Lunes

17, Ago 2009

Pesimismo de ojos abiertos

Esta semana le colmé el plato a un lector. Mi artículo más reciente le resultó a tal punto indigesto que decidió no volver a leerme. Me lo anunció hace unos días. Una frase desbordó el vaso de una paciencia de la cual, al parecer, fui abusando poco a poco. Hace una semana escribí “el futuro que nos aguarda es aterrador”, y a mi ahora exlector le pareció demasiado. No dudo que los motivos de la despedida sean más amplios, ni cuestiono que estén perfectamente justificados, pero me concentro en la frase que menciona en su mensaje como la gota del hastío. Releída, la oración perpetrada es, en efecto, irritante. Un vaticinio más propio del cine de horror que de la crítica política. La frase embonaría bien ahí, en una película de Wes Craven. Un desquiciado con máscara se acerca a un grupo de presos indefensos y les anuncia que su futuro es aterrador. En efecto, la expresión resulta alterada y estridente en un artículo dizque analítico.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
13, Ago 2009

Sobre el calabozo temporal

El artículo de hoy de Jorge G. Castañeda alude al "calabozo temporal" del lunes pasado. El texto reivindica, ante todo, la necesidad de recuperar la audacia en tiempos de política timorata:

Danton Sin un programa del cambio deseable, sin ese referéndum programático, y con este régimen, Calderón y cualquier otro corren efectivamente el riesgo de transformarse en zombis, o en personajes de Juan Rulfo. Que un programa de esta índole se parezca a un pliego de mortaja, o a un extenso epitafio, no quita que es la única opción activa; la alternativa es contemplar el regreso del PRI a Los Pinos. Se puede discutir el contenido del programa: ¿por qué echarse encima a cualquiera de los monopolios del país? o ¿por qué buscar reformas institucionales impopulares? o ¿por qué proponer una reforma social costosa en plena crisis?; pero sin programa, sin mayorías, sin reelección presidencial, y sin soplo, no hay gobierno que prospere. El de Calderón no es excepción.

"De l'audace, encore de l'audace; toujours de l'audace".

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
10, Ago 2009

El calabozo temporal

Calabozo El gobierno de Felipe Calderón es un muerto al que habrá que enterrar dentro de tres años. Empieza a oler mal pero no hay más remedio que convivir con él. La constitución nos impone tan macabra obligación. Desde las elecciones de julio pasado, el presidente encabeza una administración zombi. Deambula por el país y lo seguirá haciendo durante un larguísimo trienio pero su aliento le ha sido arrebatado a golpe de votos adversos y abdicaciones personales. Ejercerá con terquedad su derecho a vivir en casa ajena y a colocarse las insignias del poder pero sabe bien que carece de fuerza para conducir algún cambio, de impulso para la innovación, de fibra para transformar al país, de valentía para asumir riesgos.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
27, Jul 2009

Presidencia lealtólica

Dos cercas limitan la acción del presidente de México y amenazan al país con tres años más de parálisis. La primera es externa: el territorio de sus opositores se ha extendido y el espacio de su partido ha quedado reducido. La elección intermedia volvió a golpear al presidente, anticipando un larguísimo trienio, una prolongada y estéril despedida. La segunda muralla es interna. No se aloja en la complejidad administrativa del Poder Ejecutivo, está incrustada en la mente del presidente. Es una adicción severa y, al parecer, incurable a la lealtad.

Rodearse de leales parece el único resguardo frente a un mundo hostil. Los méritos pueden dispensarse, no la fidelidad plena al jefe. Desde la nerviosa perspectiva del adicto, la biografía independiente y la competencia personal se vuelven sospechosas. La solvencia profesional puede incubar la soberbia; la autonomía política anticipa una traición. Por ello el lealtólico encuentra gratificación en la compañía de dependientes y sólo alcanza tranquilidad rodeado de subordinados que todo le deben. El séquito le provoca una sensación de seguridad pero distorsiona severamente su juicio sobre la realidad. Recluido en su refugio de adeptos, logra descartar la discrepancia. Si no la elimina, la sitúa con facilidad fuera de su circuito: la divergencia se desplaza así al campo enemigo. Quienes lo rodean conocen mejor que nadie el trastorno del jefe: saben que el desacuerdo no pertenece al recinto de los íntimos: la discrepancia es la primera evidencia de la deslealtad.

