Política

19, Jul 2013

Una entrevista con Castoriadis

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
15, Abr 2013

Thatcher

Margaret Thatcher proclamó la inexistencia de la sociedad. No hay tal
cosa, dijo. Existen individuos, si acaso, familias. Pronunciar esa palabra ya
es mentir. Durante siglos nos han engañado con esa idea inhumana, propia de
insectos, de mamíferos inferiores. El único espacio humano para el nosotros es
la casa; fuera de ella no hay barrio, no hay ciudad, no hay nación. El
individualismo, transformado en utopía. Pocos proyectos tan radicales en el
siglo XX como el suyo: una política para extirpar los restos de esa malévola
fantasía de lo social. Instaurar en la tierra el reino irrestricto del mercado,
convertir en heroísmo la codicia.

Al terminar su gobierno expuso, ante el Parlamento, su convicción de
que la desigualdad era irrelevante. La preocupación por la equidad le parecía
simplemente ridícula. Al contestar a un parlamentario que la cuestionaba por el
ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres, Thatcher respondió con esa
fascinante contundencia sin titubeos, con su convicción hermética que la
igualdad era una obsesión de los cínicos que preferían que todos estuvieran en
la miseria, si era una miseria equitativamente distribuida. En su despedida
triunfal reiteraba su idea de la sociedad como una ficción truculenta. Lo que
importa es que cada individuo prospere. Tiremos a la basura el anhelo de un
piso común, un vocabulario compartido, oportunidades equitativamente
distribuidas. Le obsesionó restaurar el prestigio de la Gran Bretaña pero nunca
le interesó construir una casa común.

No fue una conservadora en la tradición británica. Su prisa, su
hermetismo, la radicalidad de su política eran, más bien revolucionarias. Se ha
visto en su ambición, en su estilo político, una especie de leninismo de
derecha. El polaco Adam Przeworski, que bien entiende la morfología del
discurso totalitario, advirtió la cercanía entre esas ingenierías radicales.
Reinvenciones del mundo que no están dispuestas a negociar su diseño. La
estructura discursiva del thatcherismo es paralela al armazón bolchevique:
donde estaba la nacionalización de los medios de producción se colocó
privatización; donde estaba la planificación se puso el libre mercado; y en el
altar de la clase obrera que guía al futuro luminoso, al empresario, radiante portador
de la felicidad que viene. Lo suyo no era la transacción con las
circunstancias, la adaptación a las tradiciones, el remiendo de lo descosido:
lo suyo era el cambio tajante, la terquedad y la sordera. No conoció la duda ni
el remordimiento, nunca probó la rectificación. Las personas no eran un
misterio para ella. En unos minutos, tras el encuentro más breve, se hacía una
idea del otro y no la cambiaba. Habrá citado a Popper pero no se daba cuenta
que su política era sólo una versión sutil de la sociedad que se clausura.

A Edmund Burke, el gran sabio del conservadurismo británico le habrían
horrorizado el discurso y la política de Margaret Thatcher. La habría denunciado
como jacobina con nostalgia, una arrogante con proyecto pero sin sensibilidad
histórica. Un político debe temerse a sí mismo, decía Burke. Un revolucionario
auténtico, un estadista que cambia la historia debe confiar ciegamente en sí
mismo, en sus ideas, en sus capacidades, respondió Thatcher. No soy una
política de consensos, decía: soy una política de convicciones. En efecto, la
negociación era, para ella, una claudicación, una flaqueza, una inmoralidad. No pretendió adaptarse a las circunstancias: se impuso a ellas con un talento excepcional. Si piden que dé un viraje les digo claramente: esta mujer no está para dar la vuelta.

Nadie puede cuestionar su influencia en la política británica y mundial. Cambió a su país, le abrió un horizonte que parecía perdido, reactivó una economía que había sido secuestrada por los sindicatos, rehízo el mapa ideológico de la política mundial, impuso su sello, incluso en su oposición. Su fe en el mercado se acompañaba de una confianza en la autoridad estatal. Concentró todo el poder que pudo y desde ahí impuso su doctrina. No se detuvo ante la impopularidad, no la limitaron las tradiciones, no supo de tabús. Tuvo la valentía de decir la verdad, aunque fuera tan impopular como decir que 2 + 2 es igual a 4. Y tuvo también el valor de apoyar dictadores como Pinochet y a combatir a ‘terroristas’ como Mandela. Vivimos en su planeta… y muchos lo celebran.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
15, Mar 2013

