Política

30, Nov 2011

Axolotiada

Axolotiada

El axolote, ha escrito Roger Bartra, es un “extraño animal que tiene paralizado el poder metamórfico, aunque parece dotado de una extraordinaria fuerza metafórica.” A hilar las ricas evocaciones simbólicas de esa criatura dedicó Bartra La jaula de la melancolía, su ensayo clásico sobre la legitimación del Estado mexicano hace ya 25 años. En el centro del escudo nacional podría aparecer esa lengua prehistórica en lugar del águila y la serpiente pues, según el antropólogo, es el animal específicamente mexicano. Habitante del lodo, esa larva se detiene en su juventud, se aferra a su estancamiento. Se reproduce sin llegar jamás a la madurez. Será por eso que también lleva también la equis en la frente. Somos axolotes porque somos eternamente inmaduros.

El animal, vuelto símbolo, sirve para pensar. El “metamorfoseador renuente” ha sido un misterio para los naturalistas pero, sobre todo, una fascinación para escritores y artistas. El axolote es nuestro emblema, escribió José Emilio Pacheco en “El reposo del fuego.”

Queda el lodo           
en que yace el cadáver de la pétrea 
ciudad de Moctezuma.        
Y comerá también estos siniestros  
palacios de reflejos, muy lealmente,           
fiel a la destrucción que lo preserva.

El ajolote es nuestro emblema. Encarna     
el temor de ser nadie y replegarse   
a la noche perpetua en que los dioses         
se pudren bajo el lodo          
y su silencio   
                     es oro 
  –como el oro de Cuauhtémoc        
que Cortés inventó.

El axolote simboliza el temor de no alcanzar nunca el ser, de no escapar del fango, de no romper el silencio. Salvador Elizondo vio en esa larva una nostalgia del lodo. El axolote, decía, es el “habitante ideal de un medio ambiguo: el fango, que no es ni líquido ni sólido.” Juan José Arreola lo capturó como un pequeño lagarto de jalea que era un peligro para las mujeres. Se oye que las que se meten al barro de los axolotes salen indefectiblemente embarazadas.

Roger Bartra ha preparado una enciclopedia cultural del axolote. Axolotiada, Vida y mito de un anfibio mexicano es un libro admirablemente concebido y realizado con la ayuda de Gerardo Villadelángel Viñas. Se trata de una compilación de textos e imágenes que retratan al animal y su fábula desde la ciencia, la historia, la antropología, la imaginación literaria. El libro recrea el mito náhuatl del axolotl, ese “gemelo del agua”; documenta el debate que ha suscitado entre los biólogos por su peculiar desarrollo; registra su riqueza alegórica en escritores como Aldous Huxley, Primo Levi o Julio Cortázar y recupera su presencia en la literatura mexicana de ayer y hoy. Merece destacarse la magnífica edición del Fondo de Cultura Económica. El libro expermienta con tipografías, emplea diferentes papeles, está profusamente ilustrado dando cuenta de las muchas miradas que se han posado sobre el emblemático animal. Un juego de ideas e imágenes alrededor de un animal en peligro de extinción que goza de cabal salud simbólica.

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28, Nov 2011

Por una política sin amor

Prohibido corazonMaquiavelo lo entendió muy bien en su momento: el amor no puede ser el pegamento fundamental de la relación política. El hombre podrá encontrar en el amor la experiencia vital más dulce e intensa, pero el Estado no se edifica con esa llama. No lo decía el instructor de tiranos del que hablan quienes no entienden a Maquiavelo, sino el gran republicano, el máximo promotor del gobierno cívico. El florentino advertía que el amor era caprichoso y por ello inconfiable para levantar la casa del Estado. Por ello creía que el príncipe debía ser temido, antes que amado. No el amor, sino el temor, era el verdadero cimiento de la política.

Pero, ¿de qué temor hablaba Maquiavelo? De ninguna manera reivindicaba el temor al poder desmedido caprichoso y arbitrario de un déspota porque ese abuso conduciría tarde o temprano al odio de la gente. Maquiavelo pensaba en el temor al poder firme y bien medido del Estado. Temor que se desprendería después de la figura del príncipe para alojarse en instituciones, en una entidad impersonal que habla con reglas que se sujeta a normas comunes. La modernidad que se insinúa desde entonces aspira a la transmutación de ese miedo: temer al Estado es ganar confianza en sus instituciones, en esos órganos del poder público que aplican castigos en nombre de todos. La ley no es la caricia de los gobernantes. Nuestros impuestos no son besos al fisco. El líder político no es nuestro padre cariñoso y protector al que debemos lealtad de hijos fieles. El Estado no es nuestro amante. Por favor: dejemos al amor en su sitio.

