Lunes

11, Feb 2019

Antidemócratas

El liberalismo predominante se obsesionó a tal punto con el populismo que llegó a ignorar el peligro que lo acechaba desde el extremo contrario: la antidemocracia. Se fue asociando de este modo a una doctrina que buscaba domesticar al poder político, al tiempo que imaginaba a los poderes económicos como adalides de libertad que debían permanecer salvajes. Que los beneficios se concentraran en una cúspide cada vez más estrecha era obra de la naturaleza. Sólo los ignorantes podían oponerse a la inclemente mecánica de la realidad. Frente a la desigualdad, resignación. El discurso liberal se mutiló, renunciando a la riqueza de su propia tradición. La doctrina de la sospecha se convirtió en el alegato de la élite en defensa de sí misma. El liberalismo dejó de ser un cuerpo de ideas punzantes para ser ideología. Una versión de la ciencia económica se convirtió en la única fórmula razonable de comprender lo social. En su pizarrón podían resolverse todos los enigmas. De ahí habrían de surgir todas las órdenes. Solo quedaba aplicar las recetas y esperar el beneficio de los siglos. No debe extrañarnos que, tras estas perversiones, el liberalismo oficial se haya convertido en el manual de modales de la oligarquía mexicana.

Me he topado en estos días con un argumento que captura ejemplarmente esa perspectiva antidemocrática. Son las líneas de un hombre que hasta hace poco tiempo era un destacado funcionario gubernamental y que, desde que dejó las responsabilidades administrativas, ha participado con entusiasmo en el debate público. Me refiero a un hilo de comentarios de Aristóteles Núñez en tuiter. Si me detengo en esta cadena de apuntes no es por su elaboración intelectual sino precisamente por lo contrario: por la cándida naturalidad con la que expresa una persuasión política. No tengo dudas de muchos coincidirán con sus palabras. Por eso vale detenerse en ellas.

Llegué a su diatriba antidemocrática por la enorme difusión que tuvo en el vecindario de esa red social la carta que Núñez dirigió al presidente López Obrador. La carta es un documento pertinente. Llama con buen tono a la prudencia y a la moderación. Critica decisiones que le parecen impulsivas y que de poco sirven a los propósitos del gobierno. Sin estridencia, pide estudio y mesura para orientar las decisiones de la administración. La carta es acompañada de una serie de mensajes testamentarios: Núñez se despide de tuiter y deja a sus seguidores un paquete de reflexiones finales. Son esas líneas las que exigen un comentario.

El exfuncionario encuentra a México detenido, incapaz de prosperar, presa de demagogos y farsantes. Quiere un país “exitoso” y advierte las muchas conspiraciones que lo impiden. Expone así una crítica al régimen democrático que es, simplemente, una denuncia del sufragio universal. Sí: a este Aristóteles también le resulta absurdo el principio de un ciudadano, un voto. Que no voten los ignorantes o que su voto pese menos que el de los mexicanos “exitosos”. Así lo plantea: “En el modelo democrático que nos rige, el voto del ignorante, del flojo o del subvencionado vale lo mismo que (el) del empresario o intelectual más exitoso del país. Por lo tanto, si la sociedad es ignorante, ganará la ignorancia, si la sociedad es apática, ganará el impulsivo.” Una perla. Pocos se atreverían a decirlo tan claramente. En pleno siglo XXI, un destacado miembro del grupo político recientemente desplazado se lanza en contra de la igualdad del voto. Así. Sin más. Que el voto dependa de los ingresos o de los diplomas y que, por favor, esos flojos no voten.

Desde luego, el interés público se ofrece como justificación. Se entiende que liberar a los vagos de la carga del voto terminará siendo en su beneficio. A juicio de Núñez, quienes no han conocido el éxito, los ignorantes y los mantenidos son incapaces de razón: el sentimiento y la emoción son los únicos resortes de su vida. Piadoso, sentencia: “Donde no hay comida, oportunidad, empleo o satisfacción, no cabe la racionalidad.” La disyuntiva no puede ser más clara: nosotros pensamos, ellos gimen. Nosotros conocemos, ellos viven enjaulados en la ignorancia. Como el populista quiere deshacerse del liberalismo, los tecnócratas pretenden liberarnos del fastidio de la democracia. Quieren nuestro bien.

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04, Feb 2019

Filosofía del mecansogansismo

No estamos frente a la erosión de las instituciones. Hablamos de erosión cuando contemplamos un desgaste lento de las piedras o de la tierra. Es la constancia del viento o la terquedad del agua lo que, a lo largo de los años y los siglos, va carcomiendo poco a poco rocas y suelos. Eso es la erosión. Lo que hemos vivido en estos dos meses es un daño veloz y profundo al régimen institucional. En unas cuantas semanas se han debilitado de manera importante los órganos de la neutralidad y las cápsulas técnicas. La acumulación revela que el desmantelamiento de esas instancias es parte fundamental del proyecto político de este gobierno. Si las instituciones son un estorbo, hay que pasar por encima de ellas. Si los procedimientos obstaculizan las acciones de un gobierno con prisa, habrá que ignorarlos. Si los técnicos de antes lo hicieron tan mal, la preparación, el conocimiento es irrelevante. Lo único que importa es la fidelidad al proyecto. La lealtad es el nuevo mérito.

No idealizo el pasado. Sé muy bien que muchas de esas instituciones fueron capturadas, que se sometieron a la lógica de las cuotas, que se situaron en una condición de privilegio. Pero eran el germen de una administración profesional, el semillero de cuadros técnicos de gran competencia. Mucho invirtió (en todos sentidos) el Estado mexicano en esta ruta de profesionalización que prefiguraba un diálogo útil y prudente. Llegó a formar, sin lugar a dudas, un patrimonio público invaluable. Pero para la nueva administración estos cuadros son un fastidio. En su democracia no hay lugar para intermediarios, no hay posibilidad de conformar neutralidades, ni es en realidad, valiosa la técnica.

La aplanadora del hiperpresidencialismo no solamente atropella el pluralismo institucional. También arrasa con la deliberación. Lo que importa es la voluntad del señor presidente: sus compromisos de campaña, sus anhelos. Nada que vaya en contra de los deseos del presidente tiene valor. Ningún estudio técnico que se aparte del dictado presidencial merece ser tomado en cuenta. Si alguien osa insinuar la inviabilidad de los caprichos del jefe, tendrá los días contados. Regresamos a la presidencia axiomática: todo deseo del presidente es incontrovertible. Si lo desea el presidente no requiere demostración. No hay razón que pueda estar por encima de la razón presidencial. No hay argumento que pueda rebatir los deseos del presidente. No hay órgano que pueda ponerle freno. Lo ha expuesto el propio López Obrador con todas sus letras. Sus proyectos más queridos “van porque van.”

Va porque va. ¿Qué lógica revela una afirmación tan categórica? Que la voluntad del presidente basta para determinar el futuro. Que sus deseos, por el hecho de ser suyos, no pueden enfrentar obstáculo alguno. Que es insensato y hasta ilegítimo pretender oponerse. Que todo aquel que pretendiera resistírsele, está condenado al fracaso. La expresión, desde luego, revela también los delirios de la omnipotencia: si lo quiero sucederá. Se cancela con ello, cualquier duda razonada sobre los méritos de la decisión, sobre sus costos y ventajas, sobre las alternativas disponibles. Va porque va: la arrogancia de un mando que no discute.

