Lunes

04, Ago 2014

Foco fundido

La popularidad del alcalde de la ciudad de México es una de las más bajas que se hayan registrado en la breve historia de la democracia capitalina. La encuesta más reciente del diario Reforma lo registra claramente: una mayoría firme repudia su gestión. No es que esté librando batallas riesgosas y enfrente enemigos de peso. No hay tampoco una campaña de poderosos en su contra que pudiera mencionarse para explicar la caída de su popularidad. El jefe de gobierno es impopular porque, en una gestión tan complicada como la del Distrito Federal, ha sido incapaz de imprimir un sello de identidad a su mando. Sus dos antecesores, cada uno a su modo, pudo pudieron definir, en estilo y decisión, un mensaje claro para la ciudad y para la izquierda. Se trataba de dos versiones de un ambicioso proyecto reformista. Era clara la diferencia entre la política capitalina y la política federal. Frente a Fox y Calderón, los alcaldes del Distrito Federal destacaban por contraste. La ciudad de México se convirtió así, naturalmente, en faro de la izquierda nacional: un foco que alumbraba un proyecto amplio y atractivo. Un hierro magnético que ayudaba a clarificar las disyuntivas de la nación.

Nadie puede decir hoy que la gestión de Miguel Ángel Mancera sea modelo para la izquierda del país. No contrasta con el gobierno de Peña Nieto porque la gestión capitalina es incolora. No pinta el gobierno capitalino. Carece de personalidad, de un discurso medianamente coherente, de un sentido mínimo de dirección. Gobernando la ciudad que atrae la atención del país, no tiene nada que decirle a México. Ese imán de interés pudo proyectar a los alcaldes del Distrito Federal al resto del país porque algo tenían que decir sobre las prioridades de la política pública, sobre el sentido de la comunicación política, sobre la reforma de lo público. En el escenario político más cordial de los últimos lustros, el alcalde la ciudad de México no ha acertado a decirle nada a los capitalinos y mucho menos a quienes viven lejos de la Ciudad de México.  No existe en su gobierno la pasión justiciera de López Obrador ni la convicción de modernidad incluyente de Marcelo Ebrard. El gobierno de Mancera: una burocracia sin misión. No hemos visto, siquiera, lo que se esperaba de este policía con suerte: una ciudad segura. El antiguo procurador no ha logrado, como alcalde, preservar la relativa tranquilidad de la ciudad de México. (más…)

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28, Jul 2014

Salvaje filantropía

En la extraordinaria crónica de lo que León Krauze encontró al visitar La Gran Familia veo una estampa que dice mucho. Tras el operativo policiaco que puso al hospicio en el centro de la atención nacional, una mujer regresa al albergue buscando a su hija. Sola, sin capacidad para cuidarla, la entregó hace años al DIF del Estado de México. La institución del Estado mexicano tampoco tuvo capacidad para cuidarla y la cedió a un establecimiento privado, en Zamora, Michoacán. Los encargados del DIF incluso le sugirieron a la madre que cediera la tutela de su niña para que pudiera enderezar el camino y que no la buscara hasta que cumpliera 18 años. Lo hizo entonces, cuando su hija había alcanzado la mayoría de edad pero no le dieron ninguna información. No la pudo ver. No la ha vuelto a ver. Una madre en condición desesperada acude al Estado mexicano demandando ayuda en la crianza de su hija. El Estado mexicano se deshace de la niña de inmediato y se desentiende del cuidado solicitado.

La Gran Familia encierra una novela inverosímil. Un relato que tiene en el centro a un personaje complejo y fascinante; una historia que podría ser un fragmento representativo de nuestro tiempo. Tal vez, un descripción condensada de Michoacán en donde se cruzan la generosidad y la doblez moral, las transformaciones políticas y la corrupción social que ha generado una atmósfera criminal. Es también una reiteración del tema de México: el fracaso del Estado. Nuestra instancia común desatiende sus responsabilidades más elementales. Es incapaz de castigar delincuentes, de aplicar sus propias reglas, de cuidar a los más vulnerables y supervisar la gestión privada de la asistencia social. (más…)

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21, Jul 2014

Niños

El ensayista francés Pascal Bruckner publicó hace veinte años un ensayo al que puso por título La tentación de la inocencia. Anagrama lo tradujo pocos meses después. Se trataba de un argumento sobre la infantilización del mundo. El hombre corría hacia su infantilización. La cultura contemporánea de los países ricos en Occidente se empeñaba en proteger al individuo, en cubrir su cuerpo de colchones para que ninguna fricción lo lastimara. El niño era el nuevo Dios porque el capricho se había vuelto sagrado, porque la cultura se empeña en mimarnos y en evitarnos el fastidio de hacernos responsables. Al hablar de la infantilización del mundo, el escritor asumía que el resguardo afectivo era condición innegable de los primeros años de la vida. Guarecer con cariño, mantener al niño al margen de los peligros circundantes, librarlo de las cargas de la adultez son marcas irrenunciables de nuestra  civilización. Bruckner se oponía a la prolongación excesiva de ese estatuto protector. Que el adulto sea tratado como adulto.

