Lunes

24, Nov 2008

Partidos indisolubles

La legislación electoral mexicana prohíbe el divorcio. La separación es tan costosa que, quien se animara a dejar el domicilio conyugal, quedaría a la intemperie y en el desamparo más absoluto. No es que esté formalmente penada la ruptura, pero en los hechos es prohibitiva. Quien permanece dentro se queda con la casa, los muebles, el dinero, el reconocimiento público. Usará libremente el nombre y los símbolos de la casa. Quien se sale encuentra, por el contrario, el frío y la amarga compañía de su disgusto. Descobijado, recibirá si acaso, invitaciones de partiduchos. De ahí que los matrimonios partidistas sean nefastos pero eternos. No lo lamento. De hecho me parece sensato que se reduzca el espacio del transfuguismo y que se aliente la estabilidad de las formaciones políticas. En esto no me uno a los denunciantes de la horrible partidocracia. Me parece útil que se fomente la permanencia de los partidos y que se eleven los costos de la escisión. No estaríamos en mejores condiciones si se abarataran los rompimientos y se facilitara la aparición de más organizaciones chatarra.

Deploramos con razón la vida de nuestros partidos y hay muchos que se adelantan a denunciar la formación de una ‘partidocracia’. Los partidos, nos dicen, han expropiado la vida democrática, excluyendo a los ciudadanos que no pertenecen al club de los tres grandes. Un poco de razón, algo de ingenuidad y mucho de hipocresía hay en esta denuncia. La razón es evidente: ninguno de los partidos existentes y pocos de los imaginarios están a la altura de las exigencias de nuestro tiempo. Es cierto que los partidos han formado una coraza protectora que los defiende del castigo electoral. Pero es ingenuo pensar que un sistema democrático puede reproducirse sin partidos políticos. La contraposición elemental de ciudadanos contra políticos, de sociedad civil contra instituciones es propia del discurso político más cándido y pueril. Contraponer la bondad ciudadana y frente a la perversidad partidista es un torpe lugar común que no merece siquiera réplica. Es también hipócrita porque la participación política que pretende insertarse en el juego electoral termina volviéndose partidista—aunque repita su conocido vocabulario antipartidista.
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17, Nov 2008

Una defensa de la verdad

El título quizá no es tan absurdo. Se oye inflado pero tiene sentido. La verdad requiere defensa. Necesita defensores frente a quienes creen que es inaccesible o irrelevante. Frente a los filósofos que sostienen que es un enamoramiento arcaico que oculta los intereses de quien habla en su nombre, frente a los charlatanes que se aprovechan de la desconfianza para regar su inquina. La verdad, escrita con minúsculas naturalmente, está a nuestro alcance y es necesaria para convivir, para tomar decisiones sensatas, para cerrarle el paso a la arbitrariedad. Está a nuestro alcance, por ejemplo, para saber qué fue lo que tiró un avión. Ésa es la exigencia crucial de esta hora: conocer la verdad. Independientemente de lo que muestren las encuestas, más allá de la profundidad y extensión de las sospechas es indispensable conocer y defender la verdad.

Se ha perfilado, sin embargo, una nueva industria periodística y opinona que parece abdicar de cualquier compromiso con la veracidad. Su labor no es indagar el mundo hasta encontrar la verdad, sino proyectar un sinfín de conjeturas que ratifiquen nuestros prejuicios. Los hechos dejan de ser sagrados: lo que se sacraliza es la presunción, la teoría, la suposición. Lejos de buscar la causa de los hechos, se pretende clavar una espina en cualquier convencimiento.
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10, Nov 2008

