Lunes

16, Dic 2013

Ocho notas sobre Maquiavelo

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Hace 500 años Nicolás Maquiavelo estaba terminando de escribir un librito. Es un escrito donde he apuntado todo lo que sé, le cuenta a su amigo Francisco Vettori en una carta fechada el 10 de diciembre de 1513. Al relatarle la aventura de sus días, Maquiavelo le cuenta que por las noches se encierra a conversar con los muertos y a preguntarles de sus acciones para conocer las razones de su éxito y de sus fracasos. Tal vez te interese, le dice  a Vettori, y a un príncipe podría, incluso, resultarle útil. Ahí describo lo que es un principado, qué tipos existen, cómo se adquieren, cómo se pierden. Aquel 10 de diciembre no había puesto aún el punto final a su obra: todavía lo estaba aumentando y puliendo…

Uno. El príncipe no es un manualito de gobierno. Si fuera un simple instructivo práctico, carecería de sentido hoy, 500 años después de hacer sido compuesto. El príncipe es un clásico porque es una reflexión agudísima y certera sobre la naturaleza humana, la textura de la historia, las posibilidades de la acción política. Se le ha querido leer como un libro de consejos pero es mucho más que eso: un juicio sobre el sitio del hombre en la historia.

Dos. El príncipe no es la primera página de la ciencia política, como han dicho muchos. Nada más ajeno a su pensamiento que la idea de una racionalidad exacta, despojada de cualquier subjetividad. El Estado no es artefacto de la técnica, es una obra de arte. El artista al que se dirigió Maquiavelo no tiene nunca control absoluto sobre el material al que aplica su genio. El gran defensor de la voluntad política nunca creyó en la omnipotencia del deseo ni en la supremacía de la razón. Sostuvo exactamente lo contrario: que lo impredecible, lo incontrolable, lo indómito reside en el corazón mismo de la política. Los delirios del control político absoluto exhiben la máxima ignorancia.

Tres. Maquiavelo no fue maestro de tiranos. En El príncipe pensó, sobre todo, en la conquista del poder. El personaje que le seduce es aquel que no ha heredado una corona y que, sin embargo, a golpe de valentía y audacia, prudencia y arrojo, es capaz de conquistarla y conservarla en su cabeza. Antonio Gramsci lo leyó bien: fue maestro de revoluciones.

Cuatro. Tampoco fue predicador del mal. La palabra virtud aparece una y otra vez en los 26 capítulos de El príncipe mostrando todo lo que le importaba el bien a su autor. Tampoco creyó que la política fuera un territorio amoral, donde las consideraciones sobre la bondad o la maldad de la conducta fueran irrelevantes. Todo lo contrario. Sabía que en el gobierno de los hombres hay que tomar elecciones dramáticas y que, con frecuencia, hay que elegir entre males. Su herejía fue advertir que el bien no produce solamente cosas buenas y que del mal surge, en ocasiones, un bien. Si el hecho acusa al político, dijo, los resultados pueden excusarlo. (más…)

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09, Dic 2013

Politiquería constitucional

La reforma electoral reciente ha ganado consenso muy pronto: es la peor reforma de la historia moderna de México. Toda reforma institucional es, naturalmente, polémica. La larga cadena de cambios legales ha atraído, en distintas proporciones, aplausos y condenas. La anterior, por ejemplo, fue criticada por burocrática y paternalista, pero al mismo tiempo fue elogiada como un adelanto en la equidad. La reforma electoral de hoy solo encuentra defensa en los torpes argumentos de sus redactores. No he encontrado a nadie, ni siquiera en el círculo de aplaudidores habituales, que alabe el cambio en materia electoral.

“¿Sabemos qué reformar y cómo lo vamos a hacer?”, preguntaba Giovanni Sartori en su trabajo sobre ingeniería constitucional. Ésa es la pregunta central en materia de cambio institucional. Un conocimiento de la máquina y su funcionamiento, identificación precisa del problema e ideas para resolverlo. Los reformistas que decidieron aniquilar al IFE no sabían qué querían reformar pero sabían que querían reformar. Les urgía reformar algo… y que pareciera grandote. El contenido, como se ve por el resultado de esta reforma grotesca, era lo de menos. Lo importante para los panistas era presumir que le habían arrancado una reforma política al PRI; lo necesario para los priistas era pagar el costo de una reforma energética—cualquiera que éste fuera. Esa es la lógica inocultable de esta reforma.