Contemplamos, como no lo habíamos visto en mucho tiempo, la soberanía del capricho presidencial. Nada ni nadie por encima de los antojos del amado líder. Si quiere hacer de un compadre el gerente de la empresa más importante del país, no importa que carezca de experiencia y preparación; si ha decidido destruir un proyecto de infraestructura, da igual lo que cueste y lo que adviertan las instancias técnicas internacionales; si ya soñó con regalarle una refinería a su estado, habrá que ignorar todas las advertencias en contrario. Esto es el despotismo de la ocurrencia. Un despotismo que hace cómplices a los pusilánimes que ha designado como colaboradores. Pánico sentiría cualquiera de ellos al contradecir al caprichoso del gran poder. Puede tener un nombre esta filosofía de gobierno. Escuchando el inagotable ingenio de su expresión, podría llamarse la filosofía del mecansogansismo. Mis caprichos, aunque perezca el mundo. Mis antojos, al costo que sea. Y a la basura, cualquier palabra que me los escatime.

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22, Ene 2019

La lectura vehemente

No quiero hablar del librito aquí. Me interesa hablar de su lectura. En un libro, un ensayo, un artículo está el autor y su tiempo. En la lectura estamos nosotros, nuestros reflejos, la atmósfera que respiramos. Ahí están nuestros prejuicios y nuestros reflejos. En toda lectura se ponen en evidencia las trampas en las que caemos cotidianamente. ¿Qué pasamos por alto en un párrafo? ¿Qué nos llama la atención? ¿Qué nos irrita? ¿Qué nos sorprende? ¿Qué nos resulta trivial? Sean antiguos o recientes, los libros nos plantan un espejo. Nos mostramos en nuestra reacción a los textos, sean los de hoy o los de hace un siglo. El lector revela sus entusiasmos y sus cegueras, su tolerancia o su cerrazón. En otro momento valdría la pena detenerse en la curiosa cartilla de Alfonso Reyes que ha suscitado tan intensa polémica. Hoy quisiera detenerme en otra cosa: en el ruido que ha provocado ese texto, después de setenta y cinco años de haber sido escrito. Tal vez diga algo sobre nosotros, sobre nuestro tiempo. Sobre nuestra conversación y nuestra política.

Es ella, la política, la que ha tomado las riendas de la lectura. Con su torpe espíritu binario, tan simple como intenso, ha sometido a muchos lectores que, lejos de disponerse a desentrañar las complejidades de un texto, se apresuran a sentenciarlo y a compartir por todos los aires su veredicto. Se trata siempre de una sentencia rotunda y fulminante; tal libro es una basura, aquel es una antigualla que ya no nos dice nada, este es una joya, y el que acabo de leer, un clásico “imperdible”. Es una forma de lectura vehemente que solo se expresa con exclamaciones: la indignación o el deslumbramiento. Se lee así para alimentar el prejuicio, para intensificar convicciones, para petrificar creencias. Una mancha en el texto sirve para descartarlo de plano. Una discrepancia basta para decretarlo como pernicioso. Las palabras aparecen como munición de la guerra y no como lo que pueden ser: armisticio. La posibilidad de suspender hostilidades, de lograr entendimiento, de abrir un paréntesis a los simplismos que nos estrangulan. Apreciar un elemento del texto sin que eso suponga asentimiento de todo. La discrepancia puede coincidir con la admiración. En los libros hay una oportunidad de diálogo, una posibilidad de ver el mundo con otros ojos. Pero la lectura vehemente no se atreve a imaginar la razón de los otros, el tiempo de los otros, la verdad de los otros. No muestra disposición alguna a reconocer mérito en el adversario intelectual. Y se cuela así al mundo de los libros, de las letras, del argumento esa abominable expresión que manda al enemigo al basurero de la historia. Hay libros, nos dicen, que deben tirarse, con las cáscaras de huevo, las latas vacías y los trastos inservibles, a la basura.

El lector vehemente se acerca aun texto con una sola misión: encontrar la referencia que ubique el texto en el casillero adecuado. Lectura de aduanero. No se trata de emprender la lectura para disponerse a la sorpresa. No se trata tampoco de buscar el aprendizaje o el disfrute. Sordo al tono, sordo a la voz, quien lee de ese modo se apresura a detectar la filiación del texto para sellarlo. Sellarlo con una etiqueta y así cerrarlo. Estas letras son enemigas. Este libro es de los nuestros. Se renuncia de este modo al diálogo. No es este tosco afán de etiquetar los libros una expresión de la crítica sino la abdicación a ese ejercicio de la ponderación. Este lector se acerca a los libros como si fueran sustancias químicas a las que hubiera que catalogar como tóxicas o medicinales. En sus juicios se desliza una advertencia. ¡Cuidado! Este libro, este texto puede ser nocivo para la salud. Libro reaccionario, colonialista, misógino, populista, tiránico. Mántengase alejado de sus párrafos y maldiga al miserable que lo escribió y a los incautos que lo leen.

Toda convicción es una vanidosa parcialidad. Una autorización al prejuicio. Una interesada ceguera. Blas Pascal, uno de los más grandes sabios en la historia occidental, uno de los matemáticos más brillantes de todos los tiempos supo contraponer la sutileza al juicio tajante de la geometría. Sutileza es lo que nos hace falta para leer y para participar en la vida pública.

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14, Ene 2019

Los límites del arrojo

Hay batallas que merecen ser libradas. No hay forma de construir un régimen de derecho sin enfrentar a los beneficiarios de la ilegalidad. El combate a la corrupción exige pleitos. No será con prédicas ni en armonía que lograremos levantar una sociedad de reglas para dejar atrás el régimen del favor y la extorsión. Por eso hay que librar esas batallas… pero librarlas bien. Hace falta decisión y estrategia. La una necesita de la otra. Voluntad y valentía para enfrentar enemigos poderosos. Inteligencia, cálculo y estrategia para ser capaz de derrotarlos y cambiar realmente las cosas. Sin voluntad de correr riesgos, no hay acción política que merezca ese nombre. Sin pericia, el éxito es imposible.

No hay sustituto para la determinación. En el arrojo de este gobierno hay, sin duda, un impulso valiosísimo para romper una compleja red criminal. Es de celebrarse que el gobierno de López Obrador haya decidido enfrentar a quienes roban y comercian ilegalmente con la gasolina. No se exagera cuando se denuncia como un crimen contra la nación, como un delito que financia muchos otros delitos, como una transgresión de la que se alimenta un anchísimo territorio de ilegalidad. Sin osadía, poco se podría hacer contra ese mundo de complicidades arraigadas, de poderosos intereses que viven de ese desfalco. Había que actuar, asumiendo los riesgos de la acción, dispuesto a pagar los costos de un enfrentamiento necesario. En asuntos como éste la ambición histórica puede ser de enorme utilidad. Ese llamado de la historia impulsa al gobierno federal a romper esa complicidad de la parsimonia que sentenciaba que era preferible no hacer nada a correr el mínimo riesgo.

Pero la determinación puede ser estéril o, más probablemente, resultará perjudicial si no se acompaña de un diagnóstico claro de la realidad, si no domina los instrumentos de acción, si no parte de un anticipo realista de las consecuencias previsibles de la intervención. El ajedrecista de Palacio Nacional no imagina la segunda jugada de la partida. En el arrojo del primer movimiento se lo juega todo. Esa parece ser la marca de la administración: nadie podría dudar de su determinación, pero es difícil encontrar buenas razones para confiar en su juicio. Lo que hemos visto en estos días se insinuaba desde antes. La política de López Obrador, al hacerle ascos a la técnica, con su activo desprecio de los especialistas, con su fascinación por lo simbólico, renuncia a la intervención razonada en el mundo. El episodio del combustible es buena prueba de ello. El gobierno decide enfrentar el contrabando de gasolina, pero no elabora una racionalidad estratégica. Los aplausos que recibe hasta el momento son sólo respaldos a la valentía. Se reconoce la intervención, pero no se advierte el plan. El poder hace sentir su presencia, pero no deja ver su inteligencia.

