Lunes

01, Abr 2019

Escribir con tijeras

La historia se escribe con tijeras. No es un tejido de múltiples versiones, una memoria rica en contradicciones y misterios sino un enfrentamiento entre dos sujetos morales. La historia es un relato edificante, una sencilla lección cívica, un cuento de clara moraleja. No podría ser de otra manera si se trata de una lucha de los buenos contra los males. El enfrentamiento de los patriotas contra los traidores. Así parece decírnoslo un presidente obsesionado con el pasado. Todos los días presenta un capítulo de esa historia de estampitas en la que cree fervorosamente. En la historia no encuentra ejemplo de una fascinante complejidad, sino de esa simpleza que alimenta su juicio político. Nada de claroscuros. Los héroes son saludables y rozagantes; son honestos y bondadosos. Los villanos son monstruos viles y deformes. Los liberales podrán cambiar de nombre y de escenario, pero no de causa.  Los conservadores estarán atrapados por siempre en su maldición: conspirar sin éxito contra la patria. Si alguien ha tomado los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional como si fueran una auténtica lección de historia ha sido es precisamente quien hoy despacha ahí.

De esa historia de bronce proviene la convicción de que el tiempo puede cortarse a voluntad. Con una navaja puede separarse el hoy de todos los días precedentes. En un instante se pasa de una era a otra. Se puede por eso romper definitivamente con todas las herencias del pasado e iniciar, como en una hoja en blanco, el nuevo capítulo de la nación. Esa ilusión de la cisura expresa una idolatría de la política. Imaginar al poder como una fuerza capaz de romper el tiempo. Terminar súbitamente los hábitos, fundar con fresquísimos materiales, la nueva arquitectura de la nación. Proclamar el primer día.

Así se decretó recientemente. El presidente de la república declaró, con toda solemnidad, la abolición definitiva del neoliberalismo. Tras la abolición de tan perverso credo, el auditorio se entregó a los aplausos. Se pensará que, tal como Hidalgo abolió la esclavitud, López Obrador termina con la servidumbre del presente. A decir verdad, la anulación no parece muy convincente si advertimos que las columnas fundamentales del neoliberalismo se mantienen intocadas y aún apreciadas como sustento de la estabilidad del nuevo gobierno. Si el neoliberalismo concretó dos reformas cruciales durante su reinado, la primera sería la autonomía del banco central y la segunda el acuerdo comercial de Norteamérica. No parece intención del gobierno terminar con la autonomía del Banco de México ni romper el pacto norteamericano. Pero en la imaginación del presidente, la ideología neoliberal ha sido definitivamente eliminada. Los aplaudidores de palacio habrán celebrado la histórica liberación de una doctrina perniciosa, pero, vale preguntar, ¿puede decretarse la abolición de una idea? Aceptemos, si se quiere, que el neoliberalismo es la más perversa de las concepciones económicas en la historia de la humanidad. Pensemos que es, como nos dice el presidente, una ideología demoniaca de la que han surgido todos los males que padece el país. Pero, aún creyendo en el satanismo neoliberal, ¿puede alguien abolirlo? ¿Puede la política invalidar una idea? ¿Puede abolirla?

La ilusión presidencial es reveladora de una ingenuidad disfrazada de omnipotencia. Arrogancia que es, en el fondo, ignorancia. Quien se imagina con el poder de abolir una idea, desconoce que el mundo de las ideas escapa de su control. El poder presidencial, por macizo que sea, no puede anular una fuente de pensamiento. Se trata de la misma soberbia de quien pretende bautizar su propio tiempo y colocarse por adelantado como una de las cuatro estatuas de la historia nacional.

Se cuenta que hace mil años, un rey Canuto en Inglaterra se burló de los aduladores que lo endiosaban mostrándoles el límite de su poder. Eres el más sabio, el más poderoso. Nadie osaría desobedecerte, le decían. Pues bien, si eso es cierto, le ordenaré al mar que retroceda y que cesen ya las olas. Tras la respuesta del mar, los aduladores callaron. Soberanía no es omnipotencia. El presidente podrá decretar la abolición de mil ideas perniciosas, podrá proclamar que despierta el primer día del cuarto nacimiento de México y dirá misa.

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25, Mar 2019

El fin de la (otra) hegemonía

La economía parece negada a la autocrítica. Parece negarse también a discutir con legos, pero su condición de autoridad tiene que ser analizada críticamente. Desde hace décadas ha ocupado un lugar privilegiado en la discusión pública y se ha instalado como la única vía racional de intervención en la realidad. Por eso nos corresponde a todos examinar sus pretensiones de supremacía intelectual. Fernando Escalante publicó en el 2016 un libro breve en el que examina su estatuto. Se supone que es ciencia. Reflexiones sobre la nueva economía, es su título. Lo publicó El Colegio de México. Ahí resalta la arrogancia profesional y el aislamiento de una disciplina. Por esa estrecha altanería ha sido incapaz de percibir sus miopías, sus cegueras, sus obsesiones. Ha resultado incapaz de reconocer, por ejemplo, su responsabilidad en la devastadora crisis del 2008. “La crisis de 2008 tendría que haber tenido consecuencias serias, no sé si catastróficas, para la economía como disciplina académica (para la versión dominante, al menos). No ha tenido prácticamente ninguna.» Poco sucedió después de la crisis. Tal vez algún remordimiento, alguna confesión. Pero la prédica se mantiene intacta: se enseña lo mismo, se publica lo mismo, se hacen las mismas recomendaciones. Como si el 2008 no hubiera pasado. Es que la crisis no fue solamente una crisis económica sino una crisis de la ciencia económica. La crisis de una disciplina académica. Una crisis que apenas algunos reconocieron como tal. Paul Krugman, unos meses después de haber ganado el Premio “Nobel”, se preguntaba en un ensayo en la revista dominical del New York Times, ¿cómo era posible que los economistas se hubieran equivocado tanto? La crisis era oportunidad para repensar los fundamentos de una disciplina. Se trataba del momento propicio para hacer una profunda reflexión intelectual. “Según lo veo, decía ahí, la profesión económica erró el camino porque los economistas, en conjunto, confundieron la belleza—vestida con unas matemáticas impresionantes—con la verdad.”

Fareed Zakaria, el acreditado internacionalista, escribe en la edición más reciente de Foreign Policy que la economía había ejercido una especie de hegemonía intelectual (“The End of Economics?”, invierno de 2019). Si durante la guerra fría las tensiones eran esencialmente ideológicas y geopolíticas, el conocimiento más apreciado era histórico, cultural, político. Eran los diplomáticos con una larga perspectiva histórica quienes ofrecían claves para entender los conflictos del día. Al terminar la guerra fría, esas consideraciones pasaron a un segundo plano. La economía parecía la herramienta racional de la integración. Una ciencia rigurosa abriría los caminos del progreso. De ahí nacía su autoridad pública. Era una hermana de la física. Ahí estaba la llave de la prosperidad. Lo notable es que se presentaba como un conocimiento al que solamente algunos podían acceder. Una ciencia, pues, que no podía ser moneda común. Por ello en la economía se deja entrever una utopía antiilustrada. Su saber nos hará prósperos, pero no todos tendremos acceso a ese saber. Habremos de confiar en los expertos, aquellos iniciados que han podido descifrar sus secretos.

La autoridad indisputada de la disciplina marcó una era. En la cuenta de Zakaria son tres décadas de imperio intelectual. En sus fórmulas y modelos se quiso ver el lente más preciso para observar el mundo. En sus herramientas, el saber más útil y más confiable. Esa hegemonía, dice Zakaria, ha muerto. La voz de la disciplina no es la más atendida ni la más persuasiva. Sobre los asuntos más candentes del mundo (las identidades y las nostalgias, las ansiedades colectivas, la fe política, las pasiones públicas) simplemente, tiene poco que decir. Si seguimos pensando que la lógica económica es la única prueba de racionalidad, seguiremos tachando a medio mundo de imbécil. Hay razones humanas que la razón económica desprecia. Cuando un ministro británico gritó su hartazgo de los expertos quiso ponerle un hasta aquí a esa racionalidad que se pretende única.