Tragedia y amistad

El presidente ha perdido a su principal colaborador, al hombre de su mayor confianza, su gran orgullo. La mancuerna con Mouriño fue total. No ha habido decisión política relevante de Felipe Calderón en los últimos años que no hubiera estado precedida por o acompañada del consejo de Juan Camilo Mouriño. No es exagerado decir que a él debe, en buena medida, su apurada victoria en el 2006. Con él como el principal estratega de su administración, gobernó desde fines de ese año. El vacío político que deja su colaborador es enorme. Ahora el presidente no tendrá su juicio para orientar el relevo en la Secretaría de Gobernación. Pero la asociación no fue meramente política. El presidente perdió también a un amigo querido, un compañero de alegrías y adversidades. Vapuleado emocionalmente, el presidente no ha pretendido en ningún momento ocultar la intensidad de su aflicción. Ha comunicado públicamente su tristeza con dos bondades impolíticas: emoción y sinceridad. En la voz y en los ojos ha mostrado su pesar. No se ha pretendido frío, imperturbable: se ha revelado sensible y auténtico. Una relación que se columpiaba entre el afecto personal y la ambición política terminó en un homenaje de Estado que entrelazó lo público y lo íntimo; que fundió la emoción dolida de un amigo y la responsabilidad política de un gobernante. La alocución presidencial también combinó la retórica cívica que invoca una patria eterna frente a la fugacidad de lo humano, y el sermón religioso que apela a la creencia de una vida eterna donde reside la última justicia. En ese delicado equilibrio dominó la noble voz del amigo y la fe del católico.
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03, Nov 2008

Celebración de derrotas

Copa_grande País al revés: los ganadores protestan, los perdedores celebran. Quien impone sus condiciones llama a la resistencia; el vapuleado invita al brindis. Sí, sé bien que en esto de las negociaciones no hay quien gane todo ni tampoco quien se imponga en todo. Sé que, tras la política de los hechos viene la comercialización de los hechos. Entiendo que en la política de las transacciones hay cosas que deben cederse y que la velocidad de las reformas deseables debe acompasarse con el ritmo de la política real. Está bien todo eso. Pero que no nos digan que lo sucedido en el pasado reciente es el mejor de los mundos posibles. Que no nos digan que lo que logra nuestra clase política era la única sopa en el menú del presente. La retórica del conformismo será convincente para los conformistas.

De la reforma de Pemex podrán decir cosas valiosas los expertos. Yo, que estoy muy lejos de serlo, veo una reforma en sentido contrario a la reforma propuesta por el presidente. No dudo que implique un cambio importante en el régimen de la empresa pública, pero el corazón del cambio propuesto por el presidente Calderón estaba en otro lado. Cuando despegaba la iniciativa, se nos llamó a respaldar una propuesta que abría caminos de colaboración de Pemex con otras empresas petroleras del mundo. Se nos dijo que era la única manera de aprovechar un “tesoro” que no podríamos encontrar y explotar solos. El tesoro estaba muy lejos, nuestros ingenieros no tenían la tecnología, no podíamos invertir solos. Necesitábamos una colaboración que trajera tecnología e inversiones. Se subrayó la enormidad de la riqueza oculta: se difundió que con el líquido que encontraríamos en las profundidades del océano, construiríamos hospitales, escuelas, caminos, presas. De nuevo se nos vendió la idea que el petróleo—gracias a las inversiones que atraería la reforma—nos sacaría de pobres. Así lo anunció el presidente de la república y con esa cantaleta nos bombardearon por televisión. ¿Qué queda de ese propósito? Nada. Tenemos el derecho de comparar la oferta del vendedor y el producto que hemos recibido. Y la mercancía no corresponde al comercial. De hecho, la reforma aprobada por el Congreso se inspira en la filosofía contraria: la planeación estatal, la inversión del gobierno y la selección de buena cuadros burocráticos modernizará la industria, convirtiendo a Pemex, en la catapulta del desarrollo del país.
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20, Oct 2008

La miseria del posibilismo

Felipe Calderón ha descubierto que la manera más segura para evitar una derrota es no dar la batalla. En eso consiste su gran aprendizaje: empezar allanándose y conferirlo todo a lo largo del camino. Los resultados de la estrategia son triviales. Cualquier reforma, al ser posible, será una joya de la negociación, el ejemplo de un gobierno dispuesto a dialogar, el gran trofeo del diálogo. El instructivo de la administración es claro: al concebir una reforma hay que eliminar, de entrada, lo que resulta inviable, después hay que descartar lo costoso para, por último, borrar lo alguien pudiera considerar ofensivo. Así se empieza la negociación. Luego se cede todo lo demás. Cuando los pactos den luz a una mosca, saldrán los voceros del gobierno a explicarnos: es lo que ha sido posible. Habríamos querido un águila pero afortunadamente logramos una mosca. Y la mosca va en la dirección correcta. Hemos dado un paso importante. Insistir en lo que necesitamos es, para el calderonismo, vivir en las nubes. Nosotros los realistas sabemos que lo deseable está fuera de nuestro alcance y por ello debemos abrazar con entusiasmo lo que es posible. Ustedes, ilusos, desconocen las restricciones del mundo real: chapotean en la saliva de sus ideas.