La política del desplante imagina que, tras la osadía y la catequesis, todo se acomodará a los deseos del voluntarioso. Política de lances y sermones. Ya hicimos algo. ¿Qué? No importa: dimos muestra de que actuamos. Por eso ya nadie va a robar. Ya no hay razones para dedicarse a eso. Se trata de una exhibición de poder decidido, tenaz, valiente. También del despliegue de una retórica moralizante. No el testimonio de un poder estratégico que enlace la previsión al arrojo.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador empieza a cultivar su propia sombra. Si su antecesor sembró con su conducta y su ceguera una imagen indeleble de corrupción, el gobierno actual nos da razones para asociarlo, desde ahora, con la ineptitud. No digo, de ninguna manera, que el destino del gobierno esté sellado. Advierto solamente que ser el sexenio de la ineptitud es el mayor riesgo de esta administración. Esa es una posibilidad que incuba en el equipo que acompaña al presidente, en una administración pública depreciada, en una impetuosa maquinaria de decisión. Más allá de la grandilocuencia de sus propósitos, más allá del arrojo que pueda encontrarse en sus decisiones, el gobierno federal habrá de ser evaluado por su capacidad para transformar la realidad. No será evaluado por lo que quiere hacer sino por lo que provocan sus decisiones. No creo que la amenaza más seria de su éxito esté afuera. La ineptitud es su verdadero enemigo.

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07, Ene 2019

Épica

Empieza ya a notarse una disonancia crucial en la marcha de la política mexicana. El presidente, incansable y omnipresente, imagina su gobierno en clave épica. Piensa que todos los días se logra una hazaña. Todas las mañanas celebra la epopeya que es su gobierno. Que nadie piense que ésta es una administración ordinaria. Es, ni más ni menos que la cuarta ocasión en que el pueblo mexicano toma el control de su destino. A su juicio, vivimos jornadas que, dentro de algunos siglos, serán estudiadas por los niños. Esa es la dimensión de la megalomanía. Antes de inaugurado, se celebraba ya este gobierno como el Cuarto Nacimiento de la Patria. Al mismo tiempo se escucha otra tonada. Es el rumor de las persistencias, esa realidad que no se transforma de la noche a la mañana. Es la complejidad que se resiste a ser comprimida en el mundo en blanco y negro de la retórica oficial. Es la voz de las instituciones que habla otro lenguaje, que tiene otros tiempos. Es imposible hacer rutina con la épica. La felicidad nacional no puede nacer todos los jueves. A esa imposibilidad se enfrenta el gobierno de López Obrador.

El presidente entiende de ese modo la política. Es sincero en su convicción. No hay cálculo ni fingimiento en su oferta del nuevo amanecer. En eso cree. Por eso no es sensato pensar que puede dejar atrás ese discurso, como si hubiera sido una camiseta de campaña. López Obrador está convencido de que la política, cuando es auténtica, cuando alcanza altura permite saltos en el tiempo. Lo detecta bien Enrique Krauze en su lectura del presidente historiador . Por eso los reformistas no le resultan atractivos. En toda reforma hay una negociación que juzga indecorosa, un acomodo que le parece sucio. La gloria—esa palabra tan importante para Maquiavelo, se ha hecho presente en su vocabulario—no está en la mejora, el remiendo, el adelanto. Está en una transformación que no es simple política ni mera economía: es conquistar el “bienestar del alma.“ Los políticos a los que admira son los que rompen con tradiciones, aquellos que, incluso con el sacrificio, se apartaron radicalmente del pasado para fundar una nueva era. En numerosas ocasiones ha hecho escarnio de los moderados, esos cobardes que sirven involuntariamente a los conservadores.

El problema con la épica es que se lleva mal con el pluralismo democrático. Imagina una batalla histórica y la representa obsesivamente. Se vuelve, así, esclavo de su propio cuento. La política épica es incapaz de sacudirse la imposición de un libreto que termina siendo muy bobo. Se trata de identificar al villano y de aclamar al héroe. La visión épica del mundo puede ser persuasiva y ha demostrado su eficacia electoral, pero no es una perspectiva saludable para gobernar en un entorno democrático porque ciega a quien ha de tomar decisiones complejas. Lo que importa en esa dimensión es identificar al monstruo y blandir con energía la espada. La muy tonta reacción del Secretario de Comunicaciones ante la crítica de José Antonio Meade a la cancelación del aeropuerto es un perfecto ejemplo de ese síndrome: no escucho lo que dices porque eres quien eres. Ese es el tic del maniqueísmo épico: la descalificación moral de quien discrepa se basa en la convicción de que la historia es un templo para los héroes y el basurero de malvados.

Ante la invitación de un dirigente de Podemos a reencender la épica en la política española, Javier Cercas respondió de inmediato que en la democracia no hay espacio para la épica y que, en realidad, el principal deber de las instituciones democráticas es desterrar esa lógica. “La política democrática no se parece a la épica arrebatada de Juego de tronos, donde héroes y monstruos pelean a muerte por el poder en dos continentes ficticios en medio de guerras, torturas, violaciones, secuestros de niños y asesinatos en masa; la política democrática se parece a la prosa serena y razonable de Borgen, donde hombres y mujeres comunes y corrientes, dotados de sueños, pasiones, deseos y debilidades mediocres de perfectos antihéroes, se esfuerzan por mejorar la vida de sus conciudadanos en una Dinamarca real, o por lo menos verosímil.”

Lo cierto es que no hay López Obrador sin épica. Sospecho que los límites de su política estarán determinados por la leyenda que imagina.

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24, Dic 2018

De música

Esta noche es Noche Buena y me doy permiso para escribir de música en estas páginas. No tiene mucho sentido hablar hoy de presupuestos y de congresos, del presidente locuaz y de sus fieles, de polémicas leyes o decretos. Para eso hemos tenido todo el año. Las fiestas piden apartarse de las rutinas y cambiar la conversación. Hablar, por ejemplo, de música.

Hablar de música no es hablar de un pasatiempo sino de un lenguaje que, al escapar de las tenazas de la lógica, nos permite interrogar y celebrar la existencia. Lo decía con admirable elocuencia Nikolaus Harnoncourt al recibir el Premio Erasmo en reconocimiento a su contribución a la cultura europea. El violinista y director austriaco hablaba de la música como uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, una columna que ahora se trata como simple entretenimiento, como un pasatiempo, una compañía tan constante como trivial. Nunca hemos estado tan llenos de música como ahora. La música nos envuelve, nos persigue y, tal vez por eso mismo, no ha sido nunca tan irrelevante. Música en el elevador, en el camión, en la calle, en la casa, en el baño, en el mercado. En la palma de la mano podemos escoger de entre millones de canciones, sin detenernos un segundo a festejar su misterio. La música puede ser hermosa, posee al cuerpo, se convierte en una adicción. Pero ahí no está lo importante, dice Harnoncourt. Más allá de la belleza de sus armonías y de lo pegajoso de sus ritmos, es la puerta de lo inefable. Hechizo inquietante, conmovedor, misterioso.

Lo más humano y lo más divino a lo que tenemos acceso. Cantar, ha dicho ese gran melómano que es George Steiner, es “la más carnal y la más espiritual de las realidades. Acopla alma y diafragma.” Idioma intraducible, a fin de cuentas, indescifrable. El oído acoge con deleite el “no se qué,” aquello que no puede ser nombrado, aquello que no se entiende y, sin embargo, otorga sentido. Entre los silencios, el paréntesis de la música. «Una duración encantada, dice el filósofo Vladimir Jankélévitch, una efímera aventura y un breve encuentro que se aísla dentro de la inmensidad del no ser». Octavio Paz escribe en un poema:

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Todo ser humano, decía Harnoncourt, tiene el derecho a entrar en contacto con el lenguaje de la pintura y de la poesía. Ser capaz de comprender el vocabulario y la gramática de la música. Negarle a un niño este trato con las artes sería tan abusivo como bloquearle el acceso a las letras, los números o la historia. Formarnos en el arte es abrirnos a la posibilidad de ser transformados por el genio de la fantasía, la imaginación. “¿Qué habría pensado Albert Einstein, preguntaba, qué habría descubierto, si no hubiera tocado el violín? ¿No son las hipótesis atrevidas, las más fantasiosas, las que sólo alcanza el espíritu imaginativo—para que luego puedan ser demostradas por el pensador lógico?”