Que el niño sea tratado como niño era el argumento implícito. Abro el periódico y veo el retrato opuesto: estampas de una niñez sin infancia. Bruckner hablaba de una adultez irresponsable y sobreprotegida. Lo que vemos es lo contrario: una niñez descobijada y agredida; una infancia abortada por una barbarie de insensibilidad. Niños expuestos en todas partes a la violencia y al abuso. Niños sin protección, niños lanzados a todas las crueldades del mundo, niños tratados como si no requirieran de un abrigo especial. Blancos del odio, víctimas de la guerra. Migrantes solitarios en busca de una salvación que no llega. Niños que viajan miles de kilómetros, atraviesan el peligro y tocan el infierno para encontrar una puerta cerrada. Niños sofocados en los albergues que debían cuidarlos. Niños que no juegan ni estudian porque trabajan sin haber alcanzado su estatura. Niños sicarios. Niños que matan para ganar unos pesos. (más…)

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21, Jul 2014

La estridencia

¿Cómo puede abrirse camino la crítica cuando la discusión pública es combate de extremos? ¿De qué manera podríamos acercarnos a la comprensión en ausencia de asideros elementales de objetividad? En asuntos complejos—y todos los asuntos públicos son complejos—no hay forma de hacerse de una idea propia si no se logra escapar de las simplificaciones de los interesados. Damos por descontada la parcialidad de activistas y políticos, las inclinaciones naturales de los afectados por una decisión. El problema surge cuando a esa motivada intensidad no la acompañan perspectivas serenas e informadas que aporten equilibrio. Quienes piensen por los atajos de la identidad tendrán suficiente con la controversia de polos y estarán cómodos ubicando su tribuna. La simpatía o la repulsión bastarán para colgarse de una idea ajena. Si soy militante de un partido, esperaré la línea de mi dirigencia para adherirme a su juicio. Si sigo a un caudillo, no tengo más tarea que seguirlo. Tal vez la hostilidad es un recurso más frecuente para evadir el juicio político. Aborrezco a ese partido a tal punto que cualquier causa que abrace es, para mí, sospechosa y repulsiva. Todo lo que promueva el poderoso aquel será detestable para mí.

La discusión pública mexicana se ha habituado a esa forma de rehuir el examen de nuestros asuntos. En efecto, en la medida en que suelen exponerse públicamente sólo las versiones de los extremos y se nos invita a decidir entre el blanco y el negro, renunciamos a la báscula de la ponderación. Aplaudir o abuchear: esas parecen ser las únicas tareas posibles de la ciudadanía ante un debate como el de la reforma de las telecomunicaciones en México. A celebrar o a maldecir. Hay varios elementos que han hecho de esa controversia política un ejemplo de nuestra torpeza analítica. En ese debate se enredan las más intensas antipatías del país, las expectativas más desbordadas de refundación nacional y una materia técnicamente oscura. El deseo de someter a los villanos, la retórica de una modernidad liberada de sus obstáculos y un vocabulario que excluye a la mayoría. (más…)

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07, Jul 2014

Arnaldo Córdova

Acusaron alguna vez a Arnaldo Córdova de un pecado gravísimo: ser estatólatra. El académico michoacano se confesó culpable si es que esa manía era en realidad un reconocimiento de su preocupación por las formas históricas del poder político y la conformación del Estado como un organismo que conquista cierta independencia de los grupos sociales, imponiéndose sobre la sociedad. El Estado fue, en efecto, el centro de las preocupaciones del intelectual. Estudió a Maquiavelo, a Kant, a Marx y otros estudiosos del poder político. Narró la formación del poder en México y dibujó una compleja cartografía de nuestras ideas políticas.

Como buen lector de Maquiavelo, creyó que el entendimiento de lo político no era simple observación del poder sino participación en la historia. Conocimiento, crítica y militancia eran hilos de la misma fibra. Si buceó en las ideas de la Revolución Mexicana fue porque las creyó vivas, relevantes, pertinentes. Si trató de comprender la política de masas del cardenismo fue porque vio en ella, a un tiempo, la base popular y autoritaria de un régimen. Si se acercó a Marx y a Kant fue porque creyó que era indispensable buscar conciliación entre igualdad y la libertad. Si examinó la institucionalización del presidencialismo fue porque ubicó en la omnipotencia del Ejecutivo la clave del autoritarismo mexicano.