Que la economía haya caído del pedestal no significa, desde luego, que resulte irrelevante. Frente a la demagogia, la plomada del economista será siempre valiosa. Lo que advierte el fin de esa hegemonía es que la complejidad requiere de más enfoques y menos encierros.

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19, Mar 2019

Dulces envenenados

La política del actual gobierno nos ofrece, mañana tarde y noche, dulces envenenados. El oficialismo celebra el celofán con que envuelve sus decisiones, pero se desentiende de las sustancias tóxicas que oculta bajo el caramelo.

Se celebra, por ejemplo, que se ha aumentado el catálogo de delitos graves. Qué gran cambio, festeja el presidente. Hemos terminado con la permisividad neoliberal que trivializaba el horror de la corrupción, del fraude, del feminicidio. Hemos cambiado la ley para considerarlos delitos graves. Lo que no dice el presidente es que la palabra “grave” no designa, como en el lenguaje común, la dimensión de la ofensa sino el tratamiento procesal del acusado. ¿En algo ayuda esta reforma para combatir la impunidad? En nada. Absolutamente en nada. Lo reconoce incluso la el dictamen de la Cámara de Senadores:  lo que aprobaremos “no resuelve per se el problema de inseguridad ni es en sí una medida dilatoria (sic) de la comisión de delitos”. Aún reconociendo la inutilidad de la medida, la aprobaron. Y no es una mera frivolidad. Siendo inequívocamente ineficaz es una reforma nociva. La reforma dará nuevos permisos para atropellar la presunción de inocencia. Y favorecerá la criminalización de la pobreza. Así lo ha advertido la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Pero, al parecer, no importan las consecuencias de las reformas. Importa su envoltura. Que puedan venderse, por supuesto, como un clavo más sobre el ataúd del neoliberalismo.

Propone la bancada mayoritaria en la Cámara de Diputados una iniciativa para reducir a la mitad el financiamiento a los partidos políticos. ¡Todos a festejar! Finalmente, alguien se decide a quitarle el dinero a las entidades más abominables. ¿Quién podría oponerse a tan magnífica propuesta? La iniciativa tiene apariencia benefactora, pero sería un golpe severísimo, tal vez mortal, al ya agónico sistema de partidos. Con los resultados de la elección reciente, el partido del gobierno sería el único beneficiario de la medida. José Woldenberg ha hecho el cálculo de lo que significaría la aprobación de esta propuesta: Morena aumentaría en un 89% sus recursos, mientras que las oposiciones más importantes perderían entre 50 y 60% de sus ingresos. Si el financiamiento público ha de prevalecer, es importante que aliente razonablemente la equidad. El pluripartidismo no es gratis. Los ahorros que nos quieren vender como medida admirable son, en realidad, un tiro de gracia. ¿De veras queremos vivir sin el fastidio de la pluralidad?

Lo más grave, sin duda, es la reforma constitucional que está en el aire. Se nos ofrece como un paso democrático: poder quitar, mediante el voto a un presidente impopular. El arreglo institucional de la revocación es extraordinariamente delicado. De él depende, no solamente la estabilidad de los gobiernos futuros, sino también su capacidad para poner en marcha reformas y su corpulencia para resistir los embates de los adversarios. Alterar el periodo fijo de gobierno modifica sustancialmente los equilibrios tradicionales del presidencialismo. No digo que ese esquema deba permanecer inalterado. Simplemente advierto que, para modificarlo, hay que examinar cuidadosamente las alternativas. Sin embargo, en la conducta de los diputados se han impuesto tres vicios graves y preocupantes. Por una parte, el sometimiento irreflexivo al deseo presidencial. Si el presidente lo quiere, nosotros se lo daremos. Se trata de una sumisión que, además, actúa como si estuviéramos ante una urgencia. Reformas de ese calado no pueden definirse con prisa. Pero los morenistas en la Cámara de Diputados no quieren perder el tiempo en argumentos. Finalmente, los oficialistas legislan como si su condición fuera perpetua. Legislan para López Obrador y para el presente. Quieren abrir un camino para lo inmediato sin detenerse a considerar lo que puede venir. Olvidan la norma elemental de la prudencia institucional: las reglas que diseñas deben servir para contener a tu peor enemigo. La rueda de la fortuna pondrá en tu sitio a quienes más temes. Al diseñar instituciones hay que imaginarse con la responsabilidad del poder y también en la condición de minoría. La actuación del partido gobernante refleja la convicción contraria: hay que legislar para el instante y para el jefe. Después de Amlo, el diluvio.

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12, Mar 2019

Sentidos de la realidad

Nada es tan valioso en la política como el “sentido de realidad”. Nada es tan valioso como ver, oler, palpar la circunstancia. Esa es una de las grandes lecciones de Isaiah Berlin. Los estadistas de genio no son teóricos que conocen a profundidad una disciplina y que, por fidelidad a ese conocimiento abstracto, imponen sus lecciones al mundo. No son los técnicos que aplican un recetario, sino los habilidosos que perciben la textura del presente. Para incidir en el mundo, para transformar la realidad era menos importante la idea que el tacto. Un político debía ser capaz de palpar el carácter único de la circunstancia, entender las complejidades del momento, percibir el sentido del tiempo, leer el carácter de sus contemporáneos, anticipar aquello que apenas se insinúa, percatarse del peso de las inercias y advertir las primicias. El juicio político, escribía Berlin en un ensayito que publicó Vuelta en noviembre de 1996, es una sabiduría práctica. Una forma de la sensibilidad antes que una expresión de la inteligencia.

Durante los primeros meses de su presidencia, Andrés Manuel López Obrador ha dejado en claro la agudeza de su olfato y, al mismo tiempo, la amplitud de sus cegueras. El sentido de realidad del presidente se muestra, por decirlo de alguna manera, escindido. Por una parte, se advierte una extraordinaria capacidad para abrazar el clima emocional del país y para construir las bases políticas de un nuevo régimen. El presidente habla el lenguaje del momento y planea meticulosamente la fundación de una nueva política. Al mismo tiempo, se desconecta de la realidad, huye del mundo. Pemex vive su mejor momento en décadas, dijo en una de sus frecuentes excursiones al planeta de la fantasía. El presidente se refugia una y otra vez en sus cantaletas para no enfrentar el fastidio de los hechos incómodos. ¿Para qué tomarse la molestia de examinar el documento desafiante, si se le puede ignorar o, mejor, aún, si se puede despedazar el alegato con alguna frase hecha? Sabemos bien que a los críticos los agrede o los ignora. Quizá lo más grave para su propio gobierno, lo más revelador de su estilo político es que a los hechos que se salen de su libreto los lanza, de inmediato, al basurero. No son hechos sino mentiras de los enemigos. El intolerante que es incapaz de reconocer la dignidad moral de quien lo cuestiona, está dispuesto a cerrar los ojos ante lo que le desagrada. Quien se inserta habilidosamente en la coyuntura también se da a la fuga.

El presidente se percata de la fibra esencial de nuestro tiempo: la furia antioligárquica. No es, por cierto, un fenómeno mexicano sino mundial. La rabia contra las élites define la política en todo el planeta y López Obrador entiende a la perfección esos resortes. Por eso su mensaje es tan persuasivo y lo es de modo tan profundo: su distancia de las élites y de sus viejos rituales es real. Representa una política cercana, accesible; radicalmente distinta a la previa. El presidente toca y abraza a los suyos. Se deja querer. Es querendón. Disfruta como nadie el horno de las multitudes. Lo que le resulta inaceptable es la aparición de un hecho que se rebele a sus deseos.

