Kolakowski, Leszek

13, Sep 2013

Kolakowski y la persistencia del Absoluto

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Cuando el cuerpo de Leszek Kolakowski recibía bendiciones al ser enterrado en julio de 2009, Marek Edelman, un viejo activista polaco, preguntó: «¿por qué tratan de convertirlo en católico? El hombre era un ateo decente.» ¿En qué creía Kolakowski? No es claro. En su juventud, como militante comunista, fue un crítico de la fe, a la que no dejó de retratar como droga que sirve a los opresores. A juzgar por la Biblia, dijo entonces, Dios es un escritor intelectualmente mediocre. Tiempo después comenzó a apreciar el legado ético del cristianismo  John Connely escribe un ensayo interesante enThe Nation sobre ese viaje filosófico. Comentando ¿Será feliz Dios?, el libro póstumo de Kolakowski, y un par de libros polacos, Connely registra la transfomación intelectual de Kolakowski, su disposición de encontrar guía en la fe–si no es que la fe misma. «La idea de un mundo abandonado por Dios, uno en el que la Historia es simplemente «historia», una serie de accidentes cuyo significado es indescifrable» era, para Kolakowski, profundamente perturbador. «El Absoluto, dijo, jamás puede ser olvidado.»

*

Más de Kolakowski en el blog…

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03, Jul 2013

Elogio de la impuntualidad

Gentileza de reyes, alma de los negocios, la puntualidad ha sido elogiada como la virtud elemental, la fórmula básica del respeto, el ingrediente indispensable de la cordialidad. La puntualidad, decía Adam Smith, pone la palabra a prueba. Por eso el escocés admiraba a los holandeses: la formalidad de su trato se reflejaba en su compromiso con el reloj. Puntualidad y honestidad eran casi sinónimos. Eran, además, la moneda necesaria de la sociabilidad mercantil: llegar a tiempo era cumplir el primer contrato. El apetito de ganancia y la necesidad de colaborar se abrazaban en la cita puntual. Por eso al economista le parecían despreciables los políticos: no destacan por su puntualidad, ni por su probidad. Lo primero era, naturalmente, indicio suficiente de lo segundo.

Leszek Kolakowski no compartía esa adoración por el tiempo disciplinario. El filósofo que defendió la inconsistencia, encontró en la impuntualidad una guía moral. Podría decirse que el impuntual es el soberbio que sólo respeta su propio tiempo. Más
aún, que su ofensa, más que una simple descortesía, es un crimen. El impuntual es el ladrón de lo más valioso que tenemos, lo único que nunca podremos recuperar: el tiempo. En 1961 el pensador publicó en Polonia un ensayo juguetón titulado precisamente “Elogio de la impuntualidad.” En la nueva antología de sus ensayos que ha seleccionado y traducido al inglés su hija Agnieszka, aparece por primera vez en idioma que entiendo. Tal vez valga apuntar su argumento para no volver a echarle la culpa al tráfico por llegar 40 minutos después a la comida. Llegué a la hora de los postres pero dame las gracias por la profunda lección moral que te he regalado.

La impuntualidad bendice al individuo y a la sociedad. Naturalmente, si todas las personas fueran impuntuales todo el tiempo, la convivencia sería difícil, pero la impuntualidad esporádica puede ser muy benéfica. En primer lugar, la impuntualidad nos invita a pensar lógicamente y a reconocer las implicaciones de nuestra complexión psicológica. Si nuestras expectativas sobre el comportamiento futuro de la gente fueran cumplidas siempre, llegaríamos a una conclusión de infalibilidad. Si acordarmos que nos veríamos a las 6:00, nos veremos a las 6:00. Kolakowski imagina como una pesadilla el que el dentista nos recibiera siempre a tiempo, el que las bodas empezaran a la hora de la invitación, que todos los amigos llegaran a la fiesta a la hora acordada. El absolutismo de la puntualidad iría debilitando nuestras protecciones contra la decepción. La puntualidad absoluta sería una peligrosa burbuja de perfección que nos impediría madurar. El habitante del planeta de la puntualidad indefectible es intelectualmente indolente y moralmente vulnerable. La impuntualidad es la primera vacuna contra el desencanto.

