Lunes

08, May 2018

Avisos del capricho

Los panistas se reconcilian en Morena. Mientras Ricardo Anaya celebra el cumpleaños de un PRD moribundo e insignificante, Andrés Manuel López Obrador se hace acompañar de dos expresidentes del PAN. Los oficios del tabasqueño han servido para que la derecha y la ultraderecha se reencuentren en el partido que le pertenece. En la incorporación ayudan tanto el cálculo como el resentimiento. Treparse a ese tren en estos momentos no parece asunto de convicciones ni mucho menos de riesgo. Aliarse a Morena hoy es ponerse la camiseta del equipo que está por ganar el campeonato. Debe resultar también una satisfacción tras el agravio, una manera de reparar una lastimadura personal, disfrazar con la nobleza de una causa, la miseria del resentimiento.

Los expresidentes panistas que han abrazado el lopezobradorismo recibieron premios de inmediato. No tuvieron que hacer ninguna fila. No tuvieron que esperar ni un minuto para obtener la recompensa. Su conversión y las penosas palabras devocionales que han dirigido al Amado Líder han bastado para recibir de Él, inmediatas muestras de su afecto. Uno habló del admirable temple moral del dirigente que cambiará la historia de México. Otro escribió que brincar al bando de los ganadores debería considerarse, en realidad, como ¡un acto de rebeldía! La pirueta les ha sido, sin duda, rentable. Uno será senador. El otro coordinará las relaciones del partido con la sospechosa sociedad civil. El foxista y el calderonista, el yunquista y el libertario adelantaron de inmediato a los fundadores de Morena que, silenciosamente debieron aceptar la resolución del Fundador. Al parecer, nadie disfruta en ese partido de tantos privilegios como los advenedizos.

No condeno el transfuguismo. Cambiar de barco es un ejercicio de libertad. Si el cambio de lealtad merece respeto dependerá de las circunstancias y de los argumentos esgrimidos. Del Elogio de la traición, aquel librito de Denis Jeambar e Yves Roucaute, aprendí que cierta dosis de traición es necesaria en democracia. Lo es porque la lealtad debe justificarse siempre y no entregarse como si fuera compromiso vitalicio. Cambiar los apegos permite el cambio, suaviza el conflicto, oxigena. No se entiende la historia de la política mexicana reciente sin las traiciones que en buen día rompieron aquel partido hegemónico. Bienvenidos los traidores que cambian de casa con buena razón. Lo que me inquieta no es el oportunismo o los rencores de los conversos al lopezobradorismo. Lo que me interesa es el mensaje que el dirigente envía cuando celebra la genuflexión de los conversos, al tiempo que doblega a los suyos. Creo que es una señal preocupante.

López Obrador no oculta su satisfacción al contemplar la indignidad de ese enemigo que ahora se pliega a su poder. Los premios de bienvenida pueden verse como un gesto de apertura. Con un simple acto de reverencia, el partido te gratifica. El agasajo a los advenedizos es, sobre todo, un mensaje a los suyos. Morena tiene dueño y sólo a él corresponde definir los premios y los castigos. Si López Obrador decide integrar a su campaña al priista más corrupto, al evangélico más intolerante, al delincuente más cruel, lo podrá hacer. Solo los fieles más atrevidos dirán que no les gusta el nuevo aliado pero dirán inmediatamente que se trata de un signo de tolerancia en pro de la reconciliación. El resto permanecerá callado.

Las amabilidades son advertencia a quienes creyeron que formaban con él un movimiento político y una institución democrática. Toda la energía de esa organización depende del dedo índice de López Obrador. Germán Martínez pudo haber dicho hace poco tiempo que Lázaro Cárdenas era un cadáver apestoso pero, si el caudillo le concede perdón, lo hará por su voluntad única e infalible, senador de la república. Manuel Espino podrá ser un homófobo cavernario, el representante de la derecha más pedestre pero, si se le antoja al dueño, será el puente de Morena con quien se le ocurra. Las cortesías son provocaciones a los suyos: pruebas de lealtad. Me da la gana hacer esto. Quien se oponga que dé un paso adelante.

López Obrador ha dado prueba de que puede hacer con su partido lo que le da la gana. Se cree también con el derecho de declarar al enemigo. Aquel es un periódico reaccionario, este un periodista burgués, aquel un empresario pernicioso. Cada declaratoria deja en suspenso la siguiente: ¿quién entrará mañana a la lista de los odios?

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01, May 2018

Aceptabilidad de la derrota

A los demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota. Hemos escuchado la expresión hasta el cansancio. En los últimos años se ha repetido una y otra vez. Si la democracia es incertidumbre, se puede ganar y se puede perder. Competir es arriesgarse y admitir que el desenlace puede sernos desfavorable. Participar en el juego electoral es aventurarse en un territorio comprometido. Si vale recordar aquella frase es porque vuelve a estar en entredicho el compromiso de los jugadores. ¿A qué está dispuesto el grupo gobernante para impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador?

Quedan ya menos de dos meses de campaña. El 27 de junio los candidatos terminarán sus actividades públicas y empezará el periodo de “reflexión.” Es cierto que nos faltan semanas cruciales y un par debates pero el panorama es bastante claro para quien quiera abrir los ojos. El candidato que comenzó como puntero no ha descendido, sus adversarios han sido incapaces de construir una plataforma alternativa. Sus gestos muestran más desesperación que estrategia. Quien lleva ventaja parece dueño de las circunstancias. No puede negarse que hay emoción pública tras él, entusiasmo, esperanza. Si bien se maneja con torpeza en algunos ambientes, domina la conversación pública, se ha convertido en el gran imán las ambiciones, entiende el clima del momento. No veo el camino de la derrota de López Obrador. Si el debate de la semana pasada habrá pintado para algo habrá sido para definir con mayor claridad el segundo lugar. Poco más. El primer sitio sigue reservado para el tabasqueño.

Por supuesto, debemos ser cautos cuando intentamos prever. Si algo se ha repetido en todos los rincones del mundo en los últimos años es la sorpresa. La autoridad de las encuestas ha quedado en entredicho, el juicio de los “expertos” es rebatido una y otra vez por los hechos. El futuro no está escrito pero es importante prepararnos para lo que muy probablemente pasará. En la incredulidad de algunos grupos de poder se muestra más que un deseo, su indisposición a aceptar lo probable. Se trata de un reflejo antidemocrático, un impulso para evitar—¿a todo costa?—un resultado temido. Porque vivimos la agonía de un arreglo político y económico, se percibe la tentación autoritaria de preservarlo. Es algo más que un deseo, algo más que la ilusión de controlar el proceso electoral. La exploración de la vía autoritaria ha empezado. El uso de la Procuraduría General de la República, las resoluciones del Tribunal Electoral son signos en verdad ominosos. Jugar con el proceso electoral es arriesgar el incendio del país.

El reciente coqueteo del Frente con el PRI no solamente destroza las escasísimas credenciales de renovación que podía ofrecer esa opción partidocrática, sino que sugiere también que, en defensa de su poder, el bloque gobernante está dispuesto a cualquier pirueta—así sea la más aberrante—con tal de impedir la victoria de López Obrador. No veo el acercamiento de Anaya como un escarceo inocente y estratégicamente legítimo sino como un asomo de obscenidad. Quien hace poco llamaba al procesamiento del presidente, ahora sueña con entrevistarse con él y pactar el operativo del voto útil. Estar dispuesto a ese pacto es estar dispuesto a cualquier cosa. ¿Qué permisos se piensan otorgar Anaya y los suyos para remontar la desventaja?

El país no cabe en un solo partido. Aunque arrase en la elección, el ganador deberá reconocer la legitimidad de la desconfianza. Quienes pierdan tendrán el deber de organizar una oposición severa y responsable. Pero hoy hay que cuidar la elección y eso significa respetar la ley, como el único asidero común. Nos obliga a todos, y en materia electoral, no solamente a los partidos. Los particulares no tenemos derecho a comprar espacios en los medios para influir en las preferencias electorales. Podrá incomodarnos pero es el dictado de la ley. Mexicanos Primero ha violado la Constitución y la ley electoral produciendo un anuncio que utiliza niños como títeres, para influir en los votantes. Usar niños para el entretenimiento de los mayores es un atentado a su dignidad. Usarlos como munición en la guerra política es inadmisible.

México se abre a la mayor incertidumbre de su historia reciente. ¿Será demasiado pedir a los nerviosos que respeten la ley?

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16, Abr 2018

El abono

Las instituciones conspiran contra sí mismas. Desde hace años las instituciones que sostienen y encauzan el conflicto se desnaturalizan; los órganos arbitrales se entregan a alguno de los bandos; las autoridades que han de serenar el dramatismo del pleito con sereno apego a las reglas imponen su capricho. Trazar con reglas los límites del conflicto. Sellarlo con arbitrajes honorables. Ese es el empaque, tal vez la ilusión, del liberalismo democrático. El problema llega hasta la bóveda. En las instituciones cúpula, aquellas que pronuncian la voz inapelable del Estado habría que esperar la más firme racionalidad.  Detrás de su palabra no hay nada.

El Tribunal Electoral ha convertido a un forajido en candidato presidencial. El gobernador con licencia empleó los recursos de su estado para engañar al Instituto Nacional Electoral. Reforma hacía hace unos días el recuento de sus trampas. Vale recordarlas. El 58% de las firmas que presentó el “Bronco” fueron apócrifas. Presentó 810,995 firmas de ciudadanos que no existen en la lista nominal. 158,532 firmas fueron simulaciones. Contraviniendo los lineamientos del INE, presentó 205,721 fotocopias de credenciales. El órgano electoral también detectó $17.3 millones de pesos de financiamiento sospechoso y más de un millón y medio de gastos no reportados. Se trata, evidentemente, de una estrategia diseñada para burlarse del Estado.

Vale hacer distinciones: la conducta del Instituto Nacional Electoral ha sido, en todo este proceso, ejemplar. Es falso que no haya permitido defensa a los aspirantes; es falso también que se les haya engañado admitiendo provisionalmente los apoyos que registraban cotidianamente. Precisamente porque se les permitió derecho de audiencia, el “Bronco” pudo recuperar firmas que se habían rechazado. La sentencia que impone la candidatura de este personaje es, por ello, una de las resoluciones judiciales más aberrantes de las últimas décadas. Lo es, sobre todo, cuando se leen los argumentos de los cuatro magistrados que decidieron contravenir la ley para llevarlo a la boleta electoral. La banda de los cuatro jueces que integran mayoría en el tribunal reconoce que el gobernador con licencia no tuvo los apoyos de ley para alcanzar la candidatura y, sin embargo, le imponen al INE el deber de registrarlo como candidato a la presidencia. La sentencia del tribunal es más preocupante aún porque no es, siquiera consistente. A Armando Ríos Piter lo trata con una vara distinta, concediéndole un tiempo adicional para limpiar su muy sucio expediente.

José Woldenberg, quien bien entiende de estos temas sin caer jamás en estridencias, describe la resolución de los cuatro como una “vergüenza”. Lo es y constituye además un signo verdaderamente ominoso para el proceso electoral. Si la última voz en el supremo tribunal electoral recae en estos cuatro jueces no hay razones para tener confianza. No tenemos una institución técnicamente solvente, no contamos con un verdadero jurado imparcial que aporte tranquilidad institucional a la contienda.

La escandalosa imposición del tramposo es parte de un gravísimo proceso de corrupción institucional. Las instituciones de la democracia han terminado por convertirse en órganos de facción y de capricho. Durante años hemos abonado la tierra para el brote del populismo. Si su discurso antiliberal tiene sentido hoy es porque el relato que expone es una descripción elocuente de la deformación oligárquica. Si la economía marchara bien, si ofreciera futuro, si repartiera razonablemente cargas y beneficios, no habría caudillo que encendiera la mecha del cambio radical. Si en el mundo político se activaran eficazmente los controles, si las plataformas tradicionales ventilaran proyectos alternativos, si las instituciones de la imparcialidad fueran efectivamente plataformas de la neutralidad no prendería la mecha de la refundación.

Para defender la democracia liberal deberíamos empezar por la denuncia de su extravío. Bajo los rituales de la competencia se configuró una coalición oligárquica, un régimen político al servicio de unos cuantos. Las instituciones diseñadas para la neutralidad terminaron siendo secuestradas para sujetar las riendas del poder. El problema no nace con el populista que denuncia sino en la democracia que se desfigura.

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09, Abr 2018

No te calles, chachalaca

Vicente Fox apoya ahora al candidato del PRI pero sirve, sin duda, a Andrés Manuel López Obrador. Que el expresidente insista en intervenir en el debate electoral es una gran contribución a la causa del tabasqueño. Cada uno de los insultos que dirige al candidato puntero, cada tontería mal escrita que suelta en tuiter, cada anticipo apocalíptico contribuye a la campaña del candidato de Morena. La casa de campaña de Morena debe celebrar cada participación del expresidente porque sus invectivas embonan a la perfección con el relato del lopezobradorismo. Un presidente panista que hoy apoya al PRI pero que, en cualquier momento, podría apoyar al Frente, se lanza obsesivamente contra el candidato de Morena. Fox condensa el prejuicio, el clasismo y la ignorancia. Por favor, no te calles, chachalaca, deben decir hoy los lopezobradoristas. Sigue hablando, sigue tuiteando, sigue soltando la lengua. Recuérdale al país quiénes son nuestros enemigos y qué dicen para enfrentarnos. Que te inviten a la tele, que te entrevisten en la radio, por favor. Habla con soltura y lánzate contra Lopitos y su “perrada”, lánzate de nuevo contra sus huestes de “léperos.” Así llama el expresidente al candidato puntero y así describe a sus seguidores: léperos.

El desafortunado retorno del guanajuatense podría servir para pensar en la carga del pasado inmediato. Esta elección no es solamente un juicio al gobierno de Peña Nieto sino, en buena medida, un juicio a la alternancia. Una elección que servirá para evaluar la política de los últimos 18 años y la economía de los últimos 30. Un voto sobre el desempeño de la democracia realmente existente y no solamente sobre el gobierno actual. Puede decirse que en el gobierno de Fox se incubó la inconformidad que hoy condensa en el movimiento lopezobradorista. Hace 18 años Vicente Fox ganó la Presidencia de la República y Andrés Manuel López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Representantes de los dos costados de la nueva política, tenían el deber de entenderse. De cooperar el uno con el otro, de oponerse el uno al otro usando las reglas del juego democrático. Se declararon muy pronto la guerra y provocaron la mayor tensión política de la historia reciente del país.

Vicente Fox es el símbolo de la vieja transición. El hombre que llegó a la presidencia a través de la competencia electoral, rompiendo la tradición del poder heredado traicionó la democracia prolongando la vida del corporativismo, cerrando los ojos a los agravios del pasado, negociando la aplicación de la ley, despreciando el valor de las instituciones representativas. Si era deber del primer gobierno de la alternancia el prestigiar la democracia como un régimen de pluralismo eficaz y prudente, Vicente Fox fracasó rotundamente. Debía completar la legitimación de ese sistema de equilibrios pero trabajó para su desprestigio. Al final de su gobierno se empeñó en bloquear, por todos los medios posibles, a su adversario. ¡Cuánta esperanza ahogada en el gobierno de Fox! ¡Qué oportunidad histórica tirada a la basura! Fox representa la ilusión y la decepción democrática; la ingenuidad que acompañó su nacimiento y el cinismo de su final. Creer primero que todo es posible gracias a la democracia para llegar a la conclusión después de que la democracia lo obstaculiza todo. La vieja transición se limitó a abrir el acceso al poder pero no se planteó con seriedad su reorganización. Hace 18 años el panista ganó la presidencia de la república con un mandato claro. Nunca tuvo la menor idea de qué hacer con la encomienda. Se propuso derrotar al PRI, “sacarlo a patadas de Los Pinos”. Su desgracia y, sobre todo la nuestra, fue que lo logró. Después de su triunfo no tuvo nada que ofrecerle al país.