Body attached

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
13, Jul 2009

La receta y el quejido

Especializados como nos hemos vuelto en malos diagnósticos, no es extraño que nuestras recetas cooperen al agravamiento de la enfermedad. El análisis instantáneo no se detiene en los pormenores, las raíces, las imbricaciones de la dolencia. Lo que cuenta es la idea rotunda y sencilla; el remedio inmediato y de bajo costo. Ante cualquier dolencia acudimos a los argumentos recibidos para decretar el mal y su remedio. Los lugares comunes se presentan primero como expresión de la opinión pública. Se transfiguran después en mensajes unívocos que la clase política asume como mandato. Con determinación, proclaman que han entendido las instrucciones de la sociedad y se disponen a actuar en consecuencia. La superficialidad ambiente termina en decreto. El remedio no roza el problema pero tiene el buen tino de iniciar uno nuevo. El ingenio nacional ataca así los problemas ancestrales para acompañarlos de fresquísimos problemas.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
29, Jun 2009

Calderón contra el abismo ateo

A-tshirt A la mitad del camino sigue sin estar clara la estrategia del gobierno federal en su guerra contra el narcotráfico. Resulta también evidente que la administración no se ha tomado en serio la reforma institucional y que el nuevo modelo de enjuciamiento penal carece de promotores dentro del gobierno. Lo que se clarifica es la filosofía presidencial: la moral detrás de la guerra. En distintas piezas oratorias, Felipe Calderón ha expuesto las razones de su cruzada. Son ofensivas y preocupantes.

A principios de este año, el jefe de un Estado laico describió al país que representa como la tierra de una virgen y un santo. En aquella ocasión, el presidente mexicano abrazó integralmente la cosmovisión más conservadora y dogmática de la iglesia católica para sermonear a un país que, al desviarse de la senda natural, pagaba un castigo terrible. La familia tradicional fue retratada por el presidente como la única semilla posible de la moral. Su quiebra provocaba una estela de desgracias. Elogiándose como miembro de una familia ejemplar, declaró que la práctica del divorcio esparcía la deshonestidad y la violencia. Los infieles que rompen el pacto indisoluble destrozan la decencia, la armonía y la justicia. El presidente Calderón exhibió entonces una desconocida y peligrosa secta del crimen organizado: los narcodivorciados.

Ahora Felipe Calderón continúa su disertación moral sobre el crimen. Ha sugerido que el ateísmo está en la raíz de la delincuencia. El origen de nuestros males está en la pérdida de la fe, en lo que él llama “el desconocimiento de dios.”

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
22, Jun 2009

Sobre el voto (otra vez)

Clip El voto no es un árbol de navidad. No tiene ramas ni hojas para ir colgándole esferas, adornos y lucecitas. El voto es la culminación de un largo proceso de simplificación tecnológica. Una instrucción precisa que se desprende de motivos y argumentos. Valdría la pena un estudio estrictamente ingenieril de esa pieza elemental de la complejísima maquinaria democrática. De la misma manera que un historiador de la ingeniería como Henry Petroski ha examinado la biografía del lápiz o del clip en ensayos fascinantes, resultaría muy esclarecedor desarmar el sufragio para desentrañar su mecánica. Petroski se ha dedicado a explorar la historia de las cosas que nos rodean: las computadoras, los tenedores, las latas, el ziper. En cada un de esos utensilios hay un largo proceso de diseño en donde, por cierto, el error ocupa un lugar preponderante. Cualquier artefacto que utilizamos esconde una aventura del cálculo y la corrección: bosquejos, intentos, fallas y reelaboraciones. Tomemos el caso del clip que examina Petroski. Podríamos pensar que ese broche para papeles es el objeto más simple; que una cosa tan sencilla no tiene inventor. El biógrafo de los objetos diseñados desarma esas suposiciones: el clip es un prodigio de la inteligencia práctica. Detrás de ese rizo de alambre plano hay cientos de cálculos sobre la resistencia de los materiales, estudios sobre la flexibilidad del armazón, miles de dibujos para mejorar una estructura que debe prensar el papel sin lastimarlo.