Bertrand Russell: decálogo liberal

Openculture ha rescatado un artículo de Bertrand Russell publicado en el New York Times en 1951. El liberalismo no es un credo, dice; es una disposición. Una actitud opuesta a cualquier credo. El artículo concluye con un decálogo para liberales: 

  1. No te sientas absolutamente seguro de nada.
  2. No creas que vale la pena producir creencias escondiendo pruebas, porque la verdad saldrá a la luz. 
  3. No desalientes el pensamiento, porque tendrás éxito.
  4. Cuando te encuentres con críticos, sea tu marido o sean tus hijos, enfréntalos con argumentos, no autoridad, porque una victoria que depende de la autoridad es irreal e ilusoria. 
  5. No respetes la autoridad de otros, porque habrá siempre una autoridad contraria. 
  6. No utilices el poder para suprimir opiniones que te parezcan perniciosas, porque si lo intentas, las opiniones te suprimirán a ti. 
  7. No temas tener opiniones excéntricas, porque todas las opiniones que hoy son comunes fueron excéntricas antes. 
  8. Disfruta el desacuerdo inteligente más que el acuerdo pasivo, porque, si aprecias la inteligencia como deberías, lo primero supone un acuerdo más profundo que lo segundo. 
  9. Respeta la verdad, aunque la verdad resulte inconveniente, porque te será más inconveniente tratar de ocultara.
  10. No envidies la felicidad de los que viven en un paraíso de tontos, porque sólo un tonto pensaría que eso es la felicidad. 

Captura de pantalla 2013-03-15 a la(s) 09.52.00

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
20, Feb 2013

El sentido de la casualidad

DworkinthebossHace unos días murió
Ronald Dworkin, uno de los filósofos del derecho más importantes de nuestro
tiempo. Se negó a aceptar dos convenciones contemporáneas. La primera, que el
territorio de la ley estaba separado de la moral por una frontera clara e impermeable.
La segunda, que los valores de la vida reñían y que habría que optar por el
menos malo. A lo largo de su abundantisima producccián académica, Dworkin
argumentó por la reincorporación del derecho a la reflexión moral y por la
unidad de los valores. Por eso adoptó, como Isaiah Berlin, la expresión de
Arquíloco sobre el zorro y el erizo. El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo
una… pero grande. Pero, a diferencia de Berlin, Dworkin se vio como un
puercoespín prendido de una idea elemental.

Dworkin fue un
académico que examinó con rigor los conceptos fundamentales del derecho y la
política. Participó también en numerosos debates públicos. Su interlocutor
principal fue la Corte Suprema de los Estados Unidos. Nadie como él siguió la
vida del tribunal en los últimos cuarenta años. Dworkin denunció la
conformación derechista de la Corte, examinó y criticó severamente sus
decisiones en artículos que escapaban el circuito de los abogados. En las
decisiones del último tribunal—más que en las leyes del Congreso o las
decisiones presidenciales– se iba dibujando la silueta de otro país, un país
que Dworkin le gustaba cada día menos. Se concentró en los “casos difíciles”,
asuntos complejos para los cuales la ley no ofrecía una pista suficiente. Era
ahí donde se probaba su lectura “moral” de la constitución, una lectura que
dejaba de buscar las intenciones de sus redactores originales, para enlazarse
con los principios de un liberalismo igualitario. De ahí exploró las grandes
controversias
morales de nuestro tiempo: el aborto y la eutanasia, los límites
a la libertad de expresión, las acciones afirmativas.

Pero el filósofo del
derecho no se detuvo ahí, en la indagación de la ley y sus permisos.
Alimentándose de la más antigua tradición filosófica, se preguntó también sobre
la naturaleza de la felicidad y no solamente por la configuración de la
justicia. En Justicia para erizos, el
libro que resumió sus preocupaciones y argumentos se aventura a dibujar una
estampa de lo que llama la “vida buena”, la vida bien vivida. Dworkin hacía una
peculiar separación entre la ética y la moral. La ética examinaba la manera en
que cada uno debía vivir; la moral bordaba la forma en que debíamos convivir. Mientras la moral era el
dominio que trazaba las reglas para tratar a los demás, la ética nos imponía el
deber de tratarnos bien, de respetarnos, de exigirnos. También tenemos derechos
frente a nuestro impulso autoabusivo.