Los reformistas han eliminado al Instituto Federal Electoral, una institución que durante dos décadas organizó con éxito las complejísimas votaciones mexicanas. Absorberá sus funciones un órgano al que llaman Instituto Nacional Electoral, una especie de IFE decapitado,  borroso, sin linderos precisos. Un mal chiste, dice José Woldenberg, que algo sabe de estas cosas. Se crea un órgano nacional y se preservan—más como sombra que como institución dignamente configurada—los órganos locales. Uno tiene el permiso de hacerlo todo si le da la gana; los otros vivirán amenazados todo el tiempo con la intervención del Centro. Se estableció la reelección legislativa y de presidentes municipales pero se hizo de tal manera que resulta la negación perfecta de su propósito inicial. Una medida que tenía como intención fincar la responsabilidad democrática de legisladores y alcaldes se convierte en otro grillete de los partidos para sujetar a sus cuadros. Una medida que podría flexibilizar la política parlamentaria, provocará lo contrario. Genial: tendremos los costos de la reelección con todos los vicios de la rigidez partidocrática. Perpetuación de una clase política que seguirá estando resguardada de la ciudadanía. La imaginación de los legisladores para corromper iniciativas valiosas, para adulterar propuestas meritorias es inagotable. (más…)

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02, Dic 2013

El primer año

La inauguración de fachadas es el rito distintivo de nuestro ceremonial político. La consagración oficial del simulacro. Un rito frecuente donde la clase política posa para los fotógrafos, orgullosa porque ha logrado edificar una apariencia. Se canta el himno, se declaman discursos, el listón se corta y se inaugura un hospital, una escuela, una oficina.  El problema es que el hospital es solamente el frente del hospital. Detrás del muro no hay camillas, no hay jeringas, no hay medicinas. Tampoco hay médicos pero no importa: el listón fue cortado oportunamente para las cámaras y ha aparecido ya en los noticieros. Eso es el primer año de gobierno de Enrique Peña Nieto: la espléndida inauguración de una fachada.

Se instaló en el poder con un extraordinario golpe de escena. El pacto, sorpresa para todos, sacudió al país y atrajo la atención del mundo. Después de años de infructuosa rivalidad, el país se ponía en marcha. México contaba de pronto con una potente coalición reformista. No era una coalición ideológicamente sesgada: el gobierno se acercaba a la izquierda y a la derecha simultáneamente para acentuar la necesidad de recuperar la plataforma de lo estatal. El diagnóstico era despiadado con lo inmediato: los poderes de hecho habían arrebatado capacidad regulatoria al poder público. Los sindicatos y las empresas convertidas en agencias rectoras y el Estado, cómplice de su propia degradación. Había que recuperar el piso y en ello se empeñó la coalición. En materia de educación y en telecomunicaciones lo importante era enviar un mensaje desde el Estado. El contenido de la reforma era secundario, lo crucial era afirmar la determinación de la clase política en su conjunto de emanciparse de sus captores.

El Pacto, desde luego, fue un acierto del gobierno y de los partidos porque logró escapar de la política del bloqueo, esa terca experiencia de nuestro pluralismo que se empeña en anular  al otro. La coalición permitió tocar lo intocable. Esos intereses que parecían invulnerables, herméticos a cualquier roce de la política, fueron sometidos a una regulación severa. Ese es el gran éxito, la gran contribución, el legado perdurable del Pacto. La coalición del 2013 le permitió al país ensanchar el sentido de lo políticamente posible. Mostró que la negociación podría rendir frutos y que los negociadores podrían enorgullecerse del diálogo. Era claro, desde un principio, que el pacto era una alianza perecedera. Que tarde o temprano la liga se rompería. Independientemente de los frutos de ese acuerdo, queda una enseñanza política, una enseñanza histórica, me atrevería a decir: la negociación no es claudicación, no es, como insisten los sectarios, traición. El Pacto por México difícilmente puede reeditarse, pero quedará como la experiencia inaugural de un pluralismo eficaz.

El gobierno ha logrado empujar dos reformas importantes con amplio consenso. La reforma al régimen laboral de los maestros (me rehúso a llamarla reforma educativa) y la reforma de telecomunicaciones tuvieron el respaldo de la izquierda y de la derecha. En alianza con el PRD, produjo una reforma fiscal. Al parecer, es inminente una reforma política y energética respaldada por Acción Nacional. Desde una perspectiva, serían logros extraordinarios de un gobierno en su primer año de gobierno. Hemos demostrado que podemos crear una democracia de resultados, dirán los voceros de la administración. Tendrán razón, pero el problema con ese culto de la eficacia es que ensalza el acuerdo y menosprecia lo acordado. Lo importante parece ser la celebración de la reforma, no la sustancia de esa reforma. Levantar la fachada de una escuela, aunque no haya pizarrones, gises, pupitres. Es la política del listón cortado, el reformismo de fachada. Las reformas de este gobierno son eso: muros de una casa vacía. En el mejor de los casos, se trataría de la primera etapa de una edificación compleja. En el peor, sería un distractor contraproducente. La preocupación gubernamental es comunicativa, más que transformadora: enviar mensajes de corpulencia, unidad, eficacia, disciplina. Lo que cuenta es la proclamación de la reforma, no el detalle de sus reglas. Lo que importa es el festejo del cambio, no el cambio. El gobierno de los operadores es un gobierno ciego al detalle. Conquista de las generalidades, fracaso del pormenor. Pero son éstos, los detalles, los que tarde o temprano, imponen su dictado.

