Lunes

21, Abr 2008

La progresía alamanista

La toma priista de la izquierda ha tenido consecuencias funestas para el pensamiento crítico mexicano. Son consecuencias que desbordan los confines de la política y que afligen el espacio de la cultura. No solamente carecemos una política socialdemócrata moderna; también estamos perdiendo la denuncia independiente y aguda que alguna vez tuvimos. Se trata de una consecuencia inesperada de la transición democrática en México: en el sitio de la izquierda se ha conformado un duro, talentoso y audaz bloque antidemocrático y conservador. Su vocabulario es popular pero sus ideas son rancias; sus estrategias colindan con lo insurreccional pero su programa es profundamente conservador. Ese núcleo expriista se ubica en la izquierda si atendemos la geometría de los partidos; pero es antidemocrática si consideramos su actuación política, tradicionalista si atendemos sus nostalgias, y antiliberal si desmenuzamos su actitud frente a la ley, frente a la diversidad, frente al debate. Paradoja transicional: la oposición a la democracia no se aglutinó en el PRI cuando éste perdió la presidencia de la república en el 2000: se aglutina en los priistas que perdieron la presidencia, seis años después.

El debate sobre el petróleo no es un debate ni es sobre el petróleo. Evocaciones de un pasado glorioso, manifiestos sobre la devoción debida a los símbolos patrios, juramentos de identidad nacional, invitaciones al paraíso por el atajo de una reforma limitada, testimonios de fidelidad a un caudillo, reiteración de odios y obsesiones. Me han sorprendido dos cosas de este circo: el absurdo de las desproporciones y que los opositores a la reforma de Pemex se piensen progresistas.
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14, Abr 2008

Toma de tribuna

A mediados del siglo XIX Juan Rico y Amat publicó en Madrid un Diccionario de los políticos. Escritos para divertimento de los que ya lo han sido y enseñanza de los que aún quieren serlo. Una quemante burla de los usos políticos reinantes. El filólogo mordaz advierte que la clase política no puede ser trata seriamente: “¿es posible reprender con seriedad a un payaso que vomita chistes y hace graciosa muecas mientras se le reprende? ¿No es harto miserable y ridícula la política que combatir queremos para que se la trate con formalidad y consideración?” Entre las expresiones definidas por el político y dramaturgo español se encuentra “Prácticas parlamentarias.” Esas rutinas son más bien eventos inusuales que adornan ocasionalmente al gobierno representativo. “Una de las prácticas más impracticables es la de que se deben retirar los ministros que pierden una votación en las Cortes; pero su cumplimiento se ha hecho tan raro que es un verdadero fenómeno que así suceda. Lo que se practica en esos casos es el cerrar esas Cortes y convocar otras nuevas, que voten a gusto del amo.” Cuando al amo disgusta alguna votación, la asamblea se clausura hasta que lo complazca: cerrar las cortes para que voten a gusto del amo. Eso es lo que vimos hace unos días en el Congreso mexicano: dos asambleas clausuradas para evitar el malestar del amo.

Toma_de_tribuna Una versión contemporánea de ese diccionario tendría que incluir entre sus voces la “toma de tribuna.” La definición podría ser algo así: ocupación de la tribuna legislativa por parte de un grupo de diputados o senadores con el propósito de impedir el despotismo de la deliberación y las coacciones de la mayoría. Quienes toman la tribuna siempre se ven obligados a hacerlo. No les queda de otra. Por fortuna, estos tribunos son patriotas: representan los verdaderos sentimientos nacionales. Mientras que el resto de la legislatura se empeña en imponer su depravación, ellos cuidan amorosamente a la patria. No necesitan pedir la palabra y exponer sus ideas; basta con impedir que los otros difundan el error. No pierden el tiempo haciendo política parlamentaria: la conquista física del congreso es suficiente para imponer su voluntad—que es, recordémoslo, siempre la voluntad del país. Se trata de un procedimiento nativo de estas tierras pero impecablemente democrático: si los enemigos de la nación pretenden atentar contra de la patria, quienes encarnan la verdad, la justicia y el patriotismo se aposentan en el estrado para impedir con panza y hombro la actuación de los malvados. Ya se sabe que la voluntad del pueblo no requiere comprobaciones numéricas ni tiene que hacer seguir los latosos procedimientos de la ley: se expresa por la voz de quien encarna a la Nación y se prueba en la aclamación. Además es divertido: a la solemnidad del anuncio, siguen cantos, bailes, disfraces y ronquidos. ¿Quién dijo que defender la soberanía tenía que ser aburrido?
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07, Abr 2008

