Lunes

25, Ago 2008

Socialismo y aristocracia

José Ortega y Gasset se describía en algún ensayo como un socialista aristocrático. “Yo soy socialista por amor a la aristocracia.” Ese enlace de ideologías enemigas era la síntesis de su política: socialismo aristocrático. La paradoja era razonable para el filósofo: sólo el socialismo sería capaz de alumbrar la verdadera aristocracia. No se defendía, por supuesto, el quiste de los privilegios, sino el libre despunte de los auténticos talentos. Sólo una plataforma de igualdad permitiría ese mando de los mejores que implica, en su puro sentido etimológico, la palabra aristocracia. Ortega rechazaba las caprichosas regalías del nacimiento que concentraban el acceso a la cultura en unos cuantos. Cuando la cultura es confiscada por un manojo de familias, el resultado es la progresiva degradación pública. Impide por eso el liderazgo de los mejores, eternizando el dominio de los de siempre. Por ello exigía el esfuerzo de una política socialista que ofreciera a todos los ciudadanos condiciones semejantes para saber, para vivir, para crear. El socialismo era claramente un medio, no el objetivo. Su (breve) apuesta socialista no abrazaba una doctrina para la igualación, sino la igualación como la necesaria gestación de la excelencia. Si el meditador despreciaba al hijo de familia, también aborrecía el uniforme de la mediocridad generalizada. De ahí su búsqueda: igualdad para el alumbramiento efectivo del talento.
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17, Ago 2008

La dictadura de los peinadores

Tijeras_y_peineMientras el Estado se desmorona, los gobernantes se polvean la frente, se peinan y se miran al espejo. ¿Combina bien la corbata con la camisa? ¿Proyecta el mensaje correcto el traje oscuro? Al tiempo que la delincuencia esparce sangre y espanto, los políticos se encierran en un bunker equipado de cremas, peines y pomadas. La cosmetología acude al rescate del Estado. Dentro de unos minutos saldrán a dar una conferencia de prensa y revisan las frases del discurso y la carita con la que pronunciarán las frases de la indignación. ¡Cuánta indignación cabe en el poder público en estos días! Los gobernantes aparecen como almacenes de la rabia popular: recogen la indignación de la gente, la comparten, la respaldan, se solidarizan con ella y la apoyan. Secundan la indignación aplicándose una maravillosa crema para reducir las ojeras. La crisis de Estado es, para la clase política, problema de imagen.
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04, Ago 2008

La timidez democrática

Una de las críticas más severas a la democracia liberal es su aversión a decidir: carrusel de discusiones que da vueltas sobre sí misma. Talentosa para organizar debates, seminarios y foros, la democracia es tímida cuando se acerca el momento de decidir. Su vigor suele estar en otro lado: en el impulso de la crítica, en el desplante de la denuncia, en la esgrima de la polémica. Han apuntado los críticos de la democracia liberal que el enjambre de intereses que se intersectan tiende a tejer una coalición para que nadie decida por sí mismo, para que poco se mueva. Como régimen político no está adherido a ninguna idea, a ningún proyecto, a ninguna noción de verdad. Ésa es la gran mutación simbólica de la que hablaba el filósofo francés Claude Lefort: la democracia debe entenderse como un lugar vacío donde el poder ha dejado de estar en el cuerpo de una persona, en las páginas de un libro o en la cápsula de algún recuerdo. En democracia no hay valor que no sea discutible, no hay idea incuestionable, no hay texto sagrado. De ahí la incertidumbre radical del régimen y de ahí también la dificultad para transformar cualquier propuesta en decisión.

En un régimen democrático la decisión obedece al más modesto principio político: la aritmética. No es consecuencia de la verdad, ni de la justicia. No se decide porque algo sea intrínsecamente cierto o naturalmente justo. La decisión tampoco es, como para los tradicionalistas, prescripción de la historia. No se decide porque la política tenga el deber de honrar la memoria del pasado y el sacrificio de los muertos. Tampoco se decide porque el futuro haya enviado algún representante equipado con un manual imperativo. Entre distintas visiones de la historia, entre las muchas ideas de lo conveniente, se abre paso la decisión con el único título de la adición. El proceso aritmético, por supuesto, se instituye dentro de un complejo mundo de derechos y procedimientos. La suma democrática no existe en el vacío: reclama debate, deliberación, respeto a las garantías de cada quien, juego de órganos e instituciones. Pero tras los ejercicios, habrá que emprender la suma.
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28, Jul 2008