Al político perceptivo y sensible lo niega el político ideológico que ve el mundo como la elemental batalla del pueblo contra sus enemigos, los malditos neoliberales. En ese trazado épico se borra cualquier complejidad. El mundo pierde entonces su riqueza, su variedad, su coloratura para volverse tontamente binario. Una excusa para no pensar. Cuando la etiqueta neoliberal se fija a una persona, una idea, una institución, no hay nada más que hablar. Esa persona, esa idea, esa institución están podridas.

El político del que hablaba Isaiah Berlin comprendía, quizá instintivamente, el misterioso vínculo entre decisión y consecuencia; entendía los complejos resortes que atan al acto y el efecto. Pero el sentido de realidad de López Obrador es otro. Su voluntad lo es todo y el símbolo es lo que verdaderamente importa. La configuración detallada y precisa de las políticas termina siendo irrelevante frente a la seducción de lo imaginario. El voluntarismo, esa religión del deseo, termina siendo una negación de la realidad y de la responsabilidad.

Empapado de realidad, López Obrador, se fuga una y otra vez de ella.

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04, Mar 2019

El poder ante la nada

No hay más brújula que la presidencial. No hay en el país otro instrumento de orientación pública. Todos nos ubicamos en el espacio a partir de las señales que de ahí surgen. Todos viéndolo a él. Escuchándolo a él. Alabándolo o condenándolo. Reaccionando a lo que él dice y deja de decir. Sus ceremonias son, sin duda, eficaces: el presidente es el único generador de sentido. Ahí el norte y sur, el pro y el contra.

Su presencia es abrumadora. Todos los días se hace sentir su poder. Más que como poder de decisión se presenta como un poder de fabulación: el presidente convertido en el gran narrador que todas las mañanas nos relata el cuento que somos. El poder se ubica en la voz de un hombre que no ha guardado silencio un solo minuto. El presidente habla y parece que solo el presidente tiene voz. Si alguno de los suyos habla es bajo la severa vigilancia del presidente. Al hablar, sus ministros sienten la respiración del jefe en el cuello. Sin descanso, la voz presidencial denuncia los horrores del pasado y celebra las maravillas del futuro inminente. Anuncia programas, aplaude la nueva era de México, señala a los traidores, da consejos de crianza, predica, extrae lecciones de la historia, insulta, se burla de los otros y los consuela. Todos los días, la voz del presidente. Y frente a esa voz, la nada.

De esa nada hay que hablar. De la nada en que se convirtió la oposición desde julio. De la nada que nada ha entendido desde entonces. De esa nada que hoy nada propone. De la nada que se empeña en ser menos.

El vacío de la oposición es la marca más preocupante de la nueva política. El problema que enfrentamos no es la aparición de un gobierno mayoritario. Tener un gobierno que tenga el respaldo de la mayoría de los votantes y el apoyo de la legislatura puede tener sus ventajas: despeja el terreno para las decisiones, aclara la responsabilidad, alienta, en principio, la eficiencia. La formación de un gobierno mayoritario permite escapar de la política de los vetos, esa que con tanta facilidad se convierte en política de atascos, extorsiones y complicidades. Pero aún un gobierno de despejada mayoría necesita una oposición sólida que se prepare para el relevo. Una oposición atenta, capaz de ofrecer alternativa y dispuesta a señalar errores y abusos. Una opción que exponga a la opinión pública otra manera de entender la política, que ofrezca otro relato, que dibuje otra posibilidad.

No se ve por ninguna parte esa alternativa que haga sombra al gobierno, que siga con atención sus pasos para hacer públicos sus tropiezos, que le dispute al gobierno el monopolio del relato público. No hay oposición que vigile, que explique, que cuestione, que destape y que critique. No se escucha la voz de las oposiciones y si aparece de pronto, resulta irrelevante. Las minorías siguen, al parecer, lamiéndose las heridas de julio. Saben bien que, en buena medida, se provocaron su propia desgracia y no se atreven a afrontar su propia crítica. Quisieran pasar página, pero no podrán hacerlo si no encaran la responsabilidad que les corresponde. Por ello no pueden levantar la cabeza. Por ello siguen pasmadas. Despistadas y disminuidas, se esconden en sus sótanos. La única esperanza que tienen es llegar a cosechar el error de los otros. No encuentran más palabra que el lugar común. La frase gastada, el lema hueco. Temen el aire libre, les aterra el futuro. Continúan pagando la cuenta de sus despropósitos y no logran dar el salto al presente. Las oposiciones saben bien que los votos no solamente les quitaron poder. La derrota de julio no fue una derrota ordinaria. El castigo sumió a los partidos tradicionales en la más profunda crisis de identidad de su historia. Se trata de una crisis de sobrevivencia. No exagero. Los interrogantes son complejos: ¿cómo reinventarse en el nuevo régimen? ¿Cómo lidiar con un liderazgo tan potente y tan disruptivo como el de López Obrador? ¿Qué hacer con el pasado propio? ¿Cómo encarar el magnetismo de la nueva hegemonía? ¿Hay espacio para la reforma o es necesario disolverse para inventar algo nuevo?

Lo cierto es que murió el sistema de partidos. Murieron los defectuosos equilibrios de la transición. Tenemos frente a nosotros a una nueva mayoría con ambición hegemónica. Una situación de partidos que, por imbatible que parezca ahora, no podemos dar por consolidada.

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25, Feb 2019

El destello del Congreso

La política mexicana dio un giro insospechado. Hace unos días el Senado abrió una puerta al diálogo. El legislativo interrumpió el soliloquio del nuevo presidencialismo para hacernos recordar que ni la elección más enfática puede borrar la pluralidad mexicana. Es importante apreciar el sentido de la sorpresa, las condiciones que la hicieron posible y las perspectivas que abre para el futuro inmediato.

El acuerdo del Senado que modifica sustancialmente la propuesta que el Ejecutivo hizo para configurar la Guardia Nacional, recupera para la legislatura un papel que parecía eclipsarse en los tiempos de la mayoría aplastante. A pesar de la insistencia presidencial, a pesar de las amenazas que se escucharon a la víspera de la votación, eso que llamamos “cámara alta” supo escuchar las inconformidades y logró un consenso sorprendente para impedir la consagración militar. Lo han reconocido los críticos más enérgicos de la propuesta original. El Senado escuchó, las oposiciones se coordinaron estratégicamente, las organizaciones aportaron propuestas razonables. Nadie fue arrollado, nadie fue ignorado. Todos los senadores dieron su respaldo a un documento de consenso auténtico.

No celebro la unanimidad. No suele ser la conformidad absoluta señal de salud democrática. Lo que vale reconocer en este caso no son los votos, sino el proceso de deliberación parlamentaria. Más allá de lo importante que es para la causa de los derechos el haber impedido (por el momento) la constitucionalización del militarismo como buscaba el presidente López Obrador, la intervención del Senado es muestra de que otra política es posible. Una política que reconozca la aportación de los conocedores, que aprecie el valor la crítica y el mérito del diálogo. Es estimulante el proceso reciente. El Senado abrió las puertas a los sospechosos y todos salimos ganando. Quienes reciben cotidianamente el insulto matinal del presidente fueron los arquitectos del pacto en el Senado. Especialistas, organizaciones no gubernamentales, representantes de la sociedad civil, escépticos y críticos de la “Cuarta Transformación,” opositores. A ellos debemos la modificación de una iniciativa que ya había sido aprobada por la Cámara de Diputados. A los machuchones, a los fifís, a los hipócritas conservadores, pues, debemos la sorpresa de la enmienda. Lo que es digno de registrar es que, al parecer, no se extendió por los pasillos de la asamblea la peste de la reacción. Se escuchó a los expertos y nadie se contagió de elitismo antinacional. Se atendió a las organizaciones sociales y no se tiene registro aún de que el conservadurismo se haya propagado. La lección para el nuevo régimen podría ser valiosa: los otros tienen algo que decir.

