Maquiavelo

29, jul 2013

John Gray sobre Maquiavelo

La característica de la teoría política contemporánea es su hostilidad a la política, dice John Gray en una nota sobre Maquiavelo. De acuerdo al dogma liberal, los valores habrán de incrustarse en la ley; nada relevante habrá de dejarse a las contingencias de lo político. Gray rechaza la versión azucarada de Bobbit en un libro reciente sobre el constitucionalismo de Maquiavelo. La verdadera lección de Maquiavelo es otra: que la alternativa a la política no es la ley sino la guerra. La política no es domesticable en normas: debe asumirse que el hombre es un animal indómito.

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08, jul 2013

Fukuyama sobre Maquiavelo

Francis Fukuyama aprovecha la aparición del nuevo libro de Philip Bobbit sobre Maquiavelo para hablar del florentino. En su reseña, Fukuyama critica el entusiasmo republicano que aparece en el retrato de Bobbit. Para el autor de El fin de la historia, la importancia de Maquiavelo radica en que, como Scmitt mucho tiempo después, le enseña al liberalismo sus límites. El orden político necesitará reglas pero necesita más que reglas: sin la virtud de los príncipes, sin su audacia y su prudencia, el Estado se vendría abajo.

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01, ago 2011

Democracias en crisis

Gramsci ojosEncerrado en una cárcel, Antonio Gramsci escribió uno de los textos políticos más fascinantes del siglo XX. Se vio forzado a escribir en código para que los carceleros no destruyeran sus libretas. Sustituyó las palabras peligrosas por vocablos inofensivos y envolvió el nombre de los malditos en estuches aceptables para sus captores. En las notas de sus cuadernos buscaba el camino para el socialismo pero veía en Maquiavelo, más que en Marx, la clave de la acción política. Si la igualdad era el propósito, El capital no ayudaba mucho a caminar hacia allá. En el florentino encontraba el aire para escapar del economicismo, esa simplificación de los malos lectores que reducían la historia al juego de las fuerzas económicas. Gramsci supo que, para cambiar la sociedad, era indispensable comprender los hilos que unen poder, cultura y economía.

Pienso en Gramsci ahora porque en sus reflexiones estratégicas y en sus divagaciones teóricas dio forma a un concepto que puede ayudarnos a entender la dimensión de nuestra crisis, un concepto que precisamente describe ese nudo crucial de las democracias contemporáneas: el lazo que conecta mando, ideas e intereses. El fundador del Partido Comunista Italiano habló muchas veces de la ‘hegemonía’ para describir un modo de dominación política que no se funda exclusivamente en la violencia. Si los leninistas pensaban que el Estado era simplemente un instrumento de la represión, una organización de la violencia para cuidar el imperio de los intereses económicos, Gramsci sabía que las cosas eran mucho más complicadas. Sí, el Estado estaba en el ejército, en los policías, en el Código Penal y en las cárceles. Pero detrás de ese núcleo compacto de fuerza había una compleja estructura de legitimación. Profesores, periódicos, novelas, canciones. El Estado era violencia—pero también cultura; era castigo—pero también consenso. Hegemonía era el nombre de esa amalgama. Las leyes se acreditaban con cuentos; los maestros alababan las conquistas, los mitos prestaban autoridad al poder.

Pero la hegemonía de la que hablaba Gramsci no eran campanitas en la cárcel, adornos en el hacha del verdugo. Si una política podía perdurar no era por el peso de la fantasía sino por la eficacia del mecanismo de repartición.

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29, jul 2011

Rushdie sobre Maquiavelo

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14, jul 2011

Alan Wolfe sobre Maquiavelo

Maquiavelo - Unger Alan Wolfe publicó hace un par de años un libro interesante sobre el futuro del liberalismo se acerca a la obra de Maquiavelo a partir de una nueva biografía del florentino escrita por Miles J. Unger. Para Unger, "Maquiavelo fue el menos maquiavélico de los hombres." No era un hombre de dobleces. Un auténtico maquiavélico nunca habría puesto por escrito lo que Maquiavelo firmó. La incomodidad que nos provoca El príncipe, dice Wolfe no es Maquiavelo sino la naturaleza humana. 

Wolfe cree que Maquiavelo estaba perdidamente enamorado del poder y que ésa es su lección envenenada. Discrepo de su lectura: el realismo de Maquiavelo es, en el fondo, modesto. Maquiavelo nunca creyó que el poderoso sería capaz de manejar el volante de la historia. El sitio de la fortuna en su universo es esencialmente antitotalitario: el economista de la violencia fue también un escéptico.

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02, jun 2011

La raíz republicana

M - H Quentin Skinner no es un historiador dado a las simplificaciones. Su reconstrucción de las ideas políticas nunca ha sido apresurada. Para precisar el sentido de una palabra en un tratado renacentista puede despertar los volúmenes más extravagantes de un sueño de siglos. En sus libros, la contribución de los grandes teóricos del gobierno adquiere sentido en su propio tiempo. Sólo si entendemos la tradición en la que están insertos, sólo si podemos acercarnos al universo de connotaciones que giraban en la cabeza del teórico podemos comprender su argumento. Sus obras sobre el mundo de Maquiavelo y el de Hobbes son en verdad imponentes. No son atajos para entender sus ideas: son invitaciones a vivir en su tiempo. En 1997, Skinner dictó una famosa conferencia en la Universidad de Cambridge donde, de alguna manera, desarrolló el contraste entre sus dos gigantes. Desde luego, la aproximación a la política del filósofo de Malsmebury no puede ser más distinta a la del diplomático de Florencia. Maquiavelo se sumerge en la historia para interrogar a los antiguos; Hobbes cierra los libros con el afán de reinventar el vocabulario del Orden. Podría decirse que en ningún aspecto resalta tanto el contraste entre Los discursos y el Leviatán que la noción de la libertad que cada obra expone. A esa separación dedica Skinner su conferencia: Maquiavelo es el gran defensor de la libertad republicana mientras Hobbes el fundador de la noción liberal de la libertad.

Los republicanos vivieron la libertad como ausencia de dependencia; los liberales la entendieron como falta de interferencia. Para los republicanos el ciudadano es libre cuando participa en una asamblea y forma, con su voluntad, la decisión colectiva; para los liberales, en cambio, el individuo es libre si nadie lo fastidia en su casa. Dos paradigmas se han opuesto. El modelo republicano se basa en una idea fuerte de ciudadanía, en el valor del servicio militar, en la lógica sacrificial, la religión cívica y en la prioridad de lo colectivo. Por su parte, el paradigma liberal descansa en la defensa de los derechos individuales, en la libertad religiosa, el gobierno limitado y la separación estricta entre lo bueno y lo lícito. La conferencia de Skinner fue publicada en un librito un año después. La libertad antes del liberalismo traza una línea dura entre liberalismo y republicanismo. La separación no es ideológicamente aséptica: Skinner está convencido de que la victoria del liberalismo supone una desgracia histórica. Un empobrecimiento conceptual que nos ha resultado muy caro. La obra de Skinner no es, desde luego, la única que sostiene esa separación radical de tradiciones. Hannah Arendt sostuvo, en su tiempo, ese antagonismo. Más recientemente, Pocock y Pettit han subrayado la oposición radical entre liberalismo y republicanismo; una competencia sin posibilidad de acuerdo. Para Philip Pettit la victoria del liberalismo no solamente fue una separación. En realidad, fue una traición: un golpe de estado teórico que vació la libertad de contenido.

Pero, ¿puede hablarse de una separación radical de modelos? ¿Es válido imaginar el mundo de las ideas como esencias en antítesis? Andreas Kalyvas e Ira Katznelson no lo creen y han publicado un libro para rebatir esa interpretación. Pensar en dicotomías puede ser un buen recurso nemotécnico, puede ser un útil atajo para profesores, pero no hace justicia a la compleja hibridación de las ideas. La república se adaptó al tiempo haciendo acopio de nuevos instrumentos. El mundo cambió antes y durante la era de las grandes revoluciones políticas: se impuso una sociedad comercial, fue surgiendo una sociedad civil independiente, avanzó el pluralismo religioso, se consolidó la centralización administrativa. Frente a esos retos, los primeros liberales tuvieron a bien adaptar el vocabulario que les era accesible. Puede decirse así que el lenguaje del liberalismo nace de lengua republicana. No hubo una separación súbita y tajante. Por el contrario, el pensamiento liberal fue armonizando imaginativamente esas gramáticas que ahora se consideran radicalmente incompatibles. Puede entenderse entonces que el liberalismo fue un intento por poner al día las herramientas y el vocabulario del universo republicano. Para los autores de Liberal Beginnings. Making a Republic for the Moderns, la idea de poner estos cuerpos de ideas frente a frente, como si fueran recipientes de categorías incompatibles, supone un esfuerzo por olvidar la génesis del liberalismo. A recordar su irónica gestación, nos invitan.

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03, ene 2011

El Maquiavelo de Lefort

Lefort - Maquiavelo - Trotta
En 1546, un joven que todavía no cumplía los dieciocho años redactó uno de los ensayos políticos más filosos y perturbadores de todos los tiempos. Etienne de la Boétie arremetía contra el animal sumiso en que se ha convertido el ser humano. No es el hombre una criatura dispuesta a la libertad sino un aspirante a la esclavitud. De la Boétie, encarnó la amistad para Montaigne y a éste le debe la preservación de su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Montaigne lo publicó e incluso le hizo espacio entre sus ensayos, considerando esta declamación como la pieza más valiosa de su libro.

Sostiene el Discurso que la política ha arrancado a los hombres el impulso natural de ser libres. Los ha habituado al sometimiento, a tal punto que han perdido contacto con el nervio de la resistencia y la madera de la dignidad. Mucho podríamos aprender de los animales más brutos: los peces se dejan morir cuando se les saca del agua; los animales se enfrentan a sus captores con garras, picos, cuernos y patas. Muerden, patean, arañan, pican, dan coletazos. Pero los hombres, con docilidad, se otorgan a sus tiranos: les prestan brazos para torturar a sus hermanos y hasta se disponen a elogiarlos. El vicio de la sumisión no nace, sin embargo, de la cobardía. No es el temor a ser aporreados lo que inclina la cabeza de los hombres ante la sombra del poderoso. El pueblo en realidad no es víctima, sino artífice de su propia esclavitud. La servidumbre del hombre es producto de su propia voluntad. ¿Cómo es posible que los hombres deseen rendirse ante el poder? ¿Cómo entender esa asociación de palabras tan aparentemente opuestas: sumisión y voluntad? Se pensaría que la servidumbre es el asalto de la fuerza, la imposición de una violencia exterior que vence la resistencia de los débiles. Pero De la Boétie delinea un argumento que nos repugna: el amo procede del esclavo. “Es el pueblo el que se subyuga el que se degüella, el que pudiendo elegir entre ser siervo o ser libre abandona su independencia.” Los infortunios del hombre no vienen de fuera, de un conquistador extraño que se apodera del pueblo con torturas y amenazas. Escribe De la Boétie:

Aquel que tanto os domina sólo tiene dos ojos, sólo tiene dos manos, sólo tiene un cuerpo, y no tiene nada más de lo que tiene el menor hombre del gran e infinito número de vuestras ciudades, a no ser las facilidades que vosotros le dais para destruiros. ¿De dónde ha sacado tantos ojos con que espiaros, si no se los dais vosotros? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearos si no las toma de vosotros? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿de dónde los ha sacado si no son los vuestros? ¿Cómo es que tiene algún poder sobre vosotros, si no es por vosotros?

Quedamos retratados así como los órganos de la tiranía. De la Boétie se detiene en la ficción que sostiene el poder, una ficción que se apodera de la inteligencia de los hombres para volverse en contra de su propia libertad. El poder no anida en objeto alguno sino en la imaginación. No reposa en la barriga de un cañón como dijo un chino, sino en las ramas de la mente. El tirano no es nadie sino se instala en el inconsciente de los hombres. Claude Lefort encontró en ese ensayo una hondura única, una penetración que tocaba el fundamento de lo político. El argumento del amigo de Montaigne embonaba con su convicción de que el poder no emana de la corona: es la envoltura imaginaria de la sociedad. Es el tejido ficticio de un nosotros inerme frente a un Uno omnipotente.

El artículo completo está aquí.

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22, jul 2008

Rushdie sobre Maquiavelo

En esta conversación en San Francisco sobre su nuevo libro, The Enchantress of Florence, Salman Rushdie elogia a y, de paso se identifica con, Maquiavelo, el demócrata incomprendido.

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06, mar 2008

De mercenarios

Maquiavelo veía un enorme peligro en los mercenarios : el Estado a expensas de quien ofreciera más a un ejército privado. Michael Walzer, el gran teórico contemporáneo de la guerra justa, ha publicado recientemente una colección de sus ensayos políticos. En The New Republic regresa al tema maquiavélico de los ejércitos mercenarios. Comenta el caso de Blackwater, empresa que ofrece sus servicios de protección por internet y que actúa en Irak con permiso para matar.

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