Ahí está el segundo obsequio del impuntual. Quien llega tarde nos muestra que la conexión entre nuestra consciencia y nuestro comportamiento es compleja. Kolakowski no fustiga al moroso, no lo increpa con lecciones sobre el respeto al tiempo de los otros y el insulto del plantar a alguien por horas. El fiósofo admite que el otro, probablemente, quiso llegar a la hora y no lo logró. Distracción, imprevisión, pereza, mala suerte: muchas pueden ser las razones de la tardanza. A veces, ni siquiera nosotros comprendemos por qué llegamos tarde. Ahí está la lección de la impuntualidad: en ella aparecen, en forma molesta y ofensiva, la libertad y el azar. Somos impuntuales porque no somos manecillas de un reloj suizo.

Kolakowski

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24, Dic 2012

¿Será feliz Dios?

Leszek Kolakowski es quien se planteó la pregunta: ¿podríamos decir que Dios es feliz? El breve ensayo en el que intenta una respuesta acaba de ser publicado póstumamente en inglés y merecería un comentario (o un resumen) en estas fechas, no porque contenga un alegato de fe, sino porque nos permite abordar las desdichas de la vida humana. Kolakowski, el erudito polaco que abordó la sustancia religiosa del marxismo, escribió sobre lo sagrado con un enorme respeto y, al mismo tiempo, con sana distancia intelectual, con gracia literaria, con humor. Habló, por ejemplo, de Jesucristo como un pensador que tiene mucho que decirnos, aunque no creamos en su divinidad. Jesucristo sostuvo que los vínculos humanos han de ser, esencialmente, vínculos de confianza, de afecto, de amor. No habló de una tribu privilegiada sino de la humanidad. La vida humana no puede ser reducida a un mercado donde sólo importan los intereses personales, el agresivo tráfico de los egoísmos. Tampoco podemos renunciar a la esperanza de eliminar la violencia de las relaciones humanas. Jesucristo no fue un ingenuo porque su mensaje entendió la debilidad de la violencia para cultivar comunidad. Para Kolakowski, el ideal de un mundo sin violencia no es utopía; en el fondo, es una apuesta por la valentía verdadera. Quienes creen que la violencia es la única herramienta eficaz actúan solamente cuando están en posición de ventaja frente a los débiles. Y en Cristo está también una advertencia sobre la miseria del mundo: nadie como él, dice el pensador polaco, nos advirtió sobre el absurdo de la perfección. Toda utopía, piensa Kolakowski, conlleva el deseo de abandonar nuestra condición de hombres.

Lo sagrado permite a Kolakowski tocar los límites de la racionalidad y abordar la historia humana con la abierta sabiduría de la parábola. Así se acerca el tema de la felicidad de Dios en este ensayo que servirá de título a una nueva compilación de reflexiones morales. Si pensamos en la imagen del cielo cristiano, ¿retratamos a una comunidad de almas felices? Si los residentes del cielo tienen algún contacto con el mundo, estarán al tanto del mal, del sufrimiento. ¿Cómo podrían ser felices si conocen del dolor que otros sufren, de los tormentos que otros, bajo la Luna, padecen?

Para abordar el problema de felicidad de Dios, habría que resolver si es capaz de sentir emociones. El Dios cristiano siente, sin duda: ama a sus criaturas y el amor es una emoción. Pero el amor es solamente una fuente de felicidad, dice Kolakowski, si es correspondido. Y ese no parece ser el caso del trato que Dios recibe de sus hijos. Algunos lo aman, otros lo idolatran hasta la estupidez, otros lo ignoran, otros lo odian; algunos creen en él, otros dudan de su existencia. Estará consternado, sobre todo, al contemplar el sufrimiento de los hombres. Si no es monstruosamente indiferente, tendría que estar muy afligido con lo que sucede bajo sus pies. Ahora, si, por el contrario, Dios es un ser pétreo, a tal punto impasible, que ningún sufrimiento lo conmueve, será un insensible, un indolente. ¿Podría pensarse que a un padre amoroso le tienen sin cuidado los sufrimientos de sus hijos? Si nos ama, sufre y si sufre no puede ser feliz. El Dios de los cristianos no fue, en modo alguno, un hombre feliz; fue, de hecho, la encarnación del sufrimiento.

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28, Nov 2012

La infelicidad de Dios

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El New York Review of Books publica un ensayo breve de Leszek Kolakowski. ¿Será feliz Dios?, se pregunta ahí el polaco. Lo más probable es que no. Pero, si la felicidad parece inaplicable para la divinidad… también lo es para el hombre. Sufrimos. 