La gran pasión de Einstein fue la música. Era incapaz de pensar sin música. No viajaba sin Lina, su violín preferido. El mayor placer que me ha dado la vida ha venido de sus cuerdas, decía. De Mozart dijo algo interesante: más que creador de su música, fue el descubridor de una armonía universal. Fue el maestro que captó el sonido eterno del universo. El genio de la música escucha el universo, el genio de la física lo deduce. No es que la música fuera para él un pasatiempo, era parte esencial de su proceso intelectual. Lo notaba Elsa, su segunda esposa quien advertía el vaivén de su pensamiento: del escritorio donde trabajaba en sus teorías a la sala donde tocaba el violín, y de regreso. Su hijo Hans Albert coincidía: cada vez que en su trabajo topaba con pared, escapaba a la música. Tarde o temprano, el violín sugería la solución. Pudo haber coincidido con John Keats: la belleza es verdad, la verdad, belleza.

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17, Dic 2018

De autonomías

La democracia se alimenta de la sospecha. También se nutre de esperanzas, por supuesto, pero en el recelo encuentra su equilibrio. Las instituciones que desentonan de la voluntad mayoritaria son tan importantes como aquellas que pretenden expresarla. La democracia está en el voto que constituye gobierno y en las muchas instituciones y prácticas que lo restringen y vigilan. El brillante politólogo francés Pierre Rosanvallon ha propuesto un término para nombrar esa política de desconfianza. “Contrademocracia” llama, no a lo contrario a la democracia, sino al complejo de resistencias que se configuran en un régimen pluralista en contra del poder de los elegidos. Instituciones de vigilancia y de denuncia, instancias arbitrales, medios que develan los secretos, órganos técnicos diseñados para actuar con independencia de la presión popular. La democracia, a pesar de lo que dicen los demagogos, no supone, en modo alguno, confianza en la infalibilidad del pueblo o de institución alguna. En democracia se cree y se duda, se afirma y se refuta.

Arremeter contra los órganos de la desconfianza es debilitar equilibrios esenciales.  Resulta preocupante el embate de la nueva política a esos órganos de la suspicacia. El cambio electoral de julio sería, a juicio de la nueva clase política, una instrucción a todos los órganos del poder para seguir la guía del presidente de la república y para abrazar su proyecto. ¿No se han dado cuenta de que el país ya cambió políticamente?, preguntan insistentemente. Insinúan que todos deben alinearse. Esta visión unitaria de la política desconoce el aporte de quienes no siguen instrucciones del votante. La máquina democrática exige que las piezas estén enfrentadas persiguiendo propósitos distintos, defendiendo intereses contradictorios. No lo entienden así los nuevos jerarcas. Para el presidente, los órganos autónomos no son más que burocracias privilegiadas, estorbos a la clara voluntad del pueblo. Gastos inútiles. A su juicio, estaríamos mejor sin ellos. Tiene razón, sin duda, cuando advierte excesos en salarios y prestaciones de sus titulares. Acierta al denunciar el gigantismo de algunos. Seguramente se pueden encontrar formas para adelgazarlas y hacer más eficiente su actuación. Pero se trata de órganos indispensables que nos proveen de información valiosa, que pueden activar alarmas necesarias, que pueden denunciar desviaciones peligrosas, que pueden corregir errores. Debilitar estos órganos que han aparecido en la última generación es perder reflejos para actuar, es arrancarnos ojos, amputarnos brazos. Insisto: hay espacio para la reforma, para la compactación de instituciones que crecieron desmedidamente. Pero no podemos darnos el lujo de vivir sin ellas.

La primera víctima de esa fobia contra las autonomías será, al parecer, el instituto de evaluación educativa. La propuesta de reforma, diseñada ostensiblemente para congraciarse con los sindicatos, entrega a los dueños de la representación otro obsequio: el cadáver de un órgano que, con independencia de la administración y del gremio, podía presentar reportes oficiales sobre los resultados de la política educativa. Si la funesta iniciativa de reforma constitucional propuesta es aprobada, habremos perdido, además de los mecanismos de mérito para la selección y promoción de los maestros, una instancia oficial confiable que nos permitía medirle el pulso a la educación. La oficina que se creará en sustitución de ese órgano estará supeditada a los cálculos y los intereses del poder. El feo nombre que se propone para designarla anticipa el sentido de sus trabajos: se trata de presentar estudios que ayuden a mejorar la autoestima de los trabajadores y a promover su imagen pública. Se entiende que nada que los ofenda merece salir a la luz. “Jamás otra campaña de desprestigio contra los maestros,” ha dicho enfáticamente el presidente. La instrucción con la que nace el instituto para la revalorización el magisterio es clara, ningún reporte, ningún estudio, ningún registro que vaya en contra de su prestigio. Y si aparece alguna información políticamente contraproducente, habrá, por supuesto, que callarla. Si se descubre una información amarga, a dulcificarla para no incomodar a nadie. Nada que lastime la sensibilidad de los maestros. Perdimos un instituto autónomo. Se nos ofrece, en remplazo, una agencia de publicidad de los sindicatos.

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04, Dic 2018

Nueva política

Es una nueva política. Hemos hablado mucho de los números del cambio. La cantidad de votos, los porcentajes, los asientos del congreso, la recomposición del mapa nacional. Todo eso importa, por supuesto, e importa mucho. Es la base institucional de un poder que ha nacido sin antagonistas. Es la primera vez en nuestra historia en que tenemos a un presidente democráticamente legítimo e imponente. La negociación con las oposiciones ha dejado de ser necesaria. Si la nueva coalición mayoritaria actúa coordinadamente, podrá hacer, rehacer y deshacer las leyes que le dé la gana. Podrá rearmar, a su gusto, las instituciones autónomas. Podrá, con un mínimo esfuerzo, cambiar la constitución.

Pero, tal vez, lo más relevante del cambio está en otro lado. No en el ámbito formal de las instituciones sino en el modo de entender y ejercer el poder. En los hilos de la persuasión y en los calderos de la movilización política. Si estamos frente a una nueva política no es porque las viejas instituciones hospeden ahora a una nueva clase gobernante. Es que ese grupo entiende de manera radicalmente distinta la mecánica del poder, el sentido de la representación, el sitio del conflicto y los atributos del liderazgo. Ocupar las instituciones es apenas una forma (y, por cierto, no la más relevante) de ejercer el poder.

Es cierto que la “parafernalia del poder” le incomoda al presidente López Obrador. Lo constatamos nuevamente este sábado: hablar en la plaza pública le es infinitamente más grato que hablar desde la tribuna del Congreso, así sea un Congreso cuya mayoría le es, no sólo afín, sino devota. La sospecha del orden institucional lo ha acompañado siempre. No ha desaparecido. Si desconfía de las instituciones es porque las ve como corruptoras de la voluntad del pueblo. La voz auténtica del pueblo es la que responde a su llamado. Por eso se anuncia, como en tiempos del cardenismo, una intensa política de movilizaciones. Convocar, desde el poder, al respaldo del poder. Mostrar músculo en el espacio público para aviso de los opositores. La política de López Obrador no tiene como propósito la rotativa del Diario Oficial. La imagen que tiene del cambio histórico, ese sueño de gloria que lo anima supone una activación de lo popular. Es poner en movimiento una militancia del entusiasmo. En la formación de las lealtades se medirá, en buena medida, su éxito.