Córdova entendió la Revolución Mexicana como partera del gran protagonista del siglo XX: el Estado. El fruto de la Revolución fue eminentemente político: un nuevo modo de organizar el poder que implicaba la inserción de las masas y una monstruosa concentración del poder. Un leviatán consensual y autoritario. El primer Doctor en Ciencia Política de la UNAM aportó complejidad al examen del Estado mexicano. Sus trabajos tienen una rica base documental y una sólido fundamento teórico. Quien se acercó a los debates de la Revolución no era propiamente un historiador sino un lector de los clásicos de la filosofía política que quería hablarle al presente. De ahí el nomenclatura de su mapa. Detrás del estudio del discurso político se advierte la vida de los conceptos: democracia, legitimidad, ciudadanía, institucionalidad, populismo. (más…)

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30, Jun 2014

Legitimidad y conflicto de interés

Los escándalos van y vienen. Se cobran su víctima y desaparecen. No suele aprenderse mucho de ellos; no parecen ser inhibidores eficaces del atropello. Alimentan el morbo, permiten el desahogo de la rabia y poco más. Los problemas quedan. Por eso no tiene mucho sentido detenerse en el escándalo y sus protagonistas. Lo que permanece con nosotros es un grave vicio de nuestra vida pública: la utilización de la función pública para la ventaja privada. Tan imbricada entre nosotros es esa confusión que, a quienes se pilla en abierta transgresión, se dicen sorprendidos por la queja: también soy abogado y puedo representar a quien sea; soy empresario y pienso en los negocios que pueden abrirse en el país para generar empleo. Es irrelevante que sea funcionario público, no importa que sea legislador. El ladrón que es sorprendido hurtando suele negar los hechos; quien es descubierto en abierto conflicto de interés se indigna por la acusación.

El conflicto de intereses, particularmente en la órbita legislativa, tiene un efecto corrosivo que es necesario atender: la legitimidad misma de la tarea queda en entredicho cuando los legisladores actúan como delegados de su propio interés o como agentes de fuerzas económicas. Desde luego, la representación absorbe los intereses diversos de una sociedad, expresa directa o indirectamente la voluntad de los grupos políticos, de centrales sindicales  o sectores empresariales pero no puede ser simple traslado del interés parcial a la vida pública. La democracia se alimenta de la expectativa de transformar esos intereses en política común. Un parlamento es moderno precisamente cuando rompe con ese vínculo medieval que hacía de los representantes simples mensajeros que portaban la instrucción de sus patrones. Tener legisladores al servicio de su propia ambición empresarial o entregados a un patrocinador es romper el principio democrático elemental: el Congreso como foro deliberante de lo público.

Quiero decir que la legitimidad de la representación política no depende solamente de la fuente electoral sino también del desempeño de los representantes como agentes del interés común. No hay, desde luego, una sola vía para llegar a ese interés; no existe tampoco una ruta única para acceder a él. Se trata, por supuesto, de una noción ambigua y disputable. ¿Qué propuesta de las que se debaten en un Congreso es la que, auténticamente defiende el interés común? Nadie puede decirlo de antemano. Es imposible suprimir la controversia sobre el contenido específico de nuestras normas pero es fácil detectar qué condiciones pervierten el juicio de los legisladores. Empecemos diciendo que es inadmisible que un legislador intervenga en la discusión de una ley mientras hace cálculos de inversión que dependen de esa ley. (más…)

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23, Jun 2014

De homofobia y estupidez

En Lo marginal en el centro, su extraordinario ensayo sobre Salvador Novo, Carlos Monsiváis recuerda una anécdota del cronista relatada por Elías Nandino. Vale citarla:

En una ocasión Xavier Villaurrutia y yo pasamos por Novo al edificio de la Secretaría de Educación, para irnos juntos a comer. A Salvador y a mí se nos ofreció ir al baño. En una de las paredes, alguien había puesto: “Salvador Novo es joto.” Él leyó eso, sacó un lapicero y comenzó a hacer una lista: “Narciso Bassols es joto,” El tesorero de la SEP es puto,” “el Secretario es marica.” Llenó media pared con los nombres de muchos funcionarios. Cuando salió le pregunté con sorpresa:

–¿Por qué hiciste esto?

–¡Ay! Pues porque así borran más pronto.

