Reyes, Alfonso

26, Jun 2013

Máxima político-militar

Máxima político-militar: Toda ofensiva comienza con una vanguardia de imbéciles.

Alfonso Reyes
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19, Abr 2013

Alfonso Reyes recibe El laberinto de la soledad

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En Correspondencia Alfonso Reyes – Octavio Paz, (1939 – 1959), edición de Anthony Stanton, Fondo de Cultura Económica.

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20, Mar 2013

Alfonso Reyes, periodista

Periodismo  - Alfonso ReysFelizmente,
la escritura de Alfonso Reyes revolotea de nuevo, ágil y ligera. Liberada de
los tabiques de sus obras completas, camina con su cuerpo natural: el libro
breve. Desde hace algunos años brota de tiempo en tiempo un librito de Reyes
gracias al Fondo de Cultura Económica y el Tecnológico de Monterrey. La
colección Capilla Alfonsina fue una idea de Carlos Fuentes quien coordinó el
proyecto hasta su muerte. Se han publicado nueve volúmenes de la serie. Entre
ellos un librito con textos sobre México, con prólogo de Carlos Monsiváis; y
una compilación de sus ensayos y poemas autobiográficos con introducción de
Margo Glantz. Ahora se publica una valiosa recopilación de sus notas
periodísticas y sus reflexiones sobre el periodismo. 

¿Por qué
arriesgó la pluma en este género menor?, se pregunta Federico Reyes Heroles en
el prólogo del libro. ¿Por qué un escritor con horizonte de civilización habría
de distraerse con lo inmediato? Reyes Heroles, también escritor de múltiples
registros, que se ha ejercitado en el ensayo, la crónica, la novela, el
comentario político y (aunque parece haberla abandonado) la poesía, sabe bien
la respuesta. Alfonso Reyes fue periodista porque entendió la escritura como
vocación absoluta, vital. A quien respira redactando no le preocupan los
canastos del género. Para Reyes Heroles, que el regiomontano se muestra en el
periódico como el sabio que se desprende del manual, el comentarista que se suelta
en la página perecedera, el improvisador que crea sin partitura. De ahí la
imagen que borda el prologuista: Reyes, saxofonista prodigioso. 

Los ensayos
que Reyes dedica al periodismo no aspiran a una teoría del oficio pero
elaboran—textos suyos, al fin—una moral. Reyes quiere un periodismo para
entendimiento, para la convivencia. Admirador del periodismo británico, Reyes
lamenta la condición de nuestros periódicos. Publicaciones estrechas, sosas,
belicosas, desaliñadas y mancas. Angosto puente con el mundo si el periódico
moderno se cuelga de un par de agencias noticiosas y reduce su labor al acomodo
de las notas prefabricadas. El periodismo no es si abdica al espíritu de
apreciación. Un periódico no puede ser una “sonaja de los hechos.” Es, o debe
ser, “escuela de criterio”: colegio cotidiano del pensar, del escoger, del
preferir.

La política
ha invadido al periodismo imponiendo la vulgaridad de las lealtades binarias:
“quien no se embandera difícilmente es escuchado,” dice. Los diarios dejan de
ser el espacio de la comunicación para ser reiteración de los prejuicios.
Nuestros periodistas: profesionales del ocultamiento interesado, de la
glorificación sectaria. 

Al hablar
de Daniel Defoe, describió la magia de la inteligencia: “Como era un hombre
inteligente, revolvía, sin saberlo acaso, los fundamentos de muchas cosas cada
vez que se ponía a escribir.” Así, estos apuntes de Alfonso Reyes: hallazgo
natural de los alcances del periodismo. Hacer un periódico no es llenar
diariamente los papeles con tinta e imágenes de lo reciente. El periódico es
una ventana al mundo pero también es un foro, una escuela cívica pero también
estética; centro de información y de reflexión, abastecedor de datos y granjero
del gusto. De ahí viene el acento último, o más bien primero, de los apuntes de
Reyes. Un periódico es también custodio del lenguaje, es decir, del nosotros.
No es tema de gusto. “La función de la palabra es eminentemente moral. A través
de ella, escribe, se establece esta contextura nerviosa que se llama la
sociedad humana. No se vive sin las palabras. Más aún, en el orden
auténticamente humano, sólo se vive por las palabras.”