Guerra civil fría

La única brújula que funciona en el país es la brújula de los odios. Ese instrumento de ubicación funciona perfectamente: nos permite situarnos en el mapa del México contemporáneo ubicando con velocidad al enemigo. No sabemos qué queremos pero entendemos bien que queremos lo contrario del de enfrente. Si una propuesta surge de aquel lado será mala. Estamos norteados en todo, salvo en la certidumbre de nuestras aversiones. Ahí está la marca definitoria de nuestro tiempo: más allá de la torpeza de un gobierno timorato; más allá de las obsesiones de una agria oposición; más allá de las estorbosas reglas, podemos decir que el país ha vivido una guerra en los últimos años de la que aún no puede liberarse. Hablo de una guerra civil fría.

Una democracia débil que ha sufrido el feroz embate de quienes tienen la responsabilidad de cuidarla. Una guerra civil fría: los actores políticos hablan y se comportan como si su tarea consistiera exclusivamente en detener y bloquear la causa maligna de su enemigo; y están dispuestos a hacer cualquier cosa para lograrlo. Una guerra sin armas, pero sin posibilidad alguna de entendimiento entre los contendientes.
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31, Mar 2008

Diálogo, verdad, reglas

Mandar al diablo las instituciones no es el deshacerse de lo inservible sino desprenderse de lo elemental -y de lo propio. No es atacar la fortificación enemiga sino perforar la nave donde uno viaja. Dirán los defensores de las comillas que López Obrador no mandó al diablo a las instituciones sino a sus instituciones. Subrayarán que los institutos remitidos al caluroso territorio eran los de la derecha tramposa. Pero ahí está el gran problema del lente marxista. Las instituciones del Estado no pueden entenderse como armas de los encumbrados contra los justos. Son el domicilio común, el espacio indispensable para la convivencia. Cuando el caudillo gritó a los cuatro vientos que las instituciones merecían estar ahí, en el infierno de la porquería, era claro que mandaba al diablo también a quien lo hacía su candidato. Era cuestión de tiempo que los efectos de la convocatoria se hicieran sentir en su propia casa. Se ha consumado el aviso: al PRD se lo ha llevado el diablo.

El discurso del gran caudillo ha sido un coherente embate a los tres fundamentos de la convivencia: el diálogo, la verdad y las reglas. Ése es el tripié del trato institucional: aceptar la realidad, acatar las reglas, tolerar al otro. No es extraño lo que pasa en la familia perredista porque ahí ha avasallado ese mensaje: no se puede conversar con los traidores; no importan los hechos; sólo valen las normas que me validan.
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24, Mar 2008

Biografía y miseria política

Es penoso lo que las figuras políticas han hecho de sus biografías, pero es más penoso lo que esas biografías han hecho de la política mexicana. Ahí está el caso deplorable -y triste, me atrevo a decir- de Arturo Núñez, un reformista sensato y experimentado, curtido en el proceso de cambio electoral; un hombre que era interlocutor válido para todas las fuerzas políticas y que quemó su respetabilidad en los fuegos del resentimiento. Que haya renunciado al PRI para protestar por la candidatura de su entrañable enemigo es entendible y aún plausible. Bien hizo en salirse de un partido que postulaba a quien no le merecía respeto. Es un acto de congruencia abandonar un barco conducido por un truhán. Tampoco me parece criticable que haya aceptado la oferta de un partido al que antes había criticado. Es comprensible que quien renunciaba a un partido, ejerciera su derecho de seguir militando en política. La libertad supone ese derecho de cambiar de opinión y de trinchera. Ciertamente, habría sido bueno que el político expusiera públicamente sus razones para aceptar la invitación de quienes tildó de empresarios de la reclamación. En silencio cambió de camiseta y aceptó disciplinadamente el obsequio de una candidatura. Lo que resulta más que cuestionable es la cadena de silencios posteriores. Nada dijo Arturo Núñez frente a la mentira del caudillo perredista de que había sido víctima de un robo electoral. Pocos como él podían aquilatar la dimensión del fraude de López Obrador al llamarse "presidente legítimo". Pocos como él podían calibrar la demencia de embestir contra las instituciones que no son instrumentos de unos, sino el domicilio de todos. Y en sus silencios, Arturo Núñez se volvió cómplice de la peor agresión contra el pluralismo mexicano desde que Vicente Fox quiso eliminar a su adversario empleando los instrumentos del Estado.
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17, Mar 2008

Del señoritismo panista

Mourio_quien

Algunos celebraron el nombramiento del nuevo secretario de gobernación como el asomo de una nueva clase política que, finalmente, llega al país para darle vuelta a las hojas. Cobijados por el PAN, aparecían políticos frescos, jóvenes, sin las obsesiones de sus predecesores. Sus publicistas los retrataban como competentes y ágiles; diestros en el manejo de las encuestas y libres de telarañas ideológicas. Sugerían que el nuevo ministro del interior representaba la avanzada de una promisoria tonificación del cuerpo gobernante. Aquellos defensores sugerían que no había que exigirle demasiadas credenciales al funcionario premiado: bastaba la confianza de su jefe y el éxito en la campaña para convertir a su mentor en presidente. La experiencia era ridiculizada como si fuera una petulancia de viejos. ¿De qué sirven años de experiencia si este régimen es tan distinto al viejo, tan nuevo, tan joven—como Juan Camilo?

El escándalo que ha envuelto al Secretario de Gobernación no es una nimiedad. Representa un vicio que, por muy común que sea entre los panistas, no deja de ser inadmisible: la incapacidad de trazar con claridad una línea que separe los intereses privados y las responsabilidades públicas. No encuentro señales que demuestren que el legislador o el funcionario de la Secretaría de Energía se hayan beneficiado de su cargo, pero lo que evidencian los documentos exhibidos es, por lo menos, ligereza, descuido en el trato de asuntos espinosos. Con todo, lo menos escandaloso del escándalo es el motivo que lo hizo explotar. Normalmente el encubrimiento resulta más nocivo que la trampa. En este caso, lo verdaderamente grave no son las firmas sino la reacción del funcionario. Mudo para responder puntualmente a las imputaciones, el Secretario se mostró indignado por un cuestionamiento calificado de “mezquino.” ¿Por qué sería mezquino que la oposición señale documentos que exhiben conductas públicas que son, cuando menos, sospechosas? ¿No es parte del derecho y aún de responsabilidad de las oposiciones? ¿Quién se cree este hombre que se imagina por encima de los cuestionamientos?

Mouriño no se quedó en la absurda cantaleta de los-malos-mexicanos-que-quieren-el-fracaso-de-México sino que se explayó en una lacrimosa historia de sacrificio. Nos relató el abnegado patriota que en el 2003 optó por el servicio a la patria. Desde entonces carga una pesada cruz: “El precio que pagué no fue menor. Le he arrebatado tiempo a mi familia; renuncié a las acciones de las cerca de 80 empresas de uno de los grupos empresariales más importantes del sureste mexicano y también dejé muchas de las comodidades que tienen los que viven en el interior del país.” Ay. El señorito se ofende porque la ingrata patria no le reconoce las privaciones que ha tolerado para beneficiarla generosamente con su talento. Difícil imaginar una respuesta más incompetente, más torpe y, sobre todo, más insultante. El escándalo del preferido de Calderón no tiene que ver, pues, con sus tratos con Pemex, sino con su nombramiento. Si queríamos una estampa del político bisoño que no tiene más mérito para ocupar el ministerio del interior que el aprecio de su jefe, ahí la tenemos, a todo color. La información que ha dado después sigue sin responder a las acusaciones del político que ha revivido con su arrogancia. La gran apuesta política de Calderón ha resultado un fiasco.

Insistiría que el amiguismo de Calderón no tiene paralelo en la historia reciente del país. Ni en los tiempos dorados de la hegemonía priista puede recordarse un gabinete tan oscuro y tan subordinado al criterio exclusivo de la amistad. Por supuesto que antes había amigos en el equipo presidencial y que muchos de ellos eran indefendibles, pero no había tantos colaboradores que lo fueran por el solo hecho de ser amigos del jefe o por la gran virtud de ser, convenientemente, anodinos. Si el tamaño de un presidente se mide por la estatura de sus colaboradores, el presidente Calderón alcanza la altura de su club de Mickey Mouse. El suyo no es un gabinete de figuras indisciplinadas por la sencilla razón de que no hay, excluyendo al Secretario de Hacienda, una sola figura en su equipo. Pero diría que el caso del secretario de gobernación refleja algo más que la inseguridad de un presidente que no tolera la compañía de personajes con trayectoria propia. Si ha querido azular su gabinete ha tenido éxito: en sus colaboradores está el mejor retrato del partido que llegó al poder hace un año y medio. En efecto, como quieren los calderonistas, puede decirse que el PAN no ganó el poder en el 2000, con Vicente Fox. El partido de Gómez Morín llegó al poder con el hijo de un fundador.

La irritante respuesta de Mouriño es la muestra perfecta del arrogante señoritismo que impera en el PAN. Los sacrificados señoritos panistas que dicen ofrendar sus “legítimos” dividendos a la salvación nacional. No son los tecnócratas de antes que eran respetados en todo el mundo; no son tampoco los lobos de la malicia que siguen imponiendo sus condiciones. Sin formación académica solvente, ni experiencia política, son los amiguitos mimados de un hombre con suerte. Daniel Cosío Villegas detectaba ese señoritismo a fines de 1946 cuando hablaba de los antipáticos panistas: son los decentes de clase media cuyos intereses y experiencias se reducen a su despacho y a su parroquia. Los calificaba atinada y visionariamente como tipos de “mentalidad señoril”, en su memorable ensayo sobre la crisis de México. Esos señoritos ganaron la presidencia en el 2006 y están convencidos de que el país está en deuda con ellos.

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Por cierto, si quiere conocer a la esposa, hijos, los hábitos y los placeres del galán del gabinete, consulte la revista Quién

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10, Mar 2008

Meter el pie, meter la pata

No asusta la agitación perpetua de México, sino la esterilidad de sus trastornos. En México hasta el conflicto es infructuoso. La incompetencia y la mezquindad marcan nuestra vida pública. Por ello la rutina de la política mexicana es una secuencia tenaz de dos talentos notables: meterle el pie a los otros y meter la pata. Equilibrio perfecto de torpeza y ruindad: hacer tropezar a los otros para que no lleguen a ningún lado; caer en agujeros que uno mismo cava. Esas son las razones del estancamiento: ser incapaz de unir el paso del pie derecho con el tranco del pie izquierdo y avanzar. Empeñarse en impedir que el otro camine. Atorados, pues, entre las zancadillas y los resbalones.
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03, Mar 2008

Sobre el sectarismo

El número más reciente de la revista Dissent, incluye una reflexión muy pertinente sobre la tentación sectaria (No hay versión en internet en el sitio de la revista). Avishai Margalit, autor de una sugerente apuesta por la decencia–no como cuidado de las buenas maneras, sino como el deber de tratar a todo hombre como ser humano y no como una cosa o un animal—recuerda que Irving Howe le advirtió alguna vez que nunca cayera en el sectarismo. Formar una secta era abandonar la política y entregarse a una visión religiosa de la causa; era preparar la guerra y perder sentido de realidad. Margalit piensa que nuestra imagen de la política está marcada por dos dibujos contrastantes. El primero retrata a la política como un mercado: el sitio donde se compran y venden servicios. Ahí todo es sustituible, nada es valioso en sí mismo. Todo puede ser negociado y puesto a subasta. El segundo trazo pinta la política como territorio sagrado. En la política se trata con lo divino y, en consecuencia, con aquello que no puede ser negociado. Lo sagrado no puede dividirse y, por lo tanto, no puede ser objeto de transacción. La imagen de la política como ámbito religioso enciende el dramatismo de la acción: para defender a los santos habrá que estar preparados para el sacrificio y el combate.

El sectarismo implica un rechazo a lo negociable: la política es religión y sólo religión. Por ello el sectario está convencido de que cualquier acuerdo está podrido. No hay pacto que valga porque cualquier negociación supone un desgaste de lo divino. Quienes sugieren negociar recomiendan la traición: son vendidos que han dejado de pertenecer a los nuestros. Margalit encuentra varias notas distintivas del temperamento sectario. Una de ellas es su desprecio por el número y el dato. La secta no busca ensancharse, lo que anhela es conservar la pureza absoluta de todos sus miembros. Que no quepa duda de que cada uno de los miembros de la secta es un puro, un sectario auténtico y orgulloso en quien no aparece ni el más leve soplido de duda.

La secta lanza a sus miembros constantes pruebas de lealtad. Todos los días hay que demostrar fidelidad a la causa. Cualquier diferencia, por mínima y absurda que parezca al extraño, se convierte en diploma de pertenencia o en razón de excomunión. Siempre en guardia, la secta tiende a escindirse, a separar lo distinto y a expulsar aquello que pudiera parecer peligroso. De ahí que su metabolismo reclame purgas y divisiones. De ahí que, para el sectario, el debate sea un terreno minado. El ámbito de lo indiscutible es inmenso. Todos los miembros del grupo saben bien que hay una larga lista de temas que no pueden ser abordados, que hay otra lista de personas con quienes jamás se puede entrar en contacto y que, en consecuencia, la tarea consiste en repetir las confiables cantaletas de la identidad. En ese mundo clausurado a la discusión, el examen de la realidad ha sido definitivamente proscrito.

La izquierda sectaria quiere declararle guerra al país. México está partido en dos: uno es el México de los patriotas; el otro es el antiméxico de los traidores. Quienes duden de esta división son ya parte de la conjura contra la patria. No es necesario hacer sumas, ni disponerse al estudio de los problemas por muy técnicos que puedan parecer. Es pecado la simple sugerencia de una posible negociación para una mínima reforma. Dicen que quien negocia se prostituye. Se encargan de fomentar odios y purgas adentro de sus filas, enfatizando que la verdadera política no admite más que a los puros. Estamos en tiempos de definición, dicen los sectarios: se está con México o se está con lo intereses extranjeros. Punto. Y si hay que quemar al país para purificarlo, adelante.
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25, Feb 2008

Entre el México panzón y el internado

Anthony Giddens, uno de los sociólogos más influyente en el mundo, ha puesto el ojo desde hace mucho tiempo en las complejas conexiones entre el poder y la intimidad. El tiempo de la modernidad ha transfigurado la vida personal, la familia, los patrones de consumo, el uso del ocio. Los problemas que enfrentamos hoy sugieren una transformación importante en la acción del gobierno. Antes el Estado—Giddens habla del Estado de bienestar—se podía considerar como un artefacto reparatorio: los problemas sociales son resueltos o, por lo menos, atendidos por el poder público. Si alguien se enferma, el Estado provee la atención del doctor y la medicina; si un padre no puede pagar la educación de su hijo, el Estado ofrece la escuela y el libro gratis. Hoy parece que esa función correctiva resulta insuficiente. El Estado debe actuar antes de que el problema estalle. Necesitamos cambiar nuestra forma de vivir, de comer, de consumir, de viajar. En un artículo publicado recientemente por El país, “Cambiar el estilo de vida,” el sociólogo inglés apunta que los problemas que enfrentamos hoy serán imposibles de ser resueltos si los agentes políticos no logran convencer a la sociedad de que viva de manera distinta. No se trata simplemente de que cumpla la ley. Se requiere estimular nuevas formas de vida y convivencia.
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18, Feb 2008