La sorpresa de la semana pasada no hará verano. Una reforma constitucional exige un acuerdo extraordinario. Lo excepcional y lo digno de ser reconocido en este caso es que, en primer lugar, la mayoría en el Senado estuvo dispuesta a escuchar a los críticos de la iniciativa presidencial y que, en segundo lugar, las oposiciones lograron mantener un frente común que no era un simple rechazo, sino una activa disposición a encontrar un acuerdo. Observamos el compromiso de legislar en pluralismo. La siguiente prueba será tan importante como ésta: el nombramiento de la futura ministra de la Suprema Corte de Justicia. La mayoría calificada que es necesaria para aprobar el nombramiento, vuelve a darle un papel protagónico a las oposiciones. Ninguna de las abogadas que han sido propuestas por el Ejecutivo tiene la necesaria distancia personal y política del presidente para cumplir con las tareas de un juez constitucional. Esperemos que la experiencia de la Guardia Nacional sirva para proteger la autonomía y la dignidad del último órgano del Estado y rechazar la terna enviada por el presidente.

El proceso senatorial deja, a mi entender, una enseñanza clara: la navaja del populismo que corta en dos al país es, no solamente nociva sino absurda. Un país complejo no puede ser gobernado con el maniqueísmo de esa epopeya del Pueblo bueno contra los siniestros mafiosos. En el Senado se rompió la estampa del populismo. Se nos presentó con claridad y elocuencia la estampa contraria: la de la pluralidad.

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18, Feb 2019

La lista

A principios de la semana pasada, en el Palacio Nacional, el presidente de la república da cuenta de una lista de traidores. Funcionarios que conspiraron para destruir la industria eléctrica del país. Significativamente, se sirve de un hombre desvergonzado y sin prestigio para dar lectura al nombre de los infames. “Le voy a pedir al licenciado Bartlett que les dé a conocer los nombres de los funcionarios que han trabajado y trabajan para las empresas particulares.” Su subordinado reitera que la difusión de la lista es una orden del jefe del Estado mexicano: me encarga el presidente que recordemos el nombre de quiénes han destruido a la CFE. Así empieza a leer la lista de los villanos. No se toma la molestia de verificar cargos y responsabilidades. Se equivoca en los tiempos en los que ocuparon puestos, confunde fechas y oficinas, pero aún así procede a leer la lista de la infamia.

Desde el centro del poder nacional, ante todos los medios de comunicación del país, el hombre más poderoso de México da la instrucción para destrozar la reputación de un grupo de mexicanos. Adelante, dijo: lea usted los nombres. Son los traidores. Son los inmorales. Son quienes cometieron faltas imperdonables. Vulneraron el interés de la patria. Colocaron su ambición por encima del deber. Que los conozca el mundo para que dé la espalda a los miserables. Para que les escupa y se les destierre. Ningún otro propósito tiene la publicidad de esa nómina. Se trataba de arruinar el prestigio de un grupo de mexicanos. Marcar su rostro y su cuerpo con una seña de deshonra. Mancharlos, estigmatizarlos. Todo el poder de la presidencia en contra de un grupo de ciudadanos que no puede defenderse de la agresión. ¿Qué defensa puede esgrimir un particular en contra de una embestida presidencial de esta dimensión? ¿Quién tiene una tribuna semejante a la que ocupa el presidente cotidianamente? ¿Quién cuenta con los poderes que ejerce el presidente más poderoso de la historia reciente del país? Una acusación del presidente López Obrador es una denuncia, un veredicto y una condena. Un monstruoso abuso de poder.

¿Y de qué se les acusa? De haberse apartado del código moral del Amado Líder. Eso. Ninguno de ellos recibe una acusación legal. Nadie enfrenta un proceso jurídico, nadie tiene oportunidad de defenderse en tribunales para limpiar su imagen. El jurado y el verdugo son el propio presidente de la república. Es sólo él quien ha inventado la infracción moral. Los acusados no han cometido delito alguno. Cumplieron, hasta donde puede saberse, con sus obligaciones legales. Acataron las reglas del derecho que son las únicas cuyo cumplimiento puede exigir el poder público a los ciudadanos. ¡Pero pecaron! Todos esos funcionarios fueron tentados por el mal y cayeron en el vicio. El puritano los llama pecadores, inmorales. Ese lenguaje de inquisidor implacable ha vuelto al discurso público: quienes aparecen en la lista de la deshonra no cometieron delito pero, a juicio del inquisidor, actuaron “inmoralmente.” Por eso lanza a los pecadores a la jauría. Incapaz de construir un argumento legal en su contra, los mancha para provocar su deshonra.

Al inquisidor le tiene sin cuidado el marco de lo jurídico, ese trazo que todos conocemos y que delimita con razonable precisión los límites de lo lícito. Su engreimiento moral lo faculta para lanzar acusaciones que no tienen más fundamento que su prejuicio. Así aparece cotidianamente en la plaza pública para fustigar al traidor que no se ajusta a su código personal. Nuevo ataque al orden cívico: despreciar la ley acordada para invocar la moralidad del caudillo.

Lo que sucedió la semana pasada en la conferencia de prensa del presidente de la república es gravísimo. El presidente empleando su gigantesco poder para aniquilar moralmente a sus adversarios. La tribuna presidencial empleada para promover una cultura de linchamiento. Esta es la lista de los miserables: que el pueblo noble, sabio y bueno actúe como crea conveniente. Cuando el presidente habla no habla un ciudadano cualquiera que expresa su punto de vista. La palabra presidencial tiene un impacto directo en la vida de las personas que nombra. La voz del poder no puede ser la voz de la inquina personal y del odio.

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11, Feb 2019

Antidemócratas

El liberalismo predominante se obsesionó a tal punto con el populismo que llegó a ignorar el peligro que lo acechaba desde el extremo contrario: la antidemocracia. Se fue asociando de este modo a una doctrina que buscaba domesticar al poder político, al tiempo que imaginaba a los poderes económicos como adalides de libertad que debían permanecer salvajes. Que los beneficios se concentraran en una cúspide cada vez más estrecha era obra de la naturaleza. Sólo los ignorantes podían oponerse a la inclemente mecánica de la realidad. Frente a la desigualdad, resignación. El discurso liberal se mutiló, renunciando a la riqueza de su propia tradición. La doctrina de la sospecha se convirtió en el alegato de la élite en defensa de sí misma. El liberalismo dejó de ser un cuerpo de ideas punzantes para ser ideología. Una versión de la ciencia económica se convirtió en la única fórmula razonable de comprender lo social. En su pizarrón podían resolverse todos los enigmas. De ahí habrían de surgir todas las órdenes. Solo quedaba aplicar las recetas y esperar el beneficio de los siglos. No debe extrañarnos que, tras estas perversiones, el liberalismo oficial se haya convertido en el manual de modales de la oligarquía mexicana.

Me he topado en estos días con un argumento que captura ejemplarmente esa perspectiva antidemocrática. Son las líneas de un hombre que hasta hace poco tiempo era un destacado funcionario gubernamental y que, desde que dejó las responsabilidades administrativas, ha participado con entusiasmo en el debate público. Me refiero a un hilo de comentarios de Aristóteles Núñez en tuiter. Si me detengo en esta cadena de apuntes no es por su elaboración intelectual sino precisamente por lo contrario: por la cándida naturalidad con la que expresa una persuasión política. No tengo dudas de muchos coincidirán con sus palabras. Por eso vale detenerse en ellas.

