser idiotas. La ley no nos obliga a ser listos ni tampoco a ser respetuosos. El respeto es un valor moral exigente que la política no puede imponer. Por eso nos consolamos con un instrumento más modesto: la tolerancia. De ahí que la Constitución proteja la expresión libre de las ideas—por  absurdas o hirientes que nos parezcan. En efecto, la libertad de expresión implica, simultáneamente, el derecho a equivocarse y el derecho de ofender. A ser homófobo tiene derecho el senador del PAN que ha declarado que la única familia es la tradicional y que las reformas recientes en la Ciudad de México implican un atentado gravísimo a los valores nacionales. Tiene derecho a pensarlo y tiene derecho a decirlo. Es valioso que la opinión pública conozca lo que piensa el legislador. Me parece condenable, por supuesto, que sea respaldado por un partido político nacional y que encabece una comisión de la familia del Senado pero jamás pensaría que su expresión, primitiva, prejuiciosa, ignorante merezca castigo. Lo que merece es crítica, exhibición y burla.

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