Una de las virtudes fundamentales de la democracia, ha dicho el filósofo catalán Xavier Rubert de Ventós es precisamente que mantiene el divorcio entre la relación institucional y la relación personal. El caudillismo reenciende la llama emotiva de la política: pretende activar de nuevo la lealtad afectiva y restituir ese vínculo emocional que, como el amor, no acepta prohibiciones. Se habla así del matrimonio de la nación y su conductor. Frente a esa funesta ilusión, la democracia acepta su frialdad: separa afecto y ley. En su Etica sin atributos (Anagrama, 1997) Rubert de Ventós defiende esa ruptura esencial. Su manifiesto exige el desamor para la política. Para que una república funcione, lo público debe mantenerse a salvo de los sentimientos. Bajo la democracia, el vínculo entre gobierno y sociedad es el de la representación electoral. Sólo se entiende como un encargo, nunca como una devoción. Reconocer al poder político, respaldarlo incluso, no implica adorarlo. Y reconocerse parte de una sociedad, no supone el ignorar diferencias o abdicar a los antagonismos bajo el discurso de la fraternidad patriótica. El conflicto, el desacuerdo, las antipatías y aversiones son parte esencial de una sociedad vital. Sólo el conservadurismo más terco podría condenar esas tensiones y emociones sociales como traiciones a los deberes del amor.

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27, Nov 2011

Simon Critchley sobre sobre la tragedia europea

Tragedia 1 Tragedia 2Se ha hablado mucho en estas semanas de la tragedia de Europa y de Grecia como el protagonista de ese drama. Simon Critchley, profesor de filosofía política de la New School, ha publicado una interesante nota en el blog que edita en el New York Times. Puede decirse que, en efecto, lo que sucede en Europa es una tragedia pero no por las razones que normalmente se ofrecen: una desgracia que escapa del control de los hombres. La tragedia, sostiene Critchley, es algo más complejo: retratan la complicidad del hombre con su destino. Para que la tragedia ocurra, debemos coludirnos con la suerte. La clave de la tradedia es que "nosotros conspiramos con nuestro destino".

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14, Nov 2011

El sexenio de la muerte

Cuando Felipe Calderón decidió buscar la presidencia, enfrentaba adversarios poderosos en su partido y fuera de él. Muy pocos creyeron en su apuesta. Calderón rompía en ese momento con el presidente, y se empeñaba en destronar al candidato puntero de su partido y al político de la izquierda que parecía imbatible. La presidencia que buscaba ya no era la antigua palanca todopoderosa, pero era la pieza central de una política que era cada vez más un juego de instituciones. Confiaba que su experiencia como parlamentario, su conocimiento del congreso le serviría para desatorar la política mexicana. La ambición de Calderón tenía una presidencia en mente, una oficina con cargas y responsabilidades muy distintas a la que ha soportado y enfrentado estos cinco años. Habrá anticipado que, de ganar, la presidencia sería una responsabilidad compleja. Nunca imaginó su dramatismo, su costo personal, su carga emocional. La suya ha sido una presidencia trágica: el sexenio de la muerte. Miles de muertos por todo el territorio nacional, migrantes muertos, niños y bebés muertos en una institución supervisada por el gobierno, muertos utilizados como mensaje, muertos por una epidemia alarmante, muertos regados por las calles, muertos famosos y muertos sin nombre. El presidente de México ha vestido, como nunca, el luto. Ha salido a anunciar una y otra vez la macabra cosecha de los criminales y ha asistido en dos ocasiones a los funerales de sus colaboradores más cercanos. Muerte tras muerte.