Pero aunque no estemos sufriendo en un momento específico, aún cuando disfrutemos placeres físicos o espirituales más allá del tiempo, en el "presente eterno" del amor, nunca podremos olvidar la existencia del mal y de la miseria de la condición humana. Participamos del sufrimiento de los demás; no podemos eliminar la idea de la muerte y las tristezas de la vida.

Podemos imaginar la felicidad, nunca vivirla. 

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22, Sep 2009

La ciudad perfecta

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Leszek Kolakowski decía que le gustaría vivir en un pequeño pueblo con lago y montaña, en la esquina de Champs Elysées y Madison Avenue. Su casa ideal estaría en un barrio imposible. David Byrne expone ahora su idea de la ciudad perfecta. El compositor, cantante, artista conceptual, ciclista ha publicado sus diarios de bicicleta. La bicicleta, dice, es el medio perfecto para percatarse del ritmo de una ciudad. La bicicleta muestra lo que el coche oculta. En un extracto del diario, ha hecho una ensalada, a la manera de Kolakowski, donde ha mezclado las maravillas de distintas ciudades. Su imposible ciudad necesita el tamaño para alojar el anonimato, cierto caos para hacerla excitante, espacios públicos y camellones para el paseo pero también densidad y apretujones. Una ciudad sensible y en constante mudanza.

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22, Jul 2009

Sobre Kolakowski (actualizándose)

Kolakowski2 En el archivo de Vuelta y Letras libres puede encontrarse un buen número de ensayos de Kolakowski, entrevistas y comentarios. Entre ellos, su famoso "¿Qué es el socialismo?", sus instrucciones para ser un conservador-liberal-socialista y su interesante conferencia sobre el carisma. También puede leerse el ensayo de Alberto Ruy Sánchez sobre la narrativa de Kolakowski. Aquí se encuentra su admirable carta a E.P Thompson: "por qué tengo razón en todo" que da título a uno de sus libros más recientes.

El octavo capítulo de Reappraisals: Reflections on the Forgotten Twentieth Century de Tony Judt contiene una de las mejores reconstrucciones de la obra de Kolakowski. En Standpoint puede encontrarse este elogio de Roger Kimball, en el New York Times este retrato de Sarah Lyall. Es interesante este apunte sobre un filósofo de 36 años publicado por Time en 1957. En la revista Daedalus apareció esta interesante conversación de Kolakowski con Danny Postel.

He ubicado estos obituarios y semblanzas: Christopher Hitchens en slate, Nicholas Kulish en el New York Times, J. A. Rojo en El país, Vanessa Gera en el Washington Post, Adam Easton para la BBC, Telegraph, Maciej Stasinski en La vanguardia de Barcelona, en el London Times, Martín Tanaka en La república de Lima y en su blog, Adam Szostkiewicz en Open Democracy. En su blog Oliver Kamm ha analizado su crítica al marxism. En Standpoint Nick Cohen se detiene en la carta a E. P. Thompson. En el Guardian, En el Indian express, escribe Pratap Bhanu Mehta. Timothy Garton Ash relaciona la vida de Kolakowski con la de dos europeos desaparecidos recientemente: Geremek y Dahrendorf (aquí traducida al español). José Woldenberg hace una lectura de su obra en Reforma. Andrzej Rapaczynski, exalumno suyo, habla de él aquí. En el Financial Times, Quentin Peel and Stefan Wagstyl lo describen como un Erasmo contemporáneo. En su blog, Norman Geras disiente de la lectura que Kolakowski hace del marxismo. En el blog de letras libres, escribe Alejandro Aurrecoechea. En New Criterion, Michael Weiss recuerda la polémica de Kolakowski con Thompson. En el National Review, George Weigal recuerda su encuentro con él a principios de los años noventa. Roger Kimball, en el Weekly Standard, pondera la profundidad y la actualidad de sus ideas. En el Economist se publica este obituario. Roger Scruton reflexiona sobre el misterio de sus muchas vidas. En The New Republic,

Quienes lean polaco podrán apreciar el dossier de la Gazeta Wyborcza.

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20, Jul 2009

Un sabio del mundo

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Con la muerte de Leszek Kolakowski desaparece un sabio del mundo. Fue el más grande filósofo polaco de la última mitad del siglo, un erudito, un exquisito historiador de las ideas, un marxista que terminó siendo un severo crítico del marxismo, un ensayista de extraordinaria finura, un fabulista sutil, un polémico implacable. Pero en su escritura se encontraba algo más que el conocimiento ordenado del académico, la elocuencia del escritor, la gracia del ironista, el compromiso del intelectual público. Sabiduría habrá que llamarla porque es mucho más que conocimiento, más que inteligencia. En Kolakowski era una lucidez que no se enjaula en disciplinas, una moral que no pontifica, un asiento en el presente con raíces en otros siglos. Un amor por la razón que se deleitaba igualmente en los misterios. Una inteligencia que reconoce los límites de la inteligencia. Por eso alabó la figura del bufón por encima de la del cura: frente al guardián de los dogmas, el bufón que duda y se burla de lo que parece irrebatible. Un filósofo que no se ha sentido un charlatán, decía Kolakowski, no merece ser leído.

El nazismo le prohibió ir a la escuela. Tuvo la fortuna de tener libros en su casa y pudo educarse en ellos. Contaba él mismo que en su casa había una enciclopedia pero estaba incompleta. Conozco todo lo que empiece con A, D y E, pero no tengo idea de lo que empiece con B o en C, decía. Adoptó el marxismo como rechazo a la monstruosa política hitleriana pero también para alejarse del conservadurismo religioso de su país. Recorrió todas las etapas del creyente: la conversión, la militancia doctrinaria, la duda, el esfuerzo por combinar crítica y pertenencia y, finalmente, la apostasía. Enfatizo estos elementos religiosos porque nadie como Kolakowski detectó la raíz teológica del materialismo histórico. El monumento que publicó en tres tomos sobre el marxismo ubica el pensamiento de Marx como un capítulo tardío de la historia de las religiones. Una convicción se revela en todos los escritos de Kolakowski. El hombre no es el animal que razona sino el animal que cree. Un animal que vive gracias a sus mitos, sus temores y sus esperanzas. El genio del marxismo está ahí: no en su carácter científico sino en su dimensión mítica.

El marxismo no resulta así una doctrina que Stalin pervirtió. La tiranía que nos transporta a la utopía está, a juicio de Kolakowski, en los mismos escritos del fundador. Por ello, a final del día no tiene sentido salvar ese tren que sólo atraviesa el totalitarismo. Uno de los ensayos más brillantes de Kolakowski es precisamente, la exhibición de las contradicciones de discurso oficial y realidad. Se titula ¿Qué es el socialismo? El ensayo no se publicó en Polonia. El autor lo pegó en las paredes de la universidad y circuló clandestinamente de mano en mano durante meses. Antes de responder a la pregunta del título, el filósofo limpia el terreno para aclarar qué es lo que no es el socialismo. Su lista es, evidentemente, el retrato de la circunstancia polaco. El socialismo no es “una sociedad cuyos dirigentes se nombran a sí mismos en sus puestos; un Estado que desea que todos sus ciudadanos tengan la misma opinión en filosofía, política internacional, economía, literatura y moral; un Estado cuyos ciudadanos no pueden leer las más grandes obras de la literatura contemporánea, ni ver las grandes obras de la pintura contemporánea, ni oir las grandes obras de la música contemporánea…” Así sigue en la descripción de lo cotidiano hasta concluir: “Pero ahora, atención, vamos a decirles todo lo que el socialismo sí es. Y bien, el socialismo es una cosa muy buena.”

Kolakowski estaba convencido de que la teología era el sustrato de cualquier filosofía. A pesar de que el pensamiento moderno ha tratado de negar su fuente, las huellas de aquellos enigmas siguen siendo visibles en las meditaciones contemporáneas. Con buen ojo, Leon Wieseltier vio en Kolakowski a un “hombre moderno medieval.” Era moderno y medieval porque se entregó sin dogmatismos a la indagación de las creencias, porque aludió a lo metafísico con los instrumentos de la razón, porque se auxilió constantemente de la intemporalidad de los relatos sagrados. De ahí vienen sus meditaciones sobre el diablo, sus apuntes sobre la herejía y su libro sobre la religión triste de Pascal, a mi juicio, el más hermoso de sus libros.

Su minuciosa escolástica puede leerse como una serie de alegorías o quizá como un refugio contra la idolatría de la política, esa adoración de una omnipotencia salvadora. Sus ensayos sobre la fama, la mentira, la aburrición o la naturaleza acentúan igualmente lo que está más allá de la política. Enemigo de las maquetas políticas, deslizó, sin embargo, un par de propuestas: conciliación e inconsistencia. Buscar el concierto de liberalismo, socialismo y conservadurismo; rechazar el absolutismo moral que se disfraza de lealtad absoluta y coherencia perfecta. Entender que todo proyecto es incompleto y todo hombre contradictorio.

