Lunes

05, Mar 2018

Sus instituciones

En uno de los momentos más tensos de nuestra guerra civil fría, el candidato del PRD desconoció la resolución del tribunal electoral que confirmaba su derrota. Era el primer día de septiembre del 2006. Rechazando aquel fallo, Andrés Manuel López Obrador convocaba a la resistencia y gritaba: “Que se vayan al diablo con sus instituciones.” Subrayo el adjetivo posesivo. Lo que mandaba al infierno eran las instituciones de los otros. Sus instituciones. Las tres letras importan porque reflejan la convicción de López Obrador de que las instituciones democráticas no son, en realidad, un patrimonio compartido sino una herramienta que controla una minoría para su propio beneficio.

Esa denuncia de la ajenidad es el centro de su crítica política. Carecemos de instituciones comunes. Las que se presentan como instituciones públicas son, en realidad, instituciones secuestradas. No merecen confianza porque actúan para proteger a sus ocupantes y solamente a ellos. Lo que el discurso de López Obrador pone en duda es el ámbito de la neutralidad que es, ni más ni menos, el sustento del orden liberal. Para la existencia de una democracia liberal que merezca ese título es indispensable contar con instancias de la imparcialidad: reglas que permitan el juego de las alternativas, procedimientos que garanticen la vigencia de los derechos, árbitros que no lleven puesta la camiseta de uno de los equipos. ¿Es injusta, infundada, absurda la denuncia de nuestras instituciones torcidas? No lo es. Nadie a estas alturas puede desconocer el mérito de esa crítica de López Obrador al funcionamiento de la democracia mexicana. No hemos construido plataformas de la neutralidad; no hemos cuidado las que algún día tuvimos.

Es absurdo desconocer el valor de la crítica populista a las democracias liberales realmente existentes. Las parcialidades son evidentes en muchos de los ámbitos en que debería reinar la neutralidad. Es fundada y casi diría irrebatible esa denuncia: las principales instituciones políticas no han funcionado como instituciones comunes sino como armas de unos contra otros. Órganos que deberían estar por encima del juego de los partidos se someten a ellos. Entidades regulatorias son secuestradas por las empresas reguladas. Fiscalías que deberían separarse del gobierno le hacen el trabajo sucio. Órganos que deberían reclutar a técnicos intachables se tiznan con la política de las camarillas.

Estoy convencido de que la receta que propone el populismo para remediar esta perversión terminaría agravando la enfermedad pero no dudo en reconocer el valor del diagnóstico. Nuestro régimen político es tan débil como sus neutralidades. Pocas instituciones han ganado el calificativo de estatales. Instrumentos del gobierno en turno; agencias de los grupos de interés, bocados del corporativismo, obsequios a los privilegiados para el cuidado de sus ventajas. La captura de las instituciones ha corrompido, desde la raíz, el pluralismo. Por eso, lejos de abandonar el ideal de la imparcialidad bajo el espejismo de lo auténticamente popular, habría que insistir en la necesidad de tonificar las instituciones del equilibrio.

La intervención de la Procuraduría en la contienda electoral confirma que estamos ante instituciones de ellos. No puede ser una institución común la que entierra pruebas y olvida acusaciones contra los aliados del presidente mientras se lanza a una campaña para desprestigiar a sus opositores. No es la primera vez que el gobierno putinesco de Peña Nieto usa a los órganos del Estado para intimidar a sus contrarios.

Cuando Mario Vargas Llosa advierte que una victoria de Andrés Manuel López Obrador significaría un retroceso democrático imagina una playa hermosísima a punto de ser invadida por los bárbaros. El novelista cierra los ojos al retroceso que han provocado los gobiernos de la alternancia. Han sido los gobiernos de Fox, de Calderón y de Peña Nieto los que han pervertido las instituciones democráticas poniéndolas al servicio de sus intereses. Si la crítica populista tiene fundamento es precisamente por ellos. Cuando era tiempo de cimentar las imparcialidades se empeñaron en revivir el corporativismo, en pervertir los órganos regulatorios, en negociar el cumplimiento de la ley, en debilitar a los árbitros y en emplear la ley para combatir a sus enemigos.

La profundidad de nuestra crisis exige decir lo elemental: las instituciones del Estado, si quieren serlo, han de ser de todos.

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26, Feb 2018

Tecnología de la corrupción

La corrupción huele. Apesta. Ataca a la nariz, no a la vista. Es una advertencia de que estamos ante lo podrido. La carne se descompone, se pudren las tripas. La corrupción es la confusión de lo que debía vivir separado: el músculo y el hueso, el gusano y la piel. La corrupción es una promiscua revoltura de lo público y lo privado; de la ambición y del deber. Suele por eso vincularse a una cordialidad que escapa de los requisitos de la ley. Frente a la impersonalidad de la norma, la intimidad de la mordida. Por eso pensamos en la corrupción como una astucia perversa, una habilidad para evadir el deber. Valdría pensar ahora que la corrupción se ha convertido en tecnología. Conocimiento frío e impersonal que logra desentrañar los vericuetos de la norma para desactivar sus exigencias. Una pericia para cumplir la ley… y violarla.

Hemos cambiado mil leyes para permanecer en el mismo lugar. Hemos puesto mil barreras para que el abuso permanezca intacto. Podríamos sentirnos orgullosos de lo que dicen las leyes si la realidad nos fuera indiferente. A pesar de las tantas reglas, los muchos órganos y los enredados procedimientos, México sigue empeorando. Lo ha logrado porque ha desarrollado una compleja tecnología de la corrupción. No es picardía ni astucia, es estrategia, método, técnica. Ha sido exitosa: seguimos bajando en la escalera de la corrupción. El estudio de Transparencia Internacional que ha sido difundido recientemente nos da una cachetada con datos. Mientras otros suben, nosotros bajamos. De 180 países que son medidos, estamos en el lugar 135. De 100 puntos posibles, nosotros alcanzamos 29. ¡No llegamos siquiera a 3 de 10! Por supuesto, en este índice estamos en la cola de los miembros de la OCDE, en la cola de los países del G20, en la cola de los miembros de la Alianza del Pacífico. Pero no solamente en esa comparación ocupamos los peores lugares. Estamos muy por debajo de países con niveles de desarrollo similares al nuestro. En una región que no se destaca por un estricto régimen de derecho, apenas estamos por arriba de cuatro países: Guatemala, Nicaragua, Haití y Venezuela.

A nadie, supongo, habrá sorprendido el reporte de Transparencia Internacional. Pocos asuntos generan tanto consenso como la percepción de que la trampa avanza, de que el poder público se emplea para beneficiar a quienes lo ocupan, que no hay piso parejo. El voto del 2018 será, antes que cualquier otra cosa, un voto sobre la corrupción. Una forma de protesta frente al soborno, la connivencia y el latrocinio. La publicación del Índice de Percepción de Corrupción 2017 ha coincidido con las revisiones de la Auditoría Superior de la Federación que se difundieron recientemente. Las auditorías muestran la coronación de una tecnología, una compleja trama que permite cumplir ciertas reglas para evadir los controles de la propia ley. La corrupción juega al billar. Hay que activar un complejo de instituciones y organismos para recibir los jugos de dinero público y escapar los controles de las reglas. No se trata ya de embucharse inmediatamente los recursos. Hay que pasearlos primero para luego recibir los beneficios. Fraude a la ley:  violar el espíritu de la ley siendo (casi) escrupuloso con su cumplimiento.

Como bien dicen Marco Fernández y Noemí Herrera en un artículo publicado en animalpolitico, las nuevas revelaciones retratan los avances y los pendientes del sistema anticorrupción. Por una parte, la Auditoría Superior de la Federación ha podido aprovechar sus nuevas facultades para conocer y revelar los movimientos de las empresas que disfrazan el abuso. Al mismo tiempo, seguimos desarmados porque la Fiscalía General de la Nación no termina de nacer, porque carecemos de un fiscal anticorrupción y porque siguen pendientes cambios jurídicos fundamentales. La perspectiva es preocupante: conocer de las maquinaciones y las trampas y contemplar la impunidad.

Y también recuerdo lo que dijo Raúl Cervantes, al renunciar a la Procuraduría General de la República: “La PGR ha concluido las investigaciones sobre uno de los mayores esquemas de corrupción internacional que en América Latina y en México se hayan visto. El complejo esquema para corromper funcionarios, obtener contratos públicos de manera indebida y luego tratar de esconder el dinero mal habido en paraísos fiscales, puso a prueba nuestra determinación y a nuestras instituciones. (…) En los siguientes días se harán las imputaciones correspondientes ante el poder judicial federal.’’ Eso fue el 16 de octubre del año pasado. Todavía no pasa nada.

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19, Feb 2018

(1988 – 2018)

Nuestro sistema de partidos nació en 1988. Está muriendo. Ya no existe ese arreglo que estructuraba la competencia a través de tres opciones ideológicamente distinguibles. Tres organizaciones con ambición presidencial que delineaban ofertas relativamente coherentes. En el centro estaba un partido ideológicamente amorfo y a sus flancos, un centroderecha y una centroizquierda. Sus emblemas eran señales que ayudaban a orientarnos. Podíamos anticipar la posición del PAN en materia internacional o económica; era conocida la actitud del PRI frente a los sindicatos; se podían prever las críticas del PRD al modelo económico. Brújulas para ubicarse en el caos de la política. El elector progresista tenía una opción, quien temía el riesgo, la suya.

Ese sistema de partidos ha quedado deshecho. Las tres opciones han dejado de ser mapa. Las coaliciones que tenemos en la mesa no son alternativas coherentes que puedan, el día de mañana, estructurar el diálogo en el Congreso y entre los poderes. Habrá quien celebre, por supuesto, la muerte del sistema partidista. Bien merecida extinción, dirán. Pocas cosas tan desprestigiadas como ese arreglo. Entiendo la antipatía pero no puedo unirme al festejo porque lo que lo ha sustituido no es anticipo de un acomodo estable y productivo que ofrezca norte y eficacia al pluralismo, que permita la aplicación de castigos y que facilite la representación de nuestra diversidad. Si algo puede proteger los contrapesos es precisamente un régimen institucionalizado de partidos. Su disolución no es buen vaticinio.

El primer ingrediente del deceso es la crisis histórica del PRI. Todo indica que el partido del gobierno se perfila al peor desastre electoral de su vida. La opción de la continuidad parece indefendible. Las encuestas empiezan a perfilar con claridad la elección como una batalla por el tipo de cambio y dejan fuera la alternativa de la reelección. Pero la debacle que se respira va más allá de la contienda presidencial. La gran alarma para el PRI está en las regiones. Fue ahí donde se mantuvo la hegemonía priista a pesar de la derrota presidencial y es ahí donde puede ser borrado en los próximos meses. Los priistas no pueden ser optimistas prácticamente en ninguna contienda estatal. La sacudida política que viene puede ser, por ello, la más profunda en la historia del PRI.

La conformación del Frente altera sin duda los referentes tradicionales. Que PAN y PRD caminen juntos rompe las coordenadas habituales. El Frente da respiración artificial a un partido prácticamente irrelevante que arregla sus diferencias a golpes; rompe la tradición institucional del PAN y destruye su identidad. Independientemente de la suerte del candidato presidencial, la alianza ha causado un daño profundísimo al partido del centro derecha. Aquello que constituía su gran orgullo terminó en el bote de basura. Nada queda de ese partido abierto al debate, celoso de sus procedimientos y apegado a sus reglas. La candidatura de Ricardo Anaya ha sido terriblemente costosa para Acción Nacional. Así lo advierten los estudios de opinión. El abuso ha roto la cohesión de ese partido. La salida de Margarita Zavala y de tantos otros líderes y personajes del PAN no son asuntos triviales: amenazan la candidatura de Anaya y la viabilidad misma del partido.

Morena ha renunciado a los contornos. Morena ya no es un partido de izquierda sino una cazuela que quiere recogerlo todo. El único punto de unión, por supuesto, López Obrador. Si vemos sus candidaturas, ¿qué partido es? Como una nueva versión del PRI, Morena le ha abierto la puerta a todos. Ahí están los líderes del sindicalismo más corrupto y los panistas más conservadores. Ahí están los evangélicos y los jacobinos. Ahí podrán encontrarse admiradores de Kim Jung Un con los aduladores de Enrique Peña Nieto. ¿Alguien puede negar que los extremos a los que ha llegado este pragmatismo son inquietantes? ¿Alguien niega la afrenta que estas candidaturas significan para los defensores de una opción de izquierda?

Habrá que empezar a pensar el país después de julio. Sospecho que tendremos partidos más débiles, más incoherentes… y tan sucios como los de ahora.

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12, Feb 2018

Crítica y soberbia moral

Aprecio que Andrés Manuel López Obrador haya ofrecido disculpas por los comentarios que hizo recientemente. Es un gesto poco frecuente y, en lo que me toca, lo agradezco. Al mismo tiempo, confieso que me parece un tanto desconcertante porque no siento que me haya ofendido por la calificación de mis ideas ni por el juicio que emitió sobre mis posiciones públicas o mi condición fifí. No encuentro en ninguna de esas lanzas, razón para la ofensa. El desacuerdo no es intolerancia. No es intolerante repudiar las aberrantes expresiones racistas y misóginas del presidente del PRI. El vocabulario trumpiano de Enrique Ochoa es inaceptable y es rasgo de salud que haya despertado una condena generalizada. Tampoco creo que haga daño el aderezo de la burla. La polémica es rasposa y bien nos caería aceptar pimienta en las controversias. Debo agregar que, en el México de la barbarie, es una frivolidad decir que la crítica a un crítico ponga en peligro la libertad. Lo que amenaza la libertad de expresión en México son las balas, no los tuits.

La reacción de López Obrador es otra cosa: el autorretrato de un caudillo que imagina en toda discrepancia una conspiración; una buena muestra de su convicción de que el cuestionamiento anida en la perversión moral de esos críticos que están al servicio de la mafiadelpoder. Solamente secuaces de los mafiosos podrían dudar de su proyecto. López Obrador sigue convencido de ser la encarnación del bien. En eso no parece haber cambiado. Si los relojes han de ajustar sus manecillas con el reloj de Greenwich, nuestra brújula moral ha de sintonizarse al proverbial dedito de López Obrador. En su juicio está la fuente del bien y ahí radica igualmente la condena. Vale decir que es un dedo caprichoso. Lejos de ser un fierro en la piedra, su juicio moral se acomoda al viento. Hace unos meses, Andrés Manuel López Obrador describía al Partido Encuentro Social como un órgano al servicio del régimen. Advertía que era moralmente inaceptable una alianza con ese partido. Lo decía enfáticamente: “Por congruencia, es mi punto de vista, no podemos marchar junto con esos partidos, me refiero, para ser preciso al PRI, PAN, PRD, Verde, Movimiento Ciudadano, Encuentro Social y Nueva Alianza.” Encuentro Social formaba parte de la mafia. Remataba así: “el fin no justifica los medios. No es ganar a toda costa, sin escrúpulos morales de ninguna índole. Vamos a triunfar en 2018 anclados en nuestros principios. Sin caer en la promiscuidad política.”

Se conoce el desenlace. Poco tiempo después, López Obrador abrazaba al PES para constituir una alianza que describió como un “acuerdo espiritual”. ¿Es una insolencia hablar del oportunismo de un candidato que vira de este modo? ¿Es una crítica infundada? La decisión, por supuesto, podría defenderse en términos estratégicos pero habría que hacerse cargo de los costos. Pedro Salmerón ha ofrecido paralelos históricos en defensa del acuerdo. Gibrán Ramírez Reyes ha evocado a Maquiavelo para justificar una alianza que reconoce pragmática. Ninguno de ellos se atrevería a decir que se trata de un pacto espiritual para el bienestar del alma, como declaró el candidato de Morena. Ahí está el núcleo de mi cuestionamiento. Desde su soberbia moral, López Obrador no puede reconocer las implicaciones políticas y éticas de su decisión. No se puede entrar al mercado pretendiendo conservar el púlpito. Quien ha ungido a Cuauhtémoc Blanco no puede pretender ser nuestro Mahatma Gandhi. No se puede pactar con los extremos del antiliberalismo en México y seguir diciendo que uno es un liberal puro e intransigente. No se puede promover inocentemente a los enemigos del Estado laico.

Habrá siempre una controversia sobre el sentido y pertinencia del liberalismo. Tal vez sea más claro el cuerpo de su contrario. Antiliberales son quienes rechazan la diversidad ética, convencidos de que la propia es la única perspectiva moral del mundo. Antiliberales son los enemigos del Estado laico y los admiradores del totalitarismo. Antiliberales son los dogmáticos que creen haber desentrañado el libreto de la historia y la mecánica de la sociedad. Antiliberales son quienes creen escuchar y trasmitir la Voz Irrefutable, sea la de un dios, una clase o el Pueblo. Antiliberales son quienes creen que los derechos dependen de los votos. Antiliberal, quien cree que la discrepancia es un vicio moral.

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29, Ene 2018

Una campaña sin oponentes

El caudillo lo ha anunciado ya: Cuauhtémoc Blanco será el candidato de Morena a la gubernatura de Morelos. Esa carrera que comenzó como el negocito de un futbolista en retiro, una mala broma que reflejaba la podredumbre de los partidos bananeros puede coronarse con la gubernatura de un estado complejo que, desde hace años, ha sido azotado por la violencia. No es improbable que el partido que dice encarnar la moral pública lleve a este fantoche a la máxima responsabilidad del estado. No se ve en ese partido quien se manifieste abiertamente contra la aberración. Si López Obrador le ha dado la bienvenida no hay más que abrir los brazos y desearle suerte. Tal vez haya en Morena quien critique la decisión pero lo hará en voz muy baja, repitiendo que la alianza con los esperpentos vale la pena para lograr el objetivo final. No hay quien se movilice activamente para impedir la entrega de la candidatura a un personaje tan grotesco. Si la patria es primero, vale promover pillos si traen votos.

En Morena el dueño define quién entra y qué candidatura se le entrega como coctel de bienvenida. La senadora Gabriela Cuevas, en uno de los despliegues más cínicos de oportunismo de los últimos años, ya tiene asegurada una diputación. La consiguió a bajo precio. Le ofreció lealtad al líder y ya tiene una curul en la bolsa. Está empezando a leer el libro de López Obrador y le está súper encantando. Se entrevistó con él y quedó maravillada con su alegría. ¿Qué importa que toda su carrera haya tenido una conducta pública radicalmente contraria a las propuestas de su nuevo guía? ¿Qué más da que haya respaldado las reformas que, a juicio de ese paladín de la reconciliación, son traición a la patria? No importa lo que haya hecho hace una década. Lo verdaderamente relevante es lo que ha hecho en su responsabilidad actual, como senadora, y la ostensible contradicción con la plataforma de su nuevo padrino. ¿Está de acuerdo Cuevas con la posición de Morena en relación a la reforma energética? ¿Después de haber visto esa alegrísima luz, ha llegado a la conclusión de que la reforma educativa fue un error? ¿Ha tenido un momento de claridad y se ha percatado de que todo lo que ha defendido públicamente en su carrera pública es un error? Nadie niega a otro el derecho a reconsiderar, a cambiar de ideas, a recomponer sus lealtades. Lo que resulta indispensable para la salud del debate cívico es la razonada justificación de la conducta pública. Cuando el escenario político se llena de oportunismos tan cínicos, la democracia pierde sentido como contienda de opciones distinguibles y alternativas respetables.

La contradicción de su programa no es menos grave que la de sus alianzas. El proyecto alternativo de nación que presentó en noviembre pasado es un documento indigno de un partido político nacional. Mal escrito, carente de unidad, repleto de faltas de ortografía, incapaz de definir un sentido de prioridad. Nadie puede ver en este pastiche el fundamento de un gobierno serio. No hay ahí, ciertamente, un programa radical pero se trata de un documento vergonzoso, en el que se ha colado, incluso, el plagio. Dudo que el candidato López Obrador haya leído el farragoso documento no solamente porque es intragable sino porque él mismo suele apartarse de lo que ahí se propone. Tedioso como es, el plan no aclara lo elemental: si el candidato ha propuesto echar abajo las llamadas “reformas estructurales”, ¿cómo lo piensa hacer y qué pretende poner en su lugar? Si es seria la propuesta de convocar una consulta sobre la vigencia de esas reformas, los redactores del plan no la consideraron digna de atención. Así, uno de los asuntos centrales para el futuro de México permanece como incógnita en el programa del candidato puntero.

Si no hay debate dentro de Morena, tampoco parece haber debate con Morena. Los adversarios de López Obrador lo promueven con su silencio. Tiene razón Roberto Gil cuando advierte la pasividad de los antagonistas. Mientras un candidato desfila por el país cantando tonterías y el otro se debate entre llamar a la conciliación o acusar a sus críticos de torturadores, el candidato de Morena, disfruta una campaña sin oponentes. Se está divirtiendo.

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22, Ene 2018

La tecnocracia en cueros

El pleito del gobierno de Chihuahua y el gobierno federal importa hoy, sobre todo, porque es el golpe más certero que se le ha dado a la autoridad tecnocrática. Es cierto que la controversia se describe explícitamente como una batalla contra la corrupción. Lo es y ese es un mérito innegable de la denuncia del gobernador Corral. También es valiosa su denuncia del estropicio federal. Los gobiernos locales siguen dependiendo de los caprichos del centro. El gobierno federal puede abrir o cerrar la llave de los recursos sin rendirle cuentas a nadie. Pero tengo la impresión de que la importancia de este conflicto va más allá de esas dos órbitas. Se trata de una estocada a la pretendida superioridad de los técnicos. La configuración de la contienda electoral hace explosiva esta exhibición. El traje de sabiduría y de imparcialidad de los técnicos es invisible. Los tecnócratas caminan en cueros.

La autoridad de los técnicos se fundamenta en una supuesta superioridad racional. Siguen las órdenes de la ciencia sin imprimir en sus decisiones el sello de la voluntad. Se presentan ante nosotros como siervos de una técnica. No lo quiero yo, lo ordena la ciencia. Los expertos que saben reclaman para sí el poder de decisión porque entienden todo lo que nosotros ignoramos. Con diplomas visten su autoridad. Se disfrazan con palabras esmeradamente incomprensibles. Su fantasía es vivir en una cápsula que los mantenga a salvo de las malignas presiones políticas. De ahí la hostilidad que todo tecnócrata siente por la democracia. El conflicto es infundado: no hay más que aceptar el dictado frío de la razón económica. Los votos han de servir, si acaso, para poner y quitar gobiernos pero nunca para definir políticas. Las movilizaciones, los gritos de protestas, las exigencias colectivas son para el técnico expresiones de una furia que ha de ser contenida por una estricta racionalidad.

Quienes carecen de esas luces son incapaces de aquilatar las consecuencias de sus deseos. Hemos vivido durante décadas ese paternalismo de los expertos que se basa, no solamente en un supuesto monopolio de la inteligencia sino también en una pretendida imparcialidad. Si los tecnócratas exigen el acatamiento de su dictado no es solamente porque se presentan como expertos, sino sobre todo, porque se ostentan como agentes de neutralidad. Se han convencido de que la ideología es ajena a su oficio. Que no hay prejuicios que nublen su comprensión del mundo. No hay ciencia de derecha ni de izquierda, dicen. Hay ciencia y hay farsa. Y la ciencia es, naturalmente, la suya. Por ello nos quieren convencer que sus decisiones son asépticas, que no hay en ella mancha alguna de politiquería.

Esa es la neutralidad que ha reventado en Chihuahua. Se trata, ni más ni menos, que de la carta de legitimidad del grupo político que pretende reelección. Ese título de autoridad ha estallado con las denuncias del gobernador Corral. Más allá de las complejidades del caso, más allá de las estridencias, histrionismos y torpezas de la polémica, hay cosas que parecen innegables: la inaceptable discrecionalidad en el uso de los recursos federales, el empleo arbitrario de los fondos públicos, su utilización para premiar aliados y castigar adversarios. Leonardo Núñez González se ha dedicado a mostrar cómo el gobierno hace lo que le da la gana con nuestro dinero. ¿Y dónde quedó la bolita? (Aguilar, 2017) es el libro que contiene la radiografía de la simulación presupuestaria. La lectura del libro es francamente inquietante y se ha vuelto hoy más urgente que nunca. El pluralismo político, lejos de alentar una estricta vigilancia de los recursos públicos e imprimir racionalidad a su distribución, ha estimulado una simulación grotesca. Tras el disfraz de la imparcialidad de los técnicos apenas se esconde el uso político de los recursos públicos. Ofrezco solamente un par de números. En el último año del gobernador Duarte, Chihuahua recibió 1,562 millones de pesos del llamado Ramo 23, cuya distribución no sigue regla alguna. Era, no es casual, año de elecciones. Un periodo después, ya sin gobernador priista el mismo estado recibió 62 millones de pesos. Absurdo pensar que hay una razón técnica detrás del castigo.

Los tecnócratas que pretendieron elevarse por encima de las parcialidades de la política son hoy otra cara de la politiquería.

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15, Ene 2018

La candidatura atada

El candidato del PRI es ya dueño de su campaña. Es responsable del equipo que lo acompaña, del mensaje que proyecta, de las respuestas que ofrece. Al ser designado se presentó insistentemente como el ciudadano apartidista al que respaldaba un partido en busca de renovación. Quiso convencernos de que el PRI era el único partido que se abría a “los ciudadanos” y que con su postulación daba muestras de cambio. El argumento era insostenible desde el principio. La nominación de José Antonio Meade no fue otra cosa que la reafirmación del poder absoluto que el presidente ejerce sobre su partido. Si se eliminaron las antiguas restricciones fue para dejar el camino abierto al dedo presidencial. El antidemocrático ritual priista resultó irrelevante pues ninguno de los partidos pudo ofrecer contraste. Ni siquiera el PAN, que había sido una organización ejemplarmente abierta a la competencia interior, se atrevió a ventilar sus opciones.

La gran ventaja de Meade era curiosamente que pocos electores lo conocían. Con una larga trayectoria en el sector financiero y en distintas oficinas de la administración, había permanecido lejos del escenario propiamente político. Precisamente por eso podía presentarse ante el país, darse a conocer a los millones de electores que no reconocían su apellido ni su rostro. Es mucho lo que tiene todavía que hacer el candidato para ser conocido pero ya ha deshecho la carta “ciudadana” que en un principio blandió como su bandera distintiva. Es imposible distinguir su discurso del discurso del priismo tradicional; es imposible advertir acentos propios en su lenguaje, estilos diferentes. Ha roto incluso con la línea de la tecnocracia priista en la que era perceptible un acento crítico a la tradición de su partido. La falta de credencial priista ha hecho del candidato aún más dependiente de sus complicidades. Por eso, más que dirigir al PRI hacia el cambio, más que proponerle una ruta distinta, ha sucumbido a él. En uno de sus primeros actos públicos pidió que el priismo y, particularmente lo más arcaico de ese partido, lo “hiciera suyo.” Desistimiento del liderazgo: un candidato que lejos de sugerirse como catapulta de transformación, implora su propia absorción.

Un candidato necesitado de hacerse oír ha desperdiciado cada oportunidad que tiene un micrófono cerca. Nadie podría recordar una línea, una idea, una propuesta. Mientras nos dedicamos a reaccionar ante cualquier ocurrencia de López Obrador, somos incapaces de identificar una idea innovadora del candidato del PRI. Si no tiene buenos reflejos, tampoco tiene imaginación. No hay en sus palabras el bosquejo de un futuro deseable. Nos ha dicho que le ilusiona que México sea una potencia pero ese propósito ve a México desde fuera. Pensar a un país como una potencia es delinear alguna superioridad frente a otros países. Nada dice esa fórmula de lo que es el país para sí mismo. Ha dicho también que hay que recortar la distancia entre el México real y el México que soñamos. Pero, ¿con qué país sueña él? Con ninguno que resulte seductor.

A la defensiva desde el primer momento, el candidato priista no oculta reflejos abiertamente autoritarios. A la denuncia del gobernador de Chihuahua respondió con infundios y acusaciones grotescas. Quien denuncia la corrupción priista es, en realidad, un delincuente, un torturador. Para Meade el primer gobernador de la historia reciente que miente es quien ha emprendido una campaña contra la corrupción priista. A animalpolitico, un prestigiado medio de comunicación, un espacio informativo al que el país debe mucho en los últimos años, el candidato del PRI amenazó abiertamente, por medio de su vocero, con una denuncia ante los jueces.

La malhadada campaña de Meade nos deja, quizá, una lección inmediata. Lejos de lo que se cree normalmente, el servicio público es mala escuela de la política. Es, por lo menos, una escuela insuficiente. Lo veía con claridad Max Weber en su ensayo sobre la responsabilidad política. Si la democracia era valiosa era, sobre todo, porque podía mantener a raya el poder de los burócratas.

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08, Ene 2018

Cállate y teje

En buen momento se han publicado las dos conferencias de Mary Beard sobre la voz pública de las mujeres. La estudiosa del mundo clásico ha reunido dos charlas en un elocuente manifiesto (Women & Power, Liveright Publishing Corporation, 2017). Con su fresca erudición rastrea el origen y los alcances de nuestra misoginia. En La Odisea hay un pasaje que captura nítidamente la cancelación de la voz femenina. En el primer libro, Penélope desciende de su habitación para encontrar una multitud de pretendientes. Un hombre canta a la tristeza de la guerra y ella le pide, frente a todos, que cante algo más alegre. Telémaco, su hijo, interviene para callar a su madre. “Vete a tu habitación y dedícate a lo tuyo, al telar y a la rueca. Ordena que las esclavas de ocupen de lo propio. La palabra es cosa de hombres, de todos, pero aquí es sobre todo mía, porque es mío el poder de este palacio.” Un adolescente calla a su madre. Ella cumple la orden y en silencio se retira. Mary Beard se detiene en la expresión que usa Telémaco para silenciar a su madre. Al decir que la palabra es asunto masculino emplea el término muthos. Lo que describe el término es un tipo de expresión pública cargada de autoridad. Un discurso sobre los asuntos comunes que merece ser escuchado por otros. Al tapar la boca de su madre, Telémaco cancela la voz pública de las mujeres. Si ellas pueden hilar oraciones ha de ser para la vida íntima, para la familia. Podrán pronunciar palabras para arrullar a un niño, podrán hablar para enamorar a un hombre, podrán chismear pero nunca intervenir en el ágora.

La propia historiadora ha contado que pasó muchas veces por el pasaje del muchacho callando groseramente a su madre, sin reparar en el significado de esa intervención. Más de veinte años leyendo el libro si percatarse del simbolismo de esa terrible orden. Al preparar sus cursos, releía La Odisea sin hacer pausa en el fragmento. Para ella misma la anulación había sido imperceptible. Finalmente se detuvo en el episodio y se dio cuenta de que se trataba, ni más ni menos que de un momento fundacional para Occidente. Es en esa pieza seminal de nuestra literatura que se declara como masculino el discurso público y se decreta el silencio de la mitad del género humano. Ahí mismo se define como un deber del hombre el cuidar que las mujeres no invadan esa esfera. Para ser hombre, callar a la mujer.

La primera conferencia de Mary Beard fue traducida en 2014 por Letras libres. Ahí puede conocerse la fantasía de un orador romano que en el segundo siglo después de Cristo llamaba a sus oyentes a imaginar una epidemia que sojuzgara de pronto a todo un pueblo. Los hombres y aun los niños súbitamente perderían el vigor de la voz y hablarían como mujeres. Ingobernable sería esa ciudad de timbre agudo. ¿Habría plaga más terrible que esa?, preguntaba a sus oyentes. Sin duda correrían todos los hombres a buscar el auxilio de los dioses y estarían dispuestos a cualquier sacrificio con tal de recuperar el tono de su voz. No bromeaba, concluye Beard. Su alegoría repetía el temor que provoca la otra voz. No son escasos los testimonios de la literatura clásica que asocian la autoridad con la gravedad de la voz masculina. Durante milenios hemos cultivado en nuestro oído una perversa sensibilidad: escuchar el rugido del león como portador de sabiduría y valor. Descartar la voz aguda como timbre de cobardía, demencia, fragilidad. Llevamos un par de milenios, sugiere Beard, escuchando en la voz de las mujeres una frecuencia peligrosa para la salud del Estado. Una voz que no merece oído.

En su acercamiento al mundo clásico, Mary Beard no ha prestado atención particular a la condición de la mujer. Difícilmente podría decirse que es una historiadora feminista. Más que el enfoque de género, lo que ha caracterizado su lectura de la historia es la condición de los comunes: ¿qué hacía reír a los romanos?, ¿quienes colocaban las sillas y llevaban los refrescos al circo? ¿cuáles eran los hábitos de higiene en Pompeya? Al intervenir en la conversación pública a través de los medios, fue percatándose de la violencia con la que eran recibidas sus reflexiones. Sus críticos no argumentaban discrepancias sino daban rienda suelta al prejuicio y al odio. Al burlarse de su apariencia, al amenazarla de la manera más grotesca, le gritan como Telémaco a su madre: cállate la boca y dedícate a tejer. Ella no ha cerrado la boca. Lejos de tomar el estambre, habla, argumenta, discute y exhibe sus odiadores. Sugiere, además, que la mujer debe rehusarse a impostar la voz para transformar la idea misma del poder. Si la mujer ha sido excluida del poder, le corresponde, más que conquistarlo, rehacerlo.

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01, Ene 2018

Nueces de 2017

El 16 de octubre renunció el Procurador General de la República. En su discurso, Raúl Cervantes dijo lo siguiente: “La PGR ha concluido las investigaciones sobre uno de los mayores esquemas de corrupción internacional que en América Latina y en México se hayan visto. El complejo esquema para corromper funcionarios, obtener contratos públicos de manera indebida y luego tratar de esconder el dinero mal habido en paraísos fiscales, puso a prueba nuestra determinación y a nuestras instituciones. (…) En los siguientes días se harán las imputaciones correspondientes ante el poder judicial federal.’’

Llegó el 17 de octubre y el 31. Llegó y se fue noviembre. Terminó el 2017. No pasó nada. Es importante recordarlo en el primer día de 2018: a la fecha no se ha presentado ningún cargo relacionado con esa complejísima maquinación corruptora. Ninguno. Con la investigación concluida, la procuraduría mexicana guarda silencio apostando, nuevamente, al olvido. Gobiernos, presidencias, ministerios caen en toda la región. En México no pasa nada.

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2017 fue el año de la bestia. La masculinidad enferma estuvo en el centro de la atención mundial, desde que asumió el poder como presidente de los Estados Unidos un hombre que festinaba su abuso sexual. Las mujeres son incapaces de resistir el poder de un famoso, decía entre carcajadas. Unos meses después, el abusador ganaba las elecciones. A lo largo del año hemos escuchado revelaciones de abuso en el mundo de la política y del cine, del periodismo y de la comedia, de las salas de concierto y de los estudios de televisión. Las historias que han salido a flote son antiguas pero en estos meses se han hecho públicas retratando un abominable código depredador. Hombres de poder que han usado su condición para humillar sexualmente a sus víctimas. El sexo convertido en vehículo del odio y del desprecio. Lo dijo Salma Hayek mejor que nadie al denunciar al monstruo que intentó someterla: “Para él yo no era una artista; ni siquiera era una persona. Era una cosa: una nadie, solo un cuerpo.”

La catarata de las denuncias muestra el poder del ejemplo. El valor de una víctima que se atreve a denunciar es aliento para otras. Que esas historias hayan roto el sello de silencio en Estados Unidos y que hayan tenido consecuencias es muestra de que las cosas pueden cambiar. Que pueden terminar con lo que Rosa Montero llamó normalidades aberrantes. A golpe de denuncias dejaremos de aceptar la supuesta normalidad de lo abyecto.

México espera esos escándalos. ¿Cuántos abusos sexuales siguen escondidos en el Congreso, en los juzgados, en la diplomacia, en el periodismo, en el mundo del espectáculo? No conocer esos testimonios es prueba de que la abyección sigue siendo norma.

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No hay opción, dijo el tecnócrata.
No hay restricción, respondió el populista.

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No, el tema de hoy no es la economía. No votamos por lo que tenemos (o por lo que carecemos) sino por aquello que creemos ser. La nostalgia de una comunidad que se siente amenazada parece ser el impulso que mueve la política en todo el mundo. “Es la cultura, estúpido,” parafraseaba Timothy Garton Ash, el brillante historiador del presente. La lengua, la raza, los recuerdos comunes, la fe mueven la política de nuestros días. Para el antropólogo indio Arjun Appadurai, el fenómeno no es ninguna sorpresa. Hace una década escribía que la nación-Estado “ha sido reducida a la fantasía de que su identidad étnica es el único recurso cultural sobre el que puede ejercer un control absoluto.” Impotente para tantas cosas, la política parece ofrecernos solamente la ilusión de una identidad amurallada. La cultura: el consuelo de una política agotada.

*

“–¡Qué  gran monarca! No parece monarca
–¡Qué gran general! No parece militar.
–¡Qué gran sacerdote! No parece eclesiástico.
Mal síntoma cuando los oficios comienzan a elogiarse por la negativa.”

El síntoma de apreciar a quien negaba la leyenda de su oficio lo detectaba hace muchos años Alfonso Reyes. Enorgullecerse de una incoherencia. ¿No deberíamos decir lo mismo del espectáculo del día:

–Es un buen político porque no parece político.
–Es de izquierda pero, ¡qué conservador es!
–Es priista pero ni lo parece.

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18, Dic 2017

El faro de la moralidad

No tenemos derecho a sorprendernos con Andrés Manuel López Obrador. El político más visto es tan tenaz como predecible. Sea cual sea la ocasión, sea cual sea el auditorio repetirá las cuatro o cinco frases que pronuncia con la convicción de estar descubriendo una hondísima verdad que sólo a él le ha sido comunicada. Reaccionará con la misma intolerancia si alguien osa hacerle una pregunta incómoda. Hablará de la autoridad moral y de la mafia del poder; del cambio verdadero y de las maravillas que producirá su ejemplo cuando él pueda sentarse, finalmente, en la silla presidencial. Verlo ahora flanqueado por la ultraizquierda y la ultraderecha es la perfecta representación de su coherencia. Sí: López Obrador es coherente al presentar como sus aliados a los partidos más antagónicos de nuestro escenario porque está convencido de que en él (y sólo él) encarna una virtud que todo lo concilia.

Para el antiguo priista no importa que a un lado suyo esté un admirador de la dictadura norcorerana y del otro lado tenga a quienes pretenden aniquilar al Estado laico. Si respaldan a López Obrador son, ya, apóstoles de la regeneración. Las ideologías son irrelevantes; los programas partidistas no cuentan. Lo que en verdad importa para el fundador de MORENA es la fuente de la política. Si una iniciativa viene del limpio manantial de López Obrador será una propuesta digna, íntegra y ejemplar. Pero si viene de otro lado—de cualquier lado que no sea él mismo, será una iniciativa sucia, indecente, perversa. Podríamos hablar de propuesta idénticas para subrayar el contraste de perspectivas. La calca de una propuesta es, no lo mismo sino lo opuesto, si la defiende el adversario. Si lo propongo yo es patriotismo; si lo pides tú es traición.

No debe ser sencillo imaginarse como el faro de la moral nacional. La gran ventaja de verse en ese espejo es que permite cualquier incoherencia. Lo bueno existe en función de la lealtad al caudillo. Y si el caudillo cambia de parecer, la brújula moral lo sigue fielmente. Es la cercanía a López Obrador lo que valida o condena. Quien no se suma a su causa es cómplice de la mafia del poder. Si la candidata indígena no le jura lealtad y se incorpora a su campaña no hace más que hacerle juego a los mafiosos. Y si un mafioso lo respalda, ha vuelto a nacer. Lo ha dicho abiertamente y de muchas maneras. Lo ha demostrado también en repetidas ocasiones. Cuando un político llega a la costa de MORENA es inmediatamente absuelto de todos sus pecados. Criticar su pasado es servir al sistema. Todos los días conocemos un nuevo caso: el tesorero, el administrador, el representante de un gobernador preso o en fuga, es recibido en MORENA como un demócrata sin pecado concebido. Ahí está el origen de su mesianismo: quien me siga será purificado. López Obrador, en realidad, no se considera el guía sino el camino.

Desde sus inicios, el político tabasqueño ha hecho causa en la lucha contra la corrupción. Si hoy tiene buenas probabilidades de ganar la presidencia es precisamente porque ha sido un crítico tenaz de la ostentación y de las pillerías de la clase política y porque, en lo personal, se ha mantenido al margen de los escándalos que han ensuciado a tantos. Y sin embargo, valdría advertir que a López Obrador le irrita mucho la corrupción de sus adversarios pero le tiene sin cuidado la corrupción de sus aliados. Si hay indicios de fraude en sus filas, saltará de inmediato a advertir que las pesquisas son una agresión de la mafia del poder. Intensa pero selectiva es la indignación moral de López Obrador.

Quienes se sorprenden de la alianza de MORENA con el PES es porque optaron por desoír el rancio conservadurismo de un político que sugiere poner a voto la vigencia universal de los derechos. Quien se dice juarista ha hecho pacto con quienes explícitamente buscan tirar a la basura la herencia liberal. A su lado busca el “bienestar del alma”, declaró López Obrador para justificar lo injustificable. Puede ser muy irritante el pacto de MORENA con la ultraderecha del PES pero la alianza con el PT es igualmente repulsiva. Lo digo no solamente por su demencial defensa de la peor tiranía del planeta, sino también por sus demostrables corruptelas. Si hay pragmatismo en ese pacto que sirva por lo menos para abandonar la cantaleta de la autoridad moral.

Eso sí: la coherencia del político no está en duda. Quien encarna la moral pública sólo puede ser cuestionado por los inmorales.

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11, Dic 2017

Lamento por el PAN

Habrá Frente. Confieso que no creí que el esfuerzo culminaría en una candidatura común. Creí que, después de los desplegados de feliz coincidencia, la alianza terminaría rompiéndose. Se impuso la astucia y la ambición del expresidente del PAN, dispuesto a aniquilar a su partido para quedarse con la candidatura presidencial.

Es de lamentar la desaparición de Acción Nacional del escenario electoral. Si Anaya no ha matado definitivamente al partido que lo hizo su dirigente, ha anulado por esta temporada electoral a una de las instituciones democráticas más longevas y más importantes en la vida de la república. La crisis de Acción Nacional es más profunda que la de 1976, cuando decidió no postular a un candidato presidencial. Aquella decisión fue, finalmente, producto de un intenso y complejo debate público. La decisión—desde luego, polémica—era congruente con su historia y era fiel a sus valores. Significaba la denuncia de un régimen al que no se pretendía legitimar con la falsedad de la competencia. Quienes creían que participar en las elecciones era hacerle el juego al régimen expusieron públicamente sus razones y se enfrentaron a quienes defendían con terquedad la participación. La discusión se verificó públicamente y el partido tomó la decisión de abstenerse. La decisión de un partido democrático. Hoy los panistas han visto, por primera vez en su vida, la autoproclamación de su candidato a la presidencia. El dirigente de Acción Nacional se hizo del control absoluto de la estructura. Supo aprovechar los resentimientos que ahí había generado la camarilla de Felipe Calderón y canceló cualquier posibilidad de debate interno. Apoyado en sus aliados externos, suspendió los derechos de los militantes, proscribió la competencia interna, arrinconó a los adversarios, se hizo a sí mismo, candidato. Acción Nacional sucumbió a una dictadura. Eso fue la administración de Anaya: un régimen de excepción que concentró todo el poder en una persona negando los derechos ordinarios de los militantes panistas.

Anaya y sus promotores se llenan la boca con la palabra democracia pero no se atreven a practicarla. Nunca estuvieron dispuestos a correr el riesgo de perder. Es decir, nunca creyeron en la vía democrática. ¿Alguien podría señalar una diferencia entre el destape de Meade y la autoproclamación de Anaya? ¿Hay alguna diferencia entre la apropiación que Anaya hizo del PAN y lo que hace el dueño de MORENA con su criatura? ¿Se atreverían los frentistas a denunciar la antidemocracia del PRI después del espectáculo de estas semanas en donde los caciques de los partidos se reparten posiciones exhibiendo el más grotesco patrimonialismo? Por fortuna han renunciado a la farsa de llamarse frente “ciudadano.”

Lo que ha pasado en Acción Nacional es una desgracia histórica. No es solamente una desgracia para los panistas sino para el país. En ella tienen sin lugar a duda una cuota importante de responsabilidad los críticos del astuto y truculento dirigente que no estuvieron dispuestos a dar una pelea por su partido, por sus reglas, por sus ideas, por su tradición. Abandonaron con facilidad el barco y dejaron al ambicioso el campo libre. Algunos ya se han trepado a otro bote—o, más bien, han regresado al de su origen. Con su torpeza y su arrogancia permitieron que el país perdiera una referencia liberal importantísima.

Cuando hablo del PAN como referente liberal no me refiero, por supuesto, a sus ideas. Hubo muy poco liberalismo en su origen. Nació contra el cardenismo como una opción entre el comunismo y el liberalismo, que frecuentemente identificaba como perversiones gemelas. El discurso histórico panista tiene un intenso componente antiliberal que sigue presente en su retórica y en sus reflejos. Si digo que fue un referente liberal fue por su apuesta institucional, por su defensa práctica de los derechos, por su denuncia jurídica del autoritarismo, por el esmero con el que construyó su propia estructura, por el debate que siempre mantuvo a su interior. Fue una brújula liberal, sobre todo, por su anticaudillismo. Antes del secuestro de Anaya, el PAN era uno de los pocos territorios del debate intenso, público y, en general razonado. Ese partido murió ayer.

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04, Dic 2017

El candidato de los satisfechos

La apuesta del elector priista fue sensata. Era razonable designar como candidato del PRI a quien menos priista parece. Asegurados los votos de los leales, José Antonio Meade es el candidato que de mejor manera puede ampliar la convocatoria. No será fácil superar el estigma del envase pero, si alguien dentro de la baraja del PRI podría hacerlo, es el financiero convertido en candidato. Ser un desconocido es, seguramente, una ventaja. Perteneciente a la camarilla más poderosa del país, esa que ejerce el poder apelando a la razón técnica, Meade pretenderá presentarse como el técnico sin militancia, un funcionario competente al margen de la politiquería de los partidos. El cuento de la pureza del tecnócrata es, sin embargo, poco persuasivo. Su carrera no ha flotado, limpísima, por encima de los pantanos del poder. Imposible disociarlo del ímpetu castrense del calderonisimo y de los hedores de Atlacomulco. Una prolongación de ambos nos ofrece ya en su campaña.

Quizá la mejor carta del candidato priista sea la serenidad. En un país cansado de la estridencia, el candidato del PRI muestra tranquilidad, conocimiento (de los temas que conoce), experiencia. Un hombre afable, un amigo de todos que no le niega abrazo ni a los pillos. Su probidad ha sido, por decirlo de algún modo, pasiva. No se le conoce una sola batalla contra la corrupción y bien puede advertirse en él disposición al encubrimiento. Lejos de rehuir la identificación conservadora, el PRI la abraza con su candidato. El extravío del PAN ha abierto un espacio que el PRI pretende llenar cuanto antes. Mientras el dirigente del PAN sigue cortejando al PRD, el candidato del PRI extiende la mano a los panistas. Meade aspira a construir un nuevo polo de la derecha mexicana que se plante con clara identidad frente a López Obrador. Por ello repetirá mil veces que la disyuntiva es la preservación o el abismo. Habrá que esperar pronunciamientos específicos en las polémicas del día pero su oferta inicial es inequívocamente conservadora: continuidad, ley y orden, prosperidad sin polarización.

Su propuesta es perseverar. Meade nos convoca a una epopeya histórica: que los mismos sigan haciendo lo mismo. Si lo hacemos con la misma visión de México y con apego a los mismos programas, podríamos llegar, algún día, a obtener los mismos resultados. Ese es el encanto de su campaña. ¿Quién podría resistir a este llamado? Lo que más sorprende en su discurso es la ausencia de cualquier chicote de inconformidad. Un político al que le complace plenamente la realidad. Lo llaman optimista. Yo lo encuentro, más bien, indolente. Meade celebra el presente de México como si fuera el mejor de los posibles. Si no lo es todavía es porque falta tiempo para persistir en lo que hemos hecho durante treinta años. El candidato del PRI festeja al país que ha recibido las bendiciones del reformismo. La crítica, dijo hace algún tiempo, era fruto no del juicio sino del mal humor. Quien no celebre lo que tenemos es porque está enojado y no acepta la realidad. Hay que sentirnos afortunados por tener como presidente a Enrique Peña Nieto, decía en uno de los más penosos episodios de la zalamería priista. A sus ojos, nuestra política es un espacio generoso y constructivo. ¿La corrupción? Un problema menor, un pendientito, quizá.

Ha presumido sus oficinas como una sala de trofeos pero habría que preguntar por el impacto de sus decisiones. ¿Hemos de brincar de júbilo con el desempeño económico de la última década? ¿Hay algo que reconocerle de su paso por la cancillería? ¿No es preocupante el interés que mostró en Sedesol para cambiar las mediciones de la pobreza para cambiar súbitamente la percepción de la realidad? Quien presume patrimonio curricular deberá mostrar resultados. Por lo pronto, destaca tanto como su fluidez en el lenguaje económico, su trastabilleo, su ignorancia y su incoherencia en dos temas centrales para el país: inseguridad y corrupción.

La campaña apenas empieza. El perfil del candidato de Peña Nieto irá puliéndose en los próximos meses. Por lo pronto, vale decir que José Antonio Meade es el candidato de los satisfechos. Quien crea que el último cuarto de siglo del país ha sido maravilloso, tiene un gran candidato.

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06, Oct 2014

El teatro y la negociación

La escenificación de Bucareli fue impecable: una discreta tensión dramática cubrió sus distintos actos. Los actores caminaban al borde del peligro. Los espectadores contemplaban lo inédito. El protagonista de la historia manejó ejemplarmente las tiranteces del tiempo y, mientras se encumbraba, daba muestras de humildad. Sin duda, la mejor pieza teatral de la política mexicana reciente. Lo llamo teatro reconociendo su dimensión dramática y su capacidad persuasiva. Y lo llamo así por advertir sus fingimientos esenciales. La escenificación de Bucareli no es ejemplo de un gobierno negociador, sino de un gobierno astuto que sabe convertir una crisis en una plataforma de legitimación.

Un gobierno negocia cuando entrelaza sus razones a las de otros; cuando renuncia a una medida concreta para cuidar el rumbo general de su política, cuando acopla una idea ajena a la propia. Un gobierno negocia cuando es capaz de defender sus argumentos al tiempo que atiende los argumentos contrarios. Nada de eso vimos en el espectáculo de Bucareli. Para disolver un movimiento, un político acepta todo sin esgrimir un solo argumento. El elogio de la multitud basta. Por eso el espectáculo reciente puede convertirse en un ejemplo perverso. La negociación es lo contrario de la cerrazón, sí. También lo es de la dejadez. A decir verdad, salir a la plaza a decirle que sí no es un acto particularmente valeroso. Sumarse al coro no será nunca un acto de arrojo. Pero independientemente de eso, debe decirse que no es cívicamente edificante entregar una cabeza a la multitud para conseguir su aplauso.

El artículo completo puede leerse aquí.

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29, Sep 2014

Ejecuciones extrajudiciales

En noviembre de 2011 Catalina Pérez Correa, Carlos Silva Forné y Rodrigo Gutiérrez Rivas publicaron un artículo en nexos sobre los usos de la fuerza pública en operativos contra el crimen organizado. Los académicos del CIDE y de la UNAM advertían una significativa desproporción en los enfrentamientos. Se entiende que todo choque entre las fuerzas del Estado y los criminales supone el riesgo de muerte pero, cuando las muertes de un lado no tienen correspondencia razonable con las muertes del otro o cuando el número de civiles heridos es mucho menor que el número de muertos, podemos encontramos con evidencia de un abuso de autoridad. Los hallazgos de aquel estudio son contundentes. Hay buenas razones para pensar que la fuerza pública no enfrenta para llevar a la justicia sino para liquidar.

Analizando información pública, la investigación muestra, en primer lugar, que el número de fallecidos de las fuerzas públicas es casi ocho veces menor que el de los presuntos delincuentes. “En los enfrentamientos en que exclusivamente participó la Policía Federal murieron 1.4 presuntos delincuentes por cada policía federal muerto. (…) La tasa se eleva notoriamente si consideramos los enfrentamientos en que participó solamente el Ejército (13.8) o la Marina (34.5)” ¿No retratan estas cifras una estrategia política que se desentiende de lleno de los derechos humanos? Los autores de aquel reporte advierten. por otro lado, que existe un desnivel injustificable entre los heridos y los muertos que resultan de los enfrentamientos. Mientras los policías y los militares terminan con más heridos que muertos, es más probable que los presuntos delincuentes terminen muertos antes que heridos. Ése es el “índice de letalidad” que constituye un serio indicio de abuso. Vayamos a las cifras. Cuando la policía federal enfrentó sola a los criminales murieron 2.6 presuntos delincuentes por cada herido. Cuando actuó el ejército los muertos suben a 9 y cuando actúa la Marina llega hasta 17 por cada herido.

El artículo completo puede leerse aquí.

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08, Sep 2014

Eficacia, cuento y símbolo

Hay tres novedades importantes en el gobierno de Enrique Peña Nieto. Son su orgullo pero dejan entrever, al mismo tiempo, su reto central; muestran su capacidad de distanciarse del pasado inmediato, afirman un claro perfil de capacidad política pero también sus rasgos más inquietantes. En menos de dos años, el gobierno ha logrado tres cosas: entenderse con el Congreso para producir reformas relevantes, contar un buen cuento de sí mismo y producir un emblema de su visión. Triángulo notable: las reformas que fincan un prestigio de eficacia; la narración que explica su sentido y el símbolo que lo hace visible.

Empecemos con las reformas. Peña Nieto supo mover al Congreso. Formó las coaliciones necesarias para transformar lo que parecía intocable. Forjó una llave que (por torpeza del Ejecutivo o cerrazón de las oposiciones) se le negó a Zedillo (en su segunda tramo), a Fox y a Calderón. Imposible negar el mérito de tejer con discreción y paciencia los acuerdos—sí, palaciegos—que hicieron posibles tan importantes reformas normativas. El gobierno estuvo dispuesto a aceptar la coautoría de sus reformas; no acudió a la negociación con textos cerrados ni ha renegado de la aportación de sus interlocutores. Y lo que logró es, sin duda, notable. Para empezar, un nueva plataforma para la educación, las telecomunicaciones y la energía. Eficacia es la palabra que se repite una y otra vez: conseguir lo propuesto.

En la aclamación de la eficacia hay, sin embargo, un curioso entendimiento de la política: una fe en la norma que no deja de ser llamativa. Como si cambiar las leyes fuera cambiar las cosas; como si el estreno de la plataforma constitucional o legal implicara, en sí misma la obtención del resultado. Poner las reformas “en acción”, como repite tercamente el presidente no es sacar la paleta de la bolsa y empezar a saborearla. Algo sabemos ya del abismo que separa la ley de la realidad. El diseño del cambio recibe naturalmente críticas de los enterados pero, independientemente de la calidad de las reformas, el asunto crucial es su realización—no su concepción. Por supuesto que el trazo importa pero, aún imaginando que los cambios jurídicos hubieran sido perfectos, queda tiempo para que transformen realidad. Lo que viene es seguramente más complejo que lo que pasó. No ha tenido el Estado mexicano un reto institucional tan complejo como el que la reforma energética le pone enfrente. El desenlace de esta reforma está lejos de ser claro. Pongamos el elogio a la eficacia en el sitio que ahora le corresponde: eficacia legislativa. (más…)

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