Política

06, Ago 2012

Sobre la manipulación

Las elecciones de julio no fueron auténticas porque los votantes fueron manipulados, dicen los impugnadores. Los electores decidieron bajo engaño. La condena señala, en primer lugar a los manipuladores, aquellos que, a través de la mentira o la distorsión presentan un cuadro del mundo que no corresponde con la realidad, induciendo a otros a servirles. El manipulador falsifica en su beneficio. Pero el manipulado también es reprendido en el diagnóstico: es un ciudadano desprevenido y débil que se entrega al servicio de sus propios opresores. El manipulado asiente con docilidad en su perjuicio. El territorio de la manipulación es el inconsciente: el manipulador sabe que miente, sabe que distorsiona, sabe que engaña pero el manipulado lo ignora. Por indolencia o por ignorancia es presa de el engaño sin saberlo.

La denuncia de la manipulación tiene fundamentos nobles: la búsqueda de la voluntad auténtica del ciudadano. Un acto de resistencia frente a las formas más penetrantes y ocultas de un poder que no busca solamente controlar actos sino moldear el pensamiento. La última ambición del poder es entrar al bulbo de la voluntad y, desde ahí, mandar sin resistencias. La última forma de poder no es la conquista del territorio sino la ocupación de la mente. La crítica tiene su valor. El problema es que descansa en una arrogancia, en una pretensión absurda, en una ilusión. Un mundo donde rige la Verdad y en el que las decisiones de cada persona surgen de una voluntad sin intrusiones y corresponden con sus intereses auténticos. No hay tal mundo, es imposible esa cápsula para un albedrío sin interferencias, no hay mejor juez del interés propio que cada individuo.

Si manipulación es la parcialidad de ellos; compromiso es la parcialidad de los nuestros. La denuncia de la manipulación cuelga de una idea belicosa pero hermética de la Verdad: existe una realidad objetiva que nosotros conocemos y que sólo puede negar la complicidad con los poderosos. Cualquier dato que se aparte de nuestro relato es el engaño de los manipuladores. No hay espacio aquí para las versiones encontradas, las perspectivas antagónicas, el punto de vista. Señalar con el dedo a los manipuladores implica creer que existe una cobertura periodística pura, ajena a cualquier interés, plenamente objetiva. Enfocar la denuncia a la actuación de los medios con la retórica de la manipulación podrá tener enormes efectos políticos pero no parece un buen diagnóstico ni anticipa cura porque nos lleva a relegar lo más importantes: la concentración mediática y la falta de profesionalismo de nuestra prensa. Sí, hay instancias periodísticas dedicadas groseramente a la publicidad de algunos. Sin embargo, a mi juicio, el problema central de nuestra prensa no es ese. Es la falta de diversidad en los medios electrónicos y el escaso rigor en su actuación profesional.

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30, Jul 2012

La pereza del conspiratista

“Teoría conspiratoria: véase ignorancia.” La indicación aparece en el índice analítico de Conjeturas y refutaciones, de Karl Popper y puede ser la mejor manera de acercarse a esa fe. La lógica conspiratoria no proviene de la curiosidad sino de la confianza; no se alimenta de dudas sino de certezas. El conspiratista sabe que el mundo está controlado por los poderes malignos y que todo, a fin de cuentas, es percusión de sus resortes. Por eso el conspiratismo conforma una teología del resentimiento. Un sujeto todopoderoso maneja las cuerdas del mundo. Pero a diferencia de la otra creencia, la teología de la conspiración predica la perversidad del omnipotente. Ese creador del orden, ese imán que imprime sentido a todo lo que ocurre en la historia no es el dador bondadoso de la vida, sino un codicioso insaciable que no descansa nunca en su afán de dominio.