Por ello llama
a conquistar la concisión. En su elogio de un diario pequeño celebra la probidad
de la tijera, la moral de la goma de borrar. 
“Depurar, abreviar, depurar, ¡qué grata y agradecida tarea! Escribir por
el otro cabo del lápiz, es decir: borrando las más veces, ¡qué espléndida
disciplina para el que redacta y para el que lee! ¡Qué alivio, qué higiene
mental! Y si a esto se añade el interés fotográfico—el disparo de la noticia
que entra, de golpe y de una vez, por los ojos—ya está logrado el milagro.”

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09, Feb 2013

Alfonso Reyes: Oración del 9 de febrero

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06, Feb 2013

9 de febrero

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En unos días se cumplirán cien años de aquel 9 de febrero que marcó la vida de Alfonso Reyes. La fecha terrible, inmensamente dolorosa de su parto moral, de su verdadero nacimiento intelectual. No el día en que vio la luz en Monterrey, sino el día que contempló la muerte de su padre. “Lloro, escribe en la Oración, por la injusticia con que se anuló a sí propia aquella noble vida; sufro porque presiento al considerar la historia de mi padre, una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo” Ese confuso error en la mecánica moral del universo lanzó a Reyes a un planeta propio, a un territorio que fue solo suyo, solitario, incomprendido… y ejemplar. Fue la tragedia del cuerpo ensangrentado de su padre lo que marcó el compromiso excéntrico con su patria, su idea de la cultura como salvación, su fe en la civilización como esperanza de convivir. Un sentido del deber que no se subordina a la pedestre exigencia de la política, sino que se planta afuera, antes de ella: en el deber de volver hospitalaria la tierra nuestra, tan agreste y tan hostil.

Alfonso Reyes llora en la Oración la torre que se vino abajo, esa “preciosa arquitectura” de su padre, pero en el lamento del hombre maduro que confiesa el tormento de la orfandad se revelan las piedras de su propia constitución física, de su talante moral. El escritor nació con esa muerte y habría de escribir siempre desde esa muerte. Nada de lo que escribió, aún sus párrafos más sonrientes, pudo apartarse de aquel dolor. ”Aquí morí yo y volví a nacer, y el que quiera saber quién soy que lo pregunte a los hados de febrero. Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día.” El milagro que fue Alfonso Reyes está ahí, en la transmutación de la amargura en cordialidad; en la transformación del dolor en dulzura. “Cuando la ametralladora acabó de vaciar su entraña, entre el montón de hombres y de caballos, a media plaza y frente a la puerta de Palacio, en una mañana de domingo, el mayor romántico mexicano había muerto. Una ancha, generosa sonrisa se había quedado viva en el rostro: la última yerba que no pisó el caballo de Atila; la espiga solitaria, oh Heine que se le olvidó al segador.” Así concluye Alfonso Reyes el conmovedor recuerdo de la caída: imaginando en los labios de su padre agonizante, una sonrisa.

A ese día regresa también Alfonso Reyes en una carta a Martín Luis Guzmán en la que defiende la dignidad de su trabajo diplomático. Para el novelista era inexplicable que el escritor colaborara con el régimen. Como dedicatoria a La sombra del caudillo, escribió: “Para mi querido Alfonso Reyes, cuyo nombre—de claros destellos—no merece figurar en el escalafon del bandidaje político que encabeza el traidor y asesino Plutarco Elías Calles.” Reyes no calló al recibir el libro, tampoco ignoró la invectiva. Le respondió para explicarse, nuevamente, bajo la clave del 9 de febrero. “Aquello fue mucho dolor,” le dice recordando el día. Quedé mutilado, poseído desde entonces de un escepticismo frente a todo lo que viene de la política. Si ése es el reino de la simplificación y de la discordia, del combate y del desprecio, Reyes habría de mudarse a otro territorio. Su ‘política’ era la antigua, la de los griegos, esa que describía la convivencia, no el imperio. La política hoy, la del dominio, traía a su conciencia la imagen de un hombre cayendo del caballo, acribillado por una ametralladora.