En su proyecto de
justicia no se oculta—ni con un manto de ignorancia—la manera en que cada quien
se trata a sí mismo, lo que hace de su vida. Las más ambiciosas teorías de la
justicia se empeñan en mostrar los deberes del poder público, los contornos de
la libertad, las plataformas de la equidad o las básculas de imparcialidad,
pero suelen olvidar un punto: cómo nos tratamos. La decencia, esa virtud de la
que habla con tanta elocuencia Avishai Margalit, debe empezar en nosotros: nos
debemos tratar como personas, nunca como recipientes que almacenan cosas u
órganos que procesan sensaciones. La forma en que nos tratamos no es menos
importante que la forma en que tratamos a los demás. Un hombre generoso, un
ciudadano respetuoso de las leyes que paga puntualmente sus impuestos, puede torturarse
la existencia y desperdiciar su vida.

Separándose del
impulso primario de la sobrevivencia (Hobbes) o del placer (Hume) Dworkin
dibuja una estampa de la vida que merece ser vivida. Se refiere a una vida de
la que podamos enorgullecernos. La vida entonces deja de ser un derecho para
convertirse en una responsabilidad compleja, desafiante. Tenemos la
responsabilidad de crearnos una vida que no sea simplemente agradable, sino que
sea bien vivida. Una naranja de la que se exprima todo el jugo. Alguien que vive
una vida aburrida y convencional, quien no cultiva y disfruta amistades
cercanas, quien no enfrenta desafios, quien no obtiene logros y que sólo hace
tiempo para llegar a la tumba no supo vivir. Falló en su responsabilidad de
vivir.

El filósofo se acerca
así al romántico que pinta la vida como una obra de arte. Arte que no existe
por el cuadro, la sinfonìa o el soneto sino por el proceso de crearlo, el
camino para encontrar la expresión personalisima. Vivir una buena vida, dice a
fin de cuentas, es encontrarle un sentido a la casualidad biológica.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
26, Nov 2012

Felipe Calderón

No se hizo en los rigores de la
tecnocracia, ni en las exigencias de la empresa; no lo moldeó la oscuridad de
la academia ni la flama de la movilización social. Se formó en las labores de
partido, entre las paredes del parlamento. De ahí viene su perfil oratorio, su
energía polémica, su ánimo persuasivo. No le bastaba hacer, se empeñó en
convencer. Hablar fue, para él, parte sustancial del gobernar. A diferencia de
sus antecesores (y de su sucesor), Felipe Calderón cree en una política capaz
de pasar la prueba del razonamiento público. No ignoró a sus críticos. Los vio
de frente, los escuchó, se expuso al resentimiento. No se aisló del dolor. Lo
que se mantuvo siempre hermética fue su política. En su obstinación no se asomó
la  fisura.

Pudo haber sido un sensato presidente
conservador si hubiera sido leal a esa mitad de su temperamento, pero fue
infiel al político tradicionalista que es. Su gobierno se batió entre la
prudencia de ese conservador y el ímpetu de un cruzado. Su conservadurismo no
se expresó solamente al defender la penalización del aborto o al oponerse al
matrimonio como derecho universal. Fue un conservador porque entendió su
trabajo como el de un protector de lo que existe. Lo que mejor hizo lo hizo
como cuidador o, si acaso continuador de lo iniciado por otros. No fue un
innovador, fue un buen protector de lo heredado. Y así cuidó del patrimonio
común… y también de los privilegios de algunos.

De la timidez conservadora viene, en
efecto, el escrupuloso manejo económico, la tenacidad constructiva, la exitosa
política de salud. De ese mismo impulso viene también la renuncia a conducir la
política educativa, el apocamiento frente a los grandes intereses corporativos
y los monopolios, la cortedad de su ambición histórica.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
21, Nov 2012

El debate de Gargarella y Laclau sobre el constitucionalismo

Gracias a un artículo de Rafael Rojas en La razón, descubro un intercambio interesante entre Roberto Gargarella y Ernesto Laclau sobre el sitio de las instituciones en la democracia. Laclau, autor de La razón populista, argumenta que “La defensa del institucionalismo en nuestras sociedades frente al momento del populismo es simplemente una defensa de statu quo frente a un proyecto de cambio.” Más aún, ve en los congresos el principal obstáculo a la democracia:

 

En América latina, por razones muy precisas, los Parlamentos han sido siempre las instituciones a través de las cuales el poder conservador se reconstituía, mientras que muchas veces un Poder Ejecutivo que  apela directamente a las masas frente a un mecanismo institucional que tiende a impedir procesos de la voluntad popular es mucho más democrático y representativo.

