Teoría política

29, Nov 2010

Michael Walzer: justicia local, justicia global

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17, Nov 2010

Kwame Anthony Appiah

El filósofo Kwame Anthony Appiah impartió hoy la conferencia en honor a Irving Howe en el Centro para las Humanidades de  CUNY. Han ocupado esa tribuna Michael Walzer, Alan Ryan, Avishai Margalit, David Bromwich y Clifford Gertz entre otros. El pensador de origen ghanés habló sobre su libro más reciente: The Honor Code: How Moral Revolutions Happen. Aquí puede vérsele, en algún aeropuerto, hablando del el cosmopolitanismo, en el documental "La vida examinada, excursiones con pensadores contemporáneos": 

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10, Nov 2010

Leyendo filosofía en Teherán

Jahanbagloo La UNESCO decidió que la sede del Día Mundial de la Filosofía fuera Teherán. El filósofo iraní Ramin Jahanbegloo, que ha padecido la cárcel en esa tierra, ha protestado. ¿Cómo es posible que se celebre el pensamiento filosófico en un régimen teocrático? Jahanbegloo, quien conversó Isaiah Berlin hace algunos años, conoce en carne propia la represión de la dictadura islámica. En un artículo en Dissent expone la guerra al pensamiento independiente y las formas de resistencia. Leer filosofía en Teherán, dice, no es solamente un consuelo personal sino un acto político. Es el desafío al monólogo del dogma tiránico, una invitación al diálogo. Para el fundamentalista, la filosofía es una enfermedad cuyo contagio debe ser evitado por el Estado a toda costa.  

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05, Nov 2010

Libros de Adam Przeworski


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05, Nov 2010

Y sin embargo, democracia

Los ideales democráticos pueden ser sustancias alucinógenas. Apartan la realidad de la consciencia y alimentan esperanzas irrealizables. Se requiere un constante esfuerzo para impedir que el ideal dirija pero no adormezca. Las instituciones representativas nacieron de una idea revolucionaria: el pueblo debe gobernarse a sí mismo. Tres propósitos se han entrelazado en la bandera: autogobierno, igualdad y libertad. Adam Przerworksi examina en su libro más reciente la distancia entre aquellas aspiraciones y la realidad de nuestra política. Las democracias no han podido generar igualdad social ni han podido ofrecer a la gente un espacio para participar eficazmente en su gobierno. Permanecemos desiguales y alejados del poder. Democracy and the Limits of Self-Government (Cambridge Studies in the Theory of DemocracyCambridge University Press, 2010) es la maduración de una larga reflexión sobre el régimen democrático que el politólogo polaco ha hecho durante más de cuarenta años. Recientemente recibió el premio más prestigioso de la disciplina, el Johan Skytte que otorga anualmente la Universidad de Uppsala. El comité que le entregó ese premio que empieza a conocerse como el Nobel de Ciencia Política, reconocía con buen ojo sus contribución al entendimiento del vínculo entre la democracia, el capitalismo y el desarrollo económico.

La política no pudo ser para Przeworski una sección del periódico o el tema de los libros de historia. De mala manera, la política invadió su vida desde el instante más temprano. Nació en Varsovia, en mayo de 1940, apenas nueve meses después de que los alemanes invadieran Polonia. No conoció a su padre. El médico fue reclutado forzosamente al ejército. Murió en Katyn. Tras la guerra, la Unión Soviética tomó el control de Polonia, relevando a los polacos del fastidio de gobernarse. La gran política se imponía con rudeza en la vida cotidiana.

Estudió filosofía en la Universidad de Varsovia, en un momento de deshielo intelectual. Tras la represión estalinista, el marxismo dejó de ser imposición de consigna para ser examinado con estricto rigor conceptual. En sus aulas surgió, apunta Przeworski, la semilla del marxismo analítico. A principios de los sesenta fue a los Estados Unidos a estudiar. Fue una casualidad. A los veinte años conoció a un profesor de la Universidad Northwestern quien, después de comer, le preguntó si le interesaba estudiar Ciencia Política. Przeworski no sabía lo que era eso. ¿Ciencia política? Él conocía de las germánicas arideces de la Teoría del Estado, pero no sabía de esa tal ciencia. Las primeras experiencias en Estados Unidos no fueron particularmente estimulantes: la tierra de los libres y los valientes era una sociedad provinciana, con claras propensiones autoritarias. El primer libro que leyó sobre el sistema político norteamericano empezaba con la oración “Los Estados Unidos tienen el mejor sistema de gobierno del mundo.” Saliendo de la persecución macartista, el país no era precisamente el faro de la libertad crítica. De cualquier manera, el encuentro con los Estados Unidos le permitió ver de cerca un sistema en donde los electores deciden quién gobierna.

