Lunes

30, Dic 2019

Nueces del 2019

Cuenta Ben Rhodes, amigo y asesor de Barack Obama que el día que dejaron la Casa Blanca, una pregunta rondaba el ambiente: “¿Y si nos equivocamos?” El presidente de la serenidad entregaba el poder a un patán. Esa es, dicen Stephen Holmes y Ivan Krastev en su nuevo libro, la pregunta necesaria. No “¿qué salió mal?,” o “¿quién se equivocó”? La pregunta honesta es esa: “¿”qué tal que hayamos sido nosotros quienes nos equivocamos?” Ahí está la base de la autocrítica liberal que sigue buscando respuesta.

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La rabia corre como lava en las calles, los payasos ganan elecciones, las instituciones son tapones, el voto se cuenta pero cuenta poco. Es el fin de la normalidad, dice con el tino de lo simple, Michiko Kukatani, crítica literaria del New York Times. Lo inimaginable se ha vuelto rutina. Tiempos de desconfianza y de mentira, de furias y de hogueras.

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Jaron Lanier, un músico y científico al que la revista Wired considera uno de los veinticinco personajes cruciales en el mundo de la tecnología, publicó un decálogo pertinente: diez razones para desconectarte de las redes sociales. Las redes se han convertido, a su juicio, en una adicción que cancela el juicio propio, debilita la verdad, incendia desacuerdos, destruye el sentido de empatía e imposibilita la política. Malditas, no benditas redes.

Al presidente de la Suprema Corte de Justicia le convendría, tal vez, atender la recomendación. Seguramente el político de la toga respondería que asume el riesgo del tuiteo en aras de la transparencia. No se equivoca: su cuenta de tuiter lo exhibe transparentemente como un escudero del gobierno, más que como un árbitro digno e imparcial. Así ha salido en defensa de la Secretaria de la Función Pública para expedirle un certificado de honorabilidad. Tal vez la funcionaria es, como dice él “una mujer íntegra y honesta,” pero, ¿le corresponde a un juez expedir esos diplomas a sus amigos? Peor aún, en la controversia internacional reciente, el ministro Zaldívar brincó para defender al presidente. ¿Alguien podría imaginar a un juez del máximo tribunal de los Estados Unidos declarar su apoyo al presidente en una controversia diplomática? Lo señaló puntualmente José Manuel Vivanco, director de Human Rights Watch: hay controversias que exigen, de los jueces, silencio.

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“Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y al fin, el hombre se ve constreñido por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.”

Carlos Marx y Federico Engels firmaron esto hace 171 años.

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Del diálogo entre Aristóteles y un populista en Cómo perder un país. Los siete pasos de la democracia a la dictadura de la escritora turca Ece Temelkuran

Aristóteles: Todos los seres humanos son mortales.
Populista: Ese es un argumento totalitario e insensible.
Aristóteles: ¿No crees que todos los humanos son mortales?
Populista: ¿Me estás llamando ignorante? No seré un filósofo como tú, pero el pueblo vive la realidad en carne y hueso.
Aristóteles: Eso es irrelevante para lo que estamos discutiendo.
Populista: Será irrelevante para ti porque tú y los tuyos han gobernado este país y nos consideran prescindibles. La verdad no está en los papiros de la élite.
Aristóteles: Permíteme continuar: todos los seres humanos son mortales. Sócrates es humano…
Populista: Tengo que interrumpirte. Gracias a nuestro líder sabemos quién es ese Sócrates. Ya no nos pueden engañar. Sócrates es un fascista. Estamos hartos de las mentiras.
Aristóteles: Estás rechazando el fundamento de la lógica.
Populista. Respeto tus creencias.
Aristóteles. Esto no es una creencia. Es lógica.
Populista. Respeto tu lógica, pero tú no respetas la mía. Ese es el problema en la Grecia de hoy.

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23, Dic 2019

La trampa del clericalismo

Una senadora de Morena ha presentado una iniciativa que pretende terminar con los principios básicos del Estado laico. La propuesta invita a los predicadores a las instituciones públicas. Se pretende poner fin a la separación. De manera enfática, el presidente se ha distanciado de la propuesta. Es bueno saber que no es una iniciativa presidencial y que no cuenta con su apoyo. Sin embargo, no creo que sea posible rehuir la responsabilidad que tiene el presidente en la confusión que ha servido de fermento a la propuesta. A decir verdad, la legisladora no hace más que poner en norma lo que el presidente predica cotidianamente. Al él debemos la utilización del discurso religioso en la deliberación democrática, la convocatoria a los predicadores en eventos gubernamentales, el uso político de un relato abiertamente piadoso. Usar la fe, agitar los símbolos religiosos, aliarse con pastores para promover causas políticas. Lo que en Vicente Fox era una frivolidad, en López Obrador es una convicción sellada en el mismísimo nombre de su partido.

La Biblia ha vuelto a ser plataforma de legitimación del poder. López Obrador la invoca constantemente como si ese libro fuera, para México, esa plataforma común que solamente puede ser la Constitución. El presidente habla de los pecados y pide respetar los “mandamientos,” como si todos los mexicanos debiéramos creer en el sentido de aquéllos y en obligatoriedad de éstos. La religión marca toda la acción política de López Obrador. Desde la política social a la que describe como muy cristiana y hasta la política exterior, cuyo miramiento al gobierno del Trump se basa en la certeza de que Estados Unidos es una nación cristiana y, por lo tanto, muy buena y confiable. Si la fuente de sus convicciones personales es cristiana, el dirigente de una república secular tiene el deber de traducir esa persuasión al lenguaje cívico. Al Estado no le compete la lucha contra el pecado, ni la aplicación de un texto que algunos consideren sagrado. Pero la presidencia no solamente corroe al Estado laico con la religiosidad de su discurso. También lo vulnera con su práctica. La prédica de redención del gobierno, esa matraca del “bienestar del alma” que agita todos los días encuentra en los grupos religiosos a un aliado. Por eso cree aceptable trazar colaboración con ellos. El presidente está convencido de que la “ayuda” de las iglesias debe ser bienvenida porque contribuye a la promoción de valores. Irrelevante le parece que esas agrupaciones devocionales sean irradiaciones de misoginia y homofobia, que sean promotores de las supersticiones más absurdas, que respalden los hábitos más arcaicos. Son aliados de su proyecto y por lo tanto reciben el apoyo de su gobierno. Lo han reconocido así los propios beneficiarios de este nuevo clericalismo. Arturo Farela, el presidente de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas, un personaje a quien bien podríamos considerar como el pastor del régimen, celebra la colaboración con el gobierno porque permite su expansión. Gracias a su labor como promotores de la Cartilla moral, tendrán, como reconoce quien se declara consejero espiritual del presidente, la “oportunidad maravillosa” de instruir la “palabra de Dios.”

El antijuarismo del nuevo gobierno es innegable. Nada más contrario al ánimo de aquel liberalismo que las peroratas de los predicadores en los eventos oficiales. Podrá ponerse el rostro de Juárez en los telones de la propaganda oficial, podrá citársele mil veces y no se borrará la mancha: las tribunas, los recursos y las estructuras del poder público bajo este gobierno se han puesto al servicio de organizaciones religiosas.

El ataque al estado laico se funda en una confusión capital. Creer que laicidad se reduce a la libertad religiosa. El estado laico no es aquel que permite la diversidad religiosa, el que abre espacio para diversas creencias Esa es la trampa del nuevo clericalismo: promover como causa de la libertad lo que es, en realidad, una traición al Estado laico. El Estado laico es un orden que rechaza activamente la fundamentación religiosa del poder. Por eso ha de fundarse exclusivamente en el lenguaje y el simbolismo civil. No está en peligro la libertad religiosa, pero el discurso, las alianzas y las decisiones del presidente sí ponen en riesgo al Estado laico.

