Pensar el poder

03, May 2011

Política de la contemplación

John Gray

En febrero de 2003, John Gray publicó un artículo en New Statesman. Se titulaba: “Tortura: una modesta propuesta.” Desde el título, evocaba esa pieza genial de la sátira británica en la que Jonathan Swift ofrecía consejo para superar la pobreza de las familias irlandesas: convertir a los niños pobres en alimento para los ricos. Así, los niños serían, en lugar de una carga para sus padres, una valiosa contribución al sostenimiento de sus familias. Swift hacía cálculos precisos sobre los niños que debían destinarse al alimento de las clases altas, bosquejando las enormes bondades económicas y morales del plan: capitalizaría a las familias pobres, alentaría la inversión en las tabernas, serviría de regulador demográfico (sobre todo de los católicos), fomentaría el matrimonio e incluso el amor entre los esposos (un marido querría tanto a su esposa como quiere a sus vacas). Swift aclaraba sus intenciones: no me mueve más que el interés público de alentar nuestro mercado interno, atender a los niños, cuidar a los pobres y satisfacer los legítimos placeres de los ricos.

Gray publicaba su alegato por la tortura antes de la invasión a Irak, convencido de que la práctica volvería a ser aplicada y que encontraría defensores. Sin ocultar demasiado la clave de su escrito, el profesor de pensamiento europeo de la London School of Economics salía en defensa de la tortura como una institución clave de la civilización liberal de nuestro tiempo. Si Voltaire y Montesquieu denunciaron los tormentos, era porque combatían monarquías absolutas, regímenes antiliberales. Pero hoy la tortura es amiga de la civilización liberal. Es urgente abandonar nuestros prejuicios, cambiar las leyes para regular la aplicación de los suplicios a los enemigos de la libertad e inaugurar cursos en las universidades para preparar técnicamente a los interrogadores coactivos. Desde luego, habrá que cuidar a los torturadores: reconocer sus servicios a la sociedad y ofrecerles ayuda psicológica por las dificultades de su trabajo. El mayor reto de la libertad, concluía Gray, es diseñar un régimen moderno de tortura legal.

Naturalmente, hubo quien no entendió la ironía y se escandalizó con la modesta proposición del profesor. Algunos decidieron cancelar su suscripción al semanario por haberse atrevido a publicar tal monstruosidad. En realidad, la aberración no solamente se aplicaría muy pronto en las cárceles de Irak, sino que encontraría justificación legal en documentos redactados por los asesores del presidente de los Estados Unidos. La ironía cuadraba a la perfección. Una invasión concebida como intervención liberal convertía la tortura en instrumento de la nueva Ilustración. Torturar a nombre de los derechos humanos.

John Gray se ha dedicado a estudiar y a cuestionar el liberalismo. Empezó a ser conocido como uno de los defensores de la revolución thatcheriana. Durante algún tiempo vio en ella “el principio de realidad en faldas.” Lo que le atraía a Gray de ese realismo era que, en un principio, avanzaba a través de la improvisación: no era la aplicación de un programa, sino la respuesta a desafíos del momento. Gray admiraba la fuerza de Thatcher para oponerse al comunismo, su determinación de limitar el poder de los sindicatos y su lucha contra la inflación. Ella lo consideraba de los suyos. Pero cuando, a fines de los ochenta, cayó la Unión Soviética, se percató que era tan anti-neoliberal como anticomunista. Mientras unos celebraban el 89 como el final de la historia, Gray olía el renacimiento del dogmatismo. Rompió así con Thatcher y sobre todo, con quienes (elogiándola o maldiciéndola) se convirtieron en sus discípulos. La prudencia conservadora de Thatcher se transformó en una misión planetaria. El dogmatismo asesinó al conservadurismo. Soltando el resguardo de la prudencia, se convirtió en un proyecto radical, revolucionario. La dama de hierro quiso emplear todos los instrumentos del Estado para rehacer la economía y la sociedad. El poder público como una bomba para eliminar todos los rasgos desagradables del pasado: un aparato al servicio de un proyecto.

El artículo completo se puede leer aquí.

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03, May 2011

Berman: asesinatos como símbolos de la historia

Paul Berman, autor de un trabajo importante sobre el islamismo en el debate contemporáneo escribe sobre el asesinato de Osama Bin Laden. La guerra de Estados Unidos con Al Qaeda ha sido siempre una batalla sobre el significado de la historia. Para Al Qaeda, Estados Unidos es enemigo de Dios que ansía la resurrección del califato. Estados Unidos, aunque no lo reconozca, tiene también una idea de la historia que confía en última instancia en la bendición del futuro. El asesinato de Osama Bin Laden tiene por ello una dimensión simbólica: el califato no se creará; la tenacidad republicana tarde o temprano se impondrá. "La historia está de nuestro lado", se atreve a decir Berman. Lo dice aunque esa historia avance sin ley y celebre los trofeos del cazador

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04, Abr 2011

Legalidad sin teología

Moses - Charlton HestonTodas las elucubraciones que buscan saciar nuestra hambre de inmortalidad son pura abogacía, decía Miguel de Unamuno en su ensayo más famoso. Bordaba con ello el cercano parentesco entre el derecho y la teología. Lógicas ancladas en lo irrefutable y al servicio de una tesis. Argumentos atados a un Texto. “Para el teólogo, como para el abogado, el dogma, la ley es algo dado, un punto de partida que no se discute sino en cuanto a su aplicación y a su más recto sentido. Y de aquí que el espíritu teológico o abogadesco sea en su principio dogmático, mientras el espíritu estrictamente científico, puramente racional, es escéptico.” El científico duda; los abogados y los curas creen. Por eso para Unamuno, La Summa Theologica de Santo Tomás era, al mismo tiempo, un monumento de la teología y de la abogacía. Los profesionales de la ley aprenden pronto a dejar de preguntar: “La verdadera ciencia enseña, ante todo, a dudar y a ignorar; la abogacía ni duda ni cree que ignora. Necesita de una solución.”

El jurista italiano Gustavo Zagrebelsky se ha atrevido a cuestionar esa tradición: remar en contra de la lectura teológica de la ley. El derecho no está escrito en piedra: es materia blanda, flexible: dúctil. Antes que examinar su contenido, es necesario palpar la norma, pulsar su textura para percatarse que no un riel de acero. Tal vez la ley es líquida y debe entenderse como un afluente de posibilidades. La ley, en particular la ley fundamental, no es un imperativo de uniformidad sino el permiso para la cohabitación de lo diverso. El título de su libro más conocido tiene una elocuencia visual: El Derecho dúctil, se llama. El adjetivo es una interpretación acertada de la traductora Marina Gascón. El título en italiano es Dirito Mite, término que evoca lo manso, lo dócil. La traductora optó por la propiedad química de la ductilidad (esa facilidad de ciertos materiales para extenderse, adelgazarse hasta volverse hilo) para aludir a la capacidad del derecho para moldear y conciliar distintos valores.

Para escapar del código teológico es necesario romper, en primer término, con el mito del Creador. Dejar de pensar en el autor sabio y omnipotente que funda un orden legal hermético y acabado. Zagrebelsky se propuso romper esa liga y sepultar el mito del soberano en el que descansa el Estado moderno y el Derecho Constitucional. 

El texto completo está aquí

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04, Abr 2011

La respuesta de Del Val

En su artículo del sábado, Enrique del Val menciona mi respuesta a su artículo sobre "las almas puras." Dice que no me descalificó y que no es una mezquindad sugerir que traiciono a mi apellido por criticar al rector. A su entender, tampoco refleja una actitud antiintelectual el referirse a mi burbuja y a la pequeñez de mis responsabilidades. Nada mejor que ir a los textos originales para esclarecer el debate (Almas purasRespuesta ). Afirma también que el rector Narro condenó de inmediato el vandalismo que impidió a un senador hablar en la Facultad de Economía. Es bueno saberlo. Más allá de las palabras–con las que se puede decir misa–lo importante sería conocer las consecuencias de la condena. Quien desde la autoridad tolera a los intolerantes es su cómplice.

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01, Abr 2011

Kissinger sobre Bismarck

Bismarck

A propósito de la aparición de una nueva biografía de Bismarck, Henry Kissinger examina la complejidad de ese hombre que ha sido retratado como el perfecto expositor de la realpolitik. El personaje, desde luego, es mucho más complejo. "La encarnación de la realpolitik–dice Kissinger, convirtió el poder en un instrumento del autocontrol por la agilidad de su diplomacia." No fue un político que ignorara el peso de los ideales: "Para que el poder sea útil, debe ser entendido en todos sus componentes, incluyendo sus límites. De esa manera, los ideales deben ser considerados en asociación con las circunstancias que el político quiere alterar." El genio de Bismarck deriva de su capacidad para entender el campo del poder y el campo de los ideales. Mientras el resto de los gobernantes europeos seguían viendo la política cartesianamente, Bismarck entendió a Darwin: sólo los más fuertes sobreviven.

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19, Mar 2011

Dos téoricos de la democracia frente a una dictadura

Seif Gadafi - LSELa controversia sobre la relación entre la London School of Economics y el régimen de Gadafi continúa. Opendemocracy hospeda un debate interesante al respecto entre dos teóricos importantes de la democracia. David Held, autor de Modelos de la democracia defiende la lógica detrás del involucramiento de la escuela mientras John Keane, autor de Vida y muerte de la democracia, la critica.

Held defiende la necesidad de actuar en un régimen autocrático para ensanchar los espacios de la sociedad civil. La fundación que dirigía Saif, el hijo del dictador, parecía una entidad comprometida con la reforma: involucrarse con ella era una manera de incidir en la democratización. Colaborar con él era una apuesta riesgosa que una institución como LSE debía tomar. Keane le responde a Held en una carta. La asociación de la escuela con Gadafi se explica por el afán de legitimidad intelectual de la dictadura y de la disposición de los académicos a prestar prestigio a un autócrata. La imagen de intelectuales cercanos al poder bebiendo leche fresca de cabr y rodeados de guardaespaldas no es bonita–sobre todo si los intelectuales de los que se habla son demócratas declarados.

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14, Mar 2011

Walzer sobre Libia

Michael Walzer escribe sobre la posible intervención en Libia y rescata para su argumento una idea de John Stuart Mill. Si la democracia depende de los ciudadanos, nadie más que ellos pueden fundarla. La democracia no puede ser otorgada y mucho menos impuesta desde fuera. La comunidad internacional debe respaldar a los rebeldes pero no debe ir más allá. 

Norman Geras cree que el argumento de Walzer es inconsistente. Walzer le responde a Geras. 

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09, Mar 2011

Joseph Nye y Zakaria sobre la decadencia americana

Joseph Nye, el estudioso de las relaciones internacionales que puso en circulación hace algunos años la noción del poder suave, ha publicado un libro recientemente sobre el futuro del poder en el mundo. A Estados Unidos lo ve como una potencia que enfrenta desafíos distintos pero que sigue teniendo la capacidad para imponer su voluntad a través de distintos medios. Fareed Zakaria es menos optimista sobre el poder de los Estados Unidos en el futuro. Hace unos días publicó un artículo anticipando la decadencia de su influjo. Su argumento no es una sorpresa: desde hace tiempo habla de la era postamericana.

Nye ha publicado un texto rebatiendo a Zakaria. Si hay muchos indicadores de declive, también los hay de predominio. Sigue siendo el que más invierte en tecnología, el país que tiene las mejores universidades y la mayor cantidad de premios Nobel. No es la decadencia romana, dice Nye. 

Zakaria ha contestado velozmente. El desacuerdo con Nye le parece menor a las coincidencias. Ambos piensan que hay señales contrastantes del poder norteamericano. Indicios de firme superioridad y notas de declive. El punto central del desacuerdo es el régimen político: para Zakaria el sistema político norteamericano está bloqueado estructuralmente.

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08, Mar 2011

Del fin de la historia al origen del orden

Fukuyama Se anuncia hoy en el New York Times la publicación de un nuevo libro de Francis Fukuyama: Los orígenes del orden político. Quienes han leído el imponente texto de 608 páginas adelantan que se volverá un clásico. Se trata del libro que quise leer cuando empecé a estudiar ciencia política, dice el autor del Fin de la historia.  El nuevo trabajo de Fukuyama es un libro que parte de la sociobología y que trasciende los bordes culturales. La cooperación es un instinto humano; las sociedades necesitan transformarlo en instituciones. Para Arthur Melzer es una teoría que está entre las generalizaciónes de Hegel y Marx y las detalladas descripciones de la antropología y de la historia. Sorensen cree, por su parte, que cambiará la manera en que entendemos el desarrollo político.

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02, Mar 2011

En defensa del dictador virtuoso

Robert Kaplan sale en defensa del dictador virtuoso. Kaplan, autor de un libro reciente sobre la geopolítica del Oceano Índico, pide que no se confunda a un genocida como Gadafi con un dictador ilustrado como el sultán de Omán. Un dictador virtuoso es un gobernante que, a pesar de no haber sido electo a través del voto ni estar sometido a los controles de un régimen constitucional, goza de legitimidad social, tiene una visión de Estado y es capaz de conducir el cambio a través de las instituciones. A pesar de que no esté de moda decirlo, hay dictadores benéficos, dice Kaplan.

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01, Mar 2011

De Michael Walzer


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01, Mar 2011

Liberalismo más allá de la hotelería

Michael WalzerMichael Walzer no ha ocultado su incomodidad con el oficio del filósofo. Se le identifica como uno de los filósofos políticos más destacados de nuestro tiempo pero él rehúye el calificativo. No soy capaz de respirar con naturalidad entre abstracciones, ha revelado. Los filósofos disfrutan del juego de las entelequias: gozan apartándose del vecindario para elucubrar cómo sería el mundo sin dinero, sin notarios y sin parlamentos. Juegan con conceptos políticos como si fueran ladrillos de una ciudad imaginaria. Inventan una isla para la humanidad. Se entretienen pensando que ahí hay comida pero no aparecen las palabras de la evaluación moral. No hay vocablos para el bien, ni exclamación para la injusticia. ¿Cómo vivirán los habitantes de la isla sin lenguaje moral? ¿Sería posible convivir sin nombrar el mal? ¿Aparecería tarde o temprano la palabra de la condena y el elogio? El hecho de que no se tenga registro histórico de un idioma con esos vacíos no frustraría el entusiasmo de la especulación filosófica. Del experimento surgirá una compleja arquitectura que será su orgullo.

Walzer no se ha unido a ese club de abstracciones. A la lógica de la geometría ha opuesto una interpretación de la cultura, una lectura de la historia. Respeta la fuga de la abstracción y discute constantemente con el gremio filosófico, pero lo hace desde otro sitio y con otras herramientas. No comparte esa necesidad que el filósofo tiene de apartarse, ese afán por elevarse y dejar las limitaciones de la circunstancia. Por el contrario, está convencido de que, cuando el filósofo habla de los asuntos públicos, tiene el deber de clavarse en la realidad del mundo, de su mundo. Walzer no se ha trepado al globo de los filósofos. Ha ejercido como crítico. Reivindica para sí una tradición antigua y venerable que no empieza con Sócrates, sino que es tan antigua como la sociedad misma y que incluye a novelistas y dramaturgos, a ensayistas e historiadores. Es la tradición que nace con la queja: inconformidad hecha pública. El crítico es un especialista en la queja. A través de la sátira, de la polémica, de la denuncia rechaza la fatalidad de lo existente. El crítico describe lo que está mal en el mundo y bosqueja un remedio no con lo que inventa sino por aquello de lo que se alimenta. El crítico no huye a la montaña más alta para descubrir principios morales intemporales, trata de orientarse por su propia experiencia. Walzer ha distinguido tres caminos para hacer filosofía moral: el descubrimiento, la invención y la interpretación. La ruta del descubrimiento tiene buenos ejemplos en la historia de la religión. El bien se descubre como una creación de la que somos ajenos. Nuestra tarea es descubrir el código inscrito en nuestra propia naturaleza. La segunda ruta es la invención: la naturaleza no nos provee de casa (moral), toca a la inteligencia humana imaginarla. Diseñar una habitación en donde todos puedan dormir tranquilos. Finalmente, puede trazarse el rumbo de la convivencia a través de la interpretación. El intérprete no busca claves en la verdad revelada ni en la fantasía moral: se toma en serio los hábitos de su propia sociedad y, en nombre de ellos, cuestiona prácticas y decisiones.

Buscándole significado a la costumbre, Walzer, como los conservadores, encuentra, más que rutinas, norma. Los hábitos adquieren la dignidad de lo justo. En Esferas de la justicia, su libro más importante, desarrolla una noción de justicia que sirve a una igualdad compleja. La justicia no puede ser simplemente la distribución de un bien supremo. Los distintos bienes que una sociedad aprecia, están gobernados por principios distintos. Cada recurso tiene su propio régimen, pertenece a su propia “esfera.” No se pueden distribuir los bienes con justicia, a menos de que entendamos lo que esos bienes significan en una comunidad; qué papel juegan en la convivencia, cómo surgen, de qué modo son valorados. Y no hay manera de comprender la importancia de esos bienes, a menos de que seamos capaces de descifrar su significado social.

El artículo completo está acá.

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18, Feb 2011

Transitólogos al rescate

Gracias a las antenas de cbr encuentro la reflexión que Juan J. Linz y Alfred Stepan hacen sobre los prospectos de la democratización egipcia. Linz y Stepan, autores de una de las piezas centrales de la transitología, recuperan su libreto de la transición feliz: institucionalización de la oposición democrática, interinato breve que no redacta por sí mismo la nueva constitución y parlamentarismo. Egipto no necesita un nuevo faraón.

Por su parte, Larry Diamond entrega recomendaciones en unos cuantos puntos

  1. Unificar a la oposición
  2. Desmontar al antiguo régimen
  3. Pero negociar con él
  4. Reescribir las reglas del juego
  5. Aislar a los extremistas

El propio Diamond, autor de The Spirit of Democracy, una obra reciente sobre las complicaciones del cambio democrático, analiza en The New Republic las trampas en las que puede caer el proceso egipcio. La primera es la formación de un mubaraquismo sin Mubarak. Los generales que se han quedado a cargo del gobierno parecen decididos a conservar todo lo posible el antiguo orden político. La segunda es el fortalecimiento electoral del centro. Se requiere tejer también un acuerdo para la seguridad de los distintos actores políticos.

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01, Feb 2011

¿Qué hace a un rey?

Rex, Ludovicus, Rex Ludovicus

A propósito de los cuerpos del rey, esta caricatura de William Thackeray.

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01, Feb 2011

La democracia de Lefort

Tijeras

Dos personas se combinan en el capitán, escribió Séneca. Una de ellas es igual a todos los pasajeros porque el capitán también es un pasajero. Pero la otra persona es distinta porque sólo él es el capitán. La responsabilidad le otorga privilegios y lo marca con exigencias. Una tormenta puede afectarlo como pasajero, pero nunca como piloto. La imagen expresa la antigua noción del gobernante como personaje escindido: hombre y semidiós; cuerpo e institución. La idea cristalizaría en la doctrina medieval de los dos cuerpos del rey. El monarca era hombre y, como tal, sentía. Vivía las pasiones ordinarias, estornudaba, tropezaba. Pero como soberano no se enfermaba; era infalible e inmortal. Era la voz de la justicia, la palabra de la ley y daba su cara a la moneda. Ernst H. Kantorowicz escribió un libro clásico sobre esa pieza fascinante de la teología política: la ficción mística de los dos cuerpos del rey. Kantorowics analizó documentos y disputas legales, tratados filosóficos, emblemas y dramas que dibujaban al monarca como un personaje doble. Un sujeto que, a pesar de tener todas las limitaciones físicas e intelectuales del hombre, era tratado como el depositario de la última razón, un ser ubicuo, incapaz de hacer el mal e, incluso, de pensarlo. En Shakespeare se encuentra una constante reflexión sobre los dilemas morales de esa superposición de cuerpos bajo la piel del monarca. Extraña divinidad la de los reyes, dice en Enrique V: su nacimiento es majestuoso, su vida flota sobre lo ordinario pero siguen atados a la tiranía de la respiración, como cualquier imbécil.

Claude Lefort se sintió cautivado por la riqueza de la alegoría medieval que Kantorwicz pulía en esa obra monumental publicada hace más de medio siglo. Tal fue la atracción que dedicó un seminario de un año a su estudio. La teología ponía la metáfora del cuerpo en el centro de la reflexión filosófica. En ese almacén de órganos se encontraba la clave que imprimía sentido al mundo. La boca de la ley, los brazos de la justicia, el puño del soberano. Toda interrogación desembocaba ahí para encontrar la respuesta, la solución definitiva: las categorías del tiempo y del espacio acopladas a una fisonomía; los linderos del bien y del mal trazados por la dicción inapelable, el contenido de la justicia manando de una garganta. El cuerpo del rey era visto como el punto donde convergen todos los rayos del poder. La ficción ofrecía a Lefort una ventana formidable para entender las representaciones fundamentales de lo político. Los emblemas de la monarquía no son, de este modo, simples blasones para decorar un edificio sino claves para descifrar el mundo, para acceder a un tiempo, para encontrar sitio. El interés del Lefort no era, por supuesto, curiosidad de medievalista: era el compromiso de un filósofo político con su propio tiempo.

Visto a la luz del siglo XX, la vieja metáfora del cuerpo permitía enfocar las formas de la democracia y del totalitarismo: la textura de cada sociedad y el lugar de su poder. La democracia no significa la mudanza del poder de un cuerpo a otro. Podría pensarse que, si antes el poder se ubicaba en el cuerpo del monarca, ahora, en democracia, el poder se aloja en el cuerpo del Pueblo, o se instala en el Parlamento. Lefort rechaza enfáticamente esa idea de la transferencia: la democracia no traslada el poder de un sitio a otro, por más abierto que sea. La democracia desata el poder de cualquier sujeto y le niega domicilio. Es “el fin de un poder ligado a un cuerpo.” De ahí que la sociedad democrática sea aquella donde el conocimiento, el derecho y el poder están sometidos, constantemente, a una “indeterminación radical.” La fundación democrática no es una conquista. Es, de algún modo, una escisión: una separación de la ciencia, la ley y la fuerza. Cuando el poder aparece como un “lugar vacío”, la sociedad es el teatro de una aventura: “lo que se ve instituido no está nunca establecido, lo conocido está minado por lo desconocido, el presente se muestra innombrable y cubre tiempos sociales múltiples, separados los unos de los otros en la simultaneidad—o bien únicamente nombrables en la ficción del futuro; una aventura tal que la búsqueda de la identidad no se deshace de la experiencia de la división.”

El artículo completo está aquí

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