Skinner, Quentin

22, Feb 2013

Una entrevista con Quentin Skinner

 Quentin Skinner

La revista 3AM publica una entrevista con el historiador Quentin Skinner. La conversación permite a Skinner exponer con claridad su reconstrucción de la idea neorromana de la libertad que explora en textos como La libertad antes del liberalismo y que ahora conecta con el teatro de Shakespeare y con la teoría política de Marx. 

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02, Abr 2012

De Quentin Skinner


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02, Abr 2012

Libertad y valentía

Skinner

Desde Benjamin Constant, los liberales han dibujado la libertad frente a una sombra que usa la misma palabra. En su conferencia de 1819 contrastaba la libertad moderna con la antigua, enfatizando que la vieja idea no solamente se había vuelto impracticable sino que era también peligrosa. Los antiguos defendían una libertad de participación en lo público, mientras los modernos se refugian en sus placeres privados. La nostalgia de la antigua libertad podría alimentar una nueva servidumbre. Algo parecido dijo Isaiah Berlin en su famosa conferencia de 1958. La libertad negativa no es voz sino resguardo. Quentin Skinner cree que la disyuntiva que plantean Constant o Berlin es inadecuada para comprender las dimensiones de la libertad. No dos: tres nociones de libertad son distinguibles.

En una conferencia de noviembre de 1997 que dictó para asumir la cátedra de Historia Moderna en Cambridge, Skinner agregó un concepto que los liberales han sido incapaces de apreciar. La libertad precede al liberalismo. No es solamente ausencia de obstáculos para realizar nuestro deseo, sino independencia frente a los otros. A la idea liberal le antecedió la experiencia republicana o, como él la llama, la concepción neo-romana. Skinner encuentra a Berlin poseído por el hechizo liberal. Un embrujo que le impide asomarse al mundo fuera del marco hobbesiano. En efecto, el biógrafo de las ideas seguía subyugado por la fórmula de Hobbes que, de una u otra manera ha definido los contornos de la palabra: la libertad es ausencia de impedimentos externos. La libertad como el espacio donde la ley calla. Hobbes impuso una hegemonía conceptual. Si bien lo recordamos como el constructor racional de la monarquía absoluta, fue quien acuñó la noción liberal de la libertad. Ahí, en el Leviatán estaba la semilla de la libertad moderna o negativa, afirmándose contra la otra libertad, la libertad republicana que Skinner identifica y reivindica.

El historiador trabaja con pincel seco para desempolvar las palabras, quitarles el lodo de los siglos y restituirles el color original. El historiador debe imaginar la idea nadando en su lago original, ponerla en contacto con los eventos de su tiempo y escucharla en su conversación. Para comprender la vida de las ideas es indispensable conjurar el embrujo ideológico, escapar (en la medida de lo posible) del lenguaje del presente y sumergirse en la historia. Entendida de ese modo, la historia no responde nuestras preguntas; es el mejor cuestionamiento de nuestras certezas.

El artículo completo puede leerse aquí

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02, Jun 2011

La raíz republicana

M - H Quentin Skinner no es un historiador dado a las simplificaciones. Su reconstrucción de las ideas políticas nunca ha sido apresurada. Para precisar el sentido de una palabra en un tratado renacentista puede despertar los volúmenes más extravagantes de un sueño de siglos. En sus libros, la contribución de los grandes teóricos del gobierno adquiere sentido en su propio tiempo. Sólo si entendemos la tradición en la que están insertos, sólo si podemos acercarnos al universo de connotaciones que giraban en la cabeza del teórico podemos comprender su argumento. Sus obras sobre el mundo de Maquiavelo y el de Hobbes son en verdad imponentes. No son atajos para entender sus ideas: son invitaciones a vivir en su tiempo. En 1997, Skinner dictó una famosa conferencia en la Universidad de Cambridge donde, de alguna manera, desarrolló el contraste entre sus dos gigantes. Desde luego, la aproximación a la política del filósofo de Malsmebury no puede ser más distinta a la del diplomático de Florencia. Maquiavelo se sumerge en la historia para interrogar a los antiguos; Hobbes cierra los libros con el afán de reinventar el vocabulario del Orden. Podría decirse que en ningún aspecto resalta tanto el contraste entre Los discursos y el Leviatán que la noción de la libertad que cada obra expone. A esa separación dedica Skinner su conferencia: Maquiavelo es el gran defensor de la libertad republicana mientras Hobbes el fundador de la noción liberal de la libertad.

Los republicanos vivieron la libertad como ausencia de dependencia; los liberales la entendieron como falta de interferencia. Para los republicanos el ciudadano es libre cuando participa en una asamblea y forma, con su voluntad, la decisión colectiva; para los liberales, en cambio, el individuo es libre si nadie lo fastidia en su casa. Dos paradigmas se han opuesto. El modelo republicano se basa en una idea fuerte de ciudadanía, en el valor del servicio militar, en la lógica sacrificial, la religión cívica y en la prioridad de lo colectivo. Por su parte, el paradigma liberal descansa en la defensa de los derechos individuales, en la libertad religiosa, el gobierno limitado y la separación estricta entre lo bueno y lo lícito. La conferencia de Skinner fue publicada en un librito un año después. La libertad antes del liberalismo traza una línea dura entre liberalismo y republicanismo. La separación no es ideológicamente aséptica: Skinner está convencido de que la victoria del liberalismo supone una desgracia histórica. Un empobrecimiento conceptual que nos ha resultado muy caro. La obra de Skinner no es, desde luego, la única que sostiene esa separación radical de tradiciones. Hannah Arendt sostuvo, en su tiempo, ese antagonismo. Más recientemente, Pocock y Pettit han subrayado la oposición radical entre liberalismo y republicanismo; una competencia sin posibilidad de acuerdo. Para Philip Pettit la victoria del liberalismo no solamente fue una separación. En realidad, fue una traición: un golpe de estado teórico que vació la libertad de contenido.

Pero, ¿puede hablarse de una separación radical de modelos? ¿Es válido imaginar el mundo de las ideas como esencias en antítesis? Andreas Kalyvas e Ira Katznelson no lo creen y han publicado un libro para rebatir esa interpretación. Pensar en dicotomías puede ser un buen recurso nemotécnico, puede ser un útil atajo para profesores, pero no hace justicia a la compleja hibridación de las ideas. La república se adaptó al tiempo haciendo acopio de nuevos instrumentos. El mundo cambió antes y durante la era de las grandes revoluciones políticas: se impuso una sociedad comercial, fue surgiendo una sociedad civil independiente, avanzó el pluralismo religioso, se consolidó la centralización administrativa. Frente a esos retos, los primeros liberales tuvieron a bien adaptar el vocabulario que les era accesible. Puede decirse así que el lenguaje del liberalismo nace de lengua republicana. No hubo una separación súbita y tajante. Por el contrario, el pensamiento liberal fue armonizando imaginativamente esas gramáticas que ahora se consideran radicalmente incompatibles. Puede entenderse entonces que el liberalismo fue un intento por poner al día las herramientas y el vocabulario del universo republicano. Para los autores de Liberal Beginnings. Making a Republic for the Moderns, la idea de poner estos cuerpos de ideas frente a frente, como si fueran recipientes de categorías incompatibles, supone un esfuerzo por olvidar la génesis del liberalismo. A recordar su irónica gestación, nos invitan.

El artículo sigue acá

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26, Ene 2009

El momento republicano

Columnas capitolio La ceremonia de relevo de poderes en los Estados Unidos nos recordó que ese país nació como una república, antes que como una democracia. Para los fundadores de los Estados Unidos la palabra democracia era sospechosa. Las sílabas de república, por el contrario, contenían la ambición de gloria y la determinación de hacer un gobierno popular. La democracia denotaba la experiencia fallida de un gobierno tumultuario: régimen de demagogia, inestabilidad, anarquía. La antigua república representaba la experiencia de un gobierno sin reyes basado en la participación de la gente. El orden republicano era el modelo de su política y se volvería la inspiración de su arquitectura pública. La esperanza de los fundadores era proyectar la vieja república a los nuevos tiempos. Era, más aún, su misión tarea histórica. Como han sugerido una serie de estudios contemporáneos (Pocock y Skinner entre los más destacados), la cuna de los Estados Unidos puede ubicarse en el Renacimiento antes que en la Ilustración. Su motor inicial sería en consecuencia, la idea de la virtud cívica de los republicanos italianos más que la noción de la propiedad privada de los contractualistas ingleses. En el imaginario norteamericano subsiste esa semilla ideológica y en sus fiestas políticas hay algo de aquellas solemnidades.

La república parte de una noción de la naturaleza humana. El hombre no es una isla que produce y que consume, una máquina movida por apetencias y repulsiones: es un animal de la ciudad que encuentra plenitud en la comunidad. Ahí participa y discute. Al involucrarse en los asuntos comunes, adquiere plena humanidad. Por eso el ideal cívico es la participación en el espacio público y por eso mismo se ve con sospecha el refugio doméstico. La política no es función de arbitraje o asunto de guardias: es la más exquisita de las artes, la cúspide del genio humano. El buen gobierno no depende de castigos ni de amenazas. En el centro está la virtud, la prudencia, el patriotismo, la disposición de entregar creatividad, valor y tiempo a la ciudad. De la igualdad parte también la idea de la distribución de cargas, responsabilidades y honores. Si la política nos define a todos, ninguno puede ser gobernante vitalicio. El flujo de los cargos públicos vivifica la política como las estaciones cuidan la vida de las especies. La república responde así a un metabolismo que rinde homenaje a los ciclos naturales: el frío que da paso al calor; los ríos que renuevan su agua, los cuerpos donde circula y se oxigena la sangre. Marcadas por la noción del bien común, las repúblicas confían más en la mudanza y el relevo de los liderazgos que en el control y oposición de los poderes.

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