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25, Nov 2013

Una crítica

Hace unos años el diario londinense The Guardian anunció sus planes para transformarse radicalmente. Saltaría a la modernidad, dejaría la tinta y el papel y se escribiría íntegramente en tuits. Seremos el primer diario publicado totalmente en tuits, anunciaba con orgullo. Ya basta de rollos, decían los editores: ninguna información necesita más de 140 caracteres. Era una broma del Día de los inocentes, pero algo decía: asfixiar la palabra y expandir la imagen es la obsesión del momento. El lugar común es que una imagen vale más que mil palabras. Las ideas estorban, bastan las frases.

Escribo este artículo en menos espacio del que tenía la semana pasada, así que tengo que ir al punto de inmediato: los periódicos están en crisis y el mío la encara mal. Entiendo—o creo entender–el desafío que la tecnología le lanza a los diarios tradicionales, esos productos del siglo XVII, hechos de papel barato y regidos por el ciclo estricto de los días. La revolución de las comunicaciones ha sido muy buena para la libertad de expresión pero despiadada con la prensa. La gente es bombardeada cotidianamente por información. Todo el tiempo recibe en la palma de su mano avisos de lo que sucede aquí y en cualquier parte. Así se entera de lo que sucede en su barrio y en el mundo; la cartelera del cine y los resultados del futbol. No tiene ya que esperar a la mañana siguiente para enterarse de lo que sucedió la tarde anterior. ¿Dónde se coloca la antigualla de la tinta y el papel en esta profusión de noticias?

La respuesta no es fácil. No creo que haya nadie que tenga la respuesta a esta crisis inesperada de los periódicos. Es interesante que al rescate del Washington Post haya entrado el hombre que rehízo la industria del libro. Por una bicoca, la milésima parte de lo que cuesta una aplicación utilizada para sacar y difundir de fotos de gatitos con anteojos, Jeff Bezos, el fundador de amazon, compró el Washington Post. ¿Reinventará el periodismo? Lo que le ha dicho a los empleados del diario parece sensato. Los valores del periódico no deben cambiar con el dueño. El compromiso de un periódico es con sus lectores y no con los intereses particulares de sus propietarios. No hay mapa. Lo que importa preservar, escribía Bezos, es la valentía que debe marcar la vida de un periódico. Valentía para resistir la presión de publicar y hacerlo solamente cuando la historia esté bien fundada. Valentía para seguir la información, independientemente de las consecuencias. El periodismo tendrá que adaptarse a los cambios; emplear todas las herramientas tecnológicas. Pero tiene el deber de preservar su sitio como el instrumento que le ayuda a una sociedad distinguir lo importante de lo trivial, la verdad del rumor, los hechos de la opinión. (más…)

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18, Nov 2013

La conspiración

México es la nación más antidemocrática del continente. La radiografía reciente de Latinobarómetro lo muestra con claridad. No que sea el país más autoritario, que el presidente ejerza como el dictador más despiadado de la región, que sea el país más inquisitorial o el de elecciones menos confiables. Es que es la sociedad que menos cree en la democracia, la más dispuesta a deshacerse de ella, la mejor situada para darle la bienvenida al golpe de la mano dura. El dato no puede ser pasado por alto. Solamente el 37% de los encuestados en México cree que la democracia es el mejor régimen de gobierno. La mayoría de los mexicanos, más del 60% cree que hay circunstancia que justifican el autoritarismo. La desconfianza mexicana por la democracia contrasta con el respaldo del 71% de los uruguayos, el 73% de los argentinos y el 87% de los venezolanos. Guatemala, Honduras y El Salvador tienen una mejor impresión del régimen democrático que los mexicanos.

Tras la alternancia, el país se dispuso a creer en un sistema de gobierno basado en el voto, los derechos, la pluralidad. Desde entonces ha descendido el respaldo a la democracia. Nunca, en la historia de esos registros, México había mostrado tal desconfianza. Las dos alternancias que hemos vivido no han servido para prestigiar a la democracia. El sistema democrático es visto como un régimen más ineficaz que la autocracia, una forma de gobierno tan distante y tan corrupto como el autoritarismo.  (más…)

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11, Nov 2013

El ogro demediado

En agosto de 1978, Octavio Paz publicó en Vuelta lo que sería muy probablemente, el ensayo más penetrante sobre el régimen político postrevolucionario. El título anunciaba a un monstruo enamorado de la humanidad. El Estado mexicano era un ogro filantrópico. Una criatura contrahecha. Una bestia que se levantaba sobre la sociedad y la economía para conducirlas con arbitrariedad, pero también con eficacia. Un engendro premoderno que servía, sorprendentemente, como palanca de la modernización. El Estado mexicano había creado dos burocracias paralelas. La primera “está compuesta por administradores y tecnócratas: constituye el personal gubernamental y es la heredera histórica de la burocracia novohispana y de la porfirista. Es la mente y el brazo de la modernización. La segunda está formada por profesionales de la política y es la que dirige, en sus diversos niveles y escalones, al PRI. Las dos burocracias viven en continua ósmosis y pasan incesantemente del Partido al Gobierno y viceversa.” Al lado de la casta dedicada a la reproducción política del régimen, se abría paso un grupo de técnicos empeñados en impulsar un proyecto de modernidad. Burocracia partidista y burocracia técnica: dos concepciones de la política, dos proyectos, dos nociones de la política, dos sensibilidades.