No hay fervor político sin antagonismos. La nueva política es, a todas luces, una política de enemistad. Es una constante activación de rivalidades. Nadie podría decir que se trata de una brecha inventada por la retórica de un hombre. El abismo es, en realidad, la constitución de México. Pero su uso político nos convierte en un país de irreconciliables, renuncia al entendimiento entre los polos y asume que la misión de la política es derrotar—si no es que aniquilar—al otro. Frente a nosotros se agrupan los herederos de los malos de siempre, esos conservadores que son pura hipocresía, esos mimados que no quieren perder privilegios. En ese escenario, no hay otro deber para la política que organizar la batalla contra el antipueblo.

La política también cambia de ambición y de ritmo. La nueva política no es política de reformas. El gradualismo es, para el presidente de México, mala palabra. Nunca se ha quedado corto para acentuar la dimensión épica de su proyecto. Insiste en sugerir que está naciendo un nuevo país con una auténtica democracia, una economía incluyente, una sociedad solidaria y una nueva moralidad pública. Sus propuestas acentúan el filo con el que pretende cortar el pasado. Habla insistentemente de la prisa con la que asume la encomienda. En seis años, gobernar doce. Hay momentos, cree él, en que las sociedades logran desprenderse del pasado. Rechaza por eso el reformismo, como si fuera simple maquillaje, el engaño de esos cambios que nada cambian. Escuchamos así la restauración de la retórica revolucionaria. Nada, o casi nada es importante cuidar del pasado. Hay que barrer con él.

La política mexicana tiene nuevas sedes, otra tracción, tensiones de distinta naturaleza, otras prioridades, otro ritmo, un vocabulario diferente. Debemos hacer esfuerzos por entender esas novedades porque sólo de comprensión puede surgir una estrategia frente a ella. ¨

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27, Nov 2018

Elogio

La crítica de la política suele dar la espalda a uno de los placeres de la crítica literaria o de la crítica de arte. No se ejercita en el elogio. Es infrecuente en nuestro medio que se festeje la trayectoria de un personaje público. Conocemos, sí, el cebollazo: ese enaltecimiento desmedido e interesado de los personajes poderosos. Alabanzas desde la pleitesía, no desde el juicio independiente. Hoy, cuando está por concluir el encargo del ministro José Ramón Cossío, es debido intentarlo porque no solamente representa una carrera judicial ejemplar sino porque encarna una tradición de digno servicio público que solamente ignoraríamos en nuestro perjuicio.

Muchas vocaciones coinciden en la de José Ramón Cossío. Un jurista que llega a la cumbre del Estado. Un maestro empeñado en rehacer el entendimiento y la enseñanza del derecho. Un tutor de generaciones. Un hombre de la transición: el protagonista discreto de un cambio histórico. Un atentísimo observador del mundo que no se entrega a las cegueras profesionales. Un curioso que se adentra en todas las disciplinas y que, de cada una de ellas, obtiene aprendizajes. Un intelectual que razona en público sobre los mil asuntos que nos conciernen. Un inagotable germinador de proyectos intelectuales.

Cossío debe ser reconocido como uno de los arquitectos del pluralismo democrático que, con todos sus defectos, se asentó en el país. Lo es por razón doble. Primero porque hizo la crítica del fundamento constitucional del autoritarismo y porque abrió espacio, desde la Suprema Corte de Justicia, a una nueva convivencia política. Su aporte debe ser aquilatado porque encarna otra transición. No la visible de las elecciones y la representación política, No la ruidosa transición de la alternancia, sino la transición que da asiento al pluralismo, que fortifica y ensancha derechos a través de la intervención judicial.

Antes de ocupar silla en la Suprema Corte de Justicia, José Ramón Cossío examinaba una faceta ignorada del autoritarismo. Conocíamos de los trucos electorales, se hablaba del hiperpresidencialismo y de la manipulación corporativa. Se denunciaba el fraude electoral, los abusos del ejecutivo, la ausencia de libertades. Cossío nos abrió los ojos al advertir que la retórica constitucional no era irrelevante para el funcionamiento de esta maquinaria de arbitrariedades. Su juicio era severo: los abogados mexicanos habían contribuido, con su ciencia y su mansedumbre, a la legitimación del autoritarismo. Trivializaron esa ley que decían idolatrar. Con su crítica, Cossío encabezaba una subversión intelectual al exigir lo obvio: que el poder se sujete a la norma.

El juez siguió la pista abierta por el académico. En 2003 se integró a un tribunal que se aprestaba al cambio. La argumentación de Cossío en ese espacio (muchas veces solitaria) fue un extraordinario aporte de lucidez. Nadie puede poner en duda su contribución a una lectura liberal e igualitaria de la Constitución mexicana. El juez constitucional es un equilibrista que ha de plantarse frente a un mundo marcado por el conflicto. Cuidar el orden constitucional es ejercitarse en ponderaciones. Así lo entendía desde que asumió la responsabilidad como ministro. Se trataba, ni más ni menos, que de ir redefiniendo los contornos del poder y los derechos. Escabroso trazo. La convivencia pluralista es una travesía en el conflicto porque nuestros ideales no son armónicos sino, con frecuencia, rivales. Toca al juez ponderar, en cada caso, normas y valores.

En la conversación democrática deben participar distintas voces, distintos tiempos, distintas representaciones. En ese intercambio, la palabra de la Corte no puede disolverse en un coro, así sea el más popular. La suya no es la voz de la plaza o del parlamento, esa voz que apela a la mayoría. Tampoco es la voz de la técnica que pretende dictar la única solución correcta. La voz que emerge del último tribunal es la voz de los derechos, la voz de las cautelas. Una voz, como la de Cossío, a un tiempo audaz y prudente. Creativa y memoriosa.

Al terminar el encargo de José Ramón Cossío en la Suprema Corte es justo celebrar su contribución al entendimiento del derecho, al asentamiento de la democracia constitucional, a la expansión de los derechos y al debate público. Y es justo celebrar que su cátedra continuará sin toga.

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20, Nov 2018

Algunas señales

El presidente electo más activo de la historia reciente ha ido mostrando sus cartas. El marco de su gobierno está trazado. Su estrategia parece clara. Sus apuestas y sus debilidades también. Sus críticos han renovado las razones de la desconfianza en semanas recientes, pero, a decir verdad, sigue montado en una firme popularidad. Los votantes que lo apoyaron en julio no le han dado la espalda. Están dispuestos a perdonar algunos errores y a premiar el cambio, aunque sea en los símbolos solamente. Las encuestas muestran lo que era predecible: tras la victoria, su base de apoyo se ha ensanchado. Debemos partir de ese dato: López Obrador despierta una enorme esperanza en el país. Estos meses, sin embargo, no han sido buen preparativo para que su gobierno cumpla con las expectativas. Varias señales son inquietantes.

El equipo arranca débil. A muchos sorprendió el tempranísimo anuncio del gabinete. Arrancaba apenas la campaña y López Obrador ya repartía puestos. Acostumbrados a conocer al equipo a la víspera de la toma de posesión, conocimos a sus colaboradores desde hace meses. El anuncio fue electoralmente eficaz: dio confianza a muchos que vieron en los colaboradores sensatez y moderación. Nadie podría decir que dominaran los extremistas. El equipo era una selección de moderados. Estos meses de exposición pública, sin embargo, los deja lastimados. Las diferencias entre ellos son visibles, sus insuficiencias también. No se advierte conducción política desde la secretaría de gobernación. No hay diálogo estrecho con los partidos ni siquiera con el que respalda al presidente. Defensora de causas nobles, impulsora de reformas encomiables, la futura secretaria de gobernación empieza ser vista como muda espectadora de cambios sustanciales en la política nacional. Si en el gabinete no hay una firme columna política, tampoco la hay económica. El secretario de hacienda no aprobó su primer examen. Ante la turbulencia reciente, el futuro secretario, reaccionó tardía y débilmente. Ningún efecto tranquilizador tuvieron sus palabras. No podemos imaginarlo inyectando confianza en momentos de crisis. El secretario de comunicaciones se ha exhibido públicamente como un embustero, un burócrata dispuesto a manipular la información para acomodarla a los designios del jefe. El equipo que en tiempos de campaña podía ser visto como una plomada de moderación, hoy es motivo de intranquilidad. No es un equipo que trabaje en conjunto, ni que tenga una visión común. No han despuntado ahí funcionarios capaces de encarar con realismo las ocurrencias del jefe ni quien le haya presentado el cuadro de las consecuencias. El primer gabinete de López Obrador es un gabinete herido y apocado.