Llegué a su diatriba antidemocrática por la enorme difusión que tuvo en el vecindario de esa red social la carta que Núñez dirigió al presidente López Obrador. La carta es un documento pertinente. Llama con buen tono a la prudencia y a la moderación. Critica decisiones que le parecen impulsivas y que de poco sirven a los propósitos del gobierno. Sin estridencia, pide estudio y mesura para orientar las decisiones de la administración. La carta es acompañada de una serie de mensajes testamentarios: Núñez se despide de tuiter y deja a sus seguidores un paquete de reflexiones finales. Son esas líneas las que exigen un comentario.

El exfuncionario encuentra a México detenido, incapaz de prosperar, presa de demagogos y farsantes. Quiere un país “exitoso” y advierte las muchas conspiraciones que lo impiden. Expone así una crítica al régimen democrático que es, simplemente, una denuncia del sufragio universal. Sí: a este Aristóteles también le resulta absurdo el principio de un ciudadano, un voto. Que no voten los ignorantes o que su voto pese menos que el de los mexicanos “exitosos”. Así lo plantea: “En el modelo democrático que nos rige, el voto del ignorante, del flojo o del subvencionado vale lo mismo que (el) del empresario o intelectual más exitoso del país. Por lo tanto, si la sociedad es ignorante, ganará la ignorancia, si la sociedad es apática, ganará el impulsivo.” Una perla. Pocos se atreverían a decirlo tan claramente. En pleno siglo XXI, un destacado miembro del grupo político recientemente desplazado se lanza en contra de la igualdad del voto. Así. Sin más. Que el voto dependa de los ingresos o de los diplomas y que, por favor, esos flojos no voten.

Desde luego, el interés público se ofrece como justificación. Se entiende que liberar a los vagos de la carga del voto terminará siendo en su beneficio. A juicio de Núñez, quienes no han conocido el éxito, los ignorantes y los mantenidos son incapaces de razón: el sentimiento y la emoción son los únicos resortes de su vida. Piadoso, sentencia: “Donde no hay comida, oportunidad, empleo o satisfacción, no cabe la racionalidad.” La disyuntiva no puede ser más clara: nosotros pensamos, ellos gimen. Nosotros conocemos, ellos viven enjaulados en la ignorancia. Como el populista quiere deshacerse del liberalismo, los tecnócratas pretenden liberarnos del fastidio de la democracia. Quieren nuestro bien.

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04, Feb 2019

Filosofía del mecansogansismo

No estamos frente a la erosión de las instituciones. Hablamos de erosión cuando contemplamos un desgaste lento de las piedras o de la tierra. Es la constancia del viento o la terquedad del agua lo que, a lo largo de los años y los siglos, va carcomiendo poco a poco rocas y suelos. Eso es la erosión. Lo que hemos vivido en estos dos meses es un daño veloz y profundo al régimen institucional. En unas cuantas semanas se han debilitado de manera importante los órganos de la neutralidad y las cápsulas técnicas. La acumulación revela que el desmantelamiento de esas instancias es parte fundamental del proyecto político de este gobierno. Si las instituciones son un estorbo, hay que pasar por encima de ellas. Si los procedimientos obstaculizan las acciones de un gobierno con prisa, habrá que ignorarlos. Si los técnicos de antes lo hicieron tan mal, la preparación, el conocimiento es irrelevante. Lo único que importa es la fidelidad al proyecto. La lealtad es el nuevo mérito.

No idealizo el pasado. Sé muy bien que muchas de esas instituciones fueron capturadas, que se sometieron a la lógica de las cuotas, que se situaron en una condición de privilegio. Pero eran el germen de una administración profesional, el semillero de cuadros técnicos de gran competencia. Mucho invirtió (en todos sentidos) el Estado mexicano en esta ruta de profesionalización que prefiguraba un diálogo útil y prudente. Llegó a formar, sin lugar a dudas, un patrimonio público invaluable. Pero para la nueva administración estos cuadros son un fastidio. En su democracia no hay lugar para intermediarios, no hay posibilidad de conformar neutralidades, ni es en realidad, valiosa la técnica.

La aplanadora del hiperpresidencialismo no solamente atropella el pluralismo institucional. También arrasa con la deliberación. Lo que importa es la voluntad del señor presidente: sus compromisos de campaña, sus anhelos. Nada que vaya en contra de los deseos del presidente tiene valor. Ningún estudio técnico que se aparte del dictado presidencial merece ser tomado en cuenta. Si alguien osa insinuar la inviabilidad de los caprichos del jefe, tendrá los días contados. Regresamos a la presidencia axiomática: todo deseo del presidente es incontrovertible. Si lo desea el presidente no requiere demostración. No hay razón que pueda estar por encima de la razón presidencial. No hay argumento que pueda rebatir los deseos del presidente. No hay órgano que pueda ponerle freno. Lo ha expuesto el propio López Obrador con todas sus letras. Sus proyectos más queridos “van porque van.”

Va porque va. ¿Qué lógica revela una afirmación tan categórica? Que la voluntad del presidente basta para determinar el futuro. Que sus deseos, por el hecho de ser suyos, no pueden enfrentar obstáculo alguno. Que es insensato y hasta ilegítimo pretender oponerse. Que todo aquel que pretendiera resistírsele, está condenado al fracaso. La expresión, desde luego, revela también los delirios de la omnipotencia: si lo quiero sucederá. Se cancela con ello, cualquier duda razonada sobre los méritos de la decisión, sobre sus costos y ventajas, sobre las alternativas disponibles. Va porque va: la arrogancia de un mando que no discute.

Contemplamos, como no lo habíamos visto en mucho tiempo, la soberanía del capricho presidencial. Nada ni nadie por encima de los antojos del amado líder. Si quiere hacer de un compadre el gerente de la empresa más importante del país, no importa que carezca de experiencia y preparación; si ha decidido destruir un proyecto de infraestructura, da igual lo que cueste y lo que adviertan las instancias técnicas internacionales; si ya soñó con regalarle una refinería a su estado, habrá que ignorar todas las advertencias en contrario. Esto es el despotismo de la ocurrencia. Un despotismo que hace cómplices a los pusilánimes que ha designado como colaboradores. Pánico sentiría cualquiera de ellos al contradecir al caprichoso del gran poder. Puede tener un nombre esta filosofía de gobierno. Escuchando el inagotable ingenio de su expresión, podría llamarse la filosofía del mecansogansismo. Mis caprichos, aunque perezca el mundo. Mis antojos, al costo que sea. Y a la basura, cualquier palabra que me los escatime.

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22, Ene 2019

La lectura vehemente

No quiero hablar del librito aquí. Me interesa hablar de su lectura. En un libro, un ensayo, un artículo está el autor y su tiempo. En la lectura estamos nosotros, nuestros reflejos, la atmósfera que respiramos. Ahí están nuestros prejuicios y nuestros reflejos. En toda lectura se ponen en evidencia las trampas en las que caemos cotidianamente. ¿Qué pasamos por alto en un párrafo? ¿Qué nos llama la atención? ¿Qué nos irrita? ¿Qué nos sorprende? ¿Qué nos resulta trivial? Sean antiguos o recientes, los libros nos plantan un espejo. Nos mostramos en nuestra reacción a los textos, sean los de hoy o los de hace un siglo. El lector revela sus entusiasmos y sus cegueras, su tolerancia o su cerrazón. En otro momento valdría la pena detenerse en la curiosa cartilla de Alfonso Reyes que ha suscitado tan intensa polémica. Hoy quisiera detenerme en otra cosa: en el ruido que ha provocado ese texto, después de setenta y cinco años de haber sido escrito. Tal vez diga algo sobre nosotros, sobre nuestro tiempo. Sobre nuestra conversación y nuestra política.

