Política

07, May 2012

La mancha de lo oculto

Por segundo año consecutivo, Freedom House define a México como un país sin prensa libre. Durante varios años, la organización había registrado una mejora sistemática en el clima del debate, la crítica y el periodismo en México. Todos somos testigos de una paulatina apertura en la prensa nacional, de la desaparición de los viejos tabúes, del crecimiento de medios independientes. Pero ese progreso se detuvo en el 2010. A partir de entonces, las condiciones para ejercer el periodismo han empeorado gravemente. El crimen intimida y las instituciones que deben proteger no lo hacen. Así lo muestra el estudio de Freedom House que nos coloca en compañía de Venezuela y Cuba en materia de libertad de prensa. Ser periodista en muchas partes de México es una profesión de altísimo riesgo. Estos últimos días hemos visto agresiones mortales a periodistas que no podrían ser ignoradas. De acuerdo a Reporteros sin Fronteras, no hay país en el continente más peligroso que el nuestro para dedicarse a las tareas de la libreta, la cámara y la grabadora. El panorama es trágico: México es uno de los cinco países más hostiles al periodismo en todo el mundo.

Silencio forzado,” un revelador informe de la organización Artículo 19, describe con detalle las agresiones que los periodistas mexicanos han sufrido en los últimos meses. Artículo 19 coincide en describir un fenómeno alarmante: la violencia contra los periodistas ha aumentado escandalosamente ante la mirada inepta o cómplice del poder público. La violencia criminal ha silenciado a la prensa pero también la ha ocupado. La seguridad de los periodistas está en riesgo pero también la integridad de las redacciones donde se libra un combate por los mensajes que los criminales quieren enviar al gobierno, a sus enemigos, a la sociedad. La respuesta de las instituciones públicas ha sido declarativa y burocrática: solidarizarse verbalmente con las víctimas de las agresiones y crear oficinas.

Que el periodismo se haya convertido en una actividad de alto riesgo es una de las pruebas del grave retroceso político de México. Nuestro empeño por regresar a la barbarie se retrata en las estampas de la muerte que cotidianamente la prensa despliega de manera grotesca pero se refleja, principalmente, en todo aquello que no conocemos, todo aquello que logra ocultarse, todo aquello que ha sido efectivamente silenciado. Si hay territorios que el crimen organizado ha hecho suyos es porque ha logrado imponer su imperio sobre el Estado y porque ha conseguido esconderse a la prensa. El Estado mexicano falla al no castigar pero también al no proteger. Es claro que muchos periódicos locales han decidido no informar sobre la violencia de su entorno. Ante las amenazas, ante la intimidación, han decidido callar. Se entiende: nadie les pide que hagan de su vida una ofrenda. En  el desamparo, la autocensura es una medida de sobrevivencia. Ninguna sociedad puede pedir heroísmo a sus miembros.

Lo visible, lo que discutimos abiertamente, lo que celebramos o nos indigna todos los días se acompaña de una sombra extensa e imprecisa. Es la mancha de lo oculto. Todos los crímenes que permanecen escondidos porque los periodistas no se atreverían a tomar nota de ellos; todos los delitos que la prensa no podría relatar; todos los atracos inmencionables. A la primera impunidad, la que todos conocemos, le sigue una segunda que la refuerza. Falta el castigo pero también falta el relato. Falta ley y perdemos pistas de la verdad. Que el crimen le haya declarado la guerra a la prensa es una de las ramificaciones más siniestras de estos años. No lo digo porque crea en víctimas privilegiadas: lo digo por la función pública del periodismo, por su importancia en tiempos de miedo y confusión. Una sociedad sin prensa libre (de la censura política, de la intimidación criminal o de los intereses comerciales) es una sociedad ciega y sorda.

El crimen impone su violencia, corrompe y somete a las fuerzas de seguridad, intimida negocios, extorsiona familias. Y encima de ello impone silencio a la prensa. El círculo del crimen parece perfecto: un Estado incapaz de aplicar la ley, una sociedad amedrentada y una prensa desamparada. No hay mayor victoria del crimen que la oscuridad que ha ganado a punta de amenazas, ataques y muerte.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, May 2012

Havel: el contagio de la verdad

HavelAl enterarse en la cárcel de la muerte de John Lennon, Václav Havel le escribió a su esposa Olga. Sólo a ella le era permitido escribirle. Para el escritor checo, la muerte del músico iba más allá del famoso muerto: era el símbolo de una tragedia histórica. Es la muerte del siglo, le dice. Un crimen tan absurdo no podía más que descifrarse como símbolo. Un disparo del cinismo de los ochenta al idealismo de los sesenta. El asesinato en Nueva York lo habrá transportado de inmediato a la rebelión por la música que lo llevó a oponerse a un régimen que no toleraba el rock. Defendiendo a la Gente Plástica del Universo, una banda psicodélica, seguidora de Frank Zappa y Velvet Underground, Havel se convirtió en disidente. En 1976 los integrantes del grupo fueron arrestados por agitación antigubernamental. De ahí surgió la Carta 77, la denuncia más severa del régimen comunista porque pedía respeto a la constitución. La ley de Checoslovaquia fundaba el derecho a la libre expresión y los tratados internacionales ratificaban un compromiso con los derechos humanos. La sediciosa petición de acatar las reglas.

Los firmantes de la Carta se describían como una comunidad abierta, autónoma e informal. Advertían que no constituían una organización política y que no se oponían al régimen. Su denuncia se amparaba en la ley para conminar al régimen a cumplir con sus propias normas. Los denunciantes no eran ingenuos; sabían bien que exigir el cumplimiento de la ley era un acto de insumisión. El gobierno no tardó en reaccionar ante un manifiesto que describió como antisocialista, antiestatal, y demagógico. Los firmantes eran, por supuesto, renegados y traidores. La aparente inocencia del reclamo no escondía su radicalismo: era el brote de una organización autónoma: la subversión de una sociedad que se emancipa. El gran historiador inglés Timothy Garton Ash recuerda la firma de aquella carta como el primer crujido en la losa de hielo que aplastaba a una sociedad.