La figura del hombre fuerte y sin obstáculos como el agente del avance democrático y las instituciones pluralistas como corazas de la preservación. En un artículo  publicado (como la conferencia de Laclau) en Perfil, Roberto Gargarella rechaza la veracidad del juicio histórico del “padre filosófico del cristinismo” y la naturaleza democrática de su propuesta. “El presidencialismo fuerte fue la solución (no eventual, sino) inequívocamente elegida y exigida por el autoritarismo militarista, católico y conservador.” Frente al “constitucionalismo verticalista” de Laclau, Gargarella presenta la opción del constitucionalismo republicano/radical.

En la actualidad, la postura que en lo personal me interesa, y que propone confrontar con el presidencialismo, no nos invita a abrazarnos a la alternativa parlamentarista, como sugiere la anodina ciencia política de los 80. Lo que propone es agujerear el sistema representativo actual, tendiendo múltiples puentes (hoy todos bombardeados desde el poder) entre ciudadanos y decisores. El poder debe volver a la ciudadanía, a quien se le prometiera ese poder, y a quien impunemente se le expropiara. El poder debe salir del lugar en donde hoy nuestras desigualitarias sociedades lo han concentrado: las grandes empresas y el poder político centralizado y autonomizado.

 

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
12, Nov 2012

Cercanía de nuevo tipo

La suerte del próximo gobierno
depende más del liderazgo del presidente sobre su partido que de su capacidad
negociadora con la oposición. Es cierto, los electores reeligieron en 2012 al
gobierno dividido. No le dieron al nuevo presidente una mayoría en las
asambleas federales y por ello lo obligaron a negociar con las oposiciones para
promover cualquier cambio legislativo. Sin embargo, la perspectiva del acuerdo
con otros partidos parece relativamente sencilla o, por lo menos, más sencilla
de lo que parece el acuerdo del futuro presidente con los muchos intereses que integran
a su partido. Las propuestas que durante su campaña hizo el presidente electo
están, en efecto, más cerca de la plataforma y las propuestas de Acción
Nacional que de la declaración de principios del PRI.

Una de las incógnitas del futuro
inmediato es el carácter del liderazgo partidista de Peña Nieto. Doy por
descontado que los dos precedentes son inservibles para lo que viene. El habitante
de Los Pinos no puede volver a ser la cabeza de un partido hegemónico
verticalmente disciplinado porque ya no controla todos los hilos del poder. No
tendrá en sus manos los instrumentos que dispensan los premios y los castigos
implacables de antaño. Bajo el viejo régimen, el presidente era capaz de
terminar fulminantemente una carrera política. Era también el gran proveedor de
recompensas. Por eso, bajo aquellas reglas, la indisciplina era suicida. El
presidente tenía un inmenso poder en su partido porque era el supremo
administrador de las ambiciones.

El segundo precedente fue
extravagante y breve. El último presidente priista quiso desentenderse de las
responsabilidades del liderazgo partidista. Bajo la idea de que sus
responsabilidades de Estado hacían incompatible la dirección informal del
partido gobernante, quiso separarse ostentosamente de él. Bautizó a su política
como “sana distancia” porque creía que el vicio estaba en la cercanía entre
presidencia y partido y no en el modo de ejercer influencia. No se había
percatado el presidente Zedillo que el régimen había cambiado: el partido
hegemónico se desvanecía a medida que los partidos ocupaban plazas de gobierno.
La dinámica al interior del PRI no era ya la clave del régimen: lo importante
era que la competencia ya se había instalado entre nosotros.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, Nov 2012

Una ecología del yo y del nosotros

Edgar_morin

La política ha
extraviado el pensamiento. Edgar Morin está convencido de que se gobierna a
ciegas. Mirando encuestas, reportes de expertos, informes de agencias
internacionales, reaccionando al barullo de la prensa, la clase política decide
a oscuras, sin palpar la complejidad de lo que toca. El triunfo de la
modernidad ha significado la orgullosa conquista de la incomprensión. Nunca
hemos entendido tan mal de la política como ahora. Ni siquiera somos capaces de
percibir el efecto de Shakespeare, ha dicho Morin.