La trampa de esta lógica es evidente: toda reforma es lo que pudo ser. Ni más ni menos: lo posible y punto. Los calderonistas aceptan que, por supuesto habrían reformas mejores, pero al haber sido imposibles, es absurdo hablar de ellas. Quienes critican lo que se hizo no se dan cuenta de que era lo único posible. Me resulta en extremo irritante la máscara de realismo con la que el gobierno calderonista pretende disfrazar su sumisión. Tan sometido por sus enemigos como por sus aliados, el gobierno ha renunciado a su programa para flotar y gestionar agendas de otros. Eso no es la política de lo posible, es la política de la resignación.

Weber El realismo merece una defensa frente a la falsificación panista. El realismo, lejos de lo que la superficialidad panista sugiere, nunca ha sido obsecuente con lo que existe. Felipe Calderón podrá invocar las dificultades del entorno para tratar de justificar su desempeño, pero no puede prestigiar su gestión con la bandera del maquiavelismo. El realismo político reconoce la realidad, parte de ella. Pesa las distintas fuerzas, calibra oportunidades y riesgos, huele los futuros que incuban en el presente. Pero el realista no es sumiso frente a la realidad. Todo lo contrario. El realismo parte de un diagnóstico descarnado de la realidad; no cierra los ojos ante lo desagradable ni magnifica lo alentador. El análisis realista podrá ser crudo pero su prescripción no es resignada. El político realista pisa el suelo que está bajo sus zapatos. No se engaña ni se fuga a un país imaginario. Y sin embargo, ese mismo personaje, precisamente porque palpa y conoce la realidad, sabe bien que las cosas pueden cambiar; que las circunstancias no son una condena sino un desafío.
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13, Oct 2008

Mora y los privilegios

En abril de 1824 los diputados del Estado de México no podían celebrar sesiones en el Congreso local. Las campanas de Santo Domingo repicaban con tal insistencia que los legisladores no se escuchaban. El cuerpo de la representación política del nuevo país no podía deliberar democráticamente por la presencia del sonoro imperio de la Iglesia. Para que las voces se escuchen debe cesar el despotismo de las campanadas. Mora se dio cuenta tiempo después que la constitución del Estado liberal no era asunto de declaraciones progresistas. Aunque la palabra república haya sustituido a la palabra imperio, el país seguía regido por las mismas instituciones. Nuestra sociedad, decía mora, sigue siendo “el virreinato de Nueva España con algunos deseos vagos de (ser) otra cosa.”

El gran obstáculo para la formación nacional era entonces el “espíritu de cuerpo.“ Corporaciones nacidas y cuidadas en el México colonial que seguían disfrutando de enormes privilegios. El antiguo orden persistía, a pesar de que el país había conquistado su independencia. La tarea de los liberales no era simplemente imponer una concepción del mundo en las páginas de la ley. Su responsabilidad histórica era combatir la oligarquía. La independencia había terminado con la sumisión al imperio español y había arruinado a las familias acomodadas. Pero equilibrio emergente, lejos de dar origen de un orden republicano, inclinó la balanza a favor de las viejas corporaciones. La paradoja de la independencia fue el resurgimiento de las estructuras “telúricas” del mundo criollo. Incluso podría decirse que el nuevo arreglo político—con un poder central muy débil y la ruina de las fortunas económicas—benefició a aquellos actores. Bajo un estado a la deriva, la corporación eclesiástica y la militar detentaban privilegios injustificables.

