Lunes

03, Mar 2008

Sobre el sectarismo

El número más reciente de la revista Dissent, incluye una reflexión muy pertinente sobre la tentación sectaria (No hay versión en internet en el sitio de la revista). Avishai Margalit, autor de una sugerente apuesta por la decencia–no como cuidado de las buenas maneras, sino como el deber de tratar a todo hombre como ser humano y no como una cosa o un animal—recuerda que Irving Howe le advirtió alguna vez que nunca cayera en el sectarismo. Formar una secta era abandonar la política y entregarse a una visión religiosa de la causa; era preparar la guerra y perder sentido de realidad. Margalit piensa que nuestra imagen de la política está marcada por dos dibujos contrastantes. El primero retrata a la política como un mercado: el sitio donde se compran y venden servicios. Ahí todo es sustituible, nada es valioso en sí mismo. Todo puede ser negociado y puesto a subasta. El segundo trazo pinta la política como territorio sagrado. En la política se trata con lo divino y, en consecuencia, con aquello que no puede ser negociado. Lo sagrado no puede dividirse y, por lo tanto, no puede ser objeto de transacción. La imagen de la política como ámbito religioso enciende el dramatismo de la acción: para defender a los santos habrá que estar preparados para el sacrificio y el combate.

El sectarismo implica un rechazo a lo negociable: la política es religión y sólo religión. Por ello el sectario está convencido de que cualquier acuerdo está podrido. No hay pacto que valga porque cualquier negociación supone un desgaste de lo divino. Quienes sugieren negociar recomiendan la traición: son vendidos que han dejado de pertenecer a los nuestros. Margalit encuentra varias notas distintivas del temperamento sectario. Una de ellas es su desprecio por el número y el dato. La secta no busca ensancharse, lo que anhela es conservar la pureza absoluta de todos sus miembros. Que no quepa duda de que cada uno de los miembros de la secta es un puro, un sectario auténtico y orgulloso en quien no aparece ni el más leve soplido de duda.

La secta lanza a sus miembros constantes pruebas de lealtad. Todos los días hay que demostrar fidelidad a la causa. Cualquier diferencia, por mínima y absurda que parezca al extraño, se convierte en diploma de pertenencia o en razón de excomunión. Siempre en guardia, la secta tiende a escindirse, a separar lo distinto y a expulsar aquello que pudiera parecer peligroso. De ahí que su metabolismo reclame purgas y divisiones. De ahí que, para el sectario, el debate sea un terreno minado. El ámbito de lo indiscutible es inmenso. Todos los miembros del grupo saben bien que hay una larga lista de temas que no pueden ser abordados, que hay otra lista de personas con quienes jamás se puede entrar en contacto y que, en consecuencia, la tarea consiste en repetir las confiables cantaletas de la identidad. En ese mundo clausurado a la discusión, el examen de la realidad ha sido definitivamente proscrito.

La izquierda sectaria quiere declararle guerra al país. México está partido en dos: uno es el México de los patriotas; el otro es el antiméxico de los traidores. Quienes duden de esta división son ya parte de la conjura contra la patria. No es necesario hacer sumas, ni disponerse al estudio de los problemas por muy técnicos que puedan parecer. Es pecado la simple sugerencia de una posible negociación para una mínima reforma. Dicen que quien negocia se prostituye. Se encargan de fomentar odios y purgas adentro de sus filas, enfatizando que la verdadera política no admite más que a los puros. Estamos en tiempos de definición, dicen los sectarios: se está con México o se está con lo intereses extranjeros. Punto. Y si hay que quemar al país para purificarlo, adelante.
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25, Feb 2008

Entre el México panzón y el internado

Anthony Giddens, uno de los sociólogos más influyente en el mundo, ha puesto el ojo desde hace mucho tiempo en las complejas conexiones entre el poder y la intimidad. El tiempo de la modernidad ha transfigurado la vida personal, la familia, los patrones de consumo, el uso del ocio. Los problemas que enfrentamos hoy sugieren una transformación importante en la acción del gobierno. Antes el Estado—Giddens habla del Estado de bienestar—se podía considerar como un artefacto reparatorio: los problemas sociales son resueltos o, por lo menos, atendidos por el poder público. Si alguien se enferma, el Estado provee la atención del doctor y la medicina; si un padre no puede pagar la educación de su hijo, el Estado ofrece la escuela y el libro gratis. Hoy parece que esa función correctiva resulta insuficiente. El Estado debe actuar antes de que el problema estalle. Necesitamos cambiar nuestra forma de vivir, de comer, de consumir, de viajar. En un artículo publicado recientemente por El país, “Cambiar el estilo de vida,” el sociólogo inglés apunta que los problemas que enfrentamos hoy serán imposibles de ser resueltos si los agentes políticos no logran convencer a la sociedad de que viva de manera distinta. No se trata simplemente de que cumpla la ley. Se requiere estimular nuevas formas de vida y convivencia.
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18, Feb 2008