Lejos de indignarse con el insulto, Salvador Novo se burla de él. No borró su nombre de la pared del baño: arremedó el procedimiento de sus agresores para exhibirlos. Al infantilismo del insulto corresponde una reacción paralela. Monsiváis coincide con el relator: “Desde joven Novo se puso más allá del bien y del mal, de tal manera que decir que él era maricón no era decir nada.” La reacción de Salvador Novo es ejemplar: lejos de borrar la ofensa y denunciar el estigma, se apropia del epíteto para mostrar la estupidez anónima. Lo que los otros señalaban como señal de oprobio, el escritor asume como pose de orgullo. Trajes, anillos, gestos, dicción que exageran el estereotipo del maricón. Volverse sátira para escupirle al mundo sus prejuicios. Novo acomete su sexualidad, dice Monsiváis, como si fuera una empresa revolucionaria. Nada como un espejo que exhiba la idiotez tumultuaria frente a sí misma. Al imbécil que le lanzó un plátano desde la tribuna del estadio para llamarlo chango, Dani Alves le respondió perfectamente: lo tomó del piso, abrió la cáscara, le dio un mordisco y siguió jugando. Todos somos changos.

La tentación frente a la homofobia es acudir al Estado para que éste reparta castigos a los ordinarios. Que se prohíban gritos, que se reglamenten chistes, que se castigue a los odiadores. Hacer del poder público (o de los organismos internacionales), policías del lenguaje, custodios del respeto, promotores de un lenguaje aséptico. Me sigue pareciendo mala estrategia. Pensar en la reglamentación de nuestro vocabulario es parte de la idolatría política de la modernidad. El Estado como artífice del respeto. El gobierno como árbitro del lenguaje. Esa confianza en la capacidad de la coerción para transformar todo espacio común en escuela cívica es paralela al descrédito de lo público, a la desconfianza que sentimos por la respuesta de la cultura, de la imaginación, de la crítica. Que no resulte sensato castigar el prejuicio no significa que no haya nada que hacer frente a él. El repulsivo grito que México ha exportado a Brasil merecería esa respuesta: exhibición.

La expresión homófoba es un derecho como lo es la estupidez. Sí: somos libres de escoger nuestra forma de ser idiotas. La ley no nos obliga a ser listos ni tampoco a ser respetuosos. El respeto es un valor moral exigente que la política no puede imponer. Por eso nos consolamos con un instrumento más modesto: la tolerancia. De ahí que la Constitución proteja la expresión libre de las ideas—por  absurdas o hirientes que nos parezcan. En efecto, la libertad de expresión implica, simultáneamente, el derecho a equivocarse y el derecho de ofender. A ser homófobo tiene derecho el senador del PAN que ha declarado que la única familia es la tradicional y que las reformas recientes en la Ciudad de México implican un atentado gravísimo a los valores nacionales. Tiene derecho a pensarlo y tiene derecho a decirlo. Es valioso que la opinión pública conozca lo que piensa el legislador. Me parece condenable, por supuesto, que sea respaldado por un partido político nacional y que encabece una comisión de la familia del Senado pero jamás pensaría que su expresión, primitiva, prejuiciosa, ignorante merezca castigo. Lo que merece es crítica, exhibición y burla.

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16, Jun 2014

La falacia meritocrática

La gran ventaja de ser un profesor de Economía en Francia, escribe Thomas Piketty en las primeras páginas de su famoso libro, es que uno no es muy respetado. Las conclusiones de los economistas en las universidades francesas no son adoptadas como dogma por los políticos o los financieros. Nadie se atrevería a invocar la contundencia de la Ciencia para hacerse oír en el espacio público. Sin espacio para pontificar, los economistas necesitan convencer. Por eso necesitan alimentarse de otras ciencias, de la historia e, incluso las sugerencias de la literatura. Ésa me parece la primera aportación del fenómeno editorial de la temporada. El capital en el siglo XXI, el libro que sorprendentemente se ha ubicado como el libro más vendido de los últimos tiempos y que pronto será publicado por el Fondo de Cultura Económica entabla una discusión con la disciplina económica. ¿Cómo pensar, cómo discutir economía en nuestros días para que la reflexión resulte relevante? El intelectual francés percibe, sobre todo en la academia norteamericana (que nosotros nos empeñamos en copiar) una fijación infantil por los números y un olvido de los grandes problemas públicos. En su imponente trabajo muestra una forma distinta de reflexionar la economía. A pesar de que se trata de un tabique de casi 700 páginas con una fuerte carga de datos, gráficas y algunas fórmulas, es un libro intelectualmente sugerente, académicamente sólido y amable para el público no especializado.

No es frecuente que un libro académico genere una discusión tan intensa, tan amplia, tan vehemente. En los Estados Unidos ha capturado la atención de los medios y ha sido comentada con devoción y pánico por los extremos ideológicos. Reseñas van y vienen. Unos ven en él la comprobación histórica y empírica de que la desigualdad ha llegado a extremos inadmisibles en los países industrializado y que es urgente cambiar de políticas. Otros lo denuncian como un estalinista encubierto que pretende derruir las bases de la libertad. El Financial Times prestó munición a los críticos al sugerir que el fundamento cuantitativo del estudio es endeble. Se trata, sin lugar a dudas, del libro del momento. Lo es por la investigación y la exposición del autor pero lo es, sobre todo, por la naturaleza de nuestro presente. Piketty, han dicho muchos, captura el espíritu del momento porque inserta el problema de la desigualdad como el problema de nuestro tiempo. A entender sus causas y sus efectos; a mitigarla con propuestas atrevidas se dedica el texto. (más…)

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09, Jun 2014

Felipe, el último

La abdicación de Juan Carlos I vuelve a colocar sobre la mesa lo que suele barrerse bajo la alfombra. Lo que se pretende raíz inconmovible aparece ahora como rama frágil. Era inevitable que la sucesión instalara nuevamente a la monarquía española como problema. ¿Cómo no preguntarse ahora si tiene sentido el pacto originario de la transición? La exigencia racionalista resurge frente a la inercia hecha norma constitucional. ¿Monarquía? La mera pregunta sobre la forma de Estado parece un acto de subversión. Lo es en alguna medida porque el hábito se presenta como la marca de la lealtad.

Los reyes sirven cuando no se cuestiona su existencia porque se apoyan en la tradición, no en el argumento. En el pasado, no en lo pensado. Las monarquías de hoy son demostración de que el prejuicio (aquello que aceptamos sin reflexión) sigue siendo principio político vigente. No niego que las monarquías puedan ser funcionales, que hayan resultado útiles a lo largo del tiempo o en coyunturas críticas. Me parece evidente que son compatibles con un régimen plenamente democrático y que pueden perdurar en los climas más igualitarios del planeta. Útiles arcaísmos si es que logran ocupar sensiblemente su irrelevancia.

Dije irrelevancia pero me corrijo: las monarquías constitucionales pueden cumplir las funciones del símbolo que no son, en modo alguno, triviales. A la política no le corresponden exclusivamente tareas funcionales, también le son inherentes las ceremonias, el rito, la teatralización de la unidad. Esa era la grandeza que Walter Bagehot veía en la constitución británica: la manera ingeniosa de combinar dispositivos eficaces con listones “dignificantes”. La corona servía, a fin de cuentas, de disfraz: Gran Bretaña vivía una política esencialmente republicana con una señora disfrazada de reina. Una distracción que permitía imaginar que, entre tantas disputas y diferencias, había un punto de confluencia nacional, una línea de permanencia en el tiempo. Emblemas nacionales: una bandera, un himno, una familia real. Si el proceso político moderno es conflicto y discontinuidad, la realeza ofrecía la apariencia—tano solo la apariencia—de una armonía duradera. (más…)

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02, Jun 2014

El vaciamiento de la política

Es posible que la crisis económica europea esté llegando a su fin pero, al parecer, la releva una profunda crisis política. Lo dice Jan-Werner Müller, un politólogo alemán que publicó hace un año una impecable historia de las ideas políticas del siglo XX. Lo decía antes de la elección europea. Lo que ha pasado en la votación para el Parlamento Europeo no hace más que confirmar su anticipo. Los votantes sacudieron el mapa de Europa. La extrema derecha, el nacionalismo y la xenofobia avanzaron considerablemente. En Francia y la Gran Bretaña las organizaciones antieuropeas se impusieron a los partidos tradicionales de la derecha y la izquierda. Lo curioso es que en las últimas elecciones para el Parlamento Europeo, la participación ciudadana aumentó. Revelador: interés en votar en las elecciones europeas… para darle la espalda a Europa.

La crisis política tiene, desde luego, orígenes complejos y muy diversos. No soy yo quien pueda hacer el diagnóstico, ni mucho menos quien proponga receta. Quisiera aportar aquí simplemente un ingrediente para la reflexión que puede sernos útil. El proceso de integración europea ha caminado de la mano de la despolitización. El ámbito de lo político se ha restringido paulatinamente, se han marginado los partidos políticos, se ha confinado la discusión. El gran proyecto de la convergencia supuso una explícita restricción de lo político. Confluir en el mercado común y en la moneda única implicaba el acatamiento de un recetario incuestionado. Atarse las manos y confiar en la sapiencia de los técnicos. El repertorio de opciones se redujo drásticamente.