La campaña será permanente. López Obrador no seguirá el libreto presidencial. El político rebelde no se convertirá súbitamente a la ortodoxia. Seguirá pensando la política como un épico combate de símbolos y no como administración de lo ordinario. En el aplauso, en la concentración masiva estará su energía y su brújula. Los indicadores que hemos considerado como medidores del éxito y del fracaso serán motivo de burla. Los mercados ladran, luego avanzamos. Nos regañan los expertos: sigamos por ahí. Seguramente tendrá como aliado la torpeza de sus adversarios, columpiándose como han estado entre la estridencia y la sumisión. Es probable que tropiece en algún momento con el consenso, pero la constante será la batalla: el ataque a sus críticos y la convocatoria a los leales para escenificar la batalla de la historia.

¿Será eficaz la mayoría? El futuro presidente tendrá legitimidad, popularidad y poder. Su partido tiene mayoría y enfrenta antagonistas en crisis.  No parece obvio, sin embargo, que logre el embonar todas las piezas que le son leales para construir un gobierno eficaz y para proyectar mensajes de certidumbre. Las señales de las semanas recientes son francamente preocupantes. Morena no trabaja como partido gobernante. La existencia de una mayoría no garantiza en sí misma coordinación, ni eficacia. Lo más delicado es seguramente el ámbito administrativo, que parece estar totalmente ausente de las consideraciones del nuevo gobierno. Es que la política no es para el lopezobradorismo gestión sino épica. Pero poca gloria espera a un gobierno incapaz de administrar las rutinas.

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13, Nov 2018

De pataletas y servidumbres

El pueblo es sabio y tiene un instinto certero, dijo Andrés Manuel López Obrador repitiéndose una vez más. En esta ocasión celebraba la consulta que los suyos organizaron para darle la razón. El pueblo es listísimo y tiene la fortuna de que su amado líder traza pistas de aeropuerto sobre las rodillas. Nadie antes lo había considerado posible, pero una visita del presidente electo bastó para alumbrar una nueva avenida que permitirá el aterrizaje de miles de aviones. Lo más preocupante de ese video que muestra a un político súbitamente convertido en perito en aeronáutica son los hombres que lo acompañan. Silenciosamente asienten la ocurrencia como si fuera una genialidad. Ahí, a su lado, el embustero que manipuló la información de un dictamen técnico para hacer pasar como atractiva la opción favorecida por el jefe. Ahí también el contratista que López Obrador considera uno de los mejores ingenieros del mundo. Debe serlo. ¿Quién soy yo para dudar de las credenciales profesionales de un hombre que declara con tranquilidad que los aviones se repelen? Lo que ha interiorizado bien el ingeniero Riobóo es el código del Cuarto Nacimiento: quien discrepe de su juicio es un berrinchudo que patea mientras se ahoga. No importa que el crítico sea una autoridad internacional. Discrepar es patalear.

Tal vez porque coinciden con el vocero oficioso del nuevo régimen, hay empresarios que se pliegan al nuevo poder. Se aprestan a olvidar todo lo que haya que olvidar para entenderse con él. Fue revelador el penoso video que el Consejo Mexicano de Negocios produjo unos días después de la elección para unirse a la cargada. Los grandes empresarios modernizaban por youtube las peores ceremonias de la cortesanía priista. A decir verdad, la actuación de los empresarios no era del todo convincente, pero de dientes para afuera llenaban de elogios al nuevo mandamás, le ofrecían apoyo, celebraban la sabiduría de la elección. El organismo empresarial se cetemizaba velozmente en busca del like presidencial. Se ofrecía al nuevo gobierno como apresurándose a borrar una larga historia de diferencias. El desacuerdo se minimizaba. Ahora resultaba que coincidían en lo esencial. Unos días después vimos una escena que superaba en indecencia a la previa. El patriarca de los empresarios salía exultante de una reunión con López Obrador. Presumía un libro del presidente electo como una quinceañera presume el autógrafo de su ídolo. Por supuesto, se desentendía del contenido del libro para mostrar el retrato del ungido en la portada. ¡Treinta millones de votos!, repetía, como si el dato convirtiera en infalible al futuro presidente. ¡Treinta millones de votos! No nos queda otro camino que el sometimiento.

Aquel video de servidumbre empresarial anticipaba una actitud política. En lugar de defender un espacio de autonomía, amistarse, a cualquier costo, con el nuevo gobierno. Lejos de asumir una responsabilidad cívica desde la plataforma que ofrece el liderazgo económico, someterse anticipadamente. Así lo hemos constatado con el nuevo aeropuerto. Ningún empresario pretende activar mecanismos legales por la cancelación de Texcoco. ¿Para qué hacerlo si ya se les ha garantizado la obra en el aeropuerto sustituto? ¿Por qué protestar, si el silencio puede ser tan rentable? La oferta de separar al poder político del poder económico se concreta en un curioso baile: primero se polariza políticamente una discusión para seleccionar, después, a los beneficiarios. Tras una consulta pública, una negociación a puerta cerrada. Ese es el espectáculo que hemos contemplado recientemente. Ni asomo de interés por limpiar de corrupción la obra pública que hace poco se describía como el gran símbolo de la podredumbre neoliberal. De lo que se trata es de marcar los proyectos con el sello del nuevo régimen y crear beneficiarios que deban lealtad a otra estructura. Se trata, pues, de fundar la pejeburguesía. Hay empresarios que ven con buenos ojos esa oferta y empiezan a acomodarse. Deponer los desacuerdos para obtener el certificado de confiabilidad y, con él, los negocios de la Cuarta Fundación.

Desde luego, no corresponde a los empresarios reparar las insuficiencias del sistema de partidos. Mal haría en imaginarse como sede de la oposición, pero la defensa de su espacio de autonomía, es una causa pública.

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06, Nov 2018

El rito de la destrucción

El poder elige sus rituales. Emite su mensaje con ceremonias. Quien se imagina como el Cuarto Padre de la Patria ha elegido la destrucción como el símbolo de su poder. Ha resuelto abandonar una importante obra en curso para plantar su autoridad frente al pasado y para mostrar su poder frente a sus adversarios. No soy adorno, dijo, festejando la demolición. La primera señal de su mandato es un aviso: convertirá en polvo lo que se le dé la gana. Dirá que obedece al pueblo. Por eso la consulta y los anuncios sobre el aeropuerto son, más que una decisión, una ceremonia. La puesta en escena de un nuevo entendimiento de la política.

Sabemos que las solemnidades del Congreso le son fastidiosas. Era necesaria otra ceremonia para inaugurarse. Eligió un emblema de la política como trituradora de símbolos. Aunque se pretenda hazañosa, ésta es la visión más pedestre de la política, la más infantil. El niño se descubre poderoso cuando rompe su juguete. Es solo entonces que se siente dueño de algo. Al ver el muñeco hecho pedazos sonríe satisfecho porque sabe que él ha provocado el destrozo. El primer poder: ser autor de la ruina. El niño se emociona al descubrir que puede alterar la realidad. El poder más elemental, el más primitivo es ese: destrozar. Andrés Manuel López Obrador ha elegido esa ceremonia para inaugurarse como presidente. Invocó al pueblo sabio con una consulta risible y activó de nuevo el antagonismo. Así, encarnando al pueblo en su batalla, dictó su primera orden: abandónese.