Escribir que éste ha sido el sexenio de la muerte no es estridencia amarillista: es constatación de su naturaleza trágica, casi podríamos decir, de su maldición. Por supuesto que el gobierno de Felipe Calderón ha sido muchas cosas pero su destino y su memoria estarán ligados irremediablemente a la muerte. El segundo gobierno panista buscó enmendar muchas de las herencias que venían del primero. Imprimió cierto orden en la agenda, reestableció la seriedad de la oficina presidencial. Resistió una severa crisis económica, promovió importantes obras de infraestructura e impulsó el seguro popular. Durante su sexenio se vivieron importantes reformas en materia judicial y cambió el perfil de algunas instituciones. Se mantuvo la perniciosa alianza con el sindicato de maestros limitando su tímido impulso reformista. Un balance de la gestión calderonista habrá de aquilatar todo esto pero nada podrá remover de ella la marca de sangre como el sello de estos penosos años de México. No: éste no será recordado como el gobierno de la infraestructura. No será recordado como el gobierno de la educación o del trabajo. Será recordado como el sexenio de la muerte.

A un año de que concluya esta malhadada administración, ya puede decirse que la guerra contra el crimen organizado ha representado una reversión histórica que va mucho más allá de la seguridad. Se trata de un retroceso para México en su lento proceso de civilización. Nada menos. No puede negarse que México es hoy un país más inhóspito, más bárbaro, más cruel, más salvaje de lo que era hace cinco años. La saña de los criminales y la incompetencia del gobierno explican esta regresión histórica. El gobierno de Felipe Calderón no fue capaz de pasar la página. El dejará la presidencia en un año pero quedarán miles de huérfanos, viudas, padres sin hijos, desplazados. Lejos de conducir el país a la tranquilidad, lo llevó a territorios de mayor zozobra, mayor violencia, mayor inseguridad. Desde luego, el presidente no inventó el cáncer. Su intervención era necesaria ante la crisis de seguridad. La enfermedad incubó lentamente en muchos rincones del país, cobijada por la complicidad y la indolencia de los gobiernos. El cirujano no produjo el cáncer pero fue incapaz de extirparlo o de confinarlo. Tras la intervención de su bisturí, el mal se extendió por el cuerpo, se multiplicó y agudizó su malignidad. Al doctor no podemos responsabilizarlo por la aparición del mal—pero sí por su incapacidad para detenerlo.

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12, Nov 2011

Apología (y autocrítica) de Europa

Rafael Argullol escribe en El país una apología "desesperanzada" de Europa. 

La construcción europea apeló más al estómago que a la conciencia. Es verdad que en los primeros lustros hubo todavía estadistas de primera categoría. No obstante, cuando estos empezaron a escasear, se hizo evidente la fragilidad civilizatoria del proyecto europeo. Los avances en la comunicación y en el intercambio mercantil no supusieron un reforzamiento decisivo de la idea futura de Europa: los europeos empezaron a viajar de una punta a otra del continente, a comprar productos de todas las regiones, e incluso a traspasar estudiantes entre las más alejadas universidades, pero, paradójicamente, este dinamismo no apuntaló una arquitectura sólida que alojara un sentimiento común. Los europeos éramos llamados europeos en América o en Asia, pero en Europa seguíamos sin sentirnos europeos pese al mastodóntico despliegue de las instituciones de Bruselas y Estrasburgo. Nuestro pasado era común y, sin embargo, nuestro presente era brumoso y nuestro futuro, incierto.

A juicio de Argullol, la solución a la crisis es política y, sobre todo, cultural. "El único camino posible por parte de Europa es desplazar la centralidad del omnipresente mercado -protagonista espectral, pero absoluto- para devolver el eje de gravedad a la democracia."

Ernst - Europa después de la lluviaMax Ernst, "Europa después de la lluvia," (1940-42)

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11, Nov 2011

Viroli sobre Berlusconi

Viroli - ServantsMaurizio Viroli publica hoy un artículo en el New York Times sobre la caída de Berlusconi. Podrá haber nuevo primer ministro pero el sistema cortesano que impuso puede seguir vivo. El fin de Berlusconi supone la oportunidad de renovar el principio cívico. El problema es que esa transformación moral no encuentra en Italia al líder que pudiera encabezarla. Viroli no es solamente uno de los grandes teóricos del republicanismo. Es también biógrafo de Maquiavelo.

Viroli ha publicado un libro sobre el réigimen de Berlusconi: La libertad de los siervos

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07, Nov 2011

¿Sorpresa en la izquierda?