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16, Dic 2019

Destinos esposados

Ninguna decisión ha marcado al México contemporáneo como la declaratoria de aquella guerra. No fue, como se nos presentó entonces, una “guerra de necesidad.” Fue una guerra de elección. A ciegas, Felipe Calderón optó por la guerra. Nadie niega el desafío que se presentaba entonces. Nadie puede negar que el efecto de la intervención gubernamental fue empeorar las cosas. Los grupos criminales se multiplicaron, se propagaron las zonas de violencia. Más crimen, más violencia, más sangre, más corrupción, más miedo. No digo que el presidente sea culpable de las atrocidades. Sostengo que debe considerársele responsable de su expansión. A él y a su política se debe, en buena medida, nuestro descenso a la barbarie. El presidente carecía de un diagnóstico y de una estrategia. Se vistió de olivo, pero no sabía quién era el enemigo, ni cuáles eran los recursos con que contaba. Confió en que su arrojo era una justificación moral suficiente. Era un alarde de bravura, no la resolución serena de un hombre de Estado. Si no hubiera tenido más que piedras y palos, con eso habría luchado contra los criminales, dijo en una confrontación memorable. El presidente Calderón olvidaba entonces lo que había desatendido desde el principio: al hombre de poder ha de evaluarse por lo que provoca, no por lo que desea. Por la consecuencia de sus actos y de sus omisiones, no por la entereza de su determinación.

La captura en Estados Unidos del cerebro de esa política nos ayuda a recordar el origen de una tragedia que sigue enlutándonos. Nos permite aquilatar una dimensión particularmente perversa de ese periodo: su teatralidad. La guerra contra el narcotráfico fue, en efecto, una guerra para la televisión. Una guerra para ser representada antes que para ser ganada. Una cacería de trofeos para la exhibición. Jorge Volpi lo registró admirablemente en Una novela criminal. El caso de Florence Cassez que el novelista aborda detenidamente es el episodio más visible del abuso y de la irracionalidad que caracterizaron esa ruinosa política. Genero García Luna, el ingeniero que se convertiría en la joya policiaca del panismo, sentía tanto desprecio por la ley como fascinación por las cámaras. “Ellos saben que el bien vence al mal”, era la frase con la que Televisa promovía la telenovela que servía de propaganda gubernamental. Un melodrama que pintaba a García Luna y a los suyos como héroes entregados a la causa del orden.

Al preferido de Fox y Calderón le tenía sin cuidado ese detalle del debido proceso. Lo importante era salir a cuadro. El montaje televisivo de la captura de Florence Cassez es, quizá, la más grotesca escenificación de esa política: la ley entregada a la lógica del espectáculo. Su carácter novelesco proviene de su inverosimilitud: una captura ilegal, tortura a los presos y luego… el montaje de una escena que sería trasmitida en vivo por televisión, respetando, por supuesto, el sagrado espacio de los deportes. Fue al productor de tal aberración a quien Felipe Calderón invitó para dirigir la política crucial de su gobierno. Ya había confesado su participación en esa farsa y el panista lo incorporó a su gabinete. En él confió siempre y por él estuvo dispuesto a pagar altísimos costos políticos y diplomáticos, ignorando las muchas pistas y denuncias de sus abusos. No solamente lo protegió: se le entregó políticamente. No es por eso injusto ligar el la suerte de Calderón con la de García Luna. Destinos esposados.

La fiscalía de Nueva York acusa a quien fuera Secretario de Seguridad Pública de haber estado en la nómina de los criminales. Habrá que escuchar, por supuesto, su defensa y estar atentos a las bases de la acusación. De lo que no parece haber controversia es de la fortuna que formó mientras era servidor público. Tan grave sería la ignorancia del último presidente panista como su conocimiento de las transferencias que hicieron multimillonario al policía. En un país con la mínima salud cívica, las andanzas del secretario preso serían razón suficiente para sepultar de manera definitiva las ambiciones de Felipe Calderón, quien hoy encabeza la segunda apuesta del personalismo. Lamentablemente, en estos tiempos desquiciados, todo es posible. Y ante el vacío de las oposiciones, el caciquismo de derecha que encarna Calderón, respira.

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09, Dic 2019

De equilibrios y capacidades

La mejor candidata no logró los votos necesarios para llegar a la Corte. Hasta donde eso es posible, puede decirse que objetivamente lo era. Para reconocerlo basta leer el discurso que Ana Laura Magaloni pronunció ante el Senado. No es un texto para desechar después del desenlace. Es un documento nutrido de reflexiones y de experiencias. Es el razonamiento de una académica rigurosa que no se ha quedado en el salón de clase, ni escribe para sus colegas. Se trata de un diagnóstico severo de nuestro aparato de justicia, una toma de posición, un programa de trabajo. Ahí se identifican con claridad los desafíos que tenemos en frente y se apuntan estrategias razonables. Parte de la inmensa responsabilidad que surge del vuelco del 2018. El respaldo al cambio abre posibilidades infrecuentes. Tiene razón: mucho podría hacerse… si se intentara bien. Dos tareas se proponía la candidata a la Corte: abrir las puertas de la justicia a los excluidos y asegurar los necesarios equilibrios. Las dos tareas de la ley, vistas con admirable claridad. Asentar el orden en la paz de las reglas y no en la intimidación de los violentos. Cuidar que los poderes, por legítimos, populares o fuertes que sean se mantengan dentro del espacio trazado por la constitución.

El proceso constitucional nos obliga a la maleducada necesidad de comparar. Es mala idea designar ministros tras la presentación de una terna, pero nos conduce inevitablemente al cotejo: experiencias, posiciones públicas, programa, coherencia de las candidatas quedan expuestas para ser confrontadas. Lo que podemos saber de la ministra designada es preocupante. A diferencia del empaque del discurso de Magaloni, el mensaje de la favorecida fue una colección de lugares comunes; un texto superficial y vago envuelto en una esponjosa demagogia. Nada en su carrera profesional indica que ha caminado algún trayecto hacia el tribunal constitucional. Más aún, su brevísimo contacto con el servicio público parte de una mancha bochornosa. Para cumplir con el capricho de su nombramiento, la ley fue cambiada en su beneficio. La nueva ministra subió al peldaño previo a la Corte con una norma hecha a su medida. Beneficiaria de leyes tratadas como herramientas del poder, no como límites al poder. Poco confiable resulta también una ministra que oculta sus nexos con el Padrino de esta administración. Abogada al servicio de ese monumento al conflicto de interés llamado Alfonso Romo, Margarita Ríos Fajart tuvo a bien ocultar en sus papeles públicos sus vínculos profesionales con el empresario regiomontano que despacha a un milímetro del presidente. Y lo más grave, su sentido de misión institucional. Dijo en el Senado la hoy ministra que el país está en un proceso de transformación y que los mexicanos estamos buscando recuperar nuestros valores nacionales. Yo quiero ser parte de ese esfuerzo, dijo. Ninguna palabra sobre el deber del tribunal de controlar el poder. Deseo de unirse a la “transformación”.

Dije hace unas semanas que el presidente López Obrador daba muestras de reconocer la autoridad de la Suprema Corte. Debo corregir lo dicho. Si es cierto que ha detenido su vieja hostilidad a la Corte, es porque empieza a verla ya como suya. La afabilidad no parece señal de respeto, sino de conquista.

El proceso reciente en el Senado no solamente es ominoso por lo que representa para los equilibrios del poder, también es una señal del desprecio por la preparación y por la experiencia. Cuando el presidente nos advierte que, para sus nombramientos, lo que verdaderamente importa es la honestidad y que lo demás es irrelevante, pretende beatificar la ineptitud. Ahí está el segundo golpe político de López Obrador. El primero es la anulación de los contrapesos y las autonomías, la colonización de los ámbitos de neutralidad. El segundo es la destrucción de la capacidad administrativa del gobierno. En agosto dijo que con un 1% de capacidad en sus colaboradores bastaba. Lo importante era asegurar que, en ellos, el 99% fuera honestidad. No entiendo muy bien cómo se corta ese pastel de porcientos, pero la concepción es terrorífica. ¿Están reñidas una y otra? ¿Es honesto el incapaz que se hace cargo de lo que desconoce? ¿Es honesto nombrarlo para una tarea para la que no está preparado?

Como lo vemos en sus alianzas, en sus nombramientos y en sus favoritos lo que le importa en realidad al presidente no es la honestidad, sino la lealtad. Y así damos paso a una política desbocada y inepta.

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02, Dic 2019

A un año

El presidente vuelve a encontrar fecha para celebrarse. Sin recato alguno, el gobierno federal se entrega al alto propósito de enaltecer al caudillo. Secretarios y directores convocan a sus subordinados al homenaje que el presidente se tributa a sí mismo. Por supuesto, cuando el presidente se festeja, en realidad celebra a los héroes cuyas lecciones han desembocado en su anatomía y al pueblo que, en su sabiduría infinita, lo sigue. El caudillo es desinteresado y generoso. No es siquiera dueño ya de sí mismo porque desde hace un año se entregó como regalo a México.

La fiesta recuerda que apenas ha transcurrido un año de su presidencia. Uno diría que ha pasado una década porque no es fácil encontrar una intensidad como la de estos meses. Hay, sin duda, un afán de rehacerlo todo y de empezar, decididamente, por deshacerlo casi todo. Es claro lo que se derruye y muy confuso lo que se edifica. Si atendemos a los tablones de objetividad, el año ha sido malo. Malo para la seguridad y malo para la economía. Hay mayor violencia, más muerte, más miedo. El estancamiento económico es inocultable. Y frente a la contundencia de los reveses, la reacción presidencial ha sido la cerrazón y la soberbia. Él tiene información más valiosa que la que ofrecen las mediciones técnicas; él confía en su estrategia, aunque todo indique que urge una revisión profunda.

En un año se han provocado daños serios en los equilibrios democráticos y en el profesionalismo de la administración. No es exagerado decir que hemos perdido contrapesos y que tenemos una administración de peor calidad. Los electores conformaron, es cierto, una presidencia fuerte. Pero la desaparición de las oposiciones, el empeño por destruir las autonomías y el desprecio de toda capacidad técnica nos hace enormemente vulnerables al capricho y la arbitrariedad. Estos meses han sido catastróficos para los precarios equilibrios que se habían ido construyendo. Los órganos autónomos, definidos desde el primer momento como enemigos del pueblo auténtico, han sido estrangulados presupuestalmente, hostigados a diario en las soflamas presidenciales y capturados con nombramientos indignos, cuando no abiertamente ilegales. No idealizo a esas cápsulas institucionales. Su captura fue frecuente, sus excesos ostensibles. Era ocasión para refundar su independencia y procurar su dignificación. Lo que se ha hecho es todo lo contrario: someterlos y vejarlos. Subordinar todo principio administrativo a la política militante.

Pero la denuncia debe estar acompañada con una reflexión sobre el sentido de este año. La política de López Obrador tiene raíz y tiene causa. Es reflejo del brutal desprestigio de la alternancia y encarna una innegable contemporaneidad. Aunque su horizonte sea nostálgico, hay en su comunicación y en sus reflejos; en su fe y en sus recelos, mucho presente. López Obrador es por eso un dirigente con el reloj a tiempo. No lo celebro porque no me agrada el mundo de Donald Trump, ni el de Viktor Orbán, ni el del Brexit. Y a ese mundo, a ese tiempo pertenece el presidente López Obrador: a la retórica de la enemistad de Trump, a la política antiliberal del primer ministro húngaro y a la demagogia de los brexiteros.

La política de López Obrador empata con el desprestigio de los técnicos y la profusión de la mentira, con el fin del sueño global y la melancolía de las identidades. Sintoniza, sin duda, con el nuevo imperio emocional. Hay algo que, ante todo, me parece que debe reconocerse. López Obrador ha puesto en práctica, con enorme habilidad, una política de reconocimiento. Tomo esa expresión que el filósofo Charles Taylor empleó para hablar del multiculturalismo. Me parece pertinente para señalar la seducción del llamado lopezobradorista. La política es también eso: el derecho a ser visto. Es ahí donde la intervención de López Obrador resulta más poderosa y más profunda. Ve lo que muchos decidieron ignorar. No puede entenderse el imán de su liderazgo sin registrar la hondura del orden oligárquico que hizo de la mayoría algo invisible o despreciable. A eso se enfrenta simbólicamente López Obrador. Si en algo se ha empeñado durante este primer año de gobierno es precisamente eso: reconocer al país negado.

La austeridad será social y económicamente ruinosa. Pero la escenificación de la proximidad es el elemento crucial de su política. La política de reconocimiento carece de estrategia más allá de lo simbólico y no tiene más enviado que el presidente. Si en gesto queda la política, ahí se cultivará también el desencanto.

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25, Nov 2019

Desconfiar de lo pensado

Es necesario desconfiar de lo pensado. Nos tienta la facilidad de la reiteración. La vanidad de pensar que habíamos visto toda la película desde la primera escena. O, más bien, desde su anuncio. Creer que nada nos sorprende, que todo camina de acuerdo a lo anticipado. No importa si la reiteración proviene de los ilusionados o de los que gritan la llegada de la tiranía. El hermetismo es el mismo: incapacidad para modular el halago o el reproche. ¡Está naciendo la democracia auténtica!, suspiran unos. Todo lo que había antes era una farsa. ¡Ha muerto la democracia!, gritan los otros. Se asienta entre nosotros una dictadura feroz. Ninguno aprecia las continuidades, ninguno registra la contradicción. No hay, a su juicio sorpresas. Todo avanza de acuerdo al plan. Ambos sienten la urgencia de una definición, no solamente tajante, sino también vehemente. Exaltación y hermetismo son, por ello, las marcas del debate que no podemos tener sobre nuestra circunstancia. Haberlo descifrado todo ya y solamente esforzarse por gritarlo más fuerte. Ya se los he dicho mil veces, pero no lo he dicho con el ardor necesario: galopamos dichosos a la felicidad o nos precipitamos al abismo.

Nos hemos convertido en marionetas del belicismo presidencial. Sirviendo a los antojos del señor de palacio, hemos llegado a la conclusión de que no hay que perder el tiempo entendiendo lo que pasa: hay que afiliarse. Estar de un lado o de otro. Y demostrar constante, obsesivamente que se está en el campo correcto de la historia. Si en algún lugar se muestra la eficacia del poder presidencial es ahí, en el imaginario del presente. Se nos ha convencido de que hace un año comenzó una nueva era de la historia mexicana y que lo más importante es afirmar una identidad frente a ese giro. Discrepo del megalómano, de sus aduladores y de sus malquerientes: no estamos ante el cuarto tiempo de la patria. Las continuidades son innegables y las sorpresas cuentan.

Me confieso incapaz de pintar el primer año de gobierno de López Obrador con un solo color. Lo encuentro cruzado por la contradicción y, a pesar de su conocida terquedad, dispuesto en ocasiones al viraje. Hay decisiones que me han sorprendido, y algunas para bien. He hablado mucho de su populismo de manual. He hablado también de su hermetismo ideológico, de la ceguera de sus fobias. Creo que es necesario registrar al mismo tiempo los bordes de esa persuasión. El populismo presidencial se aviene de pronto, en ciertos ámbitos, al recato institucional y sofoca el impulso de conflicto. A pesar de la intensidad de sus antipatías, hay órganos que ha respetado como presidente y mal haríamos si lo pasamos por alto. De lunes a domingo escuchamos agresiones e intimidaciones a los órganos autónomos. Pero no a todos. El presidente reconoce hasta el momento la autoridad de la Suprema Corte y del Banco de México, dos institutos cruciales para el país. No hemos visto aquí intento de colonización ni de sometimiento. Si el agravio a la comisión de derechos humanos o a tantas otras instituciones autónomas merece denuncia, también es necesario registrar los territorios del respeto.

El combustible del populista es el conflicto. En su entendimiento, la política muere en el consenso y se reaviva con antagonismo. Por eso asistimos diariamente a una misa de la enemistad. Una ceremonia no para dar la paz sino la guerra. ¿Quién recibirá esta mañana el honor de su insulto? Sólo una relación está para él, por fuera de este hábito: la relación con Estados Unidos. Con notable disciplina el presidente ha rehuido el conflicto con el norte. Puede decirse que su docilidad ha sido demasiado costosa. Que nos hemos convertido en el muro que Trump nunca soñó. Es cierto, pero lo que también debe resaltarse es que el presidente reconoce el peso de la vecindad. Por eso no juega al antiyanquismo y apuesta por la sobrevivencia nuestra zona económica. Estados Unidos representa el aplacamiento del belicista.

Tras un año de gobierno es necesario recordar las razones del vuelco del 2018 y lo necesario que era el castigo a quienes antes ejercieron el poder. No puede entenderse el presente si no imaginamos la sombra de la alternativa.

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18, Nov 2019

El poder impúdico

Los libros de actualidad comparten un tono apocalíptico. Si hacemos caso al anuncio que despliegan las portadas en las mesas de novedades, pensaremos que la democracia se extingue. No es para tanto, dice quien es, probablemente, el politólogo más brillante y más cuidadoso de nuestro tiempo. Un estudioso del máximo rigor que no ha dejado de hacer las preguntas pertinentes. Adam Przeworski, el académico de quien hablo, ha publicado recientemente un libro sobre las crisis de la democracia que sirve para evitar los juicios apresurados que tanto abundan. Para quien se toma la cuestión en serio no es fácil aquilatar el sentido de los desafíos contemporáneos. ¿Cómo entender los nuevos extremismos, el surgimiento del populismo de derecha y de izquierda, la destrucción de los partidos, el prestigio de los autócratas? Con la modestia del verdadero hombre de ciencia, el politólogo simplemente dice: “Algo está pasando.”

No está, en modo alguno, cantada la muerte de la democracia, pero sin lugar a dudas, las transformaciones en el ámbito de la economía, de la sociedad, de la comunicación alteran muy profundamente la mecánica pluralista. Las antiguas certezas se desmoronan. Más que esperar la súbita quiebra, habrá que estar alerta a la erosión. Lo vemos en todos los rincones. Una pasión de antagonismo desborda los cauces institucionales. Los órganos constitucionales se debilitan y se muestran ineptos para procesar las exigencias colectivas; el debate público se envenena con una retórica belicosa. El peligro, dice Przeworski es que “la democracia se deteriore gradual y subrepticiamente. Es el peligro de que quienes ejercen el poder intimiden a los medios hostiles y creen su propia maquinaria de propaganda; que politicen los órganos de la seguridad, que hostiguen a la oposición política, que usen el poder del Estado para beneficiar a los empresarios afines, que apliquen selectivamente la ley, que alienten conflictos internacionales para generar miedo y alterar las elecciones.”

En nombre de la democracia se pervierte la democracia. El argumento que muchos han hecho es que, incluso siguiendo sus procedimientos formales, podría socavarse el pluralismo. Por eso hasta el más voluntarioso de los autócratas busca cuidar las apariencias. Lo sorprendente entre nosotros es que ese cuidado se está perdiendo. El nombramiento de la titular de la comisión de derechos humano se desprendió del recato elemental. Pasó de manera grotesca por encima de la ley sin hacer el mínimo intento por cuidar las formas.

Apenas hay duda del fraude en el Senado. El abierto partidismo de la preferida no solamente hacía imprudente su nombramiento, lo hacía ilegal. Aún así, la mayoría impuso el capricho del caudillo sin tener siquiera los votos requeridos. La trampa se hizo y quedó al descubierto. Una ilegalidad encima de la otra para entregarle un obsequio al presidente. Y para hacer más ominoso el mensaje, la ofensa. A carcajada suelta, acompañado de dos de sus cómplices, el dirigente de Morena en el Senado, celebró el atropello.

Si a esa insolencia está dispuesta la mayoría de Morena, ¿qué nos espera? Si se van a reír de sus embustes, si se burlan de la razón y de la ley, ¿a dónde podrían llegar? Preocupa el destino del árbitro electoral. Cuando en una reunión reciente el politólogo del CIDE José Antonio Aguilar preguntó precisamente a Przeworski por el baluarte democrático que habría que defender por encima de cualquier otro, el académico polaco respondió de inmediato: el órgano electoral. Y pensando concretamente en México, precisó: el IFE. Con sus siglas anteriores recuerda al órgano electoral. Si le meten mano a ese árbitro, habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro democrático de México. Eso pretenden, al parecer, los diputados de Morena, quienes tienen ya, bajo la mira, al presidente del instituto electoral y pretenden removerlo de su cargo. Están dispuestos, al parecer, a cambiar la Constitución a fin de tener a un cercano en la presidencia del INE. Podría pensarse que, por absurda y gratuita, la iniciativa carecería de la mínima esperanza de realización. Pero el grotesco espectáculo del Senado es alarmante. Es la revelación de un poder impúdico. Y si la autocracia es algo es eso: un poder que no busca razones ni acata la ley.

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12, Nov 2019

El horror

El siglo XXI ha sido para México una transición a la barbarie. El estrangulamiento de los espacios de convivencia, una renuncia a la comprensión del otro. Y la violencia en el centro. No cualquier violencia. Una violencia horrenda, brutal, casi inconcebible. La crueldad se ha convertido en un espectáculo, en un rito, en un mensaje. Aquí se escribe con cadáveres. Esa es la siniestra caligrafía de nuestro tiempo. Los avisos aparecen en huesos dispersos y en cenizas; en cuerpos colgados, en muertos sin cabeza, en las sombras de los desaparecidos, en las fosas escondidas. La violencia es más que un instrumento. No se trata simplemente de eliminar al otro, se trata de convertir un cuerpo triturado en símbolo de un reino. Más que un rudo medio para lograr un fin, la violencia mexicana de este tiempo impone su locura como lógica. Lo atroz no se subordina a lo rentabilidad. Por eso no se avanza mucho si se piensa en la mecánica empresarial de los violentos que utilizan las armas para desarrollar un negocio. La violencia ha dejado de ser un medio para convertirse en la afirmación misma.

Vivimos en el país de la atrocidad cotidiana. Presente todo el tiempo, somos capaces de cerrar los ojos a ella y convertirla en ruido de fondo. Aquel tiroteo, ese hallazgo macabro, la “ejecución” de tal o cual personaje, pasa por nuestra cabeza y se aleja velozmente, como si creyéramos poder ahuyentar la presencia de la barbarie con alguna distracción. Pero, de repente, la atrocidad se hace más visible, más intimidante, más cercana o más escalofriante y no tenemos más remedio que mirarla de frente. En uno de esos asaltos de la barbarie, el poeta David Huerta describió a México como el país de los niños en llamas, el país de las mujeres martirizadas. El país de las fosas:

Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

El lamento se duele por la extinción de un país. La nación, si es el lugar de convivencia, ha de registrarse como una más de las víctimas de desaparición.

Imposible nombrar lo inconcebible. ¿Hay palabras para describir a quien acribilla niños? ¿Cómo nombrar el fuego sobre los más indefensos? En Dolerse. Textos desde un país herido (Sur + ediciones, 2011), un ensayo crucial de nuestro tiempo, Cristina Rivera Garza recupera la noción del “horrorismo” que emplea la feminista italiana Adriana Cavarero para describir los extremos de la violencia contemporánea. El horror va más allá del miedo. No es advertencia que alerta sino estupor que engarrota. “Más que vulnerables—una condición que compartimos todos como parte de la condición humana—desarmados. Más que frágiles, inermes.” Eso es lo que los mexicanos de este siglo hemos sido obligados a ver. Uno de los “espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo.” Un horror, advierte Rivera Garza, que nos recuerda las atrocidades de Armenia, Auschwitz o Kosovo. Tiene razón y no podemos dejar de preguntarnos si en este horror no se asoma nuestro holocausto.

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04, Nov 2019

La ceguera del conspiratista

En el reflejo ante la crisis se juega el destino de los gobiernos. Más que la coherencia del plan o la disciplina para ejecutar lo programado, importa el modo en que se encara lo imprevisto. Importa, sobre todo, la reacción ante lo indeseado. ¿De qué modo responde el gobernante al contratiempo? ¿Qué oídos presta a la información desfavorable? En ese reflejo se decide la posibilidad de enmienda o la obstinación en el error. Ahí se define, a fin de cuentas, el trato del político con la realidad.

No son alentadoras las señales. El presidente está curtido para la tenacidad, para la perseverancia, pero no tiene la ligereza para soltar sus preconcepciones, no tiene la agilidad para adaptarse a lo inesperado. Es entendible: así ha hecho política toda su vida. Pero las herramientas de ayer no sirven para la tarea de hoy. Solo puede terminar mal el gobierno que se niega reconocer existencia de lo que le disgusta. No pido autocrítica al gobierno. No es tarea de un gobierno el realizar la denuncia pública de sí mismo. De lo que hablo es de otra cosa, necesariamente discreta y políticamente crucial. Valentía para someter cotidianamente su prejuicio a prueba. Honestidad para recoger los fragmentos de realidad en donde quiera que se encuentren. Si de un enemigo viene ese aviso de verdad, habrá que aceptarlo con tanta o mayor disposición que si viene de un adepto. Pero lo que se aprecia en estos meses de gobierno es un hermetismo que pone en riesgo la comunicación con la realidad. No parece buena idea el responder cada crítica con la misma respuesta: vamos bien, tengo otros datos y estoy de buenas. Al descartar cualquier amonestación, el gobierno se fuga al confortable territorio de sus fantasías para escuchar la melodía de sus aduladores. De ellos, no de sus críticos, debería cuidarse el presidente.

El reflejo que se activa con toda naturalidad en el presidente es el de la conspiración. Lo vemos cotidianamente en sus intercambios con la prensa. Ante el más discreto asomo de cuestionamiento, la reacción es cuestionar la afiliación de quien pregunta y el impacto de la sospecha. Quiéranlo o no, quienes ofrecen una versión distinta de la presidencial, sirven a las peores causas. Son títeres de esas fuerzas del mal que han estado presentes a lo largo de la historia de México. Bajo esta lógica, hacer una pregunta es preparar el terreno para un golpe de estado. Como lo vio con admirable perspicacia Elias Canetti, la paranoia es la enfermedad del poder. Imaginar que el mundo entero conspira contra el redentor, estar convencido de que todos aquellos que no se unen con entusiasmo a la causa, son conjurados que pretenden destruirlo. Así actúa el presidente López Obrador. Así ha sido durante toda su vida pública. y no ha cambiado ni un milímetro durante su presidencia. Cuando alguien le formula una pregunta auténtica, escucha una amenaza; donde aparece un dato desfavorable, advierte intriga; cuando enfrenta una postura independiente, percibe deslealtad.

No hay porcentaje inocente. Ese dato sirve al viejo régimen y por lo tanto carece de realidad. La paranoia termina dándole chanclazos a la estadística, como si fuera un bicho molesto al que se puede aplastar. Ese es el efecto intelectual del maniqueísmo épico. Funda en una pretendida superioridad moral, su ceguera. Descarta, de ese modo, cualquier responsabilidad. En la piedra monolítica de las convicciones no puede haber grieta. El problema no puede estar en su gobierno. Esa posibilidad está definitivamente descartada. El problema está donde ha estado siempre: en los enemigos de la patria que conspiran contra la justicia. Es por eso que llega al extremo de insinuar golpismo. Por eso dice, sin mucha sutileza, una barbaridad: la prensa que hoy nos critica es la misma que mató a Madero. Debían darme las gracias por haberlos liberado y se atreven, ingratos, a cuestionarme.

El conspiratismo presidencial es la razón petrificada. Es la historia convertida, no en enseñanza de prudencia, sino en embrujo. La historia de México entendida como la puesta en escena de un solo y grande conflicto entre los buenos y los malvados: los patriotas liberales y los traidores. En ese teatro que le da la espalda a la realidad ha decidido residir el presidente de México.

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28, Oct 2019

Deslumbramientos

La prensa cotidiana no se presta para el deslumbramiento. Hasta nuestra estridencia resulta ritual y predecible. Pero hay momentos en que aparece el destello de una opinión que rompe los moldes. Un juicio deslumbrante y atrevido que deshace todos nuestros juicios.

Pensábamos que el operativo de Culiacán había sido un fracaso. Lo pensábamos un fracaso franco porque, más allá de simpatías, no se consiguió lo que se intentaba. Partidarios del gobierno y hasta sus representantes aceptaban el revés. Nada de eso, responde John Ackerman en un deslumbrante texto publicado en La jornada hace una semana. No debemos dejarnos confundir por la perversidad de los conservadores y la timidez de los nuestros. El operativo fue un gran éxito. Fue un victorioso despliegue de determinación del que debemos sentirnos orgullosos. Un gobierno honesto y nacionalista se impuso a través del ejemplar poder de la capitulación.

El artículo muestra el polo de la razón militante. El autor detecta una victoria que nadie había tenido capacidad de apreciar. Con vehemencia se despoja de cualquier rastro de razón o de decencia intelectual para rendir homenaje al gobierno. Convicción a prueba de lógica. En realidad, nos dice Ackerman, en Culiacán los delincuentes mostraron su debilidad. Abramos los ojos: si los criminales fueron capaces de sitiar una ciudad e imponer sus condiciones al gobierno es porque son en extremo frágiles y porque López Obrador manda en todo el país con su majestuosa autoridad moral. Si los criminales impidieron la captura de su jefe, si abrieron una cárcel para liberar a los suyos es porque están de rodillas ante el líder de la nueva patria. Al doblar al gobierno, los delincuentes exhibieron su propia debilidad. Mejor no interpretar. Las palabras del fogoso articulista encandilan: “El levantamiento armado en Culiacán en respuesta a la detención de Ovidio Guzmán no fue una muestra de fuerza, sino de enorme debilidad de parte de los narcotraficantes frente a un gobierno cada vez más honesto y legitimado.” Ah.

No recuerdo osadía comparable. Recuerdo los homenajes de algún líder sindical a las andanzas triunfales de algún Señorpresidente en la época dorada del priismo. La oratoria oficial y el periodismo estaban repletos de esos agasajos. Quien relea los recortes de Monsiváis en su columna “Por mi madre bohemios,” se divertirá con la perfumada cortesanía del priismo. Pero tiendo a pensar que aún en aquella servidumbre había criterio para el silencio. Se reconocía que había basuras que simplemente no podían trasmutarse en joyas. La habilidad del entusiasta de entonces consistía en cambiar de tema. Mirar a otro lado para que el fiasco presidencial se olvidara pronto. Ninguna cobardía similar se encuentra en la gallarda prosa de John Ackerman. Él no se va de paseo: toma el fracaso por los cuernos y lo convierte en uno más de los gloriosos momentos de esta presidencia gloriosa. Es el valor de quien no se acobarda con decencias.

Puedo entender el argumento del mal menor para evaluar la decisión gubernamental. Es un criterio razonable que puede invocar una seductora tradición filosófica. Pero lo de Ackerman es otra cosa, más profunda y muchísimo más atrevida. No es la ponderación de efectos de un acto político sino un alegato por la inocencia radical. No el mal menor: el imposible mal. Para la teología oficial, el mal jamás podrá brotar de La Bondad. De un liderazgo histórico solo pueden brotar maravillas. Cuando López Obrador tropieza es el suelo el que pierde piso. La Autoridad Moral puede ser incomprendida. Infectados por la sospecha, los infieles la creen falible. Es entonces que aparecen los hombres de fe, los vehementes, esos adalides del entusiasmo hermético quienes nos rescatan de la miserable tentación de pensar.

Los servicios de la alabanza no pierden tiempo en argumentos. El artículo de Ackerman puede ser una de las cimas de nuestro columnismo militante, una cumbre sublime de la idolatría. No es irrelevante: impone tono en la corte de aduladores que tanto le gusta escuchar al presidente. Desde luego, el artículo de Ackerman es un acto de congruencia de quien encuentra inspiración en las conferencias matutinas y confiesa que las escucha con el éxtasis de un devoto en misa. Me conmueve imaginar el poema que este don Juan de la nueva corte compondría a los deliciosos aromas de las presidenciales heces.

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21, Oct 2019

Entre el fuego y el sermón

Quedamos entre los violentos y los incompetentes. Entre el fuego y el sermón. Unos matan y amenazan, el otro predica y se festeja.

No fue la derrota de unos, fue la derrota de todos. No se mostró solamente la torpeza de un gobierno sino la fragilidad del piso común. Lo novedoso fue el estruendo y la rotundidad con que se exhibió el fracaso de Estado. La rendición tuvo como escenario una ciudad de casi un millón de habitantes. Ante los ojos del mundo, la capital de Sinaloa, tomada como rehén. Se suceden con velocidad los acontecimientos: el intento de aplicar la ley, el despliegue de la fuerza criminal, la nulidad del gobierno, el éxito de la intimidación, el caos en la información gubernamental y el desfile triunfal de los violentos. Una derrota que se prolonga en tanto se empeña el presidente en defenderla como prenda de su beatitud.

Hacer la crítica de lo que acaba de pasar no es, ni lejanamente, suspirar por el pasado reciente. Es advertir que más allá de la voluntad de cambio, más allá del deseo de la paz hay en México un pendiente histórico que nos mantiene a la intemperie y que nos hace vulnerables frente a los tramposos y los violentos. La capitulación de Culiacán es alarmante porque es continuación y agravamiento de lo que hemos padecido durante décadas. Quiero decir que lo que habrán sufrido con pánico en la capital de Sinaloa y lo que seguimos con horror en el resto del país es, ante todo, la prolongación de una crisis histórica que no tiene pista de solución. Los defensores más fogosos y los críticos más elementales del gobierno coincidirán en que lo sucedido la semana pasada es radicalmente distinto a lo que hemos vivido en los últimos tiempos. Unos gritan que se entregó el país a los criminales, como si la semana pasada el país fuera nuestro. Los otros vitorean al humanista que opta por el amor, como si los abrazos fueran, en efecto, disolventes de las balas. Discrepo de ambos: la tragedia es que éste es un episodio más en el imperio de nuestra barbarie.

Hablar de la cobardía del gobierno es una frivolidad militarista. Hacer frente a la violencia no es cuestión de valentonadas, ni de despliegues de hombría. Ojalá dejáramos de hablar ya de virilidades y de testículos. La procacidad de su machismo es paralela a su miopía. El tema no es la valentía del gobierno, sino su responsabilidad. Los efectos que una decisión tiene a lo largo del tiempo. La preocupación no es que tengamos un gobierno temeroso, sino que tenemos un gobierno irresponsable.

Gravísima, imperdonable irresponsabilidad fue la imprevisión del gobierno. No me refiero a la salida de la crisis sino a su instigación. Puede concederse que la decisión de soltar al heredero del imperio criminal haya sido, en las terribles circunstancias que se vivía, la menos mala. La disyuntiva era todo, menos simple. En efecto, debemos imaginar el escenario alternativo: una captura fracasada y un reguero de sangre. El punto es que la crisis fue creación exclusiva de quienes dirigen la política de seguridad. Fueron ellos quienes la desataron. No parece muy convincente su alegato de que evitaron un mal mayor si quienes nos pusieron en la disyuntiva entre el horror y la ignominia, fueron ellos. La capitulación de Culiacán será inevitablemente, enseñanza. El camino para doblegar al gobierno está más despejado que nunca.

La crisis deja una humareda ominosa. La inteligencia (en ambos sentidos del término) estuvo solamente del lado de los criminales. El gobierno actuó a ciegas, desconociendo el terreno que pisaba, con torpeza, revelando los pleitos a su interior. Ante la crisis, el reflejo fue la mentira. Persisten incoherencias e inmensos huecos de información. Y en momentos cruciales, un presidente incomunicado. Lo más grave, quizá, es que el gobierno no está dispuesto a encarar la gravedad de lo sucedido. El político de la empatía no altera sus planes y se desentiende del desamparo de una ciudad. La paz llegará porque el presidente madruga y su gobierno es amor. Ante la crisis, una escena abominable que no puede pasarse por alto: el presidente se hace alabar por niños que lo glorifican. Grotesco. Vale recordar una expresión que seguramente le será difícil catalogar como conservadora: “con los niños no”.

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14, Oct 2019

La cucaracha

Cuando Jim Sams despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en una criatura gigantesca. Así comienza la nueva novela—más bien un cuento largo—, de Ian McEwan. La historia de Kafka, puesta de cabeza. Es la cucaracha la que se convierte en ser humano. El hombre al despertarse, ve con horror sus patas distantes y tubulares. Sus ojos simples le presentan un panorama borroso y, al mismo tiempo, insoportablemente chillante. Su carne, repugnantemente visible por fuera de su esqueleto. Y con asco se percata de esa carne resbalosa que pasea dentro de la boca. Sams no despertó en el cuerpo cualquier humano. La cucaracha descubre esa misma mañana que ocupa el cuerpo del Primer Ministro británico. Pero pronto encuentra un consuelo: su pelo de jengibre tiene el mismo color que tenía su vieja cáscara.

Ese es el comienzo del relato de exactamente 100 páginas que trata de retratar el absurdo de la política del día. El relato es precedido de una advertencia: “Este cuento es una obra de ficción. Los nombres y los personajes son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido a cucarachas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.” En una interesante conversación en el pódcast de David Runciman, el McEwan confesaba que no encontraba el modo de abordar el delirio colectivo de Brexit. No hay ficción, no hay sátira que pudiera hacerle justicia a esa locura. De pronto, McEwan se descubrió reescribiendo las primeras líneas de la Metamorfosis y se dijo: “me pondré a jugar con esto.” De ese juego, salió el librito de la cucaracha.

A decir verdad, el alma y la fisiología del insecto muy pronto dejan de ser relevantes en el relato. Esta parodia de la política británica contemporánea debe más a Jonathan Swift que a Kafka, porque el centro de la ficción es el absurdo de la política moderna y, en particular, los espacios que se le abren al autoengaño colectivo. El caso que obsesiona al novelista inglés es, por supuesto, el retiro británico de Europa. Para abordarlo, McEwan fantasea con un paralelo. Habla así del “reversalismo.” Una doctrina económica que no tiene pies ni cabeza pero que, de pronto, se convierte en política invencible.  En un momento de confusión, los demagogos la han presentado como la ruta a la prosperidad, como la única manera de recuperar la soberanía perdida. El reversalismo, que McEwan desarrolla en párrafos hilarantes, consistiría precisamente en revertir el flujo económico tradicional. A los compradores hay que pagarles por llevarse comida de la tienda y han de ser los trabajadores quienes den dinero a los patrones. Cambiar el sentido del intercambio económico alentaría la producción y traería infinitos beneficios.

El novelista inventa prestigio intelectual a esta oscura doctrina. Habla de alusiones en tratados iconoclastas que Adam Smith ignoró arrogantemente. Describe la adopción del disparate por parte de círculos de ultraderecha que encuentran ahí la promesa de un cambio radical. Finalmente, un partido, el Partido Reversalista proyecta esa economía alternativa con un mensaje apasionadamente antielitista. Y así, sin que nadie realmente entienda nada, un disparate se convierte en doctrina, una doctrina se convierte en política y una política se convierte en dogma.

Hacia el final del cuento, la cucaracha tiene un encuentro con la canciller alemana. ¿Por qué?, le pregunta. ¿Por qué estás rompiendo a tu país? ¿Por qué le haces daño? El primer ministro responde en silencio: Porque eso es lo que estamos haciendo, porque en eso creemos, porque eso dijimos que haríamos, porque eso es lo que la gente dijo que quiere, porque he venido al rescate. Porque sí. Esa era la única respuesta, subraya el novelista. Porque sí.

Ian McEwan no describe en esta fábula la pérdida del centro ideológico sino la pérdida de la razonabilidad. La política se ha convertido en el hermetismo del sinsentido. La cucaracha sabe que la política que defiende será desastrosa. Pero se aferra a ella porque es la única manera de sobrevivir. La obstinación en el absurdo. Hace un par de días en El país el politólogo español Fernando Vallespín describía nuestro tiempo como una época de postliderazgo. “Los líderes ya no guían, sino que se dejan llevar por las emociones que ellos mismos desatan y que luego son incapaces de administrar.”

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09, Oct 2019

Preocupación por la Corte

Tiene razón el presidente de la Suprema Corte cuando advierte que el tribunal no es ni debe ser oposición. Por supuesto que ésa no es su labor. No corresponde a los jueces reparar las fallas de la representación ni llenar el vacío de los partidos. Su tarea es muy distinta, pero no por ello deja de ser crucial. En cualquier democracia el decoro, la autonomía, el rigor del último tribunal es esencial para mantener el equilibrio entre el poder de las mayorías y los derechos de cada quien. En nuestro contexto, la responsabilidad del tribunal se afila por la conformación de un poder avasallante que se ha empeñado en hostigar cualquier cápsula de autonomía. La preocupación por la independencia del tribunal no es solamente legítima, sino fundada.

Por su respaldo electoral, por la solidez de su mayoría parlamentaria y por la suerte el presidente López Obrador está en condiciones de rehacer la Suprema Corte de Justicia. La aplanadora política puede deshacerse del freno judicial. El hecho es inquietante porque en un tribunal constitucional deben confluir no solamente distintas lecturas de la ley, sino también tiempos distintos. El equilibrio interno depende, entre otras cosas, de la imbricación de calendarios. Si los órganos representativos expresan un instante de la voluntad electoral, el tribunal supremo ha de entretejer generaciones. Que una coalición mayoritaria pueda rehacer por sí misma a un tribunal constitucional es, en cualquier democracia, una anomalía que debería despertar alertas. Habría sido preocupante con Fox y lo es hoy también con López Obrador.

A la preocupación genérica hay que agregar las señales que se proyectan desde los dos poderes. Las planas de este diario podrían llenarse si hiciéramos colección de los insultos que ha proferido el presidente contra los jueces que han osado contrariarlo. Con su notable creatividad literaria ha usado mil nombres para señalarlos como corruptos: ministros maiceados, alcahuetes, achichincles al servicio de la mafiadelpoder. En una arenga de campaña preguntó a sus simpatizantes: “¿Saben de algo que hayan hecho los de la Suprema Corte en beneficio de México? ¿Se han enterado de algo que hayan resuelto a favor del pueblo?” Él mismo respondió de inmediato: “¡Nada!” Debe decirse que la retórica presidencial expresa una convicción auténtica y profunda: que la democracia no tiene más que un motor y ese motor es la voluntad popular. Los contrapoderes, los vericuetos procedimentales, los derechos son, en realidad, obstrucciones de “leguleyos.” Es la simpleza de creer que la democracia es solamente que mande el pueblo, la fe en un pueblo infalible y la arrogancia de suponerse encarnación de ese pueblo. Un tribunal constitucional independiente desentona irremediablemente con esa teología.

También son inquietantes los mensajes del otro presidente, el de la Suprema Corte. Unos días después de la elección presidencial, el ministro que entonces aspiraba a presidir el tribunal publicó un artículo lamentable en el diario Milenio. Pedía al poder judicial que escuchara el mensaje de las urnas. El ministro se convertía en intérprete de la voluntad electoral para pedir que los jueces acompañaran la agenda del nuevo gobierno. Lo decía así, literalmente: “debemos acusar recibo de los mensajes de las urnas.” La petición me parece no solamente equivocada sino escandalosa. Al juez constitucional no le corresponde ratificar la voluntad de la mayoría sino hacerla pasar rigurosa y estrictamente por el filtro de la Constitución. Aquel artículo de Arturo Zaldivar, escrito ciertamente con el pudor de defender ritualmente la independencia del poder judicial, era una franca invitación a servir a un nuevo régimen. Buscar sintonía con el poder que despuntaba. Por eso inquieta leer al presidente de la Suprema Corte de Justicia descalificar a quienes expresan preocupaciones por la independencia del poder judicial, con las mismas palabras que usa el presidente de México para deslegitimar a sus críticos. ¿Dónde estaban antes?, pregunta el presidente de la Corte. Peor aún, el ministro presidente suscribe una de las líneas más aberrantes de la intolerancia lopezobradorista: quienes nos cuestionan no merecen respeto porque sus críticas son, casi siempre, interesadas. ¡Así lo escribió quien preside hoy la Suprema Corte de Justicia de la Nación!

El presidente de Corte ratifica que hay buenas razones para estar preocupados por el futuro del tribunal.

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30, Sep 2019

Futuros inesperados

Si la ciencia política ha encontrado en México un académico que la cultiva y la honra como una forma de comprender los usos históricos del poder y los dilemas del presente, si hay alguien que la ha practicado con rigor y sentido de pertinencia, ese académico ha sido Soledad Loaeza. Nadie como ella ha demostrado el valor de esa disciplina. Para explorar los mecanismos de la dominación y el sometimiento, los juegos de la rivalidad y las avenidas del cambio no bastan las impresiones instantáneas. Si todos tenemos opiniones, pocos han labrado sus ideas con la paciencia de la investigación y el esmero de la cátedra. Soledad Loaeza lo ha hecho ejemplarmente durante décadas de una extraordinaria producción intelectual. El Colegio de México lo ha reconocido otorgándole el nombramiento de profesora emérita. Es buena ocasión para escapar del tráfago de lo inmediato, y detenernos un momento para reconocer nuestras deudas.

En la perspectiva intelectual de Soledad Loaeza se juntan las dos costas del Atlántico. Su formación europea no la ha hecho ver con desprecio las aportaciones de academia norteamericana. No se ha encerrado nunca en una capilla ideológica ni se ha esclavizado a un método. Por eso parece que a sus trabajos llegan aguas antiquísimas y nuevas y que, en ambas, hay frescura. El aire de quien recupera el estímulo del clásico y de quien está al tanto de lo más reciente. Esa confluencia de tradiciones intelectuales la ha salvado de los dos vicios profesorales de nuestro tiempo: el encierro monástico y el opinionismo. Una académica comprometida dos veces: la primera con la profesión universitaria, la segunda con el debate público.

Autoritarismo y democracia han sido los polos de su constancia intelectual. Lo más valioso a mi juicio es que, para entenderlos iluminó zonas que eran despreciadas tanto por la retórica oficial como por el discurso académico. Se dedicó, por decirlo de alguna manera, a estudiar las sombras de la política manifiesta. ¿Para qué estudiar a la clase media si será el proletariado quien nos liberará de nuestras cadenas? ¿Qué sentido tiene entender al PAN, si las elecciones siempre las ganan otros? ¿Por qué perder el tiempo pensando en las elecciones y el reformismo si el régimen autoritario solamente se disfraza con votos? En estos actores subordinados, en esos procesos aparentemente irrelevantes se dibujaba la silueta del autoritarismo y se insinuaba también la ruta del cambio. El análisis meticuloso, la argumentación impecablemente fundada ahuyentó en sus lectores la simplificación que tan frecuentemente secuestra nuestras polémicas. Soledad Loaeza no ha estudiado las explosiones de la violencia, sino las complejidades de la estabilidad. Y así, sin caer en ingenuidades, fue registrando la evolución democrática de México. Si releemos sus libros, varios de ellos ilustrados con cuadros y viñetas de Abel Quezada, detectaremos no solamente las avenidas de la democratización sino también las de la frustración posterior. Y es que en ella no solamente encontramos a la estudiosa del poder, sino también, y sobre todo, a la crítica del poder.

Su comprensión de la política ha sido, ante todo, histórica. La politóloga es cada día más historiadora. Las instituciones, las decisiones legislativas, las coyunturas críticas sólo adquieren sentido en el tiempo. Quizá lo que subyace en su trabajo académico es una mirada de novelista que puede pintar el horizonte de una época, retratar los dilemas de una generación y así colorear las opciones de los protagonistas. La política condensa dramáticamente las disyuntivas de la historia. Por eso no sorprende que en su mensaje al recibir el emeritazgo haya hablado de la historia para asomarse al futuro. Lo que viene no es la simple prolongación de lo que fue. Lo inesperado es frecuente. Lo impensable se repite. Los avances son reversibles. El futuro no tiene compromisos con el pasado. Por eso sorprenderá al más astuto de los historiadores, recordaba que nos alertó Hobsbawm. De ahí que haya que tratar al futuro con respeto. Esa es una de las lecciones que aprendió de Raymond Aron, el “espectador comprometido”. En la incertidumbre del futuro se funda no solamente la libertad, sino también la responsabilidad.

 

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24, Sep 2019

La abdicación

La escuela vuelve a perder y, cuando la escuela pierde, hay razones para ser pesimistas. La nueva mayoría le ha dado un golpe terrible al futuro de México. La reforma que han aprobado los diputados de Morena y sus aliados mantendrá la postración de nuestro sistema educativo, someterá a los maestros nuevamente a condicionantes extraescolares. Seguiremos rezagándonos, perdiendo dominio del alfabeto y de las operaciones matemáticas elementales. Ignorantes de la ciencia ajenos al arte. Se seguirá ensanchando la brecha entre nuestros estudiantes y los del resto del mundo. López Obrador no será, desde luego, el inventor de esta crisis en la que llevamos sumidos muchos años. Pero será responsable de haberla agudizado, de haber anulado la posibilidad de mejora. Lejos de corregir los errores de la reforma educativa, optó por eliminarla de tajo para acariciar otro cadáver del neoliberalismo y para congraciarse con los poderes sindicales.

Hemos asistido a la contrarreforma política de la educación. Si la reforma constitucional encubría ese propósito, las leyes secundarias, lo encueran. Se trata de entregarle nuevamente a las corporaciones la tutela de la escuela. Es cierto que la reforma previa, esa que el presidente bautizó como La Mal Llamada, fue, en efecto, menos que una reforma educativa. No reescribía los planes de estudio, ni inventaba métodos de enseñanza. Pero era la condición para esos cambios. Era una reforma política porque recuperaba, para el Estado, la rectoría de la educación. Era una reforma que reacomodaba el tablero para afirmar el mando del Estado. Eso es lo que tira a la basura la nueva mayoría. En esta órbita, como en muchas otras, se revela la miopía antiestatista del presidente López Obrador.

La reforma del sexenio pasado era valiosa porque suponía, ante todo, la refundación del gobierno educativo. Y sí… a pesar de sus autores, vale defenderla en su trazo fundamental porque significó la recuperación de una responsabilidad intransferible. Nadie más que el Estado puede dictar la política de la educación pública. Debe hacerlo en diálogo con los actores relevantes, pero sin someterse al dictado de los intereses parciales. Recuperar el mando de la política educativa no fue un triunfo para el gobierno de Peña Nieto, no fue una victoria del neoliberalismo. Creo que debe verse, auténticamente, como un triunfo del Estado mexicano, al que se le dotaba de instrumentos para impulsar una nueva escuela.

Los cambios legales recientes ponen al pizarrón, de nuevo, al servicio de la peor política, la política de la extorsión. Han triunfado los apoderados de los sindicatos. Ambas organizaciones, la acomodaticia y la beligerante, vuelven a apropiarse del gis. En el salón de clase se hará su voluntad. Ellos dirán quién entra y quién asciende. Y por ello, más que a prepararse, los maestros habrán de procurar la simpatía de los regentes. Al estado corresponderá solamente hacer los pagos. Por eso, entre los ya muchos fantasmas del gobierno federal se cuenta al Secretario de Educación. ¿Renunció? Ni siquiera en tiempos en que se discute la pieza legislativa más importante en su gestión, ha dado la cara. Ni una palabra en su defensa. El secretario Moctezuma decía hace unos meses que no se perdería la rectoría estatal de la política educativa. ¿Podría decirlo hoy, después de lo que aprobó la Cámara de Diputados?

La reforma no solamente representa una abdicación de la responsabilidad educativa del Estado, implica también una ceguera voluntaria. No tendremos ningún órgano confiable para medir el impacto de estas decisiones. Mataron al instituto de evaluación y pusieron en su lugar un órgano insignificante. Se desentiende también el Estado de los muros y los techos de las escuelas. Que los estudiantes, los padres y los maestros se encarguen. Y, por si fuera poco, la reforma viola la constitución. ¡Qué poderoso nuestro nuevo régimen! Emplea su incuestionable legitimidad, su imponente popularidad y su mayoría franca en el Congreso para abdicar de sus responsabilidades esenciales, para humillarse ante los gremios que imponen condiciones a la legislatura, para eliminar los observatorios imparciales que le proveerían de información valiosa, para poner en peligro la seguridad de los niños y para violar alegremente la constitución. Todo en una sola ley.

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