Los padres de la Europa unificada quisieron proteger a la criatura de la amenaza de los partidos políticos. Los partidos se asumieron como el peligro de la unidad y, por lo tanto, limitaron su propia injerencia en la política europea. Se tragaron la pastilla completa de la antipolítica y confiaron en la conducción imparcial, técnicamente fundada, capaz de aislarse de la siempre veleidosa opinión pública. El proyecto europeo debe entenderse, en ese sentido, como el gran proyecto de la despolitización de fines del siglo XX. Por una parte los estados nacionales pierden competencias históricas que son transferidas a la Unión. Pero ese desplazamiento del poder no vino acompañado de una ampliación de la democracia europea, sino, por el contrario, de restricciones importantes a la participación ciudadana. (más…)

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26, May 2014

Lo vital

Julia Carabias fue secuestrada durante dos días en la Selva Lacandona. Ella misma lo denunció con dignísima parquedad, rehusando convertirse, en tanto víctima, en centro de la atención pública. Lejos de ostentar la intimidación que sufrió para ganar notoriedad, partió de la experiencia personal para enfocarse en los peligros públicos. Lo que está en riesgo es la selva, santuario para miles de especies, regulador climático, albergue de la mayor diversidad biológica en México, un tesoro natural del planeta.

Carabias ha dedicado su vida profesional al cuidado del medio ambiente. Desde las oficinas de mayor responsabilidad, condujo la política ecológica del gobierno federal. Al término de su encargo, en lugar de brincar a otra silla política, regresó al campo—o más bien a la selva—para cuidar nuestro patrimonio natural. Su aportación ha sido múltiple. Investigación científica, asesoría productiva, divulgación. Sabe bien que cualquier política pública necesita anclarse en conocimientos sólidos sobre la salud de las especies; que la protección de la naturaleza requiere del involucramiento de las comunidades y el hallazgo de prácticas económicas no depredadoras. Desde Natura, una asociación civil que vincula la investigación científica y la promoción de proyectos sustentables, se ha opuesto a las invasiones de las áreas protegidas, al saqueo de plantas y animales. No sorprende, pues, que tenga enemigos poderosos. Quienes pretenden explotar las zonas restringidas han emprendido una campaña de hostigamiento que llegó al extremo del secuestro. (más…)

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19, May 2014

El INE y los aborígenes

Nadie fue tan crítico con la reforma electoral como aquellos que tienen la responsabilidad de aplicarla. En enero de este mismo año, Lorenzo Córdova, ahora presidente del Instituto Nacional Electoral, declaraba que los cambios a la Constitución en materia de elecciones no partían de un diagnóstico coherente sino de una serie de juicios superficiales e incoherentes. La reforma electoral ganó un rápido consenso, decía Córdova: todos los especialistas la rechazan. La gran contribución de los reformistas fue insertar confusión donde había claridad. No insistiré en los absurdos de una reforma hecha para complacer al partido derrotado en 2012 y para comprar su respaldo en otras asuntos legislativos. Lo que me parece interesante es la figura del órgano electoral que ha sustituido al IFE. El INE es síntoma del candor de nuestra fe centralista. Es cierto que el cambio político no ha ido en tren. Los vagones no avanzan a la misma velocidad; no se dirigen si quiera, al mismo punto. La descentralización ha transferido poder a las regiones, sin instaurar, en muchos casos, los contrapesos indispensables. La autocracia se ha mudado a la periferia y ha encontrado ahí, un terreno fértil para su imponer su imperio y pertrecharlo. Dispone de recursos sin rendir cuentas; domina la legislatura o compra sus votos; calla a la prensa; intimida a la crítica. Las instancias de la autonomía son, en ese contexto, fácilmente penetradas por el poder en turno. ¿Qué hacer para acompasar la democracia mexicana? ¿Cómo lograr finalmente la sintonía de regímenes? ¿Cómo expandir el pluralismo, los equilibrios y el control del poder a las regiones? Hoy la respuesta parece muy sencilla. Coinciden en ella el gobierno y las oposiciones: centralizando podrá imponerse democracia a las bárbaras regiones del país. La centralización es la carta de moda. Medicina universal e infalible. Nos dará la paz, logrará la eficiencia, irradiará democracia. No extraña que el gobierno priista confíe en el remedio. Después de todo, su era se condensa en la filosofía del embudo. Concentrar todos los poderes y responsabilidades en un punto para domesticar a la bestia de la disgregación. Lo que sorprende es la ingenuidad con la que las oposiciones han abrazado la causa del centralismo. Por eso han resuelto que, para tener elecciones auténticas en los estados, debe colocarse a las entidades locales bajo supervisión de un órgano digno de confianza, es decir, un órgano con la pureza de lo nacional. El régimen electoral local ha quedado bajo la tutela de un órgano central, que podrá, en todo momento, declarar la incapacidad de los aborígenes para organizar sus elecciones. Los nativos no decidirán, por supuesto, quiénes integran sus órganos electorales. Su juicio, ya lo sabemos, está congénitamente viciado. Para protegerlos, hay que ignorarlos. Desde el centro, donde el juicio es puro e imparcial, vendrán los nombramientos de los funcionarios electorales. Eso sí, si en el curso del proceso electoral, el órgano designado por los imparciales de la capital es atrapado por los embrujos de la tribu, concluirán de inmediato sus funciones. El Centro se hará cargo directamente de las elecciones locales. Había muchas rutas institucionales para alentar la imparcialidad de los órganos electorales locales. En lugar de explorarlas, los reformistas prefirieron insertar el embudo. Los reformistas que establecieron el protectorado electoral creen que su medida es una respuesta de realismo ante un ideal burlado. Defender el federalismo es, para ellos, una candidez: taparse los ojos o voltear la cara ante la realidad. No pueden aceptar que había formas respetuosas del federalismo que pudieran alentar la constitución de las autonomías regionales. El tutelaje devela, por el contrario, la verdadera arrogancia de nuestro tiempo: la creencia de que al Centro debe dársele nuevamente función salvadora. Si decimos restauración, deberíamos ver justamente esto: esa fe de bien pensantes y cínicos en las virtudes infinitas de la centralización. La democracia local será un regalo del barrio de Tlalpan a la república mexicana. Hablo de ingenuidad además de arrogancia, porque la centralización implica dejarse seducir por los encantos de la concentración y menospreciar la formación de instancias locales. Hemos sido testigos de uno de los golpes más severos al federalismo mexicano en nuestra historia. Que nadie lo haya lamentado es retrato de la resurrección de esa fe centralista.