Paz percibía en ese equilibrio inestable y tenso, una de las claves del régimen. El viejo gobierno priista se sostenía por esa tirantez. Los contrapesos del régimen eran fundamentalmente internos: dos facciones contrapuestas que no podían ignorarse. El presidente era una especie de árbitro que mediaba entre las tendencias. La proverbial flexibilidad ideológica del priismo era, en buena medida, expresión del vaivén de sus tendencias.

Ése era, pues, otro PRI. El partido que ha recuperado el poder ya no es el partido bifronte que describía el poeta. La alternancia sirvió al PRI para reducirse a una sola facción y cohesionarse bajo el molde de la política mexiquense: disciplina, solemnidad y corrupción. El PRI de Enrique Peña Nieto no es el partido estructuralmente confrontado del siglo XX. La “casta política” barrió a su adversario. El gobierno federal ha limpiado las fricciones ideológicas. No quedan técnicos ni aparecen las ideas. El verdadero proyecto de la administración es el consenso, es decir, la falta de proyecto. No aparece una tensión entre la razón técnica y la estrategia política; no se percibe ya tirantez entre el proyecto y el método porque el propósito gubernamental es la simple gestión de sus respaldos. Lo importante es ganar votos del PRD aquí y votos del PAN allá, no qué hacer con esas alianzas. Lo importantes es callar disidentes, no importa cuál sea el costo de su silencio. La sacralización del acuerdo ha servido a este gobierno sin orientación para tapar su carencia fundamental. El consenso ha quedado como el único valor porque el proyecto, si es que algún día existió, se ha diluido. La ocurrencia, esa salida casual que brota sin reflexión entre las prisas y las transacciones, vuelve a ser la moneda crucial de la política pública. La única brújula parece ser la negociación. (más…)

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04, Nov 2013

De emociones y premios

Hay un hueco enorme en el centro del proyecto liberal, dice Martha Nussbaum. Su técnica de los derechos se desentiende de la dimensión emocional del hombre. Su apuesta institucional no solamente es fría: también resulta, al final del día, ineficaz. Se deleita en abstracciones pero suele darle la espalda a la justicia real, ésa que podemos reconocer en la vida diaria. El liberalismo ha sido incapaz de palpar la dimensión pública del sentimiento o, más bien, ha tratado de separar a la política del peligro de las emociones. El divorcio no es inocente. Imposible avanzar en la equidad si la política se desentiende de esa dimensión, si no da la batalla contra el desprecio y la humillación; si no cultiva el respeto, la empatía, el patriotismo. En efecto, esas emociones, han de ser cultivadas, dice Nussbaum quien invita, efectivamente, a una política de amor. Ese es el argumento central de su nuevo libro titulado precisamente Emociones políticas. Por qué el amor importa a la justicia.

Martha Nussbaum ofrece una interesante guía para aquella efímera república amorosa, si es que alguien quisiera revivirla. Cualquier proyecto justiciero debe comprometerse con la transformación de la cultura política. Buscar valores compartidos: respeto por los otros, indignación frente a la injusticia, compromiso con la igualdad. La casa común, sugiere, no puede construirse exclusivamente con ladrillos racionales, filosóficos. Las leyes importan pero no bastan. Es necesario estimular el respeto, fomentar la cooperación, alentar sentimientos de reciprocidad. No puede asentarse la justicia en una tierra marcada por el resentimiento y el odio, el miedo y la desconfianza. Toda comunidad necesita ensanchar los territorios de la empatía si es que quiere realmente caminar hacia la justicia. Nussbaum desarrolla su argumento escuchando a Mozart, recitando poemas de Walt Whitman y Tagore, reflexionando sobre el sufrimiento de los animales y exponiendo las ideas de Rousseau y de Rawls. Una buena introducción al método Nussbaum: reflexión filosófica que se nutre de la literatura.

Esas emociones públicas valiosas que la comunidad ha de procurar no son silvestres. Corresponde al poder público cultivarlas y formar una auténtica religión cívica. El respeto a la ley no basta. Se requiere un ideal alto y exigente, un compromiso apasionado de los ciudadanos por el bien común. Una sociedad sin sentido de sacrificio se desmorona tarde o temprano. Se desliza así la convicción de que el Estado ha de fomentar una religión oficial de la que se desprendan ceremonias, deberes y liturgias. Los gobernantes han de recuperar la elocuencia para llamar a sus conciudadanos al sacrificio por los ideales más nobles; promover arte público, festivales para alimentar solidaridad. No me convence el argumento de Nussbaum sobre la inserción de las emociones en la vida pública y mucho menos su propuesta de edificar un Estado para la virtud. Confiarle al poder público el dictado de un arte noble o la definición de lo patriótico es—ya lo sabemos—una confusión aberrante. Esa frialdad liberal que tanto denuncia Nussbaum es, precisamente, una defensa vigente frente a esa tentación moralizante que termina siendo legitimadora, si no es que opresiva. Después de leer su libro sugestivo, desorbitado e inteligente sigo pensando que es sensato defender la muralla que separa lo institucional de lo personal. La representación política, por ejemplo, debe seguir siendo un encargo fundado más en el cálculo que en el cariño: un vínculo de utilidad, no de fe. (más…)

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28, Oct 2013

Contra la felicidad

El presidente Nicolás Maduro ha creado el órgano político de la felicidad. Ya existe en Venezuela un Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo. Se trata, por supuesto, de un homenaje a Hugo Chávez. El presidente venezolano ha concebido la oficina como una especie de escalera de gratitud al más allá: las misiones sociales que el Viceministerio coordinará serán llevadas “al cielo en agradecimiento a Hugo Chávez.” Venezuela, se dispone a ser la segunda necrocracia en el mundo. A Chávez se le ha definido ya como Líder Eterno. No es que sea simplemente una inspiración para el gobierno de Maduro, el sucesor se considera emisario de un inmortal que a veces se transforma en pajarito. Por eso el presidente venezolano duerme con frecuencia, según reveló recientemente, al lado de la tumba de Chávez. Por las noches, junto a los sabios huesos del eterno líder, reflexiona.

Viceministerio para la Felicidad: una dependencia gubernamental para proveer, desde el Estado, lo intransferible. Dedicar la política pública a conquistar lo accidental. Eso y no otra cosa es la felicidad: un accidente personal, grato, fugaz. El Estado es el más inútil de cuanto agente de felicidad pueda imaginarse. Qué feliz soy ahora que hay ministerio de la felicidad, se burlan los venezolanos. Alcanzar la felicidad por decreto; lucir radiante por obra del Estado; ser feliz como un deber de patriotismo. La infelicidad no será ya solamente una desdicha, sino un ingratitud al otro Eterno. Lo sabrán los revolucionarios desde ahora: ofende al Inmortal quien entristezca. Tal vez la oficina venezolana sea una de las instituciones más ridículas en la historia del absurdo político. El necrochavismo rinde un involuntario homenaje al gabinete de Orwell. A sus Ministerios de la Verdad, del Amor, de la Paz y de la Abundancia, habría que agregar ahora el Ministerio de la Felicidad. (más…)

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21, Oct 2013

Club gobernante

Estados Unidos nació inventando una ciudad. Su Congreso, en una de sus primeras decisiones, decidió levantar, sobre un pantano, una ciudad hecha para la política y sólo para ella. No hay mito en su fundación, no hay leyendas de sus primeros pobladores que hagan misteriosa, sobrehumana la aparición de la ciudad. Un decreto ordenó su creación en 1790. Sigue siendo en alguna medida una isla: una ciudad de trazo imperial y arquitectura republicana que vive para sí misma, a pesar de haber nacido como enclave de la neutralidad federal. Un libro reciente se ha propuesto hacer la antropología de esa ciudad. Mark Leibovich, corresponsal del New York Timesen Washington, publicó hace unos meses una crónica divertida, venenosa, demoledora del club que gobierna al país más poderoso de la tierra. El libro se titulaEste pueblo y adopta la forma de una crónica de sociales. Se habla aquí del hormigueo de un pequeño grupo de privilegiados que va de una fiesta a otra, de una sesión del Congreso a un estudio de televisión, de una campaña política a cena de beneficencia. El libro ha causado conmoción. La élite washingtoniana se descubre retratada en sus páginas, con una mezcla de morbo y vergüenza.

En la primera lectura, este libro que conozco gracias a la recomendación de Leo Zuckermann, no es más que un largo catálogo de chismes. Más de trescientas páginas de indiscreciones. Washington aparece como una especie de condominio en el que todos han pasado por la recámara de todos, donde todos se han peleado alguna vez a muerte y se han jurado también amor eterno. Una comedia en la que todos, inflados por la vanidad y la megalomanía, se imaginan que cambiarán al mundo y sólo logran cambiar de peinado. El chismerío tiene su gracia y su importancia. Entender la política es, en buena medida, comprender esa telaraña de simpatía y animosidad que marca las relaciones humanas. Lo es más en este cuadro de costumbres políticas tan alejadas de cualquier noción de servicio público. La política reducida a la producción de fama y a la explotación mercantil de la fama.

Pero detrás del chisme está la tragedia de una democracia que se pudrió. Leibovich retrata la decadencia política norteamericana. El paisaje es risible pero también nauseabundo: un testimonio de la monstruosidad de la democracia estadounidense en nuestro tiempo. El sistema político que fue visto como ejemplar se ha convertido en una auténtica abominación: un régimen artrítico que sirve al dinero. De acuerdo a cálculos de Lawrence Lessig, un congresista en Washington dedica tres de cada cinco días laborables a recaudar dinero. Los otros dos se dedicará, supongo, a escribir tarjetas de agradecimiento a los donantes. No hay democracia contemporánea en el mundo que tenga tal dependencia del dinero, una política con cubierta pluralista que se entregue tan escandalosamente a sus patrocinadores. En Washington no se vende el voto: se renta.

