Lunes

31, Mar 2014

Paz contra Paz

Moreno Villa - Paz

Octavio Paz nunca dejará de ofrecernos su mirada. Como el clásico que es, le hablará a las generaciones venideras y ayudará a perfilar identidades—sea por afinidad o por oposición. No desaparecerá del horizonte cultural de México, nunca nos será indiferente. Algunos sentirán el hechizo de su universo completo; la mayoría escogerá un trozo de Paz: unos su poesía, otros su crítica de arte, la biografía de Sor Juana, sus apuntes sobre el erotismo. Algunos preferirán al joven Paz, otros al maduro. Muchos afilarán cuchillos en su piedra. Pensarlo como contrincante será siempre atractivo. La crítica que él ejerció como una pasión vital llama a las dos relaciones: la admiración y el desapego; el elogio y el reparo.

Los homenajes oficiales del centenario amenazan con convertir en estatua al crítico. El incansable experimentador transformado en catálogo de frases para los discursos. Salones Octavio Paz; en letras de oro, Octavio Paz; en los billetes de lotería, Octavio Paz; en espectaculares y camiones, Octavio Paz. Paz musicalizado; Paz fosilizado. Cruel ironía, el hombre que denunció al dinero como la araña que convertía en moscas a los hombres, transformado en moneda acuñada por el Banco de México. El hombre que quemaba billetes, prestando cara al dinero. La celebración de Paz, meritoria por muchas razones, deslumbrante por su convocatoria y organización, resulta también irritante por hegemónica: el poder político y el poder económico, los medios y los partidos, las universidades y los diarios en afanosa competencia de elogios. No me he ahorrado los míos: más que convencerme, Octavio Paz me conmueve. Me maravillan la limpieza y la hondura de su razón sensible. Por eso mismo me incomoda la aplanadora de los aplausos. El poeta se erige en Autoridad Inapelable por decreto del poder y los negocios, negación absoluta de la hélice crítica. (más…)

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24, Mar 2014

La hazaña de la normalidad

Hay políticos rígidos y los hay flexibles. La clasificación binaria puede parecer boba pero no deja de ser sugerente. Políticos disciplinados y tenaces por una parte; políticos maleables y  adaptativos, por la otra. La disyuntiva de personalidades es planteada por Enrique Tierno Galván, al hablar de Adolfo Suárez. En sus Memorias, el legendario profesor y político socialista, recuerda sus primeros encuentros con el presidente del gobierno español para enfatizar que la habilidad es disposición a la mudanza. Fue una sorpresa que el rey se inclinara por ese joven franquista para presidir el gobierno español en 1976. Para casi todos fue una decepción. Suárez había sido criado por la Falange, no era un hombre de luces, carecía de credenciales democráticas. Pero para Tierno, buen lector de Gracián, la decisión era audaz. La actitud dialogante del nuevo jefe del ejecutivo era el mejor vehículo para acceder a la democracia. Suárez no parecía un hombre de convicciones pero parecía especialmente dotado para el diálogo. Recordando el nombramiento de Suárez, Tierno Galván escribió: “Por lo que mis recuerdos alcanzan y, sobre todo, por lo que me decían, resultaba patente que Suárez era persona que descollaba por su capacidad de relacionar a las gentes entre sí, por su habilidad para eludir los ataques políticos y, a la vez, por su mucho y buen aguantar cuando el ataque no era eludible. A esto cabe añadir su capacidad para repetir, dándole forma distinta lo que oía o leía, de modo que la antigua o la presente forma tuviera carácter de acierto.”

Tres talentos se registran de inmediato en esta estampa: el arte de vincular a la gente, la habilidad para deslizarse entre conflictos sin prenderse de ellos, tino de palabra. Éstas terminarían por ser vistas como las prendas esenciales para impulsar la paradigmática democratización española. Hoy parece que el camino es sencillo y que el desenlace es inevitablemente feliz. Abandonar una dictadura y fundar una democracia es algo que se ha hecho en muchos países con éxito y en paz en las últimas décadas. A fines de los setenta parecía una aventura riesgosa que podría provocar el retorno de la guerra civil. Imposible reconstruir ese capítulo sin considerar la confluencia de liderazgos responsables y dialogantes. No hay duda que uno de los personajes centrales—por no decir, el personaje central—fue Adolfo Suárez. (más…)

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17, Mar 2014

Milicias privadas

Un encuentro bastó para que George Bush comprendiera a Vladimir Putin. Una conversación fue suficiente para hacerse un juicio definitivo del hombre. Al verlo, el texano supo todo lo necesario. Había descifrado quién era y qué podía esperarse de él. Lo vi a los ojos y pude conocer su alma, dijo Bush. Es un hombre confiable. La misma celeridad de juicio, idéntico error de percepción fue el del procónsul que fue enviado para lograr la paz en Michoacán. Tan pronto se entrevistó Alfredo Castillo con los grupos que se levantaron en armas los encontró admirables. Podía confiarse en ellos. “Los últimos diez años he estado relacionado con el trato con delincuentes (sic), aprendes a distinguir quién es un delincuente y quién actuó en una circunstancia (sic).” Para el enviado a Michoacán los grupos de autodefensa no podían ser delincuentes: ¿cómo podían ser criminales si actuaban en una circunstancia?