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12, May 2014

Fascinación por la apariencia

Tienen uniformes nuevos. Se les han entregado armas y vehículos con emblema de las fuerzas rurales. La ceremonia, presidida por el Comisionado para la seguridad, adquiere el sentido de una conversión colectiva. Los justicieros se institucionalizan y asumen su papel de entidades de Estado. El vocero más vistoso de las autodefensas proclama: “somos gobierno”. El delegado federal, citando a un Brecht pasado por Silvio Rodríguez, les dice enfáticamente: ustedes son los imprescindibles.

La escena es elocuente. El cambio público de vestuario, la entrega formal de las armas, la recepción de las camionetas, los discursos y las poses, los gestos marciales de los nuevos gendarmes. Un letrero que dice “Toma de protesta, Fuerza Rural.” El gobernador y el congreso local visiblemente ausentes. Se trata de una organización formalmente estatal pero no hay representantes de Michoacán. El espectáculo proyecta un mensaje: los ejércitos privados se han encauzado virtuosamente a la legalidad. Y sin embargo, el problema de las autodefensas permanece. El uniforme no resuelve nada. Quienes ahora se declaran gobierno han registrado miles de armas cuya portación es un delito… y las han conservado, bajo la promesa de ser discretos. Dieron su palabra de que no las exhibirían. Lejos de pasar las pruebas de confianza que se han establecido para formar cuerpos profesionales de seguridad, las policías rurales se han reclutado gracias a una negociación política. Éste es un fruto del diálogo, dice el procónsul. No de la legalidad, del reclutamiento profesional, de un proceso propiamente institucional, sino de una negociación que absuelve a unos y condena a otros. Los que ayer eran tratados como imprescindibles, se convirtieron poco tiempo después en impresentables. Eso sí: la ceremonia de toma de protesta fue impecable.

Se nos dice con insistencia que hemos recuperado para el Estado la conducción de la política educativa. La expresión la repiten los voceros gubernamentales una y otra vez. Durante mucho tiempo el Estado perdió la rectoría en materia educativa, la hemos rescatado para el bien público, declara con su esponjosa grandilocuencia el Secretario de Educación. Los maestros conseguirán plazas por sus méritos y no por su relación con el sindicato, dice. Para demostrar esa determinación, se impulsó un cambio constitucional. El nuevo artículo 3º dispone que el ingreso al servicio docente será a través de concursos de oposición. Nada de caprichos, ninguna invasión del interés particular en algo tan importante como la contratación de los maestros. La norma parece, por el momento, adorno y no guía. Según ha revelado Reforma recientemente, gobernadores de distintas entidades de la república han podido nombrar con toda prisa a miles de maestros, sin las exigencias previstas en la Constitución. Como se ha hecho siempre, las autoridades educativas negocian con el sindicato de maestros quiénes tienen el derecho de estar al frente de un salón de clase, sin mediar prueba alguna que dé cuenta de la capacidad profesional de los contratados. La reforma a la Constitución vuelve a ser un homenaje a la apariencia. (más…)