Detrás del voto hay, igualmente, una larguísima historia de diseño; siglos de prueba y error. Su historia, sin embargo, no es la de un instrumento que se desenrolla a lo largo del tiempo, que acrecienta su complejidad a través de los años, que se recarga poco a poco con mecanismos y aparatos suplementarios. No es un instrumento con una variedad de módulos y componentes que encierre dentro de sí una secuencia de procesos y reacciones. El voto resume en su diseño una rica historia de simplificación. Desprendiéndose progresivamente de todo lo accesorio, el voto se comprime hasta quedar convertido en la instrucción más elemental: un signo sobre un símbolo. Si la democracia es, como muchos sugieren, el régimen más complejo, su encendedor es lo más elemental. Una instrucción simple que no demanda argumento ni explicación del votante. Un acto político que se oculta del público. Una orden emitida sin palabras. Un signo le basta: un tache.

Para muchos—demócratas y antidemócratas—ese rasgo de simpleza inicial demerita o invalida el régimen. ¿Qué política puede desprenderse de un acto tan trivial? Por eso John Stuart Mill exigía más del votante. Al votar, el ciudadano debía argumentar frente a sus vecinos por qué respaldaba tal o cual opción. Si el voto tenía consecuencias públicas, tenía que ser razonado en público. Quería que el voto enriqueciera el debate y curtiera una ciudadanía inteligente y fornida. Un régimen fundado en el voto es una idolatría de la aritmética, sugirió Borges. Del número no puede brotar la razón; de una simple operación numérica no puede nacer una civilización. Pero eso que rechazaban representa precisamente el inmenso salto democrático. Que el voto se desprenda del discurso, que sea la expresión unívoca de una decisión permite fundar un régimen que, por lo menos en ese brevísimo episodio inaugural, cumple con requisito igualitario. El voto, en efecto, es sólo una instrucción que debe ser agregada, una cifra para la suma. Porque se desprende de su emisor, porque no contiene argumento ni discurso porque es apenas una hoja de papel con una seña la decisión recoge la voluntad de cada uno en búsqueda de la mayoría. Todo voto vale igual: el del rico y el del pobre; el del sabio y el del ignorante. El voto del miedo y el voto de la esperanza; el voto razonado y el voto caprichoso. Es por eso también que el voto no engendra mandato, no redacta una instrucción precisa. Se pronuncia simplemente sobre la conformación de la representación política. Ése es su efecto. Instrucción sin argumento, el voto, si se emite en democracia, puede castigar o premiar. Ahí está su modesto e inmenso poder.

Si el régimen democrático se caracteriza por la ausencia de rasgos sublimes, el voto es, quizá, el más antipoético de sus capítulos. No es un episodio heroico, no permite una experiencia mística, su dimensión estética es nula. El votante se ve forzado a elegir entre las opciones disponibles. El discernimiento concluye inevitablemente en una burda simplificación. Me gusta una propuesta del partido equis, pero me disgusta otra; confío en tal candidato pero no en su colega; reconozco la experiencia del candidato Fulano pero me incomoda su partido. El elector se ve obligado a simplificar grotescamente para decidir. Por eso el entusiasmo electoral es un fenómeno tan infrecuente.

El problema está en pedirle al voto lo que el voto no da. El problema está en suponer que la participación termina en el nicho electoral. La energía democrática, la creatividad plena, la imaginación productiva se activan más plenamente en otros espacios.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
15, Jun 2009

Nación de simulacros

Alvarez Bravo - Sábana caída 
"Sábana caída" de Manuel Ávarez Bravo

Infame voracidad de la rutina. Todo lo absorbe, todo lo mastica, todo lo arrasa. Hasta la tragedia más dolorosa es disuelta por la inercia de los hábitos. El escándalo es callado por otro escándalo. La tragedia se diluye entre eventos, murmullos, y otras distracciones. La indignación se desplazará a otras zonas. El olvido, que nunca alcanzará a los dolientes, llegará muy pronto a eso que llamamos “opinión pública.” Cuarenta y cinco bebés y niños muertos, asfixiados en el lugar donde debían ser cuidados. De nuevo, una institución pública, en el núcleo de lo inadmisible. El Instituto Mexicano del Seguro Social, teniendo a su cargo la protección de las vidas más delicadas preparó, con su negligencia, la desgracia.

El desenlace de la irresponsabilidad se anunció de inmediato. Lo proclamó la conocida floritura de lugares comunes. Se nos dice que las instituciones no son tapadera; que se llegará a las últimas consecuencias, que no hay privilegios para nadie, que habrá que hacer una investigación a fondo. Todo lo que hemos oído desde siempre. El conocido prólogo de la indolencia. Lo que no vemos, lo que no conocemos es el gesto de quien asume a plenitud la responsabilidad política.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Jun 2009

De homeopatía, amor y votos

Homeopatico Empecemos por algún lado: la racionalidad del voto no es evidente. No es obvio que tenga sentido votar. ¿Por qué un ciudadano habría de entregar una cápsula de su tiempo si tiene bastante claro que la probabilidad de que su voto determine una elección es prácticamente inexistente? Muy pocos de los que hacen fila para votar imaginan que su voto terminará un desempate, decidiendo quién gana la Presidencia o quien llega al Congreso. Por eso hay un misterio detrás del voto: ¿por qué votamos teniendo la convicción de que nuestro voto específico es ineficaz? ¿Por qué votamos si tenemos casi la certeza de que la marca de nuestra crayola sobre la papeleta no decidirá nada? Votar es depositar una gota de agua en el mar con la esperanza de que cambie de sabor. La democracia electoral se fundamenta entonces en una racionalidad tan flaca como la que sostiene la homeopatía. Recuerdo un capítulo del alegato de Richard Dawkins contra la medicina “alternativa.” La homeopatía se basa en la idea de que una sustancia diluida en agua tiene efectos curativos y será más poderosa mientras el ingrediente activo se diluya más. Mientras más disuelta, más efectiva. Pero, ¿qué tan diluida debe quedar para resultar curativa según los homeópatas? Mucho. No implica la mezcla de una gota de sustancia activa en una cazuela, ni en una alberca, ni en un lago, ni en el océano. Los homeópatas aplicarían una molécula de sustancia activa con todas las moléculas del sistema solar para obtener el frasco milagroso que resulta, en realidad, una botella de agua.

En una comunidad nacional el voto individual queda igualmente disuelto en los inmensos números. Un ciudadano tiene poca esperanza de que su decisión importe y, sin embargo, vota. ¿Por qué lo hace? Algo distinto a la racionalidad utilitaria opera en su cabeza. Quiere provocar algo, sí. Pero, sobre todo, quiere formar parte de algo más grande que sí mismo, quiere insertarse de algún modo en una comunidad. Quiere que su voz se diluya en una voz más grande y quiere sentir la satisfacción de que el sonido colectivo incluya el aporte de su garganta. El mar no cambia de sabor pero la gota de agua encuentra domicilio. El voto es por ello, contribución a una decisión colectiva y, además, símbolo de pertenencia. Para el artefacto democrático, el voto es el mecanismo que lo activa. Pero para el ciudadano, el voto es otra cosa. Se trata, ante todo, de una declaración de pertenencia.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, Jun 2009

Valentonismo

Silga En buen lugar, el presidente Calderón ha equiparado la delincuencia organizada con el terrorismo. En Medellín habló del terrorismo mexicano. Comparto el calificativo. El crimen en México tiene, desde hace tiempo, una expresión terrorista: la violencia no se usa exclusivamente para lucrar sino también para intimidar. El arsenal de los delincuentes se emplea no solamente como instrumento sino que se ha vuelto, también, mensaje. En México, dijo el presidente, el crimen lucra con el terror, intimida a la gente, paraliza a las autoridades, carcome los gobiernos. Calderón habló de un circuito criminal que debe romperse. Los delincuentes roban, matan, extorsionan. La vida cotidiana se transforma ante la vulnerabilidad. El miedo paraliza a la ciudadanía. Los gobiernos se sienten débiles frente al poder destructivo de los criminales; las autoridades también sienten miedo. Para romper el circuito terrorista, el presidente de México ofreció su tijera: la valentía.

Esa fue la receta calderonista. Que el mundo aprenda de mi valentía. Como si la estrategia mexicana hubiera tenido éxito, como si estuviéramos en condiciones de dar consejos al mundo, como si la política mexicana hubiera demostrado resultados, el presidente de México se coloca como ejemplo para el mundo. Ofrece una propuesta sorprendente por su superficialidad y, sobre todo, por su voluntarismo. La estrategia del presidente Calderón contra el crimen organizado es la bravura del presidente Calderón. Derrotaremos al crimen organizado porque no le tengo miedo a los criminales. Quien ya se había descrito como el modesto salvador del género humano, ahora se describe como un titán de la osadía, un gobernante férreo que sustituye la estrategia y el proyecto por la audacia. Un intrépido hombre de Estado que transforma el miedo de los ciudadanos en gallardía, ánimo y decisión de gobernante. A juicio del presidente, el valor personal es crucial para romper el circulo criminal: “de ahí la importancia de la determinación, la valentía, el valor de quien está investido por el propio pueblo para gobernar.” Curiosa noción del mandato democrático: el representante popular ha de personificar la valentía. No la razón, no la previsión, no la prudencia: el valor. El voluntarismo de Calderón ha degenerado en valentonismo.

Si el voluntarismo es la confianza en que la voluntad del poder todo lo logra, el valentonismo es fe en el coraje. El valentonismo calderonista no ha demostrado un solo resultado promisorio en la lucha contra la delincuencia organizada. Hablo de resultados promisorios porque entiendo que en esta batalla los resultados no pueden ser inmediatos. Lo que advierto es que, a mitad de su trayecto sexenal, la crisis de seguridad es más grave que nunca; el costo en materia de derechos humanos es altísimo; la profesionalización de los cuerpos de seguridad sigue en espera y ahora la colaboración entre poderes está en entredicho. Pero la nulidad práctica del valentonismo contrasta con su inmenso aporte a la vanidad. El presidente valiente es, sin lugar a dudas, un político popular. De ahí viene el tributo al Valiente en el que descansa la campaña de Acción Nacional. Los dirigentes del PAN nos invitan a votar por un presidente sin resultados pero con valor. Un presidente sin ideas pero con arrojo. “Siga valiente, señor presidente,” le dicen sus admiradores a través de insertos en los periódicos.

La tijera de Calderón no ha cortado el circuito de la impunidad pero amenaza con segar la precaria unidad de la lucha contra el crimen. La personalización de la lucha contra el crimen, su uso como bandera de partido ha destrozado la idea básica de que la restauración del Estado es asunto de todos. El manto de unidad estatal que invocaba el presidente al principio de su gobierno, ha sido trasquilado por la politiquería de campaña. Si la equiparación de nuestra guerra con la guerra contra el terrorismo es válida, Calderón y sus aliados cometen errores imperdonables: han partidizado una lucha que demanda unidad y sobriedad. Con su retórica busheana, el calderonismo amenaza con debilitar la ya frágil coalición que se necesita enfrentar a los criminales. Nos quieren plantar una disyuntiva grotesca: quien no esté con el Presidente Valiente está con los criminales.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
25, May 2009

El valor de los valores

Obama-cheney No hubo debate sobre seguridad nacional durante la campaña por la presidencia de los Estados Unidos. Competían dos críticos del presidente Bush. Había, por supuesto, enfoques distintos pero, tanto John McCain como Barack Obama, consideraban que Bush había hecho más vulnerable al país con su unilateralismo y su desprecio por las normas constitucionales. Ninguno de los candidatos, por ejemplo, aceptó como válidas las razones del gobierno para torturar a los acusados de terrorismo. Ambos coincidían que la prisión de Guantánamo debía cerrarse. Aquel debate inexistente apareció esta semana con un enfrentamiento entre el presidente Obama y el antiguo vicepresidente Cheney.