Habría querido plantar mi sello en la política, le confiesa con honestidad. Ser leal a mi apellido y conquistar un poder para transformar a México. Modelar la historia un poco a mi modo. Pero no puedo: no tengo idea de rescate ni de venganza. Odio al odio, dice  el huérfano, tocando la herida. Me repugna la idea de esclavizarme al rencor. Y tal vez, desde mis libros, desde mi trabjo diplomático, le escribe Reyes a Guzmán, puedo servir a la Idea Mexicana, “platónicamente emancipada de todo accidente presidencial o político.” Aquel amargo día salvó a Reyes de esos accidentes miserables.

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22, Ago 2012

Tolvanera

Alfonso Reyes

Lanza la tolvanera sus turbiones,
azuza sus lebreles amarillos;
tromba de embudo gris, levanta en vilo
miserias que recluta en los rincones.
Aura mortal, disgregación de montes,
movediza prisión, telón de olvido.
Suspende el pecho su latiente alivio
y entra la garra hasta los corazones.
La metralla del átomo, el desquite
del tiempo contra el mundo de las formas…
con pesuñas de polvo, Atila embiste;
mata el color, las yerbas y las glorias,
y en el valle que todo se le rinde
vuela el gemido de la gente loca.

En Constancia poética. Tomo X de las Obras Completas.
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22, Ago 2012

Alfonso Reyes y el arte de perdurar

Alfonso Reyes

¿Cómo se ganan lectores a lo
largo de los siglos? ¿Qué hace que un escritor perdure, que sus libros lo
sobrevivan? ¿Cómo es que la letra puede convertirse en materia inagotable? Las
preguntas se las vuelve a hacer Hugo Hiriart y las responde en un ensayo
deleitable. En El arte de perdurar, (Almadía
2010) Hiriart medita sobre esa apuesta contra el tiempo que habita en el
impulso creativo.

El ensayo de Hiriart es,
primero, una reflexión sobre su naturaleza. Al ensayo lo constituye una
actitud. Huye de la severidad del tratado y de la rigidez del aforismo no
porque deambule sino porque no se toma demasiado en serio. Tiene sentido por
ello que Montaigne, al abrirle su libro al lector, lo despide. Soy el tema de
estas páginas. No pierdas el tiempo. Adiós. Hugo Hiriart ve en el ensayo una
“irresponsabilidad gozosa” cuya única obligación es la amenidad. “El único
compromiso del ensayo es no aburrir, quitando eso lo admite todo: el chisme, la
tentativa, la extravagancia, el juego, la cita de memoria, el coqueteo, la
arbitrariedad.” La verdadera intención del género es capturar el discurrir de
la inteligencia. No capturarlo: acompañar su andar.

Alfonso Reyes es el enigma de
este ensayo. El genio que no encuentra nuevos lectores, el gigante intraducido,
el artista sepultado en los tomos de su inmenso talento. Hiriart no oculta su
admiración por el ensayista de la cordialidad pero está convencido de que la
escritura de ese orfebre de pequeñas obras maestras corre el peligro de
extinguirse, de no encontrar ojos jóvenes, de quedar detenido en el castellano.
El diplomático que nunca vivió de su escritura fue dueño de un estilo exquisito
que terminó enjaulándolo. No se concentró en una obra que compactara su genio,
no ahondó en nada porque todo lo rozó con su pluma siempre cordial y razonante.
No se asomó a las sombras, no lo sedujeron los misterios, jamás se atrevió al
antagonismo. “Reyes no logró ese libro, ese acto de magia sintética que
concentra el universo entero en el pulso de un individuo único e irrepetible.
Qué angustia, él que era el más dotado. El genio de Reyes, digámoslo de una
vez, está desperdigado.”

Al dispersarse terminó rozándolo
todo y profundizando en nada. Nunca se limitó y por ello mismo no ahondó.
Alfonso Reyes, quizá el escritor más dotado de los que dio el siglo XX mexicano,
no redactó la obra maestra perdurable. “Se pasó de civilizado,” dice Hiriart.

