Lunes

06, Abr 2009

Nostalgia de oposición

Sopa-de-letras 

Le sienta bien la oposición al PAN. Se le nota tan suelto practicando el antagonismo como incómodo al gobernar. Tal parece que le molesta la responsabilidad, le fastidia la carga de la decisión. El gobierno distrae al panista tradicional de sus negocios, aunque a veces pueda llevarle buenos asuntos al despacho. Acción Nacional ha concluido que el realismo es aceptación de su impotencia. Pero, eso sí, ha aprendido a impedir que otros ganen elecciones. No ha demostrado hasta el momento para qué quiere ganarlas, pero sabe cómo se compite, cómo se define ventajosamente el meollo de una elección, cómo se esconden las flaquezas propias y de qué manera se pueden explotar los problemas del adversario. Vale decir que es el equipo más profesional en el tablero electoral. Lo prueba el hecho de que, tras el arranque de la campaña de este año el debate es la estrategia panista, no la pereza inercial del PRI ni la insípida campaña perredista.

El PAN recupera vida en campaña. Lo notable es que la vitalidad recobrada no se alimenta de orgullos como gobierno sino de las nostalgias de opositor. Acción Nacional sigue haciendo campaña como si fuera un partido marginal que enfrenta a un partido de Estado. Por eso pretende que esta campaña gire alrededor de su obsesión: la quintaesencia inmoral del priismo. El PAN, como si fuera una organización diminuta empeñada en limpiar la mugre que deshorna a la patria, invoca el ur-priismo: el PRI como una sustancia irremediablemente corrupta, mafiosa, autoritaria. Sea cual sea su sitio en el régimen político, sean quienes sean sus dirigentes, el PRI es para los panistas la misma bruja de siempre y el PAN, para los panistas, la señorita del coro cantando el himno del Bien Común; la doncella que no puede ser feliz porque el ogro de su cuento se lo impide. Con su agresividad, la estrategia panista es una confesión ostentosa: el partido en el gobierno no presume su administración: se precia de no ser el PRI.

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23, Mar 2009

El condimento del insulto

Una de las razones de nuestra incapacidad para la democracia es nuestra correlativa incapacidad para el insulto. Pervierto la idea original de Octavio Paz que enlazaba democracia y crítica. Razonaba el poeta que si no somos capaces de emprender una crítica racional del otro, si encontrábamos disposición para criticarnos a nosotros mismos, no podríamos vivir en ese régimen discutidor. Las razones de aquella conexión parecen bastante claras: la democracia vive del debate sobre los asuntos públicos. Por eso muchos han asociado el pluralismo con una discusión de argumentos, antes que con una suma de votos. Pero corremos el riesgo de intelectualizar el régimen si creemos que ese debate del que hablaba Paz es una ponderación de ideas y cotejo de pruebas. El debate democrático es también una representación del pleito y, en buena medida, un enfrentamiento de personas. No hay democracia, pues, sin una buena dosis de insultos. No hay buena democracia sin buenos insultos.

La pobreza de nuestra cultura deliberativa es paralela a la pobreza de nuestra cultura de insultos. En ambas prácticas impera el tópico: trivialidad, lugar común, palabras gastadas que se repiten una y otra vez. Pelele. Populista. Neoliberal. No hay nada más aburrido que el comercio de descalificaciones entre miembros de la clase política. En poco se distinguen esas reyertas a micrófono abierto de los intercambios que registraba Jorge Ibargüengoitia en su tiempo:

– ¿Qué?
-¿Pos qué, qué?
-¡Lo que quieras güey!

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16, Mar 2009

Diplomacia del brindis

La diplomacia del brindis ha entrado en crisis. El presidente Calderón se sentía orgulloso de ella. Era una política exterior de formas cuidadas a la que no fastidiaban las ideas o una visión de futuro. Una restauración de cortesías. En el frente externo la vista también estaba puesta en el pasado: reparar la mala imagen de México, recuperar amistades perdidas, reconciliarse con dictadores del entorno. Antes estábamos peleados con todo el mundo, decía el presidente Calderón. Ahora le caemos bien a todos, nos invitan a sus reuniones y no tenemos pleito con nadie. La intención era simple y un tanto pueril: contrastar con el gobierno precedente, reparar relaciones averiadas. El ánimo de diferenciarse de lo inmediato no se equipó de ideas nuevas y por ello cayó en los tópicos del nacionalismo y la retórica latinoamericanista.

El presidente ha reinstaurado la política exterior del PRI, arrancándole su propósito estratégico. Regresar a las formas, aunque se hayan vaciado de sentido. Aquella diplomacia implicaba una lectura del mundo y un entendimiento del vínculo entre la política exterior y el régimen interno. El trato con la revolución cubana, por ejemplo, podría ser criticable desde varios ángulos, pero es indudable que servía propósitos múltiples. Dentro servía como dispositivo legitimador y herramienta de gobernabilidad, en el ámbito internacional era plataforma de negociación frente a los Estados Unidos. La primera decisión internacional de Felipe Calderón fue refugiarse en la vacuidad del protocolo, en lugar de arriesgar una inserción y lúcida en el mundo. La visita del presidente francés a México ha prestado un servicio: nos ha mostrado que, detrás de la gala diplomática del gobierno mexicano, no hay voz, ni ideas, ni siquiera voluntad. Hay vajillas, manteles y cristales: una diplomacia de brindis.

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09, Mar 2009

Extorsión victoriosa

Hace un par de semanas renunció el jefe de la policía de Ciudad Juárez. Hace unos cuantos días renunció el Secretario de Comunicaciones y Transportes del gobierno federal. Sus historias son paralelas. La crisis que revelan ambas dimisiones es la misma: el poder formal doblegado públicamente por los poderes reales. La ciudadanía contemplando estupefacta el sometimiento del mando democráticamente electo. El delito subyuga notoriamente a la administración. En ambos casos se publicita la ilegalidad (homicidio en el primer caso, espionaje en el segundo) para someter a un gobierno. En ambos casos la extorsión rinde frutos. El gobierno dobla las manos y cede ante la coacción. La autoridad se acomoda a la voluntad de los otros, aceptando una posición subordinada. Si ustedes no aceptan a mi colaborador, estoy dispuesto a despedirlo. El gobierno acata puntualmente la instrucción de sus intimidadores. Entrega con docilidad las cabezas solicitadas. El primer paralelo es la publicidad de los atentados. El delito es el orgulloso vehículo de la presión política. Ante gobernantes rebasados y temerosos, la transgresión se exhibe para enviar el mensaje contundente del poder. Ejerce soberanía quien delinque impunemente. Quien se somete al dictado del delito asume un vasallaje. La ilegalidad ha dejado de ser acción disimulada, atrevimiento que se esconde del ojo del Estado. La ilegalidad es acto que se luce a pleno día para demostrar cuál es la voluntad que cuenta.

El alcalde de Ciudad Juárez sería, en principio el encargado de decidir quién ocupa la jefatura de la policía. Correspondería al mismo presidente municipal el decidir si sus colaboradores dejan la oficina. Pero la vida en Juárez no parece seguir las normas oficiales del municipio. Otros deciden quién ocupa y quién deja de ocupar un cargo que puede afectar intereses poderosos. Otros deciden qué puede hacer la alcaldía. Los narcotraficantes ejercen así, de manera muy pública su poder de cesar a quien le incomoda.

¿Difiere en algo esta historia fronteriza del cuento que hemos visto recientemente en la capital del país?

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02, Mar 2009

Narrativa

Las metáforas del mando giran con frecuencia alrededor de las imágenes de la acción arriesgada: el capitán que conduce una embarcación en aguas revueltas; el cirujano que detecta la enfermedad y aplica la cura, el cirujano que abre la piel para extirpar el tumor, el general que diseña la estrategia de ataque y dirige a las tropas en el combate. Las metáforas también bordan el universo de la planeación reposada y cerebral: el arquitecto que traza líneas para proyectar los espacios de la convivencia; el ingeniero que diseña las catapultas de la acción colectiva. El gobernante como general, como diseñador, médico o capitán. Si seguimos esas alegorías asumiremos que el gobernante actúa directamente en la realidad y responde solamente por el resultado de sus actos. Equipado de los instrumentos de su oficio, diseña un puente o planea una batalla. El mando en el lápiz, el bisturí, las riendas. Los efectos de su inteligencia habrán de verse directamente en el mundo: victoria en la guerra, arribo al puerto; alivio del paciente; levantamiento de la casa.

Un componente esencial de la labor política se ausenta en cada uno de esos símbolos: la labor de la narrativa. Es que la acción política no depende en exclusiva de sus instrumentos ni de sus maniobras. En eso se separa de aquellas alusiones a la inteligencia práctica. El arquitecto ha de ser también fabulista; el comandante debe ser cuentista, el capitán, un narrador. House En la televisión puede verse el cuento de un médico genial que es capaz de escapar los engaños de sus pacientes para descubrir las enfermedades más encubiertas. Un científico con la sabiduría de un cínico y la rudeza de un salvaje. La aspereza de su trato no obstaculiza el tino de su juicio. Por el contrario, el taladro de su inteligencia se abre paso gracias al olvido de las cortesías. El doctor House que aparece en la televisión sabe que no hay más que una herramienta para la cura de sus pacientes: la ciencia. Por eso no hay razón para perder el tiempo en amabilidades y consuelos; ninguna razón para confiar en la voz del enfermo ni para malgastar energía animando al moribundo con esperanzas. Al paciente no se le explica nada: se le cura. Basta una percepción aguda y familiaridad con los descubrimientos de la ciencia. El personaje de la serie ilustra el carácter rigurosamente técnico de su oficio. El doctor House se acerca a un paciente con la pasión con la que un hombre de ciencia acomete un experimento que lo pone a prueba. Un desafío estrictamente intelectual: la enfermedad es una carrera contra reloj: lograr el diagnóstico y prescribir el tratamiento antes de que gane la muerte. Punto.

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23, Feb 2009

Espías, individuo, Estado

Persianas v Festejamos los golpes al secreto como si fueran triunfos de la especie. Cada pieza de información que se le arrebata a alguien es celebrada como una victoria de tribu: una bestia ha sido atrapada para dar satisfacción a nuestra glotonería. Expuesta a la jauría, roemos, mordisqueamos, destazamos la imagen de quien ha sido exhibido. Se ha impuesto la idea de que tenemos el derecho de saberlo todo, de todo el mundo. Ante cualquier reparo se contesta de inmediato que quienes no están dispuestos a la revelación ocultan algo. Si nada lo incrimina, nada tiene que temer al ser expuesta su vida, sus palabras, sus acciones. Cuando el encuerado es una figura pública la defensa se vuelve imposible. Nos dicen que el costo de ser una figura pública es que su vida convierte en patrimonio colectivo. Todos tienen derecho a conocer los amoríos de la artista, los pleitos del galán, las conversaciones del político.

La práctica se ve ya con normalidad. Hemos llegado a la conclusión de que difundir los secretos de la vida personal corresponde al ejercicio normal del periodismo, un método válido de una profesión. El gremio celebra a quien difunde conversaciones como si se tratara de un gran hallazgo periodístico, un ejemplo de valentía. El público no repudia sino que, por el contrario, agradece la difusión de infidencias. Debe decirse que la rutina de la práctica no la hace menos aberrante. El delincuente que interfiere las comunicaciones de su enemigo (o de su aliado) encuentra en los medios la plataforma perfecta para hacer negocio o para golpear a un adversario. El negocio del espionaje tiene en la difusión mediática su complemento perfecto: la práctica de la extorsión encuentra ahí su alimento fundamental. Poco cuenta la ilegalidad de los escuchas y la ilegalidad de la divulgación. Nadie ha sido investigado ni castigado por la intervención de comunicaciones telefónicas. Así, se trata de una práctica sin castigo en la ley, sin sanción en la opinión pública, bienvenida en la práctica periodística y con buen precio en el mercado.

Frente al morboso apetito de lo público, la exigencia de privacidad parece muy menor. Que cedan los pudores de lo íntimo frente al apetito de conocer. Al tirar a la basura este compromiso con la privacía, olvidamos que la civilización—me atrevo a enfatizarlo con ese dramatismo—depende de un pequeño artefacto doméstico: las cortinas.

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16, Feb 2009

Estado débil y dependiente

Red 

Si la noción del Estado fallido es inadmisible y absurda, es necesario tratar de describir las profundas fallas del Estado y ubicar las fuentes de su miseria. Aquel concepto nace, más que del interés por conocer, de la ansiedad de la última potencia. Tras el desmoronamiento de su poderoso enemigo, la mirilla imperial enfoca a las nuevas amenazas. Se pretende detectar al enemigo que la impotencia incuba. Ya no atemoriza el imperio del mal; sino el mal que el desgobierno fomenta. La cartografía de peligros marca el itinerario de la intervención armada. Los territorios del Estado fallido se convierten de inmediato en candidatos a una ocupación militar que instaure orden, construya ley y forme naciones.

Pero, independientemente de que aquella camisa no nos quede, el fracaso del Estado mexicano es inocultable. Todos los días conocemos rudos testimonios de su quiebra. El mosaico de cualquier diario presenta un paisaje desastroso. El Estado es incapaz de instaurar el orden, de garantizar tranquilidad a lo largo del territorio. La violencia criminal cobra víctimas cotidianamente. La atrocidad a la que nos acostumbramos no es sólo aniquilamiento de enemigos sino también intimidación a todos los que se dispongan a oponerse al crimen organizado. Columpiándose entre los métodos terroristas y las prácticas de la oposicion constitucional, los criminales retan al poder, a los ciudadanos, a los medios. En el mural cotidiano de la prensa presenciamos también la inserción del delito en todos los cuadros de las instituciones públicas. A la contabilidad de la violencia se suma el registro de la corrupción. Una estampa que se ha repetido un par de ocasiones es particularmente elocuente: se desarma a la policía local para ofrecer seguridad a un pueblo. El Leviatán convertido en fuente de anarquía; el Estado, un proveedor de inseguridad. El fracaso se constata también en la incapacidad del orden institucional para hacer cumplir sus propias leyes. Léase con atención el recuento que la Suprema Corte de Justicia ha hecho de las ilegalidades en el caso Atenco. El relato es descripción de una ilegalidad hecha rutina; retrato de un poder que emplea su título como permiso de venganza. Ilegalidad sustentada en la falta de adiestramiento de los cuerpos de seguridad y también en el empleo faccioso de los instrumentos de justicia. Además del abuso de los cuerpos de seguridad, la intervención del máximo tribunal mexicano ha puesto en evidencia la subordinación de las investigaciones al interés político. Los atropellos no tienen consecuencias. La impunidad encuentra en el orden político su seguro más franco. Penosamente la resolución de la Suprema Corte de Justicia convalidó el régimen de impunidad.

El fracaso del Estado mexicano no se detiene en esa órbita de una legalidad tronchada. Su extrema debilidad se muestra también en la desaparición del interés público. El Estado no existe solamente para dictar e imponer ley. Se funda también para asegurar políticas que sirvan al interés general. La democracia presenta en ese aspecto, un reto delicado. Por una parte asegura a cada ciudadano voto para influir en la formación de los órganos de representación. Pero por otro lado, alienta aglutinaciones de poder que logran afianzar su interés por medio de los propios vehículos del pluralismo. Por eso puede decirse que el Estado mexicano suma a su incapacidad pacificadora, un segundo fracaso: su dependencia.

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09, Feb 2009

De venganzas y populismos

La urgencia mexicana vuelve a encontrar ceguera en sus élites. El país atraviesa una profundísima crisis de seguridad que pone en riesgo la viabilidad de la nación. Entramos, al mismo tiempo, a una zona de amenazantes turbulencias económicas. Las élites, políticas y económicas, cobijadas por el más pedestre sentido del interés propio, son incapaces de advertir que esparcen abono a nuestra miseria. No parece haber opción a la política del resentimiento. Impera entre nosotros el necio rebote de venganzas y desquites.

Caballo carrusel El carrusel de las animosidades da vueltas en su eje. Se repite una y otra vez. No es raro por eso, que los pleitos carezcan de creatividad belicosa y que sean reiteración de pleitos estancados. Si no podemos aspirar a que la política termine con los desacuerdos y los conflictos, sí podríamos imaginar una política que fuera capaz de sustituir pleitos viejos por nuevos. Una política que remplazara los errores de antes por errores del día. Pero nuestra controversia es infernalmente repetitiva. La gran innovación electoral ha tenido el éxito de reinstalar la ley en el centro de la controversia. Es claro que las reglas electorales no serán las plataformas para el encauzamiento del conflicto, serán el objeto del conflicto. La ley no servirá para desahogar, terminar, canalizar las diferencias, será la materia de la diferencia. Para decirlo de otra manera, la ley no será el ring de la pelea entre partidos; será un contendiente al que todos los actores políticos y muchos de los económicos tratarán de noquear, burlar, derrotar.

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02, Feb 2009

¿Estado fallido?

La extrema gravedad de la inseguridad en México nos tienta con la desproporción. Tal parece que no hay manera de exagerar y que la ponderación fuera un ejercicio de autoengaño. Quien no llega en estos días a la conclusión más pesimista cierra los ojos ante lo evidente o trata de engañarnos. No hablo de la confianza del pesimista (que puede ser tan dogmática como la ingenuidad del optimista) sino del catastrofismo como el único diagnóstico creíble. Estamos envueltos en la carrera del pesimismo. Una competencia en donde gana quien presente el panorama más sombrío y describa la realidad más tenebrosa. Y no es, por supuesto, que falten elementos para hablar de nuestras calamidades. Todos los días nos llueven noticias terribles de una violencia y una crueldad estremecedoras. No escasean los datos de nuestra calamidad, falta cordura en el diagnóstico. Un listado de hechos, por abultado que sea, no constituye un análisis.

Es notable el éxito que ha tenido entre nosotros la indicación de que México está en el camino de convertirse en “estado fallido.” La sumatoria de la violencia parecería suficiente para insertarnos en la funesta categoría. El apremio para aceptar la etiqueta es mala idea. No necesitamos agregar confusión y estridencia a nuestros peligros. Por el contrario, debemos nombrarlos sin engaño y medir su innegable gravedad ecuánimemente. La noción de “estado fallido” tiene unos cuantos años en circulación. Antes de filtrarse al discurso académico, apareció en los reportes de inteligencia norteamericana en busca de nuevas amenazas tras el fin de la guerra fría. En uno de los primeros reportes se advertía que los Estados Unidos ya no estarían amenazados por estados victoriosos y expansivos sino por estados malogrados, gobiernos incapaces de proveer orden y estabilidad dentro de sus territorios. Hay algo de cierto en esa perspectiva: en el comienzo del siglo XXI coexisten tres realidades políticas: la hobbesiana, la estatista y la postnacional. Espacios de anarquía, de eficaz dominio de los estados nacionales y también arreglos políticos post-nacionales.

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26, Ene 2009

El momento republicano

Columnas capitolio La ceremonia de relevo de poderes en los Estados Unidos nos recordó que ese país nació como una república, antes que como una democracia. Para los fundadores de los Estados Unidos la palabra democracia era sospechosa. Las sílabas de república, por el contrario, contenían la ambición de gloria y la determinación de hacer un gobierno popular. La democracia denotaba la experiencia fallida de un gobierno tumultuario: régimen de demagogia, inestabilidad, anarquía. La antigua república representaba la experiencia de un gobierno sin reyes basado en la participación de la gente. El orden republicano era el modelo de su política y se volvería la inspiración de su arquitectura pública. La esperanza de los fundadores era proyectar la vieja república a los nuevos tiempos. Era, más aún, su misión tarea histórica. Como han sugerido una serie de estudios contemporáneos (Pocock y Skinner entre los más destacados), la cuna de los Estados Unidos puede ubicarse en el Renacimiento antes que en la Ilustración. Su motor inicial sería en consecuencia, la idea de la virtud cívica de los republicanos italianos más que la noción de la propiedad privada de los contractualistas ingleses. En el imaginario norteamericano subsiste esa semilla ideológica y en sus fiestas políticas hay algo de aquellas solemnidades.

La república parte de una noción de la naturaleza humana. El hombre no es una isla que produce y que consume, una máquina movida por apetencias y repulsiones: es un animal de la ciudad que encuentra plenitud en la comunidad. Ahí participa y discute. Al involucrarse en los asuntos comunes, adquiere plena humanidad. Por eso el ideal cívico es la participación en el espacio público y por eso mismo se ve con sospecha el refugio doméstico. La política no es función de arbitraje o asunto de guardias: es la más exquisita de las artes, la cúspide del genio humano. El buen gobierno no depende de castigos ni de amenazas. En el centro está la virtud, la prudencia, el patriotismo, la disposición de entregar creatividad, valor y tiempo a la ciudad. De la igualdad parte también la idea de la distribución de cargas, responsabilidades y honores. Si la política nos define a todos, ninguno puede ser gobernante vitalicio. El flujo de los cargos públicos vivifica la política como las estaciones cuidan la vida de las especies. La república responde así a un metabolismo que rinde homenaje a los ciclos naturales: el frío que da paso al calor; los ríos que renuevan su agua, los cuerpos donde circula y se oxigena la sangre. Marcadas por la noción del bien común, las repúblicas confían más en la mudanza y el relevo de los liderazgos que en el control y oposición de los poderes.

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12, Ene 2009

Política para el abrazo

Los orgullos políticos del presidente Calderón se ubican en el elemental terreno del reconocimiento. Su mira no está en las reformas que produce sino los abrazos que reparte y recibe. No es extravagante esa fuga a la política del apapacho. Felipe Calderón se asustó con la tensión provocada por la elección del 2006. Su toma de posesión estuvo en riesgo, la continuidad institucional estuvo al borde de ser rota, la polarización llegó a extremos realmente delicados. Desde entonces ha hecho propósito de conciliación. Pero no ha sido la conciliación como palanca de acción o atmósfera de convivencia, sino la conciliación como propósito exclusivo. Desde su primer día como presidente ha estado dispuesto a negociarlo todo con las fuerzas políticas de oposición. Les ha regalado todo lo que han querido en busca de un saludo, una palabra, un voto de acuerdo.

El artículo completo por acá

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22, Dic 2008

El año de Obama

1101081229_400 La revista Time hizo lo predecible: colocó a Barack Obama, presidente electo de los Estados Unidos en la portada de su edición más reciente, nombrándolo algo así como el ente del año. No es el hombre del año porque eso sería sexista. No es meramente el humano del año porque la revista ha colocado también en ese sitio a la computadora o al planeta Tierra. El demócrata no solamente desbancó a otros políticos sino también a algunos cuerpos celestes, otras especies y a un par de inventos. El hecho es que, siguiendo una larga tradición, la revista ha hecho del triunfador de la elección presidencial en los Estados Unidos, el ganador de ese cambiante e indefinible título. La imagen de la revista es una adaptación del famoso cartel de campaña, un guiño para celebrar el reencuentro de la creatividad artística y la política norteamericana. El semanario invitó a Shepard Fairey, el diseñador de la pancarta oficial para reinterpretar la estampa para su portada. El hecho tiene significado porque esa imagen elemental que parece marcada por la vieja técnica del esténcil, incorporando una expresividad callejera y contestataria con un aire novedoso y, al mismo tiempo arcaico, refleja la capacidad de la campaña de Obama para hacerse de buenos símbolos, rodearse de grandes talentos e inspirar a otros.
El artículo completo…

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15, Dic 2008

Herejía y escándalo

Hus1 La Iglesia católica entiende los usos de lo que le repugna. Por eso reconocen sus textos sagrados la necesidad de que haya herejías. El infiel desafía a la comunidad, la pone a prueba y permite, según su cuento, el triunfo de la fe. Para la Iglesia el hereje peca al negar lo que debe ser creído. Por ello merece castigo. El hereje es un loco que piensa y vive como si no existiera Dios ni hubiera infierno. Pero de esa necedad emergen bienes valiosísimos. En La ciudad de Dios, Agustín de Hipona escribe: “Hay muchos puntos tocantes a la fe católica que, al ser puestos sobre el tapete por la astuta inquietud de los herejes, para poder hacerles frente son considerados con más detenimiento, entendidos con más claridad y predicados con más insistencia. Y así, la cuestión suscitada por el adversario brinda la ocasión para aprender.” Resulta así que el ‘error’ tiene sus provechos: ayuda al esclarecimiento de la verdad y pone a prueba la virtud. Los malos nos son útiles, dice San Agustín. Su desafío nos fortifica.

No es que el error esconda verdades antes ignoradas o que alumbre algún nuevo conocimiento. Los servicios de la herejía son otros y muy distintos a los que aprecia el liberal en el debate pluralista. La herejía lanza pruebas el temple del creyente y colabora para reforzar lo ya sabido. Por ello no puede haber tolerancia de esa locura: combate tenaz para que no se extienda. Tras la prueba, la fe saldrá tonificada. Oportet et haereses esse: es necesario que haya herejes. Lo mismo podríamos decir de los escándalos: Oportet et scandalum esse: conviene que haya escándalo.

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08, Dic 2008

Cómo los vamos a matar

El gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, ha desatado una polémica sobre la pena de muerte. Quiere que en su estado se pueda ejecutar a ciertos delincuentes. Así se hace en Estados Unidos cuya constitución deja a las entidades la libertad de imponer ese castigo. El promotor del debate se adelante, presuroso, a marcar con claridad los contornos de la polémica. "La discusión en Coahuila no es la pena de muerte, la discusión es cómo los vamos a matar: si los vamos a fusilar, los vamos a degollar o los vamos a ahorcar, o algo light que puede ser la inyección letal". El gobernador se deleita con las variedades del aniquilacion: fusilamiento, degüello, ahorcamiento e introduce su peculiar humor: debemos considerar también la ejecución light a través de la inyección letal. Tras el listado, el gobernador comunica su preferencia por el mexicano método del pelotón frente al fusilado. Además de ser una tradición patria, resulta ser un método económico. De acuerdo a los cálculos del gobernador es más barata una bala que una inyección de veneno mortal.

Las declaraciones del gobernador Moreira son repulsivas pero no son sorprendentes. El caldo de la desesperación prepara la sopa del populismo penal. El gobernador de Coahuila no es el único que promueve el castigo irreversible. Los oportunistas del Partido Verde han visto también este tema como el pasaporte para la elección del año que viene. Hace unos años los verdes pedían el voto para los ecologistas, no para los políticos. Ahora ofrecen la pena de muerte como solución a la crisis de inseguridad. El tucán promueve la muerte de los asesinos y violadores. ¿Qué más da la incoherencia de una formación ambientalista convocando ejecuciones? ¿Qué importancia tiene el hecho de que los dirigentes de ese negocio hayan votado muy recientemente para prohibir esa pena en la Constitución? El lema embona con las emociones del momento y eso es lo que cuenta. Es redituable electoralmente y eso es lo único que importa.
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24, Nov 2008

Partidos indisolubles

La legislación electoral mexicana prohíbe el divorcio. La separación es tan costosa que, quien se animara a dejar el domicilio conyugal, quedaría a la intemperie y en el desamparo más absoluto. No es que esté formalmente penada la ruptura, pero en los hechos es prohibitiva. Quien permanece dentro se queda con la casa, los muebles, el dinero, el reconocimiento público. Usará libremente el nombre y los símbolos de la casa. Quien se sale encuentra, por el contrario, el frío y la amarga compañía de su disgusto. Descobijado, recibirá si acaso, invitaciones de partiduchos. De ahí que los matrimonios partidistas sean nefastos pero eternos. No lo lamento. De hecho me parece sensato que se reduzca el espacio del transfuguismo y que se aliente la estabilidad de las formaciones políticas. En esto no me uno a los denunciantes de la horrible partidocracia. Me parece útil que se fomente la permanencia de los partidos y que se eleven los costos de la escisión. No estaríamos en mejores condiciones si se abarataran los rompimientos y se facilitara la aparición de más organizaciones chatarra.

Deploramos con razón la vida de nuestros partidos y hay muchos que se adelantan a denunciar la formación de una ‘partidocracia’. Los partidos, nos dicen, han expropiado la vida democrática, excluyendo a los ciudadanos que no pertenecen al club de los tres grandes. Un poco de razón, algo de ingenuidad y mucho de hipocresía hay en esta denuncia. La razón es evidente: ninguno de los partidos existentes y pocos de los imaginarios están a la altura de las exigencias de nuestro tiempo. Es cierto que los partidos han formado una coraza protectora que los defiende del castigo electoral. Pero es ingenuo pensar que un sistema democrático puede reproducirse sin partidos políticos. La contraposición elemental de ciudadanos contra políticos, de sociedad civil contra instituciones es propia del discurso político más cándido y pueril. Contraponer la bondad ciudadana y frente a la perversidad partidista es un torpe lugar común que no merece siquiera réplica. Es también hipócrita porque la participación política que pretende insertarse en el juego electoral termina volviéndose partidista—aunque repita su conocido vocabulario antipartidista.
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