El realismo conservador y el otro

Los siniestros efectos de la simplificación han terminado por identificar el realismo con el conservadurismo. Ser realista se ha convertido en resumen de una pasiva aceptación de lo que existe. Es extraño que así haya resultado porque la tradición política realista es de muy distinta cepa y de inclinaciones abiertas revolucionarias. Adentrarse en la realidad para transfigurarla. El nombre lo sugiere: el realismo político es compromiso con la “realidad efectiva”que implica un rechazo a las ilusiones que se desentienden de los hechos incómodos. Pero no supone, en lo más mínimo, una abdicación a intervenir en ellos. La realidad que aquilata el realista es el inescapable punto de partida pero nunca es el destino. El conservador ve la realidad como un compacto mundo de hechos inalterables que el político tiene el deber de custodiar, amorosamente. El reformista reconoce que las ilusiones no cambian el mundo. Acepta que cerrar los ojos a lo desagradable no lo hace desaparecer. Pero entiende perfectamente bien la naturaleza plástica de la realidad política y sabe que la acción provoca consecuencias. La política se vuelve así fabricación de lo ideal. El ‘realismo’ del conservador parte de una abdicación: está convencido de la infecundidad del actuar político y, en consecuencia, supone que no hay más misión para el gobierno que resguardar el patrimonio heredado. El realismo reformista rechaza la visión mágica del mundo (la varita de la voluntad que reinventa el mundo) para afirmar una perspectiva propiamente política: una decisión certera rehace la realidad.
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28, Ene 2008

El baile del sentido común

La subversión más profunda del discurso público mexicano sería una inyección del sentido común. Nos hemos encargado de cerrarle el paso a ese sentido para llenarnos la boca y los oídos de evasivas y fingimientos, para volver normal y tolerable la palabra hueca y el lenguaje muerto. El cuadro que nos ofrecen los ojos es maquillado de inmediato, para ajustarse a la marea de las modas. Los lugares comunes de lo políticamente correcto, las palabras desgastadas de la grandilocuencia y la perorata pontificante nos inundan. La atmósfera que respiramos se vuelve francamente asfixiante: imposible encontrar aire fresco entre las solemnidades de los que gobiernan y la prosopopeya de quienes se oponen. Si las ideas circundantes contrastan, entonan casi todas en la misma clave. Húmedos homenajes a la patria diamantina, gritos de alarma por la inminente catástrofe, afectadas ofrendas a los tópicos de moda.

La recuperación del sentido común tiene un ángulo necesaria, tal vez involuntariamente, humorístico. Constatar la ridiculez del entorno, exhibir el contraste entre la expectativa y la experiencia, retratar nuestra fisonomía caricaturesca arranca risas. Pero en ese ánimo de desnudar nuestra contradicción hay una vocación crítica que bien podría llamarse filosófica: ver el mundo sin las escamas de lo ya dicho, acercarse a la realidad con el auxilio solitario de la inteligencia, en combate abierto con las verdades recibidas. Dicen que William James no encontraba diferencia entre el sentido común y el sentido del humor: son lo mismo, con la única diferencia de que el sentido común camina y el sentido del humor baila. El sentido del humor es una sensatez danzante.

No baila mucho el sentido común en México. Aterrados por la posibilidad de llevar mal el ritmo o dar un mal paso, estamos repletos de rodeos y ambigüedades, de engaños y adornos. Los empalagos de nuestra cultura patriotera convierten ese flechazo crítico que hay en el humor en un ímpetu extranjero, es decir, sospechoso. Su disposición burlona parece infamante; su ironía ofende. Los circunspectos dirán que el humor no es más que un entretenimiento; un desahogo divertido y trivial. Bromas que se agotan en la carcajada, pero que en nada ayudan a comprendernos. Se olvida que en todo pellizco humorístico se esconde un retrato y una denuncia.

La ausencia de Jorge Ibargüengoitia—que en estos días habría cumplido 80 años—subraya la ausencia o, por lo menos la escasez de un impulso danzarín en nuestra crítica. Cuánto nos falta ese ánimo de ver las contrahechuras de México sin el afán de construir un alegato científico, sin la avidez de servir a un partido o la pretensión de inventarse una Misión Histórica.
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