Algún capítulo de Elias Canetti podría registrar una ceremonia tan rica en alusiones como la que hemos presenciado en estos días. Un rito de algún reino donde, para iniciar el mando era necesario un incendio. El Nuevo Jefe debía incinerar las joyas del Viejo. Solo así el mundo reconocería que había nuevo mandamás. Todos los vecinos se reunían para contemplar el espectáculo. Su presencia en la ceremonia los convertía en creadores del fuego que habría de consumir los símbolos más preciados del viejo jefe. Con una hoguera debía inaugurarse el nuevo día. Por las llamas pasaban monumentos, palacios, ciudades enteras. Todo lo que el Viejo Jefe hubiera levantado tendría que ser convertido en ceniza para que el nuevo mando asumiera forma. El humo alejaba a los malos espíritus. Pasado por las llamas, el viejo reino quedaba convertido en un tapete de escombros que el Nuevo Jefe pisaría al terminar la ceremonia. Destruido el símbolo, amanecía. Nuevo poder, nuevo tiempo.

El senador Germán Martínez intentó una defensa de esta ceremonia. Me detengo en ella. A juicio del expanista, la dignidad de la política ha triunfado sobre la mezquindad de la economía. Pero, ¿qué política defiende el senador? La política del desplante, no la política de la responsabilidad. La política que hace alarde de arrojo pero que olvida el elemental llamado de la prudencia. En la destemplada voz del senador no se escucha el furor del converso sino, más bien, el patetismo del oportunista. Por eso defiende sin convicción una política que es puro ademán. El calderonista sabe bien que abandonar el nuevo aeropuerto no combate la corrupción, la consolida. No hay tampoco en la decisión un esfuerzo por cuidar los recursos públicos, sino un derroche imperdonable. Millones para pagar nada. ¿Preocupación por la ecología? El legislador sabe bien que ni siquiera hay estudios del impacto que la nueva obra tendría en el medio ambiente. Defiende así una política que, por su respaldo popular, no necesita ofrecer argumentos. El voto como coartada del capricho.

Una línea del discurso del futuro director del IMSS me parece relevante. La debilidad de los argumentos técnicos del nuevo gobierno le parece, en el fondo, su máxima virtud. Siendo una decisión política resulta inapelable. No hagan cuentas, no ofrezcan estudios, no presenten dictámenes: acaten la voluntad del poder. No es la técnica un valor fundamental del nuevo gobierno, advirtió. Martínez le escupe al fundador del PAN quien defendió el sentido ético del rigor. El rechazo a la técnica por repudio a la tecnocracia es voluntad de ignorancia. Desconocer el vínculo entre el instrumento y la consecuencia nos llevará a cosechar lo contrario de lo que deseamos. No digan, por favor, que esa ceguera voluntaria es la política. Eso tiene otro nombre: demagogia.

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30, Oct 2018

Golpismo fifí

El presidente electo ofrece disculpas por anticipado. Acto seguido avisa que persistirá en el insulto. Lo escuchamos en una entrevista improvisada sentado en la ventanilla de la fila de emergencia que frecuenta. Seguiré describiendo a la prensa que me cuestiona como prensa fifí, dice. Lo siento mucho, pero no tengo alternativa. Tengo que llamarlos como lo que son. En seguida, el presidente electo expone las razones del insulto. Los fifís de hoy son herederos de los golpistas que contribuyeron a la caída y muerte de Francisco I. Madero.  ¡Eso es lo que piensa el presidente electo! La crítica es golpismo. El cuestionamiento al poder que despunta es, en realidad, deslealtad democrática.

El paralelo que traza entre sus críticos y la decena trágica es preocupante. Es una nueva cápsula de su entendimiento del debate público. Importa citarlo en extenso para juzgar si mi interpretación es excesiva. El presidente electo brinda lecciones de historia como advertencias para el presente. “Si ustedes revisan la historia, los que le hicieron más daño al movimiento revolucionario maderista, fueron los fifí. Ayudaron a los golpistas, y hubo una prensa—en ese entonces—,   El Debate y otros periódicos que se dedicaron a denostar al presidente Madero. Bueno, esa prensa y los fifís, quemaron la casa de la familia Madero. Cuando detienen al hermano de Francisco I. Madero y asesinan cobardemente a Gustavo A. Madero, los fifís hacen caravanas con sus carros y festejan. Y luego esa prensa siempre apostó a apoyar la militarización, el golpe de Estado, y tiene que ver mucho con el conservadurismo, venían del régimen porfirista, eran serviles, era una prensa sometida y cuando triunfa el momento revolucionario, triunfa Madero, él garantiza libertades plenas, y se portaron muy mal, no sólo con Madero, sino el país, le hicieron mucho daño a México, fueron los que atizaron el fuego para que se volviese cruenta la revolución mexicana y se perdieran muchas vidas humanas. Entonces, lo del fifi viene de eso, para darle una ubicación histórica, entonces eso si se los voy a seguir diciendo, porque son herederos de ese pensamiento y desde el proceder.”

Si les digo fifís es porque, en realidad, quiero llamarlos golpistas. Esa es la advertencia del presidente electo en un arranque de sinceridad. Hay periodistas que se portan bien y periodistas que se portan muy mal. Hay periodistas que merecen besitos y otros a los que no queda más alternativa que describirlos como cómplices de la dictadura. Quienes me cuestionan, quienes dudan de las maravillas de la Cuarta Transformación, quienes critican las decisiones que se están tomando, quienes denuncian los efectos de las políticas que se pondrán en marcha muy pronto, conspiran contra la democracia. No son mis enemigos, son los enemigos del pueblo. Son, en realidad, descendientes directos de quienes conspiraron contra Madero. No hay aquí ambigüedad alguna en las palabras del presidente electo. El argumento es delirante, pero claro: si me criticas, en realidad sueñas con el magnicidio.

El presidente electo defiende, y con razón, su derecho a polemizar. Sería, en efecto, benéfico escucharlo debatir. Nadie quiere un presidente amordazado. Lamentablemente, lo que escuchamos de su boca no son argumentos que desbaraten el fundamento de otros argumentos sino algo muy distinto: un intento de destruir moralmente a sus críticos. Huertistas, los fifís. Quien advertía hace unos días por los probables costos de la consulta recibió de inmediato la feroz invectiva del presidente electo. Ningún alma limpia puede dudar de él. Quienes lo critican, quienes anticipan costos y perjuicios son personajes deshonestos. Vendidos. El futuro presidente se asume así como difamador en jefe. Mis críticos lo son porque han sido comprados por los enemigos del cambio verdadero.  Muy delgado resultó el barniz conciliatorio del presidente electo. Al primer raspón desaparece.

Advierto que el reflejo de la descalificación, esa imaginación que lo lleva a dividir el mundo en patriotas y traidores me preocupa menos por lo que pueda influir en la prensa que por lo que pueda provocar en su gobierno. ¿Cuál puede ser el espacio de razonabilidad bajo el imperio de la ideología? ¿Quién se atrevería a confrontarlo con malas noticias? ¿Quién osaría reconocer ante él un error de cálculo? Un fanático de sí mismo prefiere ser engañado a ser contrariado.

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16, Oct 2018

Esto no es populismo

Cuando en abril del 2016 se votó en el Congreso brasileño por la destitución de la presidenta Dilma Roussef, el diputado Jair Bolsonaro dedicó su voto al coronel que la torturó cuando tenía 19 años. En esa hora solemne, el militar convertido en político quiso dejar en claro la fuente su inspiración. El coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, muerto en 2015, fue responsabilizado de la tortura, desaparición y muerte de cientos de disidentes en tiempos de la dictadura. Con su voto, el legislador le rendía un homenaje. Esa devoción por el torturador es reveladora. El ideal de quien se convertirá muy probablemente en presidente de Brasil no es la democratización de la democracia, no es la inclusión popular, no es la lucha contra las élites, es la militarización de la sociedad.