Cuenta Leibovich  que Ken Duberstein fue jefe de la Oficina del presidente Reagan durante seis meses y medio. El mejor negocio que pudo haber hecho: lleva 24 años explotando esas semanas en la Casa Blanca. La crónica de Este pueblo registra el imperio de los intereses privados, la ausencia de una plataforma de servicio. Democracia venal. Más que una clase gobernante, Estados Unidos tiene un club gobernante, cuyo gerente es el lobista. Si el lobista fue, durante algún tiempo, accesorio de la política washingtoniana, hoy está en el centro. Los cabilderos se han convertido en los verdaderos dueños del gobierno, los regentes del congreso, los amos de la administración. Lo son porque se han vendido en aquel pueblo como los indispensables, los provisores del éxito político: la ruta profesional para ganar una elección; el puente único para acceder al Congreso; los brujos de la complejidad burocrática, los expertos en barroquismos legislativos. Su poder está, sobre todo, en el sitio que ocupan en las carreras políticas de Washington: son origen y final de clase gobernante. En 1974 menos del 5% de los congresistas en retiro se dedicaba al cabildeo. La inmensa mayoría regresaba a su estado a dedicarse a otras cosas. Ahora, la mitad de los exlegisladores se vuelve cabildero.

El gobierno de los lobistas ha taponado los ductos de la circulación democrática. Ajenos a cualquier principio de rendición de cuentas, los cabilderos administran la democracia como un espectáculo de poder, fama y dinero. En este sabroso e indignante relato de Leibovich, no hay pista de renovación posible: el club ha descubierto la forma de perpetuarse. Si acaso, existe el reciclaje: un legislador se vuelve cabildero, un asesor se transforma en comentarista, un encuestador deja la campaña para incorporarse a un canal de televisión. La idea central de este libro es que Washington no sirve más que para sí misma. Su política no sirve ni siquiera a los políticos, sino sólo a sus padrinos.

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14, Oct 2013

Un gobierno sin argumentos

Un presidente hace de su gabinete un espejo de sí mismo. El jefe impone un estilo que, tarde o temprano, se convierte en sello de equipo. El gabinete de Enrique Peña Nieto es un gabinete sin argumentos. El gobierno impulsa un par de reformas relevantes y no hay quien salga a la plaza pública a defenderlas. Tan pronto como se anuncian las iniciativas de reforma, emprenden la retirada sus promotores. Son los enemigos de las reformas quienes ocupan el espacio público, mientras los representantes del gobierno se ocultan.

Oficialmente existe un Secretario de Energía. Al parecer, no está vacante la dirección de Petróleos Mexicanos. Pero ninguno de esos funcionarios ha dado la batalla pública por la reforma que propone el gobierno. Entiendo que deben tener mucho trabajo. Imagino que su agenda estará repleta de reuniones y ceremonias; que leerán documentos y dictarán sus instrucciones. No sugiero que estén rascándose la barriga mientras se esconden. Lo que percibo es que en el trajín de su semana no hay espacio para exponer públicamente las razones de la reforma que ha propuesto el presidente. Quienes ocupan el debate con argumentos—sean convincentes o no—son los enemigos de la reforma. A ellos se les puede escuchar en el radio y la televisión, se les puede ver convocando a manifestaciones públicas de repudio, se les lee en manifiestos y declaraciones. Mientras tanto, el gobierno se hace escuchar con anuncios de radio y de televisión. La imaginación discursiva se reduce a la producción de comerciales. Nada más. El gobierno federal no tiene argumentos pero tiene una agencia de publicidad. (más…)

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07, Oct 2013

Juan J. Linz

Ha muerto uno de los grandes estudiosos de la democracia en el mundo. Desde New Haven, el español Juan J. Linz provocó discusiones fructíferas sobre la salud de las democracias. Estudió su nacimiento y su muerte, sus padecimientos, su anatomía institucional, su metabolismo, su compleja fisiología. Pero lo importante no fue solamente lo que dijo sino también lo que suscitó. Hay pensadores que concluyen, otros que convocan. Juan Linz fue un académico de semilla. Sus estudios fijaron una agenda de reflexión. Por supuesto, sus monografías eran piezas académicas acabadas, impecables muestras de inteligencia y de rigor. Fue un comparatista ejemplar. Cada idea encontraba asidero en mil casos: constituciones en un continente y en otro, experiencias cercanas y distantes. El politólogo encontraba en la comparación el gozo del científico en su laboratorio: la aventura de probar hipótesis, la emoción de hallar conocimiento.  Quien sólo sabe de su país no sabe nada, ni siquiera entiende a su país.