El gobierno federal no se alió a las autodefensas, se subordinó a ellas. En las autodefensas encontró una salida a su ofuscamiento. Durante un año siguió la inercia de la administración previa. No hizo nada nuevo, no propuso algo distinto. Creyó que el tiempo resolvería el problema o permitiría olvidarlo. Cuando la tranquilidad no llegó por vía de la paciencia, encontró la salvación en la privatización de la seguridad. Ese es el plan del gobierno federal para recuperar la tranquilidad en Michoacán. Seguridad proveída por ejércitos privados y dinero público. Ahí está la fórmula federal para la pacificación michoacana. Ciertamente, las autodefensas ofrecían una base de legitimidad a la política del centro, permitieron a las fuerzas federales actuar como colaboradores de los poblaciones locales y no como invasores que vuelven a llegar de fuera para imponer su imperio. Como medida desesperada para repeler a los criminales más dañinos en el estado, puede haber sido, en el corto plazo, eficaz. Como estrategia para instaurar un orden perdurable, para ganar la tranquilidad con base en la ley ha sido un previsible despropósito. (más…)

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10, Mar 2014

Comprender y convivir

Luis Villoro fue el mejor defensor de la filosofía—aventura y compromiso—, que ha encontrado México. En sus trabajos se muestra la vitalidad de ese empeño intelectual de cuestionar el dogma, de rechazar lo que la herencia impone. Interrogar lo que suele aceptarse sin pregunta. Creía, con Kant, que la filosofía no puede enseñarse: “sólo se enseña a filosofar.” Es que la filosofía no está en las ideas que solidifican en doctrina. Es lo contrario: un pensamiento disruptivo, un disolvente de las creencias. La filosofía es la razón punzante.

Curiosa tarea: el filósofo lo cuestiona todo sin pretender conocimiento. Aún tras aclarar el reino de los significados, ofreciendo conceptos pulcros para la comprensión, nada dice de los hechos del mundo. No es propiamente una ciencia y tal vez sea su reverso o su conciencia. Por eso Villoro, en su brillante discurso de ingreso al Colegio Nacional, dijo: “la filosofía propiamente no conoce, piensa.” La filosofía es dinamita para la razón soberbia. No es la memoria de un pensamiento muerto que se reitera en manuales de preparatoria o revistas de académicos. Por el contrario, la filosofía expresa la indocilidad de la inteligencia. La idea incuestionada, el sistema confortable, el prejuicio legitimado por el uso pasan por el ácido de la razón. Enemiga mortal de la doctrina, la filosofía destroza las coartadas del poder. Desde el primero momento, ha querido salir de la caverna. Por eso la filosofía rehúye la neutralidad. Debe estar del lado opuesto a esa dominación que siempre encubre su mando.

Abrirse a una nueva comprensión del mundo no es más que el primer paso para vivir de otro modo. A la filosofía, dice Villoro, le corresponde también buscar la “vida buena.” Las pautas para transformar la vida pueden ser muy distintas a lo largo de la historia pero coinciden en dos puntos: implican liberación y autenticidad. Ahí, en su mayor servicio, la filosofía encuentra también su maldición. El pensamiento puede fijarse en fórmulas, degenerar en programa, decretarse como mandato imperativo. Al parecer, el virus de la creencia es congénito a la filosofía. Cuando la política engulle a la filosofía apaga su chispa; la razón ya no conversa, impone. Ya no invita a un cambio de vida, ordena al otro que se sujete a su verdad. La doctrina es filosofía domada. Por eso el verdadero filósofo no deja de formularse preguntas, de interrogar al mundo y de interrogarse a sí mismo. (más…)

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03, Mar 2014

Trofeos prematuros

Cada presidente mexicano colecciona trofeos y medallas que le entregan a lo largo de su gestión. Sobre todo durante los primeros meses del gobierno, el presidente recoge elogios y aplausos. Todos, sin excepción, han tenido esa bienvenida. La aclamación suele venir de dentro y de fuera. El contraste con lo inmediato suele ser suficiente para exaltar al flamante gobierno. Un preso sirve para mostrar determinación contra la corrupción de antes; los nombramientos son vistos como signo saludable de ruptura, las iniciativas se ensalzan como señal de ambición histórica. México despega. Estamos tan habituados a esos festejos que no deja de ser sospechosa su última edición. ¿Qué harán los presidentes con todos esos trofeos cuando se mudan al terminar su gestión? Estadistas del año, líderes del mundo, visionarios de la humanidad. ¿Qué harán con las carretadas de elogios a su visión de futuro?, ¿dónde pondrán las loas por su valentía para enfrentar a los poderosos?, ¿qué uso le darán a todos esos trofeos que recibieron por inaugurar una nueva era para México? Al adelantar elogios, la política alimenta decepciones. Ésa es la nota de nuestra historia reciente: trofeos prematuros y puntuales desengaños.

No es por eso sorprendente que el gobierno de Peña Nieto cuente ya con un armario repleto de trofeos y medallas. La colección de su vitrina no es nada despreciable y podría decirse que aventaja a sus antecesores en el torneo de piropos. La portada de una revista que alguna vez fue importante lo retrata como el “salvador de México.” El artículo de Michael Crowley es llamativamente malo. Así empieza: “Eran las 9 de una noche de febrero y el presidente mexicano Enrique Peña Nieto seguía trabajando.” Afuera de la residencia, continúa el lamentable texto, un grupo de militares bien armados lo protegen: “un recordatorio de que la presidencia es un asunto de enorme importancia.” Los lectores de Time se enteran de inmediato que la presidencia de México es un cargo de cierta relevancia y que Peña Nieto no se retira a las 6 de la tarde para ver las telenovelas. La frivolidad del comienzo fija el tono del artículo de Time. Un reportaje desequilibrado y superficial que no ayuda a entender lo hecho y lo pendiente. Como sea, una portada que bien puede colocarse en el aparador de los trofeos.

Al lado de la reciente fachada del Time pueden colocarse en la galería de orgullos anticipados otras piezas del periodismo impresionista que hablan del “Momento mexicano” porque el país ha cambiado de “narrativa.” México, como un país que da lecciones a las democracias del mundo y que patenta, como solución de los problemas políticos más intrincados, la solución perfecta: dejar de hablar de ellos. Las reformas aprobadas por el congreso no son divulgadas (como sugeriría la prudencia) como avances incompletos o adelantos desafiantes sino como triunfos históricos, conquistas irreversibles. Ya tuvimos reforma educativa, ya se hizo la reforma de telecomunicaciones, ya se pactó una reforma política. Cuando apenas empieza el campeonato, el equipo se declara, ya, victorioso. Al escuchar a algunos voceros del gobierno y a muchos de sus publicistas, parecería que lo único que le resta a esta administración es descansar después de tanto logro. (más…)

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24, Feb 2014

Clientelismo armado

Es uno de los edificios más altos de América Latina. Tiene 45 pisos pero no tiene elevador. En muchos pisos faltan ventanas y algunos carecen de paredes. Abundan los platos de satélite. Está en Caracas y, para el gran reportero Jon Lee Anderson, es el mejor emblema del régimen chavista. En un reportaje publicado hace un año en la revista New Yorker el periodista analizaba el régimen político del rascacielos inconcluso. Se empezó a construir en 1990. Tres años después, el constructor murió y la torre quedó a la mitad. Nadie la compró. Varios proyectos para concluir la construcción fracasaron. Finalmente, en octubre de 2007 varios cientos de hombres, mujeres y niños invadieron la torre y se establecieron ahí. Viven en la torre desde entonces.

No fue una invasión ocasional. Más bien fue resultado de una convocatoria política desde el Estado. El presidente Chávez llamó a la gente a ocupar construcciones abandonadas, a invadir bodegas y edificios desocupados. Frente a la escasez de vivienda, la invasión se legitimaba como acto justiciero. El régimen cambió después de parecer y prohibió las invasiones, pero el impulso inicial provino de la autoridad. En todo caso, los ocupas entablaron una relación directa con el régimen que los alentó primero y los protegió después. Si el alto edificio de Caracas simboliza de algún modo al régimen es precisamente por esa mezcla de reivindicación social y de ilegalidad; de inclusión y de violencia. Permisos y obsequios que alimentan una violenta lealtad. Anderson describe brillantemente el salvaje urbanismo del chavismo: esa prolífica fabrica de clientelas. Los espacios ilegalmente ocupados constituyen un régimen en miniatura: una estructura de poder sin rivalidades, un temible sistema de justicia, un estricto régimen de vigilancia, un jugoso complejo de permisos y concesiones rentables. Todo embona: el comedero del edificio vende comida bolivariana a precios socialistas. No es, por supuesto, una isla que se aparte del entorno. Es aplicación de la filosofía de un régimen a ese barrio vertical.

Lo notable es que, bajo la retórica de la “revolución bonita”, esas clientelas no son simplemente portadoras de votos, sino también de balas. Las clientelas pueden acudir al llamado de una concentración para mostrar apoyo al líder o repudio al traidor. El clientelismo chavista ha tenido, en efecto, ese carácter intimidatorio que seguramente aprendió de Cuba. Venezuela ha instaurado su versión de los Comités de defensa de la revolución. Colectivos armados que se ven como guardianes de una revolución asediada. A pesar de que ha competido reiteradamente en elecciones, la oposición no ha tenido en la Venezuela de Chávez y de Maduro el sitio que le corresponde en una democracia. (más…)

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17, Feb 2014

El testimonio de la arquitectura

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En un libro monumental se nos ofrece una perspectiva para pensar la vida pública mexicana a través de la arquitectura. Ver el trayecto que desemboca en nuestro presente como la plaza donde se encuentran la creatividad individual, los estilos de un momento y los cuentos que el poder se inventa; los sueños de modernidad y el afán de identidad; el plano ideal de un artista y los mordisqueos del tiempo. Me refiero al libro de Fernanda Canales, Arquitectura en México, 1900-2010, un trabajo deslumbrante. Se necesita grúa para cargarlo, pero debería trascender al gremio de los constructores: a todos importa el relato de nuestras casas, monumentos o sillas.  Enciclopédico porque lo abarca todo, desde finales del Porfiriato hasta el día de ayer, no deja de ser un filoso trabajo de crítica. Un archivo minucioso, un mapa preciso, una crónica bien condimentada de esa elocuente expresión de la historia que es la arquitectura. El libro en dos tomos es admirablemente editado por Banamex, que organiza en estos días una exposición en el Palacio de Iturbide a partir de los descubrimientos de la autora.

Nada como el ladrillo o el concreto para sellar esa ilusión de permanencia que exalta a estadistas y a arquitectos. Testigo insobornable de la historia, llama Octavio Paz al arte de construir. ¿Qué mejor retrato de un tiempo que el plano de sus ciudades, el cuerpo de sus casas, el discurso de sus edificios, el mensaje de sus monumentos? Ahí se comprime su ciencia y su arte; su entendimiento del pasado y sus anhelos, sus vanidades, sus valores. Pero lo arquitectónico no se agota en la construcción de viviendas y oficinas. En diálogo constante con lo útil, se expresa igualmente en jarrones y sillas, cubiertos y libreros. El propósito es el mismo: hacer habitable el mundo; hallarse en casa en el parque y en nuestra sala, en la calle y el comedor. Esos son los extremos de la ambición arquitectónica domesticar la ciudad y la sal.

El trabajo de Fernanda Canales no puede ocultar que uno de los principales constructores de México ha sido el capricho. Por más que pueda rastrearse la genealogía de las escuelas y los estilos arquitectónicos, por detallada que sea la biografía de nuestros diseñadores, por coherente que sea el trazo de sus proyectos, la ciudad impone el croquis de su enredo político. La demolición de joyas y el levantamiento de esperpentos ha sido obra de la arbitrariedad todopoderosa. La corrupción es el gran urbanista de México. A ella se debe la ruina del espacio público, el secuestro de las vías caminables, la destrucción del patrimonio histórico, el levantamiento de tanto monstruo. Es que la ciudad sigue siendo vista como la recamara del Mandamás. Si gobierno el barrio, tengo el derecho de rehacerlo. El patrimonialismo que sigue caracterizando la vida pública mexicana encuentra en la ciudad uno de sus dominios elementales. (más…)

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10, Feb 2014

El XIX y el XXI

El gobierno se ha hecho de un cuento persuasivo. Tiene una historia que ofrecer adentro y afuera: descifró el enigma del cambio y lo administra con prisa. Es el gobierno de la eficacia reformista. Así quiere retratarse. Por eso, noche y día se presume la lista de modificaciones legales: en un año hemos reescrito la constitución. Estrenamos régimen educativo, fiscal, de telecomunicaciones, de energía, de rendición de cuentas. Algunos creen que ese cuento es el que mejor describe nuestra circunstancia. Hablan del gobierno de Peña Nieto como el más ambicioso y coherente proyecto reformista de las últimas décadas. Quienes hablan insistentemente de las “reformas estructurales” que mágicamente nos colocarán en el sendero de la prosperidad, ven al gobierno federal con la simpatía con la que se ve a un discípulo; el alumno que finalmente tomó el dictado y ha puesto en práctica sus lecciones. Tengo la impresión de que los tutores celebran más la intención de las reformas que su realización concreta—pero ese es otro tema. Lo que me importa ahora comentar es la improbabilidad de que un gobierno sea capaz de seguir su propio libreto y de imponer en la historia el cuento que se hace de sí mismo.

Pienso en la penosa historia de Barack Obama. El brillante hechicero de las palabras quiso encabezar un cambio histórico en Estados Unidos. Se imaginó inaugurando una era de entendimiento político que dejara atrás las rivalidades ideológicas, que a su juicio eran arcaísmo. Creyó que su biografía, la cordialidad de su estilo político, el carácter de sus propuestas podrían reparar el tejido de la colaboración. La historia de sus primeros cuatro años como presidente en nada se pareció a ese cuento. Tras su reelección, Obama volvió a alimentar aquella esperanza: ahora sí, sus adversarios cederían para ofrecerle cooperación patriótica. La enemistad ideológica sólo se agudizó. La historia que un presidente quiere contarse de su mandato es, frecuentemente, la mejor estampa de su fracaso. Barack Obama ha sido el presidente de la mayor polarización de la historia contemporánea de su país. El conciliador ha sido apaleado por el antagonismo más feroz. (más…)

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03, Feb 2014

Pleitesía al mito

El presidente cubano, Raúl Castro, se pronunció recientemente por la tolerancia ideológica. En el mundo hay diferencias y hay que aprender a aceptarlas. Que haya discrepancias políticas no significa que sea imposible la colaboración o el entendimiento. En la diversidad bajo la ley, dijo, puede fincarse la unidad. No le hablaba, por supuesto, a los cubanos. Para la dictadura cubana la discrepancia sigue siendo un acto de traición, la crítica un delito. Le hablaba a los presidentes latinoamericanos que llegaban a la reunión de la CELAC. El pluralismo puede ser un principio sensato de la vida internacional pero, en la isla, sigue siendo la bandera de los conspiradores.

Yoani Sánchez, la admirable cronista de la Cuba cotidiana, describió el montaje que el régimen preparó para la llegada de los dirigentes latinoamericanos. “Las calles por donde transitarán las caravanas presidenciales serán retocadas, el asfalto repuesto, los huecos tapados y la pobreza escondida. La verdadera Habana se disimulará bajo otra urbe de atrezo, como si a la mugre–acumulada por décadas-se le colocara encima un vistoso y efímero tapiz.” Pero no es solamente la escenografía del ocultamiento lo que contempla la bloguera: son los trámites de una dictadura al lidiar con el riesgo. La comunicación es bloqueada, la vigilancia del Estado policiaco se expande. Sigue Yoani: “Las llamadas se pierden en la nada, los mensajes de texto no alcanzan su destino, los nerviosos sonidos de ocupado responden al intentar comunicar con un activista. Llega entonces la segunda fase, la física. En las esquinas de ciertas calles proliferan supuestas parejas que no se hablan, hombres de camisas a cuadros que tocan nerviosamente el audífono disimulado en su oreja, vecinos que se ponen de guardia frente a las puertas de esos a los que ayer mismo le pidieron un poco de sal. Toda la sociedad se llena de susurros, ojos atentos y miedo, una gran dosis de miedo.” (más…)

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27, Ene 2014

Fiestas prematuras

El gobierno ha festejado el caudal de sus reformas. Lo hace aquí y afuera, acompañado de un número importantes de publicistas y partidarios intelectuales Se entienden los motivos de la celebración. Después de mucho hablar de los cambios indispensables que la animosidad política bloqueó, el gobierno logró conducir cambios en áreas decisivas. Educación, telecomunicaciones, energía, tres zonas vedadas al acuerdo durante décadas, estrenan código constitucional. En estos ámbitos, el país inaugura una compleja y detallada regulación. Sería absurdo negar la magnitud de estos cambios que han modificado, en lo fundamental, el arreglo normativo que rige la actividad de los docentes, que estructura la competencia en telecomunicaciones y que redefine las claves para la producción de energía.

El elogio que el gobierno se hace a sí mismo alaba la intención de los cambios y el trazo grueso de las reformas. Hemos logrado cambiar las reglas con el objetivo de mejorar la calidad de la educación, para alentar la competencia, queriendo atraer la inversión. Se festeja, sobre todo, que se haya podido superar la congestión de los partidos y que se hayan ensamblado las coaliciones suficientes para modificar las normas constitucionales. Se nos dice que estos cambios son producto de un maduro consenso público que la tacañería política había bloqueado durante décadas. Gracias a estas reformas tendremos maestros mejor preparados, romperemos la concentración en los medios, recibiremos abundantísimos recursos del exterior. Festejo de los deseos proclamados.

El festejo triunfalista recoge los viejos listones del 94 y canta las mismas canciones. La música es vieja y la comida se sirve fría. Las pancartas son usadas: dicen que ahora sí hay proyecto y que ahora sí hay estrategia. El Primer Mundo, otra vez, a la vuelta de la esquina. Los invitados de fuera se unen al coro de las celebraciones: el país vuelve a estar de moda. Deshechos los nudos de la obstinación conservadora, el reformismo se celebra. La violencia vuelve a ser el colado inoportuno del festejo; el impertinente que grita mientras todos bailan. La violencia en Michoacán, dijo el Presidente Peña Nieto en Davos empaña nuestros logros. Una mosca en el pastel. Esa es la única manera de entender la devastación del orden público en un estado de la república cuando el ánimo gubernamental es autocelebratorio. (más…)

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20, Ene 2014

Una carta

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Gabriel Zaid está cumpliendo ochenta años. La revista R de Reforma, en una estupenda edición, lo celebra. Se alaba la limpieza de su escritura, su inteligencia práctica, su amor por las ideas, la perspicacia de sus lecturas, el filo de su crítica. Quiero agregar un texto al homenaje. Recordar aquí un documento fundamental de la vida pública mexicana del siglo XX. Un escrito ejemplar de la tradición crítica mexicana. El testimonio de una polémica que no ha recibido la atención que merece. Es la carta pública que Zaid dirigió a Carlos Fuentes a principios del gobierno de Luis Echeverría y que Plural, la revista dirigida por Octavio Paz, publicó en su edición de septiembre de 1972.

El novelista había pedido un voto de confianza al presidente Echeverría quien declaró que investigaría y castigaría a los responsables de la represión de junio del 71. La diferencia entre Zaid y Fuentes no era simplemente una discrepancia sobre la figura del presidente o sobre el rumbo del gobierno, sino sobre el sitio del escritor en el espacio público. Una discrepancia radical sobre el trato del escritor con el poder. Para Zaid, Carlos Fuentes usaba su autoridad moral para sumarse al presidente. No lo apoyaba con argumentos razonables sino con justificaciones palaciegas. Zaid sabía mejor que nadie de los recursos del poder para seducir a sus críticos, para engañarlos con acceso al palacio, para someterlos con elogios, recursos, nombramientos. Jugando con un epigrama de Ernesto Cardenal que habla de la desdicha autoinfligida de un amante que se hace encarcelar cuando se entera que su amor lo ha abandonado, Zaid escribió:

Me dijiste que ya no me querías.
Intenté suicidarme gritando ¡muera el PRI!
Y recibí una ráfaga de invitaciones.

Lo grave para Zaid no era que Fuentes coincidiera con las políticas de Echeverría, que respaldara sus decisiones de gobierno sino la calidad de los argumentos que empleaba. Si Fuentes creía en las buenas intenciones del presidente era por su relación personal con él—no por lo que hubiera hecho el presidente. Creía en su palabra y aceptaba la versión de que sus enemigos (inclusive los que estaban dentro de su gobierno) impedían el progreso. Si hay acechanzas oscuras que obstruyen la marcha justicia, es indispensable aliarse al presidente. Con ingenuidad inaceptable, el escritor hacía suya la noción conspiratoria que sirve al poder al envolverlo en misterio. Escribía Zaid entonces: “Si para salvar a México de las Fuerzas del Mal, hay que someter la vida pública a las necesidades del ejecutivo, como en el pasado (…), seguimos en la tenebra: ganan las Fuerzas del Pasado.”

Zaid denunciaba la tenebra: esa zona privada en la que se resuelven los asuntos públicos. Ese sitio oculto y misterioso que no tolera la luz del sol, que no se ventila con aire fresco, que jamás se expone a la crítica. Ese lugar al que tienen acceso unos cuantos y que resulta incomprensible para la gente en la calle. La tenebra es la negación de la vida pública: un cofre de secretos terribles. El dominio de la conjura incomprobable. Eso que los mortales nunca podremos conocer pero de lo que podemos especular con fruición. Lo que le irritaba era que un escritor del prestigio de Fuentes asumiera como válida la retórica de esa grilla, las fantasías autocomplacientes del poder. Zaid denunciaba la política palaciega que imponía—aun en las mentes más brillantes del país–la lógica de la corte. Pensar para defender al poder y esgrimir, en nombre propio, las razones del poder. El patrimonialismo no es sólo una manera de administrar los recursos públicos como si fueran patrimonio personal; es también una forma de pensar, un estilo de discutir que emplea los argumentos privados como si tuvieran relevancia pública. Es dar al chisme la dignidad de una demostración.

Desde luego, coincidir con el poder no es pecado. No es indigno estar de acuerdo con una política oficial si se coincide desde la independencia, si se emplean argumentos públicos. Lo que resulta inaceptable es que se coincida desde la subordinación—más aún si ésta es subordinación a la lógica palaciega que confronta las nobles intenciones del Señorpresidente a las miserables intrigas de los enemigos de la Patria. Un crítico no es un asesor. Su responsabilidad es otra. Su medio de acción, su poder (modesto pero crucial para el debate público) es muy distinto al del gobierno. “La lealtad fundamental del que publica debe ser con el público. Lo cual no quiere decir halagarlo: el público merece una leal oposición hasta para desafiarlo”.

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13, Ene 2014

Paramilitarismo

Se les llama aprobatoriamente “autodefensas”. Son paramilitares. Grupos armados que se encuentran fuera de la estructura estatal que, sin embargo, son tolerados por el Estado mexicano. Organizaciones que se han constituido al margen de la ley para ejercer funciones que corresponden únicamente al Estado. Funciones que son tan esenciales como indelegables. La dramática situación en Michoacán hace ver a estos paramilitares como una salida a la crisis de seguridad. La única viable, la única posible. La seducción paramilitar puede ser una tentación comprensible en la desesperación de una guerra pero, como política, es demencial. Es cierto que, ante la ausencia del Estado, ante la inacción y la complicidad de los gobiernos, la única salida parece ser el heroísmo. Armarse y enfrentar directamente a los criminales. Si el castigo no viene del Estado, imponerlo directamente.

Entendible como reflejo colectivo, comprensible como consecuencia del drama humanitario que vivimos, la salida paramilitar es suicida como política de Estado. No puede el Estado mexicano—si es que le interesa seguirlo siendo, si es que busca realmente la pacificación—aprobar la existencia de organizaciones que pretenden hacer justicia por propia mano. Lo que en el corto plazo parece ayudar a debilitar a los grupos delincuenciales más crueles, en el mediano plazo es lo contrario: perpetuación de la ilegalidad, del crimen, ensanchamiento de la vulnerabilidad. La experiencia internacional es contundente: la paramilitarización no soluciona nada: es la perpetuación de la violencia, su mayor aliciente. Pero el gobierno federal parece tan confundido, tan desesperado que ha llegado a considerar que el paramilitarismo puede colaborar con la pacificación del país.

A un año de asumir el poder, el gobierno de Enrique Peña Nieto no sabe aún qué hacer para encarar la crisis michoacana. No hay siquiera una estrategia. (más…)

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06, Ene 2014

Nueces del 2013

Independientemente de lo que haya decidido la revista Time, el personaje del 2014 fue, a mi juicio, Edward Snowden, el hombre que reveló el programa de espionaje masivo del gobierno norteamericano. El filtrador ha provocado un debate de enormes consecuencias sobre el sitio de la privacía en el mundo contemporáneo. Snowden ha invocado el fácil paralelo orwelliano. Ha sugerido que vivimos en la peor versión de 1984. No es así: no es que una bota nos aplaste la cara eternamente, ni que se pretenda colonizar la mente con una mentira universal. Lo que el respetable traidor mostró fue que el ámbito de nuestras comunicaciones contemporáneas no es el paraíso de la libertad que nos permite conversar, consumir, informarnos, o quejarnos sin restricciones sino (también) un inmenso anfiteatro donde somos vistos y escuchados. Lo advierte bien Evgeny Morozov, un crítico del utopismo tecnológico. La información que compartimos en internet es crecientemente una forma de pago. El sistema económico está cambiando para hacer de nuestros datos personales una moneda encubierta. “Los beneficios para los consumidores ya son evidentes, dice Morozov; los costos potenciales a los ciudadanos no lo son.” La principal víctima de esta transformación será la democracia.

*

Pasó casi desapercibido entre nosotros el centenario de Nicolás Gómez Dávila el genial aforista colombiano. Lo admiraron Jünger, Canetti y Cioran, los colosos del género. “Lo contrario de lo absurdo no es la razón sino la dicha” soltó en alguno de sus disparos. La barbarie era para él la opinión tajante, el infierno el destino de la línea recta. Cada dardo suyo demuestra que la lucidez no tiene que ser persuasiva. Sabio ejercicio de escepticismo, Gómez Dávila carcome la miserable arquitectura del lugar común y ridiculiza la pose del bien pensante. Invitando a leer sus Escolios, extraigo tres líneas suyas contra la superioridad moral del demócrata, del revolucionario, del angelical:

Al demócrata no le basta que respetemos lo que quiere hacer con su vida; exige además que respetemos lo que quiere hacer con la nuestra.

Un destino burocrático espera a los revolucionarios, como el mar a los ríos.

El mal, como los ojos, no se ve a sí mismo. Que tiemble el que se vea inocente.

*

Algunos lo ven como un simple cambio de tono. Es, en efecto, un acento distinto, pero puede implicar un cambio radical. “¿Quién soy yo para juzgar?,” dijo el Papa Francisco. Respondía a un periodista que lo interrogaba sobre los sacerdotes homosexuales. Al contestar con otra pregunta, el pontífice rechaza la reprobación inmediata, la condena a la que a veces se modera con algún consuelo piadoso. Quien hablaba no era un perseguidor de pecadores. Su respuesta parece consistente con una visión del mundo: ¿Nos tratamos como hermanos? ¿O nos juzgamos los unos a los otros?, dijo recientemente. No es que el Papa argentino vaya a desfilar en el próximo desfile del orgullo gay. Sigue creyendo que hay un desorden objetivo en la homosexualidad pero el tono es radicalmente distinto. “Cuando Dios ve a un homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y condena?” ¿No es eso el germen de una revolución eclesiástica? El cambio de tono es una ruptura del énfasis inquisitorial de tiempos recientes.

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Tan extraña es la existencia de un político admirado que tendemos a arrancarle condición política y convertirlo en santo. Por eso se conspira para beatificar a Nelson Mandela. Fue un talentosísimo hombre de Estado que tal vez dejó mejores enseñanzas que legados. En la cárcel aprendió que el fin del Apartheid no sería impuesto, sino producto de la negociación. Gran seductor, fue un artista de la reconciliación. Su fórmula fue sencilla: afirmar la dignidad propia reconociendo la dignidad del enemigo. Demostró así que una política de respeto puede ser una política eficaz. John Carlin recuerda una anécdota. Poco tiempo antes de que Mandela tomara posesión como presidente de Sudáfrica, el general Constand Viljoen tramaba una insurrección contra el régimen multirracial. Mandela lo invitó a su casa. Al llegar, el propio Mandela le abrió la puerta, le sirvió el té, le ofreció leche, le puso la cucharada de azúcar que pidió. Hablando en su propio idioma (el lenguaje de los opresores), Mandela lo persuadió de que la guerra sería un desastre para todos y lo invitó a entrar al parlamento. Viljoen salió de casa de Mandela sin ánimos de guerra. La santidad es una forma de la tenacidad, dijo Mandela en alguna ocasión.

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30, Dic 2013

El cohecho de lo dicho

Contestar el cuestionario Proust me pondría en aprietos. No tengo un color favorito, no sé cómo quiero morir ni sabría a cuál de mis defectos prefiero. Pero sí podría responder a la pregunta de la frase con la que me gusta identificarme. Es una línea en los Pensamientos de Pascal que parece un trabalenguas: “el error no es lo contrario de la verdad; es el olvido de la verdad contraria.” La idea me auxilia cada vez que me descubro paladeando la contradicción. Esto es así pero también puede ser de otro modo. Esto es bueno pero será difícil. Le encuentro sabor a la paradoja, a lo asimétrico, a lo incoherente. Al terminar de escribir un artículo me queda siempre la sensación de que envío un texto irremediablemente cojo, que estoy diciendo la mitad de lo que quiero decir, que lo que he escrito requiere un complemento: el argumento contrario. Por eso imagino el espacio de la colaboración periodística ideal: en una columna el sí (o el no), en la opuesta, el pero. “Desconfío de inmediato de mi deseo”, escribió Montaigne en alguno de sus ensayos. Sabía bien que nuestros deseos—o nuestras ideas nos sobornan. Para poder ver hay que sacudirse el influjo de la creencia, el cohecho de lo anticipado.

El abucheo y la porra, esas reiteraciones gregarias que nos encienden, no son la expresión elemental de la crítica sino su negación perfecta. Inercias del simplismo gratificante, repudios del matiz, estrangulamientos ruidosos de la voz individual. Abundan las opiniones tajantes, satisfechas con la reiteración de sus certezas. Tal cosa es preciosa o espeluznante. Aquí están los patriotas y del otro lado los traidores. La simplificación se vuelve una rutina cómoda y un compromiso. Esa lealtad es la peor de las trampas porque supone un deber de perseverancia. No puede mantenerse el sentido crítico si no se es capaz de desconfiar de lo que se ha dicho. Quien se aferra a sus juicios cierra los ojos al mundo para rendir homenaje a su congruencia. (más…)

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23, Dic 2013

El primer año (otra lectura)

La reforma energética es el cambio más profundo de las últimas décadas. Unos lo festejan como si fuera la catapulta que nos hacía falta, otros lo lamentan como muerte de la nación misma. No soy capaz de identificarme con unos ni con otros pero logro advertir la trascendencia de la reforma. Carezco de la contundencia anímica de los optimistas y de los pesimistas para creer que sólo maravillas o maldiciones se desprenderán del cambio, pero parece indudable que se trata de una reforma importantísima en lo económico, lo institucional y lo simbólico. El cambio pone fin a una era e inaugura, posiblemente, otra. Los efectos del cambio dependerán tanto de su gestión como de su definición normativa.

Algo debe reconocerse de inmediato: el gobierno apostó todo a la reforma y la consiguió. Si el gobierno de Peña Nieto buscaba una medida para probar aquí y afuera su eficacia, una clara señal de su ambición reformista era precisamente en esta materia, en el más profundo de los símbolos del nacionalismo económico. El éxito del gobierno es innegable. Podrá debatirse el impacto de las reformas, podrá cuestionarse el método empleado para conseguirlas pero no puede menospreciarse la capacidad del gobierno para llegar al sitio al que se propuso llegar.

Tal vez sin plan, el gobierno sostuvo una política flexible de alianzas. El pacto inicial le permitió al gobierno enfrentar a poderes que se consideraban imbatibles. Gracias a esa coalición desideologizada, pudo recuperar la conducción estatal de la política educativa y la regulación de las telecomunicaciones. Hoy lo decimos con velocidad pero hace pocos meses, se consideraba una aventura imposible. El muro de poder con el que topaban las ingenuas ambiciones gubernamentales. Del brazo de la izquierda y de la derecha, el gobierno de Peña Nieto logró lo que durante años, décadas quizá, se consideraba impensable. Hay, desde luego, muchas críticas que hacer a lo reformado y, sobre todo, a los pendientes de esas reformas pero, ¿puede negarse que gracias al Pacto por México se recuperó la conducción estatal de aquello que había sido controlado por los “poderes salvajes”? Lo notable es la adecuación de la palanca a la traba. Para las reformas que requerían una coincidencia de Estado, la recuperación del músculo de lo público se tejió la amplísima coalición que iba de la izquierda a la derecha. Para las reformas que implicaban una definición gubernativa, se pactó una alianza mayoritaria. (más…)

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