El artículo completo, acá.

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05, Oct 2010

Melancolía socialdemócrata

Judt El 19 de octubre del año pasado Tony Judt apareció en un auditorio de la Universidad de Nueva York. Vestido de negro, iba amarrado a una silla de ruedas y llevaba un tubo conectado a la nariz. Después del elogio de las presentaciones, el historiador tomó la palabra y disparó al elefante que se había sentado a la mitad del salón. Todos se estarán haciendo preguntas en este momento sobre mi condición, advirtió. Me observan instalado en esta jaula con ruedas y con una ridícula cañería pegada a la nariz. Señores: ante ustedes, la auténtica “cabeza parlante.” Les aseguro que no brincaré sobre las butacas, no recurriré a un exuberante lenguaje corporal, ni haré aspavientos con las manos. Observan la auténtica cabeza parlante. Esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad asociada al nombre de Lou Gherig, era la culpable de su postración. Se trata, al parecer, de una de las más crueles perturbaciones del sistema motor. Quien la padece va perdiendo progresivamente el control de los músculos. No es una enfermedad dolorosa ni implica una pérdida de sensibilidad. El cuerpo, poco a poco, se va colgando de los huesos. El efecto, decía Judt, es que uno puede contemplar el catastrófico avance de su propio deterioro. 

Le habían sugerido que la conferencia abordara su condición; que hablara de su enfermedad y de la manera en que la sobrellevaba. Sería edificante escuchar un testimonio de valor y dignidad, le aconsejaban. Judt contestó de inmediato: “soy inglés. Nosotros no hacemos cosas edificantes.” En realidad, sí abordó la pesadilla de su condición. No fue en aquella conferencia, sino en una serie de artículos dictados con los últimos músculos que lograba controlar. En esos apuntes escribió cómo su cárcel orgánica se iba angostando a diario y la forma en que su cuerpo se iba insubordinando a sus instrucciones. Primero un dedo se rebela, desacatando la orden superior. Después se insubordina el brazo. Finalmente, todas las extremidades se vuelven colguijos inertes. Los músculos se van atrofiando lentamente hasta hacer depender la actividad de los pulmones de la intervención de respiradores externos. “Su prisión progresiva y sin fianza” terminó el 6 de agosto pasado. 

La parálisis dejó al hombre en incapacidad para lidiar con lo ordinario. Desde luego, Judt no podía, al final de sus días, vestirse ni alimentarse solo. Tampoco podía rascarse cuando sentía comezón, no podía limpiarse la boca si quedaba un poco de comida en sus labios, ni acomodarse los anteojos, ni ahuyentar una mosca fastidiosa. Por eso dependía de la bondad de los demás. Sólo la ayuda de otros le permitía mover las piernas, cambiar la posición de sus brazos, estirarse. Una impotencia desoladora, una dependencia humillante. El cuerpo no está hecho para ser bulto.
Pero queda vida (y es humana) cuando se está en condiciones de conversar. Puede soportarse el sufrimiento si encuentra el consuelo de la comunicación. Lo decía Judt en sus últimos días: vivo porque todavía puedo hablar. Y aprovechó al máximo sus horas finales para aferrarse a la conversación, es decir, la vida. 

Desde joven, Tony Judt fue un “viejo historiador.” David A. Bell lo dice así porque no rehuía las preguntas importantes, porque no temía la evaluación moral, porque escribía bien. En efecto, Judt fue un elocuente narrador que abordó grandes temas y asumió el compromiso de la primera persona del singular.
Sus primeros estudios se dedicaron a la historia del socialismo francés: sus bases agrarias y su presencia en las fábricas pero también sus debates, sus confusiones y su miopía. Como advirtió Timothy Garton Ash, Judt fue un crítico muy severo de los grandes intelectuales franceses pero compartía con ellos la convicción de que las ideas valen. Al mismo tiempo, sabía que los procesos duros, importan. Registró aquel comentario de Hobsbawm sobre el ensayo de la revolución de Hannah Arendt, desinteresada en los hechos a tal punto que prefería sus inventos metafísicos a la realidad. En Judt aparecen las ideas y los hechos. “Como historiador, dice Garton Ash, uno de sus principales logros fue el haber podido integrar la historia intelectual y política de la Europa del siglo XX.” Sus libros sobre los intelectuales franceses enfatizaron la conexión entre idea y acto político. Judt sentía fascinación por ese bicho del siglo XX que prefirió cerrar los ojos que quedar del lado equivocado. Admiró por ello a quienes resistieron la tentación: a Raymond Aron, a Albert Camus, a Lezsek Kolakowski: tres inteligencias insumisas. El hombre que perdió la vida con el cuerpo como prisión, estuvo atraído desde muy pronto por un fenómeno paralelo: la política como cárcel del pensamiento: esclerosis ideológica. Antes del reto de abordar la complejidad, el intelectual ha de vencer las trampas de la lealtad. La esclavitud intelectual, dice con Milosz, es “el miedo de pensar por uno mismo.”