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05, May 2014

Tecnocracia y ninguneo

El gobierno respondió al cineasta. A su modo, en su lenguaje, pero respondió. El gesto merece reconocimiento. Hubo una intención clara de responder puntualmente. Alfonso Cuarón planteó preguntas concretas y razonables que capturan la desconfianza que genera la reforma energética y en general, la insistencia en un libreto reformista que no ha demostrado beneficios. Sin mayor rollo, el reconocido director se dirigió al presidente para plantearle diez preguntas sobre su propuesta de cambio. Ningún actor político, ningún grupo parlamentario, ningún partido de oposición hizo algo semejante para cuestionar al gobierno. Ninguno pudo someterlo al poder de las preguntas.

El punto de partida fue, precisamente la décima interrogante de Cuarón. ¿En qué medida se puede decir que el impulso reformista del día no repite la opacidad, no alienta la corrupción de empeños liberalizadores previos, tan buenos para unos cuantos, tan costosos para la mayoría? El modelo, en efecto, parece el mismo. Una pregunta como ésta llamaba a una respuesta contundente y clara sobre lo que hemos aprendido de nuestros fracasos recientes. Si hay hilos de continuidad entre las reformas previas y ésta, ¿qué precauciones se han tomado ahora? La respuesta oficial a esta pregunta es vaga y, sobre todo, débil. Nada es contundente en la réplica gubernamental. El lenguaje burocrático evade, no confronta. Se habla, por ejemplo, del fortalecimiento de la Comisión Federal de Competencia Económica pero no se enfatiza la relevancia de esta entidad para prevenir crisis como las previas. Ahí está la precisión del valioso interrogatorio de Alfonso Cuarón: conociendo la debilidad del Estado mexicano, conociendo las miserias de nuestro régimen de legalidad, ¿cómo podremos confiar en que seremos capaces de regular a los monstruos del petróleo? Responder que “Nuestro mejor activo como sociedad es una democracia en la que se involucra una ciudadanía exigente e informada” no parece particularmente persuasivo. Explicar en seguida que “el mejor mecanismo para garantizar que la ciudadanía le exija a las autoridades actuar en beneficio de toda la sociedad es que disponga de toda la información relevante y se que mantenga la plena libertad de expresión y de participación política que hoy existe en nuestro país” tampoco ayuda mucho a sentir confianza en lo que viene. (más…)

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28, Abr 2014

El capricho

El argumento no es opción para un gobierno en democracia. Hacer es hacer y explicar. No basta con la decisión, es indispensable acompañarla de razones y defenderlas públicamente. Un gobierno que no razona, un gobierno incapaz de demostrar públicamente la sensatez de su política y la conveniencia general de sus propuestas infla el globo de la crítica, nutre de todo tipo de especulación conspiratista y, finalmente, se daña a sí mismo. Si el gobierno es mudo será porque sus intenciones son inconfesables.

El gobierno de Peña Nieto se ostentó como portador de un proyecto ambicioso de transformación que no era necesario siquiera explicar. Se decía y se repetía que las reformas que se llevaban a cabo eran ésas que durante lustros no pudieron concretarse. Hablar de las “reformas pendientes” era suficiente. Hace unos meses podía verse un gobierno con prisa que estaba cambiando velozmente las reglas fundamentales del país. Se pisaba el acelerador hasta el fondo pero no era claro a dónde se dirigía el coche. Es que la ambición reformista contrastaba con la desgana retórica. El presidente apostó a una forma de la eficacia liberada de la carga de la justificación. Su estrategia inicial fue precisamente eso: “mover a México”… sin hablarle a México. La política palaciega del Pacto por México fue el escondite ideal para este gobierno sin argumentos. El cuento inicial fue que era ya innecesario hablar de las reformas, había simplemente que hacerlas. No había que perder el tiempo en explicaciones, había que hacer, había que pactar, había que reformar. El consenso logrado parecía argumento pleno: en ausencia de una oposición, el razonamiento parecía dispensable. Pero, tras el breve paréntesis de la unanimidad, la critica ha ocupado el lugar que naturalmente le corresponde en un régimen pluralista. Los partidos han ventilado sus desacuerdos, muchas voces han salido a protestar. Frente a ello, el gobierno federal sigue pertrechado en el silencio y en el capricho. (más…)

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