Difuminado

El contraste de las imágenes condujo a una conclusión inmediata. El noticiero había editado la señal para borrar digitalmente al personaje detestado. En una fotografía aparecía la limpia transmisión del Congreso, captando la plena identidad de todos los participantes en el foro parlamentario. La segunda estampa provenía de un noticiero matutino. Ahí se veían con claridad las facciones de cada uno de los integrantes de la mesa. Todos menos uno. La cara del senador Creel aparecía difuminada. Encima de los hombros, una mancha borrosa de la que era imposible distinguir ojos, nariz, boca. La conclusión unánime fue que la televisora había desvanecido digitalmente al político. Las asociaciones corrieron de inmediato: las televisoras actúan como entidades totalitarias que borran del planeta a sus enemigos. Quien no se subordina a su imperio desaparece de las pantallas, no existe. El recuerdo de Stalin apareció con fuerza. La malevolencia del dictador no se detenía en la extinción física de sus enemigos. No era suficiente matar a otro, era necesario borrar su imagen. De ahí la obsesiva manipulación de las fotografías bajo su imperio. Tras el ajusticiamiento de sus rivales, venía la supresión de todos sus retratos. En un libro sobre esta obstinación con las imágenes del enemigo (The Commissar Vanishes), David King apunta que, tras la aniquilación física de sus rivales, Stalin se empeñaba en destruirlos de toda existencia pictórica. Trotsky desapareció definitivamente de los archivos fotográficos de la Unión Soviética. Nadie podría ver su barbita y sus anteojos.

Tengo la impresión, sin embargo, que Woody Allen y no Stalin, nos ayuda a entender ese extraño contraste de imágenes. Un personaje de la filmografía del neoyorquino nos ayuda a entender el origen de esa figura opaca y difusa que la televisión trasmitió por unos instantes. Tal vez la adulteración provino del Canal del Congreso que manipuló las imágenes para incorporar nitidez a un personaje incurablemente borroso. Las imágenes del noticiero parecen en algún sentido más fieles que las difundidas por la trasmisora del Congreso. El senador panista parece un personaje de Deconstructing Harry, traducida por acá como Desmontando a Harry Los enredos de Harry. Se trata del actor desafocado. Robin Williams aparece en esa cinta como un hombre difuminado, un personaje sin silueta precisa, sin facciones distinguibles que es cada vez más borroso. Así lo vemos en la pantalla: un personaje fuera de foco. (…) Lo mismo pudo haber sucedido en este caso. Dejemos por un momento la manipulación mediática. El noticiero no hizo más que capturar el desvanecimiento de un político.

Por primera vez, hemos podido ver la imagen real del panista. Un político difuminado. ¿Qué nitidez podría tener la imagen pública de un personaje que ha combinado la superficialidad de todos los lugares comunes de la transición con el cinismo de la política tradicional? ¿Qué semblante podría tener la obsecuencia de un cortesano que se rinde ante los poderes reales para luego disfrazarse de gallardo y decente ciudadano? ¿Qué definición podría tener un político que es incapaz de decidir, un político intimidado por todos que encarna el fiasco político del foxismo? La aversión a las televisoras puede conducir a la invención de un héroe. Nadie tan negado para esa adoración como el senador difuminado. Son necesarios lentes que distorsionen la realidad para dejar de ver a Santiago Creel como un político desafocado desenfocado.

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23, Jul 2008

Tramposa confusión

– Había dejado de insertar aquí un fragmento de mi artículo de los lunes. Excesiva es ya su publicación en papel para insistir en su difusión por otros medios. Pero de pronto recibo correos que comentan y critican ese texto. Creo que su mejor sitio no es mi bandeja, sino este espacio público.

La tramposa confusión

La intermediación política adquiere en asuntos como la reforma de Pemex, su verdadero sentido. Ese es el jugo del trabajo parlamentario. Insertar aquí una consulta es desconocer el valioso aporte de los institutos representativos. Es que su gran servicio es precisamente la posibilidad de encontrar soluciones que vayan más allá del sí y del no. El oficio de los congresos es escapar de esa lógica y fabricar acuerdos. En el congreso puede encontrarse acomodo a intereses diversos y convertirse la política binaria en política que agrega. A esta instancia corresponde calibrar el mérito de las propuestas y el basamento de las resistencias. El Congreso, así sea visto por la ciudadanía como un nido de ineptos y charlatanes, está llamado a convertirse en fuente de una política imaginativa que logre el acuerdo necesario. El contraste con la política del referendo es notable. Mientras la consulta congela la decisión política en disyuntiva entre dos monosílabos, la política congresional abre el espacio para la conjunción de visiones distintas. Si la consulta endurece la política; el congreso puede oxigenarla.