La prensa insiste en describirlo como un populista de derecha. No lo es, es un fascista y es importante hacer el distingo. Populistas y fascistas coinciden en su rechazo al dispositivo liberal pero, mientras el populista propone medidas y símbolos de inclusión popular para corregir los vicios del elitismo, el fascista propone la violencia como mecanismo para terminar con la cobardía liberal y su siniestra tolerancia. La violencia ocupa el núcleo del discurso de Bolsonaro. Para evitar la homosexualidad, hay que golpear a los hijos que muestran esas peligrosas tendencias. Hay que aplicar ejemplarmente la pena de muerte. Y revivir el edificante espectáculo del fusilamiento. Bolsonaro lo ha dicho: hay que fusilar a los opositores del Partido del Trabajo, hay que fusilar a los delincuentes, hay que fusilar a los inmorales. Los héroes matan, ha declarado su compañero de fórmula, El matadero es la fantasía política del fascismo.

Bolsonaro se ha percatado que en nuestro tiempo no hay nada más eficaz que la defensa enfática de lo aberrante. Decir con soltura las peores barbaridades garantiza atención de los medios, sean viejos o nuevos. Conlleva además una extraña bendición: el patán presume que es el único auténtico entre la legión de los hipócritas. Dice las cosas tal cual, expresa sus puntos de vista sin hacer concesiones a lo políticamente correcto. El discurso del brasileño es sorprendentemente agresivo, incluso para los niveles de violencia retórica de nuestros tiempos. La agresión es para él la expresión natural de una masculinidad resuelta. Con su voz grita el orgullo del macho. Padre de cuatro hijos y una hija, declaró hace poco en un evento en Río de Janeiro que engendró a la niña en un penoso momento de debilidad. Por eso no puede decirse que su antifeminismo o que su homofobia sean rasgos secundarios de su personalidad. El fascismo tiene un fuerte componente sexual. Transfiere la voluntad de poder a los dominios de la sexualidad, como dijo Umberto Eco en un viejo artículo sobre el fascismo eterno. El fascismo expresa una masculinidad predadora.

Bolsonaro busca una revolución del orden. El ejército ha de ejercer el poder nuevamente como símbolo de jerarquía, eficacia y patriotismo. “El periodo militar fue un tiempo de gloria para Brasil, declaró Bolsonaro. Los criminales eran criminales; el que trabajaba era recompensado y, hasta en el futbol pasábamos menos vergüenzas.” Pero la dictadura en la que sueña el fascista brasileño es una dictadura más enérgica, más decidida, más letal. Una dictadura que no tenga los miedos de la previa: que no solo torture sino que también mate. No hay aquí la ilusión de un gobierno del hombre común que se hace cargo de su destino, como pregonan los populistas. Lo que hay aquí es el mito de la mano dura. El mito de la eficacia militar… y tecnocrática. La restauración que imagina Bolsonario pretende restablecer el antiguo matrimonio entre la dictadura y los economistas ultraliberales.

La crisis de las democracias liberales ha alimentado a sus adversarios. Mal haríamos colocando a todos en el mismo saco. Siendo complejo el reto que nos lanza el populismo, debemos reconocer que es muy distinto el que provoca el nuevo fascismo: un polo que propone la militarización, el rechazo a los derechos humanos y la politización del machismo. El modelo político de Bolsonaro no es la política corrosiva de Trump o Berlusconi, dos populistas de derecha. Su modelo es la política criminal de Duterte.

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08, Oct 2018

Discreción y austeridad

El moralismo de la nueva administración apuesta al recato, no al castigo. El presidente electo lo ha dicho en muchas ocasiones: no tiene la menor intención de examinar el pasado ni deseo de aplicar la fuerza de la ley contra quienes hayan cometido tropelías. Por algún extraño reflejo asocia el castigo con la venganza. Encarcelar corruptos y violentos es visto como un desahogo contraproducente. Por eso rechaza esa vía. Imagina la asunción del poder como una navaja que cortará el tiempo. El amanecer del 1º de diciembre será el primer segundo de la Cuarta Invención de México. Terminará un modelo económico, un arreglo político y la indecencia.

Esta última terminará con la austeridad gubernamental y la discreción de los funcionarios públicos. El compromiso es terminar con el derroche y la ostentación. Dispendios que en nada ayudan a la gente; alardes que ofenden. La promesa de cambio no se detiene en el escrupuloso manejo de los recursos públicos. Exige también un tipo de conducta en la órbita de lo privado. Si algo nos ha ofrecido el nuevo gobierno es que se conducirá con sensibilidad, prudencia y modestia. Un cercano asesor del presidente electo ha fallado precisamente por eso. Todos tenemos el derecho de usar nuestro dinero como nos plazca. Pero quien se dispone a asumir una responsabilidad pública debe ser congruente con la promesa que simboliza.

En la crítica al desplante del colaborador—más a la publicidad de la boda que a su fastuosidad—se muestran las divisiones de México. Por una parte, la crítica es un reflejo saludable que pudo percibirse en amplios sectores de la opinión pública, incluso en simpatizantes cercanos del movimiento lopezobradorista. Es la simple exigencia de que se cumpla con lo prometido. El reclamo de mantener el sentido del cambio. Es decepción frente a una temprana separación del compromiso. Los críticos entienden bien que la boda es un acto privado y que no se usaron recursos públicos para los adornos o el menú. Pero se trató de un alarde que imaginábamos propio de la política rechazada por los electores. Por otra parte, en la crítica a este escandalillo se ha revelado otra pulsión. No una exigencia de modestia, sino la rabia por el ascenso de los otros. El elitismo más pedestre se dio permiso en estos días para mostrar su indignación ante los arribistas. Salvador Camarena lo apuntó certeramente en el artículo que publicó en El financiero el pasado 5 de octubre. Su lectura es indispensable: A nosotros y a nadie más nos pertenecen las portadas rosas. Las hemos heredado. Nosotros merecemos esas páginas en donde mostramos nuestros viajes y nuestros trapos, nuestros brindis y nuestros postres. Ustedes habrán ganado el poder, pero sepan bien que no tienen derecho al lujo. Ése es solo nuestro.

La austeridad es un deber, pero puede ser también una trampa. La discreción es un compromiso, pero puede alimentar la demagogia. No tengo duda de que cuidar los recursos públicos, afanarse para que no se pierdan en lo inútil, que no se desvíen de su propósito, que se administren escrupulosamente es el principal deber del servidor público. Pero, en todo caso, debe encontrarse el punto de equilibro entre la austeridad y la eficiencia. Es fiel al compromiso de austeridad el que la renacida Secretaría de Seguridad Pública no reciba un aumento en el presupuesto destinado a esas tareas. ¿Es sensato? Segar la burocracia con machete significará, desde luego, un ahorro: ¿nos dará una buena administración?

Y también hemos de cuidar que la discreción pública no alimente la vanidad de la modestia. La circunspección de Andrés Manuel López Obrador es la roca de su prestigio. Hoy, que se dispone a ocupar las dos jefaturas, debe pensarse en las condiciones que le permitan cumplir de mejor manera su responsabilidad y, sobre todo, en las medidas que se requieren para garantizar su seguridad. La tranquilidad del país depende de ella. Cuidar al presidente no es fantochería y lo es menos en las condiciones del país. Decir que el pueblo bueno lo cuida no es una simple inocentada demagógica. Es una irresponsabilidad gigantesca.

Que haya austeridad y discreción, sí. Pero que también haya eficacia y seguridad.

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