Quizá es demasiado pronto para
decretar el agotamiento de su prosa desarmada. Me atrevo a decir que si Alfonso
Reyes no publicó la obra perdurable que le pide Hiriart no es porque no la haya
escrito. El problema, en realidad, no es del escritor sino del editor ausente. Si
falta la obra es porque hay que
hallarla en sus obras. La civilización de Alfonso Reyes nunca será un exceso.
Su tono, su voz tan irrepetible como representativa de un talante siempre
tendrá algo nuevo que decirnos. Me convence la idea de Steiner sobre ese arte
de perdurar: los clásicos, es decir, los perdurables adquieren una dimensión
espacial en la cultura: territorios de autonomía incorruptible. El clásico es
el espacio “perennemente fructífero” un lugar que nos interroga, que nos lee.
Si una obra perdura es porque nos lee más de lo que nosotros la leemos. El estilo
que Hugo Hiriart pinta como la jaula de Reyes es otra cosa: una interpelación
que no roza sino que excava en nosotros.

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23, Abr 2012

Diálogo de los muertos

José Emilio Pacheco imagina el diálogo entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos en la esquina de Alfonso Reyes y José Vasconcelos: 



En Los retornos de Ulises. Una antología de José Vasconcelos, estudio y edición de Christopher Domínguez, Fondo de Cultura Económica, 2010.
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17, Nov 2011

Alfonso Reyes: Cartilla moral


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25, Ago 2011

Alfonso Reyes y los pinches asalariados

A propósito del escandalillo del momento, Alfonso Reyes escribió: 

“Nada prostituye tanto como esa seguridad del sueldo fijo, trabájese o no, y sin esperanza positiva de ascenso, del sueldo fijo recibido de las abstractas manos de una persona moral que, por abstracta y moral, ¡se parece tanto a una providencia mantenendora de holgazanes y piojosos! ¡Dioses, libradme del contagio! 

(Citado por Carlos Monsiváis en su prólogo a los textos sobre México publicados por Fondo de Cultura Económica.)

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14, Jul 2010

Reyes, Paz, Monsiváis

Reyes, Paz, Monsiváis

Es una pena, pero su nombre terminará adornando edificios públicos. El odiador de la pompa parlamentaria, inmortalizado en letras de oro. Más temprano que tarde su apellido se asentará en mármol. Monsiváis, el iconoclasta, es fundador de la nueva cultura oficial. Habría que hacerle honor a su ironía: estatua ecuestre para Monsiváis. Su mirada (no lo aplaudo) se volvió hegemónica. Tal vez no nos hemos percatado de la manera en que la idea México fue transformada por la tenacidad de sus párrafos. México se observa hoy, en buena medida, desde sus anteojos.

Valdría la pena hablar de la ambición intelectual de Carlos Monsiváis y, sobre todo, de su poder. Podría pensarse que una obra tan abundante y tan despeinada tiene vida de papel periódico: crónicas hechas para la lectura apresurada y el envoltorio del pescado. Desparramada en miles de publicaciones, brincando de tema en tema, enlazando lo sublime con lo trivial, su escritura esconde el hilo. Se trata de una imponente labor de curaduría nacional: hospedar ficciones y acontecimientos; imágenes y melodías; héroes y villanos; eruditos y vedettes en el mosaico de la cultura mexicana. Una cuidada edición de su obra revelerá el impacto que ha tenido entre nosotros su manera de ver. Sus retratos de poetas y galanes de cines son certificados de pertenencia. Sus crónicas los aloja en el paisaje nacional con plenos derechos. La cultura mexicana se espesa con esa prodigiosa diversidad que Monsiváis documentó como nadie. Nuestra cultura no es, no puede ser el patrimonio de los eruditos y los inspirados: es nuestro vocabulario común.

Por eso no creo exagerado ubicarlo en el linaje de Alfonso Reyes y Octavio Paz. Como ellos, escribió convencido de que escritor y escritura son arcilla de la comunidad. Monsiváis está lejos, por supuesto, del ceremonial literario de estos poetas que incurrieron en la diplomacia. Pero, como ellos, honra aquella convicción de que la cultura es la verdadera formadora de comunidad. El intelectual como minero de riquezas desconocidas, y guardián del patrimonio común. El intelectual como el responsable de hacer habitable la nación. Reyes, Paz, Monsiváis representan tres búsquedas de nuestro albergue.