Yo_decido Desde luego, una consulta como la que promueve la oposición de izquierda es un premio a la movilización. Se sabe bien que no es el mecanismo idóneo para sopesar la opinión pública. Para ello, los mecanismos demoscópicos son infinitamente mejores. En realidad, la consulta que se nos ofrece como democratizadora no es más que una manifestación con urnas. Un gran mitin que no se reúne en la plaza sino que se agrega simbólicamente en urnas. Imposible eliminar el sesgo del convocante que llamará preponderantemente a sus seguidores. Los opositores tendrán derecho a expresarse por esta vía; lo que no es aceptable es que presenten la voz de sus partidarios como la voz de la gente. Es falso, pues, que la política del referendo sea, en todo caso, más democrática que la política parlamentaria.

Otra tramposa confusión se cobija bajo el prestigio del consenso. Se sugiere que el consenso es una valiosa añadidura democrática. El argumento parte de la absurda condena de lo que se ha ido tildando como “mayoriteo.” En el delirante vocabulario del presente, la decisión de la mayoría se vuelve odiosa. Se aspira, en cambio, a una decisión que vaya más allá de la aritmética para alcanzar el “consenso.” La idea ha sido expuesta por el rector de la Universidad Nacional, quien pidió recientemente una reforma “que no divida” y que sea algo “que salga de consenso.” Bajo la romántica cortina de la conciliación política se esconde una trampa que nada tiene de democrática: el consenso—que debemos entender como el consentimiento entre todos los miembros de un grupo—implica el poder absoluto de la minoría más diminuta. En efecto, la búsqueda de consenso otorga a cualquier grupo, por pequeño que sea, un veto insuperable. La política del consenso es por ello contraria al gobierno democrático de las mayorías y contraria también a la exigencia democrática de la decisión. La aspiración consensual cancela el deber de decidir y bloquea la posibilidad del movimiento.
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12, May 2008

Tragedia, farsa, bufonada

No recuerdo quién decía que la historia sucede siempre dos veces. Sí me acuerdo de quién agregaba que la segunda ocasión, se aparecía como farsa. Tras la tragedia, una imitación grotesca. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, su mejor ensayo político, Marx sentenciaba que los hombres hacen su historia pero que no la hacen a voluntad, bajo circunstancias producidas por su deseo, sino bajo las condiciones impuestas por la historia. Así, los agentes de la historia tienen el cerebro enmarañado por fantasmas del pasado. Tradiciones de los muertos convertidas en pesadillas sobre el cerebro de los vivos. Así, sin percatarse siquiera de lo que hacen, los agentes de la historia toman prestados otros nombres, antiguas consignas, ropas y disfraces. El pasado secuestra al presente. El seco economista se convertía, al escribir El 18 Brumario, en un dramaturgo extraordinario. Es que su libreto de la historia encontraba en la coyuntura francesa un desafío que un pensador escrupuloso no podía ignorar. Marx deja atrás las grandes categorías sobre la estructura, escapa de las gruesas sentencias sobre la mecánica del tiempo social, y deja a un lado la estricta crítica del capitalismo. Para entender eso que juzgaba como una anomalía, el filósofo de la historia deviene artista: apreciar las formas de la sociedad en movimiento; colorear la atmósfera del presente; capturar el perfil de los protagonistas. El sabio desmenuza aquí la complejidad del presente; retrata a los personajes del momento, analiza las decisiones, siente el flujo de la historia. Apuntaba Marx: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa del pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido.”