Por eso, al ponerle nombre político al franquismo, nos ayudó a entender mejor la política mexicana. La dictadura española era ostentosamente antidemocrática y, sin embargo, estaba lejos de ser una dictadura totalitaria. Los nudos de su poder eran distintos, otro su dispositivo de legitimación. Se trataba de una configuración política peculiar: un régimen autoritario. A Juan Linz debemos el concepto. Algunos vieron en esta fórmula una descripción benévola del franquismo. Discrepo: se trataba de una precisión conceptual relevante. La crítica gana cuando se afila, cuando discierne, cuando enfoca. Bajo el autoritarismo, el poder no está en juego pero hay espacios—limitados, por supuesto—para la organización independiente que resultan inadmisibles bajo la dominación totalitaria. En el autoritarismo pueden existir franjas de autonomía, siempre y cuando no pongan en riesgo el núcleo del poder autocrático. Y, lejos de servir a una Idea, el régimen se monta en una mitología difusa e incoherente. Para comprender la democracia, pues, había que trazar con claridad sus fronteras, entender qué es un régimen totalitario, un régimen autoritario o, lo que después examinó con fascinación por los extremos, un régimen sultanista. Su aporte fue crucial: sólo la precisión nos permitiría comprender la naturaleza del bicho autoritario y anticipar, en consecuencia, las rutas de su transformación. (más…)

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30, Sep 2013

Macartismo y fatuidad nacionalista

Por unos minutos, el Senado se convirtió en un Comité de Actividades Antimexicanas. Un comité que, a pesar de tener un solo miembro, habla mucho de una tendencia de nuestro debate público: describir al adversario como enemigo de la patria tejiendo complejas conspiraciones de las fuerzas obscuras para adueñarse del alma nacional. Para el cazador de antimexicanos no hay discrepancias que merezcan esclarecerse: sólo deslealtades que deben ser denunciadas públicamente. El Senado había organizado un foro para debatir la reforma energética. Para la primera sesión fueron invitados Cuauhtémoc Cárdenas, Federico Reyes Heroles y Juan Pardinas, quienes expusieron sus ideas sobre el sentido del cambio necesario. El debate fue bloqueado por una inquisición breve e insustancial pero elocuente. Tras elogiar ritualmente a Cuauhtémoc Cárdenas, el senador Manuel Bartlett dijo, palabras más, palabras menos: tenemos frente a nosotros a dos agentes del extranjero. Pretenden entregar la riqueza mexicana a nuestros explotadores. No tiene sentido escuchar sus argumentos: son antimexicanos. La polémica es una distracción: lo importante es demoler el prestigio del interlocutor.

Un recurso frecuente del macartismo es el intento de anular la dignidad personal del adversario. El sospechoso carece de identidad, no tiene ideas propias, camina movido por el impulso de una agencia perversa. Es enemigo de la Patria pero actúa sin voluntad propia. Reyes Heroles no exponía sus ideas sino que actuaba como publicista del gobierno; Pardinas era un empleado de empresas extranjeras. El conspiratismo necesita oponer su épica de dignidad a la farsa de los títeres; los patriotas contra esos trapos que son movidos por el maligno. El otro ha sido lobotomizado por el comunismo internacional, por las potencias extranjeras, por la raza sucia. El macartismo es el patriotismo que se remanga la camisa, dijo Joseph McCarthy para justificar su cacería. Bartlett se imaginará patriota en lucha contra los desleales. Su intercambio con Juan Pardinas en el Senado refleja esa vertiente de nacionalismo persecutorio que lanza descalificaciones sin necesidad de aportar pruebas y sin perder el tiempo elaborando una sola idea. Para el coordinador del grupo parlamentario del PT en el Senado, el Instituto Mexicano para la Competitividad que dirige Pardinas no es más que una institución al servicio de los Estados Unidos. El hecho de que Pardinas haya participado en una reunión del Centro Woodrow Wilson de Washington lo convierte en un empleado del gobierno norteamericano. (más…)

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23, Sep 2013

La calamidad de lo público

¿Podemos hablar todavía de desastres naturales? ¿Podemos hacernos los sorprendidos por la violencia con la que nos atacan ciclones, huracanes, terremotos? No digo, ni por asomo, que hayamos sido capaces de expulsar lo imprevisible de nuestras vidas. No sugiero que el azar sea una reliquia y que la ciencia nos haya transportado a un sitio en el que todo queda bajo el poder del cálculo. La vida humana, sea individual o colectiva, está marcada constantemente por imprevistos. El accidente, tal vez más que nuestra agenda, dispone los acontecimientos cruciales de nuestra experiencia. Lo que pregunto es si resulta válido a estas alturas lamentar la devastación y la muerte de los huracanes recientes como si fueran sorpresas de la naturaleza, imprevistas interferencias sobrehumanas sobre las cuales no habría preparación ni defensa suficientes. Cuando hablamos de las desgracias recientes como si fueran desastres naturales asumimos que son azotes de la mala suerte. No dejaba de llover y se desquició el pueblo… Lo que hemos padecido no es resultado de la naturaleza sino el producto de nuestra política.

Voltaire podía reflexionar sobre el mal y el torcido diseño del mundo al percatarse de la destrucción de Lisboa, tras el terremoto de 1755. No: no todo iba bien como proclamaban los optimistas. El universo es un agregado de desventuras. Hay que reconocerlo, decía Voltaire: “el mal está en la tierra: su principio secreto nos queda desconocido.” No creo que nos lleve muy lejos hablar ahora de la teología del infortunio. Nos corresponde, más bien, hablar de la irresponsabilidad humana frente a los poderes destructores de la naturaleza. Las catástrofes son desgracias de causa natural: siniestros que escapan al control humano. Muy distintas son las calamidades, dice el filósofo del derecho, Ernesto Garzón Valdés. Las calamidades tienen autor: son resultado de lo que hacemos, de lo que dejamos de hacer. No hemos padecido una catástrofe: lo que ha devastado puertos, ciudades, caminos, puentes; lo que ha matado a cientos es la calamidad de lo público. (más…)

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17, Sep 2013

Nuestra guerra civil fría

Todo acto de fuerza es un fracaso del poder, pensaba Hannah Arendt. La fuerza, más que instrumento del poder, era para ella, su negación esencial. Es que entendía la política como un espacio comunicativo: la convivencia que proviene del diálogo, el hallazgo del propósito común y el respeto a las diferencias. Arendt quiso echar abajo esa tradición moderna que hace de la política un instrumento de subordinación, la imposición de unos sobre otros. El poder auténtico no somete, coordina. No avasalla, concilia. Por eso la política de Arendt era moral e intelectualmente exigente: requería de ojos que de toleran la realidad, capacidad de juicio, razonabilidad y aptitud para el diálogo. No sé si la perspectiva filosófica de Arendt sea del todo convincente pero en algo tiene razón: la fuerza es el fracaso del entendimiento.

En la controversia mexicana hay, desde luego, una batalla por la definición del rumbo. Un conflicto que no se puede esconder. Unos lo entienden en clave de modernidad, otros lo pintan como épica de identidad. Ser modernos o ser nosotros. Ahí acentúan prosperidad, allá cohesión. Pero esa confrontación, tan natural y saludable como reduccionista, es más profunda que un desacuerdo. El desacuerdo es un componente indispensable de la dinámica política. El desacuerdo es el choque que provoca movimiento, que sujeta al adversario, que ventila la historia. Pero el desacuerdo mexicano de las últimas décadas va más allá de la discrepancia. Hemos vivido una polarización profunda que incluso obstruye el conflicto. La polarización mexicana es la negación radical del otro, su demonización, su exterminio simbólico. (más…)

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09, Sep 2013

Fe en la ley

Se conmemora en estos días el bicentenario de la Constitución de Apatzingán. Se promulgaría en octubre de 1814 pero, desde septiembre del año anterior, el Congreso de Chilpancingo trabajaría en la redacción de la primera constitución mexicana. Fue el 14 de septiembre de 1813 cuando José María Morelos leyó su famoso documento con los principios básicos a los que debería sujetarse el constituyente: los Sentimientos de la nación. Morelos reafirmaba la independencia de la América mexicana, y la intransigencia religiosa. Prohibía la esclavitud y la tortura, al tiempo que pedía fiestas mensuales para la virgen de Guadalupe. Declaraba enfáticamente que la soberanía provenía del pueblo pero sugería una junta de sabios para asesorar al Congreso. La constitución que habrá de promulgarse, decía Morelos, ha de asegurar la igualdad para que sólo la virtud y el vicio distinga a un americano de otro. Eso sí: los herejes, prescribiría la constitución más tarde, no podrían considerados como ciudadanos. El punto 12 de los Sentimientos es, sin duda, el fragmento más memorable de este documento cargado de idealismo: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto.”

La escasa vigencia de la Constitución de Apatzingán no ha limitado, sino tal vez magnificado, su fascinación. Se le imagina como una especie de Carta purísima, noble e intacta. Una ley inmune a una realidad a la que apenas intentó moldear. Ahí nace, según Luis Villoro, la noción de que el país se constituye desde cero, y con leyes. El pasado es irracional y opresivo, el futuro es lógico y liberador. El Congreso de Chilpancingo actúa como si fuera “el fundamento último de la sociedad naciente”. Hacer patria es descubrir la ley perfecta, la norma equilibrada que refleje el trazo de la Justicia. A esa utopía se refirió también Edmundo O’Gorman: “En Apatzingán nace para nosotros la tendencia tan patente en nuestro fervor legislativo, de ver en la norma constitucional un poder mágico para el remedio de todos los males porque en el fondo de esa vieja creencia está la vieja fe dieciochesca de que la ley buen no es sino trasunto de los secretos poderes del universo.” Para lograr la felicidad no habría más que traducir al lenguaje de ley los principios del evangelio natural. (más…)

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