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18, Jul 2009

Kolakowski

Kolakowski Ha muerto Leszek Kolakowski. Su muerte nos deja sin un sabio. No digo que se haya ido un gran académico, un extraordinario filósofo, un ensayista prodigioso, un narrador genial, un polemista inclemente, un genial fabulista. Un sabio. Un hombre que cruza disciplinas, que reconoce los bordes de su conocimiento, un hombre que vive plenamente en su tiempo siendo también habitante de otros siglos, un hombe que admite la magnitud de los misterios y sabe reírse de sí mismo.

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21, May 2008

Abusos del olvido y la memoria

Dali_memoryHace unos días apareció una nota en la prensa norteamericana dando cuenta del caso de una mujer incapaz de olvidar. Jill Price recuerda todo lo que le ha pasado. Podría recordar, por ejemplo, que el 22 de noviembre de 1973 fue jueves, que se levantó a las 8:20 y leyó en el periódico una nota sobre un incendio; podría recordar con toda claridad que llovió por la tarde, que comió una sopa de lentejas, que le llamó a su hermana por teléfono y que vio una película muy aburrida en la televisión. Su memoria almacena todos los días de su vida y no es capaz de descartar vivencia alguna. Recientemente publicó en un libro su experiencia. El libro se titula simplemente La mujer que no puede olvidar y relata ahí su excepcional vida sin borraduras. Los médicos han bautizado esa condición como síndrome hipertiméstico: exceso de recuerdos. El caso evoca de inmediato al Funes de Borges, triste personaje que almacenaba en su cabeza más recuerdos que los que habría tenido toda la humanidad desde que el mundo es mundo. Ninguna biblioteca, ninguna red de datos podría acumular la información de un hombre si es que retiene todo lo visto, todo lo olido, todo lo escuchado. El tesoro de sus recuerdos registraba todo lo que había encontrado a lo largo de su vida. “Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que había percibido o imaginado.” Cada planta era contemplada como un ser único, irrepetible. Por eso la abundancia de su memoria bloqueaba la comunicación y el pensamiento: Funes era el solitario espectador de un universo insoportablemente preciso. Una memoria sin aparato digestivo nulifica la inteligencia. “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer.” Pensar es olvidar. Vivir también.

Pero no demasiado, habría que agregar rápidamente. Pensar también es recordar. Y una vida sin recuerdos parece la experiencia de los cadáveres. Lo arguye persuasivamente el historiador inglés Tony Judt quien ha publicado recientemente un libro que reivindica los deberes de la memoria. Como anticipa su oficio, no lo hace como elemento de salud psicológica, sino como requisito de lucidez política. En Reappraisals, el académico recoge una serie de estampas sobre el siglo que nos empeñamos en olvidar. Los ensayos hablan de Europa y los Estados Unidos; del Medio Oriente y de la Guerra Fría. También incluye una serie de retratos intelectuales en donde se aprecia su extraordinaria elegancia crítica. Kolakowski, Hannah Arend, Primo Levi, Althusser o Hobsbawm. En este diálogo de textos se teje un argumento claro: ese siglo XX del que pretendemos desentendernos velozmente, sigue presente y más nos vale recordarlo.

Tony Judt ha ido ensanchando el marco de su estudio. Se inició como un historiador del socialismo francéspara convertirse en un paisajista de la historia reciente de Europa. El especialista se desata de sus amarres académicos y despega como ensayista. La zona de confluencia entre el poder y las ideas le ha atraído desde siempre. Hace exactamente diez años publicó un libro valioso sobre la responsabilidad del intelectual a través de las figuras de Raymond Aron y Albert Camus, y ahora denuncia la evasión del recuerdo. El pasado no es lastre sino advertencia. Argumenta que el regocijo del 89 puso en pie una estrategia amnésica. Olvidar lo más pronto posible el siglo XX se volvió un proyecto generalizado. Los apresurados convencieron al mundo de que el derribamiento del muro de Berlín inauguraba un siglo sin padres. Todo se presentaba inédito. Los triunfadores no tendrían por qué ensuciarse el cerebro con telarañas inservibles. Recordar el siglo del totalitarismo, el brutal siglo de las guerras, el siglo del fanatismo ideológico parecía una pérdida de tiempo: la historia había concluido. Se nos quiso decir que vivíamos una historia sin precedentes. Y los resultados son terribles.