Titeres Lejos de ser una vía de ferrocarril, la historia para Marx se vuelve una feria de absurdos y sorpresas. Absurdos que, por cierto, tenían dimensión cómica. Los tíos suelen tener sobrinos ridículos. El presente francés que tanto le intrigaba es visto por él como una mezcla de contradicciones: agentes constitucionales que conspiran contra la constitución; revolucionarios que se presentan como defensores de la ley. “En nombre de la calma una agitación desenfrenada y vacua; en nombre de la revolución los más solemnes sermones en favor de la tranquilidad; pasiones sin verdad; verdades sin pasión; héroes sin hazañas heroicas; historia sin acontecimientos, un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario, fatigoso por la sempiterna repetición de tensiones y relajamientos; antagonismos que sólo parecen exaltarse periódicamente para embotarse y decaer, sin poder resolverse. El economista también se vuelve aquí pintor de plomo: “si hay un pasaje de historia pintado en gris sobre gris, es éste.” Hombres y acontecimientos no son más que “sombras que han perdido sus cuerpos.” Sombríos personajes y ridículos en tiempos cuyo único impulso es el calendario.

No recomiendo este artículo, pero sí esta joya.

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28, Abr 2008

Confesión de un ridículo

La toma de la tribuna no fue ridícula. Fue efectiva. Pudo haber sido lo que nos dé la gana. El acto de ocupar el corazón del parlamento para impedir la discusión y la decisión de las mayorías puede ser calificado como un secuestro o un golpe; puede ser elogiado también como una astuta manifestación política, una legítima expresión de descontento. Sea lo que sea, no fue una ridiculez, como sugirió el presidente: logró lo que quiso. Impidió que las asambleas federales discutieran una propuesta legislativa, sometiendo a la mayoría a la voluntad de los audaces. Si lo que considero inaceptable es tomado como una nimiedad por el conjunto de la clase política, si lo que juzgo aberrante es tomado por costumbre saludable y es, además, palanca de eficacia política, el que está desubicado soy yo, obviamente. El ridículo soy yo.

Ridículo es el tipo que provoca risa sin quererlo. No es que sea simpático, que diga cosas graciosas, que cuente buenos chistes. Un comediante a su propia costa, causa risa sin querer. El ridículo es un humorista involuntario: es el blanco de la risa de todos. Camina tranquilamente por el mundo sin darse cuenta de que se pasea con la bragueta abierta. Todos le ven los calzones pero él no se da por enterado. Saluda a los vecinos que se encuentra en la calle para descubrir risas como respuesta. Cree que el vecindario es muy amable pero, en realidad, se burla de él. Es su confianza, no el asomo del calzón, lo que resulta ridículo. Es que el ridículo tiene una seguridad infundada; tan infundada que todos la saben falsa; pero tan segura que no puede percatarse de que está haciendo un numerazo. El payaso puede ser chistoso o no, pero no es ridículo porque anuncia con el maquillaje, la narizota y los zapatos que es un payaso. Al presenciar sus bromas sabemos que no se toma las cosas muy en serio. Nos podemos reír con él, pero no podemos burlamos de él. Quien es ridículo es el burócrata que se hace el payaso; el repelente galán, el mago que no sabe esconder los hilos de su truco. Tan ridículos como los que piden reglas en el país de la negociación eterna.
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21, Abr 2008

La progresía alamanista

La toma priista de la izquierda ha tenido consecuencias funestas para el pensamiento crítico mexicano. Son consecuencias que desbordan los confines de la política y que afligen el espacio de la cultura. No solamente carecemos una política socialdemócrata moderna; también estamos perdiendo la denuncia independiente y aguda que alguna vez tuvimos. Se trata de una consecuencia inesperada de la transición democrática en México: en el sitio de la izquierda se ha conformado un duro, talentoso y audaz bloque antidemocrático y conservador. Su vocabulario es popular pero sus ideas son rancias; sus estrategias colindan con lo insurreccional pero su programa es profundamente conservador. Ese núcleo expriista se ubica en la izquierda si atendemos la geometría de los partidos; pero es antidemocrática si consideramos su actuación política, tradicionalista si atendemos sus nostalgias, y antiliberal si desmenuzamos su actitud frente a la ley, frente a la diversidad, frente al debate. Paradoja transicional: la oposición a la democracia no se aglutinó en el PRI cuando éste perdió la presidencia de la república en el 2000: se aglutina en los priistas que perdieron la presidencia, seis años después.