Leyendo a Reyes, el helenista, Carlos Monsiváis escribe que la inteligencia fabrica ciudades. La suya, como la de sus dos predecesores, ha forjado nuestra aldea. Reyes, buscaba enseñanzas en la antigüedad clásica. Pedía, para las izquierdas, el latín. Para las derechas, también. No aceptaba la condena a lo extranjero y lo remoto: lo mejor está siempre vivo y es nuestro. Paz escudriñó los símbolos de México para darle al país un espejo de mitos poéticos. Quiso encontrar nuestra cara en las metáforas de la memoria. Ambos pretendieron, con la persuasiva seducción de su elogio, moldear el lenguaje y la imaginación de México. No es distinto el propósito de Monsiváis el cronista, el crítico, el activista. El coleccionista no va en busca de lecciones ahí donde brotó la civilización occidental. Tampoco paladea las insinuaciones de la soledad mexicana o los emblemas de la conquista. Nos invita a conocer las carpas, los sonetos, las telenovelas, las fiestas, los chistes, las organizaciones de la gente. México no necesita ser instruido por la filosofía ateniense ni ser inventado por la poesía: merece ser visto. A verlo y a mostrárnoslo, se dedicó Carlos Monsiváis.

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21, Jun 2010

Retratos y razones del cronista

Monsiváis - Naranjo 

Estaba en todas partes porque sabía saborearlo todo: el grafiti y la poesía de Wallace Stevens; las canciones de Agustín Lara y el liberalismo de la gran generación; los Simpsons y la familia Burrón; las muchas ciudades de México y la cara única de la estupidez; la poesía más sublime y la consigna más boba; los ruidos de la muchedumbre y la intimidad del teléfono. Escribió de todo menos de la barbarie de los toros y del futbol, ese dios en el que tampoco creía. Como Whitman, Monsiváis albergaba multitudes. Su obra fue una extraordinaria enciclopedia de entusiasmos y aversiones. Nadie ha trazado un arco tan amplio para mirar, entender, querer y odiar a México como Carlos Monsiváis. En las miles y miles de hojas que publicó se encuentra el más exuberante testimonio del México vivo. En el colosal trabajo de Monsiváis se encuentran piezas indispensables del mosaico mexicano. Un mosaico donde ya no cabe la filosofía de lo mexicano pero donde aparecen mexicanos de carne y hueso. Cronología de la arbitrariedad, catálogo del gusto popular, crónica de disidencias, estupidario nacional, celebración literaria, testimonios de una lengua que cambia, cartografía de la desigualdad, guía de televisión, galería de la vida pública. 

Fue el inventor de una escritura rica, irónica, ácida. Brincando de la filosofía a la anécdota, del poema a la pancarta, de la épica a la banalidad Monsiváis refundó la crónica y transformó la escritura para convertirla en una selva de comas y digresiones: listas y paseos. En cada pieza suya se encuentra una extraordinaria mezcla de registros y tonos: cronologías puntuales; inventarios detallados, testimonios anónimos, burlas y excursiones culteranas. Sus verbos nunca aparecen en pasado. A ojos del lector, todo está sucediendo ahora. Benito Juárez le está escribiendo una carta a sus hijos. Si su prosa fue intraducible es porque, a veces, resulta ilegible. Inventó una literatura que formó escuela y de la que fue, él mismo, el primer plagiario. 

Se le celebra como cronista pero detrás de ese observador del movimiento que iba siempre con libreta en mano, se esconde uno de los mejores retratistas de nuestra literatura. Cinematográficamente, el escritor sabía cómo expulsar el barullo de su pantalla, detener el tiempo para captar las marcas cruciales de una vida. Entre los libros que hay que reconstruir de su obra sobresalen sus perfiles literarios, sus estampas de los grotescos personajes de la política, sus siluetas de actores y cantantes. Ahí podríamos encontrar el desfile de nuestros personajes: Gustavo Díaz Ordaz, Alfonso Reyes, María Félix, José Revueltas, Tongolele, Fidel Velázquez, José Alfredo Jiménez, Siqueiros, Jorge Cuesta. No es extraño por eso el consenso que empieza a formarse sobre la joya de su obra: su admirable fotografía de Salvador Novo. El gran cronista tuvo, en efecto, el genio del retrato: encontrar en una mueca, una palabra, un temblor, la pista de identidad. Podía ser despiadado o condescendiente pero no se quedaba en la superficie: sus pinceladas tocaban hueso. 