Un auténtico programa de reformas implicaba el reconocimiento de esos poderes subterráneos que habían salido a flote y que reinaban abusivamente en el país. Poderes que negaban en la práctica el principio de igualdad que las leyes honraban, cuerpos que bloqueaban en los hechos el progreso económico, baluartes que frenaban el imperio de la ley.
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06, Oct 2008

Los derechos de cada quien

LaberintoUna persona, al defender sus derechos, puede reconducir la colosal maquinaria del Estado. Lo hemos visto recientemente: un ciudadano (hablo de Jorge Castañeda) reclama una vulneración a sus derechos. El Estado mexicano lo desaira pero el sistema internacional acoge su petición y ordena a México abrir mecanismos para la plena defensa de su cada uno de sus ciudadanos. Una larga tradición legal es rota por la insolencia. El individuo actúa así como agente activo del orden público: como ciudadano. No es mero receptáculo de órdenes sino productor de nuevas decisiones. Por ello el derecho el derecho a activar la maquinaria judicial es tan valioso como el voto.

Una entelequia se interpone a los derechos de cada uno. Es la vieja noción metafísica del sobrehumano poder que reforma la constitución. La tesis es simple: los individuos podrán defender sus derechos en México si sus libertades son atropelladas por autoridades en función ordinaria, pero cuando esas autoridades se transfiguran en reformadores de la constitución, sus decisiones adquieren rasgos de sacralidad: intocables, incuestionables, incontrovertibles. Esta semana se entreabrió una esperanza para la tutela de los derechos de cada quien, aún en casos de reformas constitucionales. La clase política se unificó en su conservadurismo legal: herético, inadmisible que una sala con jueces tenga el poder de invalidar las decisiones de Su Alteza el Poder Reformador. Izquierdas y derechas, representantes del viejo y del nuevo régimen aliados en su defensa de lo inapelable. Reviviendo nociones constitucionales arcaicas reivindican que un órgano político sea la última palabra del orden estatal. Una democracia constitucional no puede admitir que un cuerpo político constituya la bóveda del Estado. Para que los derechos de cada quien imperen y sean conjugados con los derechos de la mayoría, es indispensable que la última palabra radique, en todo caso, en el árbitro judicial. Romper definitivamente la imagen del intocable Estado para darle la medida de los hombres.
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29, Sep 2008

Convivencia rota

Me siento obligado a reincidir en el lamento. Quien necesite de optimismo, que cierre los ojos. El drama mexicano es, ni más ni menos, el desvanecimiento de la convivencia. Vidas en riesgo, diálogo imposible, legalidad negada y abdicación de la razón. Ahí están los ingredientes de nuestra penuria pública. México: un país de la discordia, incapaz de conversar y encontrar la columna del acuerdo esencial, una paraíso de la trampa y el absurdo.

Colocar una manta es jugarse la vida si la pone un mexicano indefenso y su mensaje es contrario a los criminales. Ningún riesgo corren, por el contrario los criminales cuando usan el mismo medio para enviar sus señales de intimidación. Dos países. Diariamente observamos la práctica de moda: una banda criminal coloca en un crucero, debajo de un puente o en una esquina una manta que amenaza a la mafia contraria o que intimida autoridades. Aparecen misteriosamente por la mañana sin que nadie haga nada por impedir su colocación. La manta se expone, la gente la ve, los periódicos la retratan, los medios difunden su contenido. Pero en el momento en que el mensaje viene de otro lado, de un ciudadano que quiere levantar la voz contra el miedo que se esparce, la violencia tiene la última palabra. Las calles que son seguras para unos, son la muerte para otros.

¿Se puede discutir? Hemos dinamitado cada uno de los espacios de la conversación porque seguimos atados a la herencia maldita del pasado reciente. Aquella guerra entre el presidente frívolo y el caudillo dogmático nos sigue electrizando. Unos contra otros. Hermetismo de oídos y futilidad de palabras. Estancos de la obsesión. El Congreso mexicano inaugura fórmulas para escenificar la sordera. Se ha impuesto a los funcionarios públicos el compromiso de decir la verdad ante el Congreso. No se asume, sin embargo, ningún deber de escuchar a los legisladores. Sea cual sea el interrogante, el funcionario dirá lo que le da la gana. Sin ambición de convencer, sin expectativa de argumentar persuasivamente una política, secretarios y procuradores se convierten en merolicos repitiendo una cantaleta en la que no parece creer nadie. La institución que debería alojar el gran debate nacional escenifica el agujero de nuestra comunicación. Lejos de representar la controversia, nuestro congreso es teatro de soliloquios sucesivos.

La única coincidencia es la magnitud del reto mexicano. Grandes momentos, grandes desafíos. Una crisis histórica, el Estado en peligro. Un cúmulo de palabras nombran un despeñadero cercano: amenazas, riesgos, alarmas, emergencias. Y frente a la magnitud del reto, la pequeñez de las rutinas. Vivimos una crisis profundísima, dice solemnemente el presidente con voz grave y severa. Os convoco a la magna tarea de hacer lo mismo. Seguid mi ejemplo: acatad el dictado de la inercia.
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22, Sep 2008

La crisis

La palabra crisis no nos es extraña. Nos es demasiado familiar. No recuerdo ningún momento en mi vida en que no se haya hablado de la crisis que vive el país. La palabra nos es tan cercana que dice poco. Cuando la palabra crisis es referencia de nuestra condición ordinaria, la palabra deja de expresar riesgo para referir las rutinas de nuestra cultura. Nuestra queja cotidiana es hablar de la crisis del momento. Pero la de ahora sí que es distinta. Lo es porque no es crisis de algo sino de todo.

Las crisis de antes fueron severas, algunas muy profundas, en ocasiones verdaderamente oscuras y peligrosas. Pero en cada una de ellas hablábamos de crisis determinadas, con marco y con frontera. Se podía tratar de una crisis de legitimidad que rompía la tradición de respaldos a un régimen. Podría reventar de pronto la capacidad de pago del país desencadenando una severa crisis económica. Podría aparecer un grupo guerrillero que desafiara al sistema político causando una crisis política. Hemos padecido crímenes políticos que han agitado al país. Conocemos las crisis financieras y los retrocesos que provocan. Nuestra generación también tiene experiencia de crisis provocadas por elecciones mal conducidas o contendientes incapaces de reconocer los resultados del voto. Pero ahora la crisis que encaramos no es de parcela, sino una crisis integral. La crisis de México no tiene apellido. México, no su estado, ni su economía, ni su política, ni su cultura. México está en crisis.
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15, Sep 2008

El 11 de septiembre y el liberalismo

11_de_septiembreEl antiliberalismo ha resurgido con bríos en el mundo occidental. El pretexto ha sido la lucha contra el terrorismo. Por una parte, se ha construido la teoría de que el armazón liberal es demasiado débil para detener a los extremistas que están dispuestos a dar su vida a cambio de la muerte de muchos. Por otra parte, se han ventilado críticas a la dureza e insensibilidad del liberalismo. Dos críticas que coinciden en la necesidad de responder a los retos del presente con instrumentos iliberales.

Los impacientes se desesperan frente a la parsimonia liberal. Sus viejas reglas son vistas como parapeto de quienes se empeñan en una guerra contra “nosotros.” Es el viejo alegato de la cobardía liberal: la indecisión frente al enemigo. Hay otra línea de ataque al mundo liberal que ha ganado terreno tras aquel septiembre. No es la denuncia del liberalismo miedoso, sino el repudio al liberalismo insensible y cruel. Si por una parte, se retrata al liberal como un ingenuo que vela por los derechos de quien pretende aniquilarlo, por la otra, se le caricaturiza como un crítico despiadado, incapaz de sentir lo que el otro padece. Este embate no surge de la impaciencia sino sensibilidad. La convivencia, nos dicen, no puede desarrollarse en una sociedad que permite la burla del otro. Convivir implica el deber de moderar nuestros juicios y nuestras evaluaciones. La ofensa de la sátira se vuelve sustancia peligrosa que valdría proscribir. Mientras el impaciente niega los derechos ajenos; el sensible está dispuesto a cancelar los derechos propios. No debo cuestionar las prácticas culturales del otro, no debo criticar su trato a las mujeres. Debo aceptar sus tradiciones.´
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08, Sep 2008