El debate sobre el petróleo no es un debate ni es sobre el petróleo. Evocaciones de un pasado glorioso, manifiestos sobre la devoción debida a los símbolos patrios, juramentos de identidad nacional, invitaciones al paraíso por el atajo de una reforma limitada, testimonios de fidelidad a un caudillo, reiteración de odios y obsesiones. Me han sorprendido dos cosas de este circo: el absurdo de las desproporciones y que los opositores a la reforma de Pemex se piensen progresistas.
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14, Abr 2008

Toma de tribuna

A mediados del siglo XIX Juan Rico y Amat publicó en Madrid un Diccionario de los políticos. Escritos para divertimento de los que ya lo han sido y enseñanza de los que aún quieren serlo. Una quemante burla de los usos políticos reinantes. El filólogo mordaz advierte que la clase política no puede ser trata seriamente: “¿es posible reprender con seriedad a un payaso que vomita chistes y hace graciosa muecas mientras se le reprende? ¿No es harto miserable y ridícula la política que combatir queremos para que se la trate con formalidad y consideración?” Entre las expresiones definidas por el político y dramaturgo español se encuentra “Prácticas parlamentarias.” Esas rutinas son más bien eventos inusuales que adornan ocasionalmente al gobierno representativo. “Una de las prácticas más impracticables es la de que se deben retirar los ministros que pierden una votación en las Cortes; pero su cumplimiento se ha hecho tan raro que es un verdadero fenómeno que así suceda. Lo que se practica en esos casos es el cerrar esas Cortes y convocar otras nuevas, que voten a gusto del amo.” Cuando al amo disgusta alguna votación, la asamblea se clausura hasta que lo complazca: cerrar las cortes para que voten a gusto del amo. Eso es lo que vimos hace unos días en el Congreso mexicano: dos asambleas clausuradas para evitar el malestar del amo.

Toma_de_tribuna Una versión contemporánea de ese diccionario tendría que incluir entre sus voces la “toma de tribuna.” La definición podría ser algo así: ocupación de la tribuna legislativa por parte de un grupo de diputados o senadores con el propósito de impedir el despotismo de la deliberación y las coacciones de la mayoría. Quienes toman la tribuna siempre se ven obligados a hacerlo. No les queda de otra. Por fortuna, estos tribunos son patriotas: representan los verdaderos sentimientos nacionales. Mientras que el resto de la legislatura se empeña en imponer su depravación, ellos cuidan amorosamente a la patria. No necesitan pedir la palabra y exponer sus ideas; basta con impedir que los otros difundan el error. No pierden el tiempo haciendo política parlamentaria: la conquista física del congreso es suficiente para imponer su voluntad—que es, recordémoslo, siempre la voluntad del país. Se trata de un procedimiento nativo de estas tierras pero impecablemente democrático: si los enemigos de la nación pretenden atentar contra de la patria, quienes encarnan la verdad, la justicia y el patriotismo se aposentan en el estrado para impedir con panza y hombro la actuación de los malvados. Ya se sabe que la voluntad del pueblo no requiere comprobaciones numéricas ni tiene que hacer seguir los latosos procedimientos de la ley: se expresa por la voz de quien encarna a la Nación y se prueba en la aclamación. Además es divertido: a la solemnidad del anuncio, siguen cantos, bailes, disfraces y ronquidos. ¿Quién dijo que defender la soberanía tenía que ser aburrido?
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07, Abr 2008

Guerra civil fría

La única brújula que funciona en el país es la brújula de los odios. Ese instrumento de ubicación funciona perfectamente: nos permite situarnos en el mapa del México contemporáneo ubicando con velocidad al enemigo. No sabemos qué queremos pero entendemos bien que queremos lo contrario del de enfrente. Si una propuesta surge de aquel lado será mala. Estamos norteados en todo, salvo en la certidumbre de nuestras aversiones. Ahí está la marca definitoria de nuestro tiempo: más allá de la torpeza de un gobierno timorato; más allá de las obsesiones de una agria oposición; más allá de las estorbosas reglas, podemos decir que el país ha vivido una guerra en los últimos años de la que aún no puede liberarse. Hablo de una guerra civil fría.