El contraste no pudo ser mayor; las posiciones más contradictorias, los personajes más antagónicos. Habló primero un presidente que fue profesor de derecho constitucional. Se rodeó de símbolos para construir un argumento nacional. Un presidente que reivindica las instituciones, las prácticas y los orgullos de su historia. En eso Obama resulta un conservador en la vertiente más apreciable del término: un hombre que no invoca la excepción para romper con las reglas ni pretende legislar desde la fascinación del carisma. El desastre de la prisión de Guantánamo no es simplemente una estrategia fallida: es un camino extraño, un apartamiento de la historia. La fibra del argumento es por ello notablemente tradicionalista.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
18, May 2009

La zapatera y nuestros zapatos

Zapatero Los maestros no trabajan el día del maestro. La conquista sindical es irrenunciable. Ante la razonable petición de los padres de familia por recuperar una jornada, después de la emergencia sanitaria, la dirigente sindical espetó: “zapatero a tus zapatos.” Elocuente exabrupto: éste no es asunto suyo: las escuelas son mi reino y a ustedes no les corresponde opinar. Dedíquense a lavarle las manos a sus hijos en la casa, entreténgalos y diviértanlos por las tardes. Cuéntenles historias para dormir y dénles dulces si se portan bien. Lo que pasa en la escuela lo determino yo. La zapatera reclamó para sí y en exclusiva, la industria del zapato que son las escuelas de México. El gobierno concede. La dueña de la zapatería ha hablado. El gobierno no opina. Dice que le importan los zapatos de todos, declara que está comprometido con la calidad de los zapatos. Pero no está dispuesto a tocar el reino de la zapatera.

El presidente ha salido en defensa de ese reino y de los tratados que ha firmado con él. Sabe que su vínculo con la dirigente del sindicato de maestros es una aberración histórica y se dispuso a defenderla, fingiendo convicción Recurriendo a la lógica del antiguo corporativismo escondió el entendimiento con la representante como si se tratara de asociación con los representados. No se equivoquen: nos hemos aliado con los maestros para mejorar la educación del país. La filiación cetemista del argumento es apabullante: el gobierno se siente orgulloso por su alianza con los trabajadores organizados. La estrecha alianza del gobierno con la clase obrera es la única manera para impulsar la agenda de transformaciones patrióticas que la nación exige. El panista hace suyo el mirador corporativo. Los maestros existen a los ojos del presidente, gracias a su sindicato. Hablan a través de la voz de su cacique; actúan a través de su representación única, incuestionable—y vitalicia. El presidente panista actúa en un nuevo régimen político pero contempla el mundo con los anteojos de su predecesor. Esos lentes son particularmente visibles cuando enfocan el mundo sindical. Los antiguos enemigos del corporativismo se han convertido en sus defensores.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
11, May 2009

La voz de la autoridad

Receta médica Me asombra la emergencia de la autoridad. Esa es la consecuencia política de la crisis sanitaria: el peligro ha desenterrado la autoridad y la ha puesto en el centro del país. No estoy hablando simplemente de la reaparición de un gobierno que es capaz de mandar. Para quienes hablaban de un Estado fallido, los días recientes dan muestra de que en México existe un núcleo de poder que puede lograr eficacia en momentos de alto riesgo. En efecto, el gobierno federal y algunos locales lograron imponer reglas severas y muy costosas. Lo hicieron con velocidad extraordinaria, poniendo en sintonía a grupos que han sido enemigos. Proyectaron un mensaje claro, consistente y continuo; modificaron en un instante la conducta de millones de personas. No puede pasarse por alto la evidencia: el gobierno tuvo la agilidad, la capacidad y los recursos para enfrentar la emergencia sanitaria.

