Lunes

10, Feb 2014

El XIX y el XXI

El gobierno se ha hecho de un cuento persuasivo. Tiene una historia que ofrecer adentro y afuera: descifró el enigma del cambio y lo administra con prisa. Es el gobierno de la eficacia reformista. Así quiere retratarse. Por eso, noche y día se presume la lista de modificaciones legales: en un año hemos reescrito la constitución. Estrenamos régimen educativo, fiscal, de telecomunicaciones, de energía, de rendición de cuentas. Algunos creen que ese cuento es el que mejor describe nuestra circunstancia. Hablan del gobierno de Peña Nieto como el más ambicioso y coherente proyecto reformista de las últimas décadas. Quienes hablan insistentemente de las “reformas estructurales” que mágicamente nos colocarán en el sendero de la prosperidad, ven al gobierno federal con la simpatía con la que se ve a un discípulo; el alumno que finalmente tomó el dictado y ha puesto en práctica sus lecciones. Tengo la impresión de que los tutores celebran más la intención de las reformas que su realización concreta—pero ese es otro tema. Lo que me importa ahora comentar es la improbabilidad de que un gobierno sea capaz de seguir su propio libreto y de imponer en la historia el cuento que se hace de sí mismo.

Pienso en la penosa historia de Barack Obama. El brillante hechicero de las palabras quiso encabezar un cambio histórico en Estados Unidos. Se imaginó inaugurando una era de entendimiento político que dejara atrás las rivalidades ideológicas, que a su juicio eran arcaísmo. Creyó que su biografía, la cordialidad de su estilo político, el carácter de sus propuestas podrían reparar el tejido de la colaboración. La historia de sus primeros cuatro años como presidente en nada se pareció a ese cuento. Tras su reelección, Obama volvió a alimentar aquella esperanza: ahora sí, sus adversarios cederían para ofrecerle cooperación patriótica. La enemistad ideológica sólo se agudizó. La historia que un presidente quiere contarse de su mandato es, frecuentemente, la mejor estampa de su fracaso. Barack Obama ha sido el presidente de la mayor polarización de la historia contemporánea de su país. El conciliador ha sido apaleado por el antagonismo más feroz. (más…)

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03, Feb 2014

Pleitesía al mito

El presidente cubano, Raúl Castro, se pronunció recientemente por la tolerancia ideológica. En el mundo hay diferencias y hay que aprender a aceptarlas. Que haya discrepancias políticas no significa que sea imposible la colaboración o el entendimiento. En la diversidad bajo la ley, dijo, puede fincarse la unidad. No le hablaba, por supuesto, a los cubanos. Para la dictadura cubana la discrepancia sigue siendo un acto de traición, la crítica un delito. Le hablaba a los presidentes latinoamericanos que llegaban a la reunión de la CELAC. El pluralismo puede ser un principio sensato de la vida internacional pero, en la isla, sigue siendo la bandera de los conspiradores.

Yoani Sánchez, la admirable cronista de la Cuba cotidiana, describió el montaje que el régimen preparó para la llegada de los dirigentes latinoamericanos. “Las calles por donde transitarán las caravanas presidenciales serán retocadas, el asfalto repuesto, los huecos tapados y la pobreza escondida. La verdadera Habana se disimulará bajo otra urbe de atrezo, como si a la mugre–acumulada por décadas-se le colocara encima un vistoso y efímero tapiz.” Pero no es solamente la escenografía del ocultamiento lo que contempla la bloguera: son los trámites de una dictadura al lidiar con el riesgo. La comunicación es bloqueada, la vigilancia del Estado policiaco se expande. Sigue Yoani: “Las llamadas se pierden en la nada, los mensajes de texto no alcanzan su destino, los nerviosos sonidos de ocupado responden al intentar comunicar con un activista. Llega entonces la segunda fase, la física. En las esquinas de ciertas calles proliferan supuestas parejas que no se hablan, hombres de camisas a cuadros que tocan nerviosamente el audífono disimulado en su oreja, vecinos que se ponen de guardia frente a las puertas de esos a los que ayer mismo le pidieron un poco de sal. Toda la sociedad se llena de susurros, ojos atentos y miedo, una gran dosis de miedo.” (más…)

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27, Ene 2014

Fiestas prematuras

El gobierno ha festejado el caudal de sus reformas. Lo hace aquí y afuera, acompañado de un número importantes de publicistas y partidarios intelectuales Se entienden los motivos de la celebración. Después de mucho hablar de los cambios indispensables que la animosidad política bloqueó, el gobierno logró conducir cambios en áreas decisivas. Educación, telecomunicaciones, energía, tres zonas vedadas al acuerdo durante décadas, estrenan código constitucional. En estos ámbitos, el país inaugura una compleja y detallada regulación. Sería absurdo negar la magnitud de estos cambios que han modificado, en lo fundamental, el arreglo normativo que rige la actividad de los docentes, que estructura la competencia en telecomunicaciones y que redefine las claves para la producción de energía.

