Camus, Albert

10, Abr 2012

Adam Gopnik, Camus y el arte del editorial

Camus - NY
Adam Gopnik publica un artículo en el New Yorker sobre Albert Camus. Elogia sus novelas y sus ensayos pero se detiene en sus editoriales. Los articulistas pueden parecer los escritores más insípidos, dice Gopnik: garabateadores de las ideas anónimas, cultores de lo obvio y lo desabrido. Los buenos editorialistas no son los que pretenden ganar un argumento sino los que sugieren un tono para la discusión. “Lo que los grandes editorialistas enseñan a sus lectores no es “di esto”, sino “suena así.” Camus aportó un tono: le agregó al debate la autoridad de la tristeza.

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19, Mar 2012

Inédito de Camus

Camus lee el periódico, 1953En noviembre de 39, Albert Camus escribió un artículo para publicarse en Le Soir républicaine que nunca llegó a ver la luz (como se dice). “Es difícil evocar hoy la libertad de prensa sin ser tachado de extravagancia, acusado de ser Mata-Hari o siendo convencido de que eres sobrino de Stalin”, dice en las primeras líneas. En el texto propone cuatro medios para conservar la libertad del periodista: lucidez, rechazo, ironía y obstinación. Lucidez para resistir a los resortes del odio y el culto a la fatalidad. Desobediencia para oponerse a la marea de estupidez. La ironía porque es la mejor arma contra los demasiado poderosos. Y obstinación para superar el desánimo que provocan la tontería, la abulia organizada, la estupidez agresiva.

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31, Oct 2011

Camus sobre Dostoievsky y el nihilismo

Vía @openculture

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21, Sep 2011

Camus: Reflexiones sobre la guillotina

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13, Ene 2010

Sobre Camus, a 50 años de su muerte

Camus lápida Mucho se ha estado publicando en estos días sobre Camus. El país publicó un texto de Bernad Henri-Levy donde resalta el arte de su filosofía. Camus: un pensador que esculpe imágenes con palabras, no ideas. Jean Daniel pregunta si este año será el año de Camus. La respuesta es sí: "el hombre que reflexionó sobre el suicidio, el asesinato, la revolución y la rebelión, imponiéndose como disciplina una lucidez extrema, el pensador que abominó de lo absoluto, cultivó la duda, introdujo heroísmo en el comedimiento y anticipó que en lo sucesivo tendríamos que intentar conservar el mundo en vez de intentar cambiarlo, ese hombre definió un comportamiento y una actitud en vez de un credo." El ángel de Reforma publica varios textos. Sobre la actualidad de su pensamiento, Christopher Domínguez apunta: "basta con picar sus artículos políticos para encontrar fragmentos enteros que podrían publicarse hoy día, como los referidos a las justificaciones maniacas que en las democracias se hacen del terrorismo y a la dificultad culpígena padecida por los intelectuales de Occidente a la hora de defender sus valores sin arrogancia, pero sin falsa modestia." Philippe Ollé-Laprune habla de su victoria póstuma. En su blog, Rafael Rojas resalta la disputa por sus restos. El Economist repasa un manojo de libros recientes para resaltar su lucidez moral y su soledad.

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13, Ene 2010

Vivir sin dios y sin razón

Camus No sé si Olivier Todd tenga razón al sostener que Camus, a diferencia de Orwell, fue mejor novelista que ensayista. Es cierto que se le conoce, sobre todo, por sus admirables relatos. Pero El hombre rebelde tiene que ser contado entre los máximos ensayos del siglo XX. Ahora que se recuerda el cincuenta aniversario de su muerte, vale la pena acercarse a ese monumento de la lucidez en el turbio siglo XX. El libro es una osada confesión que lo sitúa fuera de las capillas ideológicas y académicas. En algún momento, habló de esta tentativa filosófica como una autobiografía. Camus no se consideraba un filósofo. Lo admitía: “no soy un filósofo. No creo suficientemente en la razón para creer en un sistema. Lo que me interesa es saber cómo hay que comportarse cuando no se cree ni en Dios ni en la razón.” Al moralista que fue, no le seducían las esencias, lo mortificaba su presente: un tiempo que mata millones en nombre del amor. La “realidad del momento” apunta desde la primera página del libro, es el “crimen lógico.” La filosofía, convertida en coartada. A cualquier cosa puede servir la ideología, incluso a transformar a los asesinos en jueces.

Su argumento es conocido por el dardo inicial: el rebelde es el hombre que dice no. Pero lo relevante en su apuesta viene después. En el fondo, la negación del rebelde abraza: “yo me rebelo, luego somos.” El grito del esclavo traza una frontera, marca un hasta aquí, pero al hacerlo, afirma un valor. El impulso rebelde no encuentra sentido en la dinamita destructiva sino en la conciencia de sí mismo que es, necesariamente, conciencia de otros. Por eso afirma Camus que, la única ética que puede nacer de la rebeldía es la “filosofía de los límites, de la ignorancia calculada y del riesgo.” El rebelde reconoce humanidad en el vecino y aún en el opresor. Que la decapitación del Luis XVI, “un hombre débil y bueno”, sea considerada un momento estelar de la historia francesa, le parece un escándalo repugnante. El rebelde no es oráculo del futuro. Rechaza la servidumbre, pero sabe que detrás del amo hay un hombre. Rechaza el abuso del amo, no su derecho a existir. De ahí su embestida contra la cruel teología de la revolución y contra la fe del terrorista. Las convicciones transformadas en certificados de impunidad histórica. El revolucionario termina resolviendo sus aprietos como el verdugo que extermina todo lo que el veredicto ha condenado: costumbres, leyes, hombres. La guillotina se convierte así, en el mecanismo de una filantropía trascendente. El terrorista, por su parte, adquiere el compromiso de un monje despiadado que ama una abstracción para no tener que amar a nadie en particular.

El lirismo de los radicales le resulta indigerible y, en el fondo, criminal. La seducción del absoluto mata al rebelde y lo convierte en gendarme, en burócrata, en comisario. Por eso el pensamiento de mediodía camusiano concluye en una apuesta por la humildad. Seguramente hay una semilla religiosa en esa moderación. Mauriac encontró en el espíritu de Camus precisamente un anima naturaliter religiosa. Si lo dijo para descalificarlo es irrelevante. Lo cierto es que en su defensa de la mesura, se bordan los límites de lo humano y se afirma la vida del otro como territorio infranqueable, sagrado, si se quiere. “Para ser hombre hay que negarse a ser dios.” El hombre en el mundo no puede ser servidor de la muerte. Si el rebelde ejerce su libertad, no la lleva hasta su extremo voraz. El rebelde no humilla a nadie: “reclama para todos la libertad que reivindica para sí mismo, y prohíbe a todos la que él rechaza.” A pesar de su mítica rivalidad (pelearse es otra manera de vivir juntos) Sartre acertó al ubicar a Camus como “el heredero de esa larga estirpe de moralistas cuyas obras tal vez constituyan lo más original de las letras francesas.”

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