Lunes

18, Nov 2019

El poder impúdico

Los libros de actualidad comparten un tono apocalíptico. Si hacemos caso al anuncio que despliegan las portadas en las mesas de novedades, pensaremos que la democracia se extingue. No es para tanto, dice quien es, probablemente, el politólogo más brillante y más cuidadoso de nuestro tiempo. Un estudioso del máximo rigor que no ha dejado de hacer las preguntas pertinentes. Adam Przeworski, el académico de quien hablo, ha publicado recientemente un libro sobre las crisis de la democracia que sirve para evitar los juicios apresurados que tanto abundan. Para quien se toma la cuestión en serio no es fácil aquilatar el sentido de los desafíos contemporáneos. ¿Cómo entender los nuevos extremismos, el surgimiento del populismo de derecha y de izquierda, la destrucción de los partidos, el prestigio de los autócratas? Con la modestia del verdadero hombre de ciencia, el politólogo simplemente dice: “Algo está pasando.”

No está, en modo alguno, cantada la muerte de la democracia, pero sin lugar a dudas, las transformaciones en el ámbito de la economía, de la sociedad, de la comunicación alteran muy profundamente la mecánica pluralista. Las antiguas certezas se desmoronan. Más que esperar la súbita quiebra, habrá que estar alerta a la erosión. Lo vemos en todos los rincones. Una pasión de antagonismo desborda los cauces institucionales. Los órganos constitucionales se debilitan y se muestran ineptos para procesar las exigencias colectivas; el debate público se envenena con una retórica belicosa. El peligro, dice Przeworski es que “la democracia se deteriore gradual y subrepticiamente. Es el peligro de que quienes ejercen el poder intimiden a los medios hostiles y creen su propia maquinaria de propaganda; que politicen los órganos de la seguridad, que hostiguen a la oposición política, que usen el poder del Estado para beneficiar a los empresarios afines, que apliquen selectivamente la ley, que alienten conflictos internacionales para generar miedo y alterar las elecciones.”

En nombre de la democracia se pervierte la democracia. El argumento que muchos han hecho es que, incluso siguiendo sus procedimientos formales, podría socavarse el pluralismo. Por eso hasta el más voluntarioso de los autócratas busca cuidar las apariencias. Lo sorprendente entre nosotros es que ese cuidado se está perdiendo. El nombramiento de la titular de la comisión de derechos humano se desprendió del recato elemental. Pasó de manera grotesca por encima de la ley sin hacer el mínimo intento por cuidar las formas.

Apenas hay duda del fraude en el Senado. El abierto partidismo de la preferida no solamente hacía imprudente su nombramiento, lo hacía ilegal. Aún así, la mayoría impuso el capricho del caudillo sin tener siquiera los votos requeridos. La trampa se hizo y quedó al descubierto. Una ilegalidad encima de la otra para entregarle un obsequio al presidente. Y para hacer más ominoso el mensaje, la ofensa. A carcajada suelta, acompañado de dos de sus cómplices, el dirigente de Morena en el Senado, celebró el atropello.

Si a esa insolencia está dispuesta la mayoría de Morena, ¿qué nos espera? Si se van a reír de sus embustes, si se burlan de la razón y de la ley, ¿a dónde podrían llegar? Preocupa el destino del árbitro electoral. Cuando en una reunión reciente el politólogo del CIDE José Antonio Aguilar preguntó precisamente a Przeworski por el baluarte democrático que habría que defender por encima de cualquier otro, el académico polaco respondió de inmediato: el órgano electoral. Y pensando concretamente en México, precisó: el IFE. Con sus siglas anteriores recuerda al órgano electoral. Si le meten mano a ese árbitro, habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro democrático de México. Eso pretenden, al parecer, los diputados de Morena, quienes tienen ya, bajo la mira, al presidente del instituto electoral y pretenden removerlo de su cargo. Están dispuestos, al parecer, a cambiar la Constitución a fin de tener a un cercano en la presidencia del INE. Podría pensarse que, por absurda y gratuita, la iniciativa carecería de la mínima esperanza de realización. Pero el grotesco espectáculo del Senado es alarmante. Es la revelación de un poder impúdico. Y si la autocracia es algo es eso: un poder que no busca razones ni acata la ley.

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12, Nov 2019

El horror

El siglo XXI ha sido para México una transición a la barbarie. El estrangulamiento de los espacios de convivencia, una renuncia a la comprensión del otro. Y la violencia en el centro. No cualquier violencia. Una violencia horrenda, brutal, casi inconcebible. La crueldad se ha convertido en un espectáculo, en un rito, en un mensaje. Aquí se escribe con cadáveres. Esa es la siniestra caligrafía de nuestro tiempo. Los avisos aparecen en huesos dispersos y en cenizas; en cuerpos colgados, en muertos sin cabeza, en las sombras de los desaparecidos, en las fosas escondidas. La violencia es más que un instrumento. No se trata simplemente de eliminar al otro, se trata de convertir un cuerpo triturado en símbolo de un reino. Más que un rudo medio para lograr un fin, la violencia mexicana de este tiempo impone su locura como lógica. Lo atroz no se subordina a lo rentabilidad. Por eso no se avanza mucho si se piensa en la mecánica empresarial de los violentos que utilizan las armas para desarrollar un negocio. La violencia ha dejado de ser un medio para convertirse en la afirmación misma.

Vivimos en el país de la atrocidad cotidiana. Presente todo el tiempo, somos capaces de cerrar los ojos a ella y convertirla en ruido de fondo. Aquel tiroteo, ese hallazgo macabro, la “ejecución” de tal o cual personaje, pasa por nuestra cabeza y se aleja velozmente, como si creyéramos poder ahuyentar la presencia de la barbarie con alguna distracción. Pero, de repente, la atrocidad se hace más visible, más intimidante, más cercana o más escalofriante y no tenemos más remedio que mirarla de frente. En uno de esos asaltos de la barbarie, el poeta David Huerta describió a México como el país de los niños en llamas, el país de las mujeres martirizadas. El país de las fosas:

Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

El lamento se duele por la extinción de un país. La nación, si es el lugar de convivencia, ha de registrarse como una más de las víctimas de desaparición.

Imposible nombrar lo inconcebible. ¿Hay palabras para describir a quien acribilla niños? ¿Cómo nombrar el fuego sobre los más indefensos? En Dolerse. Textos desde un país herido (Sur + ediciones, 2011), un ensayo crucial de nuestro tiempo, Cristina Rivera Garza recupera la noción del “horrorismo” que emplea la feminista italiana Adriana Cavarero para describir los extremos de la violencia contemporánea. El horror va más allá del miedo. No es advertencia que alerta sino estupor que engarrota. “Más que vulnerables—una condición que compartimos todos como parte de la condición humana—desarmados. Más que frágiles, inermes.” Eso es lo que los mexicanos de este siglo hemos sido obligados a ver. Uno de los “espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo.” Un horror, advierte Rivera Garza, que nos recuerda las atrocidades de Armenia, Auschwitz o Kosovo. Tiene razón y no podemos dejar de preguntarnos si en este horror no se asoma nuestro holocausto.

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04, Nov 2019

La ceguera del conspiratista

En el reflejo ante la crisis se juega el destino de los gobiernos. Más que la coherencia del plan o la disciplina para ejecutar lo programado, importa el modo en que se encara lo imprevisto. Importa, sobre todo, la reacción ante lo indeseado. ¿De qué modo responde el gobernante al contratiempo? ¿Qué oídos presta a la información desfavorable? En ese reflejo se decide la posibilidad de enmienda o la obstinación en el error. Ahí se define, a fin de cuentas, el trato del político con la realidad.