Una democracia débil que ha sufrido el feroz embate de quienes tienen la responsabilidad de cuidarla. Una guerra civil fría: los actores políticos hablan y se comportan como si su tarea consistiera exclusivamente en detener y bloquear la causa maligna de su enemigo; y están dispuestos a hacer cualquier cosa para lograrlo. Una guerra sin armas, pero sin posibilidad alguna de entendimiento entre los contendientes.
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31, Mar 2008

Diálogo, verdad, reglas

Mandar al diablo las instituciones no es el deshacerse de lo inservible sino desprenderse de lo elemental -y de lo propio. No es atacar la fortificación enemiga sino perforar la nave donde uno viaja. Dirán los defensores de las comillas que López Obrador no mandó al diablo a las instituciones sino a sus instituciones. Subrayarán que los institutos remitidos al caluroso territorio eran los de la derecha tramposa. Pero ahí está el gran problema del lente marxista. Las instituciones del Estado no pueden entenderse como armas de los encumbrados contra los justos. Son el domicilio común, el espacio indispensable para la convivencia. Cuando el caudillo gritó a los cuatro vientos que las instituciones merecían estar ahí, en el infierno de la porquería, era claro que mandaba al diablo también a quien lo hacía su candidato. Era cuestión de tiempo que los efectos de la convocatoria se hicieran sentir en su propia casa. Se ha consumado el aviso: al PRD se lo ha llevado el diablo.

El discurso del gran caudillo ha sido un coherente embate a los tres fundamentos de la convivencia: el diálogo, la verdad y las reglas. Ése es el tripié del trato institucional: aceptar la realidad, acatar las reglas, tolerar al otro. No es extraño lo que pasa en la familia perredista porque ahí ha avasallado ese mensaje: no se puede conversar con los traidores; no importan los hechos; sólo valen las normas que me validan.
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24, Mar 2008

Biografía y miseria política

Es penoso lo que las figuras políticas han hecho de sus biografías, pero es más penoso lo que esas biografías han hecho de la política mexicana. Ahí está el caso deplorable -y triste, me atrevo a decir- de Arturo Núñez, un reformista sensato y experimentado, curtido en el proceso de cambio electoral; un hombre que era interlocutor válido para todas las fuerzas políticas y que quemó su respetabilidad en los fuegos del resentimiento. Que haya renunciado al PRI para protestar por la candidatura de su entrañable enemigo es entendible y aún plausible. Bien hizo en salirse de un partido que postulaba a quien no le merecía respeto. Es un acto de congruencia abandonar un barco conducido por un truhán. Tampoco me parece criticable que haya aceptado la oferta de un partido al que antes había criticado. Es comprensible que quien renunciaba a un partido, ejerciera su derecho de seguir militando en política. La libertad supone ese derecho de cambiar de opinión y de trinchera. Ciertamente, habría sido bueno que el político expusiera públicamente sus razones para aceptar la invitación de quienes tildó de empresarios de la reclamación. En silencio cambió de camiseta y aceptó disciplinadamente el obsequio de una candidatura. Lo que resulta más que cuestionable es la cadena de silencios posteriores. Nada dijo Arturo Núñez frente a la mentira del caudillo perredista de que había sido víctima de un robo electoral. Pocos como él podían aquilatar la dimensión del fraude de López Obrador al llamarse "presidente legítimo". Pocos como él podían calibrar la demencia de embestir contra las instituciones que no son instrumentos de unos, sino el domicilio de todos. Y en sus silencios, Arturo Núñez se volvió cómplice de la peor agresión contra el pluralismo mexicano desde que Vicente Fox quiso eliminar a su adversario empleando los instrumentos del Estado.
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17, Mar 2008

Del señoritismo panista

Mourio_quien

Algunos celebraron el nombramiento del nuevo secretario de gobernación como el asomo de una nueva clase política que, finalmente, llega al país para darle vuelta a las hojas. Cobijados por el PAN, aparecían políticos frescos, jóvenes, sin las obsesiones de sus predecesores. Sus publicistas los retrataban como competentes y ágiles; diestros en el manejo de las encuestas y libres de telarañas ideológicas. Sugerían que el nuevo ministro del interior representaba la avanzada de una promisoria tonificación del cuerpo gobernante. Aquellos defensores sugerían que no había que exigirle demasiadas credenciales al funcionario premiado: bastaba la confianza de su jefe y el éxito en la campaña para convertir a su mentor en presidente. La experiencia era ridiculizada como si fuera una petulancia de viejos. ¿De qué sirven años de experiencia si este régimen es tan distinto al viejo, tan nuevo, tan joven—como Juan Camilo?