Monsiváis entendió el cambio político mexicano en la clave de la sociedad civil. En sus crónicas fue tomando forma poco a poco un personaje al que terminó idealizando. Se trataba de un sujeto colectivo que se organizaba para exigir sus derechos, para llamar al cambio, para suplir las ausencias del Estado. Tenía razón Monsiváis en registrar ese campo de la democratización, donde se le fueron arrancando espacios a la tutela estatal. La rebeldía que se organiza de manera independiente frente al poder arbitrario no solo fue vista como el motor de la democratización nacional, sino también en ocasiones, como virtud que limpia cualquier perversión. La militancia encendió su prosa, también opacó su juicio. Nadie como él contribuyó a la lectura del cambio mexicano como inconclusa hazaña de la sociedad civil. El cambio profundo de la política mexicana no se ubicaba a su entender en la competencia entre partidos o en el empate de los poderes, sino en el campo de una sociedad que deja de esperarlo todo del poder. Su última batalla fue la muy necesaria defensa del Estado laico, esa gran conquista de los liberales del XIX. 

Otro argumento democrático se fue tejiendo a lo largo de su trabajo. En 1968, cuando crecía el movimiento estudiantil, Monsiváis empezó a coleccionar y divulgar las perlas de la intolerancia oficial. Rendía tributo así a los propietarios de la conciencia nacional a los que su propia palabra terminaba agraviando. El arma fulminante era la cita: el espejo que muestra el rostro de la arbitrariedad retórica. Por mi madre bohemios quedará como almanaque del absurdo mexicano. Las burlas del cronista reclamaban al poder, lo esencial: razones. El militante de la sociedad civil fue simpatizante de muchas causas, aliado de una infinidad de movimientos, pero fue, ante todo, el defensor de la razón pública, el crítico más implacable que la estupidez política y la mojigatería han tenido entre nosotros.

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29, Oct 2009

Alfonso Reyes y el pavor de la política

Reyes En Laberinto, suplemento cultural de Milenio se publicó hace unas semanas esta carta que apenas ahora leo. En mayo de 1930, Alfonso Reyes recibe un ejemplar de La sombra del caudillo con una ruda dedicatoria: “Para mi querido Alfonso Reyes, cuyo nombre —de claros destellos— no merece figurar en el escalafón del bandidaje político que encabeza el traidor y asesino Plutarco Elías Calles”. La carta de Reyes atiende la punzada mostrando el origen de sus escamas frente al ogro de la política. El dolor de la muerte y su odio al odio lo apartan irreversiblemente de sus tentaciones. Los hechos los relató en su conmovedora Oración del 9 de febrero. En la carta a Guzmán adquieren un perfil más íntimo, quizá más reflexivo sobre el horror que en su imaginación provoca la sucia palabra política:

En mi alma se produjo una verdadera deformación. Aquello fue mucho dolor. Todavía siento espanto al recordarlo. Quedé mutilado, ya le digo. Un amargo escepticismo se apoderó de mi ánimo para todo lo que viene de la política. Y esto, unido a mi tendencia contemplativa, acabó por hacer de mí el hombre menos indicado para impresionar a los públicos o a las multitudes mediante el recurso político por excelencia, que consiste en insistir en un solo aspecto de las cuestiones, fingiendo ignorar lo demás. Y, sin embargo, Ud. sabe que soy orador nato. Y Dios y yo sabemos que llevo en la masa de la sangre unos hondos y rugidores atavismos de raza de combatientes y cazadores de hombres, atavismos que —siempre e implacablemente refrenados— son sin duda la única y verdadera causa de mis jaquecas crónicas, y no los intestinos ni el hígado, ni los riñones, ni el páncreas, ni las glándulas endocrinas y demás tonterías de los médicos materialistas, analíticos, tan olvidados de las concepciones sintéticas de Hipócrates, Arnaldo de Villanueva y Paracelso. —Y de propósito me doy el gusto de lucir estas erudiciones, para que vea que tengo bien mascullado y estudiado eso de mis jaquecas: no se burle de mí.