Fracaso y abdicación

El 1º de septiembre pasado sirvió para constatar un fracaso y una abdicación. El fracaso es colectivo: es la incapacidad de la sociedad política para expresar su diversidad. La abdicación es personal: es la renuncia del presidente de la república a argumentar su política y, en el fondo, la rendición de su gobierno. Era labor del grupo gobernante encontrar un modo de mostrarse simbólicamente ante la nación para dar nuevo sentido a una fecha. Fundar una nueva ceremonia que dejara atrás el homenaje y las insolencias y diera lugar a un riguroso y serio ritual de rendición de cuentas. Algunos dirán que no hay nada que lamentar. Que nadie echará de menos la vieja pompa ni el carnaval reciente. No se percatan del valor de representar simbólicamente la vida política. Como decía Walter Bagehot, aquel perspicaz estudioso de las instituciones inglesas, los mecanismos eficientes de la política requieren un complemento teatral. La liquidación del 1º de septiembre es, por ello, una buena estampa del fracaso de una clase política que no ha podido, siquiera, permitir el diálogo entre poderes. Primero el Ejecutivo se negó a la interlocución alegando etiquetas inamovibles; después la oposición de izquierda se negó a escuchar al Ejecutivo, alegando un pecado original que jamás podría borrarse.

El fracasCaldern_palacioo de la clase política para concebir una ceremonia democrática se acompaña este año con la renuncia del gobierno federal a su propia narrativa. ¿Es irrelevante esa renuncia? Creo que no. Abdicar del argumento es otra forma de deserción política. Renunciar al razonamiento, dejar de tejer pacientemente un discurso frente a la opinión pública es una forma apenas atenuada de dimisión. Se trata del abandono de una plaza crucial de la batalla pública. Pero Calderón no quiere oír en estos momentos de batallas, ni de pleitos ni de conflictos. Quiere seguir de la mano de sus patrocinadores en el PRI, de la mano de sus aliados sindicales, de la mano de los medios y unos cuantos empresarios. Calderón no quiere pleitos. El presidente se empeña en cuidar todas las alianzas que lo nulifican. Ese es el mensaje involuntario del presidente. A menos de dos años de haber asumido el poder, ha llegado a la conclusión de que su labor política es flotar en compañía de sus incondicionales. La defensa de su gobierno es la terca excusa de un político doblegado: quiero pero no puedo. Me gustaría pero es imposible. Me rodeo de leales, aunque todos se den cuenta de que son unos ineptos. En sus entrevistas, el presidente ha pretendido vestir su incapacidad como agente de reforma como si fuera un realista sagaz. No es lo uno ni lo otro. Ni realista ni avispado: un político resignado, sin cuento ni proyecto.
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01, Sep 2008

El universo de la impunidad

La impunidad festeja a diario. Celebra que triunfa una y otra vez sobre una vaga y estéril conciencia de lo público. El impune reina al haber descifrado el engranaje de nuestra maquinaria. No hay mejor alumno de nuestras reglas que el impune. Una impecable racionalidad define sus actos. Sabe bien que su apuesta es sensata. En algún sentido, el transgresor es la sensatez: el discípulo aplicado de nuestra escuela real: esa que, en la calle, en el casa, en el trabajo nos enseña a ubicarnos en el mundo. Las reglas son recomendaciones para tontos; los castigos son fantasmas que sólo atemorizan a los supersticiosos; el poder público un aliado de negocios. El transgresor sabe bien que las posibilidades del castigo son mínimas y que el miedo colabora con el atropello.

El universo de la impunidad es coherente y atmosférico. La larga cadena de la impunidad conecta todos y cada uno de los eventos de nuestra vida. Desde los más íntimos hasta los más públicos: desde el salón de clase hasta el salón de plenos del Congreso. Desde la protección constitucional a los altos funcionarios hasta el despotismo en los sindicatos. En ese apretado circuito de impunidad, la incongruencia, la rareza es la legalidad. Con enorme facilidad desdeñamos, consentimos, hasta festejamos la pequeña ilegalidad: la privatización de la calle, por ejemplo. La apropiación de los sitios públicos para mercados y puestos comerciales. No nos percatamos, quizá, que la ilegalidad es expansiva. Así sea diminuta y en apariencia trivial, se propaga infecciosamente. Cuando sistemáticamente se toleran ciertas ilegalidades, se invita a su desarrollo en todos los rincones del país. Hay menos de seis grados de separación entre una ilegalidad y cualquier otra. Del comercio ilegal a la venta de drogas, de la venta de drogas al comercio de armas, de la venta de metralletas al narcotráfico, del narcotráfico a la decapitación y al secuestro.
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25, Ago 2008