López Obrador quiere ser el símbolo de una nueva y más profunda transición. Una que no solamente signifique mudanza de partidos sino un cambio en la manera en que se ejerce el poder. Una que no sea solamente una transición política sino, sobre todo, económica. Si el radicalismo de su denuncia seduce a grandes franjas del electorado es porque los encargados de cuidar las instituciones democráticas traicionaron la encomienda desde el primer minuto. Es por eso que la reaparición de Vicente Fox es uno de los regalos más preciados que pudo haber recibido el tabasqueño.

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02, Abr 2018

Anaya y su iFax

Parecía una broma para desprestigiar al Frente. Parecía absurdo el rumor de que Ricardo Anaya iniciaría su campaña por la presidencia de México desde Santa Fe, uno de los mejores símbolos de la contrahechura de nuestra “modernidad”. Santa Fe: una ciudad que desprecia a la ciudad, una pequeña república cuyo único ciudadano es el automóvil. Una urbanización que es un exilio de México. Un pueblo tan avanzado que decidió prescindir de las banquetas y que consideró irrelevante el transporte público. Veo en Santa Fe al símbolo de todo lo que no debe ser México pero, al parecer, para Ricardo Anaya es emblema de lo moderno porque desde ahí lanzó formalmente su campaña. Quiso enfatizar futuro y pensó en Santa Fe… Lo hizo con algo que presumió, no como un acto político, sino como un hackatón. La palabrita al parecer nombra a un festival de programadores, diseñadores y técnicos en el mundo informático que colaboran intensamente durante unos días para desarrollar software. Un encierro de ingenieros que se apresta a darle solución a los problemas del mundo.

No es absurdo que el candidato del Frente apueste por el contraste con el candidato puntero y que lo haga para enfatizar juventud, frescura, innovación. Pero está muy lejos de enlazar la promesa tecnológica con la circunstancia mexicana. ¿A quién le habla el candidato del Frente? A decir verdad, no parece muy atractivo que se nos invite a ser mirones de un hackatón. Por supuesto, se nos dirá que la convocatoria se abre a todos, que todos tenemos algo que aportar pero es evidente el sesgo elitista que hay en la pretendida vanguardia tecnológica. La modernidad que abraza el más joven de los candidatos vendrá de la mano de los expertos. Como estrategia de campaña es desastrosa por antipática pero como idea de futuro es insustancial, si no es que aberrante. La promesa es simplemente frívola: a gobernar con apps, parece invitarnos el candidato de ese menjurje de izquierdas y derechas. Se trata, por supuesto, de meter a la cárcel al presidente y a su gabinete pero, sobre todo, de diseñar el software que acabará con la corrupción, la app que nos dará seguridad y de encontrar el algoritmo de la prosperidad.

El evangelio tecnológico de Anaya carece de raíz cívica. Los mensajes de Anaya no tocan ninguna fibra, no mueven ninguna emoción porque no conectan con el país. Su teatro quiere ser un espectáculo fresco de charlas inspiradoras y vanguardistas pero es show para muy pocos. El genio retórico de un político está en la capacidad de enlazar experiencias, mundos, lenguajes inconexos. Comunicarse con muchos auditorios y a cada uno decirle algo que importe. Anaya carece de ese talento porque habla de los suyos y para los suyos. Es un orador elocuente y ordenado, con notable fluidez de palabra pero sin esa sensibilidad que se requiere para trasmitir una idea de futuro común. Su show puede funcionar en un auditorio empresarial o en algún foro universitario. Fuera de ahí no dice nada.

Anaya, un hombre con dotes innegables para la política de la intriga, no tiene experiencia de gobierno y carece de una visión propiamente nacional. Quien conspira con la pericia con la que lo ha hecho Anaya se encierra en los laberintos de la pequeña política y confunde su corte con el universo mismo. No es extraño que, habituado al hormiguero, sea incapaz de ocupar la plaza pública. Que los promotores de la desastrosa presidencia de Vicente Fox sean ahora sus colaboradores principales nos habla del absurdo de considerarlo una apuesta imaginativa. ¿Alguien cree que Santiago Creel merece una segunda oportunidad después de lo que hizo en la Secretaría de Gobernación de la primera administración panista? ¿Alguien confía en que Miguel Ángel Mancera puede refrescar la política mexicana después de su gestión en la capital? ¿Podemos imaginar a los burócratas que hundieron al PRD como arquitectos de un nuevo régimen político?

El modelo que sigue Ricardo Anaya no es el del estadista que transforma reglas e instituciones y que logra, desde ahí, cambiar la realidad, sino el del empresario de fama y éxito que reinventa juguetes. Así quisiera ser visto: como el Steve Jobs de la política mexicana. Un detalle lo distingue del visionario de la tecnología: Anaya no vende ningún producto atractivo y la política que nos ofrece no puede promoverse como innovación. Si acaso, Anaya nos ofrece un ifax: un nombre nuevo y pretencioso para un producto viejo e inservible. Eso sí: con buena envoltura.

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19, Mar 2018

La libertad del diablo

No podemos verles el rostro. Todos los personajes que aparecen en la cinta tienen cubierta la cabeza con una malla tosca por la que apenas se asoman los ojos, la nariz y la boca. Sus testimonios—revulsivos y conmovedores—forman uno de los más terribles retratos del México de la barbarie. Son sicarios y víctimas en un coro de pánico y culpa, de odios y compasión. Un mosaico del desamparo. Los recuerdos son pesadillas, las heridas incurables. Las máscaras que resguardan la identidad de los personajes son iguales para todos. Torturadores y madres de desaparecidos, niñas y militares, asesinos y torturados, verdugos y huérfanos cubiertos por la misma máscara. Un perverso equilibrio alterna los testimonios del horror. El uniforme del pasamontañas proyecta un mensaje escalofriante: en el país sin ley todos estamos atrapados en la misma red. Todos somos nadie. La mujer que acude a la policía para denunciar el robo de sus hijos no es escuchada por nadie. Un niño es convertido en instrumento de muerte. Si encuentra de pronto sentido a su vida es porque se descubre capaz de negarla a otros. Un militar teme ser usado como carne cañón por su superior y decide brincar a la otra orilla. El sicario advierte que su trabajo es no sentir.

Hablo de La libertad del diablo, el documental de Everardo González que se estrenó recientemente en los cines comerciales. La cinta en la que también participó Diego Enrique Osorno como guionista expone la profundidad de nuestra deshumanización. Hemos arrancado la raíz de la empatía, hemos decidido ignorar el dolor de los otros, hemos cerrado los ojos a la barbarie que nos circunda. Nos hemos empeñado en cambiar de conversación. En una de las primeras escenas de la película, uno de los personajes recuerda el horror de un espectáculo infernal. “Veo gente enloquecida, chispas de locura, de barbarie total… no puedo pensar en esas personas como mis iguales, en esas condiciones, en esos momentos; no puedo sentir una hermandad con ellos. Y sin embargo, seguimos siendo de la misma especie.” La pantalla permanece oscura. Al clarear, en el desierto, un cuerpo abandonado con las manos atadas y una bolsa sobre la cabeza.

Las máscaras que se usan en la película se parecen a las protecciones que usan los quemados. Aquí son usadas también para proteger a los entrevistados. Preservada su identidad, pueden hablar con libertad, sin temer represalias. Puede decirse que en la narración encubierta hay una dimensión terapéutica: desde un resguardo seguro, entrar en contacto con los recuerdos más terribles con la esperanza de liberarse de esa emoción que atrapa. Alguno de ellos se atreve por primera vez a narrar el infierno que sufrió siendo torturado. A nadie había podido contárselo. Solo ahora, sin cara, pudo permitirse el recuerdo. La máscaras también tienen una dimensión teatral. Sirven, sin duda, de lupa. Los ojos lo son todo. Ahí está la tristeza, el rencor, la depravación. Hay miradas que se clavan en la cámara y otras que no resisten su atención. Hay ojos que miran al entrevistador y huyen, otros que no sueltan el hilo. Permeables, las máscaras ocultan los gestos pero registran el paso de las lágrimas.

No todos los enmascarados hablan. Hay una mujer tendida en la cama que no dice nada. Un par de militares trepados en un jeep, un joven que se asoma por un balcón. No hablan y su silencio subraya el drama de la película. En el México de la barbarie no parece haber más que una alternativa: sufrir violencia o ejercerla. Esa mujer que vemos por unos instantes con el rostro cubierto, ¿es cómplice o víctima? ¿Qué destino le depara a ese niño con el rostro oculto? ¿Crecerá para convertirse en un secuestrador? ¿Sufrirá un secuestro? Llama la atención que, en La libertad del diablo, víctimas y victimarios compartan envoltura y que ocupen, en la cinta, el mismo espacio. Podría alguien cuestionar la decisión de equipararlos, de sugerir una simetría entre el sufrimiento y la bestialidad. Sin embargo, es precisamente ahí donde reside el atrevimiento de la tesis: en el México sin ley, todos estamos atrapados en una telaraña de crueldad. Arañas o moscas. Nuestra barbarie es una hermandad en la desolación.

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12, Mar 2018

De escaleras y barrotes

La escalera atrapa. Un político es preso de sus peldaños. El instrumento que utiliza para trepar determina, más que el punto de su ascenso, la naturaleza de su mando. El ambicioso se envanece, por supuesto, con la fantasía de la libertad. Está convencido de que la escalera es solamente un instrumento. Al llegar a la cima podrá tirarla. ¿Qué importa cómo se asciende si al final del día se llega a la cima? El político se convence de que, una vez que llegue al poder, decidirá con libertad, con anchísima autonomía. Si hoy se ve forzado a pactar es porque es necesario para subir pero está seguro de que, una vez en la cúspide, hará lo que quiera. Lo correcto, naturalmente. No se da cuenta de que la ruta lo atrapa. Que la vía de ascenso configura los retos, las ventajas, las cargas del poder. Dime cómo subes y te diré cómo resbalarás. No es casualidad que la primera pregunta que planteó Maquiavelo para pensar el poder haya sido precisamente esa: ¿cómo se adquiere el principado? ¿Lo has heredado o quieres conquistarlo? ¿Te llega por casualidad o te has dedicado a ganarlo? ¿Has hecho pacto con los poderosos para hacerte del reino o te has aliado a los débiles? El florentino sabía que la forma de llegar al poder sellaba su ejercicio. Heredar el reino no era lo mismo que arrebatarlo; seguir las reglas para ascender no era lo mismo que romperlas. En la batalla que se elige para conquistar el poder se esculpe el poder que podrá ejercerse. Y ahí mismo se trazarán sus limitaciones.

Quiero decir que el camino al poder no es inocente. Que los medios someten a los fines. ¿Podría hablarse en estos días de una maldición del poder? Sí: el modo de tu ascenso será tu perdición. Aquello que te enorgullece hoy te arruinará mañana. Si un político está dispuesto a aliarse con la escoria, se someterá, tarde o temprano a ella. Si destroza las reglas, tendrá que enfrentar la consecuencia de su temeridad. Si las acata disciplinadamente, quedará atrapado en la red. Si ha destruido a un partido, que no cuente con él… Nadie tiene derecho a invocar inocencia: eres lo que haces; cargas lo que has hecho.

El Frente por México (así creo que se llama esta semana) es uno de los acontecimientos de la temporada. Una verdadera sorpresa o, si se quiere, una hazaña. Nunca creí que esa izquierda y esa derecha pudieran reconciliarse para formar una opción electoral. Fueron nuestros extremos: los herederos de Gómez Morin y de Lázaro Cárdenas. El PAN, el PRD y otro partido que acostumbra cambiar de nombre postulando a un mismo candidato con la noble intención de salvarnos del PRI y de López Obrador. A decir verdad, no es claro qué quieren. Nadie sabe lo que proponen porque no van más allá de la vacuidad del “cambio de régimen” pero es claro cuáles son los polos de su enemistad. La candidatura de esa alianza se habrá moldeado en incontables cenas, cafecitos, conversaciones, comidas, juatsaps, brindis, desayunos, conferencias. Por supuesto, para definir la candidatura no eran necesarios los votos, ni las asambleas, ni las convenciones, ni las encuestas, ni los debates. Tres votos bastaban. ¿Para qué entorpecer con democracia la epopeya de un cambio de régimen?

Si hablamos hoy de amenazas a la democracia, podríamos empezar por la amenaza que representa el “Frente”. Aniquilar al PAN, como lo hizo Ricardo Anaya es abrirle el paso al caudillismo que viene. Nada nos hace tan vulnerables al autoritarismo como la desaparición de ese partido. Si algo podía cuidarnos del populismo autoritario era la presencia de una formación política con ideas y reglas. Anaya destruyó a Acción Nacional para hacerse de la candidatura presidencial. Por eso no puede contar hoy con un partido al que ha liquidado. Hábil como fue para negociar con sus adversarios, no fue capaz de aceptar la disidencia dentro de su partido, no supo dialogar con la crítica interna, no toleró la discrepancia en su partido. Arrinconó a los críticos, los condujo al precipicio y los invitó al salto. Nadie puede sorprenderse: si algo obstaculiza el crecimiento del Frente es precisamente el éxito de Anaya en su partido. Su victoria, es decir, su imposición, obstruye el crecimiento de la alianza. Sus enemigos más temibles eran, hace unos meses, aliados. La escalera de su ambición ya lo castiga. Los escalones que usó son sus barrotes.

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05, Mar 2018

Sus instituciones

En uno de los momentos más tensos de nuestra guerra civil fría, el candidato del PRD desconoció la resolución del tribunal electoral que confirmaba su derrota. Era el primer día de septiembre del 2006. Rechazando aquel fallo, Andrés Manuel López Obrador convocaba a la resistencia y gritaba: “Que se vayan al diablo con sus instituciones.” Subrayo el adjetivo posesivo. Lo que mandaba al infierno eran las instituciones de los otros. Sus instituciones. Las tres letras importan porque reflejan la convicción de López Obrador de que las instituciones democráticas no son, en realidad, un patrimonio compartido sino una herramienta que controla una minoría para su propio beneficio.

Esa denuncia de la ajenidad es el centro de su crítica política. Carecemos de instituciones comunes. Las que se presentan como instituciones públicas son, en realidad, instituciones secuestradas. No merecen confianza porque actúan para proteger a sus ocupantes y solamente a ellos. Lo que el discurso de López Obrador pone en duda es el ámbito de la neutralidad que es, ni más ni menos, el sustento del orden liberal. Para la existencia de una democracia liberal que merezca ese título es indispensable contar con instancias de la imparcialidad: reglas que permitan el juego de las alternativas, procedimientos que garanticen la vigencia de los derechos, árbitros que no lleven puesta la camiseta de uno de los equipos. ¿Es injusta, infundada, absurda la denuncia de nuestras instituciones torcidas? No lo es. Nadie a estas alturas puede desconocer el mérito de esa crítica de López Obrador al funcionamiento de la democracia mexicana. No hemos construido plataformas de la neutralidad; no hemos cuidado las que algún día tuvimos.

Es absurdo desconocer el valor de la crítica populista a las democracias liberales realmente existentes. Las parcialidades son evidentes en muchos de los ámbitos en que debería reinar la neutralidad. Es fundada y casi diría irrebatible esa denuncia: las principales instituciones políticas no han funcionado como instituciones comunes sino como armas de unos contra otros. Órganos que deberían estar por encima del juego de los partidos se someten a ellos. Entidades regulatorias son secuestradas por las empresas reguladas. Fiscalías que deberían separarse del gobierno le hacen el trabajo sucio. Órganos que deberían reclutar a técnicos intachables se tiznan con la política de las camarillas.

Estoy convencido de que la receta que propone el populismo para remediar esta perversión terminaría agravando la enfermedad pero no dudo en reconocer el valor del diagnóstico. Nuestro régimen político es tan débil como sus neutralidades. Pocas instituciones han ganado el calificativo de estatales. Instrumentos del gobierno en turno; agencias de los grupos de interés, bocados del corporativismo, obsequios a los privilegiados para el cuidado de sus ventajas. La captura de las instituciones ha corrompido, desde la raíz, el pluralismo. Por eso, lejos de abandonar el ideal de la imparcialidad bajo el espejismo de lo auténticamente popular, habría que insistir en la necesidad de tonificar las instituciones del equilibrio.

La intervención de la Procuraduría en la contienda electoral confirma que estamos ante instituciones de ellos. No puede ser una institución común la que entierra pruebas y olvida acusaciones contra los aliados del presidente mientras se lanza a una campaña para desprestigiar a sus opositores. No es la primera vez que el gobierno putinesco de Peña Nieto usa a los órganos del Estado para intimidar a sus contrarios.

Cuando Mario Vargas Llosa advierte que una victoria de Andrés Manuel López Obrador significaría un retroceso democrático imagina una playa hermosísima a punto de ser invadida por los bárbaros. El novelista cierra los ojos al retroceso que han provocado los gobiernos de la alternancia. Han sido los gobiernos de Fox, de Calderón y de Peña Nieto los que han pervertido las instituciones democráticas poniéndolas al servicio de sus intereses. Si la crítica populista tiene fundamento es precisamente por ellos. Cuando era tiempo de cimentar las imparcialidades se empeñaron en revivir el corporativismo, en pervertir los órganos regulatorios, en negociar el cumplimiento de la ley, en debilitar a los árbitros y en emplear la ley para combatir a sus enemigos.

La profundidad de nuestra crisis exige decir lo elemental: las instituciones del Estado, si quieren serlo, han de ser de todos.

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26, Feb 2018

Tecnología de la corrupción

La corrupción huele. Apesta. Ataca a la nariz, no a la vista. Es una advertencia de que estamos ante lo podrido. La carne se descompone, se pudren las tripas. La corrupción es la confusión de lo que debía vivir separado: el músculo y el hueso, el gusano y la piel. La corrupción es una promiscua revoltura de lo público y lo privado; de la ambición y del deber. Suele por eso vincularse a una cordialidad que escapa de los requisitos de la ley. Frente a la impersonalidad de la norma, la intimidad de la mordida. Por eso pensamos en la corrupción como una astucia perversa, una habilidad para evadir el deber. Valdría pensar ahora que la corrupción se ha convertido en tecnología. Conocimiento frío e impersonal que logra desentrañar los vericuetos de la norma para desactivar sus exigencias. Una pericia para cumplir la ley… y violarla.

Hemos cambiado mil leyes para permanecer en el mismo lugar. Hemos puesto mil barreras para que el abuso permanezca intacto. Podríamos sentirnos orgullosos de lo que dicen las leyes si la realidad nos fuera indiferente. A pesar de las tantas reglas, los muchos órganos y los enredados procedimientos, México sigue empeorando. Lo ha logrado porque ha desarrollado una compleja tecnología de la corrupción. No es picardía ni astucia, es estrategia, método, técnica. Ha sido exitosa: seguimos bajando en la escalera de la corrupción. El estudio de Transparencia Internacional que ha sido difundido recientemente nos da una cachetada con datos. Mientras otros suben, nosotros bajamos. De 180 países que son medidos, estamos en el lugar 135. De 100 puntos posibles, nosotros alcanzamos 29. ¡No llegamos siquiera a 3 de 10! Por supuesto, en este índice estamos en la cola de los miembros de la OCDE, en la cola de los países del G20, en la cola de los miembros de la Alianza del Pacífico. Pero no solamente en esa comparación ocupamos los peores lugares. Estamos muy por debajo de países con niveles de desarrollo similares al nuestro. En una región que no se destaca por un estricto régimen de derecho, apenas estamos por arriba de cuatro países: Guatemala, Nicaragua, Haití y Venezuela.

A nadie, supongo, habrá sorprendido el reporte de Transparencia Internacional. Pocos asuntos generan tanto consenso como la percepción de que la trampa avanza, de que el poder público se emplea para beneficiar a quienes lo ocupan, que no hay piso parejo. El voto del 2018 será, antes que cualquier otra cosa, un voto sobre la corrupción. Una forma de protesta frente al soborno, la connivencia y el latrocinio. La publicación del Índice de Percepción de Corrupción 2017 ha coincidido con las revisiones de la Auditoría Superior de la Federación que se difundieron recientemente. Las auditorías muestran la coronación de una tecnología, una compleja trama que permite cumplir ciertas reglas para evadir los controles de la propia ley. La corrupción juega al billar. Hay que activar un complejo de instituciones y organismos para recibir los jugos de dinero público y escapar los controles de las reglas. No se trata ya de embucharse inmediatamente los recursos. Hay que pasearlos primero para luego recibir los beneficios. Fraude a la ley:  violar el espíritu de la ley siendo (casi) escrupuloso con su cumplimiento.

Como bien dicen Marco Fernández y Noemí Herrera en un artículo publicado en animalpolitico, las nuevas revelaciones retratan los avances y los pendientes del sistema anticorrupción. Por una parte, la Auditoría Superior de la Federación ha podido aprovechar sus nuevas facultades para conocer y revelar los movimientos de las empresas que disfrazan el abuso. Al mismo tiempo, seguimos desarmados porque la Fiscalía General de la Nación no termina de nacer, porque carecemos de un fiscal anticorrupción y porque siguen pendientes cambios jurídicos fundamentales. La perspectiva es preocupante: conocer de las maquinaciones y las trampas y contemplar la impunidad.

Y también recuerdo lo que dijo Raúl Cervantes, al renunciar a la Procuraduría General de la República: “La PGR ha concluido las investigaciones sobre uno de los mayores esquemas de corrupción internacional que en América Latina y en México se hayan visto. El complejo esquema para corromper funcionarios, obtener contratos públicos de manera indebida y luego tratar de esconder el dinero mal habido en paraísos fiscales, puso a prueba nuestra determinación y a nuestras instituciones. (…) En los siguientes días se harán las imputaciones correspondientes ante el poder judicial federal.’’ Eso fue el 16 de octubre del año pasado. Todavía no pasa nada.

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19, Feb 2018

(1988 – 2018)

Nuestro sistema de partidos nació en 1988. Está muriendo. Ya no existe ese arreglo que estructuraba la competencia a través de tres opciones ideológicamente distinguibles. Tres organizaciones con ambición presidencial que delineaban ofertas relativamente coherentes. En el centro estaba un partido ideológicamente amorfo y a sus flancos, un centroderecha y una centroizquierda. Sus emblemas eran señales que ayudaban a orientarnos. Podíamos anticipar la posición del PAN en materia internacional o económica; era conocida la actitud del PRI frente a los sindicatos; se podían prever las críticas del PRD al modelo económico. Brújulas para ubicarse en el caos de la política. El elector progresista tenía una opción, quien temía el riesgo, la suya.

Ese sistema de partidos ha quedado deshecho. Las tres opciones han dejado de ser mapa. Las coaliciones que tenemos en la mesa no son alternativas coherentes que puedan, el día de mañana, estructurar el diálogo en el Congreso y entre los poderes. Habrá quien celebre, por supuesto, la muerte del sistema partidista. Bien merecida extinción, dirán. Pocas cosas tan desprestigiadas como ese arreglo. Entiendo la antipatía pero no puedo unirme al festejo porque lo que lo ha sustituido no es anticipo de un acomodo estable y productivo que ofrezca norte y eficacia al pluralismo, que permita la aplicación de castigos y que facilite la representación de nuestra diversidad. Si algo puede proteger los contrapesos es precisamente un régimen institucionalizado de partidos. Su disolución no es buen vaticinio.

El primer ingrediente del deceso es la crisis histórica del PRI. Todo indica que el partido del gobierno se perfila al peor desastre electoral de su vida. La opción de la continuidad parece indefendible. Las encuestas empiezan a perfilar con claridad la elección como una batalla por el tipo de cambio y dejan fuera la alternativa de la reelección. Pero la debacle que se respira va más allá de la contienda presidencial. La gran alarma para el PRI está en las regiones. Fue ahí donde se mantuvo la hegemonía priista a pesar de la derrota presidencial y es ahí donde puede ser borrado en los próximos meses. Los priistas no pueden ser optimistas prácticamente en ninguna contienda estatal. La sacudida política que viene puede ser, por ello, la más profunda en la historia del PRI.

La conformación del Frente altera sin duda los referentes tradicionales. Que PAN y PRD caminen juntos rompe las coordenadas habituales. El Frente da respiración artificial a un partido prácticamente irrelevante que arregla sus diferencias a golpes; rompe la tradición institucional del PAN y destruye su identidad. Independientemente de la suerte del candidato presidencial, la alianza ha causado un daño profundísimo al partido del centro derecha. Aquello que constituía su gran orgullo terminó en el bote de basura. Nada queda de ese partido abierto al debate, celoso de sus procedimientos y apegado a sus reglas. La candidatura de Ricardo Anaya ha sido terriblemente costosa para Acción Nacional. Así lo advierten los estudios de opinión. El abuso ha roto la cohesión de ese partido. La salida de Margarita Zavala y de tantos otros líderes y personajes del PAN no son asuntos triviales: amenazan la candidatura de Anaya y la viabilidad misma del partido.

Morena ha renunciado a los contornos. Morena ya no es un partido de izquierda sino una cazuela que quiere recogerlo todo. El único punto de unión, por supuesto, López Obrador. Si vemos sus candidaturas, ¿qué partido es? Como una nueva versión del PRI, Morena le ha abierto la puerta a todos. Ahí están los líderes del sindicalismo más corrupto y los panistas más conservadores. Ahí están los evangélicos y los jacobinos. Ahí podrán encontrarse admiradores de Kim Jung Un con los aduladores de Enrique Peña Nieto. ¿Alguien puede negar que los extremos a los que ha llegado este pragmatismo son inquietantes? ¿Alguien niega la afrenta que estas candidaturas significan para los defensores de una opción de izquierda?

Habrá que empezar a pensar el país después de julio. Sospecho que tendremos partidos más débiles, más incoherentes… y tan sucios como los de ahora.

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12, Feb 2018

Crítica y soberbia moral

Aprecio que Andrés Manuel López Obrador haya ofrecido disculpas por los comentarios que hizo recientemente. Es un gesto poco frecuente y, en lo que me toca, lo agradezco. Al mismo tiempo, confieso que me parece un tanto desconcertante porque no siento que me haya ofendido por la calificación de mis ideas ni por el juicio que emitió sobre mis posiciones públicas o mi condición fifí. No encuentro en ninguna de esas lanzas, razón para la ofensa. El desacuerdo no es intolerancia. No es intolerante repudiar las aberrantes expresiones racistas y misóginas del presidente del PRI. El vocabulario trumpiano de Enrique Ochoa es inaceptable y es rasgo de salud que haya despertado una condena generalizada. Tampoco creo que haga daño el aderezo de la burla. La polémica es rasposa y bien nos caería aceptar pimienta en las controversias. Debo agregar que, en el México de la barbarie, es una frivolidad decir que la crítica a un crítico ponga en peligro la libertad. Lo que amenaza la libertad de expresión en México son las balas, no los tuits.

La reacción de López Obrador es otra cosa: el autorretrato de un caudillo que imagina en toda discrepancia una conspiración; una buena muestra de su convicción de que el cuestionamiento anida en la perversión moral de esos críticos que están al servicio de la mafiadelpoder. Solamente secuaces de los mafiosos podrían dudar de su proyecto. López Obrador sigue convencido de ser la encarnación del bien. En eso no parece haber cambiado. Si los relojes han de ajustar sus manecillas con el reloj de Greenwich, nuestra brújula moral ha de sintonizarse al proverbial dedito de López Obrador. En su juicio está la fuente del bien y ahí radica igualmente la condena. Vale decir que es un dedo caprichoso. Lejos de ser un fierro en la piedra, su juicio moral se acomoda al viento. Hace unos meses, Andrés Manuel López Obrador describía al Partido Encuentro Social como un órgano al servicio del régimen. Advertía que era moralmente inaceptable una alianza con ese partido. Lo decía enfáticamente: “Por congruencia, es mi punto de vista, no podemos marchar junto con esos partidos, me refiero, para ser preciso al PRI, PAN, PRD, Verde, Movimiento Ciudadano, Encuentro Social y Nueva Alianza.” Encuentro Social formaba parte de la mafia. Remataba así: “el fin no justifica los medios. No es ganar a toda costa, sin escrúpulos morales de ninguna índole. Vamos a triunfar en 2018 anclados en nuestros principios. Sin caer en la promiscuidad política.”

Se conoce el desenlace. Poco tiempo después, López Obrador abrazaba al PES para constituir una alianza que describió como un “acuerdo espiritual”. ¿Es una insolencia hablar del oportunismo de un candidato que vira de este modo? ¿Es una crítica infundada? La decisión, por supuesto, podría defenderse en términos estratégicos pero habría que hacerse cargo de los costos. Pedro Salmerón ha ofrecido paralelos históricos en defensa del acuerdo. Gibrán Ramírez Reyes ha evocado a Maquiavelo para justificar una alianza que reconoce pragmática. Ninguno de ellos se atrevería a decir que se trata de un pacto espiritual para el bienestar del alma, como declaró el candidato de Morena. Ahí está el núcleo de mi cuestionamiento. Desde su soberbia moral, López Obrador no puede reconocer las implicaciones políticas y éticas de su decisión. No se puede entrar al mercado pretendiendo conservar el púlpito. Quien ha ungido a Cuauhtémoc Blanco no puede pretender ser nuestro Mahatma Gandhi. No se puede pactar con los extremos del antiliberalismo en México y seguir diciendo que uno es un liberal puro e intransigente. No se puede promover inocentemente a los enemigos del Estado laico.

Habrá siempre una controversia sobre el sentido y pertinencia del liberalismo. Tal vez sea más claro el cuerpo de su contrario. Antiliberales son quienes rechazan la diversidad ética, convencidos de que la propia es la única perspectiva moral del mundo. Antiliberales son los enemigos del Estado laico y los admiradores del totalitarismo. Antiliberales son los dogmáticos que creen haber desentrañado el libreto de la historia y la mecánica de la sociedad. Antiliberales son quienes creen escuchar y trasmitir la Voz Irrefutable, sea la de un dios, una clase o el Pueblo. Antiliberales son quienes creen que los derechos dependen de los votos. Antiliberal, quien cree que la discrepancia es un vicio moral.

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29, Ene 2018

Una campaña sin oponentes

El caudillo lo ha anunciado ya: Cuauhtémoc Blanco será el candidato de Morena a la gubernatura de Morelos. Esa carrera que comenzó como el negocito de un futbolista en retiro, una mala broma que reflejaba la podredumbre de los partidos bananeros puede coronarse con la gubernatura de un estado complejo que, desde hace años, ha sido azotado por la violencia. No es improbable que el partido que dice encarnar la moral pública lleve a este fantoche a la máxima responsabilidad del estado. No se ve en ese partido quien se manifieste abiertamente contra la aberración. Si López Obrador le ha dado la bienvenida no hay más que abrir los brazos y desearle suerte. Tal vez haya en Morena quien critique la decisión pero lo hará en voz muy baja, repitiendo que la alianza con los esperpentos vale la pena para lograr el objetivo final. No hay quien se movilice activamente para impedir la entrega de la candidatura a un personaje tan grotesco. Si la patria es primero, vale promover pillos si traen votos.

En Morena el dueño define quién entra y qué candidatura se le entrega como coctel de bienvenida. La senadora Gabriela Cuevas, en uno de los despliegues más cínicos de oportunismo de los últimos años, ya tiene asegurada una diputación. La consiguió a bajo precio. Le ofreció lealtad al líder y ya tiene una curul en la bolsa. Está empezando a leer el libro de López Obrador y le está súper encantando. Se entrevistó con él y quedó maravillada con su alegría. ¿Qué importa que toda su carrera haya tenido una conducta pública radicalmente contraria a las propuestas de su nuevo guía? ¿Qué más da que haya respaldado las reformas que, a juicio de ese paladín de la reconciliación, son traición a la patria? No importa lo que haya hecho hace una década. Lo verdaderamente relevante es lo que ha hecho en su responsabilidad actual, como senadora, y la ostensible contradicción con la plataforma de su nuevo padrino. ¿Está de acuerdo Cuevas con la posición de Morena en relación a la reforma energética? ¿Después de haber visto esa alegrísima luz, ha llegado a la conclusión de que la reforma educativa fue un error? ¿Ha tenido un momento de claridad y se ha percatado de que todo lo que ha defendido públicamente en su carrera pública es un error? Nadie niega a otro el derecho a reconsiderar, a cambiar de ideas, a recomponer sus lealtades. Lo que resulta indispensable para la salud del debate cívico es la razonada justificación de la conducta pública. Cuando el escenario político se llena de oportunismos tan cínicos, la democracia pierde sentido como contienda de opciones distinguibles y alternativas respetables.

La contradicción de su programa no es menos grave que la de sus alianzas. El proyecto alternativo de nación que presentó en noviembre pasado es un documento indigno de un partido político nacional. Mal escrito, carente de unidad, repleto de faltas de ortografía, incapaz de definir un sentido de prioridad. Nadie puede ver en este pastiche el fundamento de un gobierno serio. No hay ahí, ciertamente, un programa radical pero se trata de un documento vergonzoso, en el que se ha colado, incluso, el plagio. Dudo que el candidato López Obrador haya leído el farragoso documento no solamente porque es intragable sino porque él mismo suele apartarse de lo que ahí se propone. Tedioso como es, el plan no aclara lo elemental: si el candidato ha propuesto echar abajo las llamadas “reformas estructurales”, ¿cómo lo piensa hacer y qué pretende poner en su lugar? Si es seria la propuesta de convocar una consulta sobre la vigencia de esas reformas, los redactores del plan no la consideraron digna de atención. Así, uno de los asuntos centrales para el futuro de México permanece como incógnita en el programa del candidato puntero.

Si no hay debate dentro de Morena, tampoco parece haber debate con Morena. Los adversarios de López Obrador lo promueven con su silencio. Tiene razón Roberto Gil cuando advierte la pasividad de los antagonistas. Mientras un candidato desfila por el país cantando tonterías y el otro se debate entre llamar a la conciliación o acusar a sus críticos de torturadores, el candidato de Morena, disfruta una campaña sin oponentes. Se está divirtiendo.

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22, Ene 2018

La tecnocracia en cueros

El pleito del gobierno de Chihuahua y el gobierno federal importa hoy, sobre todo, porque es el golpe más certero que se le ha dado a la autoridad tecnocrática. Es cierto que la controversia se describe explícitamente como una batalla contra la corrupción. Lo es y ese es un mérito innegable de la denuncia del gobernador Corral. También es valiosa su denuncia del estropicio federal. Los gobiernos locales siguen dependiendo de los caprichos del centro. El gobierno federal puede abrir o cerrar la llave de los recursos sin rendirle cuentas a nadie. Pero tengo la impresión de que la importancia de este conflicto va más allá de esas dos órbitas. Se trata de una estocada a la pretendida superioridad de los técnicos. La configuración de la contienda electoral hace explosiva esta exhibición. El traje de sabiduría y de imparcialidad de los técnicos es invisible. Los tecnócratas caminan en cueros.

La autoridad de los técnicos se fundamenta en una supuesta superioridad racional. Siguen las órdenes de la ciencia sin imprimir en sus decisiones el sello de la voluntad. Se presentan ante nosotros como siervos de una técnica. No lo quiero yo, lo ordena la ciencia. Los expertos que saben reclaman para sí el poder de decisión porque entienden todo lo que nosotros ignoramos. Con diplomas visten su autoridad. Se disfrazan con palabras esmeradamente incomprensibles. Su fantasía es vivir en una cápsula que los mantenga a salvo de las malignas presiones políticas. De ahí la hostilidad que todo tecnócrata siente por la democracia. El conflicto es infundado: no hay más que aceptar el dictado frío de la razón económica. Los votos han de servir, si acaso, para poner y quitar gobiernos pero nunca para definir políticas. Las movilizaciones, los gritos de protestas, las exigencias colectivas son para el técnico expresiones de una furia que ha de ser contenida por una estricta racionalidad.

Quienes carecen de esas luces son incapaces de aquilatar las consecuencias de sus deseos. Hemos vivido durante décadas ese paternalismo de los expertos que se basa, no solamente en un supuesto monopolio de la inteligencia sino también en una pretendida imparcialidad. Si los tecnócratas exigen el acatamiento de su dictado no es solamente porque se presentan como expertos, sino sobre todo, porque se ostentan como agentes de neutralidad. Se han convencido de que la ideología es ajena a su oficio. Que no hay prejuicios que nublen su comprensión del mundo. No hay ciencia de derecha ni de izquierda, dicen. Hay ciencia y hay farsa. Y la ciencia es, naturalmente, la suya. Por ello nos quieren convencer que sus decisiones son asépticas, que no hay en ella mancha alguna de politiquería.

Esa es la neutralidad que ha reventado en Chihuahua. Se trata, ni más ni menos, que de la carta de legitimidad del grupo político que pretende reelección. Ese título de autoridad ha estallado con las denuncias del gobernador Corral. Más allá de las complejidades del caso, más allá de las estridencias, histrionismos y torpezas de la polémica, hay cosas que parecen innegables: la inaceptable discrecionalidad en el uso de los recursos federales, el empleo arbitrario de los fondos públicos, su utilización para premiar aliados y castigar adversarios. Leonardo Núñez González se ha dedicado a mostrar cómo el gobierno hace lo que le da la gana con nuestro dinero. ¿Y dónde quedó la bolita? (Aguilar, 2017) es el libro que contiene la radiografía de la simulación presupuestaria. La lectura del libro es francamente inquietante y se ha vuelto hoy más urgente que nunca. El pluralismo político, lejos de alentar una estricta vigilancia de los recursos públicos e imprimir racionalidad a su distribución, ha estimulado una simulación grotesca. Tras el disfraz de la imparcialidad de los técnicos apenas se esconde el uso político de los recursos públicos. Ofrezco solamente un par de números. En el último año del gobernador Duarte, Chihuahua recibió 1,562 millones de pesos del llamado Ramo 23, cuya distribución no sigue regla alguna. Era, no es casual, año de elecciones. Un periodo después, ya sin gobernador priista el mismo estado recibió 62 millones de pesos. Absurdo pensar que hay una razón técnica detrás del castigo.

Los tecnócratas que pretendieron elevarse por encima de las parcialidades de la política son hoy otra cara de la politiquería.

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15, Ene 2018

La candidatura atada

El candidato del PRI es ya dueño de su campaña. Es responsable del equipo que lo acompaña, del mensaje que proyecta, de las respuestas que ofrece. Al ser designado se presentó insistentemente como el ciudadano apartidista al que respaldaba un partido en busca de renovación. Quiso convencernos de que el PRI era el único partido que se abría a “los ciudadanos” y que con su postulación daba muestras de cambio. El argumento era insostenible desde el principio. La nominación de José Antonio Meade no fue otra cosa que la reafirmación del poder absoluto que el presidente ejerce sobre su partido. Si se eliminaron las antiguas restricciones fue para dejar el camino abierto al dedo presidencial. El antidemocrático ritual priista resultó irrelevante pues ninguno de los partidos pudo ofrecer contraste. Ni siquiera el PAN, que había sido una organización ejemplarmente abierta a la competencia interior, se atrevió a ventilar sus opciones.

La gran ventaja de Meade era curiosamente que pocos electores lo conocían. Con una larga trayectoria en el sector financiero y en distintas oficinas de la administración, había permanecido lejos del escenario propiamente político. Precisamente por eso podía presentarse ante el país, darse a conocer a los millones de electores que no reconocían su apellido ni su rostro. Es mucho lo que tiene todavía que hacer el candidato para ser conocido pero ya ha deshecho la carta “ciudadana” que en un principio blandió como su bandera distintiva. Es imposible distinguir su discurso del discurso del priismo tradicional; es imposible advertir acentos propios en su lenguaje, estilos diferentes. Ha roto incluso con la línea de la tecnocracia priista en la que era perceptible un acento crítico a la tradición de su partido. La falta de credencial priista ha hecho del candidato aún más dependiente de sus complicidades. Por eso, más que dirigir al PRI hacia el cambio, más que proponerle una ruta distinta, ha sucumbido a él. En uno de sus primeros actos públicos pidió que el priismo y, particularmente lo más arcaico de ese partido, lo “hiciera suyo.” Desistimiento del liderazgo: un candidato que lejos de sugerirse como catapulta de transformación, implora su propia absorción.

Un candidato necesitado de hacerse oír ha desperdiciado cada oportunidad que tiene un micrófono cerca. Nadie podría recordar una línea, una idea, una propuesta. Mientras nos dedicamos a reaccionar ante cualquier ocurrencia de López Obrador, somos incapaces de identificar una idea innovadora del candidato del PRI. Si no tiene buenos reflejos, tampoco tiene imaginación. No hay en sus palabras el bosquejo de un futuro deseable. Nos ha dicho que le ilusiona que México sea una potencia pero ese propósito ve a México desde fuera. Pensar a un país como una potencia es delinear alguna superioridad frente a otros países. Nada dice esa fórmula de lo que es el país para sí mismo. Ha dicho también que hay que recortar la distancia entre el México real y el México que soñamos. Pero, ¿con qué país sueña él? Con ninguno que resulte seductor.

A la defensiva desde el primer momento, el candidato priista no oculta reflejos abiertamente autoritarios. A la denuncia del gobernador de Chihuahua respondió con infundios y acusaciones grotescas. Quien denuncia la corrupción priista es, en realidad, un delincuente, un torturador. Para Meade el primer gobernador de la historia reciente que miente es quien ha emprendido una campaña contra la corrupción priista. A animalpolitico, un prestigiado medio de comunicación, un espacio informativo al que el país debe mucho en los últimos años, el candidato del PRI amenazó abiertamente, por medio de su vocero, con una denuncia ante los jueces.

La malhadada campaña de Meade nos deja, quizá, una lección inmediata. Lejos de lo que se cree normalmente, el servicio público es mala escuela de la política. Es, por lo menos, una escuela insuficiente. Lo veía con claridad Max Weber en su ensayo sobre la responsabilidad política. Si la democracia era valiosa era, sobre todo, porque podía mantener a raya el poder de los burócratas.

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08, Ene 2018

Cállate y teje

En buen momento se han publicado las dos conferencias de Mary Beard sobre la voz pública de las mujeres. La estudiosa del mundo clásico ha reunido dos charlas en un elocuente manifiesto (Women & Power, Liveright Publishing Corporation, 2017). Con su fresca erudición rastrea el origen y los alcances de nuestra misoginia. En La Odisea hay un pasaje que captura nítidamente la cancelación de la voz femenina. En el primer libro, Penélope desciende de su habitación para encontrar una multitud de pretendientes. Un hombre canta a la tristeza de la guerra y ella le pide, frente a todos, que cante algo más alegre. Telémaco, su hijo, interviene para callar a su madre. “Vete a tu habitación y dedícate a lo tuyo, al telar y a la rueca. Ordena que las esclavas de ocupen de lo propio. La palabra es cosa de hombres, de todos, pero aquí es sobre todo mía, porque es mío el poder de este palacio.” Un adolescente calla a su madre. Ella cumple la orden y en silencio se retira. Mary Beard se detiene en la expresión que usa Telémaco para silenciar a su madre. Al decir que la palabra es asunto masculino emplea el término muthos. Lo que describe el término es un tipo de expresión pública cargada de autoridad. Un discurso sobre los asuntos comunes que merece ser escuchado por otros. Al tapar la boca de su madre, Telémaco cancela la voz pública de las mujeres. Si ellas pueden hilar oraciones ha de ser para la vida íntima, para la familia. Podrán pronunciar palabras para arrullar a un niño, podrán hablar para enamorar a un hombre, podrán chismear pero nunca intervenir en el ágora.

La propia historiadora ha contado que pasó muchas veces por el pasaje del muchacho callando groseramente a su madre, sin reparar en el significado de esa intervención. Más de veinte años leyendo el libro si percatarse del simbolismo de esa terrible orden. Al preparar sus cursos, releía La Odisea sin hacer pausa en el fragmento. Para ella misma la anulación había sido imperceptible. Finalmente se detuvo en el episodio y se dio cuenta de que se trataba, ni más ni menos que de un momento fundacional para Occidente. Es en esa pieza seminal de nuestra literatura que se declara como masculino el discurso público y se decreta el silencio de la mitad del género humano. Ahí mismo se define como un deber del hombre el cuidar que las mujeres no invadan esa esfera. Para ser hombre, callar a la mujer.

La primera conferencia de Mary Beard fue traducida en 2014 por Letras libres. Ahí puede conocerse la fantasía de un orador romano que en el segundo siglo después de Cristo llamaba a sus oyentes a imaginar una epidemia que sojuzgara de pronto a todo un pueblo. Los hombres y aun los niños súbitamente perderían el vigor de la voz y hablarían como mujeres. Ingobernable sería esa ciudad de timbre agudo. ¿Habría plaga más terrible que esa?, preguntaba a sus oyentes. Sin duda correrían todos los hombres a buscar el auxilio de los dioses y estarían dispuestos a cualquier sacrificio con tal de recuperar el tono de su voz. No bromeaba, concluye Beard. Su alegoría repetía el temor que provoca la otra voz. No son escasos los testimonios de la literatura clásica que asocian la autoridad con la gravedad de la voz masculina. Durante milenios hemos cultivado en nuestro oído una perversa sensibilidad: escuchar el rugido del león como portador de sabiduría y valor. Descartar la voz aguda como timbre de cobardía, demencia, fragilidad. Llevamos un par de milenios, sugiere Beard, escuchando en la voz de las mujeres una frecuencia peligrosa para la salud del Estado. Una voz que no merece oído.

En su acercamiento al mundo clásico, Mary Beard no ha prestado atención particular a la condición de la mujer. Difícilmente podría decirse que es una historiadora feminista. Más que el enfoque de género, lo que ha caracterizado su lectura de la historia es la condición de los comunes: ¿qué hacía reír a los romanos?, ¿quienes colocaban las sillas y llevaban los refrescos al circo? ¿cuáles eran los hábitos de higiene en Pompeya? Al intervenir en la conversación pública a través de los medios, fue percatándose de la violencia con la que eran recibidas sus reflexiones. Sus críticos no argumentaban discrepancias sino daban rienda suelta al prejuicio y al odio. Al burlarse de su apariencia, al amenazarla de la manera más grotesca, le gritan como Telémaco a su madre: cállate la boca y dedícate a tejer. Ella no ha cerrado la boca. Lejos de tomar el estambre, habla, argumenta, discute y exhibe sus odiadores. Sugiere, además, que la mujer debe rehusarse a impostar la voz para transformar la idea misma del poder. Si la mujer ha sido excluida del poder, le corresponde, más que conquistarlo, rehacerlo.

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