Lunes

10, Ago 2020

La comedia del populismo

Hace unos días el presidente Trump concedió una entrevista al reportero australiano de Axios, Jonathan Swan. Es un retrato invaluable no solamente del patán que ocupa la Casa Blanca, sino de ese estilo argumentativo del populismo que se convierte, involuntariamente, en material cómico. Algunos videos han agregado tonaditas de comedia para subrayar lo risible, pero, a decir verdad, es innecesario. No hay que agregarle nada para registrar el valor cómico de su actuación.

El presidente Trump insistía, contra toda evidencia, que su país ha manejado admirablemente bien la crisis sanitaria y para ello sacó del guante un papelito que pretendió usar como prueba irrefutable. La gráfica que mostraba contrastaba casos y muertes, pero se desentendía de lo crucial: la proporción de muertes que toma en consideración la población. El orgullo de Trump es, por supuesto, absurdo. La clave para valorar la política sanitaria de un país es, en efecto, la cantidad de muertos por habitantes. Pero Trump se aferra al dato insignificante, como si pudiera salirse con la suya. Su cinismo es desorientación extrema. La máxima eficacia cómica aparece cuando el embustero se aferra a la mentira que nadie cree, cuando se desprende de todo estorbo de decencia para insultar al admirable y cuando se glorifica sin pudor alguno.

La entrevista parece, en efecto, entresacada de un programa cómico. El personaje es un sujeto sin ningún respeto por la verdad, un hombre de limitadísimo vocabulario que repite una y otra vez elogios a sí mismo y que miente con la naturalidad con que respira, exhibiendo reiteradamente su incapacidad para procesar la realidad palpable. Se describe como el hombre más valioso del universo, como el mejor jefe del mundo, al tiempo que revela su incompetencia, su ignorancia, su insensibilidad y su vanidad. Las afirmaciones de Trump no son, como las de tantos políticos, maniobras retóricas para encontrar el perfil más ventajoso. No son apuestas al olvido ni promesas que puedan llegar a incumplirse en un futuro próximo. Son mentiras grotescas y rotundas. Al momento que se emiten, son ya insostenibles. Son mentiras de un nuevo tipo, dice Masha Gessen, cuyo libro más reciente comenté hace poco. Son las mentiras que no tienen como propósito esconder o maquillar. Lo que buscan es demostrar que el poder lo tiene él y que por ello puede decir cualquier cosa. Decir, por ejemplo, que Estados Unidos lo ha hecho bien en la lucha contra el contagio, cuando es el país con mayor número de muertes en el mundo.

Digo que la entrevista parece acto de comediante, porque la disonancia entre las expectativas que tenemos de quien dirige un país y lo que expresa ese hombre no podría ser mayor. Negación flagrante de la realidad, utilización de datos absurdos para hilvanar argumentos insostenibles; un brutal desprendimiento afectivo que se aferra a sus limitadas fórmulas verbales. Ante la muerte de un admirado héroe de la lucha por los derechos civiles, el comediante tiene el atrevimiento de decir: ese fulano no vino a mi fiesta.

Las marcas de esa comedia trumpiana son, tal vez, señales del involuntario humorismo populista. Hay ahí riquísimos materiales para la comedia: apelar a una realidad alternativa que nadie más registra; invocar el mismo cuento sea cual sea la circunstancia; aferrarse al extravío denunciando que el resto del mundo está perdido y conspira contra la justicia; emplear un discurso de identidad que se desprende de cualquier consideración lógica; venerar la estatua del caudillo que encarna al Pueblo, la Historia y la Moral. Nuestro standup matinal sigue una pista parecida. La función cotidiana del egocentrismo es el espectáculo de un hombre perdido que no se da cuenta que está perdido. Un hombre que ha dejado de saber qué suelo pisa y que repite, como si fueran hallazgos de su creatividad genial diez frases y cuatro cuentos. En cada función, el protagonista reclama para sí el sitio de la inmortalidad, al tiempo que muestra su inhabilidad para formar un equipo y administrar un presupuesto. Y así pregunta el comediante supremo: ¿de qué se quejan los burócratas si no tienen una computadora? ¿Protestaba Benito Juárez por la calidad del internet? (Las risas que se escuchan no son grabadas porque las aportan sus patiños.)

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03, Ago 2020

Sobrevivir la autocracia


Hace casi cuatro años, el New York Times pidió a una serie de periodistas extranjeros una reflexión sobre la elección de Donald Trump. ¿Cómo se veía ese acontecimiento desde fuera? Una de las miradas que el diario convocaba entonces era la de Masha Gessen. Gessen había vivido entre Rusia y los Estados Unidos, había publicado una biografía de Putin y participado en las luchas de la comunidad LGBT en ambos países. Bajo la amenaza de perder la custodia de su hijo por la legislación homófoba del autócrata ruso, se instaló definitivamente en los Estados Unidos. Pero su refugio pronto empezó a parecerse a su lugar de origen. Con horror vio el ascenso del millonario neoyorquino y anticipó que tendría altas probabilidades de ganar la presidencia. Veía en Trump a un remedo de lo que vio y padeció en Rusia. Trump no era simplemente un demagogo. Un patán oportunista, sin el menor sentido de la decencia. Era el primer hombre que se había postulado abiertamente para ejercer de dictador de los Estados Unidos.

Gessen, quien se define como persona no binaria, escribió el artículo que le había solicitado el New York Times, advirtiendo precisamente eso: Trump es un autócrata y representa un peligro serio para la democracia de los Estados Unidos. El diario consideró que el texto era alarmista y que la mera consideración de que la sacrosanta democracia norteamericana fuera mortal, resultaba indigna de aparecer en las páginas de opinión del diario. Por ello, el periódico dio las gracias a Gessen y rechazó el texto. Lo publicó poco tiempo después el New York Review of Books y se convirtió en uno de los ensayos más leídos de su historia. Millones escucharon en línea su grito de alarma. Se trataba de un instructivo para sobrevivir la autocracia. De su experiencia en Rusia, Gessen extraía deberes cívicos elementales. Había que creerle, en primer lugar, al autócrata. Hay que tomarse en serio sus palabras. Cuando dice que tiene la intención de poner a sus opositores tras las rejas, cuando habla de golpear a los críticos en sus manifestaciones, cuando inventa sus propios datos, hay que escucharlo. Quien no respeta la dignidad de los demás, quien entiende el poder como despliegue de fuerza es un autócrata, aunque use las plataformas de la democracia. Por eso no hay que normalizar el trato con el autócrata y mantener viva la flama de la indignación.

Aquel artículo se ha convertido en un libro crucial para entender nuestra era. Sobreviviendo la autocracia, es el título. El candidato a dictador se exhibe cada día con mayor claridad. Todo autócrata sueña con la crisis que le permita desentenderse de las reglas, los hábitos y los procedimientos democráticos. Una urgencia, un enemigo que permita poner fin a los miramientos liberales. La crisis llegó como una emergencia sanitaria y, al tiempo que ha exhibido la ineptitud del gobierno norteamericano, ha revelado también sus reflejos autoritarios y abiertamente fascistas. En México lo vio muy pronto Letras libres. Temiendo el resultado de la elección inminente, dedicó su edición de octubre de 2016 al “fascista americano.”

La reacción del presidente Trump ante las protestas antirracistas que hace un par de meses recorrieron las ciudades de los Estados Unidos desde fines de mayo fue una “escenificación del fascismo” dijo Gessen. El teatro presidencial se ajusta a la retórica y a la estética fascista. Ver el poder como la fuerza de un ejército que impone orden a golpes y que atemoriza a los manifestantes con el sobrevuelo de los helicópteros militares. Y el jefe del gobierno caminando con un grupo de leales a las puertas de una iglesia para levantar la mano derecha y enseñar una biblia.

En días recientes han sonado desde la Casa Blanca dos amenazas gravísimas. Primero le advirtió a un periodista de la cadena Fox que no puede comprometerse a reconocer los resultados de la elección de noviembre si estos le son desfavorables. El presidente grita todos los días que el correo que usarán millones para votar no merece confianza y amenaza con desconocer los resultados de la elección de noviembre. Esta semana ha dado un paso más sugiriendo que la fecha de las elecciones podría aplazarse. No hay precedente de esas dos amenazas: desconocer los resultados de la elección o posponerla hasta la fecha que al autócrata le convenga.

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28, Jul 2020

La tarea de la Fiscalía

La fiscalía federal tiene una responsabilidad enorme en la conducción del proceso contra el exdirector de Petróleos Mexicanos. Las acusaciones tocan el núcleo del viejo poder. La manera de competir en elecciones; el uso de los recursos públicos y el modo de lidiar con las oposiciones. Dinero ilegal para financiar una campaña; recursos públicos para beneficio privado y, de acuerdo a la revelación reciente, compra de votos en el Congreso. Corrupción electoral, administrativa y política. Sucio el acceso al poder, sucia la gestión pública, sucio el trato con los legisladores. No es fácil encontrar un caso semejante en la historia reciente. No solamente por la gravedad de los cargos y la vastedad de su impacto, sino también por la disposición del acusado para colaborar con la fiscalía y aportar elementos que muestren la red de corrupción del gobierno de Enrique Peña Nieto. La oportunidad es extraordinaria. Los riesgos también son enormes: la investigación puede pervertirse políticamente, puede ensuciarse con revelaciones indebidas, puede usarse más para el estigma genérico del pasado que para la severa aplicación de la ley. El país merece una investigación y un proceso ejemplares.

La lucha contra la corrupción, bandera fundamental del gobierno de López Obrador, tiene en este caso su prueba definitiva. Esa política no puede quedar en la prédica cotidiana del presidente ni en sus invitaciones a portarnos bien. La lucha contra la corrupción no avanza con parábolas y sermones. No camina con soplos y filtraciones a conveniencia del poder. La lucha contra la corrupción necesita verdad y castigos. ¿Marcará el caso del antiguo director de PEMEX un cambio histórico?

Me parece promisorio, por una parte, que el caso de Lozoya permita terminar con las purgas que se convirtieron casi en un rito de inauguración presidencial. Cazar a una figura relevante para mostrar determinación política, pero detenerse en el símbolo sin abordar el complejo arraigo de la corrupción. El caso que tenemos en frente anuncia otra cosa. Mi cliente no se mandaba solo, decía el abogado que lo representó hasta hace poco. No es absurdo anticipar por ello que las acusaciones desemboquen tarde o temprano en el expresidente de la república y alguno de sus colaboradores más cercanos. Lo importante del caso es que puede ser el hilo que descubre y prueba la intrincada madeja de corrupción. Romper el tabú de la presidencia intocable, terminar el cuento del pillo solitario sería, sin duda, un cambio histórico para México. A la Fiscalía le corresponde fundar una acusación sólida que explore todas las conexiones y complicidades del caso.

Por otra parte, hay también elementos inquietantes en la manera en que se ha conducido el proceso. Poca transparencia, filtraciones, comentarios indebidos del presidente de la república. Las filtraciones que han trascendido parecen la redacción de un libreto por encargo. Un golpe dirigido a los enemigos del anfitrión que recibe generosamente a un invitado. Habrá que ver si aparecen efectivamente pruebas de las acusaciones que se han hecho públicas, pero hasta el momento, resultan, por decir lo menos, extrañas. Me llama la atención, por ejemplo, que los legisladores del partido “verde”, esos cínicos que han bailado siempre al compás del ganador y que ahora son aliados del gobierno, no son acusados por el delator de ninguna conducta impropia en las negociaciones del pacto por México y que el golpe de las filtraciones se dirija casi en exclusiva a los enemigos sobrevivientes: el PAN de ayer y de antier.

La captura de un funcionario no es justicia Tampoco lo son la nube de acusaciones y filtraciones que hemos conocidos en las últimas horas. Todo eso puede ser buena munición política. Para el gobierno es una bolsa de oxígeno ante la catástrofe sanitaria, económica y de seguridad que enfrentamos. Un arsenal invaluable para la batalla electoral que está a la vuelta de la esquina. Para las oposiciones, si es que todavía puede hablarse de que existen, es un nuevo golpe a su imagen pública. Pero más allá del uso político del caso, es necesario exigir un proceso irreprochable que llegue al fondo de la cuestión: que nos acerque a la verdad y que castigue a los abusivos. No se necesita ninguna consulta para exigir que la ley se aplique a todos por igual.

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20, Jul 2020

La realidad y el relato

La realidad no cabe en el relato oficial. Ese es el drama del lopezobradorismo: su épica no corresponde a la circunstancia. Insiste en el cuento de la historia de bronce, ese cuento del pueblo bueno contra las élites podridas, pero lo que marca el presente no tiene nada que ver con esa fábula. Nos mata un microbio que no es un hijo de Salinas de Gortari. Nos amenazan criminales que no cometieron la traición de estudiar fuera de México. Y sin embargo, el presidente sigue empeñado en fustigar a esos enemigos. El país tiene urgencia de una política pública y recibe sermones. El Estado es amenazado públicamente y el presidente de la república dirige su furia contra los intelectuales que firman un desplegado en su contra.

El populista termina secuestrado por su cuento. Renuncia a abrir los ojos y le entrega su inteligencia a una fábula. En su imaginación no hay más que un drama que se repite siempre en el tiempo. Liberales contra conservadores en eterna pugna, dice el presidente. Los siglos pasan, pero el conflicto sigue siendo el mismo: el Pueblo bueno buenísimo enfrenta a los malos malísimos. Hidalgo es Juárez es Madero soy yo. El ejército realista fue a buscar a Maximiliano para apoyar luego Porfirio Díaz, sostener el neoliberalismo y a combatirme a mi.

El cuento puede servir, tal vez, para un mural de escuela y para sostener el discurso de una campaña pero no funciona para lidiar con la realidad desde el gobierno. El vocero de la estrategia sanitaria ha hecho malabares para dar satisfacción al jefe. La ideología está cada vez más presente el discurso de quien alguna vez se presentó como técnico. Es el veneno de los neoliberales el que nos ha hecho vulnerables al virus. La respuesta al peligro sanitario se contamina muy pronto del litigio político. Los críticos no son personas con perspectivas distintas sino calumniadores con intenciones perversas. Así lo dice una y otra vez el vocero gubernamental siguiendo la orientación del presidente. Quienes cuestionan nuestros datos, quienes critican la estrategia lo hacen por motivos inmorales.

Lo que me parece notable es que precisamente el espacio que se ofreció originalmente como centro de decisión científica ha terminado como otra plataforma ideológica. Lo podríamos constatar comparando el tono de las primeras conferencias del subsecretario de salud y las presentaciones recientes. Si en un primer momento parecía una plomada de razonabilidad científica, hoy es otro jilguero más de propaganda oficial.

Igualmente grave es la incapacidad para entender el desafío de la violencia. Esta semana, ante un cuestionamiento claro sobre la violencia de género, el presidente de la república se fugó al cuento de hadas en el que ha decidido instalarse. Las cosas ya no son como antes, hemos resuelto las condiciones que provocaban la violencia, vivimos ya en el México de la fraternidad. La desconexión entre el cuestionamiento de una periodista insistente y la quimera presidencial es asombrosa. Los hechos son ignorados porque lo que cuenta para el presidente es la fábula del renacimiento de México y no la fastidiosa realidad. El país es ya otro y en consecuencia, ya no hay motivos para la violencia.

Andrés Manuel López Obrador dejó Los Pinos para residir, no en el Palacio Nacional, sino en el mural de Diego Rivera. En esa historia cree, esa política ve. Y por eso no puede vero lo que no cabe en la reducción pictórica del ideólogo. No puede entender que para combatir un contagio mortal hay que poner de veras la ideología afuera, hay que proyectar un mensaje coherente, hay que orientar con el ejemplo. No entiende tampoco que el crimen organizado es indiferente a las bondadosas intenciones de un presidente y el supuesto fin del neoliberalismo.

Pero el presidente que no se usa cubrebocas insiste en llevar tapaojos.

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18, Jul 2020

El conflicto conjurado

La crítica no puede darse el lujo de ignorar la circunstancia que comprime el espacio de la decisión. Tiene sentido comparar la acción con el ideal, pero es necesario también advertir el peso de las restricciones reales e imaginar el escenario contrario. Pienso en la visita del presidente López Obrador a Washington. No parece haber sido la mejor ocasión para visitar a un candidato que busca la reelección. No es convincente el motivo que se ha expuesto para justificar el viaje y mucho menos el propósito de expresar gratitud al antimexicano. Pero la catástrofe que algunos temimos no se materializó. Puede decirse que la visita fue exitosa. Tendrá costos y beneficios que seguramente habrán de apreciarse a fines de año, tras la elección presidencial, pero la ceremonia de cordialidad que contemplamos tiene, por lo pronto, consecuencias benéficas. Las tiene, sobre todo, si consideramos el viaje como el emblema de una relación que, a pesar de todo, se preserva y se cuida.

La reunión reciente, carente de acuerdos sustanciosos, pero cargada de simbolismo nos invita a imaginar el escenario distinto. La cordialidad, habría que decirlo, no estaba asegurada. Ambos son conocidos por su mecha corta, por la naturalidad con la que convierten el micrófono en instrumento de combate. Pero, lejos de haber entrado en pleito, se han entregado al cortejo y se llaman amigos. Si en algo ha ejercitado autocontención el presidente mexicano ha sido precisamente en relación a su contraparte. Subsisten sin duda tensiones y desacuerdos, hay agravios y desconfianzas. Pero con todo, el trato entre ambos facilita el entendimiento y es una de las poquísimas señales de certidumbre en el escenario mexicano.

Podemos hacer la crítica del viaje, de lo que se dijo y de lo que se calló; de las personas a las que vio el presidente y a las que ignoró. No creo que, habiéndose hecho el viaje, se haya logrado enviar el mensaje mexicano en los frentes en los que es importante proyectarlo. ¿En verdad debemos agradecer que el presidente Trump no nos dé trato de colonia? Las discrepancias con el viaje y sus eventos pueden ser muy amplias. Pero el argumento que me interesa plantear está en otro lado. Es el presente que se ha conjurado. ¿Dónde estaríamos si al caldo de los gravísimos problemas que tenemos, le agregáramos en estos momentos tensiones en el frente bilateral? Hagamos el ejercicio de imaginación para calibrar nuestra crítica. ¿Cómo estaríamos hoy si la relación entre los ejecutivos de las dos naciones fuera tensa y pendenciera? ¿Qué clima se respiraría en el país si la furia de los tuits trumpianos cayera en un presidente mexicano que lo rebate constantemente? ¿Qué efectos tendría el escuchar al presidente de México ejercitando el resentimiento nacionalista en contra de los yanquis de hoy y no en contra de los conquistadores españoles de hace quinientos años? ¿Qué efecto tendría una carta semejante a la que envió al rey de España, dirigida al presidente norteamericano recordando, quizá, el año de 1847? ¿Cuál sería la perspectiva económica de México si, a todos los contratiempos, agregáramos ahora la muerte del acuerdo comercial con los vecinos del norte? Pensar la política es siempre imaginar el escenario posible que no se materializa. La amenaza que no se concretó, la desgracia que se evitó. No es absurdo imaginar que, bajo el otro escenario, la campaña de reelección del presidente Trump sería el trofeo de un documento hecho trizas. Casi puede escucharse el grito del demagogo diciéndole a sus huestes: hace cuatro años les prometí terminar con el peor acuerdo comercial en la historia de la humanidad. He cumplido. Aquí lo tienen, diría mientras tira a la basura un gordo volumen con las letras “NAFTA.” Tampoco es difícil imaginar la respuesta de celebración: la muerte del TLC nos libera del último vestigio neoliberal: no tenemos por qué pensar en importaciones si en México lo tenemos todo. El cura Hidalgo nunca perdió el tiempo pensando en las cadenas de valor.

En el enjambre de tormentas, hay un terreno razonablemente despejado para México. Lo abre una prudente hipocresía diplomática: el desagradable entendimiento entre Trump y López Obrador.

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29, Jun 2020

Contra la balsa y el foro

El gran fracaso de la democracia mexicana ha sido el fracaso de la convivencia. No saber discrepar ni cuidar lo indispensable. Doble fracaso: no hemos sabido defender la tabla común ni perfilamos, con razón y apertura, el sentido de nuestras divergencias. México violento y enconado. Confundimos lo común, es decir, aquello de lo que depende la vida de todos, con lo parcial, esa opinión que es naturalmente debatible. No sabemos tampoco argumentar escuchando el otro argumento. Por eso nos carcomen los dos fuegos: el crimen y odio. La democracia, es en efecto, una forma de diálogo y no solamente una aritmética de papeles. No se reduce al juego de los poderes ni a la elección de los representantes. Es una manera de vivir juntos. Un delicado equilibrio entre la balsa de todos y los deseos de cada quien. No tenemos por qué estar todos de acuerdo en el rumbo, ni en el reparto de las cargas. Pero nos corresponde a todos cuidar que la tabla no se hunda.

El atentado de hace unos días contra el jefe de la policía de la capital no es un mensaje de intimidación al gobierno de la Ciudad de México ni una amenaza al gobierno federal. Es una amenaza a todos. En la capital diplomática de la capital política del país, una escena de guerra. La ostentación de la fuerza destructiva de los criminales, el alarde de su arsenal y de sus recursos de inteligencia, son una intimidación al país entero. Este no es un asunto del lopezobradorismo. No es una amenaza que puedan ver con indiferencia o hasta con cierta complacencia los adversarios del nuevo régimen. Se trata de un desafío de Estado. ¿Podríamos finalmente verlo en esos términos y dejar la politiquería para asuntos en los que no nos va la vida en ello? Este no es asunto ideológico, sino existencial. No es un frente más de la batalla entre el nuevo régimen y lo que había antes. Es la tabla de la sobrevivencia. Despolitizar la lucha contra los criminales es el primer paso. El reto tiene que unir a los partidos y a los gobiernos, aún en estos tiempos de extrema polarización. Para enfrentar a los delincuentes la política de estado debe elevarse por encima del encono de los últimos lustros. La unidad del país frente a los criminales no puede ser una simple sucesión de mensajes solidarios a quien sobrevivió la atrocidad. Debe ser la puesta en práctica de un pacto de Estado que el país no se ha atrevido a cumplir.

El atentado de hace unos días, la violencia que parece dispararse en muchas regiones del país, la provocación que escala aquí y allá deberían también motivar una reflexión sobre la seguridad del presidente de la república, su familia, su equipo. Fue un error haber desintegrado el estado mayor presidencial. Tal vez requería una reforma sustancial. Seguramente podría haberse reducido de manera importante. No lo sé. Lo que parece evidente es que el ejecutivo necesita de un equipo profesional que lo cuide. La seguridad del presidente no es un lujo ni una fantochería, como le gusta decir a él. La seguridad del presidente de la república no puede dejarse a la demagogia de la conciencia limpia y del pueblo que lo protege.

Además de cuidar lo común, respetar la parcialidad. Es inaceptable la criminalización de la crítica. Hace unos días, la secretaria de la función pública respondió a una denuncia periodística llamando sicarios mediáticos a sus críticos. Eso fue lo dijo una integrante del gabinete presidencial. ¡Sicarios! Gatilleros. Asesinos a sueldo. Usar esa metáfora en el México de hoy no es solamente grotesco, es peligroso. Es llamar matones a los periodistas. En ese mismo tono han escrito propagandistas del régimen en las últimas horas para hacer el paralelo entre los críticos del gobierno y los criminales que matan por encargo. Como si escribir un reportaje equivaliera a un atentado. Quienes ejercen la crítica son, en realidad, golpistas. Debemos reconocer que la secretaria es buena alumna de su jefe. No hay duda de que el tono de intolerancia lo ha marcado el propio presidente de la república cuando describe una y otra vez a sus críticos como golpistas que anhelan el regreso de la corrupción. El presidente se deleita al recordar el martirio de Madero para describir a sus opositores como zopilotes y para trazar, con poca sutileza, el paralelo entre la crítica y el magnicidio.

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23, Jun 2020

Del lopezobradorismo

Encuentro razón en las voces del oficialismo cuando advierten que los críticos del gobierno hablamos demasiado del presidente. Ustedes (dejo los adjetivos que suelen usar) denuncian la concentración del poder y no hacen más que hablar de López Obrador. Su entretenimiento es dedicarse a comentar lo que hace y lo que dice. Si alguien encumbra al presidente son sus críticos al convertirlo en obsesión. Pueden tener razón: lo más fácil para la crítica es tomar cualquier fragmento del circo matinal para exponer el absurdo. Criticando la restauración del hiperpresidencialismo, reproducimos tal vez la vieja cultura presidencialista que reduce la política a las señales que emite el Ejecutivo. La crítica es válida y me parece buena invitación para hablar del lopezobradorismo, más allá del caudillo. ¿Dónde está el lopezobradorismo? ¿Qué es?

Podríamos decir, en primer lugar, que no está en el gobierno. Hablar del lopezobradorismo no es hablar de ese gabinete de fachada que lo acompaña en las ceremonias y que tiene que capotear sus ocurrencias. Ese equipo de nulidades, del que apenas puede rescatarse al canciller que resuelve todas las emergencias, no representa más que el remanente de una estrategia de campaña. El gabinete se conformó para proyectar una imagen de moderación que no corresponde en lo más mínimo al perfil del gobierno y su proyecto de transformación. Para dar confianza a quienes veían en el candidato de Morena a un radical, se apostó por rodearlo de figuras francamente centristas. La fotografía del equipo del candidato parecía una selección de gobiernos previos. Una ministra de la Suprema Corte, algún foxista, colaboradores de Vicente Fox y de Ernesto Zedillo. Perfiles, en su mayoría, técnicos y negociadores. Más allá de la cartera de Energía y de la Función Pública, se perfilaba un equipo reformista y pragmático que ha quedado totalmente nulificado. La permanencia de estos funcionarios en su oficina no es señal de respaldo sino de desprecio.

El lopezobradorismo está en otra parte. Puede ser una fuerza electoralmente menguante, pero es la entidad política más sólida en el país. No hay nada que se le acerque en este momento. Su centro de unidad no es un proyecto, sino una persona. Sus defensores no se cansan de reiterarlo. En el bochornoso culto de la personalidad se muestra este carácter. Se trata de una singularidad inquietante. No hablo solamente del desagradable espectáculo de la adulación, del indigno acomodo de las convicciones para justificar cualquier dicho o acto presidencial. Me refiero a la restauración del personalismo como criterio de identificación política. El lopezobradorismo carece, precisamente por eso, de esqueleto ideológico. Una definición intelectual, a fin de cuentas, fija un rumbo y limita el capricho del dirigente. No busquemos en el lopezobradorismo un proyecto ideológico, un proyecto económico, una visión de la cultura. Ahí, francamente, no hay nada. Las frases que repite mil veces son eso: tonaditas que tal vez en algún momento sonaron bien y que hoy nada dicen. No hay un programa político que salga de la fraseología del mitin. La prédica económica tira a la basura la rica tradición intelectual que en la izquierda ha explorado durante décadas las condiciones materiales de la desigualdad, se desentiende de la discusión económica contemporánea y recurre a un moralismo bobo y cursi que confía en la trasmisión osmótica de la pureza. No necesita hacer una sola suma para repetir, convencido, que la austeridad multiplicará los panes. Un thatcherismo mocho.

Quiero decir que el lopezobradorismo no es un gobierno, ni es un partido ni una ideología. El lopezobradorismo es una fuerza política innegable porque encarna la emoción antioligárquica. Esa emoción, poderosísima y auténtica, conduce la vida pública mexicana. Estoy convencido de que carece de las políticas y de las ideas que harían falta para darle cauce a esa pasión, pero tiendo a pensar que, más allá de los resultados de la administración y del previsible fracaso de su estrategia, quedará como una energía protagónica en la vida política de México para las próximas décadas. El lopezobradorismo no terminará en el sexenio de López Obrador.

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15, Jun 2020

El sermón y la bravata

Cuando un político pierde el sentido del ridículo es que ha perdido contacto con la realidad. No encuentro otra palabra para describir la nueva perla de sabiduría presidencial. Para tiempos de extremo apremio, una ridiculez. Un mensaje que mueve a risa, a burla. Una involuntaria parodia a las patrañas de la autoayuda y el pensamiento mágico. Ante el virus que ha detenido al mundo, el presidente de México recomienda que seamos alegres. En la hora de mayor peligro sanitario en nuestro país, un llamado a sonreír y a ser optimistas. Comer verduritas, ser buenos y rezarle a algún santo. Ante la crisis económica más severa en varias generaciones, una oración de desapego.

Lo llama así, “decálogo,” no solamente porque sean diez propuestas. Es un decálogo porque al predicador del palacio, le parece digno de ser memorizado. La confianza con la que lee las sentencias, el tono sacerdotal del mensaje, incluso la repetición de algunas frases que le parecen especialmente profundas e imaginativas, revelan que, en efecto, piensa que su escrito es un versículo para el presente. La sabiduría de la emergencia, comprimida en diez cápsulas inmortales. Como cuando improvisó aquel ofensivo decálogo contra la violencia de las mujeres, sus subordinados se apresuraron a publicitarlo con ilustraciones. Hay manitas que rezan, caras sonrientes, relojes que nos despiertan para madrugar alegremente. Ante la revelación de los diez preceptos, los leales aplauden en simulación de entusiasmo por la nueva epístola. La comisaria del nacionalismo científico resolvió velozmente que la reflexión que generosamente ha compartido el presidente está libre de cualquier contagio neoliberal y que la Ciencia Nuestra lo respalda plenamente.

Igualmente ridículo, aunque mucho más dañino, fue el documento que se leyó en una matiné reciente. La presidencia no sabe de dónde viene, ni quién lo escribió, pero lo da a conocer. No da pistas sobre la confiabilidad del escrito, pero, de cualquier manera, lo expone. El evento es francamente ominoso. Desde el palacio de gobierno, se da lectura a un documento como si fuera la exhibición de una terrible conjura y se señala puntualmente a los sospechosos. Desde la sede del poder político, se nombran periodistas e intelectuales críticos, se alude a instituciones académicas, a organismos empresariales, a medios de comunicación e, incluso, a órganos de estado como parte de una conspiración. Ninguna ilegalidad se descubre, pero no importa. El apócrifo sirve para lanzar basura. No vale detenerse en la bobería del documento. Lo que cuenta es que la presidencia de la república emplee su tribuna para lanzar acusaciones vagas, para insinuar que sus críticos son desleales a la democracia, para insistir en el cuento de que sus opositores son, en realidad, golpistas.

Ningún periódico serio, ningún noticiero habría dado espacio a ese papel que el presidente pide que sea leído ante la prensa como si fuera relevante para la discusión nacional en tiempos de emergencia. Al presidente le divierte. Confiesa el placer que la causa la provocación. Le alegra la mañana imaginar el efecto que el chisme tendrá en quienes son nombrados como sus enemigos. Nadie puede creer que la lectura del documento sea de un acto de transparencia. Se trata, sencillamente, de una ostentación de poder. El presidente lee un documento que no merece la menor confianza porque puede hacerlo. Ese es el crudo mensaje que proyecta: el Palacio Nacional puede ser empleado para decretar la enemistad.

Ayer domingo, muy en contra de lo que sostiene el subsecretario de salud y lo que aconsejarían los propios datos oficiales, el presidente dio un mensaje en el que implícitamente desentendió a su gobierno de la crisis sanitaria. Cada quien a cuidarse por su cuenta. Esto ya no es un asunto de política pública, es cuestión de responsabilidad individual. Ya aprendimos a cuidarnos. ¡Es tiempo de salir y recuperar la libertad! Y cada quien, que asuma su riesgo. Sorprende el papel que el presidente imagina para sí mismo en la emergencia. No es un presidente que decide, que organiza, que dirige. Es un presidente que, al tiempo que evade las responsabilidades de gobierno, sermonea e intimida. Necesitamos un presidente y tenemos un párroco.

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08, Jun 2020

Exigencia a las alternativas

La incompetencia y la arrogancia del gobierno federal no otorgan pase automático a las oposiciones. Que el gobierno de López Obrador se haya convertido en una amenaza abierta a la salud pública, que sus políticas le aseguren al país una crisis económica profunda y larga, que su discurso hostigue constantemente a sus críticos, que su práctica corroa el tejido institucional del pluralismo no regala títulos de representatividad a quien lo cuestiona. Toda alternativa debe probarse en el debate público y en el ejercicio de la responsabilidad. No basta con ponerse del lado opuesto al poder presidencial. La tarea de la crítica es compleja y lo es aún más la construcción de alternativas políticas. Hay que ofrecer razones, hay que cultivar confianza, hay que conducirse con apego a las reglas que se pretenden cuidar. La severidad con la que hemos de juzgar al presidente debemos aplicarla también a quienes se ofrecen como alternativas a su proyecto.

A muchos nubla el ansia de encontrar, cuanto antes, antagonistas. Es entendible: al país le urgen equilibrios. Es tal el vacío de las oposiciones formales, es tan profundo el silencio del congreso, que cualquier liderazgo emergente es alabado por algunos como si fuera el descubrimiento de un salvador. Al primer atrevido que brinca a la plaza lo encumbran de inmediato como el héroe de la resistencia. Pero no basta levantar la voz y colocarse en el polo opuesto a la presidencia ¿Será que es ese el peligro profundo del discurso populista? ¿Que la simplificación de su retórica nos intoxica de tal modo que anhelamos una respuesta que sea, en el fondo, un remedo de aquello que se busca combatir? Me temo que la urgencia por ese paladín nos puede costar muy cara. Si actuamos con ese ímpetu, estaremos coronando charlatanes.

Diría lo mismo de nuestros medios. Para defenderlos hay que renovar la exigencia. Que sean espacios de crítica, que preserven autonomía, a pesar de los embates no los certifica como las entidades profesionalmente rigurosas que necesitamos en este momento para comprender lo que sucede. Nos hacen falta medios independientes que confronten al poder, que lo exhiban, que lo cuestionen, que lo ridiculicen. No hay otra forma que el rigor, la seriedad profesional, la acidez del juicio independiente. Precisamente por eso debemos reconocer sus rezagos. El espíritu de cuerpo que la agresión presidencial activa es también un impulso para desconocer las fallas propias. Mal haríamos respondiendo con esa ceguera. El hostigamiento diario desde el palacio es testimonio de la importancia del periodismo independiente. Precisamente por ese papel, nos toca exigir información sólidamente fundada, confiabilidad en los datos, atención a las distintas versiones. Veo en la verdadera crítica una incompatibilidad con el activismo militante y me preocupa que hacia allá caminemos. Mal haríamos al morder el anzuelo que el poder nos lanza. México no puede partirse en las mitades que corresponden al capricho presidencial.

Habrá, desde luego, quien piense que ante la brutal simplificación populista y frente a la entidad de la amenaza, requerimos de simplezas paralelas. Solamente hay que encontrar al antagonista y apostar a su victoria. No hay que ser quisquillosos, dirán. Es lo que hay. Creo exactamente en lo contrario. A las oposiciones, a los medios hay que curtirlos con exigencia y no con mimos. La única manera de salir del maniqueísmo oficial, la única forma de plantear alternativa es construyendo plataformas políticas y de comunicación que tengan un argumento más allá del anti. El antilopezobradorismo sigue siendo hoy un reflejo sin rumbo.

Por ello no cabe la condescendencia ante la política del gobernador de Jalisco, aunque represente al momento la única oposición franca desde un gobierno subnacional. No me parece que hasta ahora signifique una alternativa confiable porque, si puede decirse que fue un gestor responsable de la respuesta sanitaria, ha sido incapaz de atajar la crisis política que se ha desatado en su entidad. Sus desplantes y las balandronadas hacen ruido, pero no sirven para construir opciones políticas serias. No podemos dar pase automático a los ambiciosos que se apresuran para saltar al ruedo con la única bandera de ser el antagonista de Andrés Manuel López Obrador.

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01, Jun 2020

El romanticismo reaccionario de AMLO

La emergencia sanitaria ha acelerado la radicalización. Nada queda del pragmático alcalde de la capital. Nada queda del candidato que hizo campaña como un reformista moderado. El presidente no tiene ya interés en mantener diálogo con grupos independientes. Sin haber llegado al segundo año de gobierno, han quedado en ruinas los puentes del diálogo. La pandemia ha persuadido al presidente de que no los necesita y que hablar con ellos es una pérdida de tiempo. Le basta la fantasía que ha construido para evitar el fastidioso trato con la realidad y el aliento de los aduladores que lo envuelven.

Su desprecio del reformismo es antiguo. La historia a la que alude constantemente se escribe con fuego: grandes conflagraciones, batallas memorables de las que brota, luminoso, el futuro. Por eso ha creído el presidente desde siempre que en todo negociador se esconde un traidor y que todo moderado es un cobarde, un tibio que colabora para mantener en movimiento la rueca de la opresión. Durante algún tiempo, el político equilibraba ese radicalismo con gestos de inteligencia práctica. Ya no. El aliento revolucionario es cada vez más nítido y más enfático. Los más cercanos en su corte de halagadores lo celebran. Creo que hay tomar en serio este vuelco al radicalismo, aunque su inspiración sea profundamente reaccionaria. Y no lo digo simplemente porque su política sea, en términos mecánicos, una reacción al tiempo neoliberal, sino porque expresa un impulso antimoderno. Lo que el presidente imagina como el cuarto nacimiento de la patria encuentra fuente en el romanticismo reaccionario.

Quien quiera entender el perfil intelectual de este proyecto, debería leer los textos de Isaiah Berlin sobre el romanticismo político, antes que los cuadernos de la cárcel de Gramsci. El discurso oficial tiene, sin duda, tinte igualitario. Pero el horizonte imaginario de esa política es arcaico. Mucha nostalgia y poca imaginación.  Pensemos, por ejemplo, en lo que Berlin llama la “apoteosis de la voluntad.” El temperamento romántico es precisamente la afirmación de un deseo sin restricciones que enaltece al héroe. La política romántica es la epopeya de los grandes hombres que han roto las ataduras de la tradición y de las reglas y que así  inventan naciones cobijados por el amor de su pueblo. Todo lo pueden porque lo quieren de veras, porque no se desvían de la ruta que trazaron, porque son auténticos. No necesitan programa, ni estrategia: tarde o temprano, en esta vida o la siguiente, el mundo se rendirá a su deseo. En el indómito imperio de la voluntad política, reinan las intenciones. Para qué perder el tiempo midiendo el impacto de una política, para qué asomarse a las experiencias de fuera, por qué leer la ley, si mis intenciones son hermosas. Quien dude de ellas, es un traidor.

Identifica también Isaiah Berlin una economía romántica que rechaza cualquier idea de ley objetiva del intercambio por encima del control humano. Si el comercio y la producción tienen algún sentido no es la satisfacción de necesidades sino la elevación espiritual. Bajo la probidad, los panes se multiplican al infinito y es por ello innecesario, contar. Cuando hay recato, cuando se rechaza el lujo, todo alcanza para todos. La economía moral es eso: la evaporación de la economía.

El presidente elogia la estrechez del monasterio como vía de elevación moral de los ciudadanos. ¿Para qué tener más de un par de zapatos? En el interés está ya un impulso podrido que hay que rechazar en nombre de la felicidad del corazón. Y no deja pasar oportunidad para mostrar su desprecio al mundo profesional. Para el político romántico, la ignorancia es una recomendación y todo conocimiento sospechoso. Para ser de veras valiosos, el arte y la ciencia han de demostrar compromiso.

Esta semana, el embate del presidente llegó a extremos tan ridículos como alarmantes. A los científicos que han protestado por el sectarismo de su política científica y los brutales recortes thatcherianos, los acusó de porfiristas. El argumento es, en verdad, risible. Que a los abogados y financieros de aquel régimen les hayan puesto el mote de científicos, no significa que lo hayan sido. Pero en la fantasía conspiratoria del presidente, los matraces y las cápsulas de petri son arsenal para los golpistas.

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25, May 2020

La ceguera de la impaciencia

La pandemia nos ha inundado con profetas. Los vaticinios llegan de todos lados. Los adivinos, al parecer, desayunan con el futuro y nos cuentan con gran soltura como será el mundo dentro de unos años. Nos adelantan el perfil de la nueva escuela y el color de la política del futuro. Saben quién ganará las elecciones y cómo se transformará el cortejo. Anticipan con plena certeza los entretenimientos y los rituales del mañana. Con buen juicio, Mark Lilla, el polémico crítico liberal, ha levantado la voz contra esos tecnólogos, políticos o chateadores que nos propinan futurismo. Tal vez habría que aprender a guardar silencio. Si todos saben cómo será el mundo después de la pandemia, hay que atreverse a ignorar. Cuando a mí me preguntan cómo serán las cosas cuando reabra el mundo, dice Lilla, yo respondo que no tengo la menor idea.

A los periodistas que van a la caza de una declaración enfática que quepa en un titular, les resulta terriblemente decepcionante la negativa del profesor de Columbia. Pensaban recoger una declaración fulminante de un intelectual connotado y quedan con las manos vacías. Creían que podrían pescar una frase contundente. Algo así como: “la desconfianza biológica estrangulará a la democracia.” O “el capitalismo sanitario inaugurará un fascismo antipolítico.” Algo digno de un hashtag. A ello se resiste Lilla. No sabe cómo será el futuro, porque eso no existe. Tiene sentido expresar cómo nos gustaría que fuera ese tiempo, pero no anticipar cómo será. El. futuro no es un tiempo del que provienen órdenes. La respuesta del autor de un brillante ensayo sobre la religión y la política en Occidente es un rechazo a la racionalidad profética que, en tiempos de confusión, reemerge. Como no sabemos qué pasa, nos consolamos con la ilusión de saber qué sucederá. Si el futuro está en manos de Dios, habrá que atender las revelaciones de los oráculos. Hagamos lo que hagamos, el destino ha sido nombrado por ellos. Esa es la tentación del momento. Nos entretenemos con los vaticinios de los científicos o de los filósofos para imaginar que el futuro existe y que hay alguien que es capaz de conocerlo. Si nuestro destino ha sido revelado ya por los signos de un dios, por los cálculos algún economista o por las meditaciones de un filósofo, nos corresponde aceptar el dictado del futuro. No nos vendría mal un poco de humildad, dice Lilla. Aceptar que vivimos bajo la incertidumbre radical.

Lilla hace otra advertencia sugerente. No nos basta apuntar al mañana, es necesario acelerar su llegada. “La historia de la humanidad es la historia de la impaciencia.” La fórmula me parece un acierto. Porque la impaciencia, como energía histórica se desdobla en dos posibilidades: puede ser el principio de la audacia y de la alucinación. La primera invitación de la impaciencia es la acción. Porque no se acepta que la justicia llegue dentro de cien años, porque lo que se quiere se quiere hoy, se interviene en política. La impaciencia es el origen de la indocilidad, de la insumisión. Pero la impaciencia puede ser también ceguera, temeridad, irresponsabilidad. Lo pienso cuando escucho en México el llamado a acceder, lo más pronto posible, a la “nueva normalidad.”

¿Estamos caminando hacia allá con los ojos abiertos? No parece. Los datos oficiales han sido cuestionados seriamente por los expertos mexicanos. La prensa de aquí y la de fuera ha expresado las razones de esta desconfianza. Especialmente grave me parece lo que plantean Antonio Lazcano y José Ramón Cossío en un artículo publicado en el mismo diario: “El modelo por el que optó la Secretaría de Salud no fue sometido desde un principio a un proceso de discusión y crítica abierta a la comunidad científica del país, lo que impidió una evaluación experta–e independiente–de las premisas científicas que lo sustentan.”

Democracia y ciencia encuentran paralelo en la transparencia y el cuestionamiento. A pesar de la omnipresencia del vocero de Salud, a pesar de su menguada elocuencia, la estrategia gubernamental es tan opaca como dogmática. Cerrada a la discusión con la comunidad científica y obsesionada con la receta del primer día. Así nos encaminamos a una reapertura a ciegas, escuchando todavía recomendaciones que han sido desacreditadas, sin las pruebas indispensables y con datos que ni las autoridades consideran confiables.

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18, May 2020

Hablemos de Merkel

En su mensaje público semanal, la canciller alemana salió a la defensa de sus críticos. La química sabe que el discrepante de la voz establecida es, a un tiempo, acicate del avance científico y oxígeno de la democracia. Un dirigente democrático no debe abstenerse simplemente de la tentación de la censura. Debe alentar el respeto a quienes indagan la realidad con independencia del poder. «Los periodistas deben poder confrontar a un gobierno y a todos los actores políticos con una perspectiva crítica». Frente a los gobernantes que hostigan a la prensa cotidianamente describiéndola como enemiga del pueblo o cómplice de los criminales, la canciller, de modo inequívoco, aprecia la contribución de quienes han de ser profesionalmente impertinentes. Necesitamos que los datos y la información que ofrece una fuente sea contrastada con otras perspectivas. Es vital que se ventilen las polémicas en una democracia. Pensar que el patriotismo sea solo lealtad al poder es una aberración común de los autócratas.

Si el liderazgo de Angela Merkel en esta crisis ha sido ejemplar es, en buena medida porque el razonamiento de sus decisiones es propio de una persona de ciencia. En busca de la respuesta pertinente no ha perdido el tiempo en fanfarronerías y desplantes. Admite sin problema alguno el espacio de su ignorancia, busca el consejo de los expertos, sin entregar toda su confianza a una sola fuente de información. Coteja datos, analiza informes, contrasta perspectivas. No está casada con una línea de acción predeterminada. Sus decisiones son firmes y se comunican con claridad a todos. No da nombre de Ciencia a un prejuicio o a un dogma para pedir un respaldo ciego. Sabe que el conocimiento está siempre abierto a la refutación y por eso no solamente “tolera” sino alienta el cuestionamiento. Desde muy temprano fue enfática para mostrar la gravedad de la crisis sanitaria. Nunca ha minimizado ese peligro que considera el más complejo desde la Segunda Guerra Mundial. Acompaña las peticiones a la ciudadanía con el ejemplo propio. La información que difunde el gobierno y su equipo científico suscita confianza pública.