Estábamos, pues, en que se apoderó de mí un desgano político. Más que eso: un pavor. Cuando delante de mí se decía: “política”, yo veía, en el teatro de mi conciencia, caer a aquel hombre del caballo, acribillado por una ametralladora irresponsable.

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04, Jun 2008

La sabiduría de la cocina

EspeciesEn uno de sus apuntes de cocina, Alfonso Reyes vinculaba el arte mexicano de cocinar con nuestro lenguaje: cocinar es columpiarse entre diminutivos y aumentativos. Picar almendras o triturar elotes es semejante a la costumbre tan nuestra de miniaturizar las palabras: la salsita, la sopita, la carnita. También es lo contrario: ensanchar sabores como si fueran globos. Ese platillo de “audacia ciclópea” que es el mole de guajolote tiene abultado hasta el nombre, decía Reyes. En la cocina se aprende el sentido de las proporciones. Pero tanto como la suficiencia de los ingredientes, la cocina exige tiempo, reposo, paciencia.

La prisa es la peor enemiga del cocinero. Pero no solamente del cocinero sino de sus convidados. Si la prisa del horno del microondas amenaza la cocina, nos ataca a todos. El hombre es un animal que come pan, dicen que dijo Hesiodo. No se forma plenamente hasta que transforma lo que pesca, lo que caza o lo que le arrebata al árbol en platillo. El hombre no se nace trabajando sino cocinando. El primate que se alimenta sólo de lo que encuentra no es plenamente humano. Por ello Faustino Cordón, un biólogo español, dijo con exactitud que la cocina hizo al hombre. Igualmente puede decirse que en la cocina se hornean también las culturas. Octavio Paz lo vio con gran claridad al describir los ritos gastronómicos de los indios y los mexicanos. La excursión de Anthony Bourdain por los continentes es la más rica antropología planetaria que conozco. El chef neoyorquino brincó por el mundo durante tres años. No buscaba museos ni plazas. No coleccionaba souvenirs ni le era fiel a ninguna guía de viajero. Tampoco pretendía fotografíar y redimir salvajes. Su aventura se concentraba en el paladar, aunque la precedían la vista, el olfato, la conversación y los afectos. Para una cadena de televisión viajó por Shangai, París, Hong Kong, Osaka, Kuala Lumpur, Beirut, Lima, Nueva York, Hanoi y Tijuana y registró sus peripecias. Su interés no era comer en los lugares más afamados, sino conocer los sitios más emblemáticos, disfrutar los caldos más extraños y arriesgarse con los ingredientes más sospechosos. El fascinante viaje de Bourdain—que puede seguirse en dvd y en libro—registra sabores y ritos que no han sido estampados por el embalaje de la mundialización, conformando un suculento retrato de la condición humana.

La mundialización pone kiwis en los supermercados mexicanos y nos permite comer salmón barato pero también está transformando lo que queremos comer, lo que comemos y la forma en que lo comemos. En Roma se reúnen ahora los gobernantes del mundo y las cabezas de los organismos internacionales para hablar de comida. Todos coinciden en la gravedad de la crisis de alimentos en el mundo. Han ubicado bien las causas del problema: los que antes no comían, ahora comen; el clima ha perjudicado a los productores; la gente como más y peor. Pero más allá de los factores climáticos, demográficos y económicos, hay otro elemento que merecería ser considerado: se ha transformado la forma en que comemos. Hace unas semanas el New Yorker publicaba un buen artículo de Bee Wilson sobre la crisis alimentaria. Recordaba los anticipos catastróficos de Malthus y lo corregía en un punto: las barrigas humanas son mucho más elásticas de lo que podría pensar el economista inglés. En el 2006 había ochocientos millones de personas en el planeta que vivían con hambre; pero había mil millones de personas que vivían con sobrepeso.

Mientras unos no tienen qué comer, otros olvidan cómo se come. Si en la cocina se guisa lo humano, la desaparición de su sabiduría es una de las peores amenazas que enfrentamos.

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27, Feb 2008

Reyes y la cordialidad

Fuente_alfonso_reyesSi el ensayo es el género de la cordialidad, Alfonso Reyes sigue siendo nuestro máximo ensayista. En sus paseos se encuentra esa hospitalidad que es el sello de la identidad ensayística. Sus artículos no dictan cátedra, no sermonean, tampoco riñen. Ofrendas de amistad. El conversador continúa la palabra de otros, acompaña, ayuda. Para el temperamento literario, escribió en algún lado, escribir es respirar. No es respiración por ser simple espontaneidad fisiológica, sino por ser un lavado del ánimo: la combustión de los rencores, transformación de la inquina venenosa en oxigenada divergencia.

El ensayo es el hijo caprichoso de una cultura abierta, dijo Reyes al describirlo memorablemente como “el centauro de los géneros.” Mestizaje del arte y la ciencia, en el ensayo hay de todo y cabe todo. Caben todos, agregaría. Si Montaigne abrió el espejo de sus cuadernos para que cupieran todos los Montaignes que él era, la prosa de Reyes es la calle por la que puede caminar todo mundo. Cuando el regiomontano ingresa al terreno de la polémica no incurre en la burla ni le tienta la posibilidad de descuartizar al otro con un párrafo intransigente. Por el contrario, rehuye el imán de simplificación y rechaza las incitaciones de los extremos. La honestidad del escritor le impide pensar como si las cosas tuvieran solamente una cara.

Los académicos insisten en verlo en falta: no aparece su obra cumbre, no publicó ese libro indispensable, no aportó el texto canónico. No era el especialista nutrido en las fuentes originales, no hablaba griego, escribía de oídas. Absurdas críticas para el ensayista. Lo importante de la prosa de Reyes es la carretilla, no el bulto de los ladrillos que transporta, ha respondido bien Gabriel Zaid: “Un inspector de centauros difícilmente entenderá el juego, si cree que el centauro es un hombre a caballo; si cree que el caballo es simplemente un medio de transporte. El ensayo es arte y ciencia, pero su ciencia principal no está en el contenido acarreado, sino en la carretilla; no es la del profesor (aunque la aproveche, la ilumine o le abra caminos): su ciencia es la del artista que sabe experimentar, combinar, buscar, imaginar, construir, criticar lo que quiere decir, antes de saberlo.”

Alfonso_reyes_mexico Ya se ha dicho que la obra de Reyes ha encontrado enemigo en sus obras completas, kilos de papel tapiado. A su rescate ha venido una legión de antologías que dan muestra de su genio. La más reciente es la colección Capilla Alfonsina editada por el Fondo de Cultura y coordinada por Carlos Fuentes. Libritos que recogen el arco de sus curiosidades y pasiones. Hasta el momento han aparecido tres volúmenes: México, con un estupendo prólogo de Carlos Monsiváis, América, introducido por David Brading y Teoría literaria, comentado por Julio Ortega. Las tres pequeñas compilaciones rescatan la vivacidad de una pluma crucial de nuestro siglo XX. En su liviandad, cada libro acentúa el aire y la claridad de una escritura que no debe sepultarse en un mausoleo de pasta dura.

El ensayo de Reyes expresa una victoria sobre el odio. Un hombre que se recuerda mutilado tras el sacrificio de su padre (“una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo”) se reconstituye a través de una escritura sin rabia ni codicia. Su ensayo puede leerse como el mejor contraveneno del odio que insisten en inyectarnos. No lo redacta ninguna manía, ninguna pose ostentosa, ninguna misión vengadora, ninguna cruzada de iluminado. No escribe contra otros: conversa con muchos. Su obra es una apuesta por la convivencia en un país desgarrado por la barbarie. “Tomar partido es lo peor que podemos hacer,” escribe en su “Discurso por Virgilio.” La discordia es el error.

Cioran escribió que el drama de Alemania era no haber tenido un Montaigne. El nuestro es mayor: lo tuvimos y no lo leemos.

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