El artículo completo puede leerse acá.

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05, Oct 2010

Claude Lefort

Murió Claude Lefort, extraordinario filósofo de la democracia. Trabajó muy cerca de Cornelius Castoriadis y, como él, exploró la naturaleza del totalitarismo para comprender su opuesto: el régimen democrático. Pensó en la política escapando de las categorías de la ciencia política. Le importaba la textura de la sociedad. Con ayuda de la teología política medieval encontró el núcleo de la democracia en su dimensión simbólica. Si el totalitarismo adhiere poder, saber y ley al cuerpo del rey; en la democracia se separan: la democracia no tiene cuerpo: es un lugar vacío. En Tocqueville encontró la anticipación de esa ambigüedad radical: la democracia es la pérdida del fundamento. Su último libro, traducido recientemente por Trotta es una lectura atenta de Maquiavelo. 

En el archivo de Vuelta pueden encontrarse varios textos suyos, incluyendo este ensayo prodigioso: "La imagen del cuerpo y el totalitarismo," traducido por Julián Meza.

Lefort 

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23, Sep 2010

Appiah sobre el honor

El filósofo de Princeton, Kwame Anthony Appiah acaba de publicar un libro sobre el honor y las revoluciones morales: The Honor Code: How Moral Revolutions Happen. Appiah ha escrito sobre cosmopolitanismo
y la ética de la identidad. Ahora aborda la honra y sus conflictos con la moralidad. No es buena idea pretender eliminar de tajo la noción del honor, advierte. Antes de negarlo como atavismo irracional, habrá que buscar un diálogo racional para reencauzar la idea del honor. Paul Berman comenta el libro en slate.

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01, Sep 2010

La aplanadora y el trampolín

Amartya-Sen “La barba cana, el pelo blanco y el ropón indio” hicieron de
la figura de Rabindranath Tagore la quintaesencia del sabio exótico, el poeta
místico. Ése es el escritor que admiraron tanto Yeats como Pound. Yeats veía en
él a un santo proveniente del misterio. Su poesía era inocente y sabia:
espontaneidad incubada en los siglos de una civilización. Ezra Pound, por su
parte, notaba en su literatura la quietud del mundo natural. A sus poemas no
los prendía la tormenta ni el rayo, sino el uso tranquilo de la mente tocando
la tierra. Era la naturaleza misma.

    Soy como un jirón de una nube de
otoño, que vaga inútilmente por el cielo. ¡Sol mío, glorioso eternamente; aún
tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! Y paso meses y mis años alejado de ti.

    Si éste es tu deseo y tu
diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas maravillas.

    Y cuando te guste dejar tu juego,
con la noche, me derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; quizá, en una
sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.

Pero Tagore no es sólo el poeta del viento y la lluvia, de
la luz y los silencios. Detrás del místico se escondía un racionalista que no
reconocen quienes quieren envolverlo de incienso oriental. En su defensa de la
razón radicaba su desacuerdo con Gandhi: “Nosotros que frecuentemente
glorificamos nuestra tendencia de ignorar la razón, instalando en su sitio la
fe ciega, glorificándola como espiritualidad, pagaremos eternamente con el
oscurecimiento de la mente.” Lo dice de otra manera en un momento de su extensa
ofrenda lírica Gitanjali:

    Donde la mente nada teme y la cabeza se lleva
por lo alto
 
    donde el saber es libre
 
    donde el mundo no ha sido fracturado aún
por los miserables muros de la casa.
 
    donde la palabra surge de las honduras
de la verdad
 
    donde la clara fuente de la razón no se
ha extraviado en las desérticas arenas del hábito muerto
 
    Ahí:
en ese cielo de libertad, Padre mío, permite que mi patria despierte.