En aquella carta motivada por la muerte de Lennon, Havel se sorprendía del descrédito de los ideales de los sesenta. Más bien, del descrédito de los ideales. “A pesar de que es una historia de represión, asesinatos, estupideces, guerras y violencia fue, al mismo tiempo, una historia de sueños magníficos, anhelos e ideales.” Lennon no era sólo un símbolo para el prisionero del Este, era emblema de un oxígeno que también le hacía falta a las democracias liberales. Havel estaba convencido desde entonces que el totalitarismo comunista era sólo una de las caras de la crisis moral de Occidente; la otra era el consumismo del capitalismo industrial. La denuncia de Havel tenía como destinario inmediato al régimen comunista pero no se detenía ahí. El disidente criticaba la política convertida en tecnología. Unos años antes de firmar aquel peligroso manifiesto, había hecho pública una carta a Gustáv Husák, el Secretario General del Partido Comunista de Checoslovaquia. No lo cuestionaba porque faltara pasta de dientes en las tiendas o porque hubiera colas largas para comprar el pan. Su cuestionamiento era moral. Más allá de las penurias económicas, Havel describía al al régimen como una máquina espiritualmente degradante. El régimen gobierna a través del miedo y se empeña en convertir a los ciudadanos en cómplices. Un monstruoso ecosistema conduce a la maestra a enseñarle a sus alumnos cosas en las que no cree; temiendo por su futuro, el alumno las repite sin creer en ellas; por temor a no poder escalar en su trabajo, el empleado continúa mintiendo. Vivir en la mentira.

El miedo del que habla Havel en su carta a Husék no es el de las películas de terror: un temblor en las piernas ante el latigazo inminente. El miedo del régimen se vive en lo profundo: no es el temor de sufrir tortura sino el de ser aplastado por un poder imbatible que lo controla todo. El totalitarismo aparece así como una telaraña invisible hecha de mil líneas de poder que se entretejen. Todos actúan bajo el pegajoso imperio de la intimidación y el soborno. Como moscas atrapadas en la red, todos sabemos que en cualquier momento la araña podrá tragarnos. Nadie puede moverse con naturalidad, sin miedo, con confianza. Arrastrándonos sobre el viscoso pegamento de la telaraña, vivimos una simulación permanente.[3] La telaraña, por supuesto, también ofrece dulces. Quienes estén dispuestos a humillarse, quienes, sin remordimiento, entreguen al vecino a la tarántula recibirán recompensas. Código de hipocresía: todos somos públicamente sobornados por el régimen: si colaboras recibirás ventajas y privilegios. El costo es menor: solamente tienes que silenciar tu consciencia y anular tu ánimo de verdad. Si callas y haces lo correcto, el régimen te abrirá las puertas.

El resultado, observa Havel, es la simulación cotidiana, la indiferencia por la suerte de los otros, la apatía, el desánimo, la pasividad. A la nueva opresión, Havel la llama automatismo, un régimen muy parecido a la pesadilla democrática de Tocqueville: una sociedad bovina, desquiciada en lo cívico, arruinada en lo moral, una sociedad cobarde, mediocre y aburrida. La crítica que Havel dirige al Partido Comunista checoslovaco en abril de 1975 no es muy distinta de la que se hace, desde muchos ángulos, al conformismo burgués en las democracias capitalistas. Vaciamiento de sentido colectivo, refugio en lo íntimo, pérdida de lazos comunitarios, desolación espiritual, dejadez. Sin esperanza, la vida se comprime en la subsistencia biológica. La gran diferencia del argumento que articula Havel en Praga es el sitio de la ideología oficial y la presencia del miedo. El peligro ahí es el entierro de la historia bajo el asfalto del dogma.

El artículo completo está aquí

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
30, Abr 2012

Periodismo ausente

El candidato del PRI ha hecho de la eficacia su bandera. Prometió y cumplió. Eso nos dice constantemente: es un tipo confiable y tiene el testimonio de los notarios para convencer a los escépticos. En campaña enlistó sus promesas y hoy presume que las cumplió puntualmente como gobernador. Los panistas lo llaman mentiroso. Han tomado precisamente la lista de los orgullos como prueba de un engaño. Los compromisos de los que hacen alarde los priistas son, en realidad, un catálogo de falsedades. Hace unos días los adversarios se enfrascaron en un debate sobre los compromisos de Peña Nieto. En un absurdo duelo al que bautizaron como “la mesa de la verdad” se enfrentaron sin aportar prueba alguna a su alegato. Ratificación de subjetividades en donde el periodismo actuó como el morboso testigo de un ridículo. Fulano dijo, mengano contestó.

El episodio es un enfrentamiento natural: un partido presume éxitos, el otro los llama fracasos. Lo notable en la polémica es el sitio donde se instala el periodismo. Los reporteros acuden puntualmente a la cita del duelo y registran con detalle los dichos y las réplicas. Los noticieros de radio y televisión dan aviso del encuentro y reseñan el altercado. Los opinadores se entretienen con la exhibición. Cada cual encuentra motivo para ratificar sus prejuicios. Pero la pregunta capital sigue en el aire: ¿cumplió Peña Nieto con sus compromisos? ¿Es un político cumplidor o un mentiroso? Por supuesto, hay tantas razones para dudar de la propaganda de un lado como para dudar de la propaganda del otro. Unos presentan el compromiso con colores brillantes y tonadas de optimismo; los otros proyectan imágenes borrosas y música tétrica. La versión del PRI será tan parcial como la versión del PAN. Ambos tienen un interés en presentar la realidad de acuerdo a su conveniencia. Por eso sería indispensable contar con una verificación profesional de los dichos. No es una tarea descomunal. Sería un trabajo elemental, indispensable, obvio. Si el candidato puntero presume haber cumplido 608 compromisos, correspondería al periodismo verificar si, en efecto, los cumplió. No he leído ese reportaje, no lo he visto en ningún lado. ¿Sería muy difícil ubicar cada uno de los compromisos y registrar el estado en el que se encuentran?

Lo que veo todos los días son noticias sobre lo que los candidatos dicen: periodismo de declaraciones. En julio del 2000, el entonces corresponsal del Economist, Gideon Lichfield publicó en Letras libres un artículo donde sostenía que la profesión del periodismo en México consistía en la búsqueda de sinónimos de la palabra dijo. “Abundó. Aceptó. Aclaró. Acusó. Adujo. Advirtió. Afirmó. Agregó. Añadió. Anotó. Apuntó. Argumentó. Aseguró. Aseveró. Comentó. Concluyó. Consideró. Declaró. Destacó. Detalló. Enfatizó. Explicó. Expresó. Expuso. Externó. Informó. Indicó. Insistió. Lamentó. Manifestó. Mencionó. Observó. Planteó. Precisó. Profundizó. Pronosticó. Pronunció. Prosiguió. Puntualizó. Recalcó. Reconoció. Recordó. Redondeó. Reiteró. Señaló. Sostuvo. Subrayó.” El periodista proponía entonces una palabra para describir los vocablos que enmarcan el oficio periodístico en México: dijónimos.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
16, Abr 2012

A la deriva

¿Cuándo se extravió el PAN? ¿Cuándo perdió el mapa y la ruta? No es claro en qué momento dejó de saber lo que representaba, cuándo dejó de tener claro su proyecto. El caso es que, a doce años de ocupar la presidencia, el PAN no tiene idea de dónde está ni qué quiere. Ha dejado de entender a sus adversarios y no tiene claridad de lo que le propone a los electores. Un partido a la deriva.

La tarea diaria de la candidata del PAN es explicar el error de la jornada previa. Los tropiezos cotidianos no son simples errorcillos logísticos, signos de una campaña descoordinada, torpezas de su equipo inmediato. El desliz diario retrata a una candidatura que no pudo despegar pero también a un partido desorientado. Si no sabemos qué mensaje quiere proyectar Josefina Vázquez Mota es porque representa a un partido atolondrado, El PAN vive una profunda crisis de identidad producto de dos sexenios frustrantes y el extravío de sus principios elementales. En Josefina Vázquez Mota, el PAN encontró a la candidata que exhibe y que magnifica esa crisis. El PAN de Vázquez Mota es un partido sin claridad y sin ambición, sin voluntad, sin apetito. Confusión e inercia, los dos motores de la campaña del PAN.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
09, Abr 2012

Miguel de la Madrid

En Palacio Nacional, con la representación de los tres poderes de la Unión, con un mensaje del Presidente de la República, el Estado mexicano despidió a Miguel de la Madrid. Una ceremonia inusual, inesperada que abrió un breve paréntesis al canibalismo de nuestra historia. El funeral adquiría un significado adicional por responder a la iniciativa de un presidente panista honrando a un priista. La enemistad entre partidos se suspendió para darle a México una de sus escasas ceremonias de Estado. Representación de una unidad que trasciende las rivalidades de facción, memoria de instituciones que escapa de los enconos personales. Honrando al presidente de la Madrid, el presidente Calderón dio un ejemplo de civilidad republicana. Que no estemos acostumbrados a ritos como el reciente no es prueba solamente de la inclemencia de nuestra política, sino del terrible menosprecio a los protocolos elementales de la vida pública.

Miguel de la Madrid fue un presidente honesto, fue un presidente sobrio y austero que ejerció el poder con un denso sentido de responsabilidad. No enloqueció con la presidencia ni lo cegó la pérdida del poder. Visto a la distancia de los dos sexenios priistas y los dos sexenios panistas que nos separan de su administración, puede verse a de la Madrid como un buen símbolo de ese régimen político que marcó a México durante buena parte del siglo XX. En él está, seguramente, la gran virtud del priismo: el ánimo del consenso y está también su gran mancha: la connivencia. No fue un fatuo enamorado de su mitología como su antecesor. Tampoco lo envenenó, como a su sucesor, la soberbia de la razón técnica. Fue un político dedicado a cuidar a un régimen, consciente, como el que más, de su fragilidad. Un reformista tímido que no buscó el cambio por lealtad a una receta sino por el dictado mismo de las circunstancias. Como bien lo entendió Reyes Heroles, el burkeano, la prudencia de aquel régimen consistía en una disposición de cambiar para preservar la estabilidad. Un reformismo conservador.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
02, Abr 2012

Libertad y valentía

Skinner

Desde Benjamin Constant, los liberales han dibujado la libertad frente a una sombra que usa la misma palabra. En su conferencia de 1819 contrastaba la libertad moderna con la antigua, enfatizando que la vieja idea no solamente se había vuelto impracticable sino que era también peligrosa. Los antiguos defendían una libertad de participación en lo público, mientras los modernos se refugian en sus placeres privados. La nostalgia de la antigua libertad podría alimentar una nueva servidumbre. Algo parecido dijo Isaiah Berlin en su famosa conferencia de 1958. La libertad negativa no es voz sino resguardo. Quentin Skinner cree que la disyuntiva que plantean Constant o Berlin es inadecuada para comprender las dimensiones de la libertad. No dos: tres nociones de libertad son distinguibles.

En una conferencia de noviembre de 1997 que dictó para asumir la cátedra de Historia Moderna en Cambridge, Skinner agregó un concepto que los liberales han sido incapaces de apreciar. La libertad precede al liberalismo. No es solamente ausencia de obstáculos para realizar nuestro deseo, sino independencia frente a los otros. A la idea liberal le antecedió la experiencia republicana o, como él la llama, la concepción neo-romana. Skinner encuentra a Berlin poseído por el hechizo liberal. Un embrujo que le impide asomarse al mundo fuera del marco hobbesiano. En efecto, el biógrafo de las ideas seguía subyugado por la fórmula de Hobbes que, de una u otra manera ha definido los contornos de la palabra: la libertad es ausencia de impedimentos externos. La libertad como el espacio donde la ley calla. Hobbes impuso una hegemonía conceptual. Si bien lo recordamos como el constructor racional de la monarquía absoluta, fue quien acuñó la noción liberal de la libertad. Ahí, en el Leviatán estaba la semilla de la libertad moderna o negativa, afirmándose contra la otra libertad, la libertad republicana que Skinner identifica y reivindica.

El historiador trabaja con pincel seco para desempolvar las palabras, quitarles el lodo de los siglos y restituirles el color original. El historiador debe imaginar la idea nadando en su lago original, ponerla en contacto con los eventos de su tiempo y escucharla en su conversación. Para comprender la vida de las ideas es indispensable conjurar el embrujo ideológico, escapar (en la medida de lo posible) del lenguaje del presente y sumergirse en la historia. Entendida de ese modo, la historia no responde nuestras preguntas; es el mejor cuestionamiento de nuestras certezas.

El artículo completo puede leerse aquí

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
02, Abr 2012

Jorge Carpizo

Las instituciones no suelen procesar bien las bombas de franqueza. Acomodadas al fingimiento, reciben la verdad como una provocación, una deslealtad que pone en peligro la tranquila convivencia, la operación rutinaria de una estructura. Al mal gusto de llamar las cosas por su nombre se responde de inmediato con apelaciones a la costumbre, es decir, a la evasiva y al “no es para tanto”. Por eso fue tan sorprendente el documento que hizo público el rector Jorge Carpizo en abril de 1986. Lo llamó “Fortaleza y debilidad de la UNAM”, un documento extraordinario en la historia de nuestra vida pública y no solamente en la vida de la Universidad Nacional. La cabeza de la UNAM presentaba entonces un diagnóstico crudo sobre una institución que, poco a poco, había abandonado sus tareas esenciales. El conciso y contundente documento representaba una inusitada autocrítica institucional. El orgullo que se expresaba en sus páginas radicaba en la disposición de reconocer los problemas de la universidad y la confianza en resolverlos. El filósofo Carlos Pereyra publicó entonces un artículo periodístico en el que destacaba la extravagancia del documento de Carpizo. “Un encomiable strip-tease,” lo llamó. No gritó Goya para encubrir los problemas que enfrentaba la UNAM: habló de la simulación imperante, de las obstrucciones burocráticas, del ausentismo, del bajo nivel académico, la falta de mecanismos de exigencia. Por primera vez se hicieron públicos los datos de un desempeño académico inaceptable. La UNAM, decía entonces, “es una universidad gigantesca y mal organizada.” En una cultura política marcada por el encubrimiento y la victimización, el rector de la UNAM ejercía la autocrítica enérgica como requisito de la responsabilidad pública. Un diagnóstico sin maquillaje como preludio a la reforma. Los problemas de la universidad no eran imposición de los malignos que conspiran fuera de la universidad, sino hechura propia. A la UNAM correspondía, pues, la tarea de reformar a la UNAM.

El proyecto de Carpizo era tan ambicioso que trazaba lo elemental como meta: “que los estudiantes estudien, que los profesores enseñen, que los investigadores investiguen". Se trataba de una reforma exigente: no ofrecía obsequios, reclamaba compromisos de los académicos y de los estudiantes. Buscaba terminar con los privilegios que se bautizan como derechos. Los cambios que impulsó fracasaron por la fuerza de las resistencias corporativas pero fue la última ocasión en que se intentó emprender una reforma global y audaz a la UNAM.

Como académico fue, tal vez, el último gran exponente del constitucionalismo oficial. Leyó a la Constitución del 17 con el ardor y la parcialidad de un enamorado. Creyó en ese documento como síntesis de toda nuestra historia, como emblema de una identidad y como proyecto vivo. El sentimentalismo impregna sus apuntes sobre la ley de Querétaro. Al examinar al presidencialismo en tiempos de la hegemonía, el jurista se acercó a la ciencia política para nombrar su nota esencial: las facultades metaconstitucionales que hacen del presidente un mandatario apabullante. Fue un exótico servidor público. Lo fue por su franqueza, pero sobre todo por la intensidad de sus convicciones. Fue vehemente, apasionado, impetuoso. También fue impulsivo y propenso al arrebato. No hablaba para congraciarse con la prensa, para recibir el aplauso barato. Le importaba otra cosa: el respeto. Esa fue, sin duda, su gran conquista. No es extraño que su última batalla haya sido una batalla por su nombre, por su honor. No era una cruzada de egolatría, era reivindicación de un principio cívico. Entendía que la mentira se pasea en la impunidad que le garantiza la indiferencia. Por eso sabía que defender su nombre era sinónimo de cuidar el derecho de todos a la verdad.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
27, Mar 2012

El excepcionalismo norteamericano y el Derecho Internacional

Michael Ignatieff escribe sobre la retórica norteamericana de la excepción. No se trata solamente de una retórica electoral sino de una política. Como cualquier potencia, Estados Unidos tiende respaldar un orden internacional que ata a sus competidores. En eso no es distinto. Lo excepcional es que combina ese realismo con una fe en la capacidad redentora de Estados Unidos para crear un orden distinto.  Desde Nuremberg, dice el canadiense, ningún país ha invertido tanto en promover instituciones y leyes internacionales y ningún país se ha empeñado tanto en que esas normas no se le apliquen. 

.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
26, Mar 2012

Populismo de la venganza

El celo institucional del PAN lo convirtió durante varias décadas en una barrera contra la tentación populista. Combatiendo al partido hegemónico o rechazando la retórica lopezobradorista, el partido de la derecha mexicana solía defender el método democrático, entendido como el riel de leyes y procedimientos que permite encauzar civilizadamente las diferencias. Desde luego, el populismo también visitó al PAN con figuras como la de Clouthier o la de Fox, pero el núcleo de su identidad estaba en un compromiso con la ley que lo separaba de sus adversarios. Felipe Calderón fue uno de los críticos más impetuosos de la propensión populista en la izquierda pero ahora, como presidente, abraza el populismo de la venganza.

Desde el gobierno y su partido se expone el abecé de esa retórica. Doctrina que desprecia la ley para cabalgar en las emociones primitivas. Disyuntiva pedestre entre las reglas y la justicia auténtica, al servicio de la plaza. El populista, como vehículo del resentimiento, contrasta las formas legales con los fines de la justicia. El presidente de México desarrolló en Veracruz este argumento de indudable estirpe populista. “Justicia es dar a cada quien lo que le corresponde de acuerdo a su propio derecho. Cumplir la ley, desde luego, sí. Pero, también, y, sobre todo, hacer justicia.” El presidente elogia la ley para desdeñarla inmediatamente: cumplir la ley, pero… Lo notable aquí es la defensa de una filosofía punitiva esencialmente antiliberal. El presidente contrasta la Justicia (que entiende como castigo), con las exigencias de la ley (que censura como traba). Evoca, por lo tanto, una idea de justicia que puede ir en contra de la vacuidad formal del derecho. Para Calderón, cumplir puntualmente con la ley no es el camino que los mortales tenemos para acceder a la justicia. No: para el presidente de México, cumplir la ley no es lo importante, lo que verdaderamente importa es hacer justicia: castigar.

Si se quiere hacer justicia hay que pensar en los fines del derecho, no en sus procedimientos. A las formas, el populista los tacha como “rendijas.” Grietas, resquicios, ranuras por los que la injusticia se impone en complicidad con abogados y jueces, esa mafia que nos arrebata el castigo debido. El populista no es parco en la comunicación emocional: su demagogia se embelesa en las estampas del sufrimiento: viudas, huérfanos dolidos que esperan castigo. Eso piden, en efecto, y es natural. Como víctimas quieren castigo y no les preocupa mucho la ley. Pero, en lugar de que el representante máximo del poder público defienda sin ambages la legalidad, el presidente se entrega a la demanda de la venganza. No recuerdo embate más franco contra los rigores de la legalidad que éste que le propina, desde la presidencia, el orgulloso egresado de la Escuela de la Libre de Derecho. Para alcanzar los fines de la ley, conviene en ocasiones ahorrarse los procedimientos de la ley. Esa es la justicia que invoca el presidente, una justicia que castigue sin tropezarse con grietas procedimentales.

Javier Lozano, uno de los voceros panistas, tomó nota de la lección presidencial para extraer sus consecuencias obvias. En una entrevista, el nuevo militante del PAN insistió en trivializar los rigores del procedimiento. En un momento llegó a decir que no tenía la menor duda de que “van primero las víctimas que los derechos de los delincuentes.” Ese es el nuevo lenguaje del PAN. La frase del expriista parece extraída de aquella propaganda de Arturo Montiel que negaba derechos a los delincuentes, llamándolos ratas. La mecánica es idéntica: se lanza a un acusado la condena de ser criminal, se convoca el odio popular y se activan los reflejos del resentimiento para repeler la idea misma de sus derechos. El acusado es criminal porque la televisión o el político ya lo han sentenciado. Que se le castigue y que se calle. Por eso a Lozano le sorprende que haya quien alce la voz por quien él ya considera criminal. Esa es el pedestre debate en que pretenden embarcarnos los populistas de izquierda y de derecha: la Justicia o la Democracia contra los procedimientos y las instituciones. Al diablo con las rendijas dicen con idéntico tono.

El populismo vengador de Calderón es una tragedia cultural para el PAN que dejará heridas muy profundas en ese partido. Para fortuna de la vida institucional del país, el poder judicial puso en su sitio esa retórica del castigo sin estorbos. Los jueces que analizaron el caso de Florence Cassez no pescaron el anzuelo de los derechos de la víctimas que van por encima de los derechos de los criminales. Ponderaron argumentos e interpretaron leyes sin aludir a ese victimismo populista. Y en voz del presidente de la Corte, el poder judicial demolió esa siniestra filosofía. No hay justicia fuera de los procedimientos. La defensa de la legalidad del ministro Silva Meza no preludia el pero de los populistas de cualquier ala. Sin formas no hay legalidad y sin legalidad no hay justicia ni seguridad.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
24, Mar 2012

La llegada del Papa. Crónica de Anselmo Guiú y Guiú

(Tuiteando desde la cuenta de @GmoSheridan)

Mirando Papavideo en http://www.reforma.com El Papa es recibido con "El son de la negra". Otra prueba de que Dios existe. Los motociclistas que abren camino al Papa: "Hermanos, orillarse lorilla de favor". Papamóvil rodeado de autos descomunales llenos de guaruras de muy impresionante tonelaje y ray-bans. Motociclistas de Guanajuato con gesto beato en la avanzada del convoy haciendo formación escopeta más o menos chueca. Papamóvil alcanza velocidad de crucero.

Multitud ostensiblemente irritada al no encontrar rimas apropiadas para Benedicto. Papaclose-up: Papa con cara de Mein Gott, warum hast du mich verlassen? Hasta el momento podemos reportar saldo blanco. De pronto se escuchan guaruras hablando en numeritos: "Aquí 18 en mi 34, ¿ontá tu 17? porque yo ni madres de 56…". Papamóvil se detiene en llano. Papa baja. Estupor de guaruras. Se quiso echar una cascarita. Papa avanza, dribla a dos, centra al área… Estupor de guaruras y Estado Mayor. Papa avanza, se la pasa al Chicharito, Chicharito al Papa, Papa al Chicharito. Papa dispara y.. ¡Palo!

Bueno, ya, esto es infinito. Se diría que el Papa anda buscando la carretera que lo regrese a Roma… ¿Traerá papaexcusado este papamóvil? Pobre hombre, lleva ahí dos horas oyendo que se ve se siente.

El papamovil se acaba de pasar un alto. Patrulla le dice a Papamóvil "orílleselorilla". Policía gran tonelaje se acerca chofer. "Sus papeles miestimadu". Chofer: ¿No habrá forma..? Papa excumulga policía gran tonelaje. Papamóvil llega a una ciudad. Parece Sayula. El Papa mira un póster de Peña Nieto. Una señora le hizo la parada al papamóvil. Papamóvil ignoróla. Señora hace un caracolito a papamóvil. Se cortó. Reinicia. La transmisión dice "Presidencia de la República". Un espectacular tapado con una sabanota. Ha de haber sido un anuncio de calzones para damita.

Santidad muy desconcertado cuando le traducen: Bruder, jetzt sind Sie mexikanische… El Papamóvil está llegando a Peñon de los Baños, o algo.

Nueva escala. Santidad desciende. Estupor de guaruras. Entra a un OXXO. Compra unos tamarindos. No hay cambio. En el cielo hay un embotellamiento de helicópteros y ángeles. Ya se detuvo de nuevo… Histeria desenfrenada… ya se baja del papamóvil. Bendice enfermos. Muchachas en franca benedictomanía… Le traducen al Papa: "Der Bio, dem Bao, dem bimbomba, der Papa, der papa, rarara. Papa entró a una casa. Ya no hay sonido. Deo gratias. Toma final: minusválidos en sus sillas de ruedas. Y el Cristo del Cubilete….

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
19, Mar 2012

El castigo y la civilización

Los gobernantes no eligen sus crisis. No suelen tener la libertad para definir sus problemas, para optar de entre una baraja de dificultades, la que mejor se acomoda a sus aptitudes o sus proyectos. Su margen está en la estrategia para encarar la emergencia involuntaria que les estalla en las manos. Su juicio reside en la manera de encarar la urgencia. Detrás de cada apuro hay un engaño y una oportunidad. El engaño es creer que la crisis es lo visible y que el éxito es el aplauso; la oportunidad es advertir sus causas subterráneas y aprovechar la conmoción para resolver los problemas más añejos.

Es difícil hablar de la crisis de seguridad como una oportunidad histórica, pero lo es. No hay forma de exagerar el costo de esta ola de sangre: el dolor que ha provocado en todo el país, los costos humanos y económicos, el peligro político, las secuelas familiares de tanta muerte. Pero, en efecto, la crisis exhibe con extraordinario dramatismo, una ausencia secular, una carencia antigua y gravosa: un orden estatal capaz de garantizar paz y, al mismo tiempo, seguir sus reglas. Ese es el núcleo del argumento del ministro Zaldívar al tratar el caso de Florence Cassez: el deber del Estado de castigar a los delincuentes sólo puede justificarse cuando el poder público respeta cabalmente los derechos humanos. La gravedad de los delitos, la perversidad de los criminales no exime a los representantes del Estado de cuidar escrupulosamente las formas legales, esos rigores a los que Benjamin Constant no dudó en considerar sagrados pues de ellos dependía la convivencia. Divinidades tutelares, las llamaba, porque sin su protección, nos avasallaría la arbitrariedad.

El proyecto del ministro Zaldivar puede leerse como el argumento jurídico que, al demostrar las graves irregularidades en un proceso penal, pide la liberación inmediata de una acusada. La actuación de un juez que pondera de modo distinto las mismas reglas y los mismos argumentos. Las gravísimas irregularidades del caso han sido exhibidas en trabajos periodísticos como el de Guillermo Osorno o Héctor de Mauleón, pero no habían encontrado el tratamiento legal que merecen. Los enredos del caso impiden conocer la verdad. Lo que sí puede documentarse fuera de toda duda es el abuso: la actuación de un poder dedicado a cautivar a la opinión pública antes que a probar su acusación ante los jueces. Como bien demuestra el estudio del ministro de la Suprema Corte de Justicia, la policía federal escenificó una captura para las cámaras. Pero el teatro no fue un entretenimiento inocente: la “escenificación fuera de la realidad” pervirtió irreversiblemente el proceso. No solamente se vulneró el principio de presunción de inocencia sino que tuvo un “efecto corruptor” en el juicio, viciando toda la evidencia incriminatoria.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
12, Mar 2012

Tres estilos

Estamos viviendo la campaña más aburrida en las historia de las elecciones competidas en México. Se pueden encontrar simpatizantes de cualquier partido pero no entusiastas. Habrá muchos preocupados pero pocos con pánico. Las elecciones del 2000 fueron elecciones de régimen: votar para simbolizar el cambio democrático. Las elecciones del 2006 fueron elecciones ideológicas: votar para impulsar un giro a la izquierda—o para impedirlo. Ahora no hay nada de eso: voto sin épica, sin ilusión y sin espanto. Tenemos, sin embargo, la opción de elegir entre tres estilos, tres formas de entender el liderazgo, tres diagnósticos del problema medular de la política mexicana, tres enfoques para encararlos.

Si hablamos de un hombre que lamenta el abandono de los valores tradicionales, que cree que el apego a una doctrina es la base de una vida plena y feliz, que ve al mundo premoderno como una reserva ética frente al perverso reino del individualismo y que condena los “placeres momentáneos”; un hombre convencido de que, por encima de las leyes, debe imperar un “código moral” pensaríamos de inmediato que se trata de un político de derecha. Un conservador que no tiene problemas para pedir, para la política, un baño espiritual. Se trata, desde luego del candidato de la izquierda mexicana que, en combate contra su imagen pública, abraza el discurso del amor. El tono es nuevo pero el estilo es fiel a sí mismo. Andrés Manuel López Obrador predica como lo ha hecho siempre. Está convencido de que el problema de México es esencialmente un problema ético y que los complejos problemas del país no lo son. Bastan los valores. La reforma fiscal que necesitamos es honestidad. La reforma al sector energético que necesitamos es honestidad. La política de seguridad que le urge al país es que el bien suprima al mal. En el diagnóstico del país hay un desprecio explícito a la aproximación técnica a los problemas de México. Quizá la apelación a ese instrumento, fría herramienta moderna, es parte de nuestra crisis moral. Lo que el país necesita es un guía moral en la presidencia de la república: un predicador.

Josefina Vázquez Mota se deleita en la vaguedad. Su retórica no es la de una predicadora sino la de una oradora motivacional: sonrisas para el optimismo y el pensamiento positivo, buenas intenciones vendidas como si fueran un proyecto. La candidata del PAN no concreta una idea ni una propuesta porque cree que lo que le hace falta al país es un constructor de consensos. Ella quiere presentarse como la negociadora que México necesita. De acuerdo a su diagnóstico, el gran problema del país es la incapacidad de llegar a acuerdos. Consenso es la palabra central en su discurso. Su mejor credencial no es lo que piensa o lo que propone sino la gente a la que ha invitado para colaborar con ella. A diferencia del presidente Calderón, a Vázquez Mota no le intimida el talento de otros y bien puede invitar a colaborar con ella a quien sabe, no a quien es su amigo.  En el proceso panista se vio con claridad su indisposición al debate. Sus contrincantes la cuestionaban seriamente, a veces con severidad, y ella seguía aferrada al libreto de su sonrisa. Su renuencia a discutir es reveladora. Es una profesional de las evasivas por razón doble. En primer lugar, no parece tener ideas que defender; en segundo lugar, si alguna idea tuviera, no querría aferrarse a ella y bloquear después una negociación. No es polemista como Calderón, ni pendenciera como Fox: quiere tejer consensos. Josefina Vázquez Mota cree en la política como un bordado de acuerdos. Así se promueve: una tejedora.

El candidato del PRI no propone negociaciones sino eficacia. Cree que la efectividad está reñida con las transacciones y por ello busca la restauración del antiguo presidencialismo. Pretende cambiar las reglas constitucionales para dotar al presidente de una mayoría que le permita gobernar. No le interesa formar un Congreso profesional que responda a sus electores sino continuar con una legislatura dependiente de las jerarquías partidistas. Su idea de la reforma política es clara: ganar capacidad presidencial a costa de la diversidad. Limitar el pluralismo, ese obstáculo dañino, para darle al Ejecutivo la palanca del mando pleno. Nadie podrá decir que Peña Nieto es un hombre de ideas, pero tampoco puede negarse que ha suscrito un proyecto político detallado y coherente. Ahí está la clave de su estilo: ha adoptado un programa y quiere realizarlo. No es un predicador moral ni un tejedor de acuerdos: es un chofer que piensa llevarnos hasta el domicilio que le han notificado como deseable. No quiere que lo distraigamos, no busca negociar con nosotros la ruta que va a tomar ni los atajos que le recomiendan sus asesores. Nos pide confianza y sugiere que nos echemos una siesta mientras él maneja el coche. Es un chofer que cree que la sociedad mexicana va en el asiento trasero.

Esos son los estilos en campaña: un predicador, una tejedora, un chofer. 

 

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, Mar 2012

Los tontos y los listos en política

Josep Pla, conversando con Salvador Paniker:

–¿Por qué fracasó la República?

–Porque, al parecer, en el mundo hay una especie de hombres, que los castellanos llaman tontos, pero que son muy listos, y otra especie muy lista, que son unos puros tontos. Esto ocurre en política. Creo yo.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
27, Feb 2012

Elecciones sin monarca

No tenemos rey. México es una república, no una monarquía. El presidente de México no es el garante de la imparcialidad política: es un actor parcial, representa intereses limitados, sigue un proyecto confinado a un círculo. El presidente de México no es la encarnación de la nacionalidad, no es el símbolo de unidad—más que en aquellos eventos en donde formalmente asume la representación de Estado. Cuando firma un tratado internacional—no cuando lo negocia—representa al Estado mexicano. Cuando recibe las cartas credenciales de los embajadores extranjeros representa al Estado mexicano. Cuando preside ceremonias cívicas es también emblema de unidad: el jefe de Estado mexicano. Se trata de funciones ceremoniales que transforman al agente político en emblema de unidad. La inevitable parcialidad del gobernante se interrumpe brevemente para dar paso a la figura de unidad. El presidente actúa siempre como jefe de gobierno, salvo en aquellas funciones en las que explícitamente ejerce de símbolo.

Por eso me parece absurda la exigencia de que se comporte como jefe de estado en el proceso electoral. La expresión se dice y se repite por todos lados. Que el presidente deje de actuar como jefe de partido y se comporte como jefe de estado, dice el lugar común. ¿Cuántas veces habremos escuchado esa expresión? No logro embonar esa exigencia con el diálogo necesario en una democracia. El presidente no es el garante de la imparcialidad. No podría serlo en una democracia, precisamente porque lo caracteriza una inclinación. La neutralidad corresponde a otros: a quienes organizan las elecciones, a quienes cuentan los votos, a los que procesan la inconformidad. Por fortuna, ninguna función de ese tipo le corresponde al presidente de la república o su gobierno. Por supuesto, no tiene derecho de desviar los recursos públicos en beneficio de su partido ni puede emplear las pinzas del Estado para castigar a sus adversarios. Pero no tenemos por qué imaginarlo como una figura celestialmente imparcial y silenciosa ante el proceso electoral. En ninguna democracia presidencial madura se le pide al presidente tal disparate.

El presidente no puede ser el símbolo de unidad en el proceso electoral porque es factor de polarización. Se votará para castigarlo o para premiarlo.  Felipe Calderón no aparecerá en la boleta de julio pero será el factor crucial del voto. Los partidos que compiten, los candidatos que sí estarán en la boleta fijan postura frente a su gobierno, ofreciendo la continuidad o el cambio. Sus opositores lo atacarán, mientras la candidata de su partido tratará de defenderlo… y, simultáneamente, distanciarse de él. Unos criticarán sus decisiones, su estilo, los resultados de su gestión. Otra se verá forzada a defenderlo, insinuando algunas diferencias en los matices y los acentos. Como sea, Felipe Calderón estará en la contienda del 2012—tal vez como nunca llegó a estar en la elección del 2006. Entonces tuvo el talento de colocarse como la opción frente al “peligro”, pero pocos, si es que alguno, podría creer que la elección que ganó por un milímetro, fue respaldo a sus propuestas o confianza en su trayectoria. Ahora sí será factor de decisión.

Pedir que el presidente se comporte como jefe de estado en el proceso electoral es pedir que se comporte como monarca. Una diminuta contradicción se desliza en esta petición: ¿estarían los críticos dispuestos a dispensar a Felipe Calderón el trato de Jefe de Estado durante el proceso electoral?

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
20, Feb 2012

La ley y la certeza

Señal confusaEl propósito esencial de la ley es la certidumbre. La claridad jurídica que nos permite saber a qué atenernos no basta, por supuesto. A la ley le pedimos que sirva al interés general; que aliente lo benéfico y castigue lo perjudicial; que tenga conductos eficaces de aplicación; que sea algo más que la declaración de un ideal. Pero el deber primero de la ley es definir con claridad el mapa de los derechos y los deberes. Si la ley no es una señal que muestra los caminos abiertos y las zonas vedadas no sirve de nada. Muchas críticas ha recibido la ley electoral vigente. Creo que muchas son merecidas, pero ninguna tan grave como fallar a su propósito elemental: definir con claridad las reglas del juego.

La ley electoral defiende el paternalismo deliberativo, pretende someter los tiempos de la política a un absurdo calendario artificial, sobrecarga a la autoridad de funciones, simula ahorros que no son, infla la Constitución con normas que corresponden a normas secundarias. Pero el problema más grave de la ley reformada es que, lejos de ofrecer una guía clara de lo permitido y lo prohibido, coloca a todos los actores en la incertidumbre. No son claros los límites de los partidos, los candidatos desconocen qué está permitido y qué se les prohíbe. ¿Qué podemos hacer?, preguntan candidatos y medios. Si esas preguntas se expresan es porque la ley no ofrece una respuesta nítida. Nadie sabe tampoco cuál es la consecuencia de una posible infracción. ¿Qué pueden hacer hoy los candidatos, durante este limbo absurdo que ha abierto la ley antes del banderazo oficial de la campaña? ¿Cuáles son jurídicamente las restricciones a las que deben sujetarse partidos y candidatos? ¿Qué sucede si transgreden la ley (de acuerdo a la interpretación de administradores y jueces del proceso electoral)?

La sobrerregulación, la imprecisión de la norma, los caprichos interpretativos de las autoridades colocan a los partidos en una extrema vulnerabilidad. Es cierto: los partidos crearon y reformaron la ley. Ahora son víctimas de ella. Ningún partido puede estar seguro con estas reglas. Por su parte, los electores están expuestos a una intensa campaña de simulación. Desde antes que el proceso empezara formalmente, observábamos el simulacro. La ley llama al ocultamiento de las ambiciones; la convocatoria a la adhesión se ve forzada a la oblicuidad. Así, una ley trazada con la pretensión de mejorar la calidad del debate público, nos ha entregado premios al disimulo, la hipocresía, el fingimiento. Quienes buscan convencer a los electores de que serían la mejor opción gubernativa, quienes quieren legítimamente el voto no lo pueden pedir abiertamente—o, por lo menos, no todavía. Claro: pueden hablar, pero no pueden decir lo que quieren decir (y que todos sabemos que, entre líneas, dicen). Nos informan los voceros del Instituto Federal Electoral que los candidatos pueden seguir haciendo política… ¡pero no pueden llamar al voto! Tras ganar el respaldo de sus partidos, Peña Nieto, López Obrador y Vázquez Mota podrán hablar de lo que quieran, pero no pueden decir lo que quieren decir: voten por mí. Todos sabemos que cualquier cosa que digan Peña Nieto, López Obrador y Vázquez Mota busca el voto, pero ninguno de ellos lo puede decir abiertamente. Absurda legislación. Tienen razón los críticos de la ley al advertir que en muchos aspectos es, simplemente, ridícula.

(más…)

Compartir en Twitter Compartir en Facebook