El elogio que el gobierno se hace a sí mismo alaba la intención de los cambios y el trazo grueso de las reformas. Hemos logrado cambiar las reglas con el objetivo de mejorar la calidad de la educación, para alentar la competencia, queriendo atraer la inversión. Se festeja, sobre todo, que se haya podido superar la congestión de los partidos y que se hayan ensamblado las coaliciones suficientes para modificar las normas constitucionales. Se nos dice que estos cambios son producto de un maduro consenso público que la tacañería política había bloqueado durante décadas. Gracias a estas reformas tendremos maestros mejor preparados, romperemos la concentración en los medios, recibiremos abundantísimos recursos del exterior. Festejo de los deseos proclamados.

El festejo triunfalista recoge los viejos listones del 94 y canta las mismas canciones. La música es vieja y la comida se sirve fría. Las pancartas son usadas: dicen que ahora sí hay proyecto y que ahora sí hay estrategia. El Primer Mundo, otra vez, a la vuelta de la esquina. Los invitados de fuera se unen al coro de las celebraciones: el país vuelve a estar de moda. Deshechos los nudos de la obstinación conservadora, el reformismo se celebra. La violencia vuelve a ser el colado inoportuno del festejo; el impertinente que grita mientras todos bailan. La violencia en Michoacán, dijo el Presidente Peña Nieto en Davos empaña nuestros logros. Una mosca en el pastel. Esa es la única manera de entender la devastación del orden público en un estado de la república cuando el ánimo gubernamental es autocelebratorio. (más…)

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20, Ene 2014

Una carta

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Gabriel Zaid está cumpliendo ochenta años. La revista R de Reforma, en una estupenda edición, lo celebra. Se alaba la limpieza de su escritura, su inteligencia práctica, su amor por las ideas, la perspicacia de sus lecturas, el filo de su crítica. Quiero agregar un texto al homenaje. Recordar aquí un documento fundamental de la vida pública mexicana del siglo XX. Un escrito ejemplar de la tradición crítica mexicana. El testimonio de una polémica que no ha recibido la atención que merece. Es la carta pública que Zaid dirigió a Carlos Fuentes a principios del gobierno de Luis Echeverría y que Plural, la revista dirigida por Octavio Paz, publicó en su edición de septiembre de 1972.

El novelista había pedido un voto de confianza al presidente Echeverría quien declaró que investigaría y castigaría a los responsables de la represión de junio del 71. La diferencia entre Zaid y Fuentes no era simplemente una discrepancia sobre la figura del presidente o sobre el rumbo del gobierno, sino sobre el sitio del escritor en el espacio público. Una discrepancia radical sobre el trato del escritor con el poder. Para Zaid, Carlos Fuentes usaba su autoridad moral para sumarse al presidente. No lo apoyaba con argumentos razonables sino con justificaciones palaciegas. Zaid sabía mejor que nadie de los recursos del poder para seducir a sus críticos, para engañarlos con acceso al palacio, para someterlos con elogios, recursos, nombramientos. Jugando con un epigrama de Ernesto Cardenal que habla de la desdicha autoinfligida de un amante que se hace encarcelar cuando se entera que su amor lo ha abandonado, Zaid escribió:

Me dijiste que ya no me querías.
Intenté suicidarme gritando ¡muera el PRI!
Y recibí una ráfaga de invitaciones.

Lo grave para Zaid no era que Fuentes coincidiera con las políticas de Echeverría, que respaldara sus decisiones de gobierno sino la calidad de los argumentos que empleaba. Si Fuentes creía en las buenas intenciones del presidente era por su relación personal con él—no por lo que hubiera hecho el presidente. Creía en su palabra y aceptaba la versión de que sus enemigos (inclusive los que estaban dentro de su gobierno) impedían el progreso. Si hay acechanzas oscuras que obstruyen la marcha justicia, es indispensable aliarse al presidente. Con ingenuidad inaceptable, el escritor hacía suya la noción conspiratoria que sirve al poder al envolverlo en misterio. Escribía Zaid entonces: “Si para salvar a México de las Fuerzas del Mal, hay que someter la vida pública a las necesidades del ejecutivo, como en el pasado (…), seguimos en la tenebra: ganan las Fuerzas del Pasado.”

Zaid denunciaba la tenebra: esa zona privada en la que se resuelven los asuntos públicos. Ese sitio oculto y misterioso que no tolera la luz del sol, que no se ventila con aire fresco, que jamás se expone a la crítica. Ese lugar al que tienen acceso unos cuantos y que resulta incomprensible para la gente en la calle. La tenebra es la negación de la vida pública: un cofre de secretos terribles. El dominio de la conjura incomprobable. Eso que los mortales nunca podremos conocer pero de lo que podemos especular con fruición. Lo que le irritaba era que un escritor del prestigio de Fuentes asumiera como válida la retórica de esa grilla, las fantasías autocomplacientes del poder. Zaid denunciaba la política palaciega que imponía—aun en las mentes más brillantes del país–la lógica de la corte. Pensar para defender al poder y esgrimir, en nombre propio, las razones del poder. El patrimonialismo no es sólo una manera de administrar los recursos públicos como si fueran patrimonio personal; es también una forma de pensar, un estilo de discutir que emplea los argumentos privados como si tuvieran relevancia pública. Es dar al chisme la dignidad de una demostración.