La utopia de la razón. Tanta esclavitud había bajo el
imperialismo del miedo como tras los muros cerrados del nacionalismo o en los hábitos
muertos de la tradición. Tagore fue la figura tutelar de Amartya Sen, el filósofo
que ha cultivado la “deprimente ciencia” de la Economía. Se dice que su nombre
de pila, Amartya, fue elegido precisamente por el poeta, quien tenía una
relación cercana sus padres. Sen estudió en la escuela regida bajo su filosofía
pedagógica que premiaba la curiosidad y el razonamiento por encima de los
concursos de memorización. Uno de sus maestros le llegó a decir de una
compañera: “Es realmente muy inteligente—a pesar de sus buenas calificaciones.”
De Tagore viene la sensibilidad literaria del economista y su ánimo por
conectar civilizaciones; su preocupación por la libertad y su voluntad de razonar.

El artículo completo, acá.

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27, Ago 2010

Grabaciones de Leo Strauss

StraussEn su ensayo sobre la educación y la responsabilidad, Leo Strauss ofrece un consejo a los profesores de Teoría Política: piensa siempre que en tu clase hay un estudiante silencioso que es muy superior a ti. Strauss, a quien se ha ubicado como padre intelectual del neoconservatismo norteamericano, es autor de una obra vastísima, dedicada a desentrañar los misterios de los grandes clásicos. La leyenda ha envuelto las clases de Strauss como ceremonias iniciáticas. El Wall Street Journal anuncia que está en el proceso de capturar las clases que Strauss impartió entre 1949 y 1967 en la Universidad de Chicago. Se puede encontrar ya una grabación de una clase introductoria a la Filosofía Política. 

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03, Ago 2010

La imaginación y el conflicto

Schmitt excaptitvitate La pregunta ¿quién eres? es abismal, escribe Carl Schmitt. Nadie puede planteársela. Quien la formula con sinceridad es precipitado a ella. El jurista alemán se toma en serio la pregunta cuando Eduard Spranger le plantea un contraste entre el autor y el hombre. Spranger, a quien Schmitt había citado con admiración en El concepto de lo político, le advertía que sus lecciones eran lúcidas pero que él era opaco. Lo que enseñas es claro, interesante, filoso pero tú eres turbio, chato, apagado, le dijo. Schmitt, el teólogo que pintó la política como la opción dramática de lucha; el jurista que expulsó la ley de la Constitución se sintió perturbado: ¿Qué sentido tiene la brillantez de la teoría cuando la vida permanece apagada?

Cercado por la pregunta, Carl Schmitt se atreve a ver en el espejo. Mi naturaleza puede ser opaca pero es, ante todo, defensiva. “Soy un hombre contemplativo y gusto de formulaciones precisas, pero no de la ofensiva, ni siquiera de la contraofensiva. Mi natural es sosegado, silencioso y transigente como un río tranquilo, como el Mosela, tacito rumore Mosella”. Pero aun defendiéndome, continúa el constitucionalista, no me tienta la violencia. “Siento poco interés práctico hacia mí y demasiado interés teórico por las ideas de mis adversarios, aun cuando se presenten como acusadores. Tengo demasiada curiosidad de conocer los supuestos mentales de cada reproche, de cada acusación y de cada acusador. Por eso no resulto ni buen acusado ni buen acusador”.

Escribir estas líneas le estaba vedado. Había terminado la guerra y estaba bajo arresto automático. Era testigo y “posible acusado”. Nunca se le hizo acusación formal ni se le condenó por delito alguno pero permaneció bajo arresto entre 1945 y 1947. Si las conocemos fue porque un médico norteamericano le permitió tomar notas y enviar cartas, venciendo la aduana de los carceleros.

Schmitt se retrata como víctima de un nuevo totalitarismo. Se observa como presa de un nuevo Estado que, bajo criterios de exigente legalidad, esconde una nueva opresión. El gran crítico de la jurisprudencia liberal devuelve la estocada: “Hoy el progreso de la técnica moderna lo domina todo. Ha creado una nueva forma de dureza y crueldad, de frío duro y cruel, que no se manifiesta exclusivamente en la moderna invención de la guerra fría. Porque el progreso de la técnica moderna es sobre todo, al mismo tiempo, un progreso en la eliminación del subjetivismo romántico, un progreso en la captación del individuo humano y en la criminalización y automatización de las masas. Una maquinaria gigantesca devora sin distinción a cientos de miles de hombres. Al lado de esto, el viejo Leviatán, el gran monstruo, parece casi acogedor, y la antigua cárcel casi un idilio”.

Padecía la captura como validación de su teoría. Bajo la arquitectura del derecho liberal, con su barroco decorado de imparcialidad, subsistía la voluntad de avasallar al enemigo. Ahí estaba él, el crítico de la legalidad burguesa, durmiendo en una celda helada, sin permiso para escribir. Era un “posible acusado”. La ley puede ser norma equilibrada cuando se reglamenta el intercambio de mercancías; cuando el poder está en juego, la ley no es más que la emisión de una voluntad de supresión.

El artículo completo está en el sitio de nexos..

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19, Jul 2010

Isaiah Berlin sobre la libertad

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01, Jun 2010

La tienda y el altar

Libros Margalit Avishai Margalit, The Decent Society, Harvard University Press, 1998

Avishai Margalit, The Ethics of Memory, Harvard University Press, 2004

Avishai Margalit, On Compromise and Rotten Compromises, Princeton University Press, 2009.

Hace más de 30 años, Avishai Margalit acompañaba al aeropuerto a su amigo, el filósofo de la Universidad de Columbia, Sydney Morgenbesser. Mientras esperaban el avión conversaban sobre las implicaciones de la teoría de John Rawls. A punto de abordar, el filósofo le dijo a Margalit: no nos hace falta una sociedad justa; nos urge una sociedad decente. La expresión se le metió a Margalit como una larva en el cerebro. No supo bien a bien qué querría decir con aquel calificativo, pero su intuición de la alternativa lo cautivó. Frente a la utópica arquitectura de la justicia, una apuesta modesta: la decencia. Desde entonces, el filósofo israelí ha esculpido una teoría blanda pero poderosa sobre la sociedad decente. A ella dedicó su trabajo más conocido titulado precisamente La sociedad decente

La decencia parece una noción rancia, un concepto de naftalina para preservar los faldones de otros tiempos, pero nunca para ensamblar una teoría política ambiciosa y pertinente para hoy. Margalit no redactaba en aquel libro un manual de buenas maneras, sino un argumento para pensar el fundamento de nuestros arreglos sociales. Frente a los alegatos por la libertad y la igualdad, el teórico de la decencia construía un fino discurso en defensa de la dignidad. Una sociedad decente es aquella en la que cada uno es tratado como persona; es “aquella cuyas instituciones no humillan a las personas”. La sociedad decente es por ello la única residencia habitable. Bajo este lente, la humillación se vuelve el mayor despojo: el robo de mi condición humana. Humillar es expulsar a alguien de la familia del hombre, es tratarlo como cosa, como máquina, como bestia. 

Cuidadoso en el pulido de los conceptos, Margalit busca también iluminar la experiencia concreta. De ahí que aborde distintos dominios de la decencia. En su ensayo se explora, por ejemplo, el alto valor de la privacía. Toda cultura funda refugios libres de la mirada intrusiva. Hasta los esquimales que se ven obligados a refugiarse en grupo dentro de un iglú procuran levantar murallas de silencio y oscuridad. Humillante puede ser también la burocracia que nos trata como tornillos en una máquina empeñada en robarnos tiempo. Humillantes la pobreza y el paternalismo.

Sigue acá…

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19, May 2010

El nuevo autoritarismo marxista

Alan Johnson empieza una serie de notas en Dissent sobre lo que llama "el nuevo autoritarismo marxista." Se refiere, principalmente a las ideas de Alain Badiou y Slavoj Žižek, personajes que se han vuelto sorprendentemente populares en los circuitos intelectuales. Ambos, sostiene Johnson, parten de nociones totalitarias de la Verdad y de la Bondad. Badiou, sobre el que ya había dicho lo suyo Fernando Escalante, sostiene, por ejemplo, que hay que tirar a la basura el infantilismo moral que acepta la existencia del Otro. El Otro, dice, no existe. Žižek, por su parte, sostiene que la Verdad exige la instrumentalización del Terror. Recurriendo a Bobbio, Johnson ve en ellos la reaparición una teoría terrorista del Estado. La idea del Comunismo es Dios; su espada es el Partido y el Partido ha de usar el Terror en servicio de la Verdad y el Bien.

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19, Abr 2010

El descubrimiento de Tocqueville

Democratie en Amerique Se publica ahora un nuevo libro sobre el viaje de Alexis de Tocqueville a los Estados Unidos. Se trata de Tocqueville's Discovery of America, escrito por Leo Darmusch. El autor es profesor de literatura en Harvard, quien se ha concentrado en esta obra en examinar la gestación del clásico. Han aparecido un par de reseñas del nuevo libro. En el New York TimesDavid Reynolds, registra el impacto de las pequeñas localidades en la reflexión del viajero, mientras que en slate, Francois Furstenberg subraya sus anticipos errados. Ambos reseñistas resaltan las generalizaciones apresuradas de Tocqueville, sin desconocer el genio de muchas de sus observaciones.

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