No son alentadoras las señales. El presidente está curtido para la tenacidad, para la perseverancia, pero no tiene la ligereza para soltar sus preconcepciones, no tiene la agilidad para adaptarse a lo inesperado. Es entendible: así ha hecho política toda su vida. Pero las herramientas de ayer no sirven para la tarea de hoy. Solo puede terminar mal el gobierno que se niega reconocer existencia de lo que le disgusta. No pido autocrítica al gobierno. No es tarea de un gobierno el realizar la denuncia pública de sí mismo. De lo que hablo es de otra cosa, necesariamente discreta y políticamente crucial. Valentía para someter cotidianamente su prejuicio a prueba. Honestidad para recoger los fragmentos de realidad en donde quiera que se encuentren. Si de un enemigo viene ese aviso de verdad, habrá que aceptarlo con tanta o mayor disposición que si viene de un adepto. Pero lo que se aprecia en estos meses de gobierno es un hermetismo que pone en riesgo la comunicación con la realidad. No parece buena idea el responder cada crítica con la misma respuesta: vamos bien, tengo otros datos y estoy de buenas. Al descartar cualquier amonestación, el gobierno se fuga al confortable territorio de sus fantasías para escuchar la melodía de sus aduladores. De ellos, no de sus críticos, debería cuidarse el presidente.

El reflejo que se activa con toda naturalidad en el presidente es el de la conspiración. Lo vemos cotidianamente en sus intercambios con la prensa. Ante el más discreto asomo de cuestionamiento, la reacción es cuestionar la afiliación de quien pregunta y el impacto de la sospecha. Quiéranlo o no, quienes ofrecen una versión distinta de la presidencial, sirven a las peores causas. Son títeres de esas fuerzas del mal que han estado presentes a lo largo de la historia de México. Bajo esta lógica, hacer una pregunta es preparar el terreno para un golpe de estado. Como lo vio con admirable perspicacia Elias Canetti, la paranoia es la enfermedad del poder. Imaginar que el mundo entero conspira contra el redentor, estar convencido de que todos aquellos que no se unen con entusiasmo a la causa, son conjurados que pretenden destruirlo. Así actúa el presidente López Obrador. Así ha sido durante toda su vida pública. y no ha cambiado ni un milímetro durante su presidencia. Cuando alguien le formula una pregunta auténtica, escucha una amenaza; donde aparece un dato desfavorable, advierte intriga; cuando enfrenta una postura independiente, percibe deslealtad.

No hay porcentaje inocente. Ese dato sirve al viejo régimen y por lo tanto carece de realidad. La paranoia termina dándole chanclazos a la estadística, como si fuera un bicho molesto al que se puede aplastar. Ese es el efecto intelectual del maniqueísmo épico. Funda en una pretendida superioridad moral, su ceguera. Descarta, de ese modo, cualquier responsabilidad. En la piedra monolítica de las convicciones no puede haber grieta. El problema no puede estar en su gobierno. Esa posibilidad está definitivamente descartada. El problema está donde ha estado siempre: en los enemigos de la patria que conspiran contra la justicia. Es por eso que llega al extremo de insinuar golpismo. Por eso dice, sin mucha sutileza, una barbaridad: la prensa que hoy nos critica es la misma que mató a Madero. Debían darme las gracias por haberlos liberado y se atreven, ingratos, a cuestionarme.

El conspiratismo presidencial es la razón petrificada. Es la historia convertida, no en enseñanza de prudencia, sino en embrujo. La historia de México entendida como la puesta en escena de un solo y grande conflicto entre los buenos y los malvados: los patriotas liberales y los traidores. En ese teatro que le da la espalda a la realidad ha decidido residir el presidente de México.

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28, Oct 2019

Deslumbramientos

La prensa cotidiana no se presta para el deslumbramiento. Hasta nuestra estridencia resulta ritual y predecible. Pero hay momentos en que aparece el destello de una opinión que rompe los moldes. Un juicio deslumbrante y atrevido que deshace todos nuestros juicios.

Pensábamos que el operativo de Culiacán había sido un fracaso. Lo pensábamos un fracaso franco porque, más allá de simpatías, no se consiguió lo que se intentaba. Partidarios del gobierno y hasta sus representantes aceptaban el revés. Nada de eso, responde John Ackerman en un deslumbrante texto publicado en La jornada hace una semana. No debemos dejarnos confundir por la perversidad de los conservadores y la timidez de los nuestros. El operativo fue un gran éxito. Fue un victorioso despliegue de determinación del que debemos sentirnos orgullosos. Un gobierno honesto y nacionalista se impuso a través del ejemplar poder de la capitulación.

El artículo muestra el polo de la razón militante. El autor detecta una victoria que nadie había tenido capacidad de apreciar. Con vehemencia se despoja de cualquier rastro de razón o de decencia intelectual para rendir homenaje al gobierno. Convicción a prueba de lógica. En realidad, nos dice Ackerman, en Culiacán los delincuentes mostraron su debilidad. Abramos los ojos: si los criminales fueron capaces de sitiar una ciudad e imponer sus condiciones al gobierno es porque son en extremo frágiles y porque López Obrador manda en todo el país con su majestuosa autoridad moral. Si los criminales impidieron la captura de su jefe, si abrieron una cárcel para liberar a los suyos es porque están de rodillas ante el líder de la nueva patria. Al doblar al gobierno, los delincuentes exhibieron su propia debilidad. Mejor no interpretar. Las palabras del fogoso articulista encandilan: “El levantamiento armado en Culiacán en respuesta a la detención de Ovidio Guzmán no fue una muestra de fuerza, sino de enorme debilidad de parte de los narcotraficantes frente a un gobierno cada vez más honesto y legitimado.” Ah.

No recuerdo osadía comparable. Recuerdo los homenajes de algún líder sindical a las andanzas triunfales de algún Señorpresidente en la época dorada del priismo. La oratoria oficial y el periodismo estaban repletos de esos agasajos. Quien relea los recortes de Monsiváis en su columna “Por mi madre bohemios,” se divertirá con la perfumada cortesanía del priismo. Pero tiendo a pensar que aún en aquella servidumbre había criterio para el silencio. Se reconocía que había basuras que simplemente no podían trasmutarse en joyas. La habilidad del entusiasta de entonces consistía en cambiar de tema. Mirar a otro lado para que el fiasco presidencial se olvidara pronto. Ninguna cobardía similar se encuentra en la gallarda prosa de John Ackerman. Él no se va de paseo: toma el fracaso por los cuernos y lo convierte en uno más de los gloriosos momentos de esta presidencia gloriosa. Es el valor de quien no se acobarda con decencias.

Puedo entender el argumento del mal menor para evaluar la decisión gubernamental. Es un criterio razonable que puede invocar una seductora tradición filosófica. Pero lo de Ackerman es otra cosa, más profunda y muchísimo más atrevida. No es la ponderación de efectos de un acto político sino un alegato por la inocencia radical. No el mal menor: el imposible mal. Para la teología oficial, el mal jamás podrá brotar de La Bondad. De un liderazgo histórico solo pueden brotar maravillas. Cuando López Obrador tropieza es el suelo el que pierde piso. La Autoridad Moral puede ser incomprendida. Infectados por la sospecha, los infieles la creen falible. Es entonces que aparecen los hombres de fe, los vehementes, esos adalides del entusiasmo hermético quienes nos rescatan de la miserable tentación de pensar.

Los servicios de la alabanza no pierden tiempo en argumentos. El artículo de Ackerman puede ser una de las cimas de nuestro columnismo militante, una cumbre sublime de la idolatría. No es irrelevante: impone tono en la corte de aduladores que tanto le gusta escuchar al presidente. Desde luego, el artículo de Ackerman es un acto de congruencia de quien encuentra inspiración en las conferencias matutinas y confiesa que las escucha con el éxtasis de un devoto en misa. Me conmueve imaginar el poema que este don Juan de la nueva corte compondría a los deliciosos aromas de las presidenciales heces.

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21, Oct 2019

Entre el fuego y el sermón

Quedamos entre los violentos y los incompetentes. Entre el fuego y el sermón. Unos matan y amenazan, el otro predica y se festeja.

No fue la derrota de unos, fue la derrota de todos. No se mostró solamente la torpeza de un gobierno sino la fragilidad del piso común. Lo novedoso fue el estruendo y la rotundidad con que se exhibió el fracaso de Estado. La rendición tuvo como escenario una ciudad de casi un millón de habitantes. Ante los ojos del mundo, la capital de Sinaloa, tomada como rehén. Se suceden con velocidad los acontecimientos: el intento de aplicar la ley, el despliegue de la fuerza criminal, la nulidad del gobierno, el éxito de la intimidación, el caos en la información gubernamental y el desfile triunfal de los violentos. Una derrota que se prolonga en tanto se empeña el presidente en defenderla como prenda de su beatitud.

Hacer la crítica de lo que acaba de pasar no es, ni lejanamente, suspirar por el pasado reciente. Es advertir que más allá de la voluntad de cambio, más allá del deseo de la paz hay en México un pendiente histórico que nos mantiene a la intemperie y que nos hace vulnerables frente a los tramposos y los violentos. La capitulación de Culiacán es alarmante porque es continuación y agravamiento de lo que hemos padecido durante décadas. Quiero decir que lo que habrán sufrido con pánico en la capital de Sinaloa y lo que seguimos con horror en el resto del país es, ante todo, la prolongación de una crisis histórica que no tiene pista de solución. Los defensores más fogosos y los críticos más elementales del gobierno coincidirán en que lo sucedido la semana pasada es radicalmente distinto a lo que hemos vivido en los últimos tiempos. Unos gritan que se entregó el país a los criminales, como si la semana pasada el país fuera nuestro. Los otros vitorean al humanista que opta por el amor, como si los abrazos fueran, en efecto, disolventes de las balas. Discrepo de ambos: la tragedia es que éste es un episodio más en el imperio de nuestra barbarie.

Hablar de la cobardía del gobierno es una frivolidad militarista. Hacer frente a la violencia no es cuestión de valentonadas, ni de despliegues de hombría. Ojalá dejáramos de hablar ya de virilidades y de testículos. La procacidad de su machismo es paralela a su miopía. El tema no es la valentía del gobierno, sino su responsabilidad. Los efectos que una decisión tiene a lo largo del tiempo. La preocupación no es que tengamos un gobierno temeroso, sino que tenemos un gobierno irresponsable.

Gravísima, imperdonable irresponsabilidad fue la imprevisión del gobierno. No me refiero a la salida de la crisis sino a su instigación. Puede concederse que la decisión de soltar al heredero del imperio criminal haya sido, en las terribles circunstancias que se vivía, la menos mala. La disyuntiva era todo, menos simple. En efecto, debemos imaginar el escenario alternativo: una captura fracasada y un reguero de sangre. El punto es que la crisis fue creación exclusiva de quienes dirigen la política de seguridad. Fueron ellos quienes la desataron. No parece muy convincente su alegato de que evitaron un mal mayor si quienes nos pusieron en la disyuntiva entre el horror y la ignominia, fueron ellos. La capitulación de Culiacán será inevitablemente, enseñanza. El camino para doblegar al gobierno está más despejado que nunca.

La crisis deja una humareda ominosa. La inteligencia (en ambos sentidos del término) estuvo solamente del lado de los criminales. El gobierno actuó a ciegas, desconociendo el terreno que pisaba, con torpeza, revelando los pleitos a su interior. Ante la crisis, el reflejo fue la mentira. Persisten incoherencias e inmensos huecos de información. Y en momentos cruciales, un presidente incomunicado. Lo más grave, quizá, es que el gobierno no está dispuesto a encarar la gravedad de lo sucedido. El político de la empatía no altera sus planes y se desentiende del desamparo de una ciudad. La paz llegará porque el presidente madruga y su gobierno es amor. Ante la crisis, una escena abominable que no puede pasarse por alto: el presidente se hace alabar por niños que lo glorifican. Grotesco. Vale recordar una expresión que seguramente le será difícil catalogar como conservadora: “con los niños no”.

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14, Oct 2019

La cucaracha

Cuando Jim Sams despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en una criatura gigantesca. Así comienza la nueva novela—más bien un cuento largo—, de Ian McEwan. La historia de Kafka, puesta de cabeza. Es la cucaracha la que se convierte en ser humano. El hombre al despertarse, ve con horror sus patas distantes y tubulares. Sus ojos simples le presentan un panorama borroso y, al mismo tiempo, insoportablemente chillante. Su carne, repugnantemente visible por fuera de su esqueleto. Y con asco se percata de esa carne resbalosa que pasea dentro de la boca. Sams no despertó en el cuerpo cualquier humano. La cucaracha descubre esa misma mañana que ocupa el cuerpo del Primer Ministro británico. Pero pronto encuentra un consuelo: su pelo de jengibre tiene el mismo color que tenía su vieja cáscara.

Ese es el comienzo del relato de exactamente 100 páginas que trata de retratar el absurdo de la política del día. El relato es precedido de una advertencia: “Este cuento es una obra de ficción. Los nombres y los personajes son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido a cucarachas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.” En una interesante conversación en el pódcast de David Runciman, el McEwan confesaba que no encontraba el modo de abordar el delirio colectivo de Brexit. No hay ficción, no hay sátira que pudiera hacerle justicia a esa locura. De pronto, McEwan se descubrió reescribiendo las primeras líneas de la Metamorfosis y se dijo: “me pondré a jugar con esto.” De ese juego, salió el librito de la cucaracha.

A decir verdad, el alma y la fisiología del insecto muy pronto dejan de ser relevantes en el relato. Esta parodia de la política británica contemporánea debe más a Jonathan Swift que a Kafka, porque el centro de la ficción es el absurdo de la política moderna y, en particular, los espacios que se le abren al autoengaño colectivo. El caso que obsesiona al novelista inglés es, por supuesto, el retiro británico de Europa. Para abordarlo, McEwan fantasea con un paralelo. Habla así del “reversalismo.” Una doctrina económica que no tiene pies ni cabeza pero que, de pronto, se convierte en política invencible.  En un momento de confusión, los demagogos la han presentado como la ruta a la prosperidad, como la única manera de recuperar la soberanía perdida. El reversalismo, que McEwan desarrolla en párrafos hilarantes, consistiría precisamente en revertir el flujo económico tradicional. A los compradores hay que pagarles por llevarse comida de la tienda y han de ser los trabajadores quienes den dinero a los patrones. Cambiar el sentido del intercambio económico alentaría la producción y traería infinitos beneficios.

El novelista inventa prestigio intelectual a esta oscura doctrina. Habla de alusiones en tratados iconoclastas que Adam Smith ignoró arrogantemente. Describe la adopción del disparate por parte de círculos de ultraderecha que encuentran ahí la promesa de un cambio radical. Finalmente, un partido, el Partido Reversalista proyecta esa economía alternativa con un mensaje apasionadamente antielitista. Y así, sin que nadie realmente entienda nada, un disparate se convierte en doctrina, una doctrina se convierte en política y una política se convierte en dogma.

Hacia el final del cuento, la cucaracha tiene un encuentro con la canciller alemana. ¿Por qué?, le pregunta. ¿Por qué estás rompiendo a tu país? ¿Por qué le haces daño? El primer ministro responde en silencio: Porque eso es lo que estamos haciendo, porque en eso creemos, porque eso dijimos que haríamos, porque eso es lo que la gente dijo que quiere, porque he venido al rescate. Porque sí. Esa era la única respuesta, subraya el novelista. Porque sí.

Ian McEwan no describe en esta fábula la pérdida del centro ideológico sino la pérdida de la razonabilidad. La política se ha convertido en el hermetismo del sinsentido. La cucaracha sabe que la política que defiende será desastrosa. Pero se aferra a ella porque es la única manera de sobrevivir. La obstinación en el absurdo. Hace un par de días en El país el politólogo español Fernando Vallespín describía nuestro tiempo como una época de postliderazgo. “Los líderes ya no guían, sino que se dejan llevar por las emociones que ellos mismos desatan y que luego son incapaces de administrar.”

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09, Oct 2019

Preocupación por la Corte

Tiene razón el presidente de la Suprema Corte cuando advierte que el tribunal no es ni debe ser oposición. Por supuesto que ésa no es su labor. No corresponde a los jueces reparar las fallas de la representación ni llenar el vacío de los partidos. Su tarea es muy distinta, pero no por ello deja de ser crucial. En cualquier democracia el decoro, la autonomía, el rigor del último tribunal es esencial para mantener el equilibrio entre el poder de las mayorías y los derechos de cada quien. En nuestro contexto, la responsabilidad del tribunal se afila por la conformación de un poder avasallante que se ha empeñado en hostigar cualquier cápsula de autonomía. La preocupación por la independencia del tribunal no es solamente legítima, sino fundada.

Por su respaldo electoral, por la solidez de su mayoría parlamentaria y por la suerte el presidente López Obrador está en condiciones de rehacer la Suprema Corte de Justicia. La aplanadora política puede deshacerse del freno judicial. El hecho es inquietante porque en un tribunal constitucional deben confluir no solamente distintas lecturas de la ley, sino también tiempos distintos. El equilibrio interno depende, entre otras cosas, de la imbricación de calendarios. Si los órganos representativos expresan un instante de la voluntad electoral, el tribunal supremo ha de entretejer generaciones. Que una coalición mayoritaria pueda rehacer por sí misma a un tribunal constitucional es, en cualquier democracia, una anomalía que debería despertar alertas. Habría sido preocupante con Fox y lo es hoy también con López Obrador.

A la preocupación genérica hay que agregar las señales que se proyectan desde los dos poderes. Las planas de este diario podrían llenarse si hiciéramos colección de los insultos que ha proferido el presidente contra los jueces que han osado contrariarlo. Con su notable creatividad literaria ha usado mil nombres para señalarlos como corruptos: ministros maiceados, alcahuetes, achichincles al servicio de la mafiadelpoder. En una arenga de campaña preguntó a sus simpatizantes: “¿Saben de algo que hayan hecho los de la Suprema Corte en beneficio de México? ¿Se han enterado de algo que hayan resuelto a favor del pueblo?” Él mismo respondió de inmediato: “¡Nada!” Debe decirse que la retórica presidencial expresa una convicción auténtica y profunda: que la democracia no tiene más que un motor y ese motor es la voluntad popular. Los contrapoderes, los vericuetos procedimentales, los derechos son, en realidad, obstrucciones de “leguleyos.” Es la simpleza de creer que la democracia es solamente que mande el pueblo, la fe en un pueblo infalible y la arrogancia de suponerse encarnación de ese pueblo. Un tribunal constitucional independiente desentona irremediablemente con esa teología.

También son inquietantes los mensajes del otro presidente, el de la Suprema Corte. Unos días después de la elección presidencial, el ministro que entonces aspiraba a presidir el tribunal publicó un artículo lamentable en el diario Milenio. Pedía al poder judicial que escuchara el mensaje de las urnas. El ministro se convertía en intérprete de la voluntad electoral para pedir que los jueces acompañaran la agenda del nuevo gobierno. Lo decía así, literalmente: “debemos acusar recibo de los mensajes de las urnas.” La petición me parece no solamente equivocada sino escandalosa. Al juez constitucional no le corresponde ratificar la voluntad de la mayoría sino hacerla pasar rigurosa y estrictamente por el filtro de la Constitución. Aquel artículo de Arturo Zaldivar, escrito ciertamente con el pudor de defender ritualmente la independencia del poder judicial, era una franca invitación a servir a un nuevo régimen. Buscar sintonía con el poder que despuntaba. Por eso inquieta leer al presidente de la Suprema Corte de Justicia descalificar a quienes expresan preocupaciones por la independencia del poder judicial, con las mismas palabras que usa el presidente de México para deslegitimar a sus críticos. ¿Dónde estaban antes?, pregunta el presidente de la Corte. Peor aún, el ministro presidente suscribe una de las líneas más aberrantes de la intolerancia lopezobradorista: quienes nos cuestionan no merecen respeto porque sus críticas son, casi siempre, interesadas. ¡Así lo escribió quien preside hoy la Suprema Corte de Justicia de la Nación!

El presidente de Corte ratifica que hay buenas razones para estar preocupados por el futuro del tribunal.

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30, Sep 2019

Futuros inesperados

Si la ciencia política ha encontrado en México un académico que la cultiva y la honra como una forma de comprender los usos históricos del poder y los dilemas del presente, si hay alguien que la ha practicado con rigor y sentido de pertinencia, ese académico ha sido Soledad Loaeza. Nadie como ella ha demostrado el valor de esa disciplina. Para explorar los mecanismos de la dominación y el sometimiento, los juegos de la rivalidad y las avenidas del cambio no bastan las impresiones instantáneas. Si todos tenemos opiniones, pocos han labrado sus ideas con la paciencia de la investigación y el esmero de la cátedra. Soledad Loaeza lo ha hecho ejemplarmente durante décadas de una extraordinaria producción intelectual. El Colegio de México lo ha reconocido otorgándole el nombramiento de profesora emérita. Es buena ocasión para escapar del tráfago de lo inmediato, y detenernos un momento para reconocer nuestras deudas.

En la perspectiva intelectual de Soledad Loaeza se juntan las dos costas del Atlántico. Su formación europea no la ha hecho ver con desprecio las aportaciones de academia norteamericana. No se ha encerrado nunca en una capilla ideológica ni se ha esclavizado a un método. Por eso parece que a sus trabajos llegan aguas antiquísimas y nuevas y que, en ambas, hay frescura. El aire de quien recupera el estímulo del clásico y de quien está al tanto de lo más reciente. Esa confluencia de tradiciones intelectuales la ha salvado de los dos vicios profesorales de nuestro tiempo: el encierro monástico y el opinionismo. Una académica comprometida dos veces: la primera con la profesión universitaria, la segunda con el debate público.

Autoritarismo y democracia han sido los polos de su constancia intelectual. Lo más valioso a mi juicio es que, para entenderlos iluminó zonas que eran despreciadas tanto por la retórica oficial como por el discurso académico. Se dedicó, por decirlo de alguna manera, a estudiar las sombras de la política manifiesta. ¿Para qué estudiar a la clase media si será el proletariado quien nos liberará de nuestras cadenas? ¿Qué sentido tiene entender al PAN, si las elecciones siempre las ganan otros? ¿Por qué perder el tiempo pensando en las elecciones y el reformismo si el régimen autoritario solamente se disfraza con votos? En estos actores subordinados, en esos procesos aparentemente irrelevantes se dibujaba la silueta del autoritarismo y se insinuaba también la ruta del cambio. El análisis meticuloso, la argumentación impecablemente fundada ahuyentó en sus lectores la simplificación que tan frecuentemente secuestra nuestras polémicas. Soledad Loaeza no ha estudiado las explosiones de la violencia, sino las complejidades de la estabilidad. Y así, sin caer en ingenuidades, fue registrando la evolución democrática de México. Si releemos sus libros, varios de ellos ilustrados con cuadros y viñetas de Abel Quezada, detectaremos no solamente las avenidas de la democratización sino también las de la frustración posterior. Y es que en ella no solamente encontramos a la estudiosa del poder, sino también, y sobre todo, a la crítica del poder.

Su comprensión de la política ha sido, ante todo, histórica. La politóloga es cada día más historiadora. Las instituciones, las decisiones legislativas, las coyunturas críticas sólo adquieren sentido en el tiempo. Quizá lo que subyace en su trabajo académico es una mirada de novelista que puede pintar el horizonte de una época, retratar los dilemas de una generación y así colorear las opciones de los protagonistas. La política condensa dramáticamente las disyuntivas de la historia. Por eso no sorprende que en su mensaje al recibir el emeritazgo haya hablado de la historia para asomarse al futuro. Lo que viene no es la simple prolongación de lo que fue. Lo inesperado es frecuente. Lo impensable se repite. Los avances son reversibles. El futuro no tiene compromisos con el pasado. Por eso sorprenderá al más astuto de los historiadores, recordaba que nos alertó Hobsbawm. De ahí que haya que tratar al futuro con respeto. Esa es una de las lecciones que aprendió de Raymond Aron, el “espectador comprometido”. En la incertidumbre del futuro se funda no solamente la libertad, sino también la responsabilidad.

 

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24, Sep 2019

La abdicación

La escuela vuelve a perder y, cuando la escuela pierde, hay razones para ser pesimistas. La nueva mayoría le ha dado un golpe terrible al futuro de México. La reforma que han aprobado los diputados de Morena y sus aliados mantendrá la postración de nuestro sistema educativo, someterá a los maestros nuevamente a condicionantes extraescolares. Seguiremos rezagándonos, perdiendo dominio del alfabeto y de las operaciones matemáticas elementales. Ignorantes de la ciencia ajenos al arte. Se seguirá ensanchando la brecha entre nuestros estudiantes y los del resto del mundo. López Obrador no será, desde luego, el inventor de esta crisis en la que llevamos sumidos muchos años. Pero será responsable de haberla agudizado, de haber anulado la posibilidad de mejora. Lejos de corregir los errores de la reforma educativa, optó por eliminarla de tajo para acariciar otro cadáver del neoliberalismo y para congraciarse con los poderes sindicales.

Hemos asistido a la contrarreforma política de la educación. Si la reforma constitucional encubría ese propósito, las leyes secundarias, lo encueran. Se trata de entregarle nuevamente a las corporaciones la tutela de la escuela. Es cierto que la reforma previa, esa que el presidente bautizó como La Mal Llamada, fue, en efecto, menos que una reforma educativa. No reescribía los planes de estudio, ni inventaba métodos de enseñanza. Pero era la condición para esos cambios. Era una reforma política porque recuperaba, para el Estado, la rectoría de la educación. Era una reforma que reacomodaba el tablero para afirmar el mando del Estado. Eso es lo que tira a la basura la nueva mayoría. En esta órbita, como en muchas otras, se revela la miopía antiestatista del presidente López Obrador.

La reforma del sexenio pasado era valiosa porque suponía, ante todo, la refundación del gobierno educativo. Y sí… a pesar de sus autores, vale defenderla en su trazo fundamental porque significó la recuperación de una responsabilidad intransferible. Nadie más que el Estado puede dictar la política de la educación pública. Debe hacerlo en diálogo con los actores relevantes, pero sin someterse al dictado de los intereses parciales. Recuperar el mando de la política educativa no fue un triunfo para el gobierno de Peña Nieto, no fue una victoria del neoliberalismo. Creo que debe verse, auténticamente, como un triunfo del Estado mexicano, al que se le dotaba de instrumentos para impulsar una nueva escuela.

Los cambios legales recientes ponen al pizarrón, de nuevo, al servicio de la peor política, la política de la extorsión. Han triunfado los apoderados de los sindicatos. Ambas organizaciones, la acomodaticia y la beligerante, vuelven a apropiarse del gis. En el salón de clase se hará su voluntad. Ellos dirán quién entra y quién asciende. Y por ello, más que a prepararse, los maestros habrán de procurar la simpatía de los regentes. Al estado corresponderá solamente hacer los pagos. Por eso, entre los ya muchos fantasmas del gobierno federal se cuenta al Secretario de Educación. ¿Renunció? Ni siquiera en tiempos en que se discute la pieza legislativa más importante en su gestión, ha dado la cara. Ni una palabra en su defensa. El secretario Moctezuma decía hace unos meses que no se perdería la rectoría estatal de la política educativa. ¿Podría decirlo hoy, después de lo que aprobó la Cámara de Diputados?

La reforma no solamente representa una abdicación de la responsabilidad educativa del Estado, implica también una ceguera voluntaria. No tendremos ningún órgano confiable para medir el impacto de estas decisiones. Mataron al instituto de evaluación y pusieron en su lugar un órgano insignificante. Se desentiende también el Estado de los muros y los techos de las escuelas. Que los estudiantes, los padres y los maestros se encarguen. Y, por si fuera poco, la reforma viola la constitución. ¡Qué poderoso nuestro nuevo régimen! Emplea su incuestionable legitimidad, su imponente popularidad y su mayoría franca en el Congreso para abdicar de sus responsabilidades esenciales, para humillarse ante los gremios que imponen condiciones a la legislatura, para eliminar los observatorios imparciales que le proveerían de información valiosa, para poner en peligro la seguridad de los niños y para violar alegremente la constitución. Todo en una sola ley.

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18, Sep 2019

La apuesta norteamericana

Bajo la rijosidad del discurso presidencial se esconde una apuesta decisiva. No pertenece a la fantasía del México renacido porque es una apuesta de continuidad. No tiene vuelos de hazaña, porque tiene, ante todo, propósito mercantil. Hablo de la decisión de mantenerse en la órbita norteamericana, de cuidar al máximo la relación con el gobierno de los Estados Unidos, de refrescar el acuerdo que rige el comercio de la zona. Se trata de una determinación clara y firme. En ello no hay ambages: López Obrador no coquetea con el sur y podría decirse que está dispuesto a todo para complacer al demagogo del norte. El presidente reconoce la importancia de la asociación económica y está decidido a no ponerla en riesgo. Para demostrar su empeño ha llegado a la medida más radical a la que podría llegar el presidente López Obrador: el silencio. En efecto, hay asuntos sobre los cuales el presidente puede callar. Y si algo puede provocar el mutismo del presidente es que es algo muy, muy serio. En efecto, cuando se trata de la relación con Estados Unidos y, en particular, de las agresiones de Donald Trump, el presidente de México calla. Sella sus labios como si fueran un zíper y extiende las manos en signo de paz. Si con sus opositores y sus críticos, con los medios independientes y las organizaciones civiles tiene una mecha diminuta, con el presidente de Estados Unidos tiene una cuerda kilométrica.

Esta es una de las zonas en las que el voluntarismo de López Obrador toca realidad. El presidente sigue creyendo que su prédica logrará la conversión espiritual de los criminales. Mantiene su certeza de que la derrota de la corrupción convertirá el dinero público en la sustancia más abundante sobre la faz de la tierra. Continúa aferrado a la idea de que sus proyectos pondrán en ridículo a todos los expertos de aquí y de fuera. Pero en la relación con Estados Unidos reconoce límite. No pretende destruir lo que se hereda ahí de la pesadilla neoliberal. Eso que él llama la cuarta transformación no tiene ninguna plataforma internacional. No la tiene, en particular, con Estados Unidos, el trato crucial de México. No aparece aquí el populista adicto al conflicto ni el nacionalista aferrado a los símbolos, sino el político pragmático que sabe qué batallas no debe emprender. En la relación con los Estados Unidos López Obrador no juega a la reinvención. Todas sus silencios, gestos, palabras y decisiones son un esfuerzo por preservar una asociación, así sea la que viene de los malditos tiempos de la rapiña.

Lo notable es que, en este ámbito, el presidente rema contra su impulso. En su discurso pueden encontrarse con frecuencia ilusiones de autarquía. Ser la isla feliz que produce todo lo que consume. Mantenerse libre de las contaminaciones del exterior. Ser fiel a la raíz y protegerse de las mañas que, obviamente, vienen de fuera. Y, sin embargo, sus decisiones han sido una contención de ese instinto de retraimiento. A pesar de la retórica nacionalista, hay en el presidente una plomada realista que no puede ser pasada por alto. Al lado del político populista actúa el político pragmático.

El costo que ha estado dispuesto a pagar es enorme. Ha callado ante las agresiones, ha restaurado las vejatorias certificaciones, ha cedido al chantaje más burdo, ha puesto a la flamante Guardia Nacional al servicio de la paranoia trumpiana. No defiendo esa política que, como advierte Michelle Bachelet, comisionada de la ONU para los derechos humanos, es un serio retroceso. Me interesa resaltar aquí la aparición del pragmatismo en un hombre que suele atender más el emblema que la consecuencia.

En algún sentido, el lopezobradorismo es la consagración del proyecto que quiere desmontar. Esa es la paradoja de todo movimiento que se asume revolucionario. El antiguo régimen suele reír al último.  Si el neoliberalismo tiene entre nosotros, dos columnas esenciales, el primero es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el segundo es el banco central autónomo. El San Jorge de ese dragón, conserva intactas las dos cabezas del monstruo. Tiene gracia que Andrés Manuel López Obrador resulte el gran guardián del legado geopolítico de Carlos Salinas de Gortari.

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09, Sep 2019

El arte como generosidad

Pocos espacios hay en México tan hermosos, tan vivos, tan acogedores como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A un paso de Santo Domingo, la casona del siglo XVIII que es sede del IAGO es emblema de la obra de Francisco Toledo y de lo mucho que hizo por su ciudad y por su gente. Un modesto espacio de exposiciones, una tiendita, varios cuartos de biblioteca repletos de libros de arte y dos patios esplendorosos presididos por sus plantas sabias. Un refugio de arte, sombra y letras, animado por los jóvenes y viejos que van en busca de un libro, el periódico del día o una conversación alrededor de las mesas de pino. Ese era el lugar perfecto para despedirlo, para agradecer su vida. Lo era porque en sus muros y en sus libreros se mostraba su amor y su compromiso, la hondura de su sentido estético y de su nobleza. El arte hecho generosidad.

Contaba Toledo que, cuando participaba en la Casa de la Cultura en Juchitán, en aquellos tiempos de batalla intensa de la COCEI, Rufino Tamayo le pedía que no se metiera en problemas. Deje esas cosas que no son para usted. Póngase a trabajar. Recuerde que usted es pintor, no es político. Además, con esa voz tan chiquitita que usted tiene no va a lograr gran cosa. Debí de haberlo escuchado, decía años después Toledo, sin mucha convicción: algo me jala para el otro lado. En lugar de estar dedicado solamente a mi pintura, ando tras los drenajes de los pueblos. Estaba condenado a no ser solamente artista. O, más bien, a no ser artista solamente en su arte. En sus causas públicas, residía también la chispa de su creatividad. Ese algo que lo jalaba a ver por los otros, a sembrar árboles y a cuidar lo que puede extinguirse fue parte esencial de su obra. No era desviación de su arte, sino el complemento justo. En su imaginación prodigiosa se percibe una deuda, una gratitud, una lealtad. A los insectos y al tiempo, a todos los animales de la imaginación, a la infinita arena de los colores, al mito y a la lengua, al terruño y al mundo está ligado devotamente el arte de Toledo. Imposible la expresión del artista sin el amor a su fuente.

Todo se desea en el mundo de Toledo. Todos se saborean, se penetran, se devoran. Todo vive en cópula con todo lo demás. Al ver el desfile de sus personajes, observamos una alegre e inocente promiscuidad, una fraternidad orgiástica en la que peces, lagartos, cangrejos, monos y sapos se traspasan y se fecundan para multiplicar la creación o, tal vez, para burlarse de su catálogo disciplinario. Que a nadie se condene por su deseo. Que ningún apetito sea proscrito. Si llegaba a desatender el relato de esa fábula era, tal vez, porque cuidaba el sustrato que lo alimentaba: el mito que vive, la naturaleza que respira, la cultura que despierta.

El imán que lo apartaba del dibujo no era esa política que ha perdido a tantos creadores que sacrificaron su libertad creativa en nombre de alguna causa abstracta. Nada más alejado al artista que puso a Benito Juárez sobre patines, que la ceguera ideológica. No buscó el poder en el sentido pedestre en que lo entendemos hoy. Lo suyo no era imponerse sobre otros ni dar lecciones. Ejercía, desde luego, autoridad, esa influencia que viene de representar con limpieza causas, de no buscar el beneficio personal en la intervención, de estar acompañado de muchos. El suyo era un ascendiente tímido y decidido, al mismo tiempo. El artista del deseo fue el guardián de todas las seducciones: los árboles, las voces, la herencia, los libros, los oficios, las imágenes y los sonidos, el juego, la imaginación. Nadie ha hecho tanto por tantas causas concretas de cultura como Francisco Toledo. Hablar de la orfandad en Oaxaca no es repetir el lugar común. No solamente murió su gran artista. Murió también su cuidador

No deja de ser llamativo el que el artista indómito, el creador inclasificable, haya sido también—aunque suene solemne—creador de admirables instituciones culturales. Jardines, bibliotecas, archivos, cines, revistas, editoriales, talleres, fonotecas, colecciones, museos, galerías, escuelas, traducciones llevan su marca, aunque no lleven su nombre. Cuando donó el IAGO al Instituto de Bellas Artes, recibió, como compensación formal por la transferencia, un peso. Recibí un peso, dijo entonces, y no es deducible de impuestos. ¡Me lo voy a gastar solito!

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02, Sep 2019

Misterios de la trinidad

En su celebración de ayer, el presidente López Obrador nos ofreció una pista valiosa para acercarnos a su entendimiento del mundo. Invitaba al primer informe de gobierno al tiempo que en la escenografía se describía ese evento como el tercer informe. Misterios de la contabilidad lopezobradorista: lo primero es, al mismo tiempo, lo tercero. Como el dogma cristiano un solo dios son tres y esa trinidad no es triple sino uno solo, en la aritmética del México renacido el primero es ya tercero, aunque siga siendo el inicial. 3=1=3. Cierto: los publicistas del gobierno han aclarado que han contado como “informes” su discurso de los cien días y el mensaje al cumplir un año de la elección. Pero lo que revela esta trivialidad es la distancia del mundo de los números. Desatención, desprecio e incluso hostilidad a la aritmética.

¿Quién fue el primero que sumó uno más uno? Un miserable, respondió con vehemencia Rousseau en su Discurso sobre las ciencias y las artes. A su juicio, el libro de las sumas y las restas nació de la avaricia. Como todas las ciencias, la aritmética brotó del vicio humano. El bien carece de curiosidad. No multiplica ni se entretiene con decimales. Son las serpientes quienes nos tientan con la vanidad del conocimiento. Un virtuoso no pierde el tiempo sumando lo que tiene para compararlo con lo que desea. Una persona de bien no haría contabilidad de ganancias y pérdidas. Una persona virtuosa viviría feliz, libre del mal de números. Ahí está una de las fibras más profundas del romanticismo político: colocar la virtud por encima y en contra del cálculo racional. Ver con sospecha la ciencia que nos deshumaniza. Advertir que el avance científico es enemigo de la alegría. Imaginar una ignorancia dichosa, inocente y plena. Denunciar a la técnica como una perdición moral. En esa clave escribía Octavio Paz en “Entre la piedra y la flor” que saber contar no era saber cantar. El arte del canto, sugería claramente, era superior a la árida disciplina de las cuentas.

La política lopezobradorista es, en ese sentido, hondamente reaccionaria. Una política que desprecia el conocimiento y la técnica, que desconfía de los especialistas, que apuesta todo a su intuición y a su sensibilidad. Ayer, cuando volvió a la carga contra los números dejó claro que, a su juicio, lo esencial no es medible. En su primer-tercer informe, describió a los números como una obsesión de los tecnócratas que la Nueva Era debe superar. ¿Para qué perder el tiempo midiendo el crecimiento si ese dato no es relevante para la felicidad del alma? En la diatriba presidencial contra la medición del crecimiento, hay, por supuesto, un reproche moral. Los economistas que le toman el pulso a ese dato se fugan de la realidad. Se preocupan por montos y porcentajes porque no se conmueven con la vida. Medir no es, entonces, proveerse de un instrumento confiable para orientar la acción. Una herramienta para registrar adelantos y para identificar problemas. El presidente sostiene que medir es evadirse de lo importante. Así lo dijo ayer. “Otro elemento básico de nuestra política es hacer a un lado, poco a poco desechar la obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del simple crecimiento económico. Nosotros consideramos que lo fundamental no es lo cuantitativo, sino la distribución equitativa del ingreso y de la riqueza.” Y más adelante aseguraba el presidente que ahora hay más desarrollo y más bienestar. Lo notable de estas líneas es que, al tiempo que desprecia la objetividad de la cifra, abraza con absoluta certeza una percepción que no tiene el mínimo sustento en la lógica ni en la evidencia. ¿Puede haber desarrollo sin crecimiento? ¿En qué se basa el presidente para asegurar que ahora “hay más desarrollo y hay más bienestar”? ¿Deben rechazarse los medidores técnicos para apreciar la distribución? ¿Será eso su “economía moral”?

Lo bueno es que el presidente nos ve muy contentos. Felices, felices, felices porque él nos gobierna. Fiel a su romanticismo, propone una nueva manera de apreciar la realidad. Si los números son reaccionarios, si las cifras son los juguetes que entretienen a los tecnócratas, dediquémonos a palpar la salud del alma. A eso se dedica el presidente, según nos los dice una y otra vez: a hacernos buenos, a hacernos felices, a purificarnos espiritualmente. Y para ello no hay que sacar la báscula.

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26, Ago 2019

El populismo como parásito

Acaba de publicarse un libro valiosísimo para comprender nuestro presente. Se trata, a mi juicio del estudio más ambicioso sobre la naturaleza profunda del populismo. Más que un estudio sociológico o económico sobre las causas de su atractivo, o una comparación histórica de experiencias populistas, es un trabajo minucioso de teoría política. Nadia Urbinati, una reconocida filósofa de la política, ha publicado un denso tratado sobre el fenómeno que recorre el mundo. Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma a la democracia es el título del libro ha que ha publicado la editorial de la Universidad de Harvard y que espera aún la casa que ofrezca una versión en español. Vale adelantar un comentario sobre este ensayo académico porque representa una de las mejores herramientas para entender el sentido del cambio en buena parte del mundo. En efecto, el populismo es el desafío más serio que enfrentan las democracias liberales contemporáneas. El libro de Urbinati nos ayuda a comprender la imaginación y el lenguaje populista; aprecia el origen de su astucia y registra también sus peligros.

“Cualquier entendimiento de la política contemporánea que quiera ser tomado en serio, dice la politóloga de la Universidad de Columbia, debe vérselas con el populismo.” En efecto, los gobiernos y los movimientos populistas están rehaciendo la política en todo el mundo. Por eso es indispensable precisar los contornos de esa fórmula, entender su mecánica, comprender las fuentes de su seducción, desarmar sus recursos retóricos y, sobre todo, analizar la complejidad de su vínculo con la democracia. Vale empezar por reconocer que el populismo es hijo de la democracia. No es, como el fascismo, su asesino, sino, si acaso, su amenaza y su desafío más complejo.

El populismo es certero en su denuncia. En efecto, muestra las fallas de las democracias realmente existentes. Su lenguaje dicotómico ayuda a exhibir la crisis de la representación, la distancia de las élites, el secuestro de las instituciones, el efecto de políticas nocivas. Su gran éxito es construir en la imaginación un nosotros vivo y potente. Sin embargo, no se resuelve ahí la decepción democrática. Lo que parece claro es que incuba ahí mismo, en las grietas del régimen democrático. No inventa la crisis: la revela, la explota, la utiliza. Por eso el populismo es una especie de parásito. No derrota desde fuera a la democracia: se inserta en sus órganos vitales y los somete. Un caudal de transformaciones retóricas e institucionales alteran los equilibrios, los derechos, las cautelas de la democracia liberal. Las instituciones no son valoradas ya como procesos que dan cauce a la diversidad y que asientan algún principio de neutralidad. Las reglas dejan de ser ámbitos de lo común para convertirse en propiedad de los ganadores. Si la libertad que garantizan las leyes se usa para obstruir la voluntad popular, se vuelve ilegítima. El pueblo no es el cuerpo completo de los ciudadanos sino aquella parte del pueblo que es la auténtica, la buena, la moral. Esto es importante: a pesar de su discurso de inclusión, a pesar de su invocación constante y obsesiva de El Pueblo, el populismo se regodea en la exclusión: el Pueblo verdadero contra sus enemigos; el Pueblo real contra los impostores. El pueblo no es nunca toda la gente. Por ello, el populismo representa una política estructuralmente facciosa.

El populismo ocupa a juicio de Urbinati un espacio entre la democracia constitucional y el fascismo. Si llevara sus propósitos a su última consecuencia no podría más que terminar en algún tipo de dictadura. Si el antipluralismo triunfa, la democracia muere. Por eso el éxito definitivo del populismo sería su suicidio: su claudicación como forma extrema de la democracia y su conversión en dictadura. De ahí la pertinencia de la imagen del parásito. El enemigo de la democracia liberal necesita la sobrevivencia del huésped para vivir. Requiere la preservación de ciertas formas, de ciertas reglas, de ciertos órganos. El populismo desfigura esos canales, pero no los elimina; los pervierte, pero no los suprime. El populismo, quiere decirnos Urbinati, no matará a la democracia. La desfigurará a tal punto de hacerla irreconocible

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19, Ago 2019

La ira noble

¿Habría que esperar reclamos suaves? ¿Peticiones dulces, reclamos delicados? ¿Cordiales solicitudes para no ser violentadas, humilladas, asesinadas? Pedir buenas maneras para exigir lo elemental: el respeto, la dignidad, la vida misma. Suplicar trato humano, sin incordiar a nadie. No queremos molestar, pero… si no es mucha molestia, preferiríamos que no nos mataran. ¿Sería eso posible? Ojalá pudieran dejar de violarnos. ¿Sería posible que dejaran de tratarnos como cosas, como instrumentos de su placer, como desahogos de su frustración y de sus miedos? ¿Nos podrían, por favor, dejar caminar tranquilamente por la calle? Sería lindo pasar un día sin pensar en la intrusión de sus palabras, sus manoseos, su violencia. No queremos ofenderlos, no se lo tomen personal, pero francamente preferiríamos vivir. Quisiéramos decirles que no nos ilusiona la asfixia, la puñalada, el ahorcamiento, el degüello. Nos gustaría salir a la calle sin temor. Quisiéramos pasear con libertad. Tener la confianza de que podemos caminar por la ciudad. Se los pedimos amablemente: no nos usen, no nos hostiguen, no nos lastimen, no nos maten.

No. No le pidamos protocolos a la rabia. Reconozcamos la fuente de la ira. Oigamos en ese grito el principio de la justicia. Eliminar la ira es cortar los nervios del alma, dice Remo Bodei, ese admirable estudioso de las pasiones. Negar la ira es romper las cuerdas del arco que dispara la flecha. Una larga, larguísima tradición nos llama a negarla, reprimirla. Se le acusa desde hace siglos de secuestrar el juicio, de reventar los equilibrios que nos sostienen, de cegarnos. En la ira se ha visto una locura destructiva y pasajera, una ceguera, una tiranía que nos saca de nosotros mismos, una esclavitud. Pero hay algo valioso en esto que los católicos llaman pecado. En la ira hay un resorte de justicia. Lo activa un golpe inmerecido. Un golpe intolerable. Haber sido traicionados, humillados, despreciados. No haber sido tratados con el respeto que merecemos. Sufrir maltrato. La ira es el chicote que nos permite reafirmar dignidad.

Tiene dos caras la ira. Una es justiciera, la otra destructiva. Por una parte, (continúo con la exposición del filósofo italiano), la ira es una saludable rebeldía, un impulso moral que levanta la voz frente al abuso. Una conmoción que revienta la apatía. Un estallido que, al decretar rechazo, pone en movimiento la posibilidad del cambio. También hemos visto a la ira como una furia que nos posee, una pérdida de razón, inevitablemente, una desmesura, corrosiva. Lo mismo podemos decir del impacto político de esa pasión: siglos de rechazo y beneplácito. En Hannah Arendt y en Judith Shklar, dos de las mayores teóricas de la política del siglo XX podríamos encontrar las puntas de esa polémica irresoluble. Arendt, exploradora de los mecanismos totalitarios, vio en la ira un impulso perverso, una efusión capaz de envenenar la causa más justa. La ira, a su juicio, subordina toda acción política al miserable impulso de la venganza. Judith Shklar no condena la ira. La comprende como emoción humana, como chispa moral. Desde su escepticismo entendió que bajo esa furia aparentemente irracional existía un sentido de justicia que no podía ser despreciada. Sin la patada de la indignación seríamos incapaces de encarar nuestra cara abominable. Arendt ve la ira como una emoción antipolítica: una peligrosa irracionalidad destructiva. Shklar, una pensadora a la que deberíamos prestar mayor atención, reconoce en esta pasión una energía política valiosísima. Será desde luego desafiante de hábitos y reglas pero ahí despierta la sensibilidad moral. No es la geometría de las abstracciones lo que nos llama, módicamente, a la acción: es el colérico sentir de lo inaceptable. A la política corresponde escuchar esa rabia porque en ella se encuentra la marca de lo intolerable. Indignación: la ira noble. No es una locura súbita. No es ceguera. Si es desmesura es porque responde a lo inaceptable. La racionalidad moral hecha alarido.

La indignación exige escucha. Eso que parece profanación es una posibilidad de luz. La indignación, lucidez iracunda, no busca la equilibrada exposición de un argumento ante un árbitro imparcial. Conmueve y nos sacude porque rompe indiferencias.

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14, Ago 2019

El tino de la crítica

El populismo se gesta en una impotencia. Los canales tradicionales no sirven para hacerse oír. Las escaleras de ascenso están bloqueadas; los derechos que se proclaman con toda solemnidad, se niegan cotidianamente. El ciudadano no se encuentra en su representación. No es visto ni atendido. La política real niega rutinariamente a la mayoría. Podrá reconocer al ciudadano en el momento de votar, pero lo ignora, lo desprecia y lo maltrata al día siguiente. Ese régimen democrático que ofrece inclusión, excluye; esa política que promete atención, resulta impenetrable. Los rituales de la política producen así una sensación de defraudación: hay votos, hay cambios de gobierno, hay alternancia… y poco cambia. Los mismos hacen lo mismo. Es la ausencia de alternativas lo que alimenta el llamado populista. Su denuncia es certera y, en algunos aspectos, irrebatible.  En su denuncia de esa estructura de exclusión, en su crítica de la cápsula oligárquica, en su burla a los augurios de la modernidad nombra una experiencia que toca la vida mucho más que la prédica liberal y su fascinación con las abstracciones.

El reproche populista debería ser tomado muy serio. Sólo escuchando esa crítica, en lo que tiene de válida, puede reconstruirse el proyecto democrático. No es necesario acompañar la propuesta para escuchar la denuncia. Que el camino que sugiera sea, a mi juicio, equivocado no significa que su argumento sobre las promesas incumplidas de la democracia sea absurdo. Bien nos haría reconocer la validez de la crítica como un llamado de atención. No podemos ignorar la hondura de las desigualdades, la concentración de poder, la captura de las instituciones, la debilidad de los derechos. Del populismo viene en nuestros días la crítica más severa a estas traiciones de la democracia liberal. Por eso creo que tiene razón el brillante politólogo español Fernando Vallespín cuando sugiere que la clave para entender al populismo es su dosis. Su compuesto químico no es necesariamente ponzoñoso. En la proporción justa, puede ser, incluso, medicinal. “El populismo opera como el pharmakon griego (…) porque significa a la vez remedio (medicina) y veneno; lo que cura y lo que mata, una antinomia inscrita en la misma palabra. Pues bien, creo que este es el caso del populismo en su relación con la democracia liberal: en pequeñas dosis sirve para tomar consciencia de qué es lo que no está funcionando en nuestros sistemas políticos y contribuye así a reconducir la situación. Pero si nos pasamos, el daño que puede llegar a producir es imprevisible. Basta con mirar los destrozos que está originando Trump para percibir que puede llegar a ser letal.”

Esto viene a cuento porque creo que al populismo hemos de agradecerle la politización de la desigualdad. Que se hable de ella, que se denuncie, que se exhiba como nunca antes. Que se muestren sus múltiples manifestaciones. Que se señale la estructura de poder que la preserva y los artilugios ideológicos que la esconden, la exculpan y aún la justifican. Puedo discrepar del maniqueísmo y de la simplificación con los que se frecuentemente aborda la desigualdad en el nuevo discurso oficial, pero no dejo de reconocer que pone el dedo en nuestro gran pendiente histórico. Lo confirmo al advertir la ceguera de las élites frente a lo que tenemos en frente. Lo común que resulta cerrar los ojos a la segregación e imaginar que las ventajas que se disfrutan son justísimos premios al esfuerzo. Vivir como si en el país no imperara la discriminación. Y ese resorte de negación que lleva a muchos a decir que hablar de racismo es, en realidad, una actitud racista; que hablar del clasismo es puro resentimiento. No puede haber la menor duda de que el tono de piel demarca el horizonte de vida en México. El Proyecto sobre discriminación étnico-racial en México de El Colegio de México que coordina Patricio Solís lo documenta de manera contundente. Pero un excandidato presidencial se atreve a bromear que advertir el privilegio del color es una frivolidad.

La polarización puede tener buena secuela si nos hace ver, si nos hace oír. O más bien, si al final del día, nos permite vernos, nos permite oírnos

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