Si hay abusos de la memoria, también los hay del olvido.

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29, Abr 2008

Judt y Kolakowski

KolakowskiUno de los ensayos de Judt en Reappraisals es un estupendo retrato de Leszek Kolakowski. Ahí menciona el intercambio epistolar entre Edward Thompson y el filósofo polaco. Judt califica la respuesta de Kolakowski a la invectiva del marxista inglés como una demolición intelectual perfecta: la más fina en la historia del argumento político. Los archivos del Socialist Register nos permiten asomarnos a las dos cartas. De Thompson a Kolakowski; de Kolakowski a Thompson.

La respuesta de Kolakowski también puede leerse en un libro reciente que lleva precisamente el título de la carta: Por qué tengo razón en todo. Lo publica en España la editorial Melusina.

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29, Ene 2008

Preguntas

KolakowskiHa dicho Lezsek Kolakowski que un filósofo que no se ha sentido, por lo menos alguna vez en su vida, un charlatán, no merece ser leído. Una mente tan estrecha, incapaz de tomar distancia de sí misma, no puede ser tomada en serio. Para pensar hondo hay que reírse a boca abierta—y empezzar en la cita con el espejo. Sólo el humor nos salva del malhumorado y sentencioso dogmatismo.

El filósofo polaco ha publicado recientemente una amorosa introducción a la filosofía, en donde se percibe esta inteligencia alerta e irónica. Más que recuento o celebración de teorías, se trata de una gozosa apreciación del ánimo que la alienta. No es, por ello, una cronología de descubrimientos, sino un collar de interrogantes. El libro, que aún no aparece en español, lleva título leibnitziano: ¿Por qué existe algo, en lugar de nada? 23 preguntas de grandes filósofos (Basic Books, 2007). Como sugiere el nombre, este librito de 223 páginas no quiere ser un manual condensado de la disciplina, sino un acercamiento a sus preguntas esenciales y al esfuerzo por responderlas. Los 23 ensayos breves son 23 anillos: preguntas que desembocan en preguntas. Enigmas del mundo, del conocimiento, del bien, de la fe, del poder o del deseo que sugieren más misterios.

Si bien puede advertirse en el sabio polaco una dulce sensibilidad religiosa, ésta no lo conduce a la ruta devocional. No cree, como Leo Strauss por ejemplo, que cualquier expositor de los clásicos es un torpe aprendiz que apenas roza la infinita sabiduría que se oculta entre los jeroglíficos de su escritura. Para el devoto, exponer las ideas de un genio es practicar una ceremonia de revelación. En Kolakowski, por el contrario, la admiración no está peleada con el tuteo y la consecuente réplica. El gran estudioso de Marx y Pascal no se queda con la palabra en la boca. En este recorrido invita a sus clásicos a conversar con él, alrededor de un vaso de vodka. Lejos de ser un simple expositor de ideas ajenas, es un conversador que descifra e inquiere. En este libro recupera así las preguntas centrales de Platón y Descartes; de Kant y Schopenhauer con extraordinaria gracia y delicadeza. La sencillez del recuento preserva la fineza de la percepción y el juicio, sin dejar de anotar las insuficiencias o los agujeros de su visión. Cada concepto es pulido para mostrarlo como joya de la inteligencia. Pero Kolakowski mantiene en todo momento distancia de aquella tentación reverencial. No pinta logros sino retos. Será que las cúspides del pensamiento filosófico no son de mármol, sino arenosas.

Una pregunta crucial no se responde nunca. Vive porque fecunda otras preguntas. La vitalidad de la filosofía radica entonces en su carácter irremediablemente inconcluso. Si tiene sentido leer y releer a San Agustín no es por el hecho de que resuelva nuestros problemas sino porque los nombra. Por el territorio de la filosofía no desfilan autoridades, esas fuentes de convicción que se colocan por encima del examen, sino curiosos. El polaco sabe bien que la reverencia de los académicos no está desligada del dogmatismo. Ese es quizá, el gran mensaje de Kolakowski en éste y otros libros. El amor a la verdad es incompatible con cualquier cartucho de certezas. Si la filosofía ambiciona autoridad, se derrota. Tiene razón: ¿sólo a preguntar nos enseña la filosofía?

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