La primera batalla del 2012 será por el segundo lugar. ¿Qué partido podrá colocarse en posición para afrontar al puntero? ¿Qué candidato podría fastidiarle la fiesta al PRI? No es probable una contienda a tercios ni tampoco una victoria sin reto. Si hoy parece que el PRI no tiene rival, las cosas pueden cambiar velozmente. Nuestras reglas han alentado la decantación de las opciones para dejar al final del día una disyuntiva elemental a manos del elector. Así fue en el 2000 cuando el eje fue la alternancia y así, seis años después, cuando se votó por la confiabilidad de López Obrador. Dos polos que imantan la elección, marginando a la tercera fuerza. No veo por qué habría de ser distinto ahora. Lo que no sabemos es quién se colocará frente al PRI.

No conocemos el resultado, pero ya se ha resuelto si la izquierda puede colocarse en esa plataforma del desafío. En estas horas recientes se ha levantado la pareja de encuestas de la que saldrá el candidato presidencial del PRD. No hubo campaña formal entre los aspirantes. No se presentaron al debate al que se habían comprometido. Una contienda en la sombra. Los limitaban, por supuesto, las absurdas reglas de nuestra democracia tutelada pero sobre todo, se restringían ellos mismos al no querer correr el menor riesgo de atizar el viejo, apasionado pleito en su partido. Si algo ha faltado en esta lucha por la candidatura de la izquierda es precisamente pasión. Sorprende la parsimonia de estas campañas disfrazadas. Alguna gira por ahí, un discurso, desplegados, entrevistas. Una contienda sorprendente por su baja intensidad. La enfática moderación de ambos aspirantes es, a mi entender, anticipo de que los vaticinios de la ruptura volverán a frustrarse. Más aún, creo que es creíble el compromiso de ambos con el resultado que se anunciará dentro de unos días. Hace unos meses estaba seguro de que Andrés Manuel López Obrador se empeñaría en ser nuevamente el candidato a la presidencia y no soltaría la estafeta por motivo alguno. No lo veo así ahora. Más allá de su nuevo tono, no puede negarse que se ha resistido a la ruptura a la que muchos lo apresuran. Durante seis años apretó la cuerda, caminó en el precipicio, llevó la tensión política al extremo. Hoy parece estar jugando con otras cuerdas y con otro propósito. Creo que Andrés Manuel López Obrador reconoce que mucho podría ganar perdiendo.

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01, Nov 2011

Siervo del tiempo

Azorín, El políticoGobernar es una destreza, no un conocimiento. Es habilidad, no teoría. Las tareas del gobernante están por eso más cerca de la agilidad del gimnasta que de la precisión del ingeniero. La modernidad se ha empeñado en olvidar esa elemental lección maquiavélica: la política es arte y olfato, cautela y audacia. El entendimiento del poder fue otro desde el momento en que Thomas Hobbes escribió en el capítulo XX de su Leviatán que la formación y el mantenimiento de los reinos no se parecía al juego de tenis. No es una práctica como el deporte de raqueta, decía: es, como las matemáticas, un edificio a reglas sujetado. La pericia, desde entonces, se desdeña.

La ciencia política contemporánea tiene un agujero: el político. Ese personaje cuyo espejo quisieron captar los grandes pensadores del Renacimiento ha caído en el olvido. El gobernante ha quedado arrinconado en los márgenes de los estudios de regímenes, instituciones, políticas públicas. Tan sólo hablar del tema ofende a los escolares. Brincan de inmediato diciendo que hablar del sujeto gobernante supone nostalgia de un salvador, desconfianza de las reglas, desprecio de lo social. El estudio serio de la política ha de emprenderse como si al coche no le hiciera falta un conductor despierto. Lo que importa, lo único que importa, es la maquinaria y el mapa. El chofer es irrelevante. ¿Podemos perseverar en ese empeño de ignorancia? ¿Podemos seguir creyendo que es suficiente tener una máquina bien ensamblada y una técnica coherente para gobernar en democracia? Los fundadores de Estados Unidos creyeron que estaban pariendo una novedad histórica: un gobierno de leyes y no de hombres. Su idea era en extremo ingenua: todos los gobiernos son gobiernos de hombres. Las reglas serán indispensables para la estabilidad y la cordura de la política, pero nunca se podrá pensar que quienes deciden sean insignificantes en la marcha del poder. La cautela liberal —diseñemos institutos para que nadie, ni el peor de los malvados nos haga demasiado daño— termina siendo un grosero menosprecio al ingrediente vital de la política: el sujeto que decide por otros.