No hay refutación imaginable para este par de creyentes. Para uno, todo lo que existe en el mundo da cuenta de la presencia de su Dios; para el otro, todo lo que acontece es manifestación de una mano negra. La regularidad o la excepción son, para esos hombres de fe, revelación del mismo poder. El conspiratista podrá equivocarse pero nunca está confundido. La confianza en la conspiración puede ser un consuelo al ofrecerse como explicación del caos, pero es, sobre todo, un atajo. Sin grandes fastidios, se pueden resolver todos los enigmas con un solo expediente. Cualquier información embona con el cuento, cualquier novedad se incorpora al libreto de la conspiración. Si pierden los míos es, obviamente, efecto de la conspiración; pero si ganaran los míos también lo sería: se habrá tratado, en ese caso, de un engaño, de una simulación. Es que los conspiradores quieren hacernos creer que ese triunfo es verdadero, pero en realidad no lo es. En ese relato no hay misterios y jamás hay contradicciones. Cuando se prende esa linterna que exhibe las maquinaciones, el mundo se esclarece automáticamente. No hay motivo para dudar ni necesidad de prueba. La conspiración es la gran simplificadora de nuestro tiempo. Por un lado, nosotros, las víctimas de siempre; por el otro, los de arriba, los ganadores de siempre.

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16, Jul 2012

No

de Julio Trujillo

Lo platicábamos ayer, entre amigos de todas las tonalidades ideológicas y con una especie de sorda resignación: la gente votó por el PRI, no nos engañemos. Y si el 6 de septiembre se anulara la elección (no ocurrirá) y votáramos otra vez… otra vez triunfaría el dinosaurio.
Por supuesto que hay una presión mediática, cultural, casi genética que impulsa a millones de mexicanos a rubricar el cuadrito del Revolucionario Institucional (piénsese en el profundo priismo del campo, piénsese en zonas enteras del país que no acusan recibo de la existencia de los 132), pero no se puede establecer, aunque se intente con furia, una equivalencia entre esa "temperatura" y el fraude o la imposición. Esta desgarradora verdad reposa en el fondo de las entrañas de Andrés Manuel López Obrador como una bestia dormida, y el Peje no quiere disturbar su sueño. Sabe que el miedo, la miopía y la comodidad son los más importantes agentes de coacción a la hora de votar y que el IFE carece de atribuciones para calificar eso. Ya está. La izquierda entre comillas podrá, tal vez, quizá, sumar el 40 por ciento de los votos que se requieren para ganar una elección presidencial dentro de seis años, pero hoy la realidad es otra. No se puede impugnar la mentalidad. Lo que sí se puede es faltarle al respeto a los señores y las señoras que votaron por el PRI y en el camino estrangular a la ciudad de México. Qué flojera, de veras.
El plan de acción de la llamada Primera Convención Nacional Contra la Imposición es una amenaza flagrante contra ti y contra mí: toma de carreteras y de instalaciones públicas, suspensión de pago de impuestos, estrangular toda actividad en el Distrito Federal, boicot total a las tiendas Soriana, huelga y/o paro nacional… Así lo proponen más de 200 organizaciones no gubernamentales a las que no les gusta el resultado de la elección. Es un proyecto de movilización radical que no se somete a votación, por cierto: esa sí que es imposición.

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16, Jul 2012

La legitimidad como rehén

La legitimidad no es popularidad. El derecho al poder no cuelga de simpatías que van y vienen. La única fuente de legitimidad en nuestro tiempo es la ley. Ni los ancestros ni los héroes conceden el permiso de gobernar. Cuando las reglas son democráticas, cuando reconocen el principio de competencia y pluralidad, cuando instauran órganos neutrales, no puede haber otro fundamento de legitimidad que el derecho. Quien accede al poder de acuerdo a las normas existentes debe ser reconocido y asumir la responsabilidad de gobierno. Que un presidente sea legítimo no significa que nos guste, que le debamos respaldo, que estemos obligados a apoyarlo. Reconocer legitimidad no es someterse, doblegarse. Lejos de ello, lo único que implica esa admisión es que sus facultades se fundan en nuestras propias reglas y que, nacido de normas, su poder habrá que sujetarse a ellas.