Desde luego, coincidir con el poder no es pecado. No es indigno estar de acuerdo con una política oficial si se coincide desde la independencia, si se emplean argumentos públicos. Lo que resulta inaceptable es que se coincida desde la subordinación—más aún si ésta es subordinación a la lógica palaciega que confronta las nobles intenciones del Señorpresidente a las miserables intrigas de los enemigos de la Patria. Un crítico no es un asesor. Su responsabilidad es otra. Su medio de acción, su poder (modesto pero crucial para el debate público) es muy distinto al del gobierno. “La lealtad fundamental del que publica debe ser con el público. Lo cual no quiere decir halagarlo: el público merece una leal oposición hasta para desafiarlo”.

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13, Ene 2014

Paramilitarismo

Se les llama aprobatoriamente “autodefensas”. Son paramilitares. Grupos armados que se encuentran fuera de la estructura estatal que, sin embargo, son tolerados por el Estado mexicano. Organizaciones que se han constituido al margen de la ley para ejercer funciones que corresponden únicamente al Estado. Funciones que son tan esenciales como indelegables. La dramática situación en Michoacán hace ver a estos paramilitares como una salida a la crisis de seguridad. La única viable, la única posible. La seducción paramilitar puede ser una tentación comprensible en la desesperación de una guerra pero, como política, es demencial. Es cierto que, ante la ausencia del Estado, ante la inacción y la complicidad de los gobiernos, la única salida parece ser el heroísmo. Armarse y enfrentar directamente a los criminales. Si el castigo no viene del Estado, imponerlo directamente.

Entendible como reflejo colectivo, comprensible como consecuencia del drama humanitario que vivimos, la salida paramilitar es suicida como política de Estado. No puede el Estado mexicano—si es que le interesa seguirlo siendo, si es que busca realmente la pacificación—aprobar la existencia de organizaciones que pretenden hacer justicia por propia mano. Lo que en el corto plazo parece ayudar a debilitar a los grupos delincuenciales más crueles, en el mediano plazo es lo contrario: perpetuación de la ilegalidad, del crimen, ensanchamiento de la vulnerabilidad. La experiencia internacional es contundente: la paramilitarización no soluciona nada: es la perpetuación de la violencia, su mayor aliciente. Pero el gobierno federal parece tan confundido, tan desesperado que ha llegado a considerar que el paramilitarismo puede colaborar con la pacificación del país.

A un año de asumir el poder, el gobierno de Enrique Peña Nieto no sabe aún qué hacer para encarar la crisis michoacana. No hay siquiera una estrategia. (más…)

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06, Ene 2014

Nueces del 2013

Independientemente de lo que haya decidido la revista Time, el personaje del 2014 fue, a mi juicio, Edward Snowden, el hombre que reveló el programa de espionaje masivo del gobierno norteamericano. El filtrador ha provocado un debate de enormes consecuencias sobre el sitio de la privacía en el mundo contemporáneo. Snowden ha invocado el fácil paralelo orwelliano. Ha sugerido que vivimos en la peor versión de 1984. No es así: no es que una bota nos aplaste la cara eternamente, ni que se pretenda colonizar la mente con una mentira universal. Lo que el respetable traidor mostró fue que el ámbito de nuestras comunicaciones contemporáneas no es el paraíso de la libertad que nos permite conversar, consumir, informarnos, o quejarnos sin restricciones sino (también) un inmenso anfiteatro donde somos vistos y escuchados. Lo advierte bien Evgeny Morozov, un crítico del utopismo tecnológico. La información que compartimos en internet es crecientemente una forma de pago. El sistema económico está cambiando para hacer de nuestros datos personales una moneda encubierta. “Los beneficios para los consumidores ya son evidentes, dice Morozov; los costos potenciales a los ciudadanos no lo son.” La principal víctima de esta transformación será la democracia.

*

Pasó casi desapercibido entre nosotros el centenario de Nicolás Gómez Dávila el genial aforista colombiano. Lo admiraron Jünger, Canetti y Cioran, los colosos del género. “Lo contrario de lo absurdo no es la razón sino la dicha” soltó en alguno de sus disparos. La barbarie era para él la opinión tajante, el infierno el destino de la línea recta. Cada dardo suyo demuestra que la lucidez no tiene que ser persuasiva. Sabio ejercicio de escepticismo, Gómez Dávila carcome la miserable arquitectura del lugar común y ridiculiza la pose del bien pensante. Invitando a leer sus Escolios, extraigo tres líneas suyas contra la superioridad moral del demócrata, del revolucionario, del angelical:

Al demócrata no le basta que respetemos lo que quiere hacer con su vida; exige además que respetemos lo que quiere hacer con la nuestra.

Un destino burocrático espera a los revolucionarios, como el mar a los ríos.

El mal, como los ojos, no se ve a sí mismo. Que tiemble el que se vea inocente.

*

Algunos lo ven como un simple cambio de tono. Es, en efecto, un acento distinto, pero puede implicar un cambio radical. “¿Quién soy yo para juzgar?,” dijo el Papa Francisco. Respondía a un periodista que lo interrogaba sobre los sacerdotes homosexuales. Al contestar con otra pregunta, el pontífice rechaza la reprobación inmediata, la condena a la que a veces se modera con algún consuelo piadoso. Quien hablaba no era un perseguidor de pecadores. Su respuesta parece consistente con una visión del mundo: ¿Nos tratamos como hermanos? ¿O nos juzgamos los unos a los otros?, dijo recientemente. No es que el Papa argentino vaya a desfilar en el próximo desfile del orgullo gay. Sigue creyendo que hay un desorden objetivo en la homosexualidad pero el tono es radicalmente distinto. “Cuando Dios ve a un homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y condena?” ¿No es eso el germen de una revolución eclesiástica? El cambio de tono es una ruptura del énfasis inquisitorial de tiempos recientes.

*

Tan extraña es la existencia de un político admirado que tendemos a arrancarle condición política y convertirlo en santo. Por eso se conspira para beatificar a Nelson Mandela. Fue un talentosísimo hombre de Estado que tal vez dejó mejores enseñanzas que legados. En la cárcel aprendió que el fin del Apartheid no sería impuesto, sino producto de la negociación. Gran seductor, fue un artista de la reconciliación. Su fórmula fue sencilla: afirmar la dignidad propia reconociendo la dignidad del enemigo. Demostró así que una política de respeto puede ser una política eficaz. John Carlin recuerda una anécdota. Poco tiempo antes de que Mandela tomara posesión como presidente de Sudáfrica, el general Constand Viljoen tramaba una insurrección contra el régimen multirracial. Mandela lo invitó a su casa. Al llegar, el propio Mandela le abrió la puerta, le sirvió el té, le ofreció leche, le puso la cucharada de azúcar que pidió. Hablando en su propio idioma (el lenguaje de los opresores), Mandela lo persuadió de que la guerra sería un desastre para todos y lo invitó a entrar al parlamento. Viljoen salió de casa de Mandela sin ánimos de guerra. La santidad es una forma de la tenacidad, dijo Mandela en alguna ocasión.

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30, Dic 2013

El cohecho de lo dicho

Contestar el cuestionario Proust me pondría en aprietos. No tengo un color favorito, no sé cómo quiero morir ni sabría a cuál de mis defectos prefiero. Pero sí podría responder a la pregunta de la frase con la que me gusta identificarme. Es una línea en los Pensamientos de Pascal que parece un trabalenguas: “el error no es lo contrario de la verdad; es el olvido de la verdad contraria.” La idea me auxilia cada vez que me descubro paladeando la contradicción. Esto es así pero también puede ser de otro modo. Esto es bueno pero será difícil. Le encuentro sabor a la paradoja, a lo asimétrico, a lo incoherente. Al terminar de escribir un artículo me queda siempre la sensación de que envío un texto irremediablemente cojo, que estoy diciendo la mitad de lo que quiero decir, que lo que he escrito requiere un complemento: el argumento contrario. Por eso imagino el espacio de la colaboración periodística ideal: en una columna el sí (o el no), en la opuesta, el pero. “Desconfío de inmediato de mi deseo”, escribió Montaigne en alguno de sus ensayos. Sabía bien que nuestros deseos—o nuestras ideas nos sobornan. Para poder ver hay que sacudirse el influjo de la creencia, el cohecho de lo anticipado.

El abucheo y la porra, esas reiteraciones gregarias que nos encienden, no son la expresión elemental de la crítica sino su negación perfecta. Inercias del simplismo gratificante, repudios del matiz, estrangulamientos ruidosos de la voz individual. Abundan las opiniones tajantes, satisfechas con la reiteración de sus certezas. Tal cosa es preciosa o espeluznante. Aquí están los patriotas y del otro lado los traidores. La simplificación se vuelve una rutina cómoda y un compromiso. Esa lealtad es la peor de las trampas porque supone un deber de perseverancia. No puede mantenerse el sentido crítico si no se es capaz de desconfiar de lo que se ha dicho. Quien se aferra a sus juicios cierra los ojos al mundo para rendir homenaje a su congruencia. (más…)

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23, Dic 2013

El primer año (otra lectura)

La reforma energética es el cambio más profundo de las últimas décadas. Unos lo festejan como si fuera la catapulta que nos hacía falta, otros lo lamentan como muerte de la nación misma. No soy capaz de identificarme con unos ni con otros pero logro advertir la trascendencia de la reforma. Carezco de la contundencia anímica de los optimistas y de los pesimistas para creer que sólo maravillas o maldiciones se desprenderán del cambio, pero parece indudable que se trata de una reforma importantísima en lo económico, lo institucional y lo simbólico. El cambio pone fin a una era e inaugura, posiblemente, otra. Los efectos del cambio dependerán tanto de su gestión como de su definición normativa.

Algo debe reconocerse de inmediato: el gobierno apostó todo a la reforma y la consiguió. Si el gobierno de Peña Nieto buscaba una medida para probar aquí y afuera su eficacia, una clara señal de su ambición reformista era precisamente en esta materia, en el más profundo de los símbolos del nacionalismo económico. El éxito del gobierno es innegable. Podrá debatirse el impacto de las reformas, podrá cuestionarse el método empleado para conseguirlas pero no puede menospreciarse la capacidad del gobierno para llegar al sitio al que se propuso llegar.

Tal vez sin plan, el gobierno sostuvo una política flexible de alianzas. El pacto inicial le permitió al gobierno enfrentar a poderes que se consideraban imbatibles. Gracias a esa coalición desideologizada, pudo recuperar la conducción estatal de la política educativa y la regulación de las telecomunicaciones. Hoy lo decimos con velocidad pero hace pocos meses, se consideraba una aventura imposible. El muro de poder con el que topaban las ingenuas ambiciones gubernamentales. Del brazo de la izquierda y de la derecha, el gobierno de Peña Nieto logró lo que durante años, décadas quizá, se consideraba impensable. Hay, desde luego, muchas críticas que hacer a lo reformado y, sobre todo, a los pendientes de esas reformas pero, ¿puede negarse que gracias al Pacto por México se recuperó la conducción estatal de aquello que había sido controlado por los “poderes salvajes”? Lo notable es la adecuación de la palanca a la traba. Para las reformas que requerían una coincidencia de Estado, la recuperación del músculo de lo público se tejió la amplísima coalición que iba de la izquierda a la derecha. Para las reformas que implicaban una definición gubernativa, se pactó una alianza mayoritaria. (más…)

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16, Dic 2013

Ocho notas sobre Maquiavelo

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Hace 500 años Nicolás Maquiavelo estaba terminando de escribir un librito. Es un escrito donde he apuntado todo lo que sé, le cuenta a su amigo Francisco Vettori en una carta fechada el 10 de diciembre de 1513. Al relatarle la aventura de sus días, Maquiavelo le cuenta que por las noches se encierra a conversar con los muertos y a preguntarles de sus acciones para conocer las razones de su éxito y de sus fracasos. Tal vez te interese, le dice  a Vettori, y a un príncipe podría, incluso, resultarle útil. Ahí describo lo que es un principado, qué tipos existen, cómo se adquieren, cómo se pierden. Aquel 10 de diciembre no había puesto aún el punto final a su obra: todavía lo estaba aumentando y puliendo…

Uno. El príncipe no es un manualito de gobierno. Si fuera un simple instructivo práctico, carecería de sentido hoy, 500 años después de hacer sido compuesto. El príncipe es un clásico porque es una reflexión agudísima y certera sobre la naturaleza humana, la textura de la historia, las posibilidades de la acción política. Se le ha querido leer como un libro de consejos pero es mucho más que eso: un juicio sobre el sitio del hombre en la historia.

Dos. El príncipe no es la primera página de la ciencia política, como han dicho muchos. Nada más ajeno a su pensamiento que la idea de una racionalidad exacta, despojada de cualquier subjetividad. El Estado no es artefacto de la técnica, es una obra de arte. El artista al que se dirigió Maquiavelo no tiene nunca control absoluto sobre el material al que aplica su genio. El gran defensor de la voluntad política nunca creyó en la omnipotencia del deseo ni en la supremacía de la razón. Sostuvo exactamente lo contrario: que lo impredecible, lo incontrolable, lo indómito reside en el corazón mismo de la política. Los delirios del control político absoluto exhiben la máxima ignorancia.

Tres. Maquiavelo no fue maestro de tiranos. En El príncipe pensó, sobre todo, en la conquista del poder. El personaje que le seduce es aquel que no ha heredado una corona y que, sin embargo, a golpe de valentía y audacia, prudencia y arrojo, es capaz de conquistarla y conservarla en su cabeza. Antonio Gramsci lo leyó bien: fue maestro de revoluciones.

Cuatro. Tampoco fue predicador del mal. La palabra virtud aparece una y otra vez en los 26 capítulos de El príncipe mostrando todo lo que le importaba el bien a su autor. Tampoco creyó que la política fuera un territorio amoral, donde las consideraciones sobre la bondad o la maldad de la conducta fueran irrelevantes. Todo lo contrario. Sabía que en el gobierno de los hombres hay que tomar elecciones dramáticas y que, con frecuencia, hay que elegir entre males. Su herejía fue advertir que el bien no produce solamente cosas buenas y que del mal surge, en ocasiones, un bien. Si el hecho acusa al político, dijo, los resultados pueden excusarlo. (más…)

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09, Dic 2013

Politiquería constitucional

La reforma electoral reciente ha ganado consenso muy pronto: es la peor reforma de la historia moderna de México. Toda reforma institucional es, naturalmente, polémica. La larga cadena de cambios legales ha atraído, en distintas proporciones, aplausos y condenas. La anterior, por ejemplo, fue criticada por burocrática y paternalista, pero al mismo tiempo fue elogiada como un adelanto en la equidad. La reforma electoral de hoy solo encuentra defensa en los torpes argumentos de sus redactores. No he encontrado a nadie, ni siquiera en el círculo de aplaudidores habituales, que alabe el cambio en materia electoral.

“¿Sabemos qué reformar y cómo lo vamos a hacer?”, preguntaba Giovanni Sartori en su trabajo sobre ingeniería constitucional. Ésa es la pregunta central en materia de cambio institucional. Un conocimiento de la máquina y su funcionamiento, identificación precisa del problema e ideas para resolverlo. Los reformistas que decidieron aniquilar al IFE no sabían qué querían reformar pero sabían que querían reformar. Les urgía reformar algo… y que pareciera grandote. El contenido, como se ve por el resultado de esta reforma grotesca, era lo de menos. Lo importante para los panistas era presumir que le habían arrancado una reforma política al PRI; lo necesario para los priistas era pagar el costo de una reforma energética—cualquiera que éste fuera. Esa es la lógica inocultable de esta reforma.

Los reformistas han eliminado al Instituto Federal Electoral, una institución que durante dos décadas organizó con éxito las complejísimas votaciones mexicanas. Absorberá sus funciones un órgano al que llaman Instituto Nacional Electoral, una especie de IFE decapitado,  borroso, sin linderos precisos. Un mal chiste, dice José Woldenberg, que algo sabe de estas cosas. Se crea un órgano nacional y se preservan—más como sombra que como institución dignamente configurada—los órganos locales. Uno tiene el permiso de hacerlo todo si le da la gana; los otros vivirán amenazados todo el tiempo con la intervención del Centro. Se estableció la reelección legislativa y de presidentes municipales pero se hizo de tal manera que resulta la negación perfecta de su propósito inicial. Una medida que tenía como intención fincar la responsabilidad democrática de legisladores y alcaldes se convierte en otro grillete de los partidos para sujetar a sus cuadros. Una medida que podría flexibilizar la política parlamentaria, provocará lo contrario. Genial: tendremos los costos de la reelección con todos los vicios de la rigidez partidocrática. Perpetuación de una clase política que seguirá estando resguardada de la ciudadanía. La imaginación de los legisladores para corromper iniciativas valiosas, para adulterar propuestas meritorias es inagotable. (más…)

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02, Dic 2013

El primer año

La inauguración de fachadas es el rito distintivo de nuestro ceremonial político. La consagración oficial del simulacro. Un rito frecuente donde la clase política posa para los fotógrafos, orgullosa porque ha logrado edificar una apariencia. Se canta el himno, se declaman discursos, el listón se corta y se inaugura un hospital, una escuela, una oficina.  El problema es que el hospital es solamente el frente del hospital. Detrás del muro no hay camillas, no hay jeringas, no hay medicinas. Tampoco hay médicos pero no importa: el listón fue cortado oportunamente para las cámaras y ha aparecido ya en los noticieros. Eso es el primer año de gobierno de Enrique Peña Nieto: la espléndida inauguración de una fachada.

Se instaló en el poder con un extraordinario golpe de escena. El pacto, sorpresa para todos, sacudió al país y atrajo la atención del mundo. Después de años de infructuosa rivalidad, el país se ponía en marcha. México contaba de pronto con una potente coalición reformista. No era una coalición ideológicamente sesgada: el gobierno se acercaba a la izquierda y a la derecha simultáneamente para acentuar la necesidad de recuperar la plataforma de lo estatal. El diagnóstico era despiadado con lo inmediato: los poderes de hecho habían arrebatado capacidad regulatoria al poder público. Los sindicatos y las empresas convertidas en agencias rectoras y el Estado, cómplice de su propia degradación. Había que recuperar el piso y en ello se empeñó la coalición. En materia de educación y en telecomunicaciones lo importante era enviar un mensaje desde el Estado. El contenido de la reforma era secundario, lo crucial era afirmar la determinación de la clase política en su conjunto de emanciparse de sus captores.

El Pacto, desde luego, fue un acierto del gobierno y de los partidos porque logró escapar de la política del bloqueo, esa terca experiencia de nuestro pluralismo que se empeña en anular  al otro. La coalición permitió tocar lo intocable. Esos intereses que parecían invulnerables, herméticos a cualquier roce de la política, fueron sometidos a una regulación severa. Ese es el gran éxito, la gran contribución, el legado perdurable del Pacto. La coalición del 2013 le permitió al país ensanchar el sentido de lo políticamente posible. Mostró que la negociación podría rendir frutos y que los negociadores podrían enorgullecerse del diálogo. Era claro, desde un principio, que el pacto era una alianza perecedera. Que tarde o temprano la liga se rompería. Independientemente de los frutos de ese acuerdo, queda una enseñanza política, una enseñanza histórica, me atrevería a decir: la negociación no es claudicación, no es, como insisten los sectarios, traición. El Pacto por México difícilmente puede reeditarse, pero quedará como la experiencia inaugural de un pluralismo eficaz.

El gobierno ha logrado empujar dos reformas importantes con amplio consenso. La reforma al régimen laboral de los maestros (me rehúso a llamarla reforma educativa) y la reforma de telecomunicaciones tuvieron el respaldo de la izquierda y de la derecha. En alianza con el PRD, produjo una reforma fiscal. Al parecer, es inminente una reforma política y energética respaldada por Acción Nacional. Desde una perspectiva, serían logros extraordinarios de un gobierno en su primer año de gobierno. Hemos demostrado que podemos crear una democracia de resultados, dirán los voceros de la administración. Tendrán razón, pero el problema con ese culto de la eficacia es que ensalza el acuerdo y menosprecia lo acordado. Lo importante parece ser la celebración de la reforma, no la sustancia de esa reforma. Levantar la fachada de una escuela, aunque no haya pizarrones, gises, pupitres. Es la política del listón cortado, el reformismo de fachada. Las reformas de este gobierno son eso: muros de una casa vacía. En el mejor de los casos, se trataría de la primera etapa de una edificación compleja. En el peor, sería un distractor contraproducente. La preocupación gubernamental es comunicativa, más que transformadora: enviar mensajes de corpulencia, unidad, eficacia, disciplina. Lo que cuenta es la proclamación de la reforma, no el detalle de sus reglas. Lo que importa es el festejo del cambio, no el cambio. El gobierno de los operadores es un gobierno ciego al detalle. Conquista de las generalidades, fracaso del pormenor. Pero son éstos, los detalles, los que tarde o temprano, imponen su dictado.

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25, Nov 2013

Una crítica

Hace unos años el diario londinense The Guardian anunció sus planes para transformarse radicalmente. Saltaría a la modernidad, dejaría la tinta y el papel y se escribiría íntegramente en tuits. Seremos el primer diario publicado totalmente en tuits, anunciaba con orgullo. Ya basta de rollos, decían los editores: ninguna información necesita más de 140 caracteres. Era una broma del Día de los inocentes, pero algo decía: asfixiar la palabra y expandir la imagen es la obsesión del momento. El lugar común es que una imagen vale más que mil palabras. Las ideas estorban, bastan las frases.

Escribo este artículo en menos espacio del que tenía la semana pasada, así que tengo que ir al punto de inmediato: los periódicos están en crisis y el mío la encara mal. Entiendo—o creo entender–el desafío que la tecnología le lanza a los diarios tradicionales, esos productos del siglo XVII, hechos de papel barato y regidos por el ciclo estricto de los días. La revolución de las comunicaciones ha sido muy buena para la libertad de expresión pero despiadada con la prensa. La gente es bombardeada cotidianamente por información. Todo el tiempo recibe en la palma de su mano avisos de lo que sucede aquí y en cualquier parte. Así se entera de lo que sucede en su barrio y en el mundo; la cartelera del cine y los resultados del futbol. No tiene ya que esperar a la mañana siguiente para enterarse de lo que sucedió la tarde anterior. ¿Dónde se coloca la antigualla de la tinta y el papel en esta profusión de noticias?

La respuesta no es fácil. No creo que haya nadie que tenga la respuesta a esta crisis inesperada de los periódicos. Es interesante que al rescate del Washington Post haya entrado el hombre que rehízo la industria del libro. Por una bicoca, la milésima parte de lo que cuesta una aplicación utilizada para sacar y difundir de fotos de gatitos con anteojos, Jeff Bezos, el fundador de amazon, compró el Washington Post. ¿Reinventará el periodismo? Lo que le ha dicho a los empleados del diario parece sensato. Los valores del periódico no deben cambiar con el dueño. El compromiso de un periódico es con sus lectores y no con los intereses particulares de sus propietarios. No hay mapa. Lo que importa preservar, escribía Bezos, es la valentía que debe marcar la vida de un periódico. Valentía para resistir la presión de publicar y hacerlo solamente cuando la historia esté bien fundada. Valentía para seguir la información, independientemente de las consecuencias. El periodismo tendrá que adaptarse a los cambios; emplear todas las herramientas tecnológicas. Pero tiene el deber de preservar su sitio como el instrumento que le ayuda a una sociedad distinguir lo importante de lo trivial, la verdad del rumor, los hechos de la opinión. (más…)

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18, Nov 2013

La conspiración

México es la nación más antidemocrática del continente. La radiografía reciente de Latinobarómetro lo muestra con claridad. No que sea el país más autoritario, que el presidente ejerza como el dictador más despiadado de la región, que sea el país más inquisitorial o el de elecciones menos confiables. Es que es la sociedad que menos cree en la democracia, la más dispuesta a deshacerse de ella, la mejor situada para darle la bienvenida al golpe de la mano dura. El dato no puede ser pasado por alto. Solamente el 37% de los encuestados en México cree que la democracia es el mejor régimen de gobierno. La mayoría de los mexicanos, más del 60% cree que hay circunstancia que justifican el autoritarismo. La desconfianza mexicana por la democracia contrasta con el respaldo del 71% de los uruguayos, el 73% de los argentinos y el 87% de los venezolanos. Guatemala, Honduras y El Salvador tienen una mejor impresión del régimen democrático que los mexicanos.

Tras la alternancia, el país se dispuso a creer en un sistema de gobierno basado en el voto, los derechos, la pluralidad. Desde entonces ha descendido el respaldo a la democracia. Nunca, en la historia de esos registros, México había mostrado tal desconfianza. Las dos alternancias que hemos vivido no han servido para prestigiar a la democracia. El sistema democrático es visto como un régimen más ineficaz que la autocracia, una forma de gobierno tan distante y tan corrupto como el autoritarismo.  (más…)

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11, Nov 2013

El ogro demediado

En agosto de 1978, Octavio Paz publicó en Vuelta lo que sería muy probablemente, el ensayo más penetrante sobre el régimen político postrevolucionario. El título anunciaba a un monstruo enamorado de la humanidad. El Estado mexicano era un ogro filantrópico. Una criatura contrahecha. Una bestia que se levantaba sobre la sociedad y la economía para conducirlas con arbitrariedad, pero también con eficacia. Un engendro premoderno que servía, sorprendentemente, como palanca de la modernización. El Estado mexicano había creado dos burocracias paralelas. La primera “está compuesta por administradores y tecnócratas: constituye el personal gubernamental y es la heredera histórica de la burocracia novohispana y de la porfirista. Es la mente y el brazo de la modernización. La segunda está formada por profesionales de la política y es la que dirige, en sus diversos niveles y escalones, al PRI. Las dos burocracias viven en continua ósmosis y pasan incesantemente del Partido al Gobierno y viceversa.” Al lado de la casta dedicada a la reproducción política del régimen, se abría paso un grupo de técnicos empeñados en impulsar un proyecto de modernidad. Burocracia partidista y burocracia técnica: dos concepciones de la política, dos proyectos, dos nociones de la política, dos sensibilidades.

Paz percibía en ese equilibrio inestable y tenso, una de las claves del régimen. El viejo gobierno priista se sostenía por esa tirantez. Los contrapesos del régimen eran fundamentalmente internos: dos facciones contrapuestas que no podían ignorarse. El presidente era una especie de árbitro que mediaba entre las tendencias. La proverbial flexibilidad ideológica del priismo era, en buena medida, expresión del vaivén de sus tendencias.

Ése era, pues, otro PRI. El partido que ha recuperado el poder ya no es el partido bifronte que describía el poeta. La alternancia sirvió al PRI para reducirse a una sola facción y cohesionarse bajo el molde de la política mexiquense: disciplina, solemnidad y corrupción. El PRI de Enrique Peña Nieto no es el partido estructuralmente confrontado del siglo XX. La “casta política” barrió a su adversario. El gobierno federal ha limpiado las fricciones ideológicas. No quedan técnicos ni aparecen las ideas. El verdadero proyecto de la administración es el consenso, es decir, la falta de proyecto. No aparece una tensión entre la razón técnica y la estrategia política; no se percibe ya tirantez entre el proyecto y el método porque el propósito gubernamental es la simple gestión de sus respaldos. Lo importante es ganar votos del PRD aquí y votos del PAN allá, no qué hacer con esas alianzas. Lo importantes es callar disidentes, no importa cuál sea el costo de su silencio. La sacralización del acuerdo ha servido a este gobierno sin orientación para tapar su carencia fundamental. El consenso ha quedado como el único valor porque el proyecto, si es que algún día existió, se ha diluido. La ocurrencia, esa salida casual que brota sin reflexión entre las prisas y las transacciones, vuelve a ser la moneda crucial de la política pública. La única brújula parece ser la negociación. (más…)

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04, Nov 2013

De emociones y premios

Hay un hueco enorme en el centro del proyecto liberal, dice Martha Nussbaum. Su técnica de los derechos se desentiende de la dimensión emocional del hombre. Su apuesta institucional no solamente es fría: también resulta, al final del día, ineficaz. Se deleita en abstracciones pero suele darle la espalda a la justicia real, ésa que podemos reconocer en la vida diaria. El liberalismo ha sido incapaz de palpar la dimensión pública del sentimiento o, más bien, ha tratado de separar a la política del peligro de las emociones. El divorcio no es inocente. Imposible avanzar en la equidad si la política se desentiende de esa dimensión, si no da la batalla contra el desprecio y la humillación; si no cultiva el respeto, la empatía, el patriotismo. En efecto, esas emociones, han de ser cultivadas, dice Nussbaum quien invita, efectivamente, a una política de amor. Ese es el argumento central de su nuevo libro titulado precisamente Emociones políticas. Por qué el amor importa a la justicia.

Martha Nussbaum ofrece una interesante guía para aquella efímera república amorosa, si es que alguien quisiera revivirla. Cualquier proyecto justiciero debe comprometerse con la transformación de la cultura política. Buscar valores compartidos: respeto por los otros, indignación frente a la injusticia, compromiso con la igualdad. La casa común, sugiere, no puede construirse exclusivamente con ladrillos racionales, filosóficos. Las leyes importan pero no bastan. Es necesario estimular el respeto, fomentar la cooperación, alentar sentimientos de reciprocidad. No puede asentarse la justicia en una tierra marcada por el resentimiento y el odio, el miedo y la desconfianza. Toda comunidad necesita ensanchar los territorios de la empatía si es que quiere realmente caminar hacia la justicia. Nussbaum desarrolla su argumento escuchando a Mozart, recitando poemas de Walt Whitman y Tagore, reflexionando sobre el sufrimiento de los animales y exponiendo las ideas de Rousseau y de Rawls. Una buena introducción al método Nussbaum: reflexión filosófica que se nutre de la literatura.

Esas emociones públicas valiosas que la comunidad ha de procurar no son silvestres. Corresponde al poder público cultivarlas y formar una auténtica religión cívica. El respeto a la ley no basta. Se requiere un ideal alto y exigente, un compromiso apasionado de los ciudadanos por el bien común. Una sociedad sin sentido de sacrificio se desmorona tarde o temprano. Se desliza así la convicción de que el Estado ha de fomentar una religión oficial de la que se desprendan ceremonias, deberes y liturgias. Los gobernantes han de recuperar la elocuencia para llamar a sus conciudadanos al sacrificio por los ideales más nobles; promover arte público, festivales para alimentar solidaridad. No me convence el argumento de Nussbaum sobre la inserción de las emociones en la vida pública y mucho menos su propuesta de edificar un Estado para la virtud. Confiarle al poder público el dictado de un arte noble o la definición de lo patriótico es—ya lo sabemos—una confusión aberrante. Esa frialdad liberal que tanto denuncia Nussbaum es, precisamente, una defensa vigente frente a esa tentación moralizante que termina siendo legitimadora, si no es que opresiva. Después de leer su libro sugestivo, desorbitado e inteligente sigo pensando que es sensato defender la muralla que separa lo institucional de lo personal. La representación política, por ejemplo, debe seguir siendo un encargo fundado más en el cálculo que en el cariño: un vínculo de utilidad, no de fe. (más…)

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