Pero de lo que quiero hablar no es de eso, sino de la fuente de esa reordenación política y sus posibles secuelas. El lenguaje de los preceptos sanitarios no embona en la conversación democrática. Su dispositivo de legitimación es otro. El tono es distinto, el argumento se construye de otra manera, el mensaje viene de otro lado. Creo identificar la novedad: se trata de la reaparición de una voz premoderna que se ha vuelto terriblemente actual: la voz de la autoridad. Autoridad es poder que no emplea la fuerza. Un poder que no intimida amenazando con un castigo. El influjo de la autoridad, su capacidad para determinar la conducta de otros proviene del sujeto que la emite. La figura de autoridad puede modificar la conducta de otros porque encarna valores apreciados por la colectividad: es la voz de Dios, de la experiencia, de la tradición o de la ciencia. Como enviado de lo incuestionable, Su palabra vale más que la nuestra. Nuestra voz es, apenas, voz de la calle, opinión o impulso; miopía, ignorancia. Quien encarna la autoridad, por el contrario, se eleva para mostrarnos el camino. No necesita amenazas: su figura muestra la ruta. (Una interesante reflexión sobre el concepto aparece en un ensayo de Hannah Arendt recogido en Between Past and Future ).

Si la autoridad de la que hablo no apela a las armas para hacerse seguir, tampoco se rebaja a la discusión con los mortales. Cualquier debate descansa en un presupuesto igualitario: los participantes están dotados de razón y conocimientos. No puede celebrarse una discusión si se cree que uno tiene el monopolio de la verdad y ejerce control exclusivo del argumento. Si es debate, la competencia por la persuasión arranca en la igualdad de los participantes. La autoridad, por el contrario, parte del principio opuesto: la autoridad sabe, la gente no. Por la voz de la autoridad habla la verdad. Puede fundarse en un libro sagrado, en la experiencia de un anciano, en la bondad de un santo o en el saber de un científico. El caso es que la relación con la figura de autoridad es, por definición, antidemocrática: se basa en la confianza que el súbdito tiene en la sabiduría e integridad moral de su superior. Por ello su voz ha de acatarse sin chistar, sin pedir más argumento que una prueba de que, efectivamente, esa voz proviene de boca autorizada.

La autoridad no se rebaja a discutir al tú por tú con sus inferiores. Su palabra es, en sí misma, orden inapelable. Lo es porque no es mandato caprichoso sino aviso enclavado en la verdad. De ahí que la autoridad sea el intento más viejo de suprimir el capricho. Para expulsar la arbitrariedad de las relaciones humanas había que encontrar a quien portara el saber y la justicia.

La democracia liberal ha descreído de esa búsqueda y ha combatido el principio de autoridad. De la idea del poder como resultado del consenso, es decir, de una igualdad originaria, proviene el golpe mortal a esa figura. El poder no deriva de una encarnación omnipotente sino de una representación con restricciones. De ahí que toda orden debe fundarse en reglas y curtirse en argumentos. Inadmisible sería que un primer ministro impusiera legislación porque el libro sagrado así lo determina. Inaceptable que el presidente dictara decretos porque la Ciencia lo obliga.

Pero la emergencia trastoca ese arreglo. La Ciencia legisla presurosamente; cancela la discusión y decreta un régimen excepcional. El poder público se asume como conducto de otra voz. En el trono de la autoridad inapelable se instala el epidemiólogo, el experto en salud pública, la oficina universal de la salud. La autoridad no pierde el tiempo argumentando. La crisis no tolera dilaciones. Nuestros protectores conocen las amenazas, diagnostican la fuente de los contagios y prescriben la receta draconiana. El enfermo acata dócilmente la instrucción del médico. Atónito ante los diplomas del consultorio, la bata blanca que viste al doctor, el aplomo de certeza que proyecta, el paciente se dispone a entregarle el brazo para la amputación salvadora. Ese paciente es el planeta asustado.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
04, May 2009

Los anteojos de un ignorante

No resulta fácil entender la reacción del gobierno mexicano ante la epidemia. He tratado de seguir sus explicaciones y sus argumentos. Puedo entender que se trata de un virus nuevo y comprendo que en sea novedad exista un grado enorme de incertidumbre. Lo desconocido podría revelar un terrible potencial mortífero. Pero siguiendo la información oficial, esa capacidad maléfica no se ha revelado en modo alguno. No acuso ninguna mentira orquestada, ni doy crédito a las fantásticas teorías conspiratorias. Simplemente advierto que percibo un abismo entre el daño, la advertencia del riesgo y la reacción de los gobiernos. Digo gobiernos en plural porque hay que resaltar la coincidencia de la autoridad federal y la política del gobierno capitalino. Coincido con las autoridades de que, frente a la duda hay que extremar las precauciones. Si poco sabemos de la capacidad mortífera del bicho, mejor excederse en la precaución y no en la indolencia. Tapabocas

Vale reconocer el esfuerzo comunicativo. Los dos gobiernos se han empeñado en hablar con la prensa regularmente. El presidente y el alcalde de la ciudad han tomado la crisis por los cuernos. No han rehuído a la prensa y han encarado las cámaras en repetidas ocasiones. Se percibe un intento por llenar con información y datos la preocupación colectiva y la decisión de hacer públicos los datos con los que cuenta la autoridad. Pero también hay que decir que esa política no ha sido del todo exitosa. Sobre todo en su principal objetivo: explicar la cordura de una serie de medidas que tienen paralizado al país y que repercutirán sin duda en su futuro inmediato.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
20, Abr 2009

Arte combinatorio

Adoración del cordero místico Fascinar es embrujar. El hombre que nos visitó es un brujo. Hechiza con su trote, con sus gestos, con sus palabras. Si cautiva es porque atrapa, porque altera el juicio. Barack Obama cosecha fervor, embeleso, adulación. Su magia está en la combinación de opuestos. Mezcla de ambición y realismo, en primer lugar. Reivindicación de que la política puede volver a ser poder. En tiempos en que los gobiernos parecen entidades inermes, Obama recupera para la política una esperanza de energía, de capacidad transformadora. Pero su recuperación de la palanca gobernante no es ilusa sino cautelosa. A cada apuesta la acompaña alguna reserva. A un costado de la afán, una reflexión sobre dificultades, tardanzas, costos. Mezcla también de modestia y seguridad. El nuevo presidente de los Estados Unidos no pontifica, no amenaza. No enseña los dientes. El contraste con su antecesor no podría ser más grande. Obama ha entrenado su modestia con múltiples fórmulas: vengo a aprender, quiero escuchar. Lo dice de muchas maneras pero con el mismo tono de moderación, con un enfático repudio de arrogancia. La modestia no es, sin embargo, apocamiento. Por el contrario, es signo de seguridad, de fuerza. En él se mezclan, por último, el pragmatismo con la elocuencia. Un extraordinario talento para la comunicación simbólica que no distrae al ingeniero de los detalles.

Algo sabemos ya de la política de Obama que nos permitiría ir más allá de la fascinación. La presidencia de Obama es aún muy joven pero ya hay indicios de un estilo, de una manera de gobernar que cultiva ese misterioso arte de las combinaciones. La presidencia está en fase experimental: intenta y mide, prueba y modifica su actuación. Empecemos por los tropiezos. La formación de su equipo de trabajo fue torpe. No logró integrar su gabinete con la velocidad y la transparencia que se esperaba. Pero hay que decir que no se empeñó en defender lo indefendible y asumió públicamente la responsabilidad de sus errores. Su estrategia ha recibido heladas cubetadas de realidad. Buscó trascender las barreras tradicionales de los partidos y encabezar un gobierno de amplia base política. La idea, como era imaginable, no despegó. Los partidos no se rindieron ante el encantador de Chicago y continuaron defendiendo su parcela. Para decepción de Obama, votaciones cruciales en el Congreso siguieron la línea acostumbrada de las identidades partidistas.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook