Morin, Edgar

01, Nov 2012

Una ecología del yo y del nosotros

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La política ha
extraviado el pensamiento. Edgar Morin está convencido de que se gobierna a
ciegas. Mirando encuestas, reportes de expertos, informes de agencias
internacionales, reaccionando al barullo de la prensa, la clase política decide
a oscuras, sin palpar la complejidad de lo que toca. El triunfo de la
modernidad ha significado la orgullosa conquista de la incomprensión. Nunca
hemos entendido tan mal de la política como ahora. Ni siquiera somos capaces de
percibir el efecto de Shakespeare, ha dicho Morin.

Al recibir el
Premio Alexis de Tocqueville en 1989, Octavio Paz pidió poesía para la
reconstitución del pensamiento político. “En las escuelas y facultades donde se
enseñan las llamadas ciencias políticas debería ser obligatoria la lectura de
Esquilo y de Shakespeare. Los poetas nutrieron el pensamiento de Hobbes y
Locke, de Marx y de Tocqueville.” Las llamadas
ciencias políticas se han dedicado a expulsar la imaginación del currículo.
Morin comparte la desconfianza del poeta mexicano: ¿ciencia política? No: la política no será nunca explicada por una ciencia:
es arte. Un arte terrible. “Por numerosos que sean los conocimientos en los que
se basa, dice Morin, (la política) sigue siendo un arte, no sólo por la
imaginación y la creatividad quer exige, sino también por su capacidad de
afrontar la ecología de la acción. Saint-Just reveló sus dificultades diciendo:
“Todas las artes han producido sus maravillas; sólo el arte de gobernar ha
producido únicamente monstruos.”

El arte de la
política comporta inevitablemente una apuesta, y por lo tanto, el riesgo con un
principio de precaución.” Las
llamadas ciencias políticas mandan la mitad de la historia a la nada. Confían
en la flecha elemental de la causa y el efecto, imaginan el mundo como una mesa
de billar: golpear con precisión una bola para que recorra el camino debido. La
acción política no es ese palo que golpea a la bola. Es una pelota caprichosa que
no sólo obedece al impulso de quien la golpea. Toda acción es una apuesta, dice
Morin. Tan pronto se inicia sufre las imprevisibles interacciones del medio. La
decisión escapa de inmediato de la voluntad de su iniciador, con frecuencia
toma un sentido contrario a su deseo. Los pesticidas no solamente exterminan a
los bichos dañinos al cultivo. También matan a los insectos necesarios para la
polinización. La acción política es fricción constante con lo imprevisible.
Lejos de suponer que el gobernante controla los hilos, habría que entender que
todo acto político traiciona de inmediato al actor. Desde el primer momento “se
abre una fosa entre el actor y la acción”. La decisión se fuga del cálculo del
que emergió para copular con mil accidentes. Fue Maquiavelo quien entendió más
profundamente eso que Morin llama “ecología de la acción”. La suerte, esa mujer
a la que le gustan los jóvenes impetuosos, esa rueda que no se detiene nunca,
ese río que se desborda sin avisos, controla la mitad de la historia. Al
príncipe corresponde admitir en primer lugar, que no posee su decisión. 

El artículo completo, acá

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04, Oct 2012

Morin. Prosa para la poesía

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Cuando Edgar Morin empezó a concebir la
idea de sus memorias bordó una fórmula del deslinde para el título: No soy uno de ustedes, imaginó en la
carátula de su autobiografía. Quería arrancarse las etiquetas y distanciarse de
la nomenklatura intelectual a la que pretendían integrarlo. Buscaba sacudirse
el yeso con el que empezaban a moldearlo como notable. Veinte años después,
soltó aquel nombre. Ya no sentía la necesidad de definirse en oposición. Lo que
buscaba en su libro, lo que había buscado durante toda su vida era comprender,
comprenderse, y para ello no necesitaba distanciarse de nadie. Introspección:
busca de sus demonios.

Hace unos meses, a los noventa años de
edad, publicó un libro que ha vendido cientos de miles de ejemplares en
Francia. El título no es modesto: La vía
para el futuro de la humanidad.
Se trata de un libro que contiene toda una
vida. Están ahì su infancia y su adolescencia, el dolor por la muerte de su madre,
los años de la ocupación nazi, su curiosidad infinita, sus lecturas, el
compendio de cada uno de sus libros, sus obsesiones, sus contradicciones
vertebrales. Un testamento sabio y adolescente, iluso y puntual escrito frente
al abismo y la esperanza. En la segunda década del milenio, al tiempo que se
anuncia una nueva edad de hielo, todo puede comenzar otra vez.

Edgar Morin ha
estado animado por lo que el tao llama “espíritu del valle”: una llanura donde
se vierten todas las aguas. Ésa ha sido, según él mismo, su singularidad: alojamiento
de mil afluentes. Una cabeza deshinibida, absolutamente libre. Una curiosidad
omnívora con voluntad de unirlo todo, de hallar el parentesco de las ideas y
las cosas; situar la verdad en la infinita red de significados; palpar el pulso
de las contradicciones; descubrir, como teólogo, origen y sentido del mundo. Su
vida ha sido siempre una lucha contra la ceguera de lo parcelario. El
testimonio de que se puede ser culto hoy, como lo fueron sus parientese electivos
Goethe, Marx, Freud, Koestler, Popper, Paz, Eco o Castoriadis. Morin no ha
escrito una sino varias enciclopedias. Se encontrarán en ellas capítulos sobre
las bacterias y las galaxias, sobre el mito y las ciencias, sobre el planeta y
sus provincias. Manifiestos y confesiones; apuntes sobre la muerte, el cine, el
amor, la escuela.

Sus ensayos no son una cátedra seca. En
todo lo que Morin escribe aparece Morin, el pensador que se interroga a sí
mismo, que busca en el mundo y en su propia vida las claves para entender, para
entenderse. En el segundo volumen de El
método,
esa obra monumental, esa ciudad que pretende hospedar los
fundamentos de un nuevo pensamiento humano, apuntó con razón: “No escribo desde
una torre que me sustrae a la vida son en el interior de un torbellino que me
implica en mi vida y en la vida.”

El artículo completo, en nexos de este mes
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14, Mar 2012

Edgar Morin al rescate de la humanidad

Edgar MorinEdgar Morin ha publicado recientemente un libro cuya ambición es, ni más ni menos, "salvar a la humanidad." "Presiento, dice en el prólogo a La vía, que lo improbable a lo que me consagro puedo convertirse en imposible. Pero, aunque el Titanic naufrague, quizás una botella lanzada al mar llegue a la orilla de un mundo en el que todo deba comenzar de nuevo." En El país se publica una conversación con José María Ridao donde habla de la indignación como un catalizador insuficiente: "Los indignados hacen críticas justas, denuncian pero no pueden enunciar."

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