Socialismo y aristocracia

José Ortega y Gasset se describía en algún ensayo como un socialista aristocrático. “Yo soy socialista por amor a la aristocracia.” Ese enlace de ideologías enemigas era la síntesis de su política: socialismo aristocrático. La paradoja era razonable para el filósofo: sólo el socialismo sería capaz de alumbrar la verdadera aristocracia. No se defendía, por supuesto, el quiste de los privilegios, sino el libre despunte de los auténticos talentos. Sólo una plataforma de igualdad permitiría ese mando de los mejores que implica, en su puro sentido etimológico, la palabra aristocracia. Ortega rechazaba las caprichosas regalías del nacimiento que concentraban el acceso a la cultura en unos cuantos. Cuando la cultura es confiscada por un manojo de familias, el resultado es la progresiva degradación pública. Impide por eso el liderazgo de los mejores, eternizando el dominio de los de siempre. Por ello exigía el esfuerzo de una política socialista que ofreciera a todos los ciudadanos condiciones semejantes para saber, para vivir, para crear. El socialismo era claramente un medio, no el objetivo. Su (breve) apuesta socialista no abrazaba una doctrina para la igualación, sino la igualación como la necesaria gestación de la excelencia. Si el meditador despreciaba al hijo de familia, también aborrecía el uniforme de la mediocridad generalizada. De ahí su búsqueda: igualdad para el alumbramiento efectivo del talento.
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17, Ago 2008

La dictadura de los peinadores

Tijeras_y_peineMientras el Estado se desmorona, los gobernantes se polvean la frente, se peinan y se miran al espejo. ¿Combina bien la corbata con la camisa? ¿Proyecta el mensaje correcto el traje oscuro? Al tiempo que la delincuencia esparce sangre y espanto, los políticos se encierran en un bunker equipado de cremas, peines y pomadas. La cosmetología acude al rescate del Estado. Dentro de unos minutos saldrán a dar una conferencia de prensa y revisan las frases del discurso y la carita con la que pronunciarán las frases de la indignación. ¡Cuánta indignación cabe en el poder público en estos días! Los gobernantes aparecen como almacenes de la rabia popular: recogen la indignación de la gente, la comparten, la respaldan, se solidarizan con ella y la apoyan. Secundan la indignación aplicándose una maravillosa crema para reducir las ojeras. La crisis de Estado es, para la clase política, problema de imagen.
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04, Ago 2008

La timidez democrática

Una de las críticas más severas a la democracia liberal es su aversión a decidir: carrusel de discusiones que da vueltas sobre sí misma. Talentosa para organizar debates, seminarios y foros, la democracia es tímida cuando se acerca el momento de decidir. Su vigor suele estar en otro lado: en el impulso de la crítica, en el desplante de la denuncia, en la esgrima de la polémica. Han apuntado los críticos de la democracia liberal que el enjambre de intereses que se intersectan tiende a tejer una coalición para que nadie decida por sí mismo, para que poco se mueva. Como régimen político no está adherido a ninguna idea, a ningún proyecto, a ninguna noción de verdad. Ésa es la gran mutación simbólica de la que hablaba el filósofo francés Claude Lefort: la democracia debe entenderse como un lugar vacío donde el poder ha dejado de estar en el cuerpo de una persona, en las páginas de un libro o en la cápsula de algún recuerdo. En democracia no hay valor que no sea discutible, no hay idea incuestionable, no hay texto sagrado. De ahí la incertidumbre radical del régimen y de ahí también la dificultad para transformar cualquier propuesta en decisión.

En un régimen democrático la decisión obedece al más modesto principio político: la aritmética. No es consecuencia de la verdad, ni de la justicia. No se decide porque algo sea intrínsecamente cierto o naturalmente justo. La decisión tampoco es, como para los tradicionalistas, prescripción de la historia. No se decide porque la política tenga el deber de honrar la memoria del pasado y el sacrificio de los muertos. Tampoco se decide porque el futuro haya enviado algún representante equipado con un manual imperativo. Entre distintas visiones de la historia, entre las muchas ideas de lo conveniente, se abre paso la decisión con el único título de la adición. El proceso aritmético, por supuesto, se instituye dentro de un complejo mundo de derechos y procedimientos. La suma democrática no existe en el vacío: reclama debate, deliberación, respeto a las garantías de cada quien, juego de órganos e instituciones. Pero tras los ejercicios, habrá que emprender la suma.
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