La crisis planetaria ha puesto a prueba a todos los dirigentes en el mundo. El caso de Merkel será uno de los ejemplos más claros de responsabilidad pública. No es improbable que sus tres excentricidades hayan sido cruciales en esta hora. Una mujer, una científica, una representante del Este. En efecto, la canciller ha roto tres barreras para convertirse en la política más exitosa de Europa y un ejemplo para todo el mundo. La política en Alemania había sido, hasta la llegada de Merkel, un juego de hombres, entrenados en las ciencias del poder y surgidos de Occidente. Desde hace quince años gira alrededor de ella.

Un retrato de George Packer que el New Yorker publicó hace casi seis años resalta el proceso intelectual que alimenta su política. Un editor de Die Zeit la ha descrito como una “máquina de aprender.” No una política que ya lo sabe todo y que nos alecciona, repitiendo la misma historia siempre, sino una mujer que muestra el recorrido de sus aprendizajes. No es de muchas palabras. No es grandilocuente y puede ser una oradora soporífera, pero sabe que gobernar es más cuestión de oído que de saliva. Los hombres suelen hablar de más. En el laboratorio, recuerda de sus días como investigadora, suelen apretar todos los botones al mismo tiempo y terminan rompiendo el equipo. Mejor la discreción… y los resultados.  Si hay algo que le irrita es la cortesanía, la legión de adoradores que se ríen a carcajadas con la ocurrencia del jefe. Cuenta Packer que alguna vez la canciller se refirió a su ministro de economía como la persona que la vigila constantemente. Esta es la persona que se asegura que no haga yo estupideces. Y es tan competente, remataba ella, que a veces, lo logra. Merkel lo tiene claro: rodearse de aplaudidores es una vanidad de timoratos. ¿De qué sirve un equipo de gobierno si no es capaz de advertirle al jefe que camina al precipicio? ¿Qué compromiso muestran en realidad esos colaboradores que solo entregan al testarudo silencio y alabanza?

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11, May 2020

La erosión de la autoridad

La crisis sanitaria lanzó al ruedo a un personaje que habló durante un buen tiempo, con autoridad. Se presentó como la voz de la Ciencia instruyendo al Poder. Era un médico con buena preparación académica, un especialista entrenado en emergencias. Profesoral y paciente explicó, con notable elocuencia los rasgos de la amenaza y los cuidados que habría que procurar. En un tiempo y bajo un régimen que aborrecen la arrogancia tecnocrática, representó una curiosa reaparición del experto. Ante la amenaza, el gobierno recurrió al expediente condenado. Serían los “científicos”, quienes estarían al frente de la estrategia. Aparecía otra carta de legitimidad política: el conocimiento técnico, ése que, por definición es inaccesible a millones, habría de ser la fuente de la razón pública.

El epicentro del conflicto político se ha desplazado, por ello, a la actuación del Subsecretario de Salud. Ante la emergencia, es él quien da la cara y traza rumbo. El presidente parece haberse retirado como pontífice de trivialidades y antagonismos. Redacta los primeros capítulos de su libro de epidemiología moral. Planta un árbol y canta al paraíso de la familia mexicana, convencido de que ese amoroso remanso, libre de toda violencia, es nuestra aportación al mundo. Y en la misma crisis, el presidente aprovecha cualquier oportunidad para lanzarse contra el diario Reforma, los neoliberales y esos miserables mercaderes que son los médicos. Eso. Ahora. En el momento en que arriesgan su vida por curar a los enfermos, el presidente de México ataca con el activismo de su desprecio. Los médicos mexicanos no solamente son enviados sin provisiones a la guerra. Enfrentan también la hostilidad de sus vecinos y la agresión de su propio presidente. ¿No debería llamar a reflexión la catarata de cartas, desplegados y comunicaciones que han hecho colegios y asociaciones médicas protestando por el insulto presidencial? Pediatras, neumólogos, urólogos, anestesiólogos, cirujanos, ortopedistas se ponen de acuerdo para exigirle a la mitad de la peor crisis sanitaria de nuestra historia una disculpa pública del presidente de México.

El presidente, quiero decir, se encuentra confinado en la residencia de sus obsesiones y antipatías; contempla y espera. Más que dirigir la respuesta, es espectador de lo que deciden un subsecretario y un canciller. Quisiera regresar a la figura del subsecretario que es, sin duda, el personaje del momento. Puede decirse que no es ya, lamentablemente, el vértice de la confianza. La polarización mexicana libra su combate más reciente alrededor de la figura del epidemiólogo. No es necesario adscribirse a ninguno de los extremos para tomar nota de esa mezcla de devoción y descrédito que despierta su actuación. Por un lado, se cuestionan con vehemencia sus datos y su estrategia. Por el otro, se defiende fogosamente su competencia técnica y su rectitud profesional. La desmesura de la polémica exhibe el delirio de nuestra conversación imposible. Unos le rezan, otros lo comparan con el científico de Hitler. ¿Por qué nos empeñamos en pervertir la discusión de esta manera? ¿Podríamos dejar de retratar la coyuntura como si estuviéramos debatiéndonos entre genocidas y beatos? Exijamos, no santidad sino responsabilidad; denunciemos, no el totalitarismo que nos asfixiará, sino la incompetencia que puede asolarnos.

No es la imagen pública del subsecretario López Gatell lo que me inquieta. Lo que me parece revelador es la manera en que se ha desfondado su autoridad. Un funcionario con tanto poder no podía mantenerse en las nubes de un saber incuestionable. Quizá era inevitable en nuestro contexto: la técnica ha encallado en la política. Fue breve (o tal vez ilusorio) el paréntesis de la tecnocracia sanitaria. Un régimen que buscaba re-politizar el mundo, un proyecto político que aspiraba a recuperar para la gente común el poder de quienes lo habían secuestrado con el argumento del saber, terminó politizando al experto. Será seguramente la regla del orbe populista: todo se subordina al imperio de la parcialidad. Este es nuestro experto. Estos son nuestros datos. Esta es nuestra ciencia.

Al subsecretario corresponde responsabilidad por la fractura de su ascendiente profesional. Las dudas que genera su ábaco no son parte de una conspiración, sino expresión de una inquietud legítima que es cada vez más extendida. Expertos en varios campos han razonado sus reservas ante la contabilidad oficial; los medios más importantes del mundo lo han documentado en distintos reportajes. El número de muertos en la capital mexicana es muy bajo, dijo recientemente la alcaldesa de Bogotá, porque “sabemos que no están midiendo.” ¿También conspira la política colombiana?

A decir verdad, las respuestas del subsecretario ensanchan la desconfianza. Lejos de responder a la crítica, recurre a la fantasía conspiratoria y a la descalificación de quien cuestiona. Causa desconfianza también el uso de su manto. Presenta la ciencia como si fuera un conocimiento fijo e incuestionable; desoye los cuestionamientos de quienes deberían ser considerados como sus pares; hace un uso selectivo y tramposo de las investigaciones científicas disponibles; se envuelve en la protección de Conacyt, institución que se ha convertido explícita y orgullosamente en capilla ideológica del régimen. Si el presidente nos pide fe, es porque quiere que, como él, cerremos los ojos.