Hace poco más de un siglo, Azorín publicó un ensayito que el Fondo de Cultura Económica acaba de reeditar en su colección Centzontle. Se trata de una colección de consejos al político que lleva por título simplemente El político. Leer hoy ese texto centenario es reencontrar un asunto que obstinadamente olvidamos: la base personal de la acción política, el agente del mando. Su presencia y sus fingimientos, la seducción de sus lecturas, el valor de su oído, el esmero de sus palabras, el cerco desafiante de la circunstancia, el mérito de la serenidad y de la fuerza son trastos que no caben en estatutos constitucionales. 

El artículo completo está aquí

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24, Oct 2011

El poder de la plaza

Plaza
Alexis de Tocqueville imaginó la pesadilla del futuro como un encierro en lo doméstico. Pensando en la tiranía del futuro vio una sociedad que haría de la casa de cada quien, el único universo social. Los linderos de mi propiedad como límites de mi mundo. Entonces los hombres no tendrán más patria que su familia, otro vínculo de afecto que el que pudieran tener con sus parientes, mayor horizonte que su entretenimiento, ambición más grande que su placer. Al descubrir el individualismo en los Estados Unidos, el sociólogo francés vio el fermento de una reclusión desconocida hasta entonces. Retirado cada quien en su fortificación personal, el individuo perdería cualquier sentido de lo público. Lo común carecería ya de sentido. El hombre terminaría perdiendo todos los lazos que lo unían a sus vecinos y que lo hacían sentirse miembro de una comunidad mayor. La nueva tiranía no sería la continuación del viejo despotismo: en el aislamiento y en el conformismo descansaría la opresión del mañana.

Muchos han seguido la pista de Tocqueville para identificar en las sociedades contemporáneas esa desconexión mansa que ha desactivado el nervio de la ciudadanía crítica. No han faltado muestras de repliegue y apatía en las últimas décadas, por eso sobresale el rostro de un nuevo activismo público, la cara de una nueva forma de participación y de denuncia que se desentiende de los canales tradicionales. No es la canalización del descontento a través del castigo electoral sino por la toma directa del espacio público.

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17, Oct 2011

¿Ganar en la resbaladilla?

Resbaladilla

Enrique Peña Nieto ha sido claro al rechazar la propuesta de la reelección legislativa. Es cierto que su argumento no es del todo inteligible pero no puede negarse que ha sido consistente. El político mexiquense ha esgrimido argumentos conservadores (lealtad a una tradición histórica) y argumentos que podríamos considerar republicanos (debe fomentarse la circulación de las élites). No es difícil advertir en su defensa de esta exótica práctica mexicana una razón que no se ventila en público: la reelección inmediata tendería a debilitar la disciplina de partido y obstaculizar, en consecuencia, el paso de la aplanadora en la que sueña. Quien busca la presidencia confía en el cemento tradicional de la lealtad partidista y el impulso de la mecánica mayoritaria. Esa es su fantasía y la columna vertebral de su propuesta política.

Sus adictos en la Cámara de Diputados se han esforzado por razonar públicamente una práctica que sólo se encuentra en otro país del planeta. ¿Qué sabe México que el resto de las democracias del mundo ignora? ¿Hay buenas razones para defender nuestra excepción? No digo que no haya argumentos para rechazar la reelección. Sus virtudes no me parecen prodigiosas ni creo que sea una medida sin costos. Pero, en todo caso, a los legisladores exigimos exponer los motivos de su voto. Razonar en público sobre los asuntos de interés público. Pero los priistas prefirieron lavarse las manos: no nos pidan definición, que sea el pueblo quien decida. Los priistas de la comisión de gobernación de esa cámara encontraron un escape que dice mucho de ellos, de la tradición de la que se dicen tan orgullosos y del candidato a quien sirven: que la gente decida la reelección; que sean los ciudadanos y no nosotros quienes enterremos esta iniciativa. De pronto, los priistas encuentran fe en la consulta popular porque les permite evadir la responsabilidad de sostener una posición y defenderla públicamente. Los priistas saben bien que el desprestigio del Congreso prefigura el resultado de esa hipotética votación. Así, los priistas rechazan sin decir que rechazan: malabares de la indefinición.

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13, Oct 2011

Irving Howe: literatura e izquierda

Pescado aquí

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04, Oct 2011

Elogio del gris

Michnik y HavelMichnik y Havel en 1988

Circulaba un chiste en Polonia durante los años ochenta. Quien lo contaba simulaba ilusión para celebrar que finalmente era posible la salida de las tropas soviéticas. Hay dos posibilidades: una es estrictamente racional y la otra, milagrosa. La racional es que se aparezca San Jorge en Varsovia y derrote con su espada al ejército ruso como lo hizo con el dragón. La milagrosa es que los rusos decidan irse y regresen a Moscú por su propio pie. A Adam Michnik le tocó en suerte vivir, y obrar en parte, ese milagro. Lo recuerda líricamente en su libro más reciente, En busca del sentido perdido: “La revolución pacífica de Solidaridad fue verdaderamente hermosa. Un carnaval de libertad, patriotismo y verdad. El movimiento reveló lo más valioso en la gente: su tolerancia, su nobleza, su generosidad. El movimiento construyó, no destruyó; restauró la dignidad sin ceder a la tentación de la venganza. Nunca antes, nunca después sería Polonia un lugar tan lindo, su gente tan libre, tan igual, tan amable”. Su crónica de lo que fue de ese cambio detalla la perversión de aquella magia: tras la belleza, la mezquindad; tras los acuerdos, el escándalo; tras la sensatez, el apetito de venganza.

Es cierto que la transición democrática por vía milagrosa no aparece en los manuales de la politología contemporánea. El prodigio polaco consistió, tal vez, en romper el cristal de lo pensable. Timothy Garton Ash ha apuntado que la intensidad revolucionaria de Solidaridad fue la puesta en escena de una gigantesca simulación. Si en Praga Václav Havel hablaba del deber de “vivir en la verdad” para romper con el fisco de las mentiras, en Gdansk el sindicato se rebeló actuando “como si” Polonia fuera ya un país libre. De ahí brotó lo insospechado: el fingimiento de libertad empezó a ser experiencia de libertad. Se trató de una revolución que ponía de cabeza el modelo que los franceses habían acuñado doscientos años antes: un cambio radical pero sin violencia; una revolución sin guillotina. Integrante del comité ciudadano de Solidaridad, Michnik aconsejó siempre la negociación que, naturalmente, repudiaban los radicales de ambos flancos. Dentro de Solidaridad los puros advertían que no era el régimen el que legalizaba al sindicato sino que eran ellos quienes legitimaban al régimen al negociar con él. Michnik sabía que la apertura no sería efecto de la pureza sino de la transacción.

El artículo completo puede leerse aquí. (Y su primera parte acá)

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03, Oct 2011

Oligarquía

Mucho se ha escrito de Andrés Manuel López Obrador a lo largo de más de una década. No hay figura pública que active mayor respuesta emocional en el país. Para muchos es el emblema de una resistencia moral, para otros, una amenaza que no termina de extinguirse. No es difícil comprender por qué sigue siendo una figura polarizante: entre los políticos de aparador, entre los burócratas que gobiernan y legislan, el tabasqueño destaca por ser un dirigente auténtico equipado con pocas ideas pero con una convicción tan tenaz como hermética. El tiempo puede transcurrir, las circunstancias pueden cambiar pero él sigue con la misma idea fija, presente en cada uno de sus discursos, en cada una de sus apariciones. En medio de su simpleza histórica, a la mitad de los lugares comunes del más arcaico nacionalismo, entre su soflama conspiratoria, aparece una verdad del tamaño de un elefante que nadie más que él nombra. Estamos atrapados en un régimen oligárquico. Lo dice Andrés Manuel López Obrador todos los días y tiene razón.

Oligarquía. El clásico lo definía con claridad: gobiernan pocos, pero no los que son mejores, sino los que tienen más dinero. Los asesores de imagen no aconsejarían el uso de la palabra en una entrevista radiofónica. Hablar de la oligarquía podría denotar resentimiento, pesimismo, rencor. No es moderno hablar de esas cosas. Nombrar el gobierno de los ricos es regresar al viejo vocabulario de clase. Mejor trasmitir un video que trasmita confianza en las nuevas generaciones. Mejor difundir un mensaje alentador que anuncie un futuro fragante y colorido. La palabra oligarquía ahuyenta a los moderados, espanta a los centristas; da miedo. ¿Se irá a comer a los ricos el que denuncia su imperio? Mejor darle la vuelta al término y nombrar algunas deficiencias del diseño institucional, criticar a tal o cual partido, cuestionar al gobierno actual o responsabilizar a las oposiciones del atolladero. Vivimos en una democracia, dicen, y por lo tanto debemos rendirle tributo a la ficción de la igualdad política.

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28, Sep 2011

Sobre el populismo

Se oye por todo el mundo que el populismo va en ascenso en Europa, en Estados Unidos, en América Latina pero seguimos sin contar con una teoría del populismo. Hace diez años Guy Hermet, Soledad Loaeza y Jean-François Prud’homme publicaron un libro estupendo sobre el tema titulado Del populismo de los antiguos al populismo de los modernos que podría ser una buena guía conceptual. En Dissent, Jan Werner Mueller, autor de una interesante historia de las ideas políticas en la Europa del siglo XX, publica una nota sobre la resbaladiza idea. Acude al ensayo de Ernesto Laclau (que comenté por acá) para reivincar la importancia de la construcción imaginaria del sujeto popular. Pregunta Mueller: ¿Será que el populista es simplemente el político que nos cae gordo? El populismo es para él un tipo de imaginario político: la invención de un pueblo compacto contra el pequeño núcleo de poderosos. Lo que el populismo niega en esencia es el pluralismo por ello debe ser entendido pero no imitado.

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13, Sep 2011

Coartadas de la mediocridad

Elizondo - Por esoLa energía del Estado es indispensable para la vigencia de los derechos. Lo anticipó Hobbes, lo aceptaba Locke, lo entendieron bien los federalistas en Estados Unidos. Sin un poder común, los derechos son palabras, las libertades declaraciones. En México, los primeros liberales no lo aprendieron de esos libros sino de la experiencia. José María Luis Mora se percató de que el liberalismo aquí, antes que restringir al Estado, tenía que fundarlo, fincarlo como una palanca para los derechos. Si había que combatir al régimen de los privilegios, era indispensable emplear la palanca del poder público. Carlos Elizondo Mayer-Serra ha publicado un libro que continúa esa vieja indagación sobre el vínculo entre el poder y los derechos, el Estado frente a los privilegios.

Carlos Elizondo explora las razones de nuestro estancamiento. Armado de estudios de la OCDE, de reportes del Banco Mundial, de un arsenal de piezas académicas, pero también de la anécdota y la observación imaginativa, expone los nudos de nuestra mediocridad: barreras a la competencia, instituciones atrancadas, árbitros escuálidos, ventajas certificadas por ley. Tal vez su libro sea el intento de apropiarse de un insulto. Darle la vuelta a la descalificación común para convertirla en prenda de orgullo. “Neoliberal” es la ofensa más común en el debate político. De izquierda a derecha, del PAN al PRD pasando por el PRI, todos coinciden en que el neoliberalismo es un cáncer. Ser neoliberal es ser el malnacido que no entiende de la historia, un dogmático que desconoce la realidad, un usurero que está dispuesto a convertir las pirámides en un centro comercial. Elizondo advierte desde las primeras páginas del libro que nuestro problema no es que sobre liberalismo, sino que falta. Tuvimos privatización pero no saltamos a la competencia; tenemos democracia pero nuestra legalidad está agujereada. Después de todo, decir liberalismo es decir, antes que cualquier otra cosa: Estado eficaz.

A México no lo maldice su origen. No es lo que somos sino lo que hemos hecho lo que nos impide crecer acelerada y sostenidamente. Mientras Jorge G. Castañeda regresa a la literatura de la identidad en su libro reciente, Carlos Elizondo destaca el impacto de las instituciones. Dejemos al alma mexicana en paz. Hablemos de nuestras decisiones, de nuestras reglas.

La nota completa puede leerse aquí.

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