El escándalo que ha envuelto al Secretario de Gobernación no es una nimiedad. Representa un vicio que, por muy común que sea entre los panistas, no deja de ser inadmisible: la incapacidad de trazar con claridad una línea que separe los intereses privados y las responsabilidades públicas. No encuentro señales que demuestren que el legislador o el funcionario de la Secretaría de Energía se hayan beneficiado de su cargo, pero lo que evidencian los documentos exhibidos es, por lo menos, ligereza, descuido en el trato de asuntos espinosos. Con todo, lo menos escandaloso del escándalo es el motivo que lo hizo explotar. Normalmente el encubrimiento resulta más nocivo que la trampa. En este caso, lo verdaderamente grave no son las firmas sino la reacción del funcionario. Mudo para responder puntualmente a las imputaciones, el Secretario se mostró indignado por un cuestionamiento calificado de “mezquino.” ¿Por qué sería mezquino que la oposición señale documentos que exhiben conductas públicas que son, cuando menos, sospechosas? ¿No es parte del derecho y aún de responsabilidad de las oposiciones? ¿Quién se cree este hombre que se imagina por encima de los cuestionamientos?

Mouriño no se quedó en la absurda cantaleta de los-malos-mexicanos-que-quieren-el-fracaso-de-México sino que se explayó en una lacrimosa historia de sacrificio. Nos relató el abnegado patriota que en el 2003 optó por el servicio a la patria. Desde entonces carga una pesada cruz: “El precio que pagué no fue menor. Le he arrebatado tiempo a mi familia; renuncié a las acciones de las cerca de 80 empresas de uno de los grupos empresariales más importantes del sureste mexicano y también dejé muchas de las comodidades que tienen los que viven en el interior del país.” Ay. El señorito se ofende porque la ingrata patria no le reconoce las privaciones que ha tolerado para beneficiarla generosamente con su talento. Difícil imaginar una respuesta más incompetente, más torpe y, sobre todo, más insultante. El escándalo del preferido de Calderón no tiene que ver, pues, con sus tratos con Pemex, sino con su nombramiento. Si queríamos una estampa del político bisoño que no tiene más mérito para ocupar el ministerio del interior que el aprecio de su jefe, ahí la tenemos, a todo color. La información que ha dado después sigue sin responder a las acusaciones del político que ha revivido con su arrogancia. La gran apuesta política de Calderón ha resultado un fiasco.

Insistiría que el amiguismo de Calderón no tiene paralelo en la historia reciente del país. Ni en los tiempos dorados de la hegemonía priista puede recordarse un gabinete tan oscuro y tan subordinado al criterio exclusivo de la amistad. Por supuesto que antes había amigos en el equipo presidencial y que muchos de ellos eran indefendibles, pero no había tantos colaboradores que lo fueran por el solo hecho de ser amigos del jefe o por la gran virtud de ser, convenientemente, anodinos. Si el tamaño de un presidente se mide por la estatura de sus colaboradores, el presidente Calderón alcanza la altura de su club de Mickey Mouse. El suyo no es un gabinete de figuras indisciplinadas por la sencilla razón de que no hay, excluyendo al Secretario de Hacienda, una sola figura en su equipo. Pero diría que el caso del secretario de gobernación refleja algo más que la inseguridad de un presidente que no tolera la compañía de personajes con trayectoria propia. Si ha querido azular su gabinete ha tenido éxito: en sus colaboradores está el mejor retrato del partido que llegó al poder hace un año y medio. En efecto, como quieren los calderonistas, puede decirse que el PAN no ganó el poder en el 2000, con Vicente Fox. El partido de Gómez Morín llegó al poder con el hijo de un fundador.

La irritante respuesta de Mouriño es la muestra perfecta del arrogante señoritismo que impera en el PAN. Los sacrificados señoritos panistas que dicen ofrendar sus “legítimos” dividendos a la salvación nacional. No son los tecnócratas de antes que eran respetados en todo el mundo; no son tampoco los lobos de la malicia que siguen imponiendo sus condiciones. Sin formación académica solvente, ni experiencia política, son los amiguitos mimados de un hombre con suerte. Daniel Cosío Villegas detectaba ese señoritismo a fines de 1946 cuando hablaba de los antipáticos panistas: son los decentes de clase media cuyos intereses y experiencias se reducen a su despacho y a su parroquia. Los calificaba atinada y visionariamente como tipos de “mentalidad señoril”, en su memorable ensayo sobre la crisis de México. Esos señoritos ganaron la presidencia en el 2006 y están convencidos de que el país está en deuda con ellos.

*

Por cierto, si quiere conocer a la esposa, hijos, los hábitos y los placeres del galán del gabinete, consulte la revista Quién

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10, Mar 2008

Meter el pie, meter la pata

No asusta la agitación perpetua de México, sino la esterilidad de sus trastornos. En México hasta el conflicto es infructuoso. La incompetencia y la mezquindad marcan nuestra vida pública. Por ello la rutina de la política mexicana es una secuencia tenaz de dos talentos notables: meterle el pie a los otros y meter la pata. Equilibrio perfecto de torpeza y ruindad: hacer tropezar a los otros para que no lleguen a ningún lado; caer en agujeros que uno mismo cava. Esas son las razones del estancamiento: ser incapaz de unir el paso del pie derecho con el tranco del pie izquierdo y avanzar. Empeñarse en impedir que el otro camine. Atorados, pues, entre las zancadillas y los resbalones.
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03, Mar 2008

Sobre el sectarismo

El número más reciente de la revista Dissent, incluye una reflexión muy pertinente sobre la tentación sectaria (No hay versión en internet en el sitio de la revista). Avishai Margalit, autor de una sugerente apuesta por la decencia–no como cuidado de las buenas maneras, sino como el deber de tratar a todo hombre como ser humano y no como una cosa o un animal—recuerda que Irving Howe le advirtió alguna vez que nunca cayera en el sectarismo. Formar una secta era abandonar la política y entregarse a una visión religiosa de la causa; era preparar la guerra y perder sentido de realidad. Margalit piensa que nuestra imagen de la política está marcada por dos dibujos contrastantes. El primero retrata a la política como un mercado: el sitio donde se compran y venden servicios. Ahí todo es sustituible, nada es valioso en sí mismo. Todo puede ser negociado y puesto a subasta. El segundo trazo pinta la política como territorio sagrado. En la política se trata con lo divino y, en consecuencia, con aquello que no puede ser negociado. Lo sagrado no puede dividirse y, por lo tanto, no puede ser objeto de transacción. La imagen de la política como ámbito religioso enciende el dramatismo de la acción: para defender a los santos habrá que estar preparados para el sacrificio y el combate.

El sectarismo implica un rechazo a lo negociable: la política es religión y sólo religión. Por ello el sectario está convencido de que cualquier acuerdo está podrido. No hay pacto que valga porque cualquier negociación supone un desgaste de lo divino. Quienes sugieren negociar recomiendan la traición: son vendidos que han dejado de pertenecer a los nuestros. Margalit encuentra varias notas distintivas del temperamento sectario. Una de ellas es su desprecio por el número y el dato. La secta no busca ensancharse, lo que anhela es conservar la pureza absoluta de todos sus miembros. Que no quepa duda de que cada uno de los miembros de la secta es un puro, un sectario auténtico y orgulloso en quien no aparece ni el más leve soplido de duda.

La secta lanza a sus miembros constantes pruebas de lealtad. Todos los días hay que demostrar fidelidad a la causa. Cualquier diferencia, por mínima y absurda que parezca al extraño, se convierte en diploma de pertenencia o en razón de excomunión. Siempre en guardia, la secta tiende a escindirse, a separar lo distinto y a expulsar aquello que pudiera parecer peligroso. De ahí que su metabolismo reclame purgas y divisiones. De ahí que, para el sectario, el debate sea un terreno minado. El ámbito de lo indiscutible es inmenso. Todos los miembros del grupo saben bien que hay una larga lista de temas que no pueden ser abordados, que hay otra lista de personas con quienes jamás se puede entrar en contacto y que, en consecuencia, la tarea consiste en repetir las confiables cantaletas de la identidad. En ese mundo clausurado a la discusión, el examen de la realidad ha sido definitivamente proscrito.

La izquierda sectaria quiere declararle guerra al país. México está partido en dos: uno es el México de los patriotas; el otro es el antiméxico de los traidores. Quienes duden de esta división son ya parte de la conjura contra la patria. No es necesario hacer sumas, ni disponerse al estudio de los problemas por muy técnicos que puedan parecer. Es pecado la simple sugerencia de una posible negociación para una mínima reforma. Dicen que quien negocia se prostituye. Se encargan de fomentar odios y purgas adentro de sus filas, enfatizando que la verdadera política no admite más que a los puros. Estamos en tiempos de definición, dicen los sectarios: se está con México o se está con lo intereses extranjeros. Punto. Y si hay que quemar al país para purificarlo, adelante.
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