Al recibir el
Premio Alexis de Tocqueville en 1989, Octavio Paz pidió poesía para la
reconstitución del pensamiento político. “En las escuelas y facultades donde se
enseñan las llamadas ciencias políticas debería ser obligatoria la lectura de
Esquilo y de Shakespeare. Los poetas nutrieron el pensamiento de Hobbes y
Locke, de Marx y de Tocqueville.” Las llamadas
ciencias políticas se han dedicado a expulsar la imaginación del currículo.
Morin comparte la desconfianza del poeta mexicano: ¿ciencia política? No: la política no será nunca explicada por una ciencia:
es arte. Un arte terrible. “Por numerosos que sean los conocimientos en los que
se basa, dice Morin, (la política) sigue siendo un arte, no sólo por la
imaginación y la creatividad quer exige, sino también por su capacidad de
afrontar la ecología de la acción. Saint-Just reveló sus dificultades diciendo:
“Todas las artes han producido sus maravillas; sólo el arte de gobernar ha
producido únicamente monstruos.”

El arte de la
política comporta inevitablemente una apuesta, y por lo tanto, el riesgo con un
principio de precaución.” Las
llamadas ciencias políticas mandan la mitad de la historia a la nada. Confían
en la flecha elemental de la causa y el efecto, imaginan el mundo como una mesa
de billar: golpear con precisión una bola para que recorra el camino debido. La
acción política no es ese palo que golpea a la bola. Es una pelota caprichosa que
no sólo obedece al impulso de quien la golpea. Toda acción es una apuesta, dice
Morin. Tan pronto se inicia sufre las imprevisibles interacciones del medio. La
decisión escapa de inmediato de la voluntad de su iniciador, con frecuencia
toma un sentido contrario a su deseo. Los pesticidas no solamente exterminan a
los bichos dañinos al cultivo. También matan a los insectos necesarios para la
polinización. La acción política es fricción constante con lo imprevisible.
Lejos de suponer que el gobernante controla los hilos, habría que entender que
todo acto político traiciona de inmediato al actor. Desde el primer momento “se
abre una fosa entre el actor y la acción”. La decisión se fuga del cálculo del
que emergió para copular con mil accidentes. Fue Maquiavelo quien entendió más
profundamente eso que Morin llama “ecología de la acción”. La suerte, esa mujer
a la que le gustan los jóvenes impetuosos, esa rueda que no se detiene nunca,
ese río que se desborda sin avisos, controla la mitad de la historia. Al
príncipe corresponde admitir en primer lugar, que no posee su decisión. 

El artículo completo, acá

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
09, Oct 2012

La primera ministra australiana sobre la misoginia

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
04, Oct 2012

Morin. Prosa para la poesía

Edgar_morin_2[1]

Cuando Edgar Morin empezó a concebir la
idea de sus memorias bordó una fórmula del deslinde para el título: No soy uno de ustedes, imaginó en la
carátula de su autobiografía. Quería arrancarse las etiquetas y distanciarse de
la nomenklatura intelectual a la que pretendían integrarlo. Buscaba sacudirse
el yeso con el que empezaban a moldearlo como notable. Veinte años después,
soltó aquel nombre. Ya no sentía la necesidad de definirse en oposición. Lo que
buscaba en su libro, lo que había buscado durante toda su vida era comprender,
comprenderse, y para ello no necesitaba distanciarse de nadie. Introspección:
busca de sus demonios.

Hace unos meses, a los noventa años de
edad, publicó un libro que ha vendido cientos de miles de ejemplares en
Francia. El título no es modesto: La vía
para el futuro de la humanidad.
Se trata de un libro que contiene toda una
vida. Están ahì su infancia y su adolescencia, el dolor por la muerte de su madre,
los años de la ocupación nazi, su curiosidad infinita, sus lecturas, el
compendio de cada uno de sus libros, sus obsesiones, sus contradicciones
vertebrales. Un testamento sabio y adolescente, iluso y puntual escrito frente
al abismo y la esperanza. En la segunda década del milenio, al tiempo que se
anuncia una nueva edad de hielo, todo puede comenzar otra vez.