La legitimidad tampoco es el obsequio que gentilmente regalan los adversarios. Perdí pero graciosamente te entrego mi reconocimiento y te concedo por ese acto de nobleza, el título de legítimo. Perdí pero no estoy dispuesto a regalarte autoridad democrática. La legitimidad no es concesión de los jugadores que, al final del partido, se dan caballerosamente la mano: depende de la actuación de las instituciones que evalúan las condiciones de la competencia y nombran finalmente al ganador de una contienda electoral. Seguimos, sin embargo, atrapados en el cuento de que la legitimidad que otorgan las leyes es insuficiente, que el veredicto de las instituciones es poca cosa frente al juicio de la Historia o el dictamen del Pueblo; que la ley es una ficción en la que sólo creen los ingenuos; que el permiso para gobernar depende de otra cosa más allá de lo que digan las reglas. En efecto, hay quien cree que la legitimidad depende de la aclamación de la plaza, de la evaluación moral de algunos notables. Así, nos resultan de pronto más persuasivos como demostraciones de respaldo democrático la teatralidad de una concentración pública coreando un solo nombre, la tensión dramática de una movilización popular que llena calles y plazas, la oratoria fogosa de una asambleas que la árida aritmética de votos y la fría semántica de las instituciones. El laberinto procedimental, la barroca estructura de derechos y deberes, la intrincada organización de garantías y controles son nada frente a la consigna de quienes piensan igual.

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09, Jul 2012

Aceptar la victoria

El problema no es solamente aceptar la derrota. También es difícil aceptar la victoria. La victoria exige una responsabilidad a la que no llama la derrota. Quien gana pierde un título: el de víctima. Ganar es despojarse de un cobijo; es abandonar el prestigio del sacrificado. Ganar es comenzar a rendir cuentas de lo que se hace y dejar de explicar el mundo por la maldad de los otros. Pero es cómodo aferrarse al discurso de la derrota. Insistir en la conspiración de los perversos simplifica el mundo y mantiene pura la conciencia. Ellos volvieron a imponer su trampa; nosotros seguimos teniendo la razón. Bajo la épica sacrificial, perder es la verdadera, la única justificación moral.

Sólo la miopía presidencialista podría negar las inmensas victorias de la izquierda en la jornada reciente. No ganó la presidencia de la república pero tuvo un resultado extraordinario, una votación que muy pocos auguraban. La mejor campaña del 2012 fue la campaña de la izquierda mexicana, la única campaña que creció. Andrés Manuel López Obrador transformó su imagen pública, cambió su discurso, se empeñó en contrastarse con el candidato que fue hace seis años. Si en la elección previa habría ganado en una campaña más corta, tal vez en esta oportunidad habría ganado de haberse prolongado la contienda. Pero en la elección no se trataba únicamente de llenar una oficina y de encontrarle inquilino a Los Pinos. Se reconstituyó el poder legislativo federal y se relevaron un buen número de funcionarios locales. En el recuento de la elección es imposible ignorar los avances de la izquierda. En la capital ratificó y amplió su mayoría. En pocos lugares del país se registra el dominio tan franco de una fuerza política como el que aquí ejerce hegemónicamente el PRD. No solamente se reiteró la mayoría en el Distrito Federal, sino que conquistó nuevos espacios: Morelos y Tabasco son ya estados gobernados por la izquierda. Y en la plaza legislativa federal son enormes los avances de la izquierda.

Veo las elecciones del 2012 como un voto desconfiado por el PRI que apenas esconde las promisorias perspectivas de la izquierda.

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02, Jul 2012

Del voto y la humildad

Tecleo con velocidad este artículo con las primeras noticias de la victoria priista. Habrá que esperar las cuentas y ver de qué manera se ha recompuesto el mapa de la política mexicana. Habrá que esforzarse, sobre todo, por comprender. Tratar de entender el sentido del voto, las implicaciones para el futuro inmediato, el impacto en los distintos partidos y en el funcionamiento de la democracia.

Habrá quien se aferre a su vaticinio. Quien quiera ajustar los resultados de ayer a su anticipo o a su deseo. Es común la práctica de forzar la interpretación de tal suerte que ratifique lo dicho y salvaguarde la imagen del adivinador. Pase lo que pase, muchos se empeñarán en decirnos “te lo dije”. La flexibilidad intelectual de opinadores y activistas es sorprendente. Si, además se reviste con la lógica de la conjura, es capaz de cualquier malabarismo. No hay hecho que rebata al conspiratista. Si gana quien debería perder será porque hubo imposición, porque hubo fraude, porque en el fondo perdió. Creo que hay que acatar el dictado de los números y esforzarse por comprender. El voto nos exige volver a pensar y nos invita a tomar distancia de lo que creíamos.