El realismo conservador y el otro

Los siniestros efectos de la simplificación han terminado por identificar el realismo con el conservadurismo. Ser realista se ha convertido en resumen de una pasiva aceptación de lo que existe. Es extraño que así haya resultado porque la tradición política realista es de muy distinta cepa y de inclinaciones abiertas revolucionarias. Adentrarse en la realidad para transfigurarla. El nombre lo sugiere: el realismo político es compromiso con la “realidad efectiva”que implica un rechazo a las ilusiones que se desentienden de los hechos incómodos. Pero no supone, en lo más mínimo, una abdicación a intervenir en ellos. La realidad que aquilata el realista es el inescapable punto de partida pero nunca es el destino. El conservador ve la realidad como un compacto mundo de hechos inalterables que el político tiene el deber de custodiar, amorosamente. El reformista reconoce que las ilusiones no cambian el mundo. Acepta que cerrar los ojos a lo desagradable no lo hace desaparecer. Pero entiende perfectamente bien la naturaleza plástica de la realidad política y sabe que la acción provoca consecuencias. La política se vuelve así fabricación de lo ideal. El ‘realismo’ del conservador parte de una abdicación: está convencido de la infecundidad del actuar político y, en consecuencia, supone que no hay más misión para el gobierno que resguardar el patrimonio heredado. El realismo reformista rechaza la visión mágica del mundo (la varita de la voluntad que reinventa el mundo) para afirmar una perspectiva propiamente política: una decisión certera rehace la realidad.
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28, Ene 2008

El baile del sentido común

La subversión más profunda del discurso público mexicano sería una inyección del sentido común. Nos hemos encargado de cerrarle el paso a ese sentido para llenarnos la boca y los oídos de evasivas y fingimientos, para volver normal y tolerable la palabra hueca y el lenguaje muerto. El cuadro que nos ofrecen los ojos es maquillado de inmediato, para ajustarse a la marea de las modas. Los lugares comunes de lo políticamente correcto, las palabras desgastadas de la grandilocuencia y la perorata pontificante nos inundan. La atmósfera que respiramos se vuelve francamente asfixiante: imposible encontrar aire fresco entre las solemnidades de los que gobiernan y la prosopopeya de quienes se oponen. Si las ideas circundantes contrastan, entonan casi todas en la misma clave. Húmedos homenajes a la patria diamantina, gritos de alarma por la inminente catástrofe, afectadas ofrendas a los tópicos de moda.

La recuperación del sentido común tiene un ángulo necesaria, tal vez involuntariamente, humorístico. Constatar la ridiculez del entorno, exhibir el contraste entre la expectativa y la experiencia, retratar nuestra fisonomía caricaturesca arranca risas. Pero en ese ánimo de desnudar nuestra contradicción hay una vocación crítica que bien podría llamarse filosófica: ver el mundo sin las escamas de lo ya dicho, acercarse a la realidad con el auxilio solitario de la inteligencia, en combate abierto con las verdades recibidas. Dicen que William James no encontraba diferencia entre el sentido común y el sentido del humor: son lo mismo, con la única diferencia de que el sentido común camina y el sentido del humor baila. El sentido del humor es una sensatez danzante.

No baila mucho el sentido común en México. Aterrados por la posibilidad de llevar mal el ritmo o dar un mal paso, estamos repletos de rodeos y ambigüedades, de engaños y adornos. Los empalagos de nuestra cultura patriotera convierten ese flechazo crítico que hay en el humor en un ímpetu extranjero, es decir, sospechoso. Su disposición burlona parece infamante; su ironía ofende. Los circunspectos dirán que el humor no es más que un entretenimiento; un desahogo divertido y trivial. Bromas que se agotan en la carcajada, pero que en nada ayudan a comprendernos. Se olvida que en todo pellizco humorístico se esconde un retrato y una denuncia.

La ausencia de Jorge Ibargüengoitia—que en estos días habría cumplido 80 años—subraya la ausencia o, por lo menos la escasez de un impulso danzarín en nuestra crítica. Cuánto nos falta ese ánimo de ver las contrahechuras de México sin el afán de construir un alegato científico, sin la avidez de servir a un partido o la pretensión de inventarse una Misión Histórica.
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