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07, May 2020

Lo que fue sólido

Volverse humo es el destino de lo sólido. Algo así dijo Marx. Nada bueno le esperaba tampoco a las santidades de una época. Todo lo que era duro como una piedra se disolvería en el aire. Todos los ídolos que fueron adorados con devoción terminarán profanados. No es difícil encontrar en nuestra era indicios de ese anticipo del Manifiesto. La pandemia no hace más que reforzar la vastedad de la crisis. Lo que parecía inmutable e irreversible se desploma, mientras las viejas guías del pensamiento están norteadas repitiendo las consignas de un tiempo ido. Las dos décadas de este siglo se han ensañado contra todas las certezas e ilusiones de su origen. Hemos vivido una sucesión de sacudidas dramáticamente elocuentes. Un atentado terrorista inauguró una nueva inseguridad. En el miedo se justificaron poderes despóticos que aún permanecen. La crisis financiera del 2008 mató el consenso del fin de siglo a favor de la liberalización económica y financiera, desatando una estela de terremotos políticos. Los votos del último lustro han destrozado a los partidos tradicionales por todo el mundo. Poco queda de las antiguas pistas de representación parlamentaria. Y entre todos estos azotes, la crisis de la hora es, seguramente, la más profunda y de efectos más duraderos. La pandemia habrá sido anticipada por algunos científicos y estaba muy presente en nuestros entretenimientos cinematográficos, pero no aparecía realmente en el horizonte de nuestra cultura como posibilidad. Nos pavoneábamos con la idea de que la ciencia y el jabón nos habían independizado por fin de las epidemias devastadoras. Había pasado un siglo de la “influenza española” pero pensábamos que esas tragedias eran propias de la Edad Media. Podrían aparecen los contagios en una zona o en otra, ser más o menos extendidos y graves, pero no serían ya determinantes de nuestra historia. Y en esas estamos: puestos a pensar qué normalidad será posible tras la pandemia.

Será una nueva normalidad porque no podrá ser retorno al capítulo previo. No digo que estemos en labor de parto de la nueva humanidad. La muerte no es el abono de la historia. Dudo que después de esto seamos mejores o más sabios. La generosidad y la mezquindad ocuparán sus espacios habituales. Nuestra pasta seguirá siendo la misma. Pero el impacto de esta larga suspensión de la vida en público marcará las décadas que vienen. Nadie sabe, aunque lo grite, cuál es el rasgo del futuro. Creo que, más que anticipar el desenlace, valdría registrar los espacios donde se construirá.

Para las democracias, el reto más complejo es quizá, el cultivo de la confianza en los nuevos tiempos. La desigualdad, la polarización ideológica, el encapsulamiento que provocan las redes sociales, la estridencia de las antipatías corroen ese vínculo fundamental. No vivimos tiempos de prudente escepticismo, sino tiempos de fe: creencias intensas, herméticas y belicosas. Creo que tiene razón Francis Fukuyama, el polémico politólogo de la Universidad de Stanford, al apuntar que el fundamento de la eficacia en el combate a la epidemia ha sido la confianza. Las sociedades en las que existe ese tejido común han logrado atender con mayor agilidad la emergencia, mientras que aquellas sociedades marcadas por la política de la polarización han sido torpes en la respuesta. Pero, ¿cómo puede tejerse la confianza pública en sociedades democráticas que son, a la vez, abismalmente dispares? No basta un nuevo discurso, es necesaria otra política. Tal vez no seamos más sabios después de esta crisis, pero, ¿podríamos ser más prudentes? ¿Seremos capaces de aprender? ¿Podremos cambiar? La vulnerabilidad común puede ser una insinuación de solidaridad. Si el contagio hermana en la muerte, la política ha de hermanar en lo cívico. Y para ello debe atreverse a pensar en lo elemental. Acceso a la salud, por ejemplo. No en la demagogia de la ley, ni la floritura de la retórica. Si estamos en verdad en el mismo barco, debemos admitir que en la cohesión está la sobrevivencia.

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29, Abr 2020

Dos fracasos de la palabra

La pandemia ha convertido al mundo en un laboratorio. No uno, miles: por todos lados se ponen a prueba teorías y se disparan hipótesis sobre el significado de la emergencia. No solamente se trata de entender el comportamiento del bicho mortífero y producir cuanto antes la vacuna o el remedio, sino también de aventurar conjeturas sobre el futuro y someterlas a prueba. Intuimos que la normalidad no será lo que fue, que este paréntesis en la marcha del mundo dejará una marca profunda.

Lo inesperado confabula con lo precedente. Toda crisis es revelación: la excepción muestra de pronto y de manera brutal lo que habitualmente se esconde. Entre nosotros, la emergencia incuba en un caldo de desconfianza y polarización. Nos espera, seguramente, una política aún más renuente al entendimiento. Cada quien tiene su mundo, sus números y, de acuerdo al gobierno, cada quien su ciencia. Ustedes tendrán la suya, nosotros defendemos la nuestra. Lo que hemos escuchado en voz de la directora del consejo de ciencia del gobierno federal es una perorata fascistoide. No puede llamársele de otra manera. Hablar de una ciencia degenerada de los neoliberales y contrastarla con la promesa de una purificación científica evoca los tiempos más siniestros del siglo XX. Maldita ciencia de los judíos, maldita ciencia de los burgueses, maldita ciencia de los neoliberales. Arriba la ciencia aria, la ciencia proletaria, la ciencia nacional. Todos esos delirios ideológicos fueron anuncios de persecuciones e imposturas. Ya han comenzado en México. La batalla de la ciencia y de la cultura anuncia algo más: ante la ubicuidad de la guerra no hay armisticio intelectual posible.

Lo que me temo es que la epidemia, lejos de alentar coincidencias para encarar al enemigo, ahondará el abismo del entendimiento. Si el diálogo ha sido difícil, se volverá imposible. El discurso del régimen se radicaliza y se fomenta el reflejo de secta. Ya no se trata ya de convencer a nadie más, no se busca atraer nuevos conversos. Se trata de intensificar las convicciones de los adeptos. Por eso la crisis cae como anillo al dedo a los sectarios: la fe se pone a prueba. Aunque resulte indefendible, hay que defender lo propio hasta el absurdo. No se trata ya de convencer a nadie, se trata de amurallarse en defensa de lo propio. Ante el desafío, lo que cuenta es la demostración de lealtad. Para dejarlo en claro, el presidente entrega medallitas a sus fieles, mientras fustiga obsesivamente a sus críticos de la prensa, como si esa fuera la urgencia del momento. Los puentes que existían entre empresa y gobierno han ido cayendo uno tras otro y crece la impresión en cada bando de que hablar con el otro es una pérdida de tiempo. La brecha es aún más preocupante porque la oposición carece de voces institucionales. No hay partidos y el Congreso está prácticamente muerto.

Preocupa también el abandono de la ley. Se publicó esta semana un decreto que imprime sello oficial al capricho. La obcecación continúa. La única medicina que el presidente conoce es la austeridad. Ante cualquier enfermedad: la amputación. No hay que hacer muchas preguntas al paciente: hay que pasarlo por la navaja de inmediato. Con furor thatcheriano, López Obrador vuelve a lo mismo: cortar brazos y piernas de la administración, desprenderse de oficinas, bajar salarios. Lo hace ahora con un documento de antología. No es fácil encontrar una aberración parecida que haya llegado a las páginas del Diario oficial de la Federación. Soflama de vaguedades y consignas ideológicas, ilegalidades flagrantes, promesas ridículas convertidos en orden presidencial. Hágase mi voluntad, aunque la constitución me lo prohíba y la lógica suelte la carcajada. Suprimo derechos laborales mediante este decreto. Ordeno que por obra de mi deseo sean creados dos millones de empleos. Elimino diez oficinas, pero no sé cuáles. El dictado presidencial no encuentra filtro a su capricho. Nueva muestra de que la Secretaría de Gobernación permanece vacante.

Algunos han recordado en estos días a Tucídides, el historiador ateniense que describió los horrores de la peste. La epidemia, dijo en su crónica, no solamente carcomía los cuerpos, también degradaba las palabras. El contagio arruina el lenguaje. Tal vez el coronavirus ha dado en México el último golpe a la palabra. No es puente ni es orden. No permite el entendimiento ni ofrece claridad de mando.

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