El voto, esa señal que es solamente un dato, contiene un mensaje de humildad. No se gana todo, no se gana por siempre. Las victorias son siempre precarias, transitorias. Las derrotas, aunque inclementes, no son la muerte. Conocemos la orden de los votos pero nunca llegaremos a entender su significado pleno. Apenas lanzamos conjeturas sobre su fuente y su significado. La victoria de Peña Nieto parece sólida y rotunda, con un margen amplio que lo separa de sus competidores. Se trata sin embargo, de una victoria construida en buena medida por eliminación, por un rechazo contundente al gobierno panista y una desconfianza en la izquierda que no pudo remontar el daño que a sí misma se hizo hace seis años. Si el PRI ganó no fue por la candidatura visionaria de un hombre de ideas que encabezó una transformación de su partido para presentarse a los electores con un proyecto reformista. Creo que ganó porque el gobierno de Felipe Calderón hizo inaceptable la relección del PAN y porque López Obrador le obsequió al PRI la plataforma para aprovechar el intenso voto de castigo de esta elección. Dudo que las viejas categorías de la transición nos ayuden a entender los motivos de la victoria priista. Me parece que, más que la nostalgia por el viejo orden autoritario, se impuso la lógica elemental del castigo: ayer se votó contra el PAN y contra el sexenio de la sangre; el PRI fue la carta disponible al electorado para quitarle el poder al PAN.

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25, Jun 2012

La soberanía del número

Marcar un símbolo con un signo. Tachar un emblema. Eso es lo único que nos pide la ley electoral para contribuir a la decisión colectiva. No nos pide un argumento, ni siquiera una palabra: nos llama simplemente a agregar una canica para el conteo. A cada ciudadano corresponde un voto y solamente un voto. El voto del acaudalado pesa lo mismo que el voto del indigente. Pero la igualdad electoral no es solamente equivalencia de individuos sino también de razones. Las motivaciones del voto no son computables. El miedo es un motor tan legítimo como la esperanza. Si la democracia es un sistema que le exige razones al poder, se activa periódicamente con el voto, un acto impermeable al argumento. El régimen democrático se pone en marcha con un cómputo ciego. El voto meditado durante meses cuenta igual que el voto del capricho.

La elección instaura la momentánea soberanía del número. En ese instante, la política queda condensada en un elemental dispositivo sumatorio. La máquina de sumar no evalúa fundamentos ni intenciones: cuenta. La mano que tachó el símbolo desaparece y queda solamente la cruz sobre el símbolo en el  papel. La democracia exige que esa ceguera sea defendida: importa el voto porque el votante es invisible, porque su emisor es anónimo, porque sus razones no pueden ser conocidas, porque sus argumentos resultan irrelevantes en el conteo. Pero en la supremacía de la aritmética hay un símbolo y una moral que no deberíamos olvidar.

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18, Jun 2012

La crítica pedestre

Es absurdo pensar que las campañas electorales sean episodios de la deliberación pública. Así se les trata, como si fueran momentos en que la política se enfrentara al jurado razonante de la opinión. Las colisiones de una campaña tienen poco que ver con un torneo de razones donde sale avante el argumento más coherente, la propuesta más pertinente, la crítica más certera. En realidad, no hay momento político más adverso a la racionalidad que los tiempos de una campaña electoral. No me refiero ahora a la apuesta por la imagen, a la demagogia de los candidatos, a la política del espectáculo. Me refiero a la crítica pedestre, esa que impera en nuestro tiempo.

Hace unos días vi el video que preparó el movimiento #YoSoy132 para protestar contra Televisa. Los muros de la empresa se convirtieron en pantallas para mostrar la verdadera cara de la empresa. Una de las novedades, una de las aportaciones de esa protesta es precisamente lanzar su crítica a los medios y, en particular a esa televisora  por su vínculo con la estructura del poder. El principio no podría ser más pertinente: denunciar una concentración que sin duda altera las condiciones de la vida democrática. Sin embargo, la crítica toma un atajo que la anula. En el video, Televisa aparece como una entidad al servicio de un régimen dictatorial que no ha modificado ni un milímetro su vileza. El régimen es idéntico al que existía en 1968: una mafia dedicada al aniquilamiento de sus enemigos, los estudiantes, los campesinos o los priistas que no acatan el mandamiento de la complicidad. Naturalmente, el trato de Televisa con ese sistema se mantiene en los mismos términos: el soldado al servicio del autoritarismo.

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11, Jun 2012

Hermética autenticidad

Mucho ha cambiado y sigue siendo el mismo. Ha encanecido, sus expresiones son más tranquilas, ha dejado de apretar la quijada y martillar con la mano. Habla con mayor lentitud: sus palabras se entretejen con silencios cada vez más largos. El tono chillante de sus gritos ha desaparecido, ahora se le escucha hablar con suavidad, puliendo las agujas de su activa animosidad. En alguna medida puede verse al Andrés Manuel López Obrador del 2012 como el gran crítico del Andrés Manuel López Obrador del 2006. No ha rehuido el debate, no ha satanizado a sus críticos. Es un político más maduro y más sereno que el que era hace 6 años.

Durante seis años recorrió, como no lo ha hecho nadie, el territorio de México. Cada municipio del país, hasta el más pequeño, el más apartado, lo vio llegar en algún momento. No era una producción para las cámaras. No era la filmación para un noticiero o un documental para las salas de cine o para youtube. Sus recorridos apenas aparecían en la prensa. Después de la agitación del gobierno, la campaña y la protesta, López Obrador pudo hacer política sin reflectores y sin prisas. Recorrió el país para establecer las bases de una organización política distinta a su partido, para palpar el país que no aparece en los anuncios turísticos ni es escenario de las telenovelas. El peregrinaje de un político para ser fiel a sí mismo.

En esa fidelidad está la grandeza de López Obrador. Ahí está también su cerco, su encierro. En una política donde el liderazgo parece obra de peinadores y maquillistas, el tabasqueño es un político, un dirigente auténtico. El lado oscuro de su autenticidad es su hermetismo. De su recorrido por el país no se desprenden aprendizajes sino ratificaciones. El país que encontró es idéntico al que ya conocía. A lo largo de los años, López Obrador no se ha enfrentado a ninguna sorpresa que lo haya motivado a cambiar de ideas o actualizarlas, no ha habido un solo descubrimiento que lo condujera a aceptar una lógica distinta a la de su discurso, a atender, quizá, alguna razón en sus adversarios, a registrar cierto valor que antes ignorara. El líder social carece del elemental impulso por conocer. Será que, para un moralista, la curiosidad es sospechosa.

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05, Jun 2012

Ética del voto

Ethics votingVotar no es un acto éticamente trivial. No es escoger la ropa que uno se pone en la mañana o decidir la comida de un menú. John Stuart Mill sostuvo que el voto no era propiedad individual sino un patrimonio común que demandaba de los electores buenas razones para fundamentar su decisión. Al votar podemos mejorar o empeorar el gobierno y, en consecuencia beneficiar o perjudicar a la gente. Sobre ese tema Jason Brennan ha publicado recientemente Ética del voto.  Votar no es una obligación, sostiene Brennan, pero quien lo hace debe entender la responsabilidad que encierra su decisión. Votar bien es votar por la persona o la política que el elector considera razonadamente que actuará para el bien común. No vale que simplemente tenga buenas intenciones al votar, para que su voto sea éticamente válido es necesario que tenga argumentos sólidos para justificarlo. Se puede votar mal por 1) ignorancia; 2) creencias irracionales o 3) creencias inmorales. 

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04, Jun 2012

Segunda vuelta

México no tiene segunda vuelta para decidir su elección presidencial. Todo se resuelve en un día. Para ganar no se necesita un porcentaje mínimo, se requiere simplemente tener más votos que el segundo lugar. Sin embargo, en nuestras elecciones suele haber dos tiempos, dos etapas de la competencia. La primera es una lucha abierta. El puntero se empeña en conservar su delantera mientras sus adversarios luchan entre sí para colocarse en la posición del contendiente. La segunda etapa arranca cuando es claro quién es el candidato que puede desbancar al puntero. A partir de ese momento, la competencia se polariza: toda la atención se dirige a los dos sobrevivientes. La tercera fuerza se margina hasta volverse un testigo de la final a la que no pudo clasificar. Cuando resulta claro quiénes son los dos finalistas, muchos votantes se ven ante una disyuntiva compleja: seguir respaldando al candidato que ya no tiene ninguna posibilidad de triunfo o abandonarlo para  respaldar la opción que detesta menos. El voto de conciencia puede ser un desperdicio; el voto útil puede sentirse como una vergüenza. El elector sentirá que tira su voto a la basura o que debe taparse la nariz al votar. Esa es la terrible dificultad de quien vota sin entusiasmo.

Las elecciones presidenciales recientes han tenido esas dos fases. Una primera ronda de competencia abierta y una segunda etapa con los finalistas. Vicente Fox ganó el derecho de presentarse como la alternativa a la continuidad priista en la primera ronda de la elección del 2000. En 2006, Felipe Calderón anuló al candidato del PRI para presentarse después como la opción de quienes temían la victoria de López Obrador. En la elección que corre vemos un fenómeno parecido pero sin la nitidez de las finales previas. La polémica encuesta de Reforma publicada el jueves pasado coloca a Josefina Vázquez Mota muy atrás del segundo lugar que ya muerde los talones al puntero. Otros estudios de opinión, sin embargo, mantienen la competencia por el segundo lugar como la fuente principal de incertidumbre en la elección. Consulta Mitofsky, Parametría y Ulises Beltrán registran una diferencia entre segundo y tercero de menos de 4 puntos y una distancia de 16 puntos o más entre el segundo y el primero. Todas coinciden ya en ubicar al PAN como tercera fuerza pero difieren significativamente en la condición de su rezago. Reforma ve una contienda por el oro, mientras las otras casas encuestadoras insisten en que el pleito es sólo por la medalla de plata.

De cualquier modo, la dinámica polarizante empieza a imantar la elección.

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01, Jun 2012

Havel: política y misterio

Havel2

En un ensayo sobre el tiempo y el totalitarismo, Václav Havel contaba la historia de un amigo suyo que había sido condenado a varios años de cárcel. Era asmático y lo habían encerrado en una celda repleta de fumadores. Pedía que lo cambiaran de calabozo pero nadie atendía sus solicitudes. Enterado de la situación, una amiga llamó al corresponsal de un diario extranjero para pedirle que divulgara la condición del preso y generar una presión internacional. “Llámenme cuando el hombre haya muerto,” le dijo el reportero. Si el preso no ha muerto a nadie le interesará. Cuando muera habrá nota. Los periódicos necesitan una historia. El asma no es una historia, pero la muerte puede serlo.

Eso pasa en Checoslovaquia, decía el disidente Havel en abril de 1987: somos los asmáticos que a nadie le importan. Tosemos pero, como no hemos muerto, nadie presta atención. Los campos de concentración de hace unas décadas fueron remplazados por las rutinarias ordenanzas de los burócratas. En el inalterable imperio de las oficinas ya no es necesario matar a nadie ni cantar la gloria de la inminente utopía. Impera un descomunal rodillo de manipulación que cauteriza la voluntad del individuo. No hay historia que contar porque el régimen parece haber embargado la historia. El totalitarismo es el enemigo de la historia vivida como aventura; la historia entendida como un cuento donde se entrelazan el azar y la responsabilidad, el hombre y la circunstancia. Todo cuento comienza con un evento, advierte el dramaturgo. Para que el cuento empiece, un acontecimiento debe entrar en tensión con la expectativa. Una lógica choca con otra. Basta un dinosaurio al despertar para que el cuento aparezca. El cuento se desarrolla a partir de una fricción: se enfrentan dos versiones del mismo hecho, contrastan tradiciones, se enredan las pasiones enemigas, se desinflan las suposiciones. Un juego entre lo conocido y lo sorprendente. Por eso, el misterio es una dimensión tan esencial en la historia como en cualquier relato. El totalitarismo es el enemigo de la historia, el enemigo del cuento. Su fundamento es la eliminación de todo enigma. Confía en una verdad, en una racionalidad, en el supremo agente del tiempo. Por ello, bajo ese guion sin secretos, la vida pública deja de ser el espacio para el diálogo de argumentos, verdades, voluntades, intereses y se convierte en el puntual cumplimiento de lo predicho. En tal mundo el misterio ha sido suprimido. Ninguna historia puede crecer ahí. Hasta la muerte del asmático resultaría una trivialidad en el libro de los misterios resueltos. La historia en el totalitarismo es suplantada por la perfecta circularidad del calendario: repetición de aniversarios, regulares ceremonias sin sentido. “El poder totalitario imprimió un orden burocrático al desorden viviente de la historia, anestesiándola efectivamente. En cierto sentido, el gobierno confiscó el tiempo.” El totalitarismo es la esterilización de la historia: pulido pavimento de aridez.

El artículo completo, aquí.
La primera parte de este artículo, acá
Ensayos, discursos y teatro de Havel, acá

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28, May 2012

Redes, plazas y autoengaños

Calderón - BlackberryLas movilizaciones estudiantiles de los últimos días han sorprendido a todos. Nadie pudo haber anticipado la irrupción de miles de jóvenes que toman las calles para interpelar a la clase política (en particular al PRI) y a los medios (especialmente a Televisa). Dos impulsos cívicos han animado las protestas recientes: reivindicar el derecho a la discrepancia y reclamar veracidad a los medios. Ejercicio de la crítica y exigencia de verdad.

No es claro que las manifestaciones vayan a tener un impacto electoral decisivo. Nuestra experiencia aconsejaría separar el entusiasmo de las concentraciones públicas de la fría aritmética de los votos. El activismo escenifica las intensidades de la opinión pública pero no la sintetiza. Expresa bien el engranaje de las maquinarias partidistas o la pasión política, pero no es abreviatura del universo electoral. Quienes llenan la plaza se convencen fácilmente de que ahí se expresa la nación verdadera, que las consignas que repiten son la voluntad popular, que la solidaridad descubierta en la festividad de la política tiene la fuerza de cambiar la historia. No suele ser así. La urna suele refutar a la plaza. No digo que las concentraciones juveniles que hemos visto en estos días sean irrelevantes, que sean una simple anécdota. Por el contrario, creo que las movilizaciones recientes ya han tenido un impacto relevante en la contienda electoral. Han puesto al candidato puntero y a su partido a la defensiva y han elevado la exigencia pública a la cobertura política de los medios. Dos conquistas extraordinariamente valiosas que cuentan, sobre todo, como advertencia, más allá del 1º de julio. La agilidad organizativa de estos días es anticipo de lo que podría activarse en el futuro inmediato, si se dan los abusos temidos.

Es de celebrar que una nueva generación se involucre en la política y haga oír su voz. No será fácil la conservación del ímpetu, tras la primera descarga emotiva, tras el descubrimiento de la calle y el hallazgo de las adhesiones. El camino por delante será mucho más difícil, si es que existe. Será necesario transformar los rechazos en algún tipo de afirmación, sobre todo en tiempos de elecciones. El movimiento juvenil podría convertirse en el impulsor social del voto útil contra el PRI, si abandona el falso discurso del apartidismo. Lo que unió a este grupo heterogéneo fue, precisamente el rechazo al candidato del PRI. Si ésa es la coincidencia, ahí puede estar la segunda etapa del movimiento.

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14, May 2012

El grito y el argumento

Cielo de Grito

El grito cabe en la democracia como cabe el aplauso. Sólo los defensores más ilusos de la democracia deliberativa pueden imaginar una ciudadanía que sólo participa en los asuntos públicos escuchando imparcialmente argumentos, ponderando científicamente razones, hilvanando juicios para la persuasión de un auditorio ecuánime. El diálogo democrático no es una conversación con café y galletitas: es un encuentro y muchas veces un encontronazo de valores, ideas, intereses y pasiones. Más que el hallazgo de la conciliación a través del coloquio, es una enemistad a duras penas amaestrada: rivalidad contenida.

Si tachamos las consignas como acto antidemocrático, deberíamos hacer lo mismo con las porras. El repetir alabanzas al candidato es tan democráticamente cuestionable como corearle maldiciones. Ambas cantilenas son vehemencia hermética que se hace oír por los decibeles que alcanza y no por los razonamientos que construye. Repetición irreflexiva e impetuosa de una simpleza. Que las porras y las consignas sean boberías, una violenta agresión al juicio literario no significa que sean irrelevantes o, peor aún, peligrosas. Que no alcancen estatura de argumento, que se satisfagan en la reiteración y en el ruido no quiere decir que sean ajenas a la vida democrática. El debate en democracia nunca será un pulcro intercambio de razones porque la política no es un territorio esterilizado donde rivalizan los silogismos en busca de la verdad. Toda política enciende entusiasmos y remueve abominaciones, genera esperanza y provoca temor. Al lado de los argumentos hay gritos; las razones no suprimen los prejuicios; la reflexión individual y las obsesiones colectivas se entrelazan y se confunden.

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