Es ella, la política, la que ha tomado las riendas de la lectura. Con su torpe espíritu binario, tan simple como intenso, ha sometido a muchos lectores que, lejos de disponerse a desentrañar las complejidades de un texto, se apresuran a sentenciarlo y a compartir por todos los aires su veredicto. Se trata siempre de una sentencia rotunda y fulminante; tal libro es una basura, aquel es una antigualla que ya no nos dice nada, este es una joya, y el que acabo de leer, un clásico “imperdible”. Es una forma de lectura vehemente que solo se expresa con exclamaciones: la indignación o el deslumbramiento. Se lee así para alimentar el prejuicio, para intensificar convicciones, para petrificar creencias. Una mancha en el texto sirve para descartarlo de plano. Una discrepancia basta para decretarlo como pernicioso. Las palabras aparecen como munición de la guerra y no como lo que pueden ser: armisticio. La posibilidad de suspender hostilidades, de lograr entendimiento, de abrir un paréntesis a los simplismos que nos estrangulan. Apreciar un elemento del texto sin que eso suponga asentimiento de todo. La discrepancia puede coincidir con la admiración. En los libros hay una oportunidad de diálogo, una posibilidad de ver el mundo con otros ojos. Pero la lectura vehemente no se atreve a imaginar la razón de los otros, el tiempo de los otros, la verdad de los otros. No muestra disposición alguna a reconocer mérito en el adversario intelectual. Y se cuela así al mundo de los libros, de las letras, del argumento esa abominable expresión que manda al enemigo al basurero de la historia. Hay libros, nos dicen, que deben tirarse, con las cáscaras de huevo, las latas vacías y los trastos inservibles, a la basura.

El lector vehemente se acerca aun texto con una sola misión: encontrar la referencia que ubique el texto en el casillero adecuado. Lectura de aduanero. No se trata de emprender la lectura para disponerse a la sorpresa. No se trata tampoco de buscar el aprendizaje o el disfrute. Sordo al tono, sordo a la voz, quien lee de ese modo se apresura a detectar la filiación del texto para sellarlo. Sellarlo con una etiqueta y así cerrarlo. Estas letras son enemigas. Este libro es de los nuestros. Se renuncia de este modo al diálogo. No es este tosco afán de etiquetar los libros una expresión de la crítica sino la abdicación a ese ejercicio de la ponderación. Este lector se acerca a los libros como si fueran sustancias químicas a las que hubiera que catalogar como tóxicas o medicinales. En sus juicios se desliza una advertencia. ¡Cuidado! Este libro, este texto puede ser nocivo para la salud. Libro reaccionario, colonialista, misógino, populista, tiránico. Mántengase alejado de sus párrafos y maldiga al miserable que lo escribió y a los incautos que lo leen.

Toda convicción es una vanidosa parcialidad. Una autorización al prejuicio. Una interesada ceguera. Blas Pascal, uno de los más grandes sabios en la historia occidental, uno de los matemáticos más brillantes de todos los tiempos supo contraponer la sutileza al juicio tajante de la geometría. Sutileza es lo que nos hace falta para leer y para participar en la vida pública.

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14, Ene 2019

Los límites del arrojo

Hay batallas que merecen ser libradas. No hay forma de construir un régimen de derecho sin enfrentar a los beneficiarios de la ilegalidad. El combate a la corrupción exige pleitos. No será con prédicas ni en armonía que lograremos levantar una sociedad de reglas para dejar atrás el régimen del favor y la extorsión. Por eso hay que librar esas batallas… pero librarlas bien. Hace falta decisión y estrategia. La una necesita de la otra. Voluntad y valentía para enfrentar enemigos poderosos. Inteligencia, cálculo y estrategia para ser capaz de derrotarlos y cambiar realmente las cosas. Sin voluntad de correr riesgos, no hay acción política que merezca ese nombre. Sin pericia, el éxito es imposible.

No hay sustituto para la determinación. En el arrojo de este gobierno hay, sin duda, un impulso valiosísimo para romper una compleja red criminal. Es de celebrarse que el gobierno de López Obrador haya decidido enfrentar a quienes roban y comercian ilegalmente con la gasolina. No se exagera cuando se denuncia como un crimen contra la nación, como un delito que financia muchos otros delitos, como una transgresión de la que se alimenta un anchísimo territorio de ilegalidad. Sin osadía, poco se podría hacer contra ese mundo de complicidades arraigadas, de poderosos intereses que viven de ese desfalco. Había que actuar, asumiendo los riesgos de la acción, dispuesto a pagar los costos de un enfrentamiento necesario. En asuntos como éste la ambición histórica puede ser de enorme utilidad. Ese llamado de la historia impulsa al gobierno federal a romper esa complicidad de la parsimonia que sentenciaba que era preferible no hacer nada a correr el mínimo riesgo.

Pero la determinación puede ser estéril o, más probablemente, resultará perjudicial si no se acompaña de un diagnóstico claro de la realidad, si no domina los instrumentos de acción, si no parte de un anticipo realista de las consecuencias previsibles de la intervención. El ajedrecista de Palacio Nacional no imagina la segunda jugada de la partida. En el arrojo del primer movimiento se lo juega todo. Esa parece ser la marca de la administración: nadie podría dudar de su determinación, pero es difícil encontrar buenas razones para confiar en su juicio. Lo que hemos visto en estos días se insinuaba desde antes. La política de López Obrador, al hacerle ascos a la técnica, con su activo desprecio de los especialistas, con su fascinación por lo simbólico, renuncia a la intervención razonada en el mundo. El episodio del combustible es buena prueba de ello. El gobierno decide enfrentar el contrabando de gasolina, pero no elabora una racionalidad estratégica. Los aplausos que recibe hasta el momento son sólo respaldos a la valentía. Se reconoce la intervención, pero no se advierte el plan. El poder hace sentir su presencia, pero no deja ver su inteligencia.

La política del desplante imagina que, tras la osadía y la catequesis, todo se acomodará a los deseos del voluntarioso. Política de lances y sermones. Ya hicimos algo. ¿Qué? No importa: dimos muestra de que actuamos. Por eso ya nadie va a robar. Ya no hay razones para dedicarse a eso. Se trata de una exhibición de poder decidido, tenaz, valiente. También del despliegue de una retórica moralizante. No el testimonio de un poder estratégico que enlace la previsión al arrojo.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador empieza a cultivar su propia sombra. Si su antecesor sembró con su conducta y su ceguera una imagen indeleble de corrupción, el gobierno actual nos da razones para asociarlo, desde ahora, con la ineptitud. No digo, de ninguna manera, que el destino del gobierno esté sellado. Advierto solamente que ser el sexenio de la ineptitud es el mayor riesgo de esta administración. Esa es una posibilidad que incuba en el equipo que acompaña al presidente, en una administración pública depreciada, en una impetuosa maquinaria de decisión. Más allá de la grandilocuencia de sus propósitos, más allá del arrojo que pueda encontrarse en sus decisiones, el gobierno federal habrá de ser evaluado por su capacidad para transformar la realidad. No será evaluado por lo que quiere hacer sino por lo que provocan sus decisiones. No creo que la amenaza más seria de su éxito esté afuera. La ineptitud es su verdadero enemigo.

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07, Ene 2019

Épica

Empieza ya a notarse una disonancia crucial en la marcha de la política mexicana. El presidente, incansable y omnipresente, imagina su gobierno en clave épica. Piensa que todos los días se logra una hazaña. Todas las mañanas celebra la epopeya que es su gobierno. Que nadie piense que ésta es una administración ordinaria. Es, ni más ni menos que la cuarta ocasión en que el pueblo mexicano toma el control de su destino. A su juicio, vivimos jornadas que, dentro de algunos siglos, serán estudiadas por los niños. Esa es la dimensión de la megalomanía. Antes de inaugurado, se celebraba ya este gobierno como el Cuarto Nacimiento de la Patria. Al mismo tiempo se escucha otra tonada. Es el rumor de las persistencias, esa realidad que no se transforma de la noche a la mañana. Es la complejidad que se resiste a ser comprimida en el mundo en blanco y negro de la retórica oficial. Es la voz de las instituciones que habla otro lenguaje, que tiene otros tiempos. Es imposible hacer rutina con la épica. La felicidad nacional no puede nacer todos los jueves. A esa imposibilidad se enfrenta el gobierno de López Obrador.

El presidente entiende de ese modo la política. Es sincero en su convicción. No hay cálculo ni fingimiento en su oferta del nuevo amanecer. En eso cree. Por eso no es sensato pensar que puede dejar atrás ese discurso, como si hubiera sido una camiseta de campaña. López Obrador está convencido de que la política, cuando es auténtica, cuando alcanza altura permite saltos en el tiempo. Lo detecta bien Enrique Krauze en su lectura del presidente historiador . Por eso los reformistas no le resultan atractivos. En toda reforma hay una negociación que juzga indecorosa, un acomodo que le parece sucio. La gloria—esa palabra tan importante para Maquiavelo, se ha hecho presente en su vocabulario—no está en la mejora, el remiendo, el adelanto. Está en una transformación que no es simple política ni mera economía: es conquistar el “bienestar del alma.“ Los políticos a los que admira son los que rompen con tradiciones, aquellos que, incluso con el sacrificio, se apartaron radicalmente del pasado para fundar una nueva era. En numerosas ocasiones ha hecho escarnio de los moderados, esos cobardes que sirven involuntariamente a los conservadores.

El problema con la épica es que se lleva mal con el pluralismo democrático. Imagina una batalla histórica y la representa obsesivamente. Se vuelve, así, esclavo de su propio cuento. La política épica es incapaz de sacudirse la imposición de un libreto que termina siendo muy bobo. Se trata de identificar al villano y de aclamar al héroe. La visión épica del mundo puede ser persuasiva y ha demostrado su eficacia electoral, pero no es una perspectiva saludable para gobernar en un entorno democrático porque ciega a quien ha de tomar decisiones complejas. Lo que importa en esa dimensión es identificar al monstruo y blandir con energía la espada. La muy tonta reacción del Secretario de Comunicaciones ante la crítica de José Antonio Meade a la cancelación del aeropuerto es un perfecto ejemplo de ese síndrome: no escucho lo que dices porque eres quien eres. Ese es el tic del maniqueísmo épico: la descalificación moral de quien discrepa se basa en la convicción de que la historia es un templo para los héroes y el basurero de malvados.

Ante la invitación de un dirigente de Podemos a reencender la épica en la política española, Javier Cercas respondió de inmediato que en la democracia no hay espacio para la épica y que, en realidad, el principal deber de las instituciones democráticas es desterrar esa lógica. “La política democrática no se parece a la épica arrebatada de Juego de tronos, donde héroes y monstruos pelean a muerte por el poder en dos continentes ficticios en medio de guerras, torturas, violaciones, secuestros de niños y asesinatos en masa; la política democrática se parece a la prosa serena y razonable de Borgen, donde hombres y mujeres comunes y corrientes, dotados de sueños, pasiones, deseos y debilidades mediocres de perfectos antihéroes, se esfuerzan por mejorar la vida de sus conciudadanos en una Dinamarca real, o por lo menos verosímil.”

Lo cierto es que no hay López Obrador sin épica. Sospecho que los límites de su política estarán determinados por la leyenda que imagina.

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24, Dic 2018

De música

Esta noche es Noche Buena y me doy permiso para escribir de música en estas páginas. No tiene mucho sentido hablar hoy de presupuestos y de congresos, del presidente locuaz y de sus fieles, de polémicas leyes o decretos. Para eso hemos tenido todo el año. Las fiestas piden apartarse de las rutinas y cambiar la conversación. Hablar, por ejemplo, de música.

Hablar de música no es hablar de un pasatiempo sino de un lenguaje que, al escapar de las tenazas de la lógica, nos permite interrogar y celebrar la existencia. Lo decía con admirable elocuencia Nikolaus Harnoncourt al recibir el Premio Erasmo en reconocimiento a su contribución a la cultura europea. El violinista y director austriaco hablaba de la música como uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, una columna que ahora se trata como simple entretenimiento, como un pasatiempo, una compañía tan constante como trivial. Nunca hemos estado tan llenos de música como ahora. La música nos envuelve, nos persigue y, tal vez por eso mismo, no ha sido nunca tan irrelevante. Música en el elevador, en el camión, en la calle, en la casa, en el baño, en el mercado. En la palma de la mano podemos escoger de entre millones de canciones, sin detenernos un segundo a festejar su misterio. La música puede ser hermosa, posee al cuerpo, se convierte en una adicción. Pero ahí no está lo importante, dice Harnoncourt. Más allá de la belleza de sus armonías y de lo pegajoso de sus ritmos, es la puerta de lo inefable. Hechizo inquietante, conmovedor, misterioso.

Lo más humano y lo más divino a lo que tenemos acceso. Cantar, ha dicho ese gran melómano que es George Steiner, es “la más carnal y la más espiritual de las realidades. Acopla alma y diafragma.” Idioma intraducible, a fin de cuentas, indescifrable. El oído acoge con deleite el “no se qué,” aquello que no puede ser nombrado, aquello que no se entiende y, sin embargo, otorga sentido. Entre los silencios, el paréntesis de la música. «Una duración encantada, dice el filósofo Vladimir Jankélévitch, una efímera aventura y un breve encuentro que se aísla dentro de la inmensidad del no ser». Octavio Paz escribe en un poema:

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Todo ser humano, decía Harnoncourt, tiene el derecho a entrar en contacto con el lenguaje de la pintura y de la poesía. Ser capaz de comprender el vocabulario y la gramática de la música. Negarle a un niño este trato con las artes sería tan abusivo como bloquearle el acceso a las letras, los números o la historia. Formarnos en el arte es abrirnos a la posibilidad de ser transformados por el genio de la fantasía, la imaginación. “¿Qué habría pensado Albert Einstein, preguntaba, qué habría descubierto, si no hubiera tocado el violín? ¿No son las hipótesis atrevidas, las más fantasiosas, las que sólo alcanza el espíritu imaginativo—para que luego puedan ser demostradas por el pensador lógico?”

La gran pasión de Einstein fue la música. Era incapaz de pensar sin música. No viajaba sin Lina, su violín preferido. El mayor placer que me ha dado la vida ha venido de sus cuerdas, decía. De Mozart dijo algo interesante: más que creador de su música, fue el descubridor de una armonía universal. Fue el maestro que captó el sonido eterno del universo. El genio de la música escucha el universo, el genio de la física lo deduce. No es que la música fuera para él un pasatiempo, era parte esencial de su proceso intelectual. Lo notaba Elsa, su segunda esposa quien advertía el vaivén de su pensamiento: del escritorio donde trabajaba en sus teorías a la sala donde tocaba el violín, y de regreso. Su hijo Hans Albert coincidía: cada vez que en su trabajo topaba con pared, escapaba a la música. Tarde o temprano, el violín sugería la solución. Pudo haber coincidido con John Keats: la belleza es verdad, la verdad, belleza.

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17, Dic 2018

De autonomías

La democracia se alimenta de la sospecha. También se nutre de esperanzas, por supuesto, pero en el recelo encuentra su equilibrio. Las instituciones que desentonan de la voluntad mayoritaria son tan importantes como aquellas que pretenden expresarla. La democracia está en el voto que constituye gobierno y en las muchas instituciones y prácticas que lo restringen y vigilan. El brillante politólogo francés Pierre Rosanvallon ha propuesto un término para nombrar esa política de desconfianza. “Contrademocracia” llama, no a lo contrario a la democracia, sino al complejo de resistencias que se configuran en un régimen pluralista en contra del poder de los elegidos. Instituciones de vigilancia y de denuncia, instancias arbitrales, medios que develan los secretos, órganos técnicos diseñados para actuar con independencia de la presión popular. La democracia, a pesar de lo que dicen los demagogos, no supone, en modo alguno, confianza en la infalibilidad del pueblo o de institución alguna. En democracia se cree y se duda, se afirma y se refuta.

Arremeter contra los órganos de la desconfianza es debilitar equilibrios esenciales.  Resulta preocupante el embate de la nueva política a esos órganos de la suspicacia. El cambio electoral de julio sería, a juicio de la nueva clase política, una instrucción a todos los órganos del poder para seguir la guía del presidente de la república y para abrazar su proyecto. ¿No se han dado cuenta de que el país ya cambió políticamente?, preguntan insistentemente. Insinúan que todos deben alinearse. Esta visión unitaria de la política desconoce el aporte de quienes no siguen instrucciones del votante. La máquina democrática exige que las piezas estén enfrentadas persiguiendo propósitos distintos, defendiendo intereses contradictorios. No lo entienden así los nuevos jerarcas. Para el presidente, los órganos autónomos no son más que burocracias privilegiadas, estorbos a la clara voluntad del pueblo. Gastos inútiles. A su juicio, estaríamos mejor sin ellos. Tiene razón, sin duda, cuando advierte excesos en salarios y prestaciones de sus titulares. Acierta al denunciar el gigantismo de algunos. Seguramente se pueden encontrar formas para adelgazarlas y hacer más eficiente su actuación. Pero se trata de órganos indispensables que nos proveen de información valiosa, que pueden activar alarmas necesarias, que pueden denunciar desviaciones peligrosas, que pueden corregir errores. Debilitar estos órganos que han aparecido en la última generación es perder reflejos para actuar, es arrancarnos ojos, amputarnos brazos. Insisto: hay espacio para la reforma, para la compactación de instituciones que crecieron desmedidamente. Pero no podemos darnos el lujo de vivir sin ellas.

La primera víctima de esa fobia contra las autonomías será, al parecer, el instituto de evaluación educativa. La propuesta de reforma, diseñada ostensiblemente para congraciarse con los sindicatos, entrega a los dueños de la representación otro obsequio: el cadáver de un órgano que, con independencia de la administración y del gremio, podía presentar reportes oficiales sobre los resultados de la política educativa. Si la funesta iniciativa de reforma constitucional propuesta es aprobada, habremos perdido, además de los mecanismos de mérito para la selección y promoción de los maestros, una instancia oficial confiable que nos permitía medirle el pulso a la educación. La oficina que se creará en sustitución de ese órgano estará supeditada a los cálculos y los intereses del poder. El feo nombre que se propone para designarla anticipa el sentido de sus trabajos: se trata de presentar estudios que ayuden a mejorar la autoestima de los trabajadores y a promover su imagen pública. Se entiende que nada que los ofenda merece salir a la luz. “Jamás otra campaña de desprestigio contra los maestros,” ha dicho enfáticamente el presidente. La instrucción con la que nace el instituto para la revalorización el magisterio es clara, ningún reporte, ningún estudio, ningún registro que vaya en contra de su prestigio. Y si aparece alguna información políticamente contraproducente, habrá, por supuesto, que callarla. Si se descubre una información amarga, a dulcificarla para no incomodar a nadie. Nada que lastime la sensibilidad de los maestros. Perdimos un instituto autónomo. Se nos ofrece, en remplazo, una agencia de publicidad de los sindicatos.

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04, Dic 2018

Nueva política

Es una nueva política. Hemos hablado mucho de los números del cambio. La cantidad de votos, los porcentajes, los asientos del congreso, la recomposición del mapa nacional. Todo eso importa, por supuesto, e importa mucho. Es la base institucional de un poder que ha nacido sin antagonistas. Es la primera vez en nuestra historia en que tenemos a un presidente democráticamente legítimo e imponente. La negociación con las oposiciones ha dejado de ser necesaria. Si la nueva coalición mayoritaria actúa coordinadamente, podrá hacer, rehacer y deshacer las leyes que le dé la gana. Podrá rearmar, a su gusto, las instituciones autónomas. Podrá, con un mínimo esfuerzo, cambiar la constitución.

Pero, tal vez, lo más relevante del cambio está en otro lado. No en el ámbito formal de las instituciones sino en el modo de entender y ejercer el poder. En los hilos de la persuasión y en los calderos de la movilización política. Si estamos frente a una nueva política no es porque las viejas instituciones hospeden ahora a una nueva clase gobernante. Es que ese grupo entiende de manera radicalmente distinta la mecánica del poder, el sentido de la representación, el sitio del conflicto y los atributos del liderazgo. Ocupar las instituciones es apenas una forma (y, por cierto, no la más relevante) de ejercer el poder.

Es cierto que la “parafernalia del poder” le incomoda al presidente López Obrador. Lo constatamos nuevamente este sábado: hablar en la plaza pública le es infinitamente más grato que hablar desde la tribuna del Congreso, así sea un Congreso cuya mayoría le es, no sólo afín, sino devota. La sospecha del orden institucional lo ha acompañado siempre. No ha desaparecido. Si desconfía de las instituciones es porque las ve como corruptoras de la voluntad del pueblo. La voz auténtica del pueblo es la que responde a su llamado. Por eso se anuncia, como en tiempos del cardenismo, una intensa política de movilizaciones. Convocar, desde el poder, al respaldo del poder. Mostrar músculo en el espacio público para aviso de los opositores. La política de López Obrador no tiene como propósito la rotativa del Diario Oficial. La imagen que tiene del cambio histórico, ese sueño de gloria que lo anima supone una activación de lo popular. Es poner en movimiento una militancia del entusiasmo. En la formación de las lealtades se medirá, en buena medida, su éxito.

No hay fervor político sin antagonismos. La nueva política es, a todas luces, una política de enemistad. Es una constante activación de rivalidades. Nadie podría decir que se trata de una brecha inventada por la retórica de un hombre. El abismo es, en realidad, la constitución de México. Pero su uso político nos convierte en un país de irreconciliables, renuncia al entendimiento entre los polos y asume que la misión de la política es derrotar—si no es que aniquilar—al otro. Frente a nosotros se agrupan los herederos de los malos de siempre, esos conservadores que son pura hipocresía, esos mimados que no quieren perder privilegios. En ese escenario, no hay otro deber para la política que organizar la batalla contra el antipueblo.

La política también cambia de ambición y de ritmo. La nueva política no es política de reformas. El gradualismo es, para el presidente de México, mala palabra. Nunca se ha quedado corto para acentuar la dimensión épica de su proyecto. Insiste en sugerir que está naciendo un nuevo país con una auténtica democracia, una economía incluyente, una sociedad solidaria y una nueva moralidad pública. Sus propuestas acentúan el filo con el que pretende cortar el pasado. Habla insistentemente de la prisa con la que asume la encomienda. En seis años, gobernar doce. Hay momentos, cree él, en que las sociedades logran desprenderse del pasado. Rechaza por eso el reformismo, como si fuera simple maquillaje, el engaño de esos cambios que nada cambian. Escuchamos así la restauración de la retórica revolucionaria. Nada, o casi nada es importante cuidar del pasado. Hay que barrer con él.

La política mexicana tiene nuevas sedes, otra tracción, tensiones de distinta naturaleza, otras prioridades, otro ritmo, un vocabulario diferente. Debemos hacer esfuerzos por entender esas novedades porque sólo de comprensión puede surgir una estrategia frente a ella. ¨

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