Edgar Morin ha
estado animado por lo que el tao llama “espíritu del valle”: una llanura donde
se vierten todas las aguas. Ésa ha sido, según él mismo, su singularidad: alojamiento
de mil afluentes. Una cabeza deshinibida, absolutamente libre. Una curiosidad
omnívora con voluntad de unirlo todo, de hallar el parentesco de las ideas y
las cosas; situar la verdad en la infinita red de significados; palpar el pulso
de las contradicciones; descubrir, como teólogo, origen y sentido del mundo. Su
vida ha sido siempre una lucha contra la ceguera de lo parcelario. El
testimonio de que se puede ser culto hoy, como lo fueron sus parientese electivos
Goethe, Marx, Freud, Koestler, Popper, Paz, Eco o Castoriadis. Morin no ha
escrito una sino varias enciclopedias. Se encontrarán en ellas capítulos sobre
las bacterias y las galaxias, sobre el mito y las ciencias, sobre el planeta y
sus provincias. Manifiestos y confesiones; apuntes sobre la muerte, el cine, el
amor, la escuela.

Sus ensayos no son una cátedra seca. En
todo lo que Morin escribe aparece Morin, el pensador que se interroga a sí
mismo, que busca en el mundo y en su propia vida las claves para entender, para
entenderse. En el segundo volumen de El
método,
esa obra monumental, esa ciudad que pretende hospedar los
fundamentos de un nuevo pensamiento humano, apuntó con razón: “No escribo desde
una torre que me sustrae a la vida son en el interior de un torbellino que me
implica en mi vida y en la vida.”

El artículo completo, en nexos de este mes
Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, Oct 2012

Contra la tiranía del debate y el voto

El
espectáculo no es nuevo. Lo hemos visto mil veces y no deja de ser ridículo. Buena
parte de la bancada de izquierda toma la tribuna por asalto con la intención de
impedir, o por lo menos obstruir alguna votación. Uno puede imaginarse la
emoción épica de los organizadores de la toma: cuando se dé paso a las
votaciones, nos ponemos las camisetas, sacamos las pancartas y subimos hasta la
mesa directiva. Tú arrebatas el micrófono mientras todos gritamos “No al
PRIAN”. El asalto transforma el espacio legislativo y a los legisladores. El
congreso deja de ser un lugar para el debate para ser carpa de un espectáculo
absurdo e ineficaz. Los diputados dejan de ser los representantes populares
sujetos a un código deliberativo y se convierten en actores de una mala comedia
política que tiene por objeto la conquista del micrófono, la ocupación de una
mesa, la repetición de consignas bobas—toda consigna es boba.

Muchos
dirán que se trata de una banalidad; que no tendríamos ya por qué perder el
tiempo con esos espectáculos triviales. Creo en lo contrario: los actos que
pretenden impedir el funcionamiento del congreso son inadmisibles y mal
haríamos en pensar que se trata de simples anécdotas irrelevantes. Difícilmente
podremos tener una democracia sólida si no contamos con congresistas que
defiendan al Congreso, que respeten el principio deliberativo y el criterio de
votación mayoritaria. Lo curioso de el espectáculo frecuente en nuestra
legislatura es que el operativo proviene precisamente de los legisladores. Son
los diputados los que pretenden imponer su voluntad por medio de una conquista
física del congreso. Son ellos quienes querrían silenciar a los otros e imponer
su voluntad por encima de los votos.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
17, Sep 2012

El asomo del consensualista

Enrique Peña Nieto abandonó las prioridades de su campaña tan pronto pasó la elección. Tres temas que apenas habían formado parte de su propuesta política desplazaron a los los asuntos que insistentemente definió como el corazón de su oferta. Si el candidato se concentraba en la reforma económica y en cambios políticos para la eficacia, el presidente electo se concentra en reformas cautelares: advertencias y restricciones a su propia coalición. Tres medidas se han subrayado hasta el momento: un órgano contra la corrupción, el fortalecimiento del instituto de la transparencia y la clarificación del vínculo entre poder y medios. Se trata evidentemente de la absorción de las banderas del adversario, un reconocimiento implícito a los críticos que temen el retorno del PRI como una restauración de los abusos, una vacuna que admite la propensión de ese grupo a ciertas enfermedades: opacidad, corrupción y connivencia con los medios.
Hay algo de alentador y algo preocupante en este giro. Por una parte, las nuevas prioridades de Peña muestran a un político flexible, dispuesto a escuchar y a atender las razones de sus críticos; un político que pretende adaptarse a las circunstancias cambiantes. El presidente electo no es un dogmático que pretenda imponer su agenda cerrando los ojos a la realidad circundante. Es un político bien dispuesto a la adaptación, inclinado a negociar, propenso a ceder. No se percibe aquí una ceguera triunfalista sino, muy por el contrario, una modestia prudente que comienza con gestos de inclusión y autocrítica.
Peña Nieto no entiende la política como servidumbre a un proyecto sino como acomodo a las circunstancias. No pretende emplear el poder como rodillo para aplicar una receta. En efecto, no es el tecnócrata que conoce la verdad y pretende imponerla cueste lo que cueste. No es el mesías que encarna la verdad y nos guía a todos por la ruta moral. Si no es un político dogmático es porque no sirve a dogma alguno o será tal vez que no tiene ideas. Peña Nieto pide que no lo juzguemos por su discurso y tiene razón. No aspira a marcar la historia de la oratoria, sino a cambiar la historia de México. La pregunta es cómo se puede cambiar la historia de un país sin un compromiso mínimo con un proyecto. Un compromiso sujeto, por supuesto a las adaptaciones y los alteraciones necesarias, pero un compromiso al fin con un paquete compacto de cambios, con una brújula que oriente frente a las distracciones del momento. Si los dogmas hacen del político un tirano, sólo las ideas pueden convertirlo en reformista. Sin ideas, el político es un pañuelo en el aire.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
10, Sep 2012

Partido y movimiento

Andrés Manuel López Obrador ha sido el
Hitchcock de la política mexicana desde hace mucho tiempo. Un maestro de la
tensión dramática, un talentoso manipulador de las expectativas, un hombre que
juega con el fuego, que camina siempre en el precipicio. Nadie como él ha
sabido atraer la atención y gobernar la tensión. Ayer, en el zócalo de la
Ciudad de México adelantó su estrategia tras la conclusión del proceso
electoral. Era ya sabido que no aceptaría la decisión del tribunal y que no
reconocería como presidente legítimo a Enrique Peña Nieto pero no era claro
cuál será el siguiente paso. La película, hasta el momento, repetía el libreto
del pleito anterior. El tono había sido distinto y la intensidad menor, pero el
guión de la ilegitimidad parecía calca del episodio previo. De la sorpresa de
la noche a una incoherente denuncia de irregularidades, de la demanda ante el
tribunal al desconocimiento de las instituciones secuestradas.

En 2006, Andrés Manuel López Obrador
optó por exilarse de la realidad. En una ceremonia francamente ridícula hizo
que una plaza de simpatizantes lo proclamara “presidente legítimo”, se cruzó el
pecho con una tela tricolor y asumió un cargo de fantasía. Andrés Manuel López
Obrador: Presidente Legítimo. Se hizo rodear de un gabinete tan leal que estuvo
dispuesto a pagar los mismos precios del ridículo y acompañarlo en su política
de guiñol. Aunque muchos en la izquierda no creyeran en la estrategia, no
tuvieron más remedio que acatar su dictado: prácticamente nadie llamó
Presidente a Felipe Calderón ni estuvo dispuesto a dialogar públicamente con su
gobierno. La ficción en la que se refugió López Obrador fue el encierro de la
izquierda del 2006 al 2012. Aprisionada en esa historieta, regaló al PRI la
plataforma privilegiada de la oposición. Mientras la izquierda seguía atrapado
en el cuento del Legítimo, el partido de Peña Nieto aprovechaba el baldío que
dejaban quienes desertaban de la realidad.

En 2012 Andrés Manuel López Obrador no vuelve
a romper con la realidad. Se aferra a su discurso de la ilegitimidad del nuevo
gobierno, es cierto, pero no pretende regresar a su república paralela, ahí
donde los suyos le llaman “presidente” mordiéndose los labios. Por el
contrario, lo que anuncia el político es su decisión de afincarse en la
realidad de la lucha política, en el territorio que es suyo, en sus dominios:
los del movimiento social. López Obrador se separa de una política que nunca le
ha acomodado: la política de partido, la política de las instituciones. De
hecho, el anuncio de ayer sólo formaliza lo que ha sido su conducta desde hace
años, lo que constituye su convicción política profunda: la verdadera política
no está en los partidos políticos, ni se hace en el Congreso. Ese es el territorio
enemigo: las burocracias de derecha pero también de izquierda que obstruyen lo
que él considera “cambio verdadero.” Para López Obrador ese cambio auténtico
sólo puede impulsarse desde fuera, desde abajo. Por eso no extraña que en su
convocatoria de ayer no haya una sola mención a la fuerza legislativa de las
izquierdas, a la posibilidad de que la representación parlamentaria negocie
para convertir en ley las propuestas de su movimiento.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
03, Sep 2012

Senador Lujambio

Lo escribo con orgullo: Senador Alonso
Lujambio. Desde hace mucho tiempo lo imaginaba ahí, en el Congreso mexicano,
como un protagonista de nuestra vida parlamentaria. Después de mucho estudiar
al congreso mexicano, después de recorrer su historia, de examinar y criticar
sus normas y sus procedimientos, de verlo a la luz de otras asambleas
legislativas, pocos como él podrían contribuir a su dignificación.
Conocimiento, inteligencia y honestidad para honrar ese espacio que podría ser
el foro de la discusión, la muralla contra la arbitrariedad, la palanca del
reformismo. Y es que Alonso Lujambio tiene los tres instrumentos del
parlamentario: razón elocuente, pasión y responsabilidad. Argumentos,
vehemencia, compromiso con los resultados. La combinación no es frecuente: el
académico suele encontrar argumentos pero desentenderse de los resultados; el
vehemente puede arder pero se olvida de pensar; el práctico no pierde el tiempo
razonando en público. En Alonso Lujambio, uno de los escasos intelectuales – políticos
del presente, se entretejen esas tres habilidades. Si en el gabinete
presidencial del malhadado gobierno calderonista no pudo desplegar su talento
es porque su sitio natural es el Congreso, donde puede ejercerse la
independencia en colaboración.

Lujambio llega a ocupar su asiento en
condiciones dramáticas. Con enorme esfuerzo logró tomar protesta de su cargo: luchando
por su vida, peleando contra un cáncer que no cede. El cuerpo devastado y tan
entero. Tomar protesta del encargo de la representación popular no es solamente
un empecinamiento personal, una terquedad de la que cuelga su deseo de vivir,
es también un mensaje público que no deberíamos ignorar. Esas instituciones tan
vilipendiadas, tan justamente impopulares, tan maltratadas por todos, son, a
fin de cuentas, la gran esperanza de México. Nuestro futuro no es el regalo de
algún redentor ni está en la epopeya de una gran movilización popular. El
futuro se escribirá en la discreta activación de sus canales institucionales,
en el descubrimiento de un diálogo fructífero, en la eficacia que puede surgir
de la negociación. Sólo en las instituciones del pluralismo puede escribirse un
futuro de inclusión y de respeto.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
27, Ago 2012

La responsabilidad del Supremo Tribunal Electoral

Encuentro un acierto en la demanda del
Movimiento Progresista que pide la invalidez de la elección presidencial: llama
al Tribunal Electoral a reconocer la plenitud de su función constitucional. En
efecto, los abogados de Andrés Manuel López Obrador exigen que el tribunal
asuma su responsabilidad como el último garante del orden constitucional en
materia electoral. Si la Constitución postula una serie de principios democráticos
para el proceso electoral, ese órgano ha de ser el último encargado de hacerlos
prevalecer. Más allá del detalle procedimental, le corresponde verificar si en
México hubo elecciones libres y si éstas fueron auténticas. El nombre del
Tribunal no da cuenta del sitio que ocupa en el edificio estatal. Su inmensa
responsabilidad política no queda reflejada en su apelativo. El Tribunal
Electoral del Poder Judicial de la Federación es, en realidad, el Supremo
Tribunal Electoral. Una instancia del orden constitucional: por encima de los
poderes locales y también de los poderes federales. Como la Suprema Corte de
Justicia, el tribunal electoral es una instancia suprafederal encargada de
vigilar que los poderes públicos se ajusten, en materia electoral, al derecho y
a los cánones democráticos. Que las autoridades surjan, efectivamente, de la
voluntad de los electores.

De los defectos argumentativos, de los
descuidos en la redacción y de los absurdos en la demanda del Movimiento
Progresista se ha hablado mucho y con razón. Sigo pensando que la demanda
presentada no es una pieza de argumentación persuasiva, que trata la sospecha
como si fuera prueba plena, que suministra escasas pruebas para convencer a los
jueces de la seriedad de su alegato. Sin embargo, la petición plantea a los
magistrados del tribunal electoral una pregunta ineludible. ¿Tuvo México
elecciones auténticas? ¿Hubo realmente libertad para que los ciudadanos votaran
sin presiones, sin amenazas en julio? ¿Prevaleció la equidad?

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook