Lunes

13, May 2019

El soberbio

Se hará su voluntad. La refinería se construirá y no habrá argumento, estudio, advertencia que cuente. Se hará en el lugar que el presidente escogió personalmente. Son incontables las voces que han advertido la insensatez del proyecto. Nada valen frente al capricho presidencial. Las empresas que el propio presidente describió como las mejores del mundo aseguran que el proyecto no puede concluirse satisfactoriamente en los plazos y con las condiciones definidas por el gobierno. Aún así, el presidente sigue con su proyecto y, para que no haya duda, lo hará él mismo.

No hay argumento que valga frente a la obcecación. Los límites legales le son indiferentes. Ya nos ha dicho que la justicia es más importante que la ley y es él, sólo él, quien puede definir el sentido de la justicia. El experto que discrepa de él deja de ser, en ese instante, experto. Será un sujeto sin autoridad moral, un desvergonzado que no merece atención alguna. Lo mismo habría que decir de las instituciones de aquí o de fuera que se atrevan a cuestionar el deseo del líder supremo. Lo único que dice respetar son los mandamientos. Ser honesto para poder ir a la iglesia el domingo, para entrar al templo. Más que los delitos, muchos de los cuales sugiere olvidar, le preocupan los pecados. Quien se dice admirador de Juárez ha usado la tribuna presidencial para amenazar a los pecadores con no ser admitidos en el templo. Quien viola los mandamientos, dijo el presidente de una república laica, comete pecado y por ello no podrá entrar a la iglesia el domingo.

Pues bien, siguiendo la pista del devoto, habría que hablar de pecados y, en específico de uno de ellos, la soberbia para evaluar la política presidencial. Es soberbia y no otra cosa lo que despliega el presidente al desconocer cualquier límite a sus pulsiones. Es soberbia su menosprecio de aquello que merece atención. El soberbio está convencido de su superioridad. Un humano que no se pertenece ya a sí mismo y que, por deberse al pueblo, se lo puede permitir todo. No es extraño que Fernando Savater describa este pecado como el “valor antidemocrático por excelencia.” Ese engreimiento anula, en efecto, la posibilidad del diálogo, cancela las precauciones y da permiso para romper cualquier regla. Andrés Manuel López Obrador no admite palabra a la altura de la propia. Por eso carece de consejeros y se ha rodeado de aduladores que guardan silencio frente al torrente de sus caprichos.

Francisco de Quevedo escribió líneas memorables sobre este pecado en un discurso sobre las cuatro pestes del mundo. En esos párrafos advertía que el soberbio jamás se reconoce. Teniéndose como superior, se imagina como el más humilde de todos. Se encuentra por eso más fuera de sí mismo que un loco. Airado e injurioso, el soberbio queda embriagado con el amor que siente por sí mismo. Ruin arquitecto es la soberbia, escribía Quevedo: “los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos.” ¿Qué ingeniero que discrepara de él merecería sus respetos? Si él decide construir su palacio en el agua, es porque ahí debe levantarse, aunque rezonguen los enterados. El augurio es claro: “nada consigue la soberbia menos que lo que pretende.”

El hombre que se imagina como el cuarto padre de la nación, no duda de sí mismo. Dueño de la verdad, del bien y del futuro. No duda de sus proyectos, de sus ideas, de su instinto. Con esa fe se imagina no solamente como el escultor del alma mexicana, sino también como el amo del subsuelo que a fuerza de determinación y honestidad mostrará que todos en el mundo están equivocados. Sólo él tiene razón. Él sabe más que cualquier experto. Él logrará lo que ninguna empresa en el mundo. ¡Y ay de aquél que se atreva a dudar de la hermosura de sus intenciones!

No es grandeza, es una hinchazón lo que vemos en el soberbio, decía San Agustín. “Y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano.” Será por eso que en todo soberbio se esconde el ridículo. Repitiendo siempre las mismas frases como si fueran sublimes hallazgos de sabiduría, vanagloriándose constantemente de su teatral humildad, sermoneando diario a la república sobre el camino de la santa virtud y la verdadera felicidad, insistiendo en que en su voluntad radica un poder mágico que cambiará la historia de la patria, fustigando a los demonios y a los pecadores, el presidente empieza a convertirse en una figura tan cautivadora como un tele-evangelista. 

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06, May 2019

Épicos y apocalípticos

La primera víctima del actual gobierno ha sido el sentido de proporción. Parece imposible medir, en su correcta dimensión, lo que acontece. Cada decisión, cada iniciativa, cada palabra, cada gesto se dispara de inmediato para adquirir proporciones absurdas. Épicos contra apocalípticos. Ese es el espectáculo que contemplamos. Por una parte, el cuento de un heroísmo que está dando vida a una nueva república. Por la otra, el lamento de quienes advierten el aniquilamiento de toda respetabilidad. Difícil aquilatar acciones y discursos. Hasta el silencio adquiere en esta hora dimensiones grandiosas. Si el presidente se tarda unos minutos en escribir un tuit se confirma que su verdadero deseo es dirigirnos al barranco. Si calla ante las provocaciones de Trump es muestra de su altura como estadista responsable. Hasta lo no dicho se sale de proporción.

Los extremos no pueden ver la misma imagen. Un hecho es dos. Por lo menos, dos. De ahí la destemplanza de nuestra polémica. Ahí la fuente de la orgullosa incomprensión que nos envuelve. Y sin embargo, los extremos coinciden en un convencimiento. La historia se acaba de romper. Todo cambió. Promotores y críticos del gobierno están de acuerdo en eso: en diciembre cambió todo. Tras las elecciones y la llegada del nuevo gobierno, el país rompió con sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo. Cuando el presidente dice que se acabó un periodo histórico y que está comenzando un nuevo día para México, sus mayores críticos le dan la razón. Se han tragado entero el cuento de la ruptura. México está a punto de convertirse en un paraíso de fraternidad o de volverse Mexizuela. El amanecer de la república auténtica o de la nueva dictadura. El sentido del cambio puede ser apreciado de manera radicalmente distinta. Lo curioso es que casi todos coinciden en ese juicio: el país rompió definitivamente sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo.

Dominados por esa persuasión común, los antagonistas cierran los ojos a las persistencias. Es mucho lo que se preserva del pasado inmediato. Si hiciéramos caso a la retórica presidencial, México ya cambió. Ya es otro. Nada quedaría del perverso modelo económico, ni un ladrillo de su régimen oligárquico quedaría en pie. La historia, sin embargo, no suele ser piadosa con los arranques de voluntad. No se pliega al deseo de reinvención y se burla de quienes se imaginan adanes.

No minimizo lo que ha pasado en los últimos meses. Murió el sistema de partidos, ha surgido un presidencialismo imponente, las oposiciones han desaparecido. No ignoro tampoco las secuelas de una serie de decisiones concretas: el nuevo impulso al clientelismo, el capricho como motivación irrebatible de la política pública, la sordera ante las advertencias que empiezan a amontonarse, el hostigamiento a la crítica. Todos estos cambios son profundos y serán duraderos. Al mismo tiempo, no podemos ignorar el cauce de las continuidades. López Obrador habrá querido arrancar de tajo la herencia política y económica del neoliberalismo, pero las persistencias son tan relevantes como las discontinuidades. Épicos y apocalípticos cierran los ojos a esas continuidades porque no embonan en el dramatismo de sus relatos, pero una evaluación ponderada de lo que acontece debería hacer recuento no solamente de las rupturas, sino también de las continuidades. En la relación comercial con Norteamérica, en el conservadurismo fiscal, en el respeto al banco central hemos visto a un neoliberal ortodoxo. En el trato con el presidente Trump hemos visto una indignidad pragmática que rinde homenaje a Videgaray y a Peña Nieto. En su pacto con el sindicalismo magisterial y en su apuesta por la opción militar para encarar el drama de la inseguridad vemos una nueva versión del calderonismo.

López Obrador no es solamente un ideólogo vehemente. Es también un político pragmático. Es necesario advertir en su liderazgo la activación de esos dos resortes. El populista hinchado de fe en sí mismo que desoye cualquier advertencia, que desprecia cualquier razón contraria, que ignora cualquier discrepancia y que vive para el conflicto. El político pragmático que advierte en ciertos ámbitos (la relación con Estados Unidos, la lucha contra el crimen, el Banco de México) límites que no tiene más remedio que respetar. La historia no se enfrenta nunca a la hoja en blanco.

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29, Abr 2019

Una sutil bomba

Es un grueso ladrillo blanco. La investigación que ha puesto en jaque al presidente de los Estados Unidos, en 448 páginas se ha publicado. Finalmente puede leerse el informe del fiscal especial Robert Mueller. Es cierto que no podemos leer la totalidad del escrito. Sus hojas están atravesadas por una infinidad de marcas que ocultan aquello que no puede ser revelado en estos momentos. No podremos leer información relacionada con juicios en curso, con revelaciones privadas, o material que se considera clasificado. El New York Times ha desplegado las hojas del documento para ver las cuartillas a vuelo de pájaro. Casi cada cuartilla está salpicada de manchas negras. Sobre todo el primer volumen del reporte, el referido a la intervención rusa en las elecciones presidenciales, parece un forcejeo entre el blanco de la información y el negro de la censura.

A pesar de los manchones, el informe es un documento extraordinariamente valioso. Sobresale, ante todo, por la solidez de su relato. En tiempo de noticias falsas, es una plomada de información dura, pensada para resistir la prueba de los tribunales y para salir airosa de la reyerta partidista. En tiempo de ardiente opinionismo es un objetivo recuento hechos. En tiempo de vehemencia ideológica representa el más estricto acatamiento de la ley. No es poca cosa el que, en esta era de soplones, los trabajos de la fiscalía permanecieran ocultos durante todo el tiempo de su investigación. Ninguna filtración salió de esa oficina. Los trabajos avanzaron sin que se colara a la opinión pública una gota de información que vulnerara el debido sigilo que debe guardar una comisión de este tipo. Los resultados de las investigaciones son presentados con ese rigor y esa sobriedad.

El informe es devastador para Trump. No es que presente a la opinión pública y al Congreso información sorprendente, sino que la expone de manera inobjetable. No se trata de una versión parcial e interesada sino de un informe frío y ecuánime que hace catálogo de serias transgresiones legales. La conducta de Trump como candidato y aún más como presidente está marcada por un profundo desprecio por la ley. No hay ninguna duda de que intentó activamente descarrilar los trabajos de la comisión investigadora y que ordenó mentir a su equipo. Si algo lo salva es precisamente el desacato de los subordinados que se negaron a seguir sus instrucciones. Gracias al documento de la comisión Mueller, la causa de la destitución presidencial cuenta con fundamento sólido. Lo que el jefe del Departamento de Justicia dijo apresuradamente después de recibir el informe de Mueller está muy lejos de la verdad. William Barr sostuvo que el fiscal autónomo no formuló acusación alguna de obstrucción de justicia y que exoneró definitivamente al presidente de los Estados Unidos. La verdad es otra. Hay abundantes pruebas de que el candidato y el presidente violaron reiteradamente la ley. Puede reconocerse en su conducta un auténtico patrón de ilegalidad. Lo que se dice en el quirúrgico lenguaje del informe es que, a pesar de haber encontrado pruebas convincentes de que Trump intentó obstruir la justicia, no considera tener las facultades legales para formular una acusación directa contra el presidente. En el informe están los hechos, solamente al Congreso corresponderá evaluar su significado legal y político. Sólo al legislativo correspondería proceder formalmente contra del Ejecutivo.

Al leer el informe del fiscal especial podemos claramente advertir que la argumentación jurídica es un arte de sutileza. El reporte de Mueller es un relato cuidadoso, un argumento bien anudado, una fina lectura de la ley. Pero es una bomba. ¿Qué deben hacer los demócratas con la verdad? Hay quienes creen los atropellos son tan graves y tan reiterados que deben proceder cuanto antes a activar los mecanismos de la destitución. Hay otros que consideran que, más que improcedente, sería inconveniente iniciar un proceso contra el presidente de los Estados Unidos que al final del día se estrellaría contra el muro republicano en el Senado. Creo que estos últimos tienen razón. En un clima de tan intensa polarización como el que se vive aquel país, la remoción de un presidente que para millones encarna la victoria sobre la clase política tradicional, sería vista como un golpe de las élites. Una confrontación constitucional alimentaría ese resentimiento que es el más potente combustible del populismo.

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22, Abr 2019

Mentira e ilegalidad

El país empieza a salir del libreto del presidente. Si durante años, el discurso del opositor parecía la más certera denuncia de la realidad, hoy se escucha como retórica escapista: mis números me elogian, los males provienen de otro tiempo, los conspiradores se empeñan en negar nuestros logros. Lo cierto es que el presidente ya no pasea triunfalmente. A pesar de la cortesanía de su entorno, no puede ignorar la multiplicación de la crítica. Sus rituales matutinos se descomponen. La política del chasquido estalla en todas partes con algo que sigue sin aparecer en su imagen de México: la complejidad.

Desde que se anticipaba su triunfo electoral rondaba una pregunta: ¿cómo reaccionará López Obrador ante una crisis? Tarde o temprano aparecería el infortunio, la crisis, el contratiempo que termina definiendo a una administración. Los reflejos de un presidente pueden ser más importantes que sus proyectos. Más que las ambiciones trazadas desde un inicio, cuentan los reflejos ante lo indeseado. La respuesta puede marcar la diferencia entre una crisis que se supera y una crisis que se ahonda. El presidente puede seguir invocando la herencia podrida, la fuerza de su triunfo electoral, el respaldo de sus medidas simbólicas, su innegable popularidad, pero tarde o temprano todo eso se irá desvaneciendo. ¿Qué sucederá cuando la inconformidad se extienda? ¿Cómo lidiará con los obstáculos? ¿Qué hará con la inevitable frustración? La inquietud empieza a aclararse. Y la respuesta que se dibuja no es alentadora. En estos días hemos tenido probaditas de crisis. Si hemos de juzgar por los reflejos ante los desafíos recientes, hay buenos motivos para la preocupación. Andrés Manuel López Obrador no tiene la disposición anímica, la prudencia institucional ni la humildad intelectual para sortear con agilidad una crisis.

Más que aferrarse a una ideología, el presidente se engancha a ese sustituto de pensamiento que son sus frases. Ante cualquier cuestionamiento, ante cualquier percance, ante cualquier sorpresa fastidiosa, acude a la boca del presidente un viejo acervo de frases hechas. Cualquier crítica es tachada como un ataque interesado de sus adversarios que son en realidad conservadores que son en realidad hipócritas. Los otros no tienen autoridad moral porque callaron, porque fueron cómplices, porque pertenecen a una mafia. La moral la encarna él porque no es como los otros. Valdría la pena llevar el conteo de esas frases selladas que el presidente repite mil veces para no atender crítica alguna, para evadir preguntas incómodas, para cerrar los ojos a lo incómodo. George Orwell entendía el significado de esas palabras petrificadas. Las frases hechas exhibían una cabeza que ha dejado de pensar. Un cerebro repite fórmulas secas porque no se aventura a contrastar su prejuicio con la realidad.

Hermética, sorda a las valiosas interpelaciones de la crítica, altanera y displicente, la palabrería presidencial termina celebrando la mentira y la ilegalidad. El presidente tendrá otros números, aunque los fastidiosos datos provengan de su propia administración. Quien ha hecho juramento de verdad, miente cotidianamente. Con desparpajo trumpiano ignora los reportes oficiales, inventa datos, falsea tendencias, engaña. No solamente la verdad es víctima de esa impetuosa palabrería. La ley también sucumbe a la cerrazón. A desconocer la ley vigente, a dejar de cumplir la constitución ha ordenado el presidente López Obrador. Lo ha hecho públicamente con un documento infame, un auténtico decreto por la ilegalidad. El razonamiento presidencial será aberrante pero no es oscuro: la ley ha de incumplirse si es injusta y quien descubre la injusticia de una ley es, por supuesto, el presidente. No me gusta esta ley: ignórese.

Es importante registrar que la secretaria de gobernación, antigua ministra de la Suprema Corte de Justicia, ha guardado silencio después del ignominioso bando. Nada ha dicho y se mantiene, hasta el momento, en su puesto. ¿Significa ese silencio que acatará la instrucción presidencial? Qué penoso sería que esa fuera la coronación de una trayectoria pública. Las lealtades y las intimidaciones de la política suelen poner a prueba la dignidad.

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15, Abr 2019

Engaños del éxito

Andrés Manuel López Obrador conoce su Maquiavelo. Lo conoce, pero no es claro que lo entienda. Lo invoca, pero no puede decirse que haya aprendido lo que es verdaderamente central en su obra: la política como un arte de audacia y de prudencia. A pesar de que el presidente se describe como el moralista empeñado en derrotar al cinismo de la burda ambición, las ideas o, más bien, las expresiones del renacentista maldito aparecen reiteradamente en su discurso. Lo ha mencionado directamente en alguna de sus conferencias de prensa. Celebrando hace poco que la suerte le favorecía, defendió, con el autor de El príncipe, la relevancia del azar. “Decía Maquiavelo que se necesitaba virtud y fortuna para la política.” Es imposible pensar una política a salvo de lo impredecible. No es el político un territorio de regularidad que pueda eliminar la sorpresa. Por eso el conspiratismo que el propio presidente alimenta sea, de tan coherente, absurdo. López Obrador ha invocado también al florentino cuando ha trazado como emblema de su ambición histórica nada menos que la “gloria”. Como lo pensaba Maquiavelo, la política no consiste en la administración del poder, sino en su utilización para refundar la nacionalidad, para rehacer la historia. Nada menos. También puede escucharse un eco maquiavélico cuando se escucha al presidente advertir que en el gobierno hay que elegir entre inconvenientes. No suele presentársele al gobernante el dilema entre un bien nítido y un mal ostentoso. Las fronteras entre ellos son confusas y, en ocasiones, la única posibilidad es evitar el mal mayor. Entender que hay que elegir entre inconvenientes es una buena advertencia al propio López Obrador quien habita el mundo del simplismo moral. El presidente no suele hacerse cargo de esa invitación a la madurez moral que hay en el humanismo maquiaveliano.

López Obrador parece tropezar con una de las piedras más peligrosas en la política: el éxito. Quien ha conquistado el poder llega a la persuasión de que debe continuar el camino que emprendió para lograrlo. Cree que lo que funcionó antes, funcionará después. Tiene lógica y parecería absurdo recomendar otra cosa. Si una estrategia ha funcionado, lo más sensato sería insistir. ¿Por qué habría de ensayarse algo distinto si lo que se ha hecho anteriormente ha funcionado? Quien ha derrotado enemigos poderosos, quien ha remontado mil adversidades, quien ha trepado hasta la cima del poder, pensará que debe ser fiel a su estilo y a su actuar. Si así pudo vencer a los enemigos de antes, vencerá a los de ahora.

El problema es que las circunstancias cambian, que los desafíos se transforman constantemente, que la historia es más azar que rutina. Por eso advierte Maquiavelo que lo que ayer encumbró al ambicioso, mañana arruina al poderoso. Esa es, tal vez, la mayor dificultad que enfrenta el gobernante: ser capaz de soltar los emblemas de su triunfo, desprenderse de las medallas de su orgullo. El político suele esclavizarse a sus prácticas y a sus rutinas. Se convence de que la reiteración es la única política digna y eficaz. Empieza a actuar mecánicamente sin prestar atención al flujo de los acontecimientos y al impacto de sus decisiones. Cree que tarde o temprano la realidad cederá a sus deseos. Se ata a sus manías como si fueran el mármol de su identidad pública. Detenido en los logros de su pasado, cree que la repetición es la única forma de ser auténtico. Quien fuera osado se niega entonces al riesgo de la innovación. El opositor tenaz se convierte en un gobernante obsesionado con sus pleitos de antes, sus diagnósticos de antes, sus recetas de antes. Cualquier intento de repensar la estrategia es sentido como una traición. Remembrar los éxitos del pasado es una forma de cerrar los ojos a los frescos desafíos del presente. Es el engaño del éxito.

El terco es enemigo del ágil. Quien, como Andres Manuel López Obrador, conquistó el poder gracias a una tenacidad extraordinaria corre el riesgo de quedar congelado en un éxito pretérito. Al comenzar su sexenio, su política parece ya entumecida y miope. Una política decidida a repetir sus cantaletas, pero indispuesta a dialogar con las circunstancias.

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08, Abr 2019

El nuevo antiestatismo

El gran enemigo del neoliberalismo le rinde culto. No hay discurso que no incluya alguna embestida contra sus horrores. Tiro por viaje. No es posible imaginar al presidente desayunando sin lamentar el terrible daño que los neoliberales le hicieron a los chilaquiles. El neoliberalismo es el origen de todos los males del país. La única fuente de nuestra desgracia. Todo lo malo nació cuando esos traidores que estudiaron en el extranjero se apartaron de la ruta nacional. Ahí se funda el atraso, la violencia, la desigualdad, la inmoralidad. El nostálgico no deja de lamentar todo lo que perdimos desde el triste día en que los neoliberales impusieron su dominio. Las parejas no se divorciaban, los niños estudiaban con unos libros de texto fantásticos, se respetaban los valores morales, el presidente gobernaba sin el fastidio de una prensa doble cara y los chilaquiles picaban. Qué bonito era el México preneoliberal.

Pero, aunque el presidente vuelva a lanzarse hoy por la mañana, a medio día y en la tarde contra el maldito neoliberalismo, seguirá atrapado por la sospecha originaria de su enemigo. El Estado le parece una máquina fría y distante. Un inmoral concentrado de violencia, cuya actuación es irremediablemente represiva. Un aparato encadenado a procedimientos enredadísimos que entorpecen su actuación; un artefacto sometido a formalismos que retrasan cualquier intervención eficaz y que absorben los recursos que deberían destinarse a otras causas.

Como los neoliberales a los que tanto detesta, López Obrador sigue imaginando al Estado como un obstáculo y a los burócratas como malhechores. De esa persuasión viene el más furioso recorte burocrático en la historia reciente del país. Con furia thatcheriana, el gobierno emprendió la purga de una burocracia que considera mimada y superflua. No se trata, pues, de crear instituciones, de formalizar programas, de supervisar, de estructurar servicios públicos estables sino de becar. Esa es la filosofía del nuevo gobierno: subvenciones directas que eximan al Estado de cualquier responsabilidad de gestión y de vigilancia. Se trata de establecer “apoyos directos” para evadir las perversas intermediaciones burocráticas. Esa es la lógica que hay detrás del abandono de las estancias infantiles. Darle dinero a los padres para que ellos se hagan cargo. Milton Friedman estaría orgulloso de esta política. Los abuelos podrán cuidar amorosamente de los nietos, sugirió el Secretario de Hacienda. Una política más neoliberal que cualquier iniciativa del satánico salinismo. Si Octavio Paz describió al Estado mexicano postrevolucionario como un ogro filantrópico, el lopezobradorismo pretende remplazarlo con un ángel. No un Leviatán sino un príncipe. Esa es la idea que se esconde detrás de la nueva política social: un ángel filantrópico. Frente al Estado benefactor, un presidente benefactor.

Fiscalmente reaganiano, el nuevo gobierno prefiere la amputación administrativa antes que la reforma. Para financiar los programas sociales y la ambiciosa obra pública, el gobierno opta por estrangular a la administración antes que considerar un cambio en los impuestos. Este desprecio a la administración es consecuencia de un vehemente voluntarismo. El deseo presidencial no tiene por qué detenerse ante los peros de los comités, las reglas, los procesos. De ahí que el antiestatismo del día esté más cerca del pensamiento mágico que de las prácticas del Estado planificador. Pedirle permiso a la madre tierra es más importante que concluir un miserable estudio de impacto ambiental. Antiestatismo que no es economicista sino moralino. No se basa en las supuestas bondades del mercado, sino en la superioridad de una voluntad intachable, la del presidente.

El nuevo presidencialismo es, por ello, anticardenista. Lo es porque representa una embestida contra la regularidad institucional del poder, contra las palancas de una eficacia perdurable, contra la racionalidad administrativa, contra la corpulencia fiscal. Porque se empeña en corroer las capacidades del Estado. Porque es voluntarismo como nunca lo habíamos visto. La presidencia para Andrés Manuel López Obrador es el púlpito más la chequera. Lo que el oficialismo llama Cuarta Transformación es eso: una bonita mezcla de sermones y transferencias.

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01, Abr 2019

Escribir con tijeras

La historia se escribe con tijeras. No es un tejido de múltiples versiones, una memoria rica en contradicciones y misterios sino un enfrentamiento entre dos sujetos morales. La historia es un relato edificante, una sencilla lección cívica, un cuento de clara moraleja. No podría ser de otra manera si se trata de una lucha de los buenos contra los males. El enfrentamiento de los patriotas contra los traidores. Así parece decírnoslo un presidente obsesionado con el pasado. Todos los días presenta un capítulo de esa historia de estampitas en la que cree fervorosamente. En la historia no encuentra ejemplo de una fascinante complejidad, sino de esa simpleza que alimenta su juicio político. Nada de claroscuros. Los héroes son saludables y rozagantes; son honestos y bondadosos. Los villanos son monstruos viles y deformes. Los liberales podrán cambiar de nombre y de escenario, pero no de causa.  Los conservadores estarán atrapados por siempre en su maldición: conspirar sin éxito contra la patria. Si alguien ha tomado los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional como si fueran una auténtica lección de historia ha sido es precisamente quien hoy despacha ahí.

De esa historia de bronce proviene la convicción de que el tiempo puede cortarse a voluntad. Con una navaja puede separarse el hoy de todos los días precedentes. En un instante se pasa de una era a otra. Se puede por eso romper definitivamente con todas las herencias del pasado e iniciar, como en una hoja en blanco, el nuevo capítulo de la nación. Esa ilusión de la cisura expresa una idolatría de la política. Imaginar al poder como una fuerza capaz de romper el tiempo. Terminar súbitamente los hábitos, fundar con fresquísimos materiales, la nueva arquitectura de la nación. Proclamar el primer día.

Así se decretó recientemente. El presidente de la república declaró, con toda solemnidad, la abolición definitiva del neoliberalismo. Tras la abolición de tan perverso credo, el auditorio se entregó a los aplausos. Se pensará que, tal como Hidalgo abolió la esclavitud, López Obrador termina con la servidumbre del presente. A decir verdad, la anulación no parece muy convincente si advertimos que las columnas fundamentales del neoliberalismo se mantienen intocadas y aún apreciadas como sustento de la estabilidad del nuevo gobierno. Si el neoliberalismo concretó dos reformas cruciales durante su reinado, la primera sería la autonomía del banco central y la segunda el acuerdo comercial de Norteamérica. No parece intención del gobierno terminar con la autonomía del Banco de México ni romper el pacto norteamericano. Pero en la imaginación del presidente, la ideología neoliberal ha sido definitivamente eliminada. Los aplaudidores de palacio habrán celebrado la histórica liberación de una doctrina perniciosa, pero, vale preguntar, ¿puede decretarse la abolición de una idea? Aceptemos, si se quiere, que el neoliberalismo es la más perversa de las concepciones económicas en la historia de la humanidad. Pensemos que es, como nos dice el presidente, una ideología demoniaca de la que han surgido todos los males que padece el país. Pero, aún creyendo en el satanismo neoliberal, ¿puede alguien abolirlo? ¿Puede la política invalidar una idea? ¿Puede abolirla?

La ilusión presidencial es reveladora de una ingenuidad disfrazada de omnipotencia. Arrogancia que es, en el fondo, ignorancia. Quien se imagina con el poder de abolir una idea, desconoce que el mundo de las ideas escapa de su control. El poder presidencial, por macizo que sea, no puede anular una fuente de pensamiento. Se trata de la misma soberbia de quien pretende bautizar su propio tiempo y colocarse por adelantado como una de las cuatro estatuas de la historia nacional.

Se cuenta que hace mil años, un rey Canuto en Inglaterra se burló de los aduladores que lo endiosaban mostrándoles el límite de su poder. Eres el más sabio, el más poderoso. Nadie osaría desobedecerte, le decían. Pues bien, si eso es cierto, le ordenaré al mar que retroceda y que cesen ya las olas. Tras la respuesta del mar, los aduladores callaron. Soberanía no es omnipotencia. El presidente podrá decretar la abolición de mil ideas perniciosas, podrá proclamar que despierta el primer día del cuarto nacimiento de México y dirá misa.

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25, Mar 2019

El fin de la (otra) hegemonía

La economía parece negada a la autocrítica. Parece negarse también a discutir con legos, pero su condición de autoridad tiene que ser analizada críticamente. Desde hace décadas ha ocupado un lugar privilegiado en la discusión pública y se ha instalado como la única vía racional de intervención en la realidad. Por eso nos corresponde a todos examinar sus pretensiones de supremacía intelectual. Fernando Escalante publicó en el 2016 un libro breve en el que examina su estatuto. Se supone que es ciencia. Reflexiones sobre la nueva economía, es su título. Lo publicó El Colegio de México. Ahí resalta la arrogancia profesional y el aislamiento de una disciplina. Por esa estrecha altanería ha sido incapaz de percibir sus miopías, sus cegueras, sus obsesiones. Ha resultado incapaz de reconocer, por ejemplo, su responsabilidad en la devastadora crisis del 2008. “La crisis de 2008 tendría que haber tenido consecuencias serias, no sé si catastróficas, para la economía como disciplina académica (para la versión dominante, al menos). No ha tenido prácticamente ninguna.» Poco sucedió después de la crisis. Tal vez algún remordimiento, alguna confesión. Pero la prédica se mantiene intacta: se enseña lo mismo, se publica lo mismo, se hacen las mismas recomendaciones. Como si el 2008 no hubiera pasado. Es que la crisis no fue solamente una crisis económica sino una crisis de la ciencia económica. La crisis de una disciplina académica. Una crisis que apenas algunos reconocieron como tal. Paul Krugman, unos meses después de haber ganado el Premio “Nobel”, se preguntaba en un ensayo en la revista dominical del New York Times, ¿cómo era posible que los economistas se hubieran equivocado tanto? La crisis era oportunidad para repensar los fundamentos de una disciplina. Se trataba del momento propicio para hacer una profunda reflexión intelectual. “Según lo veo, decía ahí, la profesión económica erró el camino porque los economistas, en conjunto, confundieron la belleza—vestida con unas matemáticas impresionantes—con la verdad.”

Fareed Zakaria, el acreditado internacionalista, escribe en la edición más reciente de Foreign Policy que la economía había ejercido una especie de hegemonía intelectual (“The End of Economics?”, invierno de 2019). Si durante la guerra fría las tensiones eran esencialmente ideológicas y geopolíticas, el conocimiento más apreciado era histórico, cultural, político. Eran los diplomáticos con una larga perspectiva histórica quienes ofrecían claves para entender los conflictos del día. Al terminar la guerra fría, esas consideraciones pasaron a un segundo plano. La economía parecía la herramienta racional de la integración. Una ciencia rigurosa abriría los caminos del progreso. De ahí nacía su autoridad pública. Era una hermana de la física. Ahí estaba la llave de la prosperidad. Lo notable es que se presentaba como un conocimiento al que solamente algunos podían acceder. Una ciencia, pues, que no podía ser moneda común. Por ello en la economía se deja entrever una utopía antiilustrada. Su saber nos hará prósperos, pero no todos tendremos acceso a ese saber. Habremos de confiar en los expertos, aquellos iniciados que han podido descifrar sus secretos.

La autoridad indisputada de la disciplina marcó una era. En la cuenta de Zakaria son tres décadas de imperio intelectual. En sus fórmulas y modelos se quiso ver el lente más preciso para observar el mundo. En sus herramientas, el saber más útil y más confiable. Esa hegemonía, dice Zakaria, ha muerto. La voz de la disciplina no es la más atendida ni la más persuasiva. Sobre los asuntos más candentes del mundo (las identidades y las nostalgias, las ansiedades colectivas, la fe política, las pasiones públicas) simplemente, tiene poco que decir. Si seguimos pensando que la lógica económica es la única prueba de racionalidad, seguiremos tachando a medio mundo de imbécil. Hay razones humanas que la razón económica desprecia. Cuando un ministro británico gritó su hartazgo de los expertos quiso ponerle un hasta aquí a esa racionalidad que se pretende única.

Que la economía haya caído del pedestal no significa, desde luego, que resulte irrelevante. Frente a la demagogia, la plomada del economista será siempre valiosa. Lo que advierte el fin de esa hegemonía es que la complejidad requiere de más enfoques y menos encierros.

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19, Mar 2019

Dulces envenenados

La política del actual gobierno nos ofrece, mañana tarde y noche, dulces envenenados. El oficialismo celebra el celofán con que envuelve sus decisiones, pero se desentiende de las sustancias tóxicas que oculta bajo el caramelo.

Se celebra, por ejemplo, que se ha aumentado el catálogo de delitos graves. Qué gran cambio, festeja el presidente. Hemos terminado con la permisividad neoliberal que trivializaba el horror de la corrupción, del fraude, del feminicidio. Hemos cambiado la ley para considerarlos delitos graves. Lo que no dice el presidente es que la palabra “grave” no designa, como en el lenguaje común, la dimensión de la ofensa sino el tratamiento procesal del acusado. ¿En algo ayuda esta reforma para combatir la impunidad? En nada. Absolutamente en nada. Lo reconoce incluso la el dictamen de la Cámara de Senadores:  lo que aprobaremos “no resuelve per se el problema de inseguridad ni es en sí una medida dilatoria (sic) de la comisión de delitos”. Aún reconociendo la inutilidad de la medida, la aprobaron. Y no es una mera frivolidad. Siendo inequívocamente ineficaz es una reforma nociva. La reforma dará nuevos permisos para atropellar la presunción de inocencia. Y favorecerá la criminalización de la pobreza. Así lo ha advertido la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Pero, al parecer, no importan las consecuencias de las reformas. Importa su envoltura. Que puedan venderse, por supuesto, como un clavo más sobre el ataúd del neoliberalismo.

Propone la bancada mayoritaria en la Cámara de Diputados una iniciativa para reducir a la mitad el financiamiento a los partidos políticos. ¡Todos a festejar! Finalmente, alguien se decide a quitarle el dinero a las entidades más abominables. ¿Quién podría oponerse a tan magnífica propuesta? La iniciativa tiene apariencia benefactora, pero sería un golpe severísimo, tal vez mortal, al ya agónico sistema de partidos. Con los resultados de la elección reciente, el partido del gobierno sería el único beneficiario de la medida. José Woldenberg ha hecho el cálculo de lo que significaría la aprobación de esta propuesta: Morena aumentaría en un 89% sus recursos, mientras que las oposiciones más importantes perderían entre 50 y 60% de sus ingresos. Si el financiamiento público ha de prevalecer, es importante que aliente razonablemente la equidad. El pluripartidismo no es gratis. Los ahorros que nos quieren vender como medida admirable son, en realidad, un tiro de gracia. ¿De veras queremos vivir sin el fastidio de la pluralidad?

Lo más grave, sin duda, es la reforma constitucional que está en el aire. Se nos ofrece como un paso democrático: poder quitar, mediante el voto a un presidente impopular. El arreglo institucional de la revocación es extraordinariamente delicado. De él depende, no solamente la estabilidad de los gobiernos futuros, sino también su capacidad para poner en marcha reformas y su corpulencia para resistir los embates de los adversarios. Alterar el periodo fijo de gobierno modifica sustancialmente los equilibrios tradicionales del presidencialismo. No digo que ese esquema deba permanecer inalterado. Simplemente advierto que, para modificarlo, hay que examinar cuidadosamente las alternativas. Sin embargo, en la conducta de los diputados se han impuesto tres vicios graves y preocupantes. Por una parte, el sometimiento irreflexivo al deseo presidencial. Si el presidente lo quiere, nosotros se lo daremos. Se trata de una sumisión que, además, actúa como si estuviéramos ante una urgencia. Reformas de ese calado no pueden definirse con prisa. Pero los morenistas en la Cámara de Diputados no quieren perder el tiempo en argumentos. Finalmente, los oficialistas legislan como si su condición fuera perpetua. Legislan para López Obrador y para el presente. Quieren abrir un camino para lo inmediato sin detenerse a considerar lo que puede venir. Olvidan la norma elemental de la prudencia institucional: las reglas que diseñas deben servir para contener a tu peor enemigo. La rueda de la fortuna pondrá en tu sitio a quienes más temes. Al diseñar instituciones hay que imaginarse con la responsabilidad del poder y también en la condición de minoría. La actuación del partido gobernante refleja la convicción contraria: hay que legislar para el instante y para el jefe. Después de Amlo, el diluvio.

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12, Mar 2019

Sentidos de la realidad

Nada es tan valioso en la política como el “sentido de realidad”. Nada es tan valioso como ver, oler, palpar la circunstancia. Esa es una de las grandes lecciones de Isaiah Berlin. Los estadistas de genio no son teóricos que conocen a profundidad una disciplina y que, por fidelidad a ese conocimiento abstracto, imponen sus lecciones al mundo. No son los técnicos que aplican un recetario, sino los habilidosos que perciben la textura del presente. Para incidir en el mundo, para transformar la realidad era menos importante la idea que el tacto. Un político debía ser capaz de palpar el carácter único de la circunstancia, entender las complejidades del momento, percibir el sentido del tiempo, leer el carácter de sus contemporáneos, anticipar aquello que apenas se insinúa, percatarse del peso de las inercias y advertir las primicias. El juicio político, escribía Berlin en un ensayito que publicó Vuelta en noviembre de 1996, es una sabiduría práctica. Una forma de la sensibilidad antes que una expresión de la inteligencia.

Durante los primeros meses de su presidencia, Andrés Manuel López Obrador ha dejado en claro la agudeza de su olfato y, al mismo tiempo, la amplitud de sus cegueras. El sentido de realidad del presidente se muestra, por decirlo de alguna manera, escindido. Por una parte, se advierte una extraordinaria capacidad para abrazar el clima emocional del país y para construir las bases políticas de un nuevo régimen. El presidente habla el lenguaje del momento y planea meticulosamente la fundación de una nueva política. Al mismo tiempo, se desconecta de la realidad, huye del mundo. Pemex vive su mejor momento en décadas, dijo en una de sus frecuentes excursiones al planeta de la fantasía. El presidente se refugia una y otra vez en sus cantaletas para no enfrentar el fastidio de los hechos incómodos. ¿Para qué tomarse la molestia de examinar el documento desafiante, si se le puede ignorar o, mejor, aún, si se puede despedazar el alegato con alguna frase hecha? Sabemos bien que a los críticos los agrede o los ignora. Quizá lo más grave para su propio gobierno, lo más revelador de su estilo político es que a los hechos que se salen de su libreto los lanza, de inmediato, al basurero. No son hechos sino mentiras de los enemigos. El intolerante que es incapaz de reconocer la dignidad moral de quien lo cuestiona, está dispuesto a cerrar los ojos ante lo que le desagrada. Quien se inserta habilidosamente en la coyuntura también se da a la fuga.

El presidente se percata de la fibra esencial de nuestro tiempo: la furia antioligárquica. No es, por cierto, un fenómeno mexicano sino mundial. La rabia contra las élites define la política en todo el planeta y López Obrador entiende a la perfección esos resortes. Por eso su mensaje es tan persuasivo y lo es de modo tan profundo: su distancia de las élites y de sus viejos rituales es real. Representa una política cercana, accesible; radicalmente distinta a la previa. El presidente toca y abraza a los suyos. Se deja querer. Es querendón. Disfruta como nadie el horno de las multitudes. Lo que le resulta inaceptable es la aparición de un hecho que se rebele a sus deseos.

Al político perceptivo y sensible lo niega el político ideológico que ve el mundo como la elemental batalla del pueblo contra sus enemigos, los malditos neoliberales. En ese trazado épico se borra cualquier complejidad. El mundo pierde entonces su riqueza, su variedad, su coloratura para volverse tontamente binario. Una excusa para no pensar. Cuando la etiqueta neoliberal se fija a una persona, una idea, una institución, no hay nada más que hablar. Esa persona, esa idea, esa institución están podridas.

El político del que hablaba Isaiah Berlin comprendía, quizá instintivamente, el misterioso vínculo entre decisión y consecuencia; entendía los complejos resortes que atan al acto y el efecto. Pero el sentido de realidad de López Obrador es otro. Su voluntad lo es todo y el símbolo es lo que verdaderamente importa. La configuración detallada y precisa de las políticas termina siendo irrelevante frente a la seducción de lo imaginario. El voluntarismo, esa religión del deseo, termina siendo una negación de la realidad y de la responsabilidad.

Empapado de realidad, López Obrador, se fuga una y otra vez de ella.

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04, Mar 2019

El poder ante la nada

No hay más brújula que la presidencial. No hay en el país otro instrumento de orientación pública. Todos nos ubicamos en el espacio a partir de las señales que de ahí surgen. Todos viéndolo a él. Escuchándolo a él. Alabándolo o condenándolo. Reaccionando a lo que él dice y deja de decir. Sus ceremonias son, sin duda, eficaces: el presidente es el único generador de sentido. Ahí el norte y sur, el pro y el contra.

Su presencia es abrumadora. Todos los días se hace sentir su poder. Más que como poder de decisión se presenta como un poder de fabulación: el presidente convertido en el gran narrador que todas las mañanas nos relata el cuento que somos. El poder se ubica en la voz de un hombre que no ha guardado silencio un solo minuto. El presidente habla y parece que solo el presidente tiene voz. Si alguno de los suyos habla es bajo la severa vigilancia del presidente. Al hablar, sus ministros sienten la respiración del jefe en el cuello. Sin descanso, la voz presidencial denuncia los horrores del pasado y celebra las maravillas del futuro inminente. Anuncia programas, aplaude la nueva era de México, señala a los traidores, da consejos de crianza, predica, extrae lecciones de la historia, insulta, se burla de los otros y los consuela. Todos los días, la voz del presidente. Y frente a esa voz, la nada.

De esa nada hay que hablar. De la nada en que se convirtió la oposición desde julio. De la nada que nada ha entendido desde entonces. De esa nada que hoy nada propone. De la nada que se empeña en ser menos.

El vacío de la oposición es la marca más preocupante de la nueva política. El problema que enfrentamos no es la aparición de un gobierno mayoritario. Tener un gobierno que tenga el respaldo de la mayoría de los votantes y el apoyo de la legislatura puede tener sus ventajas: despeja el terreno para las decisiones, aclara la responsabilidad, alienta, en principio, la eficiencia. La formación de un gobierno mayoritario permite escapar de la política de los vetos, esa que con tanta facilidad se convierte en política de atascos, extorsiones y complicidades. Pero aún un gobierno de despejada mayoría necesita una oposición sólida que se prepare para el relevo. Una oposición atenta, capaz de ofrecer alternativa y dispuesta a señalar errores y abusos. Una opción que exponga a la opinión pública otra manera de entender la política, que ofrezca otro relato, que dibuje otra posibilidad.

No se ve por ninguna parte esa alternativa que haga sombra al gobierno, que siga con atención sus pasos para hacer públicos sus tropiezos, que le dispute al gobierno el monopolio del relato público. No hay oposición que vigile, que explique, que cuestione, que destape y que critique. No se escucha la voz de las oposiciones y si aparece de pronto, resulta irrelevante. Las minorías siguen, al parecer, lamiéndose las heridas de julio. Saben bien que, en buena medida, se provocaron su propia desgracia y no se atreven a afrontar su propia crítica. Quisieran pasar página, pero no podrán hacerlo si no encaran la responsabilidad que les corresponde. Por ello no pueden levantar la cabeza. Por ello siguen pasmadas. Despistadas y disminuidas, se esconden en sus sótanos. La única esperanza que tienen es llegar a cosechar el error de los otros. No encuentran más palabra que el lugar común. La frase gastada, el lema hueco. Temen el aire libre, les aterra el futuro. Continúan pagando la cuenta de sus despropósitos y no logran dar el salto al presente. Las oposiciones saben bien que los votos no solamente les quitaron poder. La derrota de julio no fue una derrota ordinaria. El castigo sumió a los partidos tradicionales en la más profunda crisis de identidad de su historia. Se trata de una crisis de sobrevivencia. No exagero. Los interrogantes son complejos: ¿cómo reinventarse en el nuevo régimen? ¿Cómo lidiar con un liderazgo tan potente y tan disruptivo como el de López Obrador? ¿Qué hacer con el pasado propio? ¿Cómo encarar el magnetismo de la nueva hegemonía? ¿Hay espacio para la reforma o es necesario disolverse para inventar algo nuevo?

Lo cierto es que murió el sistema de partidos. Murieron los defectuosos equilibrios de la transición. Tenemos frente a nosotros a una nueva mayoría con ambición hegemónica. Una situación de partidos que, por imbatible que parezca ahora, no podemos dar por consolidada.

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25, Feb 2019

El destello del Congreso

La política mexicana dio un giro insospechado. Hace unos días el Senado abrió una puerta al diálogo. El legislativo interrumpió el soliloquio del nuevo presidencialismo para hacernos recordar que ni la elección más enfática puede borrar la pluralidad mexicana. Es importante apreciar el sentido de la sorpresa, las condiciones que la hicieron posible y las perspectivas que abre para el futuro inmediato.

El acuerdo del Senado que modifica sustancialmente la propuesta que el Ejecutivo hizo para configurar la Guardia Nacional, recupera para la legislatura un papel que parecía eclipsarse en los tiempos de la mayoría aplastante. A pesar de la insistencia presidencial, a pesar de las amenazas que se escucharon a la víspera de la votación, eso que llamamos “cámara alta” supo escuchar las inconformidades y logró un consenso sorprendente para impedir la consagración militar. Lo han reconocido los críticos más enérgicos de la propuesta original. El Senado escuchó, las oposiciones se coordinaron estratégicamente, las organizaciones aportaron propuestas razonables. Nadie fue arrollado, nadie fue ignorado. Todos los senadores dieron su respaldo a un documento de consenso auténtico.

No celebro la unanimidad. No suele ser la conformidad absoluta señal de salud democrática. Lo que vale reconocer en este caso no son los votos, sino el proceso de deliberación parlamentaria. Más allá de lo importante que es para la causa de los derechos el haber impedido (por el momento) la constitucionalización del militarismo como buscaba el presidente López Obrador, la intervención del Senado es muestra de que otra política es posible. Una política que reconozca la aportación de los conocedores, que aprecie el valor la crítica y el mérito del diálogo. Es estimulante el proceso reciente. El Senado abrió las puertas a los sospechosos y todos salimos ganando. Quienes reciben cotidianamente el insulto matinal del presidente fueron los arquitectos del pacto en el Senado. Especialistas, organizaciones no gubernamentales, representantes de la sociedad civil, escépticos y críticos de la “Cuarta Transformación,” opositores. A ellos debemos la modificación de una iniciativa que ya había sido aprobada por la Cámara de Diputados. A los machuchones, a los fifís, a los hipócritas conservadores, pues, debemos la sorpresa de la enmienda. Lo que es digno de registrar es que, al parecer, no se extendió por los pasillos de la asamblea la peste de la reacción. Se escuchó a los expertos y nadie se contagió de elitismo antinacional. Se atendió a las organizaciones sociales y no se tiene registro aún de que el conservadurismo se haya propagado. La lección para el nuevo régimen podría ser valiosa: los otros tienen algo que decir.

La sorpresa de la semana pasada no hará verano. Una reforma constitucional exige un acuerdo extraordinario. Lo excepcional y lo digno de ser reconocido en este caso es que, en primer lugar, la mayoría en el Senado estuvo dispuesta a escuchar a los críticos de la iniciativa presidencial y que, en segundo lugar, las oposiciones lograron mantener un frente común que no era un simple rechazo, sino una activa disposición a encontrar un acuerdo. Observamos el compromiso de legislar en pluralismo. La siguiente prueba será tan importante como ésta: el nombramiento de la futura ministra de la Suprema Corte de Justicia. La mayoría calificada que es necesaria para aprobar el nombramiento, vuelve a darle un papel protagónico a las oposiciones. Ninguna de las abogadas que han sido propuestas por el Ejecutivo tiene la necesaria distancia personal y política del presidente para cumplir con las tareas de un juez constitucional. Esperemos que la experiencia de la Guardia Nacional sirva para proteger la autonomía y la dignidad del último órgano del Estado y rechazar la terna enviada por el presidente.

El proceso senatorial deja, a mi entender, una enseñanza clara: la navaja del populismo que corta en dos al país es, no solamente nociva sino absurda. Un país complejo no puede ser gobernado con el maniqueísmo de esa epopeya del Pueblo bueno contra los siniestros mafiosos. En el Senado se rompió la estampa del populismo. Se nos presentó con claridad y elocuencia la estampa contraria: la de la pluralidad.

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18, Feb 2019

La lista

A principios de la semana pasada, en el Palacio Nacional, el presidente de la república da cuenta de una lista de traidores. Funcionarios que conspiraron para destruir la industria eléctrica del país. Significativamente, se sirve de un hombre desvergonzado y sin prestigio para dar lectura al nombre de los infames. “Le voy a pedir al licenciado Bartlett que les dé a conocer los nombres de los funcionarios que han trabajado y trabajan para las empresas particulares.” Su subordinado reitera que la difusión de la lista es una orden del jefe del Estado mexicano: me encarga el presidente que recordemos el nombre de quiénes han destruido a la CFE. Así empieza a leer la lista de los villanos. No se toma la molestia de verificar cargos y responsabilidades. Se equivoca en los tiempos en los que ocuparon puestos, confunde fechas y oficinas, pero aún así procede a leer la lista de la infamia.

Desde el centro del poder nacional, ante todos los medios de comunicación del país, el hombre más poderoso de México da la instrucción para destrozar la reputación de un grupo de mexicanos. Adelante, dijo: lea usted los nombres. Son los traidores. Son los inmorales. Son quienes cometieron faltas imperdonables. Vulneraron el interés de la patria. Colocaron su ambición por encima del deber. Que los conozca el mundo para que dé la espalda a los miserables. Para que les escupa y se les destierre. Ningún otro propósito tiene la publicidad de esa nómina. Se trataba de arruinar el prestigio de un grupo de mexicanos. Marcar su rostro y su cuerpo con una seña de deshonra. Mancharlos, estigmatizarlos. Todo el poder de la presidencia en contra de un grupo de ciudadanos que no puede defenderse de la agresión. ¿Qué defensa puede esgrimir un particular en contra de una embestida presidencial de esta dimensión? ¿Quién tiene una tribuna semejante a la que ocupa el presidente cotidianamente? ¿Quién cuenta con los poderes que ejerce el presidente más poderoso de la historia reciente del país? Una acusación del presidente López Obrador es una denuncia, un veredicto y una condena. Un monstruoso abuso de poder.

¿Y de qué se les acusa? De haberse apartado del código moral del Amado Líder. Eso. Ninguno de ellos recibe una acusación legal. Nadie enfrenta un proceso jurídico, nadie tiene oportunidad de defenderse en tribunales para limpiar su imagen. El jurado y el verdugo son el propio presidente de la república. Es sólo él quien ha inventado la infracción moral. Los acusados no han cometido delito alguno. Cumplieron, hasta donde puede saberse, con sus obligaciones legales. Acataron las reglas del derecho que son las únicas cuyo cumplimiento puede exigir el poder público a los ciudadanos. ¡Pero pecaron! Todos esos funcionarios fueron tentados por el mal y cayeron en el vicio. El puritano los llama pecadores, inmorales. Ese lenguaje de inquisidor implacable ha vuelto al discurso público: quienes aparecen en la lista de la deshonra no cometieron delito pero, a juicio del inquisidor, actuaron “inmoralmente.” Por eso lanza a los pecadores a la jauría. Incapaz de construir un argumento legal en su contra, los mancha para provocar su deshonra.

Al inquisidor le tiene sin cuidado el marco de lo jurídico, ese trazo que todos conocemos y que delimita con razonable precisión los límites de lo lícito. Su engreimiento moral lo faculta para lanzar acusaciones que no tienen más fundamento que su prejuicio. Así aparece cotidianamente en la plaza pública para fustigar al traidor que no se ajusta a su código personal. Nuevo ataque al orden cívico: despreciar la ley acordada para invocar la moralidad del caudillo.

Lo que sucedió la semana pasada en la conferencia de prensa del presidente de la república es gravísimo. El presidente empleando su gigantesco poder para aniquilar moralmente a sus adversarios. La tribuna presidencial empleada para promover una cultura de linchamiento. Esta es la lista de los miserables: que el pueblo noble, sabio y bueno actúe como crea conveniente. Cuando el presidente habla no habla un ciudadano cualquiera que expresa su punto de vista. La palabra presidencial tiene un impacto directo en la vida de las personas que nombra. La voz del poder no puede ser la voz de la inquina personal y del odio.

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11, Feb 2019

Antidemócratas

El liberalismo predominante se obsesionó a tal punto con el populismo que llegó a ignorar el peligro que lo acechaba desde el extremo contrario: la antidemocracia. Se fue asociando de este modo a una doctrina que buscaba domesticar al poder político, al tiempo que imaginaba a los poderes económicos como adalides de libertad que debían permanecer salvajes. Que los beneficios se concentraran en una cúspide cada vez más estrecha era obra de la naturaleza. Sólo los ignorantes podían oponerse a la inclemente mecánica de la realidad. Frente a la desigualdad, resignación. El discurso liberal se mutiló, renunciando a la riqueza de su propia tradición. La doctrina de la sospecha se convirtió en el alegato de la élite en defensa de sí misma. El liberalismo dejó de ser un cuerpo de ideas punzantes para ser ideología. Una versión de la ciencia económica se convirtió en la única fórmula razonable de comprender lo social. En su pizarrón podían resolverse todos los enigmas. De ahí habrían de surgir todas las órdenes. Solo quedaba aplicar las recetas y esperar el beneficio de los siglos. No debe extrañarnos que, tras estas perversiones, el liberalismo oficial se haya convertido en el manual de modales de la oligarquía mexicana.

Me he topado en estos días con un argumento que captura ejemplarmente esa perspectiva antidemocrática. Son las líneas de un hombre que hasta hace poco tiempo era un destacado funcionario gubernamental y que, desde que dejó las responsabilidades administrativas, ha participado con entusiasmo en el debate público. Me refiero a un hilo de comentarios de Aristóteles Núñez en tuiter. Si me detengo en esta cadena de apuntes no es por su elaboración intelectual sino precisamente por lo contrario: por la cándida naturalidad con la que expresa una persuasión política. No tengo dudas de muchos coincidirán con sus palabras. Por eso vale detenerse en ellas.

Llegué a su diatriba antidemocrática por la enorme difusión que tuvo en el vecindario de esa red social la carta que Núñez dirigió al presidente López Obrador. La carta es un documento pertinente. Llama con buen tono a la prudencia y a la moderación. Critica decisiones que le parecen impulsivas y que de poco sirven a los propósitos del gobierno. Sin estridencia, pide estudio y mesura para orientar las decisiones de la administración. La carta es acompañada de una serie de mensajes testamentarios: Núñez se despide de tuiter y deja a sus seguidores un paquete de reflexiones finales. Son esas líneas las que exigen un comentario.

El exfuncionario encuentra a México detenido, incapaz de prosperar, presa de demagogos y farsantes. Quiere un país “exitoso” y advierte las muchas conspiraciones que lo impiden. Expone así una crítica al régimen democrático que es, simplemente, una denuncia del sufragio universal. Sí: a este Aristóteles también le resulta absurdo el principio de un ciudadano, un voto. Que no voten los ignorantes o que su voto pese menos que el de los mexicanos “exitosos”. Así lo plantea: “En el modelo democrático que nos rige, el voto del ignorante, del flojo o del subvencionado vale lo mismo que (el) del empresario o intelectual más exitoso del país. Por lo tanto, si la sociedad es ignorante, ganará la ignorancia, si la sociedad es apática, ganará el impulsivo.” Una perla. Pocos se atreverían a decirlo tan claramente. En pleno siglo XXI, un destacado miembro del grupo político recientemente desplazado se lanza en contra de la igualdad del voto. Así. Sin más. Que el voto dependa de los ingresos o de los diplomas y que, por favor, esos flojos no voten.

Desde luego, el interés público se ofrece como justificación. Se entiende que liberar a los vagos de la carga del voto terminará siendo en su beneficio. A juicio de Núñez, quienes no han conocido el éxito, los ignorantes y los mantenidos son incapaces de razón: el sentimiento y la emoción son los únicos resortes de su vida. Piadoso, sentencia: “Donde no hay comida, oportunidad, empleo o satisfacción, no cabe la racionalidad.” La disyuntiva no puede ser más clara: nosotros pensamos, ellos gimen. Nosotros conocemos, ellos viven enjaulados en la ignorancia. Como el populista quiere deshacerse del liberalismo, los tecnócratas pretenden liberarnos del fastidio de la democracia. Quieren nuestro bien.

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04, Feb 2019

Filosofía del mecansogansismo

No estamos frente a la erosión de las instituciones. Hablamos de erosión cuando contemplamos un desgaste lento de las piedras o de la tierra. Es la constancia del viento o la terquedad del agua lo que, a lo largo de los años y los siglos, va carcomiendo poco a poco rocas y suelos. Eso es la erosión. Lo que hemos vivido en estos dos meses es un daño veloz y profundo al régimen institucional. En unas cuantas semanas se han debilitado de manera importante los órganos de la neutralidad y las cápsulas técnicas. La acumulación revela que el desmantelamiento de esas instancias es parte fundamental del proyecto político de este gobierno. Si las instituciones son un estorbo, hay que pasar por encima de ellas. Si los procedimientos obstaculizan las acciones de un gobierno con prisa, habrá que ignorarlos. Si los técnicos de antes lo hicieron tan mal, la preparación, el conocimiento es irrelevante. Lo único que importa es la fidelidad al proyecto. La lealtad es el nuevo mérito.

No idealizo el pasado. Sé muy bien que muchas de esas instituciones fueron capturadas, que se sometieron a la lógica de las cuotas, que se situaron en una condición de privilegio. Pero eran el germen de una administración profesional, el semillero de cuadros técnicos de gran competencia. Mucho invirtió (en todos sentidos) el Estado mexicano en esta ruta de profesionalización que prefiguraba un diálogo útil y prudente. Llegó a formar, sin lugar a dudas, un patrimonio público invaluable. Pero para la nueva administración estos cuadros son un fastidio. En su democracia no hay lugar para intermediarios, no hay posibilidad de conformar neutralidades, ni es en realidad, valiosa la técnica.

La aplanadora del hiperpresidencialismo no solamente atropella el pluralismo institucional. También arrasa con la deliberación. Lo que importa es la voluntad del señor presidente: sus compromisos de campaña, sus anhelos. Nada que vaya en contra de los deseos del presidente tiene valor. Ningún estudio técnico que se aparte del dictado presidencial merece ser tomado en cuenta. Si alguien osa insinuar la inviabilidad de los caprichos del jefe, tendrá los días contados. Regresamos a la presidencia axiomática: todo deseo del presidente es incontrovertible. Si lo desea el presidente no requiere demostración. No hay razón que pueda estar por encima de la razón presidencial. No hay argumento que pueda rebatir los deseos del presidente. No hay órgano que pueda ponerle freno. Lo ha expuesto el propio López Obrador con todas sus letras. Sus proyectos más queridos “van porque van.”

Va porque va. ¿Qué lógica revela una afirmación tan categórica? Que la voluntad del presidente basta para determinar el futuro. Que sus deseos, por el hecho de ser suyos, no pueden enfrentar obstáculo alguno. Que es insensato y hasta ilegítimo pretender oponerse. Que todo aquel que pretendiera resistírsele, está condenado al fracaso. La expresión, desde luego, revela también los delirios de la omnipotencia: si lo quiero sucederá. Se cancela con ello, cualquier duda razonada sobre los méritos de la decisión, sobre sus costos y ventajas, sobre las alternativas disponibles. Va porque va: la arrogancia de un mando que no discute.

Contemplamos, como no lo habíamos visto en mucho tiempo, la soberanía del capricho presidencial. Nada ni nadie por encima de los antojos del amado líder. Si quiere hacer de un compadre el gerente de la empresa más importante del país, no importa que carezca de experiencia y preparación; si ha decidido destruir un proyecto de infraestructura, da igual lo que cueste y lo que adviertan las instancias técnicas internacionales; si ya soñó con regalarle una refinería a su estado, habrá que ignorar todas las advertencias en contrario. Esto es el despotismo de la ocurrencia. Un despotismo que hace cómplices a los pusilánimes que ha designado como colaboradores. Pánico sentiría cualquiera de ellos al contradecir al caprichoso del gran poder. Puede tener un nombre esta filosofía de gobierno. Escuchando el inagotable ingenio de su expresión, podría llamarse la filosofía del mecansogansismo. Mis caprichos, aunque perezca el mundo. Mis antojos, al costo que sea